Ensayo

El villano, la trama, la conspiración

 

Gonzalo Soltero

Universidad Nacional Autónoma de México

Escuela Nacional de Estudios Superiores, Unidad León

gsoltero@enes.unam.mx


En la mayoría de los libros que componen la Biblia el diablo es difícil de rastrear; no obstante, su presencia se ha vuelto inmanente como una constante del mal, una amenaza perpetua, un riesgo que puede asomar entre las líneas del texto o en la oscuridad, como le sucedió a Lutero que para asustarlo le arrojó tinta en medio de la noche. Esa sombra maligna y elusiva, o ese arquetipo junguiano de la misma, ha sido una compañía constante de la humanidad, causándonos tanta fascinación como temor.

Dentro del libro que guarda las conversaciones entre dos grandes directores de cine, François Truffaut entrevistando a Alfred Hitchcock, ambos coinciden que entre peor sea el villano mejor será la película (Truffaut 1969, 234). Lo anterior es algo que podemos confirmar con facilidad en sagas de diversas épocas, con villanos como Voland, Sauron, Voldermort o Darth Vader. Los antagonistas temibles causan un conflicto y una configuración en la trama que inyectan mayor intensidad dramática. Admiramos a ese villano despreciable que con sus deseos y acciones amenaza el equilibrio de un universo; no solo personificado, también cuando asoma en otros personajes, como Lady Macbeth o Yago.

El Diccionario de la lengua española incluye la siguiente definición de la palabra trama: “Disposición interna, contextura, ligazón entre las partes de un asunto u otra cosa, y en especial el enredo de una obra dramática o novelesca”. En narrativa, la trama suele configurarse en torno al conflicto, que conlleva el mayor grado de narratividad en la interacción humana. La palabra en griego antiguo para conflicto es agon, ubicada al centro de protagonista (el héroe que lleva a cabo la acción) y antagonista (el principal oponente del héroe y del bien, como los villanos mencionados) (Abbott 2002, 51). Aunque es probable que la mayoría de las personas busquemos la paz y la felicidad, el conflicto y el mal en las representaciones ficticias y no ficticias tiende a cautivarnos.

El conflicto puede incluso entenderse como una necesidad humana: los mismos miedos que merman nuestra calidad de vida son fascinantes e incluso entretenidos si se presentan en un formato diferente, como en el género de horror o con el tema de los asesinos seriales. Algo semejante sucede también en ciertas narrativas fácticas, por ejemplo, el conflicto se hace evidente en la representaciones históricas y periodísticas: la violencia atrae cobertura y atención. Haydn White recuerda la observación de Hegel de que los períodos de paz y prosperidad humanas son páginas en blanco en la historia (1992, 27), y uno de los dichos periodísticos más conocidos es: “Las buenas noticias no son noticia”.

Esta misma cuestión la vemos también en los contenidos audiovisuales que inundan nuestro mundo y su semiósfera. Clifford Geertz parte de una versión semiótica de la cultura, donde ve a los seres humanos inmersos en las tramas de significación que crean, expresiones y registros que nos permiten entender la cultura en dimensiones textuales. En este sentido, es posible leer como texto una pelea de gallos, como Geertz hizo en Bali, o una matanza de gatos en el París del siglo XVIII, como Robert Darnton. En un contexto más contemporáneo David Hesmondhalgh utiliza la palabra texto para todo producto de las industrias culturales: de una obra de Aristófanes a un comercial, o de un meme a una serie. Esta visión permite hilvanar en la misma perspectiva filológica a todos esos productos culturales como textos de nuestra era.

Si recorremos el menú de cualquier plataforma de streaming, veremos que una buena cantidad de opciones tienen que ver con la intriga, que tiene su propio subgénero en el thriller, donde la conspiración es un recurso dramático constante y fundamental, como en el caso de varias películas de Costa Gavras en varios países o Alan J. Pakula en Estados Unidos. Otra de las definiciones que proporciona el Diccionario de la lengua española para trama es: “Artificio, dolo, confabulación con que se perjudica a alguien”, que es el motivo central detrás de estas series y películas, y quienes la llevan a cabo tenderán a ser villanos con las características ya mencionadas.

Es asombrosa la cercanía y porosidad entre estos productos audiovisuales y las teorías conspiratorias que circulan en la sociedad, narrativas ficticias que se toman como fácticas y que pretenden explicar la complejidad del mundo y la mayoría de sus malestares a partir de las acciones de sombras muy similares: intrigas que villanos poderosísimos llevan a cabo en los entretelones de la realidad y la historia, y a los que se atribuye lo mismo virus que vacunas, desenlaces históricos o electorales. Las narrativas conspiratorias, en la realidad y la ficción, son historias sobre Ellos: esos villanos temibles que le dan un giro de tuerca a la trama. La mera alusión a su presencia es a veces suficiente para explicar todos los percances de la sociedad; le dan un patrón, propósito y significado a la aleatoriedad.

Su poder es tal que parecen unir cualidades divinas con maldad satánica: son omnipotentes, omnipresentes e intangibles, su voluntad siempre se cumple y se mueven de maneras misteriosas. Una de las descripciones más atinadas de lo que representan estos villanos en las teorías de conspiración es la máxima de la teología medieval que define a Dios como una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Sólo hay que sustituir a Dios por Ellos. Es imposible detenerlos o siquiera señalarlos con precisión, pues gozan simultáneamente de atributos divinos y demoniacos, y son responsables de lo peor que sucede en el mundo. Estos villanos divino-diabólicos forman una especie de panteón maligno y son tan poderosos que una narrativa puede transformar eventos inconexos en una intriga con tan solo insinuar su presencia. Pueden ser moros con tranchete, comunistas, la industria farmacéutica, la CIA, los conservadores o un largo etcétera que formará a las fuerzas del mal en cada contexto y para cada segmento social.

Uno de los principales argumentos de Paul Ricoeur para comprender cómo hacemos humano el tiempo es que la coherencia del mundo se logra en la narrativa a través de lo que él llama su aspecto configuracional, alcanzado mediante la “configuración de la trama”, la construcción de sentido a partir de los eventos que aparecen en una historia y la relación entre ellos. La trama construye una secuencia de causa y efecto entre los eventos retratados. Flaubert proporcionó una metáfora muy útil sobre cómo la trama une eventos dispersos. Se refirió a los episodios de una novela como perlas, que sin importar cuán preciosas sean, no valen nada por sí mismas pues lo que hace el collar es el hilo. Los acontecimientos, en la vida real o en la ficción, son las perlas, y la trama el hilo que los une significativamente en una narrativa. Conspiración es también sinónimo de trama y uno de los hilos narrativos más resistentes que ha habido en la Historia y en las historias.

Obviamente, no cualquiera puede enfrentar a estos villanos y sus recursos. Aunque con mucha frecuencia los protagonistas sucumbirán al intentar demostrar estas maquinaciones, el carácter heroico queda siempre manifiesto en el intento de que la verdad sea conocida. La siguiente es una descripción muy adecuada:

Sin embargo, los conspiradores, por inmorales o formidables que sean, no pueden engañar al detector de intrigas que es capaz, a menudo excepcionalmente capaz, de identificarlos, descubrir sus esquemas y, si el tiempo y otros factores lo permiten, frustrar sus planes. Su éxito, sin embargo, depende de su capacidad para persuadir a sus interlocutores en las instituciones políticas y judiciales de la ciudad de que se ha conspirado en contra de ellos (Roisman, 2006: 4-5).

Este perfil tan vigente lo elabora Joseph Roisman para la Atenas clásica, pues en sus investigaciones elabora cómo esos primeros ciudadanos ya eran sumamente afectos a las teorías de conspiración, que eran el pan de cada día. Este prototipo retrata muy bien a la mayoría de protagonistas de películas o series conspirativas (Jim Garrison en JFK, Jerry Fletcher interpretado por Mel Gibson en El complot, Harriet Dunkley en Ciudad secreta). El parecido entre personajes de la vida real en la Antigüedad clásica y la ficción contemporánea es notable, especialmente teniendo en cuenta que los separa una brecha de más de veinte siglos.

De acuerdo con Victoria Pagán, quien ha hecho una labor semejante a Roisman pero con la antigua Roma y las teorías conspiratorias que la plagaban desde su fundación, el trabajo de quienes se dedican a la historia consiste en llenar los huecos existentes en cierto periodo con datos nuevos y articular dichos vacíos de sentido en una trama para crear una narrativa confiable. Paradójicamente quienes creen y comparten teorías conspiratorias sienten que hacen algo semejante: descubrir la verdad sobre lo que no se dice a partir de elementos que nos pueden parecer disparatados, para detectar los intereses y fuerzas que hay detrás.

Las teorías de conspiración se basan en la misma estructura que Tzvetan Todorov observó en las historias de detectives y las novelas de suspenso, una estructura doble o de dos lados porque contiene dos historias: “la historia del crimen y la historia de la investigación” (1977, 44), algo que retomarían después autores como Jorge Luis Borges y Ricardo Piglia. Podemos llamar a estas dos historias A y B. Esta estructura también es fundamental para las teorías conspiratorias y para su funcionamiento como dispositivos narrativos, pues en ellas se da una tensión entre dos interpretaciones de la realidad: como apariencia generalizada (A) y como realidad profunda donde yace la verdad oculta (B) que alguien busca revelar. Uno de los momentos fílmicos donde mejor se ha representado esta dualidad es en la primera película de Matrix, cuando Morpheus le plantea a Neo dos opciones: tomar una píldora azul que lo devolverá a su vida como la vivido hasta ahora. O tomar la píldora roja y averiguar el estado real de las cosas para tratar de cambiarlas.

Esta dualidad también es evidente en las interpretaciones del asesinato de John F. Kennedy (JFK), uno de los acontecimientos históricos recientes que más narrativas ha generado. La Comisión Warren estableció la historia A como un asesinato que fue obra de Lee Harvey Oswald, un pistolero solitario. Mientras tanto, la historia B involucra un complot para matar al presidente, una trama que es legión con un ejército de posibles asesinos y conspiradores en versiones casi infinitas. El magnicidio de JFK es muy elocuente de esta relación entre villanos, trama y conspiraciones, pues ha sido retomada en casi cualquier formato que da para ello: en un sinfín de representaciones ficticias (desde las novelas de DeLillo y Ellroy hasta The X-Files o los X-Men), híbridas como el filme JFK de Oliver Stone y documentales o reportajes que tratan de explicar cómo y por qué ocurrió. Ser quien jaló el gatillo en este magnicidio da unas credenciales de un potencial maligno considerable, como lo demuestra la galería de personajes que supuestamente lo han hecho, como el Comediante en Watchmen, o el miembro Número 5 de The Umbrella Academy.

Aristóteles plantea que una tragedia perfecta debe imitar acciones que excitan la piedad, despertadas por la desgracia inmerecida, y el miedo, causado por la desdicha de personas como nosotros. Identificarnos con los protagonistas y su predicamento es un requisito para realmente sumergirnos en el mundo que nos presenta una narrativa. Una de las razones que explican la fertilidad de muchas teorías conspiratorias es que nosotros somos los protagonistas en ese drama, que plantea las marionetas a las que Ellos le jalan los hilos. Por eso en las últimas décadas se han convertido en una preocupación cultural significativa y han afectado el Zeitgeist (o 'espíritu de los tiempos' o 'clima epocal') inclinándolo hacia la suspicacia y la paranoia.

Las narrativas conspirativas entraman no solo al interior del texto sino también con una realidad que a menudo nos sobrepasa. Su abundante difusión contemporánea tiene que ver con que a través de la ilación que proporcionan, también hilan con el interior de quienes las consumen y el mundo que les circunda. Los contextos complejos en que vivimos en esta modernidad globalizada suscitan preguntas que nos visitan con frecuencia, conscientemente o no: ¿Qué está pasando realmente? ¿Qué viene después? ¿Cómo me afectará? Los escenarios que las teorías conspiratorias plantean, los villanos detrás y el mundo de quienes las comparten parecen converger en ellas y finalmente dar una respuesta concreta a estas interrogantes.

Ellos condensan la incertidumbre que producen estos entornos en una amenaza tangible, lo que proporciona la ilusión de encarar la situación y tener cierto control sobre ella. Cualquier narración o discurso sobre el acontecer social en el que algún villano ubicuo y amorfo aparezca como responsable, y por ello todo encaje en ese esquema explicativo debe ser tomado con cautela. A la vez, esta diada del mal, villanos y conspiraciones, seguirán inspirando y nutriendo la oferta cultural con textos de todo tipo, produciendo entre ellos obras audiovisuales para nuestro solaz y gozo, palabra esta última que de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española significa, en su tercera acepción: “Llamarada que levanta la leña menuda y seca cuando se quema”, uno de los primeros audiovisuales de nuestra propia creación que debemos haber disfrutado como especie.

Referencias

  • Abbott, H. Porter. 2002. The Cambridge Introduction to Narrative. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Roisman, Joseph. 2006. The Rhetoric of Conspiracy in Ancient Athens. Berkely: University of California.
  • Truffaut, Francois. 1969. Hitchcock. Londres: Panther.
  • White, Hayden. 1992. El contenido de la forma: narrativa, discurso y representación histórica. Barcelona: Paidós.