Vol. 3, núm. 1

"FILOLOGÍA, CUIDADO Y SALUD"

PRESENTACIÓN

 

La filología y la exégesis de la salud


Cubierta bajo el velo misterioso de la inercia de la vida, revelada en la sombra de una verdad oculta, la experiencia de la salud es desde siglos un fenómeno que ante todo ha merecido la atención en su manifestación negativa, en virtud de una ausencia, de la ruptura de su armonía silenciosa. Si la religión o la filosofía hablaban de "salud" lo hacían sobre todo en términos espirituales, como condición de posibilidad de la áscesis o la reflexión intelectual. La medicina no acudía sino cuando ella no estaba, en la única medida en que había que expulsar aquellas expresiones mórbidas de la vida; no había lugar para la enfermedad sino por la fuerza de una violencia técnica, por un lado, o de una gravidez retórica, por el otro, que expulsaba su sombra amenazante con el gesto de un discurso, de una metáfora, de aquello que nos permite leer las transformaciones culturales en correlación con el antiquísimo sueño de "prolongar la vida", desde la filosofía, desde la alquimia, desde la medicina, desde la filología...

En este número, dedicado principalmente a las relaciones entre salud, enfermedad, terapéutica, prevenciones, etc., con su historia dentro de una cultura específica a través de sus manifestaciones escritas u orales (o gráficas), es decir, con la disciplina filológica, el lector encontrará interesantes estudios documentales acerca de epidemias o enfermedades graves en la Nueva España, desde su centro hasta sus límites meridionales: su tratamiento, las concepciones médicas de la época, el papel de la medicina tradicional, hasta manifestaciones de plena actualidad como la "recepción", mediante ciertas manifestaciones lingüísticas, de la pandemia actual del SARS-CoV-19, y cómo incluso la gráfica, tanto de factura individual como la popular, ha incidido en el conocimiento, en los cuidados, e incluso en la evolución del imaginario social desde que se decretara el comienzo de la pandemia en México el 23 de marzo de 2020. Por otro lado, se presenta por primera vez un texto completo enviado a la Redacción de nuestra revista por el recientemente fallecido doctor Fernando Curiel Deffosé (texto ahora póstumo), quien fue toda una institución en las letras y la cultura de este país, y quien abandonó su camino por los fascinantes "senderos de la vida" –y de la práctica filológica– el 16 de agosto de 2021. Complementan esta entrega unas breves palabras In Memoriam por parte del responsable editorial de esta revista. Se nutre asimismo el número con una interesante entrevista de una colaboradora colombiana hecha al escritor e investigador Fabio Morábito, del Instituto de Investigaciones Filológicas, durante su estancia en 2017 en la Feria Internacional del Libro de Bogotá a propósito de su trabajo de investigación etnográfica, rescate y reescritura de narrativa popular mexicana Cuentos populares mexicanos (Siruela / FCE / UNAM, 2017). Las relaciones entre la enfermedad y la literatura se hacen manifiestas, también, a partir del caso de la escritora María Luisa Puga, quien, como Susan Sontag, reflexionó profundamente sobre el cáncer, al que poco después de diagnosticada terminó sucumbiendo; surge esta colaboración a partir de la lectura de un artículo de la revista Anuario de Letras a cargo de Elizabeth Montes Garcés, en 2006. Cierra esta edición un texto sobre la Odisea como un repaso sobre lo representativo del fenómeno del viaje humano o "factual", así como sobre el "viaje de ficción".

Todas estas experiencias, no sólo editoriales sino de vida, nos han llevado a reflexionar: ¿qué sucede con la enfermedad, con el cuerpo enfermo en la historia de la cultura, cuando se lo ve en relación con sus procesos naturales de corrupción, de descomposición orgánica, con la alienación mental, el trastorno, la enfermedad? ¿Qué rastros nos han dejado los textos de todo ello? ¿Cómo entran en correlación las prácticas curativas, la gestión terapéutica, el cuidado de uno mismo, la batalla infinita por evadir la muerte... con la manera de nombrar estos fenómenos, con la cadena de elementos retóricos, mejor dicho, filológicos, así como qué relación guardan con otros saberes o relatos que se producen al interior de la lengua, de la literatura, de los discursos, de todo aquello que corresponde a la dimensión del "texto"?

Hemos sido todos a últimas fechas golpeados por una marca indeleble –y posiblemente, irreversible– que ha definido y definirá el signo de nuestro tiempo, tal vez incluso de nuestro siglo. Ante tantas desgracias que se nos han vuelto casi cotidianas, ante tantas preguntas que nos han cuestionado existencialmente, reflexiva, filosóficamente, acerca de nuestro cuerpo y nuestra salud, ¿qué tiene que decirnos una disciplina como la filología en sus diversas vertientes, tan vieja ella como antigua es la escritura en su acompañamiento de la historia humana? ¿Cómo han reaccionado las distintas culturas a crisis semejantes? ¿Qué testimonios nos han dejado? ¿Cuál es, frente a todo esto, el papel de la escritura, de la literatura, de las Humanidades?

Buscaremos atender a estas preguntas de incuestionable vigencia, sobre un tema que, más que nunca, nos atañe "a todos", y escucharemos a los especialistas de esta disciplina quienes, más allá de la pandemia actual, tanto nos tienen qué decir con relación al cuerpo, a su cuidado, a la atención de ese mundo misterioso, muchas veces oculto y fascinante, de la salud, de las enfermedades, de la muerte incluso, pero gracias a los maravillosos e impredecibles destinos de la pluma, ante todo, de la vida.


Alejandro S. Shuttera

Responsable editorial

Senderos Filológicos

 

MEMORABILIA

In Memoriam Fernando Curiel Defossé (1942-2021)

 

Reconocido como uno de los más eminentes autores y fervientes promotores en el panorama actual de las letras y la cultura de este país, Fernando Curiel fue, ante todo, un apasionado lector de su presente histórico desde las trincheras de su vasto horizonte intelectual, concentrado en un campo por excelencia inter y trans-disciplinario como la Filología. Por aludir a Sartre, un escritor "comprometido" en toda la extensión de la palabra, a quien, como decía Terencio, y tantas veces repitió Miguel de Unamuno, "nada humano le fue ajeno", especialmente en torno a la realidad humanística nacional, tanto dentro de las aulas y los espacios universitarios como en los "afueras" de los inextricables laberintos de la sociedad mexicana.

Especialista en las letras mexicanas sobre todo de los siglos XIX y XX, fue también gran conocedor de la historia –disciplina en la cual se doctoró por la Universidad Nacional Autónoma de México– de este país, desde la Conquista pasando por el México independiente (entre otros campos culturales en los que abrevó conocimiento fundamental), pero nunca le atrajo un problema tan sensiblemente como el que tocaba a "lo actual", a sus escenarios de actualidad, en los que se mantuvo profundamente involucrado. En el ámbito de la investigación tuvo siempre como divisa acercar los beneficios de la cultura a tantos estratos de la población como fuera posible (para Curiel investigación/difusión-divulgación no representaban actividades distintas), lo que ejerció jamás en menoscabo del rigor académico con que producía obras de gran lucidez y sacaba otras tantas del olvido en que la literatura "oficial" las había relegado. Unos cuantos nombres de estos imprescindibles a los que dedicó parte de su actividad intelectual son Manuel Gutiérrez Nájera, José Juan Tablada, Martín Luis Guzmán, María Enriqueta Camarillo, Alfonso Reyes, Juan Carlos Onetti, entre muchos, muchos más, tanto nacionales como del mundo hispanoamericano, retratados en libros como: La querella de Martín Luis Guzmán (1993), Ateneo de la Juventud (A-Z) (2001), La Revuelta: interpretación del Ateneo de la Juventud (1906-1929) (1999), Ensayos de filología urbana (2016), la edición crítica de los Diarios de Alfonso Reyes dentro de las Obras completas del escritor regiomontano, y numerosos más en su larga y destacada trayectoria como investigador, que le merecieron premios como el Xavier Villaurrutia, premio José Revueltas, Premio Nacional de Biografía "José .C. Valadés", así como el Premio Universidad Nacional en el campo de Creación Artística y Difusión de la Cultura.

En el otro costado, ejerció la docencia por más de cuarenta años, formando a numerosas generaciones que recibieron todo cuanto tenía que ofrecer a manos llenas. El aplomo firme de sus convicciones, siempre lúcidas, a veces provocativas e irreverentes, de sabiduría punzante, le merecieron el reconocimiento de su apostolado académico como un maestro ejemplar, independiente y crítico, sui generis entre la comunidad magisterial universitaria... De esas figuras emblemáticas que poco solemos ver ya, a lo largo y ancho de los pasilllos.

Fernando Curiel, escritor e intelectual notabilísimo, dedicó su vida a la Universidad Nacional, que conjungó en él las tres funciones sustantivas a las que según su Ley Orgánica debe estar impelida: fue coordinador de Extensión Universitaria de 1985 a 1989, a la que transformó durante su gestión en la Coordinación de Difusión Cultural (vigente hasta la fecha). Más tarde fue director de su entidad de adscripción, el Instituto de Investigaciones Filológicas, en dos períodos consecutivos: 1993-1997 y 1997-2001. Y, si bien no funcionario, sus clases de Literatura mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras se transformaron en casi una institución para sus asiduos estudiantes, que admiraban por un lado la agudeza e ingenio de su mentor y, por otro, el humor que entremezclaba siempre fragmentos de la "alta cultura" literaria con escenas y anécdotas de la vida cotidiana.

Querido y admirado, tanto por sus alumnos como por sus colegas y cotáneos, su partida abre una grieta en el corazón de la comunidad universitaria, en especial, del Instituto de Investigaciones Filológicas, al tiempo que representa un golpe durísimo para el sostenimiento de la figura del escritor-independiente, crítico, como nos lo muestran las relexiones que presentamos a continuación sobre las transformaciones "tecnocráticas" de la Universidad, tan reales como el subyugo globalizante y cada vez más virtualizado al que progresivamente se ha ido acercando la educación, la cultura, la vida...

Inolvidable permanecerá por largo, largo tiempo en nuestros corazones... con su sombrero perenne de ala media, su inefable cigarrillo que le acompañaba en sus amenísimas charlas, desde aquellos tiempos en que se permitía fumar en las aulas hasta el solaz con que lo disfrutaba durante sus meditaciones, ya fuera en la terraza del Centro de Estudios Literarios como en las afueras del Instituto de Investigaciones Filológicas, momentos en que, privilegiados, nos permitía captar un "fragmento" de su entrañable esencia...

Descanse En Paz en su lecho eterno el Maestro Fernando Curiel Defossé, a quien dedicamos lo que resta de estas páginas.

 

 

Viciscitudes del homo academicus[1]

 

Fernando Curiel Defossé

Instituto de Investigaciones Filológicas

Universidad Nacional Autónoma de México


Estamos hechos de exterioridades: títulos, evaluaciones, dictámenes, reconocimientos y estímulos; producimos –deberíamos– conocimiento al servicio de la sociedad. Se es bachiller, luego licenciado, luego maestro, luego doctor, ahora cada vez más post-doctor. La movilidad entre las Humanidades, lugar de las Ciencias Sociales, y las ciencias propiamente dichas, o dentro de las disciplinas humanísticas y científicas –tendencia de la inter y la transdisciplina–, o la pretensión de algunas ciencias sociales de “cientificidad”, no alteran la esencia. Nos construyen certificaciones. Becario, Técnico académico y sus niveles, Investigador y sus niveles, Profesor y sus niveles. Y, pasado el tiempo, Decanatos, Emeritazgos. Somos los juicios y miradas de otros. Culminación: el Citation Index. El juicio ya no sólo local sino internacional (y las instituciones mismas sometidas a “ranqueo”). Lo que no inhibe, sólo facilita o problematiza la apuesta íntima pareja a la vocacional: lograr un nombre, obtener prestigio, capital simbólico. Si en algún lugar prospera aún la vara de la Meritocracia, es en las Universidades.

En la Educación Superior –la UNAM categórico ejemplo–, además, se impone una multiplicidad, sometida tanto a la evaluación como a la opinión de pares, que, sin tremendismo, sino realismo, llamo esquizofrénica. Investigador, profesor, difusor, alumno de tiempo completo –severo es el indicador “actualización”–, miembro de comisiones de todo tipo y órganos colegiados de gobierno, representante, directivo. No sorprende el señoreo de la ansiedad y el estrés entre los miembros de las comunidades.

Pero lo anterior no agota el panorama. En la tradición conventual, las universidades se levantan en lugares de apartamiento mundano. Repárese en que si el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México, en obsequio de la lógica conquistadora de concentración espacial del poder, queda cerca de Palacio, Catedral y Cabildo, por el contrario, territorialmente Ciudad Universitaria se instala en las “afueras”. Lo que contribuyó a la prohibición familiar –entre familias de clase media, patriarcales, todavía en el credo de división existencial de sexos, varones proveedores y mujeres amas de casa– de estudios universitarios femeninos. Pero CU jalará la urbe al Sur.

Con el crecimiento irrefrenable de las ciudades, y su contrapunto de densificación, los campi se insertan de lleno en la realidad citadina. Suyos son los problemas, las solicitudes y las tentaciones de los ciudadanos comunes. Se disuelve la línea divisoria, tan conceptual (refugio del saber) como real (extraterritorialidad): intramuros y extramuros. Y se dibuja cada vez más la política, la de la propia Universidad, la de la Ciudad, la del País, y a partir de los 70’s, en la UNAM, la del Sindicato: 1928-1929, 1944, 1968, 1973, 1985, 1999…

Por si no bastara el repertorio de variopintas tareas ordinarias, efecto post-68, el homo academicus salta al ágora como Catón de la cosa pública (y así fue con la única Familia Política de entonces: la Revolucionaria). Rius por escrito. A esta “nueva” figura la reclaman los periódicos, la radio, la televisión, los organismos autónomos que proliferan como setas (con ese no con zeta), las casas editoras con “línea” ideológica, los partidos políticos, las facciones del poder cultural en enconada pugna. El académico sienta doctrina fuera del aula o del cubículo. Se hace consejero electoral, fiscalizador, funcionario, comentarista de radio y televisión, editorialista.

Y en el camino, estalla la revolución del ciber-espacio, en manos no de los Estados o las Corporaciones, sino de los ciudadanos (¡si se abrieran los libros con la asiduidad con que se examina el i-Pad!). El exclusivo saber universitario se democratiza, el i-Book aspira a derrumbar bibliotecas. Y aun así en México no aumentan los índices de lectura (mas sí los de pobreza y desigualdad). Por supuesto nada bueno se puede decir del sistema de representación política. ¿Misma situación del sistema de representación intelectual?

La ola expansiva que sacó al académico de sus cotos (no dice “madrigueras”) se contrae, sin embargo, a ojos vistas. ¿No estará sonando la hora de volver la mirada al campus, al “estado del arte” en Humanidades y Ciencias, a sus métodos de enseñanza, a la “tercera función”?[2] ¿A sus formas de gobierno y a la poco explorada cotidianidad? ¿Al cumplimento o incumplimiento de la atención a las “condiciones y problemas nacionales”? Me temo que sí.

Si está usted interesado en ahondar más en el tema me permito recomendarle, del sagaz Bourdieu, Pierre, Homo academicus (2009).

 

[1]El texto que presentamos a continuación fue remitido por él a nuestra Redacción a inicios de 2017, cuando preparábamos el nacimiento del primer número de la Revista; sin embargo, maquetado para su publicación un poco más tarde, nos percatamos que había aparecido ya en el número correspondiente al 17 de enero de 2017 en la sección cultural de Milenio Diario, seguramente a causa de la celeridad que caracteriza –y debe caracterizar– a los escritos "de coyuntura", que muchas veces no pueden esperar los tiempos tradicionales del proceso editorial de una revista, aun siendo en este caso de divulgación. De ahí que decidiéramos retirarlo, en virtud del principio de "originalidad" y "absoluta novedad" que priva –muchas veces irreflexivamente– en el ámbito de las publicaciones, especialmente las periódicas. Sin embargo, las razones de antelación del envío, pero ante todo, la consigna de someter al asedio nuevamente una pequeña muestra de lo que fue, del carácter férreo, lúcido, intenso, a menudo polémico, de los escritos del doctor Fernando Curiel, nos anima a "intentar imaginar" o seguir con él esa "conversación infinita", como diría Maurice Blanchot, tanto a nivel textual –al presentarlo completo, con su correspondiente proceso editorial– como audiovisual, que esperamos, valga también como un modesto homenaje a quien fue una figura relevantísima de nuestras letras mexicanas actuales, emblema y símbolo de una generación.

[2] Por "tercera función" se refiere a la Difusión de la Cultura, junto a la Enseñanza y la Investigación, una de las tres misiones sustantivas de la Universidad Nacional Autónoma de México de acuerdo con su Ley Orgánica.

 

Una pequeña muestra del Maestro Curiel hablando de uno de los temas que alimentaron gran parte del concepto general de esta revista ¡Te invitamos a escucharlo de viva voz!:

Voz de Fernando Curiel hablando sobre sus 'últimas' incursiones en lo que denominó 'Filología urbana'

Derechos de reproducción pertenecientes al Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El escritor, con su característico sombrero

Fotografía de autoría anónima tomada en la entrada al Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

ARTÍCULOS DE DIVULGACIÓN

El humor gráfico en tiempos de pandemia: una aproximación lingüística

 

Enrique Meléndez Zarco

Universidad Nacional Autónoma de México

e-mail:zarcounam@gmail.com

 

 

La literatura especializada sitúa a Platón como el primer teórico del humor. Así lo refiere Salvatore Attardo en su clásico libro Linguistic Theories of Humor (1994) en el cual se señala que, para el filósofo, el humor era concebido como “un sentimiento mixto del alma”. Esto puede constatarse en Filebo, donde se afirma que “al reírnos de las actitudes ridículas de nuestros amigos, al mezclar placer con envidia, estamos mezclando el placer con el dolor; pues desde hace tiempo hemos convenido que la envidia es dolor del alma, y la risa placer, y ambas se dan a la vez simultáneamente” (Fil. 50A: 93).

Desde la época clásica se ha dado lugar a una serie de reflexiones trascendentales en torno al fenómeno humorístico en diversos campos del conocimiento, tales como la filosofía, la psicología, la literatura, la antropología, el psicoanálisis, las Ciencias de la Comunicación y la lingüística. Será esta última disciplina el motivo de reflexión del presente artículo, en relación con una circunstancia inusitada y actual como lo es la pandemia, la cual ha trastocado la vida y la cosmovisión de millones de seres humanos, y que se ha reflejado, de forma muy particular, en el pintoresco ámbito del humor gráfico.

Si bien el humor encuentra en la lengua una posibilidad de expresión determinante, tradicionalmente la lingüística ha manifestado un rechazo a priori en cuanto a la importancia de su análisis. En su artículo “La investigación en torno al humor verbal” (2004), José Antonio Llera, del Instituto de la Lengua Española del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC, Madrid), asienta que:

Si la tragedia del humorista es que no se le suele tomar nunca en serio, la del teórico del humor no le va a la zaga. La visión que se tiene de su trabajo está sujeta a una paradoja que a menudo corre el riesgo de convertirse en complejo. A la vez que el humorista “de oficio” le reprocha ser demasiado abstruso, el especialista en cuestiones del humorismo cobra fama entre sus colegas de ocuparse de naderías, difícilmente compatibles con un sueldo fijo o con una beca a cuenta de Estado. Es víctima de lo que me gusta llamar la maldición metonímica: el hecho de ocuparse de lo humorístico haría del crítico un ser también incongruente, con un discurso plagado de rupturas y ambigüedades. En suma, poco afín a la horma académica (528).

La valoración despectiva que injustificadamente se ha extendido sobre el humor lo ha reducido a simples banalidades, a ocurrencias burdas que viven en la oralidad, a un decir de ocasión, esto es, a un conjunto de informalidades que poco se ajustan a la seriedad, el rigor y el prurito académico convencional. A pesar de que, como apunta Sirio Possenti (2003), el humor verbal lleva a la lengua a sus límites, al tiempo que representa y expone diversos acontecimientos y conductas sociales, poca ha sido su exploración desde una dimensión lingüística y filológica.

En lingüística, el estudio del humor verbal no cuenta ni con media centuria de reflexión sistemática. El libro que marca el inicio de la exploración del humor en el campo del lenguaje es Semantic Mechanism of Humor de Victor Raskin, publicado en 1985. En esta obra se lleva a cabo un análisis semántico de los chistes estrictamente verbales, pues, a juicio del autor, una teoría lingüística del humor no podía explicar los fenómenos no lingüísticos (Raskin, 1985). Justamente por ello, en los umbrales de los trabajos sobre el humor, se adoptó una postura que se circunscribía solamente a una dimensión lingüística gramatical, dejando de lado los factores sociales, culturales, contextuales que hoy sabemos son imprescindibles para interpretar los variados textos humorísticos que colorean y se reinventan dentro de una comunidad (chistes, albures, caricaturas políticas, “calaveras literarias”, comedias, etc.).

En lo referente al humor verbal que se conjuga con elementos no lingüísticos, aún en nuestros días y, a pesar de los desarrollos fundamentales en pragmática, semiótica, hermenéutica y análisis del discurso,[1] hay quien sigue creyendo que un lingüista no puede ni debe ocuparse de cualquier producción que no se integre únicamente de materia léxica. La hiperespecialización del lingüista ha supuesto, sin duda, una limitación para explicar a cabalidad las configuraciones múltiples de un texto humorístico, así como su inserción fuera del sistema lingüístico-gramatical. Así pues, en el caso de los chistes se ha dicho que, durante mucho tiempo,

[l]a preocupación fundamental siempre ha sido intentar explicar lo que había de relevante desde el punto de vista de la lengua, aunque fuera inevitable recordar y –a veces– explicar las necesarias relaciones con los factores extralingüísticos. La posición que se ha asumido es que los otros ángulos del texto cómico deben ser tratados por otros especialistas, y que a los lingüistas concierne, lo que es obvio, las cuestiones lingüísticas, porque los otros especialistas no se ocuparán de las propiedades verbales o textuales de este género del discurso (Possenti, 2002: 1).

Sin embargo, también hay que decir que, frente a las restricciones que desde antaño ha impuesto el ámbito lingüístico conservador, de igual forma ha habido esfuerzos paralelos por ampliar los territorios de análisis en los que la lengua deja su huella en el uso. Con este espíritu nació, a inicios de la década de los 90, la que probablemente ha sido la perspectiva con más resonancia internacional: La Teoría General del Humor Verbal (abreviada como TGHV en español o GTVH en inglés). A diferencia de los postulados iniciales de Raskin, quien analizó el humor en términos exclusivamente semánticos en 1985, años más tarde tanto él como Salvatore Attardo tomaron en cuenta holísticamente, es decir, de manera integral, todos los niveles de la lengua (morfología, fonología, sintaxis, etc.), así como aspectos de tipo pragmático, textual y cognitivo.[2]. Asimismo, sentaron las bases para examinar ya no solo chistes verbales, sino también otra clase de producciones humorísticas, como los acertijos, las tiras cómicas, las novelas gráficas, entre otros (Granato, 2018).

Así pues, desde la TGHV se han explorado hasta la fecha, con una mirada innovadora e integral, las diversas modalidades discursivas que comprenden el multifacético terreno de la hilaridad, entre ellas el humor gráfico, es decir, toda expresión humorística que se manifiesta a través de una imagen. Son muestras del humor gráfico la caricatura política, el chiste gráfico, la historieta y la ilustración (Flores, 2014). A partir de dicha perspectiva hoy podemos estudiar ejemplos que, con tono juguetón y con ingenio, se enfocan en los variados tópicos que se han ido desprendiendo durante la pandemia, como el retorno a las actividades presenciales en un contexto de contagio:

carton de Salvador Guardado

En una óptica pragmática como la de la TGHV, aunque ahora considerando con mucha más consistencia el ámbito del discurso desde la enunciación, la teoría escandinava de la polifonía lingüística de la ScaPoLine es otro de los acercamientos posibles para el análisis del humor gráfico. La teoría cuenta con más de 30 años de historia y se ha aplicado en diversas lenguas como el español, el inglés, el francés, el alemán, el italiano, el noruego y el sueco, tomando como referencia las aportaciones que en este campo realizó el lingüista francés Oswald Ducrot. En contraste con la TGHV, que considera los diversos estratos del lenguaje y el dominio cognitivo, el propósito de la ScaPoLine es poder especificar en cualquier situación discursiva qué parte del significado total pragmático y polifónico se debe a las instrucciones que provienen de la lengua y qué parte se debe a otros aspectos generales o factores específicos presentes en cada caso y pertenecientes al modelo de la interpretación (Nølke, 2017).

Las características que identifican a este enfoque son: 1) su orientación hacia el enunciado porque tiene que ver con el acto de enunciación; 2) su carácter semántico dado que se interesa por la codificación lingüística del significado; 3) su carácter discursivo por la integración del enunciado dentro del discurso; 4) su perspectiva estructuralista porque su punto de partida es una concepción estructural de la organización del discurso; 5) su base “instruccionista” pues produce instrucciones para la interpretación del discurso. Con tales planteamientos, uno de los principales hallazgos de la polifonía ha sido, desde los antecedentes de los estudios de Ducrot, el reconocimiento de una pluralidad de voces en el enunciado, a propósito de las cuales se pueden externar diversas actitudes por manipulación directa de un locutor; este hallazgo ha puesto en duda el postulado tradicional (implícito) del sujeto hablante de la lingüística moderna.[3]

En el nivel semántico interpretativo, que la ScaPoLine denomina la configuración polifónica, se consideran cuatro aspectos esenciales: 1) el papel del locutor (loc), 2) los seres discursivos (sd), 3) los puntos de vista (pdv) y 4) los lazos del enunciado (lazos). Revisemos la aplicación de estas nociones a la luz de lo que hemos llamado el humor gráfico en tiempos de pandemia:

carton de Salvador Guardado

  • pdv1: [X] (VERDADERO – ‘Podrías contagiarte de coronavirus’)
  • pdv2: [So] (FALSO – pdv1)[4]

Esta caricatura permite analizar la interacción polifónica que se establece entre el dominio verbal y el pictórico. Por voluntad de un locutor, como responsable de la enunciación, se instancian en este breve diálogo dos seres discursivos, que toman la palabra en turnos diferentes: uno que alerta del peligro de salir y contagiarse (X) y otro que, en tanto que incrédulo, cataloga dicho juicio como falso mediante un lazo de rechazo (So). Así, por medio de un adverbio de polaridad negativa fuerte (no), la segunda voz muestra como falso el primer punto de vista (pdv1) considerando que, a pesar de las suposiciones, ha logrado salir airoso de cualquier clase de contagio (pdv2), aunque la imagen represente evidentemente lo contrario. De este modo, el humor, situado en un panorama actual, elabora una crítica sobre la sociedad mexicana que no toma precauciones responsables para resguardar la vida, incluso con advertencias de por medio. Al mismo tiempo, el humor gráfico ha generado discursos que, de manera esperanzadora, han representado a la anhelada vacuna que ponga fin a la enfermedad:

carton de Salvador Guajardo

Si consideramos que la filología es la disciplina que estudia en los textos orales y escritos la cultura e identidad de un pueblo (Company, 2017), el tratamiento del humor gráfico no tendría por qué serle indiferente. A través del humor gráfico y de sus varios "textos" es posible acercarse al pensamiento, a la cultura y a la visión de mundo de una comunidad, en este caso, en un marco de alcances universales que ha transformado radicalmente el devenir de millones de seres humanos en salud, enfermedad, medidas preventivas, adaptativas y de formas de vida en tiempos de pandemia.

Referencias

  • Attardo, Salvatore. Linguistic Theories of Humor. Alemania: Mouton de Gruyter, 1994.
  • Attardo, Salvatore y Victor Raskin. The Routledge Handbook of Language and Humor. Nueva York y Londres: Routledge, 2017.
  • Company, Concepción. Los opuestos se tocan: indiferencias y afectos sintácticos en la historia del español. México: El Colegio Nacional, 2017.
  • Ducrot, Oswald. Polifonía y argumentación. Conferencias del seminario: Teorías de la Argumentación y Análisis del discurso. Cali: Universidad del Valle, 1988.
  • Flores, Ana. (coord.), Diccionario crítico de términos del humor y breve enciclopedia de la cultura humorística argentina. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba, 2014.
  • Granato, Luisa. “El humor en la conversación coloquial”, Cuadernos de la ALFAL, vol. 2, núm. 10 (2018): 95-114. Recuperado de: https://www.mundoalfal.org/sites/default/files/revista/10_2_cuaderno_008.pdf [01/09/2021].
  • Llera, José. “La investigación en torno al humor verbal”, RLit, vol. LXVI, núm. 132 (2004): 527-535. Recuperado de: http://www.acuedi.org/ddata/F10051.pdf [01/09/2021].
  • Nølke, Henning. Linguistics Polyphony: The Scandinavian Approach: ScaPoLine. Boston: Brill, 2017.
  • Possenti, Sirio. “Estereotipos e identidad en los chistes”, Cuicuilco, vol. 9, núm. 24 (2002): 1-11. Recuperado de: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=35102412 [01/09/2021].
  • Possenti, Sirio. “Limites do humor”, Lingua e Literatura, núm. 26 (2003): 103-110. Recuperado de: https://periodicos.ufsm.br/letras/article/view/11885 [01/09/2021].
  • Platón, Diálogos. Madrid: Gredos, 1992.
  • Raskin, Victor. Semantic Mechanisms of Humor. Boston, Dordrecht y Lancaster: D. Reidel Publishing Company, 1985.

 

[1]Todos estos enfoques se interesan por el estudio de producciones contextualizadas (a menudo, transoracionales) de sentido, donde lo mismo importa atender los elementos lingüísticos y no lingüísticos, así como su vinculación con lo social. Un libro reciente que considera estas dimensiones de análisis es The Handbook of Language and Humor, de Attardo y Raskin (2017).

[2]La TGHV contempla seis categorías en sus análisis: 1) la oposición de guiones que se produce en el texto humorístico; 2) los mecanismos lógicos que dan cuenta de la forma en que los dos sentidos (guiones, scripts o isotopías) se juntan; 3) la situación, que implica que cualquier texto debe “ser sobre algo” (cambiar una bombilla, cruzar la carretera, etc.); 4) el blanco, que contiene el nombre de los grupos o individuos con estereotipos (humorísticos) asociados a cada uno; 5) la estrategia narrativa en sus diversas expresiones (diálogo, acertijo, conversación, etc.) y 6) el lenguaje, en tanto información necesaria para la verbalización del texto (Attardo, 1994).

[3]Tal postulado sostenía que detrás del enunciado hay una y solamente una persona que habla (Ducrot, 1988).

[4]En la formalización que lleva a cabo esta teoría, "X" corresponde a un ser discursivo no identificable en el contexto y "So" al sujeto de enunciación, que en la caricatura corresponde al incrédulo como ser discursivo (identificable) en primera persona.

 

 

Senderos y deslices de “la bola”

Epidemia, terapéutica y sociedad en Chiapas y Guatemala a finales del siglo XVIII

 

Mario Humberto Ruz

Centro de Estudios Mayas

Instituto de Investigaciones Filológicas

e-mail: mhruzs@gmail.com

 

Introducción

Corría el mes de septiembre de 1786 cuando el Real Palacio que alojaba a la Audiencia de Guatemala supo de las consideraciones del fiscal acerca de un asunto que preocupaba cada vez más a las autoridades, dada la situación de la vecina provincia de Las Chiapas.[1]

Se trataba de la presencia, en territorios de las alcaldías de Tuxtla y Ciudad Real, de una “enfermedad pestilente”, tipo “fuerte catarro”, que se aseguraba había venido de la Audiencia contigua, la de México, con todo y nombre: “La bola”, como fue conocida vulgarmente en Campeche y el obispado de Oaxaca. La virulencia de la enfermedad motivó el que para esos años fuera ya tenida por epidemia, y que interviniesen distintas entidades y personajes en vistas a su terapéutica y erradicación, incluyendo al Protomedicato, la máxima institución virreinal en asuntos médicos. Gracias a ello contamos con información muy valiosa desde el punto de vista médico, sociopolítico e incluso filológico sobre un tema de actualidad, en varias de sus facetas, del cual ofrezco a continuación un apretado resumen.

Mapa Audiencia de Guatemala

La Bola en la alcaldía de Tuxtla[2]

A decir del alcalde mayor de Tuxtla, Miguel del Pino, se trataba (según los especialistas consultados) de una variante de “fiebre catarral”, cuyos principales síntomas y signos eran “unas calenturas que dan bien fuertes con dolor de nucas, pecho, pulmón y tos”, que no habían parecido sin embargo tan letales, pues “con sólo sudores de agua de borraja [y] atole hecho con el mismo agua”, los enfermos “a los 6 u 8 días se levantan buenos”. De hecho, hasta el 30 del mes anterior, agosto, no habían muerto más que cinco personas, pero las cosas se agravaron pues, a partir del 31 de ese mes, en sólo cinco días, habían fallecido “como 30”, 28 de ellos indígenas, por lo que pensaba “que esto se debe atribuir al poco cuidado y disparates que hacen los indios”, de allí que hubiera optado por unirse con el vicario, el prior de Chiapa y los indios justicias y principales “para dar las providencias más oportunas a efecto de contener los excesos que hacen los enfermos, y suministrarles los remedios más suaves y experimentando por mano de un facultativo de medicina que se ha dedicado a este fin”, a más de proveer a cada barrio de “un ladino de razón para cualesquiera ocurrencia de los enfermos”.

En comunicación posterior el alcalde anunciaba haberse controlado la epidemia en Tuxtla “sin mayor estrago”,[3] por lo que el fiscal solicitó se tomara en cuenta el informe brindado por el profesor don Antonio Martínez para apoyar a otras regiones, incluyendo la alcaldía vecina a la de Tuxtla: Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas) ya que, haciendo honor a su nombre, “la bola” había comenzado a rodar por otras latitudes.

El informe de Martínez, fechado en Tuxtla el 27 de septiembre, que basó su experiencia en el trato de los enfermos, iniciaba apuntando que el contagio de la enfermedad podía ser “por la comunicación del ambiente”, o “por el comercio y trato de las gentes”, pero requería de individuos que se hallaban con “disposición capaz de recibirlo”. Producía por lo común “una disgregación y disolución corrosiva, principalmente en los líquidos del cerebro, con una gran resecación y obstrucción en los fosos de la nariz”, a lo que seguía gran dolor de cabeza uno o dos días antes de que les acometiera una fiebre ardiente (se habla de dos tipos de fiebre, ambas “ardientes”, pero una de ellas “espuria”) seguida por una “fluxión ardiente y ulcerosa a las fauces”, tráquea y bronquios, que se traducía en “tos incómoda, esputos pocos y tenues, pero con un tielismo abundante, el cual [va] disminuyendo al tercero o cuarto día, no haciendo ningún remedio degeneraba por metástasis en costado o pulmonía”.

Aunque el galeno no explica cómo una simple salivación copiosa (tielismo) podía degenerar en patologías tan graves como una pulmonía, o a qué tipo de “metástasis en el costado” se refería, sí deja claro que calentura y demás síntomas desaparecían “casi del todo”, si al empezar la enfermedad se hacía al paciente ingerir, “abundantemente”, un “cocimiento de borraja y malbabisco, solicitando al mismo tiempo un blando sudor mediante el vapor de agua tibia”. Así, pues, a decir de Martínez, se debería combinar un conocido antitusígeno, expectorante y anti-inflamatorio, como era la planta denominada malvavisco (Althaea officinalis) con otra, la borraja (Borago officinalis L.), que goza de milenario prestigio como auxiliar en afecciones respiratorias, desde resfríos hasta bronquitis, disminuye la temperatura y calma la tos y el dolor de garganta. Debían agregarse vaporizaciones con agua tibia.

Con ello, aseguraba, había curado a más de 200 de los que habían solicitado su asistencia “desde el primer acometimiento de la enfermedad”. Cierto, a unos pocos tras ceder la calentura se les habían manifestado “señales de causa material, a unos en el estómago y a otros en el vientre”, pero con un emético los primeros y un catártico los segundos, “se les perfeccionó la curación”. ¿Excepciones? Apenas “una india de 55 años de edad que, después de haber sido puesta en pie, por haberse salido descalza un día de agua a la calle, le costó el recaer, y la vida”.

A las dos centenas de pacientes curados se sumaban “como otros 200” contagiados en los cuales, “por falta de el correspondiente auxilio y por haber cometido varios absurdos, dictados de la ignorancia de los curanderos que habían dirigido su curación”, “la bola” había evolucionado a inflamaciones de las pleuras, cuando no de los pulmones mismos, lo que –confiesa Martínez– le causó perplejidad y lo dejó sin saber cómo proceder “por causa de la miseria, a que está reducido este pueblo, por no tener botica, ni resquicio de medicamentos”, por lo que no tuvo más remedio, redundancias aparte, que utilizar remedios cuasi caseros. Añadió yemas de huevo y zumo de cebollas asadas a los cocimientos de malvavisco y borraja (hechos jarabes), “usando al mismo tiempo de santísimas emulaciones y vapores de agua tibia, según lo exigían las circunstancias”. Gracias a eso sólo murieron ocho contagiados.

Añadió que a varios de aquellos en quienes la enfermedad “se había hecho inflamatoria, les sobrevinieron cursos tenues y abundantes”, aludiendo a diarreas (aún hoy denominadas “curso” en varias regiones de Chiapas) que logró curar con un cocimiento de tormentila (Potentilla sp.), claras de huevo y trementina, o tormentila con raíz de altea; otro nombre del malvavisco.

Concluyó acotando que sólo había podido asistir a 400 enfermos por estar el pueblo “muy esparcido”, y que todos pasaban de los 15 años, exceptuando dos, que, por cierto, mostraron síntomas leves, así que bastaron la dieta “y con sudor general, que espontáneamente les ha sobrevenido, convalecieron; más bien a beneficio de la naturaleza que del arte”.

La Bola en la alcaldía de Ciudad Real[4]

Ya que los pobladores de la alcaldía vecina, Ciudad Real, no se habían visto tan beneficiados, ni por la naturaleza ni por el arte médico, su alcalde, Ignacio Coronado, consultó a la Audiencia “para contener los progresos y evitar los estragos que causa en aquella provincia la enfermedad”, donde, no obstante “ser tan reducido su vecindario, no falta día en que mueren una o dos y más personas, habiéndose verificado morir en un día hasta 10; bien que el mal no les asalta a todas de una misma suerte, pues a unas les acomete con rigor, a otras medianamente y a otras con suavidad”. Fuese con rigor o con suavidad, los pueblos de la provincia se iban infestando a toda prisa, entre otras cosas, a decir de las autoridades, a causa de los medios de que se valían los indios intentando curarse.

La situación era más seria en las tierras calientes, aunque no se sabía si por “la cualidad” de la misma fiebre, por las “medicinas extraordinarias” a que recurrían los naturales, o por “el pernicioso uso de los baños calientes, y que vulgarmente llaman temascales, y a que son tan adictos en todos sus achaques”; baños que suponían tan “nocivos”, y de hecho “mortales”, que se mandaron despachos a modo de cordilleras para que circulasen en todos los pueblos y haciendas a fin de que las justicias locales los prohibiesen. Y de resistirse los indios, habría que demoler los temascales. Asimismo, se ordenó que a los curanderos que aplicaban “semejantes medicinas”, así como purgas, sangrías y otros remedios tenidos por “cálidos”, los suspendiesen en sus tareas, y si proseguían ejercitándolas, los encarcelaran.

Consciente, empero, de la dificultad de que, dado su desamparo, pueblos y haciendas tuvieran “noticias proporcionadas para la curación de un mal tan incógnito”, Coronado se preocupó por conseguir la receta “que ha adaptado mejor en esta ciudad” y la agregó a la cordillera, ordenando a los justicias de cada pueblo y a los “maestros de escuela y lengua castellana” darla a conocer a los indios en su idioma, “y a cuantas personas se les proporcionasen, para evitar en el modo posible las ruinas lamentables que esta peste conduce”.

Por otra parte, recelando que la epidemia se extendiera a la capital de la Audiencia, mandó a Guatemala copia de la receta de Martínez, y “una copia carta y reseña que hice sacar de una de una gaceta impresa en la ciudad de México. Todos esos documentos dan unas buenas luces del origen de este mal y los remedios adecuados para su curación”, para que si “la bola” se deslizase hasta la capital, no los encontrara “escasos” de noticias tan importantes.

“La receta que el señor Justicia de esta ciudad libró por cordillera a todos los pueblos y haciendas de la Provincia de su mando”, no muestra mucha diferencia con lo prescrito por Martínez en Tuxtla. Agregaba dar “a horas convenientes muchas friegas por todo el cuerpo” mientras durase la fiebre, para proceder luego a diversas unturas: “úntensele los pies [con] sebo y sal, de las rodillas para abajo, y la espalda con unto amasado con aceite de almendras y vino. Si no hay esta untura, suple el sebo solo, untado en la caña de la espalda”. Después vendría el sudor incitado con agua de borrajas con azúcar, pudiendo suplirse la borraja con la corteza de palo mulato (Bursera simaruba). Se daban también indicaciones sobre la dieta: mientras durasen las calenturas los alimentos debían ser caldos y atoles, y si se tratase de comidas de difícil digestión, habrían de mascarse muy bien. Como “agua común” serviría la de borrajas, y, de no haber ésta, agua simple, pero cocida y un poco templada.

Los dolores, anotaron, se quitaban con el sudor, pero para el del pecho ayudaba “un poco de miel rosada, y agua de culantrillo encima”, y si no había miel, aunque fuera el culantrillo (Adiantum). Si la fiebre no cedía, era obligado repetir la sudoración. Y, en cualquier caso, guardarse del sereno, del frío de las madrugadas y no mojarse, así como evitar el guardar cama, salvo el día en que se ponía al enfermo a sudar.

Como habían prometido, se copió después la receta del “médico europeo residente en Tuxtla”, en la que vemos leves cambios. Así, se apunta que la fiebre catarral descendía de la cabeza (como aclaró Martínez), pero se precisa que ese “descenso” se componía de dos humores; uno sutil “entre el cutis”, que causaba la calentura y se evacuaba con el sudor, y “otro género que regularmente cae, y pega a la pleura del costado, o en el pulmón”, lo que explicaba los intensos dolores en el costado y el que algunos arrojaran el esputo con sangre. Sentenciaron: “este humor a unos les cae poco, a otros casi nada y a otros mucho, y ésos son los que padecen dolor fijo, y escupen o evacuan sangre o podre”. A estos últimos era forzoso hacerlos que sacaran todo ese humor, “por vómito o evacuación”, porque si no, se “inflama la pleura, y en [la] parte en donde pega la corrompe, se encancera y muere el paciente”.[5]

Si el enfermo padeciera de muchos “cursos” se le daban los conocidos astringentes: raíz de consuelda mayor (Symphytum officinalis), que se usaría como agua común (diríamos ahora) hasta que se suspendieran las evacuaciones “y no más”; aunque podían ayudar “dos claras de huevo bien mezcladas con una cucharada de trementina, y después se le añade un cuartillo de la misma agua de consuelda mayor”. No cabe duda que Dioscórides se hubiese sentido halagado al ver como se respetaban siglos después sus fórmulas, aunque, cierto, él recomendaba esa raíz, majada y bebida, sobre todo para quienes “arrancan sangre del pecho”. Años después se usarían para problemas gastrointestinales.[6]

La Bola antes de Chiapas[7]

No acabaron allí las doctas prescripciones. Como prometido, se incluyó también la información publicada por la Gazeta de México el 14 de mayo de ese mismo 1786, donde, a más de informar sobre la epidemia en otros sitios como Guadalajara y Pachuca, se daba cuenta de una carta enviada desde Oaxaca por fray Juan de Caballero en abril de 1786 que se refería a un comunicado en el que Monsieur De Rochard describía una enfermedad experimentada en Belle Isle, cuyos signos y síntomas se asemejaban mucho a los que provocaba la epidemia de "la bola", aunque la letalidad parece haber sido mayor, pues se apuntaba allí que “los enfermos perecían en poquísimo tiempo”.

Dato novedoso es el que se señale que el verdadero problema “no está en la calidad del mal de pleuresía o dolor verdadero de costado”, sino que en el origen de la enfermedad estaban nada menos que “los destemplados vientos del Nordeste, que eran perjudicialísimos a la transpiración”. No en balde se había apreciado “que solos los soldados que estaban obligados a montar la guardia eran los que se veían atacados de esta enfermedad, quedando libres los oficiales, sargentos y tambores que no se exponían a la mayor frialdad del aire”. Por eso los remedios para la pleuresía ayudaban poco y “las repetidas sangrías producían un infeliz efecto”, y se debían emplear humectantes, diaforéticos y epispásticos (elementos vesicantes que producían ampollas en la piel) para “perfeccionar la curación”, ya que eran los “proporcionados a restablecer la transformación suprimida por los vientos antecedentes”. Se ponía como ejemplo de las ventajas de esa terapéutica el caso de Zaachila, Oaxaca, donde se había tratado a los enfermos con “la hierba de la calentura” (Ruellia nudiflora), acerca de la cual había enviado incluso una nota previa (que, apunta, se publicó en la Gazeta 36, del 3 de mayo de 1785), que era “diluente, apertura aperitiva, purgante y diaforética” y había “libertado del mal por medio de sudor copioso” a enfermos también en la propia Oaxaca.

Para mejor validar su aserto sobre la supresión de la transpiración como real origen del problema (pues, apunta, se cerraban y obstruían los poros destinados a la expulsión de los “humores superfluos”), Caballero recordó algún dictum de Sydenham, en referencia al célebre Thomas Sydenham (1624-1689), tenido por el Hipócrates inglés, y conocido por sus trabajos donde hacía hincapié en el papel de aires y aguas en las epidemias. Concluyó su mensaje asentando: “Yo confieso que en materia de medicina soy totalmente peregrino y extraño, mas el caritativo deseo de remediar las ajenas desgracias me ha movido a meter la hoz en mies ajena”.

Thomas Sydenham

El Protomedicato de Guatemala ante la amenaza de La Bola[8]

Tras Caballero, tocó meter la hoz nada menos que a las mismísimas autoridades del Protomedicato en Guatemala, encabezadas por el célebre galeno Joseph Flores, aunque en este caso la mies no era ajena, ya que las alcaldías de Chiapas quedaban médicamente bajo esa institución, y tampoco metieron la hoz por decisión propia, sino porque les había sido ordenado por la Audiencia.

En efecto, en carta del 27 de octubre, Flores, secundado por Anastasio de Córdova y Manuel Melo, informaba haberse reunido en dos ocasiones “el Cuerpo de Medicina de esta capital” y los demás profesores que se hallaban en ella, a fin de “formar un método para curar dicha epidemia, sencillo y claro, acomodado a la simplicidad de los indios”, y prevenir que el contagio llegase a la sede de la Audiencia, pues si bien después de revisar los informes de los dos alcaldes, coincidieron en que se trataba de “una enfermedad que acomete con alguna benignidad”, se apreciaba que se habían registrado muertes, “y no sería extraño que en las circunstancias calamitosas del tiempo adquiriera una naturaleza tan maligna que degenerase en un verdadero contagio, y por consiguiente es muy temible su propagación”.

Los facultativos tenían claro que la única forma de evitar la trasmisión era la que practicaban “los soberanos de Europa”: “la separación de todo lo que pueda ser susceptible del contagio”, recurriendo a cuarentenas, lazaretos y cordones de tropas vigilando, pero eso era “impracticable” en el Reino, pues se requeriría un Ejército y “gastos inmensos”, y aun venciendo esas dificultades, “no habría soldados que sufriesen las inclemencias de tantos diferentes climas, y las montañas, selvas, lagunas y ríos permitiendo mil veredas sólo transitables a los indios. Uno solo que pasase inutilizaría las más bien concentradas medidas”. Bien lo mostraba el caso de Oaxaca, donde la viruela se propagó con el correo que llevó la valija en junio de 1780. Y, tras el mensajero, murieron otros dos mil.

Para mayor INRI estaba el problema de las abundantes lluvias de 1784 y 1785, que al estancarse pudrieron pastos y semillas “y después elevándose en las estaciones ardientes en vapores corrompidos inficionaron el aire, y han producido la hambre y las enfermedades que afligen en Nueva España y en nuestras provincias limítrofes. Contener estas causas sería querer poner un dique a los elementos”, por lo cual no quedaban más arbitrios que desecar las lagunas y hacer correr las aguas estancadas, vigilar el aseo de calles y muladares “que la decidia [sic] va amontonando en los arrabales entre las habitaciones”, vigilar que se arrojasen las inmundicias a lugares apartados, y solucionar el problema que representaban los perros, pues “la manía” de mantenerlos había “llegado al exceso” en la ciudad: “apenas hay casa donde no se encuentren muchos. Si comen disminuyen los alimentos, y si mueren de hambre apesta el hedor de sus cadáveres; se deben pues destruir a estos animales como inútiles y gravosos, o al menos disminuir su número y sólo permitir algunos a los pastores para guardar sus ganados”. Y, hablando de muertos, recordaron la prescripción real de ya no enterrar gente en los templos, y la autorización para cercar cementerios extramuros, lo que debería observarse con particular atención en la Audiencia, “con tanta más razón cuanto más hallamos reducidos a la estrechez de las iglesias […] con suelo gredoso humedeciéndose en el invierno [y] cuando se seca en el verano se raja y tiene grietas por donde se escapan efluvios pestilosos”.

Por si todas estas rigurosas medidas de prevención no bastasen, los galenos agregaron lo poco saludable que resultaba mantener ese “lugar poco aseado” que era la carnicería, sugiriendo se pusieran tres o más tablas en parajes oportunos (“Mostrador de carnicería. Puesto público de carne”, en Alonso, 1958, III: 3865, s. v. "Tabla"). Así, al despacharse la carne con más prontitud, “lograrían los pobres desayunarse con buen alimento, y los enfermos tomar caldo a una hora regular”. No escapaba a los médicos que la escasez de víveres y los malos alimentos eran “el manantial inagotable de las enfermedades, de que por lo común son los pobres la víctima”, ya que, al dificultárseles conseguir alimento, tomaban lo que encontrasen, “vician su digestión; se debilitan, predisponen sus humores a la corrupción, enferman casi siempre de fiebres pútridas”, y aun así tenían que seguir comiendo las mismas viandas, de donde morían unos tras otros, “y de aquí el tomar, y el asombro, que empeoran el mal”. A causa de ello no quedaban brazos para los trabajos ni para cultivar los campos. Remataban señalando que el estado en que se encontraban los naturales “es poco fuerte para resistir a una epidemia”, como lo habían mostrado los estragos que causó la de sarampión que acababa de pasar.[9]

Si la escasez continuaba, se podían “temer las más funestas consecuencias” de la epidemia de “la bola” que se había declarado ya en algunos pueblos del valle. Por ello, proponían un “Método curativo y preservativo”, que dividieron en tres apartados que titularon: “Señales”, “Curación” y “Precauciones”.

1. Señales

Se describen los signos y síntomas que ya nos son conocidos, iniciando con los escalofríos, seguidos por los dolores de la mitad superior del cuerpo (y en ocasiones hasta el vientre), la molesta tos, los esputos a veces sanguinolentos, la salivación abundante, agregando: “sed, amargor de boca y flojedad de todo el cuerpo”, a más de las náuseas y vómitos… "Finalmente anteceden y acompañan a esta enfermedad todos los aparatos de un fuerte catarro”.

2. Curación

Los remedios aconsejados tampoco nos resultan desconocidos: la dieta centrada en caldos y atoles (“aunque sean de maíz”); las friegas en todo el cuerpo, que podrán ser “secas o con manteca de azahar, o con sebo, y aceite”, y las lavativas de cocimiento de malvas o manzanilla (Chamaemelum nobile), o de agua tibia con un pedazo de “raspadura” (panela o piloncillo), o jabón, y un poco de manteca. Para la tos se recomendaba lo anotado en otros recetarios, pero también pasas o caramelos compuestos con aceite de almendras. A diferencia de las prescripciones previas, aquí se hace énfasis en la hidratación del enfermo, al que se deben dar líquidos en abundancia y moderadamente calientes, ya sea agua natural o cocimiento de borraja, y, en su defecto, de culantrillo, raíz de altea, amapolas, cardosanto (Argemone mexicana) u orozuz (Glycyrrhiza glabra). Igualmente podría emplearse cocimiento de cebada con un poco de nitro, o, allí donde las hubiese, el de la hierba de la calentura o “el de la llamada margarita”. Añadieron que la limonada, e incluso el agua natural “sazonada con vinagre y azúcar”, resultaban de provecho si se tomaban con moderación, y acotaron que las sangrías por lo común no aprovechaban, pero podrían ser necesarias en casos particulares como si la calentura o el dolor de pecho impedían la respiración a un mozo robusto, o en mujeres a quienes se les hubiese detenido la menstruación.

Sin lugar a dudas lo más novedoso es lo aconsejado en caso de tener “evacuación por cámara”, es decir, con sangre. Se apuntaba que no habría de contenerla a menos que debilitase mucho al enfermo; de ser así, se proporcionaría un “cocimiento de cuerno de ciervo calcinado, o de lantén, o la infusión de rosa, o un poco de tierra de Esquipulas desleída en agua”. Curiosas opciones donde vemos conjugarse el conocimiento herbolario tradicional, que atribuía propiedades desinflamantes al llantén (Plantago mayor), con prácticas supersticiosas como creer que la tierra del famoso santuario del Cristo de Esquipulas tenía cualidades terapéuticas. La referencia al “cuerno de ciervo” se antoja ambigua, ya que no se especifica si se alude al helecho epífito así llamado (Platycerium bifurcatum) o a las astas del animal, aunque la indicación “calcinado” parecería inclinar la balanza al segundo, al que desde la antigüedad se le adscribían propiedades tónicas (y hasta afrodisíacas).[10] Al concluir la sección indicaron que si el enfermo quedase inapetente, con mal sabor en la boca y el vientre pesado, debía purgarse con una pócima sola, o con pulpa de tamarindos (Tamarindus indica), hasta hoy empleado para problemas gastrointestinales, y en especial como laxante.

Mapa Audiencia de Guatemala

3. Precauciones

También calificadas como “diligencias preservativas”, propias de la esfera de la actual medicina preventiva, se apunta que unas son responsabilidad de “los superiores” y otras de “los particulares”, ya que a los primeros correspondería lo antes señalado acerca de “purificar el aire con el aseo del pueblo, no consentir inmundicias, ni animales muertos; dar corriente a las aguas detenidas en lagos y pantanos, hacer que los cadáveres se entierren bien, mandar que se enciendan hogueras en las calles y plazas: impedir el uso de los temascales y friegas [con ortigas] de chichicaste(Discocnide mexicana), mientras que serían propias de los segundos “la templanza en comer y deben procurar tener la digestión buena, y el estómago ligero, evitar las trasnochadas y el libertinaje. Cuando el cuerpo esté caliente no exponerse al frío, ni quitarse los vestidos, ni menos beber agua fría. Huir cuanto se pueda y permita su condición del demasiado sol y sereno; mantener el ánimo en la tranquilidad posible, y no ocuparse del miedo”.

Se agregan, para finalizar, algunos consejos para quienes cuidasen de los enfermos, incluyendo el que mantuvieran en sus bocas “una corteza de limón o sidra, y mejor será si es un pedazo de quina o [de] copalchí” (la llamada “quina amarilla), a más de enjuagarse con agua que contuviese unas gotas de vinagre, considerado “un gran preservativo”, y quemar un poco en las habitaciones de los enfermos, donde se evitaría se juntase mucha gente. Remataban apuntando: “Estas precauciones, aunque no sean bastantes para evitar del todo la epidemia, contribuyen sin embargo a minorar sus estragos y malicia”.

A la vista de lo expuesto por “los profesores de medicina” de la capital, y tomando en cuenta que la epidemia ya había alcanzado a la Nueva Guatemala y sus inmediaciones, el fiscal sugirió se enviase una cordillera, insertando el método curativo propuesto, para que los jueces respectivos lo comunicasen “a los curas y demás personas inteligentes de los pueblos”, y así “evitar los abusivos remedios de que regularmente se valen los indios para curar sus indisposiciones, y conseguir su restablecimiento por el método sencillo que se les propone”, a fin de que la enfermedad resultase menos “funesta” que en las provincias de Chiapas.

Con el visto bueno del presidente de la Audiencia, don Josef Estachería, el 6 de noviembre inició su viaje una cordillera por Sacatepéquez, Chiquimula, Escuinta, Sonsonate, Tegucigalpa, Comayagua, el puerto de Trujillo y de allí en piraguas a Omoa, desde donde regresó a la sede de la Capitanía General, mientras que otra recorría los caminos entre León, Subtiaba y Realejo, Matagalpa y Nicoya, para concluir su derrotero hasta el mes de febrero en la gobernación de Costa Rica, donde, según se reportó, se registraba ya la epidemia.

Consideración final

Como ha podido apreciarse, en poco más de un año “La bola” había rodado por toda la Audiencia de Guatemala, desde su frontera chiapaneca con la Audiencia de México, hasta sus límites australes con el Virreinato del Nuevo Reino de Granada.

En ese deslizarse, a más de provocar fiebres, dolores de pecho, toses de distintas clases y trastornos gastrointestinales, la epidemia posibilitó recuperar saberes terapéuticos tradicionales a la par que los especializados, desde Dioscórides y Sydenham hasta Monsieur De Rochard y el célebre protomédico guatemalteco Joseph Flores, recurriendo para ello tanto a la tradición oral como a noticias publicadas en la Gazeta de México. Figuran cuarentenas, hospitales y vigilancia estricta de las autoridades.

Mapa Nueva Granada

A casi dos siglos y medio de su recorrido, la atención que provocó “La bola”, nos permite además atisbar en las concepciones acerca de miasmas, efluvios y humores, los contextos poco higiénicos de la época –que los galenos exacerbaban con su repudio a los baños en temazcal–, y las como siempre lastimosas condiciones de escasez y abandono en que vivían las poblaciones indígenas y otros estamentos pobres, lo cual los constituía, según señalaban los propios médicos, en las víctimas más comunes de los procesos mórbidos.

Ayer como hoy. Si la historia es magister vitae, pareceríamos no haber aprendido mucho de ella.

 

Referencias documentales

  • Archivo General de Centroamérica, A1. 4 (1), L.1, exp. 18, Gobierno de Ciudad Real, 1786 [figura también la clasificación No 3, 191, A1.4, No 4), “Consulta del alcalde mayor de Ciudad Real sobre haberse introducido en aquella Provincia una enfermedad pestilente que llama la Bola, y método curativo que ha propuesto el Protomedicato de esta capital. Corre agregado el expediente que sobre el mismo asunto consultó el alcalde mayor de Tuxtla”.

Referencias bibliohemerográficas

  • Alonso, Martín, Enciclopedia del idioma. Madrid: Aguilar, 1958. 3 vols.
  • Carretero Accame, María Emilia y Teresa Ortega Hernández, “Raíz de Consuelda Mayor”, en Panorama actual del medicamento, vol. 40, núm. 398 (2016), pp. 1063-1067.
  • Lovell, W. George, Conquista y cambio cultural. La sierra de los Cuchumatanes de Guatemala, 1500-1821. Antigua Guatemala y South Woodstock, Vermont: CIRMA y Plumsock Mesoamerican Studies, 1990.
  • Sydenham, Thomæ, Med. Doct. Opera Universa. Quibus accedunt Additiones Novæ ex nupera Londinensi Editione excerptæ; et index rerum ac verborum copisissimus. Amstelædami, apud Henricum Wetstenium, 1687.

Breve glosario

  • Cámaras.- Deposiciones, evacuaciones, por lo general diarreicas y con sangre o pus. En el siglo XVII el término se hizo extensivo al retrete (Alonso Martín, 1958, Enciclopedia del idioma, t. I, p. 872, s. v. “Cámara”).
  • Catártico.- Término genérico para medicamentos purgantes, en especial los de efecto suave (Alonso, t. I, p. 991, s. v.
  • Cordillera (por).- Manera de conducir una cosa pasando de uno a otro sucesivamente hasta llegar a su destino (Alonso, t. I, p. 1223, s. v. “Cordillera”).
  • Emético.- Producto que estimula el vómito.
  • Epispástico, vesicante.- De “epispasis": erupción originada por el tratamiento de una enfermedad” (Alonso, t. II, p. 1777, s. v. “Epispasis” y “Epispástico”).
  • Epispástico, vesicante.- De “epispasis": erupción originada por el tratamiento de una enfermedad” (Alonso, t. II, p. 1777, s. v. “Epispasis” y “Epispástico”).
  • Lazareto.- Hospital o lugar donde se recluye a personas obligadas a observar una cuarentena por venir de un paraje bajo sospecha de experimentar una enfermedad contagiosa (Alonso, t. II, p. 2525, s. v. “Lazareto”).
  • Piragua.- Embarcación larga y estrecha, mayor que una canoa, que podía navegar a remo y con vela (Alonso, t. III, p. 3291, s. v. “Piragua”)
  • Tielismo.- Salivación abundante, y en ocasiones excesiva.
  • Trementina.- Resina que fluye de pinos, abetos, alerces y terebintos (Alonso, t. III, p. 4031, s. v. “Trementina”).
  • Vesicantes.- Substancia que produce ampollas en la piel (Alonso, t. III, p. 4158, s. v. “Vesicante”).

Identificación científica de las plantas mencionadas

  • Borraja, Borago officinalis L.
  • Cardosanto, Argemone mexicana.
  • Copalchí, Hintonia latiflora.
  • Cuerno de ciervo, Platycerium bifurcatum.
  • Culantrillo, Adiantum sp..
  • Chichicaste, Discocnide mexicana. Otra ortiga del mismo nombre común (proveniente del náhuatl tzitzcastli) es Chichicaste grandis.
  • Hierba de la calentura, Ruellia nudiflora.
  • Llantén, Plantago mayor.
  • Malvavisco, Althaea officinalis.
  • Manzanilla, Chamaemelum nobile.
  • Orozuz, Glycyrrhiza glabra.
  • Palo mulato, Bursera simaruba.
  • Tamarindo, Tamarindus indica.
  • Tormentila o raíz de altea, Potentilla sp..

 

[1]Archivo General de Centroamérica (AGCA), A1. 4 (1), L.1, exp. 18, Gobierno de Ciudad Real, 1786 [figura también la clasificación No 3, 191, A1.4, No 4), “Consulta del alcalde mayor de Ciudad Real sobre haberse introducido en aquella Provincia una enfermedad pestilente que llama la Bola, y método curativo que ha propuesto el Protomedicato de esta capital. Corre agregado el expediente que sobre el mismo asunto consultó el alcalde mayor de Tuxtla”. Agradezco a Dolores Biosca su apoyo en una primera lectura paleográfica. En adelante, todas las citas documentales –a menos que se indique lo contrario– provienen de ese expediente.

[2]Este apartado se basa en la información contenida en las fojas 4 a 9. Tratándose de un texto con fines de difusión, no consigno la ubicación foja tras foja, para no aburrir al lector.

[3]40 muertos en total desde que comenzaron a tomar medidas, afirmaría en carta del 30 de septiembre (f 8v).

[4]AGCA, A1. 4 (1), L.1, exp. 18, ff. 10-13v.

[5]Esta versión precisa dosis de los remedios: “Así, para aliviar la tos que causa este mal, como el dolor dicho, se toma a cada rato una cucharada del jarabe siguiente; almíbar hecha de borrajas con zumo de cebollas asadas. A dos cucharadas de esto se le echa una yema de huevo y bien mezclado, sin más cocimiento; se le añade ½ cuartillo de agua de raíz de malvavisco, la cual se mezcla, y, fría, la toma el paciente en la forma dicha”.

[6]Hasta que en épocas modernas se descubrió su toxicidad por vía oral, dado su contenido de alcaloides pirrolizidínicos. No obstante, se sigue empleando por vía tópica para problemas dermatológicos y óseos, como la artrosis (Carretero, 2016: 1063-1067).

[7]AGCA, A1. 4 (1), L.1, exp. 18, ff. 14-15v.

[8]AGCA, A1. 4 (1), L.1, exp. 18, ff. 16-37v.

[9]Estudios recientes dan cuenta de una terrible epidemia de viruela que asoló por esas épocas a las Audiencias de México y Guatemala (en particular en la región serrana de Los Cuchumatanes), a la cual parece remitir esta observación. No olvidemos que en la época a menudo se confundían sarampión y viruela (Lovell, 1990: 168-180).

[10]Es altamente probable que la referencia sea a las astas del animal, que se cuecen, secan y pulverizan con fines terapéuticos desde los tiempos de civilizaciones milenarias como la china. Sus principales usos clínicos incluyen deficiencia de los riñones, deficiencia y frío en el bazo y en el estómago, vómitos, falta de apetito, frigidez, hemorragias uterinas, leucorragia, hemorragias provocadas por lesiones externas, furúnculos y úlceras.

 

Sangre, saliva y muerte: Tratamientos contra la rabia en el Hospital de San Pedro de Puebla, 1795

 

Arturo Luna Loranca

Emory University

e-mail: alunalo@emory.edu

El 24 de agosto de 1795, el hospital de San Pedro de Puebla de los Ángeles recibió a una mujer gravemente enferma. La paciente sufría de fiebres altas, constantes delirios y horripilantes espasmos. Sus labios y laringe se habían hinchado a tal grado que le imposibilitaban la ingestión de cualquier tipo de alimento. Aun peor, deglutir líquidos o el simple contacto con alguna brisa de aire le provocaba a la mujer una terrible sensación de ahogamiento. Luego de una inspección minuciosa, el medico don Mariano de Anzures y el cirujano don José González determinaron que la interna sufría de hidrofobia (rabia); aparentemente, la mujer había contraído la enfermedad tres meses antes cuando una “perrilla” le había mordido en el lado izquierdo de su labio inferior.[1] Después de haber identificado la enfermedad, los facultativos del hospital deliberaron que, para salvar a la paciente, lo mejor era seguir el “cruel” método expuesto en el tratado médico del cirujano francés Laurent Charles Pierre Le Roux. Dicho procedimiento consistía en hacer una incisión en la laringe para así hacer fluir la sangre acumulada entre la tráquea y la garganta; esto le facilitaría al paciente tanto la respiración como la ingestión de alimentos. Con el fin de que el área no se volviese a obstruir, los médicos lavaban la incisión cuidadosamente con agua y jabón, y, por último, le untaban manteca (tricloruro) de antimonio para evitar su cicatrización. El método se complementaba haciéndole beber al paciente un vaso de agua con cenizas de cangrejo de río (Le Roux, 1786: 51, 148, 236). A pesar de que los facultativos siguieron al pie de la letra el método del célebre Le Roux, esto tan solo empeoró la situación de la pobre mujer. En un momento de desesperación el protector del hospital, el padre Ignacio Antonio Doménech, decidió buscar una cura alternativa, la cual encontró gracias a la colaboración de una red de informantes quienes le entregaron una “milagrosa” planta con cualidades anti-hidrofóbicas.

En la época novohispana, cuando los métodos occidentales resultaban insuficientes para salvar a sus pacientes, varios facultativos recurrieron a la medicina indígena: en el proceso, estos llegaron a fungir como intermediarios entre el conocimiento occidental y el indígena. Por una parte, recopilaron, categorizaron y experimentaron con remedios indígenas para comprobar su eficiencia; por otra, como veremos, los médicos novohispanos activamente participaron en lo que ahora se llama bioprospección, o la categorización y experimentación de organismos y sustancias posiblemente benéficas para el ser humano, con fines comerciales. Aunque en varios de los reportes escritos por médicos novohispanos, tal como en el presente ejemplo, el intercambio del conocimiento médico entre facultativos novohispanos y curanderos indígenas parece tomar lugar en un espacio de reconocimiento y valoración –los indígenas son registrados como informantes dispuestos a compartir remedios útiles de una manera abierta– este no es necesariamente el caso. Las dinámicas coloniales de explotación mercantilista de la biodiversidad del Nuevo Mundo y del conocimiento indígena a favor de las metrópolis europeas, propiciaba un ambiente en el cual no todos los agentes involucrados eran reconocidos de la misma forma. En su gran mayoría, los informantes indígenas permanecieron en el anonimato.

Hospital de San Pedro, Puebla

Para comprender cómo la existencia de las enfermedades zoonóticas incentivó la circulación y comercialización del conocimiento médico tanto entre diferentes grupos sociales como entre los diversos territorios, este trabajo rastrea el modo en que los facultativos del hospital de San Pedro recurrieron tanto a la medicina occidental como a la indígena para poder salvar a la paciente.

La rabia es una enfermedad neurológica fatal y dolorosa. Aquellos infectados por el virus experimentan nauseas, parálisis muscular, alucinaciones e incluso llegan a desarrollar miedo al agua, ya que cualquier intento por deglutir líquidos culmina en una sensación de ahogamiento (de ahí que la enfermedad se denomine hidrofobia entre los humanos). En su etapa final, la rabia provoca la muerte al huésped ya sea por un ataque cardiaco, una insuficiencia circulatoria o por un fallo respiratorio. Hoy en día aún no existe cura para la rabia sintomática y la enfermedad tan solo es tratable dentro de los primeros siete días después del contagio. Todo comienza cuando, por medio de mordeduras o rasguños, el lyssavirus –el virus causante de la rabia– se introduce en el tejido muscular. Después de entrar en el cuerpo, éste se propaga por medio de las células musculares, infecta al sistema nervioso central y, de esta manera, hace su camino hasta llegar al cerebro. Una vez ahí, el virus daña las uniones neuromusculares, lo cual provoca cambios en el comportamiento del huésped favorables para la transmisión del virus hacia otros organismos. Al igual que otras enfermedades zoonóticas, el virus de la rabia realmente depende de la existencia de animales no humanos para su propagación, ya que la transmisión de humano a humano rara vez ocurre. Aunque todos los mamíferos son susceptibles a la enfermedad, el perro es el principal vector de transmisión de la rabia a los humanos. De acuerdo con cifras actuales, el “mejor amigo del hombre” es responsable del 99% de los incidentes de rabia en humanos, el equivalente a un total de aproximadamente 59,000 casos anuales (WHO, 2013: 63).

Pero ¿cómo es que los facultativos novohispanos concebían la rabia? Aunque los médicos modernos tempranos aún no habían descubierto el papel jugado por los microbios en la propagación de las enfermedades, sí habían asociado la transmisión de la rabia a los perros. Los cirujanos Laurent Charles Pierre Le Roux en Dissertation sur la rage (1783) y Jean Colombier en Instruction sur la rage (1785) –dos de los más consultados especialistas por los facultativos novohispanos para tratar la rabia– mencionan que el perro era el principal causante de la enfermedad, y, por lo tanto, abogaban por la total aniquilación de canes callejeros para, de esta manera, precaver la propagación del padecimiento a los humanos. Según el conocimiento médico de la época, la rabia era un “veneno” –o en latín virus– desarrollado por los perros cuando causas internas o externas al cuerpo les provocaban un desbalance humoral. En sí, se mantenían las ideas hipocrático-galénicas de que las enfermedades se originaban cuando uno de los cuatro humores: bilis negra, bilis, flema y sangre, perdían su balance natural.

La medicina moderna temprana dividía la rabia en dos categorías: espontánea y externa. La rabia espontánea ocurría cuando el cuerpo experimentaba radicales cambios en su interior. Las fuertes emociones, por ejemplo, podían convertir a un manso perro en un fiero animal. Uno de los facultativos que investigaron el origen de la rabia mencionó que una vez presenció cómo un perro macho después de haber intentado fallidamente tener sus quereres con una hembra de su especie, se “irritó” a tal grado que inmediatamente desarrolló la enfermedad (S. A., 1801: 126). De la misma forma, se creía que la ingestión de alimentos acres o en descomposición podían alterar el balance humoral. Le Roux menciona que el consumo de estos alimentos “degeneraba” la saliva del perro y trocaba “su mansedumbre en fiereza, su amor y fidelidad en odio y venganza” (Piñera, 1786: 6). Por su parte, la rabia externa ocurría cuando bruscas causas ajenas al cuerpo alteraban el estado de éste. Esto podía ser tanto un alza en la temperatura ambiental o mediante la mordedura de algún animal infectado.

La rabia provocaba tres cambios significativos en el cuerpo humano: 1) desbalanceaba los humores; 2) dañaba los órganos del huésped, y 3) alteraba el comportamiento del enfermo, lo hacía más "bestial". Se pensaba que una vez que el “veneno” de la rabia se introducía en el cuerpo, el sistema circulatorio lo propagaba a los diferentes órganos internos. Disecciones post mortem en humanos hidrofóbicos revelaron que la enfermedad hacía que los pulmones acumularan una sustancia semejante al cólera negro, mientras que el esófago y estomago desarrollaban manchas gangrenosas rojas. Los vasos sanguíneos se hallaban llenos de sangre negra, la “duramadre” (el tejido que cubre al cerebro) se encontraba, como mencionó un médico, “tan seco como un pergamino”; entretanto, la corteza cerebral tenía “la consistencia de una masa de malvaviscos” (Andry, 1786: 41-42). Otros médicos notaron cómo las pupilas de los humanos rabiosos se dilataban a tal grado que podían descubrir “en la obscuridad los objetos más pequeños” (Portal, 1796: lx-lxi). Además, se les agudizaba el sentido del oído, incrementaba su fuerza muscular, y la hinchazón de la laringe les hacía aullar como perros o lobos. En una ocasión se necesitaron a “varios hombres fuertes” para contener a un niño rabioso, mientras que en otro caso, un hombre hidrofóbico logró romper las cuerdas que lo ataban a su lecho.

Video filmado hacia finales del siglo XIX (se desconoce la fecha exacta, pero ca. 1888) con fines de documentación y conocimiento médico sobre la rabia, tomando el caso de diversos habitantes de las altas serranías del Irán occidental que fueron infectados por la mordedura de un lobo. Tras ser sometidos a consulta con médicos locales, fueron llevados para diagnóstico y tratamiento a alguna clínica local del Instituto Pasteur, con sede central en París. Se filmó por iniciativa de los médicos tratantes, entre internistas de la Universidad de California y delegados iraníes del Instituto Pasteur. Si bien su propósito inicial era entender mejor la naturaleza y evolución de la enfermedad desde el punto de vista del material médico, se utilizó después con propósitos educativos y de conscientización acerca de la emergencia de la vacuna antirrábica para todos los poseedores de animales hospederos del virus (perros, gatos, así como la prevención hacia ratas o murciélagos). La revista reconoce lo delicado del material y recomienda discreción, pero pondera su alto valor divulgativo para una comprensión más cabal de lo descrito en el texto.

Traducción, edición y subtitulado a cargo de Alejandro S. Shuttera, responsable editorial de Senderos Filológicos

Tomado de http://YNC.com/rabies/html/. Se deduce que el video se remonta a la época incipiente del nacimiento del Instituto Pasteur, es decir, 1888, poco después de la aplicación exitosa en Francia de la primera vacuna antirrábica en 1885. Seguramente la terapéutica de la enfermedad se encontraba aún -especialmente en otras latitudes- en proceso de estudio. Dominio público.

Traducción y edición de subtitulado en español a cargo del responsable editorial. Redacción Senderos Filológicos.

Retornando al caso de la mujer hidrofóbica en Puebla, la exposición dada por los facultativos novohispanos se alinea a la perfección con el cuadro clínico descrito por la medicina occidental. Es decir, los médicos de San Pedro, a la hora de diagnosticar y tratar a un paciente, priorizaban los conocimientos avalados por la medicina europea antes de considerar otras posibilidades. Esto en parte se debe a la validación otorgada por las diferentes instituciones médicas a dichos procedimientos. Por ejemplo, el 11 de marzo de 1783, el cruel método del doctor Le Roux fue galardonado por la Real Sociedad de Medicina de París por su supuesta gran efectividad. De la misma manera, en 1786 la Real Academia de Medicina de Madrid le dio el visto bueno cuando patrocinó a don Bartholome Piñera y Siles para traducir la obra al español. Aunque no se sabe cuándo fue importado el método a Nueva España, es muy probable que esto haya sido por medio de los nexos institucionales. Es posible inferir que la técnica del doctor Le Roux haya llegado al Virreinato gracias a los facultativos que salieron de España para trabajar en el relativamente nuevo Real Colegio de Cirugía de Nueva España; o, tal vez, entre los especialistas contratados por el padre Ignacio Doménech cuando éste –ayudado por el virrey Marqués de Branciforte– inició la renovación del Hospital de San Pedro.

Los facultativos novohispanos no fungían como simples receptores del conocimiento europeo, más bien, mediante la experimentación cotejaban estos hallazgos. De acuerdo con el padre Ignacio Antonio Doménech, al ver que el método del doctor Le Roux tan solo había terminado con las pocas fuerzas que le quedaban a la paciente, decidió escuchar el consejo de una vecina llamada doña María Josefa Dávila. Según la mujer, en el pueblo de Huamantla (en el actual estado de Tlaxcala) existían curanderos quienes, con la ayuda de una planta conocida como quauhizquiztli, habían logrado curar a un “indio y a un perro” de la temible enfermedad. Al escuchar esto, el padre Doménech en seguida despachó a dos mensajeros para recolectar especímenes de la “milagrosa” planta. Aunque el protector del hospital omitió la calidad de los curanderos, es posible inferir que eran de ascendencia indígena. Un ejemplo de esto es que, en el reporte, para referirse a la planta se prefiere utilizar la denominación en náhuatl en lugar de su versión en español –el de planta escobosa o planta de escobas– o, en su defecto, expresan la intención de bautizarla con un nuevo nombre según la taxonomía de Linneo.

Después de tres angustiosos días, el 27 de agosto, los mensajeros regresaron al hospital con unas muestras de la planta anti-hidrofóbica. Inmediatamente, el botánico don Antonio de la Cal y Bracho –miembro corresponsal del Real Jardín Botánico de Madrid– preparó una nueva pócima con el espécimen. A pesar de que los facultativos creían que “aun quando fuese mui activa la virtud de la planta, la Rabiosa estaba fuera del caso de poder experimentar sus efectos,” todos quedaron boquiabiertos al ver que después de ingerir la bebida, la mujer despertó de su letargo (Protomedicato: 2r). Según el reporte, a la hora de recobrar la conciencia, la mujer exclamo: “Bendito sea Dios, vengo del otro mundo que bevida es esa que me ha dado la vida, denme más” (2r). Al ver que las convulsiones cesaron y que ahora la paciente podía respirar e ingerir alimentos sin dificultad, los médicos estaban seguros de haberla curado. Desafortunadamente para todos, el júbilo fue breve: la mujer falleció dos días después de su supuesta recuperación.

Sin embargo, para los médicos y cirujanos de San Pedro, la muerte de la mujer no significaba que la planta no fuese curativa; todo era cuestión de encontrar la dosis adecuada. El 7 de septiembre de 1795, el destino (o, mejor dicho, la convivencia diaria entre humanos y perros) les otorgó a los facultativos una segunda oportunidad para experimentar con su nuevo hallazgo. Aquel día, el hospital recibió a un muchacho invidente quien había sido mordido en el tobillo izquierdo por un perro rabioso. Una vez más, el agonizante paciente fue alimentado con la misma pócima compuesta con quauhizquiztli. A pesar de que el muchacho falleció a los tres días, los facultativos mantuvieron su convicción en las cualidades curativas de la planta. Su evidencia se basaba en que, aun estando rabioso, el joven había sucumbido con “advertencia y quietud” (13v-14r).

Debido al potencial exhibido por la planta, el padre Ignacio Doménech buscó el patrocinio real del virrey Marqués de Branciforte para montar una expedición científica al pueblo de Huamantla, solicitándole que enviara al botánico Vicente Cervantes Mendo para auxiliarlos en esta noble empresa. La documentación demuestra que el propósito de la expedición era acumular suficiente información sobre el quauhizquiztli para posteriormente poder exportarlo al mercado médico europeo, o como lo estipuló el padre al momento de peticionar al virrey:

Tal vez querra Dios que auxiliando la bondad y piadoso corazón de V. E. uníos trabajos tan religiosos se descubra a la Europa y a todo el mundo un secreto que ha fatigado hasta ahora sin ventaja ninguna los primeros talentos que ha tenido la medicina, no bastando la promesa de los mayores premios a su feliz descubrimiento (4r).

Aunque no se sabe con certeza si se logró comercializar con la planta, es muy probable que su vida como materia médica haya sido efímera. En 1833, cuando Antonio de la Cal y Bracho –el botánico que originalmente experimento con el quauhizquiztli– publicó la primera farmacopea del México independiente (Ensayo para la materia medica mexicana), la llamada “planta milagrosa” no fue considerada digna de mención.

El caso de la mujer poblana y su perrita rabiosa ilustra uno de los muchos caminos mediante los cuales llegó a circular el conocimiento médico en la época moderna temprana. Para los médicos y cirujanos novohispanos, los procedimientos europeos representaban la principal fuente de conocimiento válido a la hora de tratar la rabia. No es una coincidencia que al momento de deliberar cómo salvar la vida de la paciente, los facultativos del hospital de San Pedro de Puebla hayan empezado con el método del doctor Le Roux, y sólo al ver que dichos procedimientos daban nulos frutos, optaron por experimentar con la herbolaria. La implementación del conocimiento indígena toma lugar en un especio de violencia –o al menos, “violencia intelectual”–. Mantienen al informante en el anonimato, negándole cualquier tipo de autoridad. La planta “escobosa” o quauhizquiztli sólo se vuelve un “descubrimiento” digno de bio-prospectar cuando es expuesto al método “científico”.

El caso de la mujer poblana y su perrita rabiosa ilustra uno de los muchos caminos mediante los cuales llegó a circular el conocimiento médico en la época moderna temprana. Para los médicos y cirujanos novohispanos, los procedimientos europeos representaban la principal fuente de conocimiento válido a la hora de tratar la rabia. No es una coincidencia que al momento de deliberar cómo salvar la vida de la paciente, los facultativos del hospital de San Pedro de Puebla hayan empezado con el método del doctor Le Roux, y sólo al ver que dichos procedimientos daban nulos frutos, optaron por experimentar con la herbolaria. La implementación del conocimiento indígena toma lugar en un especio de violencia –o al menos, “violencia intelectual”–: mantienen al informante en el anonimato, negándole cualquier tipo de autoridad. La planta “Escobosa” o quauhizquiztli sólo se vuelve un “descubrimiento” digno de bio-prospectar cuando es expuesto al método “científico”.


Referencias citadas

  • S. A., “Enfermedad y muerte de otro rabioso.” En Anales de Ciencias Naturales: Mes de enero de 1801”, vol. III. Madrid: D. Pedro Jilian Pereyra, Impresor de Cámara, 1801.
  • Andry, Nicolas, “Extracto de las memorias de Mr. Andy, intituladas ‘Indagaciones sobre la rabia’”, en Laurent Charles Pierre Le Roux, Disertación acerca de la rabia. Trad. Bartholome Piñera y Siles. Madrid: Imprenta de D. Josef Doblado, 1786.
  • Piñera y Siles, Bartholome. “Discurso del traductor”, en Laurent Charles Pierre Le Roux, Disertación acerca de la rabia. Trad. Bartholome Piñera y Siles. Madrid: Imprenta de D. Josef Doblado, 1786.
  • Portal, Antonio, Instrucción sobre el método de curar a los asfiticos por el mefitismo. Trad. Guillelmo Augusto Jaubert. Salamanca: Oficina de D. Francisco de Toxar, 1796.
  • Real Tribunal del Protomedicato, Sobre descubrir la virtud anti-hidrofóbica que asegura tiene la planta escobosa, 1796. Manuscrito. Ciudad de México: Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (Colección Antigua).
  • Roux, Laurent Charles Pierre Le, Disertación acerca de la rabia. Trad. Bartholome Piñera y Siles. Madrid: Imprenta de D. Josef Doblado, 1786.
  • WHO Expert Consultation on Rabies: Second Report. Geneva: WHO Press, 2013.

Para saber más:

  • Cal y Bracho, Antonio de la, Ensayo para la Materia Medica Mexicana: Arreglado por una comisión nombrada por la Academia Médico-Quirúrgica de esta Capital, quien ha dispuesto se imprima por considerarlo util. México: Academia Médico-Quirúrgica, 1832.
  • Capdevila, Josef Antonio. Manual para el modo de tratar las heridas hechas por mordeduras de animales rabiosos. Barcelona: Francisco Suria y Burgada, Impresor Real, 1787.
  • Colombier, Jean. Instrucción para precaver la rabia, y curarla quando está confirmada. Trad. Felipe López Somoza. Madrid: Imprenta Real, 1786.
  • Davis, Benjamin M., Glenn F. Rall, and Matthias J. Schnell. “Everything You Always Wanted to Know About Rabies Virus (But Were Afraid to Ask)”. Annual Review of Virology, vol. 2, num. 1 (2015): 451-471.
  • Frances Causape, María del Carmen. “Una visión de Vicente Cervantes Mendo en la enseñanza de la botánica y de la farmacia”, en En el 250 aniversario del nacimiento de Vicente Cervantes (1758-1829) Relaciones científicas y culturales entre España y América durante la Ilustración. Madrid: Realigraf, S. A., 2009.
  • Hernández-Sáenz, Luz María, “Matters of Life and Death: The Hospital of San Pedro in Puebla, 1790-1802”, Bulletin of the History of Medicine, vol. 76, num. 4 (2002): 669-697.
  • Keesing, F., R. D. Holt, and R. S. Ostfeld. “Effects of Species Diversity on Disease Risk.” Ecology Letters 9, num. 4 (2006): 485-498.
  • Schiebinger, Londa. Plants and Empire: Colonial Bioprospecting in the Atlantic World. Cambridge: Harvard University Press, 2004.
  • Schiebinger, Londa. Secret Cures of Slaves: People, Plants, and Medicine in the Eighteenth-Century Atlantic World. Palo Alto: Stanford University Press, 2017.
  • Siena, Kevin. “Pliable Bodies: The Moral Biology of Health and Disease”, en A Cultural History of the Human Body, edited by Carole Reeves. New York: Berg, 2010.
  • WHO Expert Consultation on Rabies: Third Report. Geneva: WHO Press, 2018.

 

[1]Real Tribunal del Protomedicato, Sobre descubrir la virtud Anti-Hidrofóbica que asegura tiene la Planta Escobosa. (1796). [Manuscrito] Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, Antigua. Ciudad de México, 1r-4v. El presente trabajo se basa, principalmente, en el reporte escrito por el padre Ignacio Antonio Doménech y los facultativos del hospital de San Pedro de Puebla. Para evitar el uso excesivo de referencias sólo serán consignada cuando se cite directamente el manuscrito original.

 

RESEÑAS

 

Reseña a Elizabeth Montes Garcés, “Cáncer y escritura en Antonia de María Luisa Puga”, Anuario de Letras, vol. 44 (2006), pp. 255-269.




Rubén Emiliano Moreno Terrazas Andrade

Facultad de Filosofía y Letras - Colegio de Historia

Universidad Nacional Autónoma de México


El análisis que en este artículo presenta Elizabeth Montes Garcés sobre la novela Antonia (1989) de la escritora mexicana María Luisa Puga (1944-2004) permite adentrarnos en el interesante ámbito de las enfermedades como tema literario. La trama de la novela cuenta la historia de dos jóvenes mexicanas (la narradora, reflejo autobiográfico de la autora, y Antonia) que se conocen en un vuelo hacia Londres, ciudad en la que ambas buscan seguir su camino formativo por la escritura y por el teatro, respectivamente. Durante su estancia en la capital británica –octubre de 1968– Antonia es diagnosticada con cáncer de mama, la enfermedad las sitúa lejos de lo conocido y las lleva a replantear sus vidas. Además de enfrentar la enfermedad, ambas lidian con diversas barreras culturales, pues a pesar de que la obra refleja un contexto en el que las mujeres ya pueden estudiar, llevar una vida profesional o mantener relaciones sexuales que no necesariamente conducen al matrimonio (López, 76), por otra parte presenta a dos mujeres que son conscientes de ser jóvenes clase medieras del Tercer mundo viviendo en el Primero. Doblemente extranjeras: a) por su nacionalidad y b) por la extrañeza que les produce la enfermedad. Escrita en los años 80, la historia se presenta como si la narradora recordara 20 años después lo sucedido a finales de los 60, década en que las jóvenes mexicanas por conducto de diversos movimientos feministas lucharon por tener voz en la vida pública y privada.

Respecto a Antonia Montes Garcés observa, siguiendo a la teórica literaria Jeanne Perreault, que no obstante su alto contenido autobiográfico la novela puede ser pensada como una autografía. Por este término entiende, a partir del análisis de esta obra, una escritura novelística en la que prima el interés de una mujer por la experiencia de otra, lo que da a la trama un matiz empático al tratar la enfermedad desde lo literario, pues consiste ante todo en escribir desde el punto de vista de la persona que la padece. Según Perreault, una autografía es la escritura de un “yo femenino” que siempre está relación con una comunidad de mujeres.[1]

Si bien las marcas autobiográficas en las obras de Puga han sido conceptualizadas como autoficción, metaficción o autobiografía (Cuecuecha Mendoza, 19-21), Montes Garcés sigue sobre todo a Perreault –como ya mencionamos– y a algunos planteamientos de Susan Sontag en su ya clásico La enfermedad y sus metáforas (1978). En Antonia “es la narradora quien asume la tarea no solamente de hacer una crónica del dolor y desintegración del cuerpo de su amiga, sino la de reconstruir mediante su escritura el ser ajeno y el propio” (256), de manera que Puga abordó el padecimiento del cáncer en primera y tercera persona con la intención de representar el “yo” literario de otra mujer y al mismo tiempo plantear un autorretrato. “Los escritos mismos de la narradora dependen tanto de sus propias vivencias como del enfrentamiento de su amiga con el cáncer. Tanto la experiencia propia como la ajena le sirven a la narradora para forjar su personalidad” (256). Retomando a Sontag, Montes Garcés apunta en este sentido que las características antes señaladas toman importancia si se ponen en relación con la forma en que a lo largo de la historia de la literatura otros escritores –especialmente hombres– habían tratado las enfermedades, pues en general los autores masculinos han “utilizado la enfermedad con el propósito de señalar el desorden social y cómo la forma de comportarse de las mujeres no encaja en el modelo patriarcal establecido” (265).[2]. Mientras que en Antonia, quien cuenta la historia tiene la necesidad de visibilizar, recuperar y recrear una experiencia que en cierta medida le es ajena –puesto que no padece la enfermedad– pero que le permitirá “rehacer su historia cuando su amiga no esté presente” (257-258), es decir, salvar del olvido ambas experiencias.

Otro aspecto analizado de la novela es el hecho de que al ser el cáncer una enfermedad con efectos personales, psicológicos, familiares o sociales tan difíciles y complejos, su tratamiento literario es igualmente intrincado, profundo. En Antonia la situación crítica que provoca el diagnóstico desata una identidad en movimiento, una profusión y desarticulación del ego. Por ejemplo, con la lectura de la novela nos adentramos en la relación que Antonia tiene con su cuerpo enfermo, la crisis de identidad que le sobreviene, las afecciones en su personalidad, el dolor, el ímpetu de no dejarse vencer por la enfermedad o la aceptación de la inminente derrota. Dada la complejidad de experiencias alrededor de la enfermedad, “la búsqueda del lenguaje que emprende la narradora es un proyecto muy difícil porque requiere encontrar fórmulas para dar un espacio a todas las voces y a los ‘yos’ múltiples de los otros” (263).

Es insoslayable mencionar que con estos argumentos Elizabeth Montes Garcés deja claro el significativo papel que tuvo Virginia Woolf en la búsqueda de María Luisa Puga por encontrar el lenguaje más adecuado para tratar el cáncer. Un elemento fundamental para lograrlo fue el interés que Puga tuvo en investigar y analizar las obras de Virginia Woolf, haciendo notar la posible lectura del ensayo On Being Ill (Sobre las enfermedades, 1927), donde la escritora británica reflexionó sobre las dificultades para tratar literariamente un tema humano tan complejo. Podemos adelantar que resulta fundamental la cercanía que ambas escritoras tienen al observar la relación entre escritura y enfermedad, la importancia que dan a la corporalidad, la coincidencia de imágenes para tratar la relación del enfermo con su entorno, la perspectiva de cómo, en ciertos sentidos, el individuo enfermo ve una separación entre su mundo y el mundo de los que están sanos. Sobre este último punto, Montes Garcés destaca que en Antonia leemos y atestiguamos “un esfuerzo denodado para acortar esa separación que parece inevitable entre la enferma y la sana” (266). Parece sugerírsenos que la fórmula para lograrlo tanto en el plano de la escritura como en el de las relaciones humanas está en el interés y el cuidado del otro, en la empatía y la compañía que puede brindar una verdadera amistad durante el padecimiento, trayendo a la memoria aquellos momentos en que por instantes la enfermedad puede experimentarse de una forma menos destructiva. Esto da lugar a un ejercicio de sororidad que deriva en un estilo literario particular, pues si bien “la enfermedad es destructiva, la narrativa manipulada por una escritora de talento como María Luisa Puga consigue crear los muchos ‘yos’ que son y siguen siendo Antonia” (268); que seguimos siendo cada uno de nosotros al reconocernos en el otro, al leernos y entendernos en la experiencia de alguien más a través de la literatura, tal como le sucede a la narradora al encontrar su propio lugar como escritora a partir de la enfermedad de Antonia.

Creemos que si un análisis literario debe ser valorado no sólo por la solidez de sus argumentos sino porque logra hacer más interesante y atractivo el libro que es objeto de estudio, el artículo aquí reseñado cumple con ambas expectativas. Ya que además de señalar las particularidades de Antonia, destacar sus aportaciones literarias y algunos aspectos intrigantes, Montes Garcés apuesta por tener un posicionamiento crítico al afirmar que en la narrativa de la obra “se expande el límite del concepto de autografía [planteado por Perreault] para crear un nuevo concepto narrativo que involucra “al yo que escribe y al sujeto de su escritura, ambos femeninos” (268), argumentando que en el análisis que hace Perreault a The Cancer Journals de Audre Lorde “tanto el sujeto como el objeto de la escritura son los mismos” –ya que quien escribe es la propia enferma– mientras que “en Antonia el sujeto que escribe no es igual que el objeto que motiva su relato” (256). De este modo podemos situar a Antonia dentro de una tradición de obras que han buscado hacer de las enfermedades un tema literario de gran interés y grandes alcances.

Recientemente en entrevista con el periódico Excélsior la escritora Brenda Navarro declaró que 2021 debería ser catalogado como “El Año María Luisa Puga”, pues “parece que las circunstancias están dadas para hablar de su Diario del dolor como un texto referencial a lo que estamos viviendo tras la pandemia”. Más aún, las obras de Puga parecen “dialogar de manera perfecta con lo que nos está pasando ahora: la muerte, la pérdida, el sistema de salud y el tema de los cuidados del cuerpo” (Bautista, 2021). Celebramos que el texto de Montes Garcés nos haga ver que obras como Antonia son valiosas porque abren un espacio para el cáncer dentro de la memoria cultural, donde adquiere relevancia escribir y leer textos que nos permitan conocer las enfermedades desde un plano personal e íntimo como la literatura.

Leer el artículo completo en: https://revistas-filologicas.unam.mx/anuario-letras/index.php/al/article/view/1026/1024

 

Referencias

  • Bautista, Virginia, “Libros abordan la vida y la obra de María Luisa Puga”, en Excélsior, 25 de abril del 2021, https://www.excelsior.com.mx/expresiones/libros-abordan-la-vida-y-la-obra-de-maria-luisa-puga/1445137 [consultado el 02/09/2021].
  • Cuecuecha Mendoza, María del Carmen Dolores, María Luisa Puga. De la autobiografía a la autoficción. México: Universidad Autónoma Metropolitana / Ediciones del Lirio, 2014.
  • Díaz Castellanos, Guadalupe, “María Luisa Puga: Antonia”, en FEM, vol. 24, núm. 208, julio 2000, pp. 24-29.
  • López, Irma M., “Autobiografía interminable: la novelística de María Luisa Puga”, en Texto Crítico. Nueva Época, Centro de Investigaciones Lingüísticas y Literarias. Universidad Veracruzana, núm. 24 (enero-diciembre 1997), pp. 73-82.
  • Puga, María Luisa, Antonia. México: Grijalbo, 1989 (Col. Narrativa).

 

[1]Pese a que el concepto autography puede traducirse como “escritura del yo” o “escritura de sí”, en la obra de Perreault Writing Selves:Contemporary Feminist Autography (1995) admite otras acepciones, pues refiere a las distintas formas escriturales en que una mujer configura su subjetividad. La “autografía”, según la entiende Perreault, implica una reconsideración de las imbricaciones entre subjetividad, textualidad y comunidad, pues pone énfasis en que cuando el sujeto enunciante de un texto es una mujer, su identidad conlleva cuestiones de género, clase o etnicidad; lo cual hace que las subjetividades escritas entren en relación, por ejemplo, con un sistema patriarcal o con otras identidades femeninas. Como señala Montes Garcés, al reconocerse como escritoras hay un sentido implícito o explícito de comunidad “en contraste con la autobiografía que hace énfasis exclusivamente en el desarrollo del individuo” (256).

[2]No obstante, hay que señalar al respecto que María Luisa Puga afirmó que no concebía su escritura en estos términos. Al hablar de su vida en Michoacán dijo en entrevista publicada por la revista FEM: “De hecho otra de las razones por las que me fui a provincia es que en más de una vez me invitaron a mesas redondas relacionadas con feminismo, en las que había que definir si la mujer escribe como mujer o como hombre, y la verdad yo nunca he pensado en esos términos. Yo escribo de lo que puedo. Nunca me he planteado si voy a hablar de un género u otro” (Díaz Castellanos, 28).

 

ENTREVISTAS

Los Cuentos populares mexicanos: una narrativa de raíz universal

Entrevista al investigador, cuentista y poeta, Fabio Morábito

 

Lida Marcela Pedraza Quinche

Universidad Javeriana de Bogotá

e-mail: lidamar_qui@yahoo.com

 

Fabio Morábito, nacido en Alejandría, Egipto, en 1955, e hijo de padres italianos, vivió hasta sus 15 años en Milán, Italia, y de allí se trasladó a México, donde ha realizado su obra literaria narrativa, poética, ensayística e investigativa. En una de sus visitas a Bogotá se presentó en una gala de poesía y de cuentistas latinoamericanos. Y en un rato libre, ya próximo a su regreso a Ciudad de México, habló del trabajo de investigación, recopilación y reescritura del libro Cuentos populares mexicanos, publicado en 2014 por el Fondo de Cultura Económica y con el auspicio del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La obra consta de 600 páginas, y fue presentado en su primera edición en la Librería del Fondo de Cultura Económica (FCE) de México en Bogotá, en septiembre de 2015.

Para que Morábito recopilara y editara esta valiosa compilación de relatos de la tradición oral mexicana, se apoyó en etnólogos y lingüistas de nombres insoslayables como Franz Boas, Konrand Theodor Preuss y Stanley Robe, quienes trabajaron en las primeras décadas del siglo XX en México recogiendo los cuentos orales de acuerdo con “criterios científicos”. Cuando los 125 cuentos llegaron a las manos de Fabio Morábito, el escritor mexicano los aderezó, revisó, pulió, y reescribió de manera que fuesen comprendidos tanto en su contexto de origen como en un lenguaje cercano al del lector actual.

En la presentación de esta antología el escritor mexicano dijo que "la astucia y la codicia generan castigo; la bondad y la lealtad recompensas; los chistes son parte de la vida. Y a diferencia de los mitos que poseen un orden establecido, estos cuentos transmiten y transgreden”.

La diversidad de lenguas y regiones de donde provienen estos cuentos se hace presente fuertemente en esta antología. Los investigadores incursionaron en regiones que van desde Sonora hasta Chiapas, desde los tarahumaras hasta los chontales; desde California y Nuevo México hasta Veracruz y Querétaro.

Fabio Morábito destaca “El corazón de la muerta” como el relato más escalofriante del libro; también, “La hija del rey del Sol Adorado”, “El espejo de Amarilis”, etc. Muestra particular aprecio por “La doncella y la fiera”, “Los cargadores del mundo”, “El muchacho y la hostia”, “El gallo y la mujer”, “El perico malhablado”, “El mundo desfondado de la rata canguro”, “El tlacuache y el tapir”, “El hermano Tarugo”, “El piadoso anacoreta”, la serie de relatos de Pedro de Urdemales, como “Pedro de Urdemales y el fraile curioso”; “Los dos coyotes”, entre otros. Cuentos de tradición oral acompañados por llamativas ilustraciones a color. Cuentos que revelan la creación del mundo, la aparición del sol y la luna o del primer hombre, así como historias protagonizadas por jerarquías sociales, es decir, por reyes o princesas. Cuentos donde existen viajes colmados de peligros; cuentos de animales que hablan.

En la Introducción a esta extensa obra, Morábito afirma que “el viaje es el comienzo de lo sobrenatural y basta con franquear los límites de la comarca para que el mundo adquiera otra fisonomía”. En estos cuentos se trasciende la comarca de la ciudad, por la vida en la “sierra”, el “monte”, el “campo”.

Morábito viajó de México a Bogotá para participar en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, 2017, y concedió esta entrevista en la que profundiza en el carácter netamente literario de estos relatos, al manifestar que no son anécdotas, ni mitos, ni leyendas, sino cuentos para todos los lectores, con sabor a universalidad, ancestralidad, tradición oral que se reescribe.

 

Lida Pedraza: ¿Cómo logra Fabio Morábito y durante cuánto tiempo recopilar y transcribir estos cuentos que fueron investigados en las primeras décadas del siglo XX en México por etnólogos como Franz Boas?

Fabio Morábito: Yo he utilizado todo este material que ha sido recogido a lo largo de los años por todos estos etnólogos y antropólogos que visitaban México y recogían de diferentes regiones los cuentos orales. Hay un abundante material en esto. Mi tarea ha sido reescribir estos cuentos, porque al ser materiales de rescate antropológico y obtenidos a través de grabaciones, el material quedaba en su cruda transcripción de la grabadora, con lo cual se volvían unos cuentos ilegibles; entonces mi tarea ha sido eminentemente literaria. Me dediqué a seleccionar los cuentos que parecían mejores, he tenido que leer muchas versiones de cada cuento, pero en algunos casos de una manera más profunda, reescribiendo para que pudieran ser legibles, porque en el estado en el que estaban no lo son. Es un material idóneo para el público, entonces tuve que reescribirlo. Esto me llevó cuatro años de trabajo: primero buscar ese material, seleccionarlo, leerlo, elegir los cuentos que yo consideraba mejores y reescribirlos. Son 125 cuentos de lenguas indígenas y del lenguaje español y ahora como te decía aumenté 25 cuentos para que diera un número más redondo, 150, y la nueva edición saldrá en unos meses publicada.

L.M: Cuando dices en la Introducción que aderezas con una mano literaria un material crudo y poco hospitalario, ¿a qué estás haciendo alusión? Al leer los cuentos me pregunto en qué intervino el compilador en ese cuento, porque el cuento al leerlo está bien escrito. Hace referencia a que hubo unos informantes, unos narradores orales, pero de manera específica ¿en qué consistió su trabajo de “reescribir”?

F.M.: Hay unos pocos cuentos que estaban bien narrados y prácticamente no hice más que acomodar la puntuación, quitar una palabra, [etc.], pero es una parte. La mayoría [los] tuve que intervenir, por ejemplo, casi siempre quitando. La literatura oral es por lo general muy repetitiva, porque hay que imaginar cómo se dan esos cuentos: si se narran frente a un auditorio, el que los cuenta, cuenta con la mímica. En algunos casos el auditorio interviene, “no, fíjese que se le olvidó tal cosa”, como cuando uno le cuenta a un niño un cuento, si uno se salta una parte, luego el niño lo corrige a uno: “no, no es así”; entonces es un performance, y cuando todo este performance, hecho no sólo de palabras sino de entonación, es muy teatral, se pasa a la letra escrita, se pierde. En el momento en que fueron errados el narrador obvió esas cosas con su mímica. Pero a la hora de escribir había baches incomprensibles, contradicciones muy fuertes, un personaje que había hecho tal cosa, luego hacía todo lo contrario, tuve que intervenir para darle armonía, secuencia lógica. En algunos casos la intervención es fuerte. Nunca cambié la historia, nunca cambié un final, obedecí siempre a la secuencia de los hechos, pero sí quité y añadí cosas.

L.M: Intervino, por ejemplo, el cuento “La hija del rey Sol Adorado”, que es la historia del fiel vasallo del príncipe que hace ininteligible en la historia la conducta de uno de los personajes principales. ¿Cuál es la particularidad de este cuento?

F.M.: Es como si de repente algo nos pareciera ilógico en esa historia. Porque el que narró la historia se le olvidó un hecho que de haberlo dicho hubiera vuelto más lógica la historia. ¿Qué hace un “reescritor”? Primero busca otras versiones de la misma historia esperando que en otras versiones se explique este aparente error. En una versión que aparece en el libro de Ítalo Calvino aparece una explicación de este cuento, que en una lengua indígena no se daba, o que al dársele otro giro a la historia aquella aparente incongruencia tuviera un sentido. Como lo explico en la Introducción del libro: “El narrador del cuento se las había arreglado con una anomalía en la historia frente a su público. Es posible que se tratara de un mal narrador que aburría y decepcionaba sistemáticamente a sus oyentes, pero lo contrario también era posible, y como no había manera de averiguar ni lo primero ni lo segundo, tocaba aceptar que la historia podía narrarse de manera defectuosa, o sea, respetando el silencio del personaje sobre los motivos profundos de su conducta ofensiva hacia el príncipe y la princesa”.

L.M: Y esos arreglos los haces de acuerdo con tu conocimiento como escritor. En la Introducción del libro haces referencia a la Edad Media. Estos cuentos no son ni mitos, ni leyendas, ni anécdotas, ¿por qué estableces una relación con la Edad Media?

F.M.: Son cuentos que no tienen edad. Lo de la Edad Media es como el entorno, el paisaje mental de la mayoría de los cuentos: los animales hablan, hay princesas, es una especie de trasfondo de época que los abarca a todos. Si en estos cuentos apareciera la electricidad, los coches, pues estos cuentos cambiarían totalmente en su contenido.

L.M: ¿Por qué estos cuentos se desarrollan en el monte, el campo, que está lejos de México? Fabio menciona a Ítalo Calvino, menciona a los Hermanos Grimm. Estos cuentos, a pesar de que son de la tradición popular mexicana, del pueblo, del campo, se diferencian de los cuentos de España y de otros países europeos, donde la villa, o sea, lo rural, sí está cerca de la ciudad. En México no ocurre esto. Mi pregunta es: ¿Qué relación existe entre estos cuentos y otros cuentos literarios?

F.M.: Los cuentos literarios son el cuento más antiguo que hay; no tienen edad, y su característica principal es que viajan de un lugar a otro. Es imposible [no] mencionar que la historia de Hansel y Gretel no es un cuento alemán, sino que aparece en Alemania como apareció en otros lugares con nombres distintos. Es imposible fechar el origen de un cuento. Hubo una escuela antropológica que dice que a la larga es imposible fechar un cuento. En algún momento surge en un punto, pero al emigrar se transforma. Da origen a regiones distintas y en cada región adquiere el color local. Pero son historias cuya naturaleza es eminentemente migratoria y, sobre todo, atemporal. El ser humano lo primero que realizó fue contar cuentos. Y no [necesariamente] contarlos, sino [representarlos de distintas formas].

arbol Colombia

L.M: ¿Cuáles son los narradores o informantes que contaron de manera oral estos cuentos en México?

F.M.: Son varios, la mayoría están muertos: son campesinos, algunos analfabetas. Cuando se trata de lenguas indígenas traducen el cuento al español; es gente del campo, son los narradores orales, hay algunos buenos, hay algunos malos, porque no hay que mitificar esta literatura. Hay narradores con talento y narradores muy malos. Esta fue una de mis primeras tareas: seleccionar las mejores versiones.

L.M: A propósito de todos estos cuentos, como antologista, en la Introducción del libro hace énfasis en cuentos como “El espejo de Amarilis”, “El corazón de la muerta”. ¿Qué puede decir de estos dos cuentos, ahora?

F.M.: Hay cuentos que me gustan más que otros. Hay cuentos muy chistosos, cuentos mayas que son muy pícaros, la vena pícara está muy presente en el libro; hay cuentos que se burlan de los curas, especie de subgénero, la crítica o la burla a la Iglesia. La historia del cura que quiere acostarse con la hermana del sacristán, que es un chico, el chico intuye lo que pasa y hace una jugarreta y todo termina en el confesionario donde el cura se ve burlado. Y luego hay otro aspecto: lo siniestro y la historia atroz. [“El corazón de la muerta”] es un libro [sic] donde un hijo desalmado ahorca a su madre en un árbol, y después le arranca el corazón y se lo sirve a su hermano cuando regresa al pueblo, haciéndole creer que es el corazón del animal, y ahí se produce un conflicto muy angustioso y es uno de los cuentos impactantes del libro. La literatura oral abarca desde la risa, hasta la ternura, la crueldad, la sexualidad. A mí me interesa que el libro sea exhaustivo en este sentido. Hubo un pequeño equívoco porque fue impulsado como un libro de literatura infantil y juvenil. Pero no son cuentos de literatura infantil o juvenil. Por supuesto, son cuentos de corte fantástico que cabrían en un género de literatura infantil o juvenil, pero caben otras temáticas tales como la picardía, la crueldad, etcétera.

L.M: Por ejemplo, el cuento “El espejo de Amarilis”.

F.M.: En este cuento se establece una relación muy fuerte entre la madre y la hija. La literatura oral es muy rica, porque narra diferentes aspectos del ser humano.

L.M: Estos cuentos están ahondando en los principios, valores, angustias, inquietudes de los seres humanos. ¿Son cuentos que están a nivel de las fábulas por el mensaje que, de cierta manera, transmiten?

F.M.: Yo evité dar una especie de moraleja, porque la moraleja es algo que impone el autor al final. La historia no siempre da una moraleja. En algunos casos se da, porque son moralejas bastante socarronas, irónicas, sobre todo los cuentos orales populares, como digo en la Introducción, una especie de “instructivos de vida”. Los que leen cuentos literarios saben que leen historias posibles, queremos saber cómo actuar, por ejemplo, en algunos de estos cuentos hay instructivos para morir, pero a estos cuentos no se les puede reducir a una especie de rama de la pedagogía, ni a una rama de valores que los adultos consideran que los niños deban poseer.

L.M: De esta antología, ¿va a publicar una segunda edición?

F.M.: Van a ser 150 cuentos. Ya termino mi trabajo. Estoy cansado de leer “El conejo y el tlacuache”, y otros cuentos, en varias versiones. Habría sido [bueno] que todas las cincuenta y pico lenguas indígenas de México estuvieran representadas en un libro, pero ahí si no depende del material que pudiera encontrarse. Estoy seguro que si hubiera un equipo de investigación muy nutrido que peinara todo el país seguramente se encontraría más material.

Cuentos Populares Mexicanos

L.M: ¿Qué relación o tejido se podría establecer de estos cuentos con respecto al contexto de vida cotidiana en México? ¿Se podría decir que tal cuento refleja la situación en Latinoamérica, en la actualidad?

F.M.: Nos preocupa que la literatura sea un espejo fiel no sólo de la realidad, sino de la realidad de ahora. Si fuera así tendríamos que leer a Dostoievski, porque el mundo de Dostoievski no tiene nada que ver con el mundo latinoamericano actual del 2017, porque podemos seguir leyendo a Garcilaso de la Vega y a Homero, porque los vínculos que el mundo establece con la literatura son muy complejos, muy sutiles, muy subjetivos y no apelan o coinciden con algún aspecto de la realidad latinoamericana para que el lector se sienta conmovido. Yo no creo que deberíamos preocuparnos por establecer analogías con el tiempo actual de la literatura, porque sería una forma de reducirla.

L.M: Al comienzo de esta entrevista mencionó otros libros de su autoría: mencionó el libro Madres y perros, que es un libro de cuentos. Y presentó en la Feria el libro de poemas No me despiertes si tiembla.

F.M.: Con la Editorial de la Javeriana salió un libro, una antología de mis poemas que se llama No me despiertes si tiembla. Una antología que hizo un joven poeta y músico colombiano, Camilo Vásquez, el autor del prólogo, y que presentamos con Gina Saraceni, y con Jorge Cadavid en la Feria. Esta fue una de mis actividades y la otra actividad fue mi participación en una mesa de cuentistas latinoamericanos. La Feria es multitudinaria, uno encuentra a muchos escritores, es un espacio muy grande, es una feria de las más exitosas de América Latina; basta ver el catálogo de los autores que vinieron a esta versión de la Feria. Es la segunda vez que participo en esta feria. Y esta me pareció más impresionante por la cantidad de público y por la oferta de materiales, y, bueno, me han tratado muy bien. La organización, por lo que a mí respecta, ha sido estupenda.

L.M: ¿Y su libro de cuentos Madres y perros?

F.M.: Madres y perros es mi cuarto libro de cuentos editado por Sexto Piso y salió publicado hace más de un año. Sigo en la línea de anteriores libros de cuentos, historias de personajes comunes y corrientes, pero que de pronto atraviesan [por] un momento de su vida crítico, algo que les ocurre les cambia la vida. Es como cuando alguien pasa la página de un libro, pero pasó a otra cosa. Esto siempre está presente en mis cuentos. Esas grandes transformaciones de la existencia.

L.M: Usted es investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. ¿En qué investigación trabaja?

F.M.: Lo que realicé de los Cuentos populares mexicanos fue mi última investigación. Trabajo como traductor y reflexiono sobre este tema de traducir.

L.M: ¿Cuáles son los escritores que lee Fabio Morábito?

F.M.: Leo de todo. Algunos escritores nos marcan más que otros. Un escritor siempre está leyendo, yendo de lo clásico a lo ultramoderno. “Oye, léete este libro de este joven escritor o poeta, porque es muy bueno”, me dice a mí algún colega; entonces uno se entera. Muchos malos libros llegan a tus manos y uno con el tiempo aprende a deshacerse de estos. Uno constantemente se está alimentando de lecturas.

 

Si te pareció interesante esta entrevista te invitamos a escuchar de viva voz las siguientes palabras del autor acerca de este nuevo libro, imprescindible de nuestra literatura popular:

 

Fragmento de una entrevista hecha a Fabio Morábito celebrada en los jardines del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Se reproduce el presente material de audio fragmentario por cortesía del escritor, con fines de difusión.

SEMBLANZAS

 

A propósito de José Juan Tablada en el 150 aniversario de su natalicio (1871-2021)

 

 

Pilar Mandujano Jacobo

Centro de Estudios Literarios

Instituto de Investigaciones Filológicas

e-mail: pilarjacobo@hotmail.com

 


Tablada fue un escritor polifacético por los temas que trató, los géneros periodístico-literarios que desarrolló y los distintos momentos de su presencia en el escenario intelectual del país. Su trayectoria en el ámbito cultural mexicano atravesó de la última década del siglo XIX a bien entrado el siglo XX, 1945, cuando sus restos fueron trasladados de Nueva York a México y depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en 1946.

Recuento de una vida intensa. Los antecedentes, la formación

En la primera parte de sus memorias, La feria de la vida, Tablada escribió:

Los recuerdos de la niñez, inconexos pero bañados de luz y de color, me hacen el efecto de estampas de un colorido fuerte y franco […] Estoy dentro de una esmeralda –bajo el follaje de los árboles bañados de sol-esmeralda que sin perder su color reflejara tonos de ámbar, de turquesa y de naranja. Así sintetiza en el recuerdo el paisaje de trópico. ¡Como una esmeralda dentro de la cual yo vivo y vibro deslumbrado! Mi primera sensación es el sabor del agua tras la jornada calurosa. Alguien acerca a mis labios una rústica jícara llena de agua clara y fresca, pero que bajo los árboles es esmeralda líquida… Bebo en ella ávidamente, aspirando el grato olor húmedo y frutal del calabazo y saboreando con adánica integridad el líquido que me desaltera… (Tablada, 1991: 19-20).

Esas impresiones de Tablada, de cuando tenía cuatro años de edad (1875), son las evocaciones del niño convertido en escritor que lo acompañarían en su trayectoria profesional, como poeta, periodista y estudioso del arte mexicano por más de cincuenta años.

De nombre José Juan de Aguilar Acuña Tablada y Osuna, nació en la Ciudad de México el 3 de abril de 1871 y murió en Nueva York el 2 de agosto de 1945. Fue hijo de José de Aguilar Tablada y Mariana Acuña, y nieto de Juan Nepomuceno de Aguilar Tablada, quien fuera oficial del ejército realista originario de Montilla, Córdoba, España. Sus primeros años transcurrieron en la hacienda familiar de Chicomóztoc, en el estado de Tlaxcala. A la edad de tres años viajó a Mazatlán, siguiendo el viejo Camino Real de los mercaderes de la nao de China, experiencia que marcaría su encuentro con Oriente, según consta en sus memorias. Vivió en Puebla de los Ángeles (1877-1880), donde inició su educación primaria y la concluyó en el Instituto Kathain y el Colegio Grosso, en la capital del país. Al mismo tiempo, se adentraba en el mundo de la literatura mediante las aventuras de Julio Verne y los cuentos de Las mil y una noches. A los 15 años de edad, en 1886, ingresó al Colegio Militar, en el Castillo de Chapultepec (donde conoció a Julio Ruelas, quien ilustraría varias de sus crónicas); posteriormente cursó el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria –de ahí su proclividad a algunos preceptos del positivismo– y realizó cursos de pintura, con dinero que su padre destinó antes de su muerte para que tuviera una formación en las artes plásticas.

El joven escritor iba moldeando su camino. Así, a los 18 años de edad publicó su primer poema, “A”, de corte romántico, en La Patria Ilustrada (1888), y poco después “Transmigración”, en El Partido Liberal (1890). Inició sus actividades periodísticas en el diario El Universal, dirigido por Rafael Reyes Spíndola, en 1891, con poemas de su autoría, traducciones de poemas y de cuentos de escritores franceses (Guy de Maupassant, Jean Richepin, Alphonse Daudet). En ese año aparecieron también sus columnas: “Rostros y máscaras. Fisonomías”, “Croquis violentos” y “Entrevistas falsas”, además de una serie de artículos de crítica literaria y pictórica, con las que daría comienzo a una extensa producción periodística en la prensa mexicana. A los 22 años de edad dirigía la sección literaria del periódico El País (1893), cuando fue expulsado por publicar su poema “Misa negra”, de contenido erótico y considerado sacrílego por las autoridades. Este hecho dio origen a la polémica sobre el decadentismo y el modernismo en México y llevó a la fundación de la Revista Moderna, en 1898. Entre la última década del siglo XIX y la primera del XX siguió una nutrida participación mediante sus colaboraciones periodísticas, entre crónicas, artículos, ensayos, poemas, relatos y reseñas, en los diarios El Siglo XIX (1892-1893), El País (1893), El Correo de la Tarde (Mazatlán, Sinaloa, 1894), El Mundo (1897), Revista Azul (1894-1895), Revista Moderna (1898-1903) y Revista Moderna de México (1903-1907).

Fortalecimiento de una trayectoria

En el último año del siglo XIX publicó su primer libro de poemas: El florilegio (treinta y tres textos), con una segunda edición aumentada en 1904 (de ochenta y siete piezas); ambas compilaciones (parte de ellas publicada en las páginas de la Revista Moderna) advierten el empleo de las formas clásicas: un dominio en el manejo de los alejandrinos, endecasílabos y versos de arte menor, propios del romance, y, en ocasiones, sonetos. De influencia baudelariana, la obra refleja ese ambiente que nutrió su primera juventud; gran parte de sus poemas expresan excesiva sensualidad y erotismo, su preferencia por lo mórbido, lo exótico y experiencias con el hachís. Su poética de finales del siglo XIX y principios del XX trasluce la bohemia mexicana: los claroscuros, el vicio y la desesperanza, considerada entonces como una fidedigna manifestación de la segunda generación del modernismo en México.

Durante la presidencia del general Porfirio Díaz, Tablada prestó servicios en la administración pública que marcaron su adhesión incondicional al régimen en distintos momentos. Ocupó cargos y comisiones en la Escuela de Bellas Artes, el Museo Nacional (además de profesor de Arqueología en 1906) y la sección de Archivo, Estadística e Información, siendo Justo Sierra ministro de Instrucción Pública, entre 1902 y 1903, así como funcionario en el Ministerio de Educación, a partir de 1904. Poco antes, en mayo de 1900, había realizado su polémico viaje al Japón (del que todavía queda duda si llegó al país oriental), auspiciado por Jesús Luján, y envió a la Revista Moderna la crónica “Hacia el país del sol”, desde el puerto de San Francisco, California. A su regreso a México continuó con la serie de textos en la Revista Moderna, bajo el título “En el país del sol”, que publicó con el mismo título en 1919 por la editorial Appleton, en Nueva York, y fortaleció su prestigio de japonista, también, con la publicación de Hiroshigué, el pintor de la nieve, de la lluvia, de la noche y de la luna (1913), personaje que fue decisivo para su concepto del arte. En 1903 se casó con Evangelina Sierra, sobrina del ministro Sierra, y efectuó su viaje de bodas a Francia. Posteriormente fue comisionado por la Secretaría de Relaciones Exteriores en 1909 para escribir la biografía de los secretarios de esa institución a partir de 1821. En 1910 fue nombrado diputado por el estado de Tlaxcala.

Autorretrato del mítico pintor japonés Utagawa Hiroshige (1797-1858). Imagen donada a Wikimedia Commons en el marco de un proyecto del Museo Metropolitano de Arte (MET) de Nueva York, bajo la licencia abierta CC-BY http://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/deed.en. Dominio público.

 

 

 

Ilustración elaborada por Hiroshige que Tablada incluyó en su obra a él dedicada 'Hiroshigué, el pintor de la nieve, de la lluvia, de la noche y de la luna' (1913). Colección José Juan Tablada, en el Instituto de Investigaciones Filológicas http://www.tablada.unam.mx/hiroshigue/takanava.html. Dominio público.

 

Una vez desatada la Revolución Mexicana de 1910 Tablada se adhirió al régimen de Victoriano Huerta, continuó como jefe de redacción del periódico El Imparcial, asumió los cargos de director del Diario Oficial, inspector de Bellas Artes y profesor de Artes Orientales en la Academia de la misma institución, y consejero de la Caja de Préstamos de Hacienda. Precisamente, el resultado de sus simpatías por Díaz y Huerta dieron como fruto los ejemplares: La epopeya nacional. Porfirio Díaz (1909) e Historia de la campaña de la División del Norte (1913), con alabanzas al segundo. Utilizó su pluma para hacer periodismo político con su columna “Tiros al blanco”, en la que combatió al general Bernardo Reyes en sus aspiraciones a la vicepresidencia de la República y con su tragicomedia Madero Chantecler (1910), para restarle prestigio a Francisco I. Madero. Debido a estos antecedentes y por el derrocamiento de Huerta de la presidencia, Tablada tuvo que salir del país en 1914 y su casa de Coyoacán fue destruida por los zapatistas, donde albergaba colecciones de arte y artesanía mexicana y sus objetos de arte oriental. Según el relato del propio escritor, en el saqueo se perdió su novela “La nao de China”.

El exilio, Sudamérica, Nueva York y su apoteótica participación en la vanguardia literaria latinoamericana

Según consta en la segunda parte sus memorias, Las sombras largas, Tablada se exilió en los Estados Unidos y vivió momentos difíciles, “Días de Veracruz, trágicos y febriles días a la sombra del pabellón extranjero […]. Meses del exilio en Galveston, donde la catástrofe asomó franca; años de Nueva York de vulgar y exasperante tragedia” (último párrafo del último capítulo de sus entregas al periódico) (Tablada, 1993: 461). El escritor viajó a la Ciudad de México en 1918 para reconciliarse con el presidente Venustiano Carranza, quien le dio el nombramiento de segundo secretario de la Legación Mexicana en Colombia y Venezuela y le encomendó actividades propagandísticas en favor del gobierno mexicano en Sudamérica, para contrarrestar la imagen negativa que estaba dejando la Revolución Mexicana. Ese periodo también fue muy fructífero para su nutrida producción literaria y sus estudios sobre la plástica mexicana, mientras cumplía funciones diplomáticas.

Después de un lapso muy prolongado respecto a su poemario anterior, y fiel a su espíritu renovador, publicó, en 1918, Al sol y bajo la luna, con una nota preliminar de Leopoldo Lugones, donde alternó piezas de corte romántico con otras que advertían su pertenencia a la vanguardia: llegó a romper la estrofa clásica gráficamente e introdujo elementos visuales. Al año siguiente, 1919, salió a la luz en Caracas Un día… poemas sintéticos, su primer libro de haikús, innovador también en la tipografía, en el ordenamiento estrófico de los versos como en su concepto de “libro objeto”. Coronó 1920 con la edición, también en Venezuela, de Li-po y otros poemas, de corte igualmente vanguardista; sus piezas se acercan al carácter plástico, ideográfico de la poesía china, que le permitirían inscribirse dentro de los cánones del género: alcanzar la poesía en su pureza y lograr su belleza. Tales innovaciones tendrían una gran recepción por parte de la crítica literaria sudamericana.

Instalado definitivamente en Nueva York, en febrero de 1920, el poeta fijó su residencia en el 464 Central Park, en el corazón de Manhattan. Quizá decidió afincarse en la zona más cosmopolita del mundo en los años veinte del siglo homónimo por su incesante búsqueda de lo moderno, de acuerdo con las revelaciones que hizo en uno de sus artículos de su columna “Nueva York de día y de noche”, para El Universal: “Es innegable que Nueva York después de la Gran Guerra, es la metrópoli mundial, el máximo centro cívico de la tierra, no sólo plutocráticamente sino por otros motivos que vinculan más o menos con esta urbe los intereses internacionales” (Tablada, El Universal, 19 de septiembre de 1926). En la ciudad neoyorkina continuó con la publicación de sus poemarios, como El jarro de flores, en 1922, conformado también de haikais (adaptación del haikú al castellano) un tanto más elaborados y sofisticados. Le hizo composiciones al sol, a las frutas y al insomnio, entre diversos motivos. Con su poemario La feria, editado en 1928, Tablada regresa al escenario mexicano, describe momentos, costumbres, recuerdos de infancia provinciana y evoca la naturaleza a través de su bestiario; vuelve presente al México prehispánico, mediante animales sagrados, viejas deidades y el arte antiguo. Con ilustraciones de Miguel Covarrubias, Matías Santoyo y George Hart el texto está lleno de elementos plásticos y de fuerte colorido.

En Manhattan, Tablada efectuó una intensa labor de difusión del arte mexicano, sobre todo lo relacionado con la estética del muralismo y la política cultural de México, temáticas que bajo la modalidad de crítica de arte, crónicas y ensayos se publicaron, entre otros medios, en International Studio, Shadowlands, Survey Graphic, The Arts, Current Opinion, The New Repúblic y The Younger Set. Con los mismos propósitos de difundir el arte contemporáneo, el escritor abrió por un tiempo la librería Los Latinos en la ciudad neoyorkina. Desde inicios de la década de los veinte y la siguiente, varias publicaciones mexicanas acogieron sus numerosos artículos sobre asuntos culturales, sociales, orientales y de arte mexicano; entre ellas, Revista de Revistas (1918, 1919 y 1923), El Universal Ilustrado (1919-1920), El Maestro (1921) y Cine Mundial (1922). Inició sus escritos sobre el escenario neoyorkino casi desde que se instaló en Nueva York con acontecimientos que habrían de ocupar un amplio espacio en sus columnas periodísticas por más de dos décadas en los periódicos Excélsior (1920-1924) y El Universal (1924-1934, 1936), que acogió a la más representativa de ellas: “Nueva York de día y de noche”.

Reconsideraciones: los aportes, la mirada introspectiva y la vuelta a la esencia mexicana

Resulta indudable que su prolongada estancia en Nueva York le permitió a Tablada enriquecer y consolidar su proyecto estético. En sus ensayos y crónicas trató nuevas situaciones socioculturales, estéticas y espirituales; subyacen en ellos el espíritu de indagación y de apertura a lo novedoso. Pasó de textos decimonónicos y modernistas a escritos que representaban el nuevo escenario mundial y, más que en la forma, la renovación estuvo en la ampliación de los contenidos temáticos. Aparte de seguir tratando asuntos sobre Oriente, zoología, micología o expresiones estéticas como la escultura, el cine, el teatro y la ópera, sus más de setecientas crónicas incluyeron: música, danza, arquitectura, cocina, restaurantes, racismo; además de las relaciones humanas: el amor, el matrimonio, las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica, las guerras, la expansión del socialismo, los avances de la ciencia, el psicoanálisis, entre muchos otros fenómenos; mismos que formarían parte del repertorio en sus crónicas de “México de día y de noche”, publicadas en Excélsior entre 1936 y 1939, una vez que vuelve a México por una larga temporada acompañado de su segunda esposa, Nina Cabrera, durante el periodo presidencial del general Lázaro Cárdenas.

Su papel principal como promotor del arte mexicano en Norteamérica quedaría comprobado en la difusión y representación realizada en Nueva York de la obra de Miguel Covarrubias, del Dr. Atl, del muralismo mexicano con Diego Rivera y José Clemente Orozco a la cabeza, y en los numerosos ensayos y artículos periodísticos publicados tanto en Estados Unidos como en México. Pieza fundamental de ese propósito fue su Historia del arte en México (1927), considerado por la crítica como texto fundacional para la historiografía del arte mexicano en el siglo XX en su búsqueda por encontrar nuevos asideros para su reinterpretación (Edner, 2001), pues el cronista consideraba que México era un país signado por una ininterrumpida vocación por el arte y la cultura; muestra de ello era que en el continente americano México era el único país con una gran tradición artística indígena, colonial y moderna.

Si bien la obra poética de Tablada fue reconocida por las innovaciones en las formas y las imágenes, sobre todo por haber sido el introductor del haikú en lengua española, como lo repetía el poeta, la revaloración de su poética en México vendría por el lado de sus contenidos, tal como se vio con La feria, que fue observada desde el nacionalismo como un regreso o vuelta a la patria. Héctor Valdés, en la compilación Poesía, aprecia que el poemario “es el libro más nostálgico de México; bajo sus apariencias de ruido y de color el poeta recupera tiempo e imágenes que parecían perdidos: su infancia en Puebla, Otumba, la Hacienda Chicomostoc, el figón, el circo, el loro […], lo que fue un ambiente fin de siecle en El florilegio cede el lugar al tianguis, al sarape de Saltillo […] y a la jícara de Michoacán” (en Tablada, 1971: 23). En la misma perspectiva se sitúa Octavio Paz en torno a la revaloración de los aportes del poeta: tras su fallecimiento en 1945, consideró que la mexicanidad en la obra de Tablada solamente existía en La feria (Paz, 1957: 76-85).

La vuelta a México en 1936 acentuó las inquietudes de Tablada en el terreno del arte y la cultura, en sus crónicas periodísticas de Excélsior abogaba por que se mejoraran las condiciones de vida y de educación del pueblo para que aprovechara mejor las riquezas naturales y artísticas del medio y reavivó los años dorados de su juventud fin de siècle, pero siempre sin dejar de lado su participación en el arte contemporáneo, sobre el que organizó numerosas exposiciones, fiel a su espíritu renovador.

Referencias

  • Edner, Rita (coord.). El arte en México. México: Fondo de Cultura Económica, 2001.
  • Paz, Octavio. Las peras del olmo. México: Imprenta Universitaria, 1957.
  • Tablada, José Juan, Poesía. Obras completas, I. Héctor Valdés (ed., prólogo y notas). México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1971 (Nueva Biblioteca Mexicana, 25).
  • Tablada, José Juan. La feria de la vida. Memorias [1937], 2ª. ed. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1991 (Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 22).
  • Tablada, José Juan. Las sombras largas. Memorias. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1993 (Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 52).

José Juan Tablada - Caligrama "El Puñal", del poemario Un día..., en estilo haikú. Recitado en voz desconocida. Procedente del canal Narrativas Voces: https://www.youtube.com/channel/UCqukHN2Ha47zjWxgRQmqHgA/featured. No se conocen restricciones de derechos de autor.

 

ENSAYOS

El viaje a la Odisea

 

Luisa Yoalli Lora

Posgrado en Letras Clásicas

Universidad Nacional Autónoma de México


La poesía es del humano por naturaleza, buscamos una respuesta que complazca nuestra necesidad de explicar el mundo. Para esto suplimos aquello que no tenemos o sabemos con inventos y relatos fantásticos. Este instinto ha logrado que obras como la Odisea se transmitan de generación en generación, dando como resultado estos jardines de letras infinitos en que se relatan acciones grandes, heroicas, divinas, maravillosamente anudadas a su principio.

La Odisea, posterior a la Ilíada, es una epopeya escrita alrededor del siglo VIII a. C. Ambas narraciones son el resultado de un larguísimo proceso de transmisión oral, es decir, no fueron poemas creados para ser leídos, sino pensados por aedos para ser cantados ante cualquier multitud que gustara escucharlos. Esta práctica brindó al público una experiencia cultural compartida instruyéndoles sobre religión, costumbres, estética, valores morales, física, biología, botánica, geografía, astrología, navegación, logros militares… forjando con ello la identidad griega.

¿Quién fue el autor de la Odisea? Es debatido y creo que siempre será un misterio. Sea cual sea el motivo que llevó a (los) Homero(s) a la (re)producción de sus obras, si fue una forma de preservar la sabiduría de los aedos que le precedieron o si su figura de poeta intachable pudiese ser tan mitológica como la de Heracles, Aquiles o Apolo, o bien una combinación de atributos reales y fantásticos, es innegable que su obra es fundamental para la literatura occidental; es un monumento indestructible de nuestro patrimonio intelectual que ha penetrado en el folklor de diferentes culturas modernas y antiguas.

En la Poética de Aristóteles, sobre los episodios trágicos y epopéyicos, se resume así el argumento de la Odisea: un hombre trajina lejos de su patria por muchos años, solitario, vigilado de cerca por los dioses, mientras en su casa sus bienes son consumidos por los pretendientes de su esposa y su hijo es objeto de asechanzas. Tras mil fatigas llega a su patria y, lanzándose al ataque, se salva él y destruye a sus enemigos (Arist., Po., 1455b).

Resumiendo más la trama, es la historia de un regreso: el de los jefes aqueos (Odiseo en particular) a su morada después de la destrucción de Ilión. Esto es, para mí, una de las partes más interesantes en la materia troyana: los viajes involuntarios y dramas domésticos que derivan en tragedia. Lo atemporal y universal de Odiseo, en contraste con Agamenón, Menelao y Néstor, es que muestra un heroísmo menos simbólico y más humano, dándonos con sus aventuras una nueva dimensión literaria: ¿qué pasa con los valores heroicos después de una guerra tan devastadora? Para responder esta pregunta la figura de Odiseo es importantísima, pues marca ese momento de metamorfosis mitológico-cultural recreado por Ovidio donde, entre otras cosas, se representa la asamblea que se llevó a cabo alrededor de las armas de Aquiles: ¿Quién las merecía? ¿Odiseo o Áyax?

Áyax, feroz guerrero, no estaba dotado por la palabra y reclamaba a Odiseo no estar dotado de valentía, que el recelo y el engaño eran sus mejores cualidades al pelear. Pero, tomando las palabras de Odiseo: “¿Qué ha hecho mientras tanto Áyax, que no sea hacer otra cosa que pelear? Guerreros hay muchos, pero el hombre beligerante es inferior al inteligente, sus brazos son fuertes y eficaces, pero ejercitar la fuerza sin pensar lo puede hacer cualquier bestia. ¿Es que objetos de un arte tan excelso, los puede llevar un soldado rudo y sin sensibilidad? Ni siquiera sabría reconocer lo que hay cincelado en el escudo: el océano, la tierra y el alto cielo con las estrellas” (Ov., Met., XIII). Aquí, más que las armas de Aquiles lo que está en juego es la figura del “héroe”, y un hombre inteligente sirve más a ambos mundos: al bélico y al pacífico (según Odiseo, que es quien se queda con las armas). Por esto, Odiseo es el último de los héroes antiguos y el primero de los modernos.

Teniendo todo esto en cuenta, leer la Odisea es un acto que podría justificar el nombre de la obra, es una odisea, para empezar, podemos pensar en los aspectos propios de la literatura griega (temas, autores, contexto histórico-social etc.) Esto complica el proceso de su lectura ya que está fundamentada en un sistema político/cultural/simbólico parcialmente ajeno al nuestro y solo podríamos comprenderlo con un conocimiento meticuloso del tema. Pero eso es una mentira, en lo simbólico, en lo mitológico, sólo se puede tener una comprensión superflua de los distintos atributos que se hacen a las cosas. Por eso, en el fondo, no existe una forma de interpretarlo y debemos acostumbrarnos a ella como nos acostumbraríamos al trato con un extranjero cuyas maneras y acento nos sorprenden y confunden al principio, pero a quien acabamos por amar y admirar a causa de la hermosura de su naturaleza, que es la nuestra, la humana. Quizá entonces podamos comprender la Odisea sin ninguna guía y entenderla a partir de nosotros, desde nuestro ser, enfocándonos en la relación íntima que a lo largo de los años hemos formado con cada palabra. Al entrar en la Odisea por ese camino nos encontramos con lo que hay de eterno en esta obra: la condición humana expresada con una sinceridad y fuerza sorprendentes.

Los diversos encuentros de Odiseo tienen un gran simbolismo, una cierta esencia que guardan los lugares, las cosas, las personas y, aunque se construyó sobre las bases de la realidad que respiramos, por la vivacidad en su estilo, la perfección de su lenguaje, la profundidad de las emociones, la gracia de las pinturas, lo radiante de sus expresiones, la libertad con que se mueve o, en una palabra, todo lo que constituye su belleza, a veces casi parece que el mundo homérico tiene aliento propio y custodia secretos que van más allá del mundo que los creó, adentrándonos en un universo repleto de peligro y poblado por seres fabulosos: hechiceras, sirenas, ciclopes… toda clase de criaturas que, ya sea como amigos u obstáculos, podrían llevar al héroe a una muerte lejos de la gloria. No hay nada en ellos de artificioso, todos los sentimientos que mueven a los personajes provienen del fondo mismo de la humanidad que los creó: son y aman, odian, sufren, esperan, se exaltan, se serenan, tienen relámpagos de furor, lloran, se desalientan, padecen impaciencias bruscas, movimientos de piedad inaudita o no sienten el paso del tiempo, se asombran, aprenden, son fanfarrones y beben, y aman… y mueren. Odiseo teme en medio de la tempestad, llora, se desalienta y lucha; sin embargo, cuando está a salvo, su alma goza como la del más insignificante de nosotros: abraza la tierra, disfruta deliciosamente del sueño que le da reposo.

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