Artículo de divulgación

Pablo Neruda: un retrato crepuscular


Gabriel M. Enríquez
Instituto de Investigaciones Filológicas
Centro de Estudios Literarios
gmenriquez@gmail.com

 

Conocí a cierto personaje llamado Pablo Neruda por esa circunstancia que a veces solemos llamar azar y algunas más coincidencia. No recuerdo con precisión qué causas motivaron que cierto día me encontrara estudiando su biografía antes que su obra. Es verdad que, como todo lector entusiasta, mis primeros encuentros con él databan de la escuela secundaria cuando, tirado boca arriba en medio del patio de la escuela, en esas horas vespertinas en las que no llegaba el maestro a impartir clase, declamaba a cielo abierto los versos del poema “20”.

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso (47).

Fragmento del poema "20" de Neftalí Ricardo Eliecer Reyes Basoalto, quien firmó "Pablo Neruda" y legaliizó su cambio a ese nombre en 1946. En voz de él mismo (ca. inicios de los 70). Tomado de la plataforma YouTube. Por tratarse de un fragmento, con propósitos ilustrativos del texto para su mejor comprensión, se exhibe aquí según los términos de la segunda condición del numeral 2 de sus Términos de servicio: "You are a small-scale production company, non-profit, or artist, in which case you may use the YouTube Service to showcase or promote your own creative works", así como del acuerdo establecido en el numeral 9.1 de YouTube respecto a las Licencias para otros usuarios, mediante el que el creador de obra, en este caso de la pieza musical, o los detentores de los derechos patrimoniales, "grant all users of the YouTube Service permission to view your (musical) videos for their personal, non-commercial purposes. This includes the right to copy and make derivative works from the videos solely to the extent necessary to view the videos"

 

 

 

 

 

 

 

 

Me venía bien su desbordamiento emocional. Su intenso flujo rítmico era el único capaz de acompasar aquella angustia sentimental que se agolpaba dentro de mi corazón adolescente, tambor recientemente adaptado para dar expresión a constantes, aunque subrepticios, llamados del enamoramiento. Pero en aquellos lejanos días nada existía más allá de veinte poemas de amor, entonados por la canción desesperada que mi pasión demandaba. Debido a ellos, la imagen de Pablo Neruda se enmarcaba con una aureola de hombre infinito, sacerdote supremo del amor y sus misterios.

Decía, entonces, que conocí a cierto personaje llamado Pablo Neruda, a través de retratos biográficos reunidos en aquella galería escrita durante su visita a México en la que pinceles a ratos violentos trazaban veloces imágenes sobre su figura que diferían con aquella idealizada en mi adolescencia. De este modo, y para mi sorpresa, me encontré de pronto contemplando una “cabezota de apio o de cebolla” (Cardoza y Aragón: 694), con “mirada fija y ausente de gran saurio sagrado” (Celaya en Rodríguez Monegal: 15) encajada, bien en el cuerpo de un “carnero reblandecido” (Bergamín en Cardoza y Aragón: 694), bien en el de un “pelotari desentrenado de tardígrado andar" (Cardoza y Aragón: 693-694). Y es que el proteico Neruda era “tan feo, que en sus fiestas siempre andaba disfrazado para ocultar su fealdad” (Henestrosa en Toledo: 74). Además de estos esbozos, en no pocas ocasiones descendían sobre su accionar las más variadas sombras: “astuto y vanidoso, como vieja soprano de ópera” (Cardoza y Aragón: 694), el chileno era dueño de un interior altamente desconfiado, impulsado por un “gran volcán taciturno” (Paz: 729). Por supuesto, muy posiblemente el mayor fresco sobre el proceder de Neruda emanaba de la siguiente carta que Vicente Huidobro dirigiera a Juan Larrea, escrita en vísperas del Homenaje a Neruda que en su desagravio prepararon los jóvenes poetas españoles (Alberti, Lorca, Guillén, otros) en Madrid, en 1935, ante la acusación que sostenía (y mostraba) que el poeta chileno había plagiado en el poema “16” al poeta hindú, Rabindranath Tagore:

Me hablas de una campaña contra Neruda. No, querido Juan, tú no puedes dejarte engañar, eso está bueno para los otros, tú no puedes marchar en esa gran combina. Yo no he empezado ninguna campaña en contra de ese señor que no es tan buen muchacho como aparenta, sino un admirable hipócrita. Es precisamente al revés. Yo fui obligado a defenderme porque ese señor me calumniaba en todas partes. Desde Argentina escribía verdaderas circulares calumniándome y ahora manda versos de insultos desde España. Esto no me importa, lo que yo no podía tolerarle eran sus bajezas. Figúrate que este señor al partir de Chile para Argentina envió una serie de cartas anónimas, creo que también en forma de circular, diciendo: ahí va Neruda, espía militar chileno —o algo por el estilo. A todas luces lo que quería era hacerse el interesante y promover revuelo en torno a su persona. Armó el revuelo y entonces el infame escribió desde allá a Chile, haciéndose la víctima —es su política habitual y conocida por todo el mundo— y señalando como posibles autores de esas cartas a “Huidobro o algún creacionista”, te transcribo sus palabras pues me han mostrado esas circulares, “o a Pablo de Rokha o Isaac Echegaray”. ¿Ves la infamia? ¿Crees tú que yo iba a tolerar semejante villanía? (Bary: 42).

No fue difícil, pues, trazarme una imagen unívoca sobre el personaje Neruda. En efecto, tras confrontar diversas versiones sobre los hechos relatados por él mismo en sus memorias, no quedaba más que estar de acuerdo con las advertencias de escritores como Vicente Huidobro, Octavio Paz y Juan Larrea: Neruda tenía en ocasiones debilidad por suplantar o modificar acontecimientos que afectaban su figura y su accionar. La imagen proyectada por los cuadros, la de un poeta necesitado de reconocimiento y oportunista, adquiría cierta solidez. Comencé entonces a estudiar sus versos. Y luego Neruda. La biografía literaria de Hernán Loyola. No sin ciertas reticencias, surgieron otras voces, otras imágenes, otro ser. Las razones de Neruda plasmadas en la biografía literaria de Loyola pronto habrían de perfilar un personaje mucho más complejo. Su vocación asumida sin concesiones, su persistente esfuerzo artístico y vital, su visión poética, habrían de sustentar la imagen renovada de un poeta con evidente residencia en la tierra.

En algunas biografías, como en no pocos estudios sobre la vida del poeta, suele asentarse que la figura de Neruda genera en Chile, y mucho más allá de su patria, reacciones adversas sobre actitudes que no suelen recriminarse con tanta acritud en otros escritores. En México, por ejemplo, durante su estancia como cónsul, tan sólo después de su primera declaración a la prensa, se formaron dos bandos antagónicos: nerudistas y antinerudistas.

¿De dónde proviene, entonces, este trato que hace prevalecer en no pocas ocasiones al personaje sobre el poeta? Aventuro varias causas: su férrea cuanto temprana voluntad de llevar a cabo su misión poética, a riesgo de parecer ególatra, a veces, incluso, siéndolo. Es notoria la conciencia poética con la que escribe a los dieciocho años, como en el poema “Final” con que cierra Crepusculario: “Se mezclaron voces ajenas a las mías, / yo lo comprendo, amigos míos!” (154); sorprende, del mismo modo, su carencia de regodeo artístico ante la fama que le proporcionan los Veinte poemas de amor y, a contrapelo, continúe su desarrollo poético hacia una nueva tentativa. Pero, también, irritan sus desplantes, como aquella vez en que devuelve las galeras de Nascimento a su editor: “—No hay erratas? / —Las hay y las dejo”. Desesperan, a veces, sus manías de coleccionista, su incapacidad para atarse los cordones de los zapatos (“No todas podemos ser madres”, sentenciaría María Luisa Bombal al rechazar una posible relación en Argentina) y, francamente, es difícil estar de acuerdo con su obsesión por crear a su propio personaje, su fragilísima resistencia a la crítica, su constante y creciente desconfianza hacia los demás, su obediencia a ciegas a su militancia política, a pesar de las evidencias del error y, por desgracia —en no pocas ocasiones—, en detrimento de su propia poesía.

Sus defensores, escritores muy cercanos al poeta chileno: Hernán Loyola, Volodia Teitelboim y Luis Enrique Délano —por nombrar algunos, partidarios de justificar éstas y otras tantas acciones—, construyeron tan obstinada defensa, aunque por declaración de principios la hayan negado, que generaron un efecto contrario: petrificaron su figura. Entre sus correligionarios casi siempre hubo lugar para ocuparse de la comprensión de sus acciones, bien entre líneas, bien de manera directa. Muy a menudo surgió una explicación a determinada conducta criticada por sus detractores. En numerosos biógrafos cercanos al poeta sobraron argumentos para entender la aparición de nuevos amores, algo bastante difícil de aceptar cuando, poco después de la Guerra Civil española, Neruda envía a María Antonia Haagenar en compañía de su niña hidrocefálica a casa, en los Países Bajos. En tanto, él mantiene en París la relación iniciada en Madrid con Delia del Carril, su nueva compañera. Neruda alegará años más tarde incompatibilidad de caracteres para justificar la separación y cumplirá de manera irregular el envío de dinero para su hija a Holanda. Pocos años después, se casa con Delia en Cuernavaca. En esta historia de relaciones sentimentales, Hernán Loyola, uno de sus más persistentes estudiosos, en su Biografía literaria menosprecia la conducta de Albertina Azócar, gran amor de juventud de Neruda, al sostener que “no sabrá defender los derechos de su corazón y su piel: nunca fue una luchadora” (126), juicio donde no es difícil encontrar exceso de subjetividad y una incapacidad para comprender los motivos de Albertina. Loyola, que lleva a cabo un sistemático entendimiento del actuar nerudiano, en un momento de exceso de identidad con su poeta, condena la falta de entrega de la mujer que tantos poemas motivara a Neruda en su época estudiantil en la capital chilena. Desde el punto de vista de Albertina, ésta tuvo razones de sobra para no seguir a su enamorado. Los continuos romances alternos y simultáneos de Neruda bien podrían constituir, de entrada, una razón más que suficiente. Sin embargo, con una actitud fincada en una gran dosis de pasión (no en vano lo ha estudiado por más de cincuenta años), Loyola, al comparar el amor de Josie Bliss, su amante birmana, con el de Albertina, arremete contra esta última:

Josie es una amante más deliciosa e inolvidable, en breve más importante que Albertina (lo que entonces no es poco decir). Sobre todo, porque Josie al parecer lo ama de veras. Tanto que será capaz de atravesar el Golfo de Bengala —desde Rangún hasta Colombo— para recuperarlo, mientras Albertina cuántas veces ni siquiera osa tomar el tren de Concepción a Santiago o a Temuco, tanto menos viajar a Ancud, para hacer el amor con el poeta que la deseó y la requirió como quizás ningún otro hombre en su vida (Loyola: 151).

Líneas atrás de este párrafo, Loyola ha explicado el carácter de las mujeres birmanas, más propensas a dominar la relación y a tomar iniciativas que, desde mi punto de vista, rara vez veríamos en mujeres latinoamericanas de los años cuarenta: ¿cómo exigirle a Albertina lo mismo? La edad y particularmente la independencia económica añaden peso a la balanza: ambas a favor de Josie. “Deliciosa”, “deseó” y “requirió”, por otra parte, denotan más bien argumentos masculinos, elementos insuficientes para lanzar a la acción a una mujer de la provincia chilena con escasos veinte años. Además Josie, ¿lo amó en verdad? Páginas adelante, Loyola señala que existen altas probabilidades de que la nativa birmana buscara a su amante chileno para alcanzar el supreme bliss, una forma de alcanzar la divinidad al morir a través del acto sexual. Esta es quizá la causa posible por la cual Neruda huye de su excelente amante. Aclaro: no defiendo el amor, ni el desamor, de Albertina. Advierto la falta de comprensión del otro y destaco que el exceso de nerudismo genera, a veces, tanto rechazo, tanta desavenencia, tanta pasión, como el antinerudismo.

Sostengo por igual que bajo ninguna perspectiva escribir sobre Neruda constituye un acto libre de condena, ni de postura. Aunque se pretenda analizar desde un imaginario centro objetivo, existe en el ambiente un aire viciado de nerudismo, casi tanto como lo hay del anti-, en espera de leer la primera línea para colocar a quien escribe en uno u otro lado. Ni qué decir, además, del subjetivismo propio de las limitaciones personales. Edmundo Olivares, quien se ha convertido en uno de sus más extensos y documentados biógrafos, al visitar México hace años, me comentó que el primero de sus tres volúmenes, Pablo Neruda, los caminos de Oriente. Tras las huellas del poeta itinerante, I, había sido bien acogido por la crítica especializada chilena, en particular por su biógrafo de cabecera, ya que había mostrado una postura respetuosa. Había críticas, sí, pero con respeto. Leídos los volúmenes se tiene la sensación de que su autor transita mayormente inclinado hacia el lado de las simpatías: hay una profunda voluntad de no herir susceptibilidades, de comprender a Neruda y de evitar las aristas agudas que presenta su biografía.1

Sin duda alguna, los hombres poseemos una amplia gama de claroscuros nada fáciles de registrar, menos aún de comprender. Pero, insisto, con el afán de defenderlo, sus partidarios lo tornaron monocromático: albo de tinta y sangre. Los escasos puntos negros aparecidos en sus trabajos se esparcieron como elementos justificantes de una pretendida objetividad.2 Creo, asimismo, que nuestras sociedades tienden a elaborar idéntico proceso: los hombres exitosos, además de serlo, deben ser políticamente correctos, familiarmente aceptables, honorablemente distinguidos, versión maniquea de biografía y vida. Son tantos los casos de mexicanos ilustres con esta característica que una lista rápida sería extensa. Pero en el fondo sabemos que ni Trotski ni Cárdenas encarnan en el busto de mármol inalterable que guardamos en las estampas escolares ni, mucho menos, en la memoria colectiva.

Por otro lado, el estudio de la personalidad, de las decisiones de los seres humanos, es complejo de suyo no sólo por carecer de documentos probatorios, vil remedo de razones internas, sino porque muchas veces los intentos de acercamiento y profundización se estrellan ante la insondable particularidad del ser humano. La sencillez, además, no suele alimentar la personalidad, las acciones y los porqués ya no de un hombre cualquiera, sino la de un poeta que con extenso afán se dedicó a construir su imagen:

El nacimiento de la biografía moderna, más o menos coincidente con el nacimiento de este siglo [el pasado], se explica en parte gracias a una búsqueda inaugurada por los novelistas: la de la complejidad y la movilidad de los seres humanos. A partir de Dostoyevski y hasta culminar en Proust, la novela le enseñó a la biografía que se atareaba en fabricar una unidad ficticia al personaje, como lo atestiguan, por ejemplo, Los caracteres de La Bruyère, que un hombre es “una colonia de sentimientos, una profusión de personas diversas”. Este descubrimiento tuvo consecuencias importantísimas, no solamente para la investigación de la posible verdad de una vida, sino también en las técnicas de narración susceptibles de dar cuenta, a un tiempo, de la complejidad y de la movilidad del biografiado.

Así, la biografía dejó de ser, para los lectores, una confirmación de sus creencias religiosas o morales para convertirse en un escenario donde encarnan las paradojas, las dudas, las grandezas y las miserias de una vida. Si la historia le aportó el rigor de los métodos de investigación, es decir, un poco más de la certeza en la interpretación del pasado, en cambio, la literatura sembró en ella la duda indispensable a la búsqueda de la verdad.

[…]

No obstante, una diferencia fundamental separa a la biografía de la novela. Por más complejo que sea —pensemos, por ejemplo, en los personajes de A la búsqueda del tiempo perdido—, el personaje de novela es producto de una inteligencia humana y, por tanto, puede ser recreado por otra inteligencia, como suele suceder en el proceso de la lectura. Su complejidad es, en este sentido, ordenada y accesible. En cambio, por el solo hecho de haber existido realmente, el biografiado encierra una complejidad a veces impenetrable o indescifrable (Strachey en Bradu: 299-300).

¿Qué es lo que hace, entonces, tan atractiva la idea de emprender un trazo de la poética y la vida asumida por el personaje que encarna Ricardo Reyes? No cualquier persona es capaz de provocar trabajos de aliento persistente: más de diez años de investigación para una biografía, en el caso de Pablo Neruda y su tiempo: las furias y las penas de David Schidlowsky, o más de cincuenta para estudiar su obra, en el de Hernán Loyola. Mil trescientas páginas, en el caso de Schidlowsky, seiscientas cincuenta, en el de Loyola, aunque sólo abarque el periodo de formación, registran en su haber tan sólo el más reciente par de antagonistas complementarios en el estudio de la obra y la vida del escritor chileno.

Sostengo que Pablo Neruda —más allá de ser "testigo de un siglo" (la frase es de José Carlos Rovira)— es atractivo porque en su biografía se presenta una amplia gama de contradicciones que irradian interés; es carne viva, sustento magnífico para la maledicencia, material abundante para juzgar la quebradiza correspondencia entre sus palabras y sus acciones, entre sus versos y sus oficios, entre sus amores y sus odios. El hecho de que en su vida se encuentren algunas conexiones con su poesía torna más atractivo el conjunto total. No cabe duda de que, como su poesía, Neruda vivió a su propio ritmo, sin control, desbordando su vida y sus versos: poesía, ritmo y vida fueron uno. Los tres sometidos al incesante y demandante fluir de talento, reconocimiento y afecto. En este sentido se puede afirmar que Neruda se mantuvo fiel a sí mismo. Fue coherente con su propia convicción vital y poética: su impulso romántico sostuvo su ritmo versal. Más allá de la moral social, si hemos de pensar como Paz, el compromiso poético con el lenguaje lo asumió casi siempre supeditado a su misión creativa:

Un poeta debe vivir porque la poesía se alimenta de vida. Pero no basta con vivir vidas interesantes para escribir buenos poemas. Cientos de soldados estuvieron en Lepanto, pero sólo Cervantes escribió Don Quijote; muchos se enamoran, solamente Petrarca escribió unos cuantos sonetos admirables. La poesía es un destino: hay una facultad, quizá innata, que nos lleva a hacer poemas. Pero la poesía también es una fidelidad. ¿A qué? Al lenguaje. La moral del poeta es verbal: es lealtad a la palabra. El poeta puede ser un borracho, un libertino o un hombre que vive del cuento y de sus amigos: allá él y su conciencia. Lo que lo salva o lo condena, como poeta, es su relación con el lenguaje. Es una relación que combina los sentimientos más raros y los más comunes: el amor, la amistad, la veneración, la camaradería, la libertad, el juego, la constancia, la artesanía. La palabra es la amante y el amigo del poeta, su padre y su madre, su dios y su diablo, su martillo y su almohada. También es su enemigo: su espejo (Paz: 505).

A pesar de su personaje, e incluso a contracorriente de sus posibles equivocaciones poéticas, su genio creativo lo salvó en diversos momentos. La belleza habita en natural correspondencia amatoria con el lenguaje en múltiples páginas del poeta chileno. De esta manera sus deslumbrantes versos provocan, inevitablemente, un acercamiento cariñoso con el hombre que los escribe. De algún modo Pablo Neruda lo sabía. Por esa razón, entre otras, solicitó que buscáramos quién era él en su poesía, pues ella nos entregaría, más allá de sus actos, la respuesta.

Referencias

  • Bary, David, Nuevos estudios sobre Huidobro y Larrea. Barcelona: Pre-textos, 1984.
  • Cardoza y Aragón, Luis, El río: novelas de caballería. México. Fondo de Cultura Económica, 1986.
  • Celaya, Gabriel “Pablo Neruda, poeta del tercer día de la creación”, en Emir Rodríguez Monegal y Enrico Mario Santí, (eds.), Pablo Neruda. Madrid: Taurus, 1980.
  • Loyola, Hernán, Neruda, la biografía literaria. I. La formación de un poeta (1904-1932). Santiago de Chile: Seix Barral, 2006.
  • Lytton Strachey, en Fabienne Bradu, “La biografía entre la historia y la literatura”, Jornadas Filológicas 2004, pp. 299-300 [Memorias].
  • Neruda, Pablo, Obras completas I. De Crepusculario a Las uvas y el viento (1923-1954). Barcelona: Galaxia Gutemberg - Círculo de Lectores, 1999.
  • Olivares, Edmundo, Pablo Neruda, los caminos de Oriente. Tras las huellas del poeta itinerante I, 1927-1932. Santiago: LOM ediciones, 2000.
  • Olivares, Edmundo, Pablo Neruda: Los caminos de América. Tras las huellas del poeta itinerante III, 1940-1950. Santiago: LOM ediciones, 2004.
  • Paz, Octavio, “Escribir y decir. Conversación en la Universidad”, en Obras completas, VIII. Barcelona: Círculo de Lectores, p. 505.
  • Paz, Octavio,“Poesía e historia: ‘Laurel’ y nosotros”, en Obras completas II, pp. 722-733.
  • Rodríguez Monegal, Emir y E. Mario Santí (eds.), Pablo Neruda. Madrid: Taurus, 1980.
  • Santí, Enrico M., “Rastro y rostro de Pablo Neruda”, en Estudios Públicos, vol. 94 (otoño, 2004).
  • Schidlowsky, David, Neruda y su tiempo: las furias y las penas. Santiago: RIL Editores, 2008.
  • Toledo, Víctor, El águila en las venas. Neruda en México. México en Neruda. Universidad Autónoma de Puebla, 2005.

 

1 Justo es reconocer que esta actitud cambió en el volumen tercero, Pablo Neruda, los caminos de América. Tras las huellas del poeta itinerante, III. Si bien los aspectos duros de la biografía no aparecen comentados, sí tienen cabida los documentos que muestran el lado oscuro de algunas de sus conductas.

2 Para no ir más lejos, en las Obras completas editadas por Loyola (Barcelona, Círculo de Lectores, 2004), buena parte de los artículos que comprometen políticamente a Neruda no aparecen. De acuerdo con el recuento de Enrico M. Santí, en las obras editadas por Loyola hacen falta 330 documentos que el libro Las furias y las penas, de David Schidlowsky, registra; algunos de ellos, como el “Saludo a Batista. Palabras de Neruda en la Universidad de Chile”, evidencian la decisión de no incluirlos en el “canon” nerudiano (284).

Histórica instantánea de Pablo Neruda con el recién electo presidente de Chile, Salvador Allende. Si bien, por lo general simpatizante de las causas sociales, afecto al socialismo latinoamericano, muchos aspectos de su vida personal dan cuenta de diversas contradicciones que se intentan documentar en este artículo. Cabe mencionar, curiosamente, que ambos icónicos personajes del Chile contemporáneo —y, por extensión, de toda Latinoamérica— fallecieron el mismo año: 1973. Allende, el 11 de septiembre en sus oficinas del Palacio de la Moneda; Neruda, el 23 de septiembre, de una afección incierta en la Clínica de Santa María, en Santiago.