Crónica

Gabriel Briones: un maestro de la guitarra

 

Leopoldo Lezama Contreras

Crítico, escritor e investigador independiente

 

Preludio: fin de siglo

El mundo no había visto el desplome de las Torres Gemelas; Estados Unidos no había iniciado su demencial “guerra contra el terrorismo”, y Latinoamérica aún no había instaurado gobiernos con orientación social y popular. En aquellos días se hablaba del fin de los tiempos y de la falta de perspectivas en un país que todavía no estaba del todo devastado por la maquinaria neoliberal, pero que ya arrastraba una aguda crisis política y económica desde hacía varias décadas. Entre esa nebulosa, el Colegio de Ciencias y Humanidades era como un último reducto del espíritu rebelde, donde el pensamiento crítico, el arte y la discusión política, tenían un respiro en un entorno bastante asfixiante para el mundo de las ideas. Era común ver los jardines ceceacheros repletos de tableros de ajedrez, instrumentos musicales de todo tipo, parejas leyendo pasajes de Rayuela de Julio Cortázar o los Veinte poemas de amor de Pablo Neruda. En las aulas aún quedaban maestros enseñando las doctrinas de Marx y Althusser, pero también de Rimbaud, Blake, Artaud, la Beat Generation. Esos sagrados abuelos convivían con la decadencia turbulenta de Nirvana, los darks, el ska, el libro del Ché Guevara de Taibo, y el furor aún reciente por el EZLN. En suma, tuvimos el privilegio de convivir con una parte muy respetable de la última generación del siglo XX mexicano que le dio una oportunidad al espíritu creativo y libre.

I. Génesis de un maestro

Alguna mañana del otoño de 1995, mientras nos bombardeaba de insufribles preceptos de Lógica un profesor de angustiante camisa arrugada y pantalón café burócrata, se escucharon cerca de ahí algunos acordes de guitarra clásica que formulaban otro tipo de lógica: una arborecencia de estructuras perfectas que abrían una posibilidad distinta al tedio de un fin de siglo convaleciente de incertidumbre.

Los arpegios atrapaban la atención de toda la parte alta del CCH Sur y se hicieron habituales durante aquel último lustro de un milenio en el que Dios murió varias veces (como dijera algún filósofo). Cierta ocasión, lo recuerdo perfecto, mientras bebía con ansiedad el primer café del día, vi sentado sobre las bancas de piedra a un joven lánguido de cabellera rubia hasta la cintura, playera de colores pálidos, botas cafés, bufanda beige, manos huesudas y aspecto sereno, tocando con mucha seriedad una guitarra que descansaba sobre su pierna izquierda. No conservo el primer intercambio de palabras, pero sí recuerdo la pieza que tocaba: “Guárdame las vacas” de Luis de Narváez. El muchacho pálido que, además de ejecutar piezas clásicas con asombroso rigor, fumaba un delicado sin filtro, uno tras otro, se llama Gabriel Briones Beltrán y Puga. Entre muchos buenos guitarristas que merodeaban los pasillos ceceacheros, Gabo (como todo mundo lo conoce) rápidamente ganó la reputación como el mejor de todos, gracias a un repertorio que incluía el “Bourée” de Bach, “La flauta mágica” de Mozart, los estudios de Leo Brouwer y, desde luego, las infaltables de Silvio Rodríguez, que seguían siendo un sello de identidad en las tertulias musicales de finales de los noventa.

Pronto nos hicimos amigos, y algo conocí de su vida y sus propósitos. Supe por ejemplo que comenzó a tocar la guitarra a los 12 años interpretando “La Bamba”, y que su deseo era concursar para obtener un sitio en el Propedéutico de la Escuela Nacional de Música (hoy Facultad de Música de la UNAM). A partir de entonces sus ejecuciones en el CCH fueron al mismo tiempo estrictas sesiones de estudio, y la calidad de Gabo, quien tendría entonces 16 años, creció rápidamente. Una mañana llegó muy entusiasmado a mostrarme sus últimos avances; cogió su guitarra, limó sus uñas de la mano derecha y comenzó a tocar los primeros acordes de “La Catedral”, pieza de culto entre los guitarristas avanzados. Movimiento tras movimiento, recorrió también la obra maestra de Agustín Barrios (célebre por su alto grado de dificultad) con una limpieza y una perfección que raras veces se ve en un adolescente. Esa mañana, sin siquiera haber comenzado una carrera, para mí Gabriel Briones era ya un graduado de la guitarra clásica.

II. Un largo camino

El joven maestro se tituló como Licenciado Instrumentista en Guitarra por la Escuela Nacional de Música. Formó la agrupación Arcano junto a talentosos compañeros, un conjunto experimental que fusionaba el rock progresivo, la canción de protesta y la música clásica. Posteriormente creó Bossanónimos con las hermanas Lucía y Mariana Gómez Lvoff, un grupo acústico que incursionó en el bossa nova, el jazz, el bolero, así como en la música tradicional latinoamericana. Con Bossanonimos, Gabriel Briones editó el disco Original y copla, un homenaje a la canción y la poesía latinoamericana (poemas de Nicolás Guillén, sones huastecos, canciones zapotecas).

En el 2009, el versátil guitarrista formó Palo de Ron junto a Mauricio Marichal, grupo dedicado al son y la salsa (“porque la salsa es la música orquestal de Latinoamérica”, me decía el músico). Es aquí donde por vez primera Gabo utilizó la “séptima chilanga”, un instrumento de su invención que consta de cuatro cuerdas agudas (dobles) y tres graves (una extra grave), de modo que la combinación de registros hacen un recorrido acústico muy interesante. En sus propias palabras, la séptima fue creada como un remedio para suplir las frecuentes ausencias de los bajistas, y para expresar mayor energía en un contexto donde el piano eléctrico y los timbales absorben buena parte del cuerpo del sonido.

Séptima chilanga

III. Sal de los tiempos

Es con la “séptima chilanga” que Gabriel Briones ha elaborado el primer disco de su autoría: Sal de los tiempos, un rico material donde se sintetizan las grandes corrientes que el guitarrista ha practicado toda su vida: la música clásica y los géneros populares y experimentales.

Se trata de un disco maduro donde encontramos una mezcla que va de composiciones concebidas para cuarteto de jazz (contrabajo, saxofón, “séptima chilanga” y percusiones), hasta piezas más personales como “Abrazo”, momento íntimo que dio origen a todo el proyecto. Sal de los tiempos es la presentación formal de Gabriel Briones como compositor, y lo es de muy particular manera. Se trata de un esfuerzo donde el guitarrista ha dejado lo mejor de sí: su formación como intérprete “duro”, su incursión en los espacios experimentales y su experiencia en las músicas populares. El resultado es una música seria, pero con mucho sabor y muchos momentos memorables, como su “Acertijo de tinieblas 1 y 2”, su “Estudio swing” o el “Tango suite”. Como podemos ver, Gabriel Briones echa mano de géneros como el vals, el jazz y la salsa, y los regenera bajo su ejecución magistral, y su sentido creativo donde caben las escalas imposibles de Charlie Parker, las novelas de J. R. R. Tolkien y la poesía latinoamericana. Es uno de los materiales que sin duda quedarán como uno de los trabajos más logrados de la música mexicana de las últimas décadas.

'Abrazos', una de las composiciones más inspiradoras del disco, a decir del propio músico. Derechos de reproducción cedidos por su autor, con fines de difusión.

El 30 de octubre de 2019 una multitud expectante, numerosa pero selectiva, amante conocedora de las innovaciones del joven músico, tuvimos la oportunidad de “oír materializada” esta refrescante y sin lugar a dudas “maestra” composición durante su presentación formal en el Auditorio Murray Schafer de la Fonoteca Nacional de México.

Séptima chilanga

¡Te invitamos a escuchar dos de los temas más notables del disco, una pequeña muestra del virtuosismo y capacidad compositora del joven músico!:

"Acertijos en las tinieblas. Pt. 1"

Derechos de reproducción cedidos por su autor, con fines de difusión.

"Territorios nocturnos"

Derechos de reproducción cedidos por su autor, con fines de difusión.