Artículo de divulgación


La Ola coreana, una industria cultural: cine y literatura

 

Elsa R. Brondo

Instituto de Investigaciones Filológicas

Universidad Nacional Autónoma de México

elsarbrondo@gmail.com

 

 

La Ola coreana es un modelo de industria cultural sin precedentes, cuyos productos más visibles son la música y las series audiovisuales. Sin embargo, entre el negocio y el prestigio de la cultura de Corea del Sur, el cine y la literatura juegan un papel fundamental en la discusión y crítica de intercambios culturales entre un país asiático y el resto del mundo.

La cultura como política

La República de Corea o Corea de Sur es un pequeño país del sudeste asiático, con apenas 100,370 km2 de superficie y 51 millones de habitantes, pero con una enorme fortaleza económica –es uno de los diez países más desarrollados del mundo– y una penetración cultural sin precedentes en los últimos 20 años. En la década de los noventa del siglo XX, los medios comenzaron a hablar de “Los tigres o dragones del sudeste asiático”, para referirse a un conjunto de países: Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur y Singapur, que habían experimentado un ascenso económico notable.

El caso del despunte de Corea del Sur está ligado al propio desarrollo de su región, pero también a una historia particular que, sobre todo en el siglo XX, tiene como telón de fondo la invasión y colonización por parte de Japón de 1910 a 1945; la división de su territorio en Norte (comunista) y Sur (capitalista) después de la Segunda Guerra Mundial; la Guerra de Corea (1950-1953) en el contexto de la Guerra Fría y regímenes dictatoriales de derecha, que finalmente cayeron tras movimientos como el de Gwangju en 1980, que costó miles de muertos, hasta la consolidación de su actual democracia a finales de los años ochenta.

De una economía agrícola, hasta los años sesenta del siglo pasado, se desarrolló una pujante industrialización del país, visible en los nombres de conglomerados llamados chaebol (negocio de familia), como Samsung, LG, Hyundai-Kia o Lotte, de los que de una u otra manera el resto del mundo somos clientes-consumidores. Seúl, la capital de Corea del Sur, se convirtió en el corazón financiero, laboral y social de todo el país, en donde actualmente vive casi el 50% del total de su población.

En 1996, Corea del Sur publicó el “Decreto de vigencia de la ley de fomento de la cultura y las artes” (Korea Ministry), como parte de un plan integral de ascenso económico y proyección de Corea del Sur al mundo. Un año más tarde, una crisis económica generada en Tailandia arrastró en un primer momento a la economía coreana y, después, a los mercados del mundo en la que se denominó “la primera gran crisis de la globalización”. A partir de esta experiencia el gobierno coreano fortaleció otros sectores y colocó a la industria cultural en el mapa de su economía.

Hallyu, la Ola coreana

La denominada Ola coreana (Hallyu) es el efecto de una serie de esfuerzos bien articulados por distintas entidades, que asumieron a la cultura como un negocio rentable y al mismo tiempo como un agente de poder económico y político. El paradigma hegemónico de EE. UU. es un ejemplo claro, con millones de consumidores de entretenimiento (música, cine, series y literatura) y del estilo de vida capitalista en todo el orbe. La Ola coreana no dista del modelo norteamericano, pero su singularidad radica en su esmerada y compleja planeación.

Las Olimpiadas de Corea del Sur en 1988 colocaron la imagen de este país en el plano mundial, pero su estrategia cultural despegaría en los últimos años de la década de los noventa, a partir de una política proteccionista (limitando la importación de series y películas extranjeras) y expansionista (ofreciendo entretenimiento al mercado chino y japonés) (Shim, 2011: 5). Este fenómeno cultural no podría entenderse sin una red formada por el gobierno, el sector privado y la academia en donde se apuntalan todos los esfuerzos para apoyar, crear, distribuir y mantener proyectos culturales (Kim, 2022: 30). Para la académica coreana, Doobo Shim, el éxito en 1997 del dorama (término para denominar a la serie o el melodrama coreano) Cheot Sarang ('Primer amor') no sólo en su país de origen, sino especialmente en Japón y China, abrió el camino a la rápida expansión de este material audiovisual en toda la región asiática. La música popular coreana, conocida como K-pop, correría con la misma suerte, al igual que el cine (Shim: 5-6). El propio término Hallyu (Ola coreana) fue acuñado por los medios chinos en 1999, ante el éxito de los melodramas coreanos en su país.

Durante la primera década del tercer milenio Corea del Sur fortaleció su industria cultural en varios frentes y se crearon grandes empresas para la formación y administración de talentos: modelos, actores y actrices, cantantes o una combinación de todo lo anterior en un solo sujeto. El sistema de operación de estas empresas es una extraña combinación entre el esquema de un equipo olímpico de alto rendimiento, una esmerada estrategia de marketing, la búsqueda de atractivo visual y talento (masculino y femenino) de sus trabajadores y la manufactura de música digerible. Gracias a este singular modelo, las fronteras del mundo comenzaron a adelgazarse entre 2000 y 2011, en donde quienes ya consumían productos de la cultura japonesa (mangas, animes y videojuegos) en otros países, comenzaron a escuchar a numerosos grupos de K-pop, a imitar sus coreografías y a atesorar sus álbumes.[1]

El inesperado éxito de una canción paródica llamada Gangnam Style de Psy, en idioma coreano, fue la punta de lanza de la Ola coreana global en 2012. Equiparable al fenómeno de la Macarena de Los de Río en 1993 o a Despacito de Luis Fonsi en 2017, Gangnam Style, sin embargo, iba precedida de todo un aparato de entretenimiento bien consolidado que aprovechó su efecto viral para conquistar mercados más allá de su región, hasta nuestros días. El fenómeno de Gangnam Style es complejo, mezcla de oportunidad, tecnología, redes sociales y globalización. Por sí mismo merecería un estudio particular, pero en el contexto de la Ola coreana es sólo un síntoma que se extiende a toda la producción de K-pop, los doramas, el cine, y alcanza a la literatura, el arte, la gastronomía y el turismo.

Sin embargo, estos aspectos de una industria cultural bien estructurada y rentable, no sólo fortalecen la economía de un país. Ban Ki Moon –entonces secretario general de las Naciones Unidas– se reunió en octubre de 2012 con Psy, el cantante de Gangnam Style. Este diplomático coreano se formó en Harvard, bajo la tutela, entre otros, de Joseph Nye, un reconocido teórico neoliberal del soft power –término que él mismo acuñó en los años noventa del siglo XX–, definido como “la capacidad de obtener lo que se quiere a través de la atracción en lugar de la coerción o la presión financiera [hard power]. El ‘poder blando’ surge del atractivo de la cultura, los ideales políticos, los valores sociales, las instituciones y las políticas de un país” (Nye, 2004: x); es una noción que permite entender el cruce de la cultura, con la política y la economía. Es tan influyente o más que las medidas del hard power (fuerza militar o financiera), porque su dominio es amable y fácil de aceptar, y puede lograr incidir no sólo en la imagen política de un país, sino en aspectos económicos como el comercio, la industria (manufactura, turismo y entretenimiento) y el sector financiero.

La invitación a las oficinas de la ONU de Ban Ki Moon a una estrella del K-pop como Psy –con toda la difusión posible– no fue inocente o gratuita, sino que puso de manifiesto lo que el intelectual francés Guy Debord denominó “sociedad del espectáculo”, en donde la representación de las bondades de la Corea democrática estaban encarnadas en una canción y en la simpática figura de un cantante, como un botón de muestra del vigoroso soft power coreano.[2]

El cine coreano, una cresta de la Ola coreana

El mismo año que una canción coreana transformaba la geopolítica de la cultura popular, la película Pietá de Kim Ki-duk (1960-2020) ganó el León de Oro del Festival de Venecia de 2012. El responsable del Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo de Corea del Sur, Choe Kwang-shik, declaró en una conferencia de prensa en septiembre de ese año que “Psy, junto con otras estrellas del K-pop y el director Kim Ki-duk, quien ganó el primer premio en el Festival de Cine de Venecia, impulsarán aún más el interés mundial por la cultura coreana en general” (Cho, 2012: §3). Y así sería. Si bien la cinematografía de Kim Ki-duk no ha gozado de la popularidad de otros directores de la Ola coreana como Park Chan-wook (1963), Kim Jee-woon (1964) o el oscarizado Bong Joon-ho (1969), fue un cineasta muy valorado por la crítica internacional hasta caer en el ojo del huracán del #Metoo coreano en 2018. Tras su exilio en Letonia en 2020, murió a consecuencia del Covid-19 en diciembre de ese mismo año. Kim Ki-duk fue el más radical de los cineastas coreanos. De formación autodidacta, su cine es áspero, violento, contestatario y poco complaciente con los estándares comerciales del cine mundial.

Desde principios del tercer milenio se hizo patente la revitalización del cine coreano con una larga e irregular historia que data de 1919.[3] Corea del Sur ha cultivado un robusto mercado interno de espectadores, gracias a los esfuerzos proteccionistas del gobierno y al apoyo económico que ha otorgado a la producción local. El Consejo Coreano de Cinematografía (KOFIC, por sus siglas en inglés), creado desde 1973, pero con un firme apoyo a partir de 1999, establece objetivos, otorga financiamiento y mantiene proyectos educativos y de divulgación alrededor del cine. La ciudad de Busan, segunda más importante del país, es la sede del cine coreano, en donde también se celebra el Busan International Film Festival (BIFF), el más grande de los muchos festivales cinematográficos de Corea del Sur y consolidado como uno de los más prestigiosos en la región asiática.

Ilustración de Elsa R. Brondo. Derechos reservados. Imagen cedida por su autora con fines educativos y de difusión.

El cine coreano es diverso tanto en su manufactura, como en los temas que aborda. Incluso tiene un nicho importante en los contenidos, aún espinosos, de la comunidad LGBTQ+ (lésbico, gay, bisexual, trans, queer y más), explicado por algunos críticos como un esfuerzo por limpiar la imagen de intolerancia social que tiene Corea del Sur y dar un espacio a sus directores que se han especializado en el tema. El cine, junto con la literatura, ha sido fundamental para poner en la mesa de discusión los problemas sociales coreanos. Parásitos de Bong Joon-ho es un ejemplo, en donde llama la atención que si bien étnicamente (rasgos raciales) no hay distancias aparentes entre prestadores de servicios y patrones, como en otras regiones del mundo, el dinero y la apariencia son abismos que determinan muchas esferas como el trabajo, el matrimonio, la aceptación social y una vida digna.

Si los melodramas de tópico amoroso y el K-pop nos ofrecen un rostro edulcorado de Corea del Sur, el cine goza de una libertad temática que es puesta a prueba en las salas de exhibición local y luego en el mundo. Este diálogo entre el cine y sus espectadores no siempre es amable. La sociedad coreana está sufriendo cambios radicales como uno de los efectos de la Ola coreana, pese a que ha sido considerada como una colectividad homogénea y cerrada, regida por el confucionismo como código moral: respeto a las jerarquías; respeto a los mayores; valor de lo colectivo sobre el individuo; importancia del trabajo y sumisión a los superiores; defensa de la reputación y al escrutinio social, y una educación esmerada y jerarquizada (Pérez, 2017). Actualmente, todos estos aspectos son sujetos de crítica y revisión incluso en los doramas más convencionales, pero hay una excepción y es el tema de los derechos de las mujeres, el talón de Aquiles de Corea del Sur y, por tanto, de la Ola coreana.

Cuando la literatura se sube a la Ola

Si bien la vanguardia de esta campaña cultural que avasalla al mundo está centrada en los medios audiovisuales y la música, la literatura también es una prioridad para el gobierno coreano. En 1996 se creó el Instituto Coreano de Traducción (LTI), que incentiva la circulación de diversos géneros literarios coreanos en lenguas extranjeras. La lengua coreana es milenaria y su literatura data de unos mil quinientos años, pero al no ser hegemónica como el inglés, el chino mandarín o el español (las tres lenguas más habladas del orbe), la capacidad de propagación de su literatura recae necesariamente en las traducciones.

En la escritura del coreano se utilizaron caracteres chinos, adaptados a su lengua (hayangchal), hasta la creación del alfabeto coreano (hangul) en 1443. La estabilidad de esta última forma de escritura se logró hasta la segunda mitad del siglo XX, después de la independencia de Japón en 1945 (Serrano, 2018: 15-16), condicionando la era moderna de su literatura a partir de la consolidación de una escritura propia. Para el historiador Pío Serrano, la poesía tuvo un surgimiento temprano y un rico desarrollo frente a la prosa, que “no cobraría importancia hasta finales del siglo XIX y a lo largo del XX” (17).

La novela es el género de mayor difusión en la industria editorial y una prioridad para el Instituto Coreano de Traducción que, entre muchas de sus funciones, financia y apoya proyectos internacionales y locales enfocados en una obra particular, con expertos en lenguas extranjeras y en coreano. Gran parte de las traducciones al español lucen en su página legal la leyenda: “este libro ha sido publicado con la ayuda del Literature Translation Institute of Korea”. El mercado asiático y el de habla inglesa siguen siendo los más importantes para este producto cultural; sin embargo, de un modo paulatino, la literatura coreana está cada vez más presente en otras regiones y lenguas.

En la literatura coreana no hay autores que puedan considerarse parte del Hallyu en los mismos términos que pensamos en las series, las películas o la música. Con excepción de los best sellers, libros premiados, libros recientes o recomendados por actores o cantantes coreanos, que se inscriben en el boom de la cultura coreana. No son los escritores, sino ciertas novelas las que alcanzan un impacto global. Aun cuando los autores de más prestigio son Hwang Sok-yong (1943-), considerado como un serio aspirante al Nobel de Literatura y Yi Mun-yol (1949-), ambos traducidos a más de 20 lenguas, hay una numerosa lista de escritores que visitan lo mismo la prosa realista que la alegórica o especulativa, en forma lineal, fragmentaria o experimental, en diversos géneros y subgéneros temáticos. Es decir, la literatura contemporánea en Corea del Sur es rica y diversa, y la brecha entre escritoras y escritores parece no existir.

Shin Kyung-sook (1963), Kim Jae-young (1966), Han Kang (1970), Kim Mi-wol (1977), Cho Nam-joo (1978), Sohn Won-pyung (1979), son seis escritoras coreanas contemporáneas que han sido merecedoras de premios nacionales e internacionales, con obras traducidas a varios idiomas y con un número creciente de lectores en el mundo. En 2019, una de las tiendas online más importantes de Corea del Sur, Interpark, publicó la lista de lecturas de uno de los miembros del mítico grupo de K-pop BTS, Kim Nam-joon –conocido por ser un gran lector–, en la que aparecían las novelas Actos humanos (2014) de Han Kang, sobre el movimiento estudiantil de Gwangju en 1980, y Kim Ji-young, nacida en 1982 (2016) de Cho Nam-joo (Kan), relato de la vida común de una mujer coreana de nuestros días. Las dos novelas habían obtenido el reconocimiento del público especializado y circulaban ya traducciones en el mundo, pero indudablemente ganaron nuevos lectores al traslaparse con el mundo, en apariencia banal, del K-pop. La novela de Cho Nam joo, Kim Ji-young, nacida en 1982, se puede considerar un verdadero efecto del Hallyu; en el mercado de habla hispana fue publicada en Alfaguara en 2019 (España y México), traducida por Joo Ha-sun, bajo los auspicios del Instituto Coreano de Traducción, y para octubre de 2021 ya contaba con cuatro reimpresiones. Frente al estilo de la novela de Han Kang, Actos humanos, cuyos recursos literarios son complejos y bien resueltos, la narración de Cho Nam-joo no va más allá de una exposición de una simple vida, pero ahí reside su enorme impacto. En un país en donde la mujer es considerada un ente subsumido al hombre, con cuotas altas de violencia intrafamiliar, la novela retrata los micromachismos con los que tiene que lidiar una mujer nacida en los años ochenta del siglo XX. Kim Ji-young, nacida en 1982, fue llevada al cine en 2019.

Cine y literatura, un caso

El feminismo no es un movimiento muy popular en Corea del Sur. En 2018, el #Metoo se convirtió en una vía para denunciar no sólo a figuras reconocidas del ámbito de la cultura, como fue el caso del director Kim Ki-duk, sino también para hablar de fenómenos muy locales como el Molka (espionaje con pequeñas cámaras en baños públicos de mujeres), cuyos consumidores aprovechan vivir en el país con el mejor Internet del mundo (con el 91% de usuarios) para traficar con imágenes no consensuadas de mujeres. Usando el lema feminista “My life is not your Porn” ('mi vida no es tu porno'), Human Rights Watch documentó los crímenes sexuales que se cometen en ese país (Bonet, 2021). Otros lastres como la brecha salarial o la desigualdad de género (Corea del Sur ocupa el lugar 102 de 156 en el ranking de igualdad entre hombres y mujeres, según el Foro Económico Mundial), aunado a la sumisión normalizada, hacen que una novela como Kim Ji-young, nacida en 1982 no fuera recibida con buenos ojos en su versión cinematográfica de 2019 por un sector de la sociedad coreana.

Esta opera prima de la directora Kim Do-young y producida por la empresa multinacional Lotte Entertainment, fue rodada entre enero y abril de 2019. En 2018 se había dado a conocer el reparto principal, Kim Ji-young sería interpretada por la actriz Jun Yu-mi (1983), reconocida tanto en el ámbito de los doramas como en el cine, y el reconocible vendedor de El juego del calamar, Gong Yoo (1979) –con una amplia trayectoria en series de su país–, como su marido. Pese a las críticas y la efervescencia negativa que despertó en redes sociales, la asistencia a las salas cinematográficas sumó un total de 3,679,162 entradas vendidas (KOFIC), sin contar las cifras de visualizaciones en plataformas digitales. Su éxito es un hito en el contexto de los derechos de las mujeres, pero aún no es un tema recurrente o sustantivo en la cinematografía coreana.

El paso de la literatura al cine suele ser poco afortunado, es posible que sea debido a lo que el pensador alemán de la Teoría de la recepción Wolfgang Iser llamaba “pérdida de ilusiones”. Mientras la literatura apela a un constante trabajo de imaginación (personajes, escenarios, temporalidad), el cine acota esa actividad a la expectativa de la trama y a descifrar la retórica visual. En el caso de Kim Ji-young, nacida en 1982 hay otras consideraciones. La novela está narrada en tercera persona y relata con sobriedad una serie de hechos que van a violentar la planicie de la vida cotidiana de una exempleada, madre, esposa y ama de casa en sus treinta: ella asume la personalidad de otras mujeres para denunciar prácticas machistas ejercidas por su suegra, su esposo, el ámbito laboral y su entorno doméstico. Este desdoblamiento de Kim Ji-young en la novela es alegórico y antecede a su retrato que va de la infancia a la adultez. Los personajes que rodean a la protagonista no reflexionan sobre su propia conducta ni la cuestionan. El marido de Kim Ji-young es una figura promedio. De hecho, incluyendo a la protagonista, todos parecen encarnar a un modelo común de familia en la sociedad coreana. La versión cinematográfica, en cambio, es sumamente cuidadosa en retratar a un marido modélico, dispuesto a criticar su lugar en la pareja y su responsabilidad frente a una “depresión postparto” que ha producido los eventos de desdoblamiento en su esposa. Si el final de la novela es incierto, el de la película es esperanzador. La protagonista termina por lograr el sueño de tener una vida propia, con el amoroso e incondicional apoyo de su pareja. Es evidente que estas modificaciones en la trama son parte del diálogo que establece la cultura coreana con su sociedad y responden, también, a la imagen que Corea del Sur desea proyectar al mundo, pero el sustrato crítico hacia una sociedad patriarcal es evidente tanto en la novela como en la película.

Fragmentos del thriller de Kim Ji-young, nacida en 1982, a punto de ser estrenada en su versión inglesa, subtitulada.

Declaración internacional sobre derechos de autor para fotografías o fragmentos de películas: "Los fragmentos de películas o fotos tomadas de películas no están sujetas automáticamente a las leyes de derecho de autor, sino el producto completo, y requieren la gestión de términos de derechos de autor por separado para cada uno de los fragmentos". [Trad. del inglés y edición de video a cargo de Alejandro S. Shuttera, responsable editorial de Senderos Filológicos]. Para más información, ver aquí. Tomado de https://www.youtube.com/watch?v=TwdGGduFFqo&ab_channel=UmbrellaEntertainment. Bajo estos supuestos y con fines educativos y de difusión se reproduce este material, considerado como Dominio público.

La Ola coreana es uno de los fenómenos de masas más interesantes en este tercer milenio –exacerbado por una pandemia que nos ha colocado frente a las computadoras durante incontables horas–, es una industria cultural, parte de la “sociedad del espectáculo” y produce un influyente soft power, visible en la derrama económica de este sector. Según la revista Expansión las ganancias de Corea del Sur sólo en el sector musical sumaron 9,500 millones de dólares en 2018 (Santiago). Pero la Ola coreana también incide en cambios sociales dentro y fuera de sus fronteras.

La literatura y el cine son terrenos en donde la resistencia, la crítica y nuevas visiones de mundo se dan cita y se reflexionan. El caso de Kim Ji-young, nacida en 1982, vista desde estos dos productos culturales, establece un diálogo con valores patriarcales que están siendo puestos en tela de juicio no sólo en Corea del Sur. La globalización del Hallyu establece una mediación con otras culturas que tal vez incidan en cambios sociales internos. Ya sea para satisfacer al mercado internacional o para mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanas, como una política de cara al mundo, el impacto cultural de este país asiático terminará por impactar, a su vez, a las propias condiciones de las mujeres coreanas.

Referencias

 

[1]En la Ciudad de México, por mencionar un ejemplo muy cercano, se abrió en 2003 el primer centro comercial dedicado a la cultura japonesa y coreana, llamada en un principio Bazar de Entretenimiento y Videojuegos, años más tarde rebautizada como la Frikiplaza. Los frikis y otakus mexicanos (para diferenciarlos de los otakus japoneses) son grandes consumidores de cultura popular japonesa y coreana. En esos mismos años se comenzaron a reunir en la Plaza Juárez del Centro Histórico (cercana a la Frikiplaza) grupos de jóvenes que, hasta antes de la pandemia, practicaban las coreografías de grupos de K-pop coreanos (https://youtu.be/Fa_oPricBPQ).

[2]Muchos estudios académicos sobre el fenómeno cultural coreano lo relacionan con la noción de soft power de Nye. Como un ejemplo, ver la obra de Kim Youna en la bibliografía.

[3]La historia del cine coreano mantiene una estrecha relación con su historia. En 1919 se estrenaría tanto su primera película de ficción, Uirijeok Gutu (Loyal Revenge), como su primer documental, Scenes of Gyeonseong City. No es hasta 1960 que repunta su producción, en el periodo de consolidación de la República de Corea, eclipsada por la censura de los sucesivos gobiernos dictatoriales. Ya en plena democracia, a partir de 1988, la industria comenzó un paulatino repunte hasta el actual boom (Pasquet).