UN PUÑADO DE VERDADES A NUESTROS ENEMIGOS(1)
Señores: estáis muy fascinados y es menester deciros la verdad.
Ni defendéis los derechos del rey, ni a la patria, ni la religión, sino la antigua posesión en que habéis estado de dominarnos, y la verdad que ya los americanos no quieren sufrir tan vergonzoso yugo.
Si queréis obtener entre nosotros empleos de brillo y autoridad, sabedlos merecer con vuestras civiles [sic], siendo la principal amar nuestra [p]atria, no por las minas, sino por sus individuos, y es muy mal modo de ameritarse pensar en acabarnos si pudierais.
La verdad que sois muy malagradecidos, pues cuando el señor general Iturbide ha jurado conservar estos dominios a la dinastía de la casa de Borbón, conciliar los intereses de España con los nuestros, proteger vuestros individuos e intereses,(2) y dejaros abiertas las puertas de la virtud y el mérito, estáis pensando en recibir con las armas a vuestro amigo, a vuestro benefactor y a unas tropas que pertenecen a una nación magnánima y guerrera.
La verdad, que sois unos traidores, pues no reconocéis a las legítimas autoridades: depusisteis al señor Apodaca y no queréis reconocer al señor O'Donojú,(3) arriesgando en esto no sólo vuestras vidas, familias e intereses, sino tal vez los de la Madre Patria. ¡Tal es vuestra lealtad e integridad!
La verdad, que sois unos insensatos si creéis que podéis resistir a nuestras numerosas y decididas huestes.(4)
La verdad, que tenemos muchos soldados que desean escarmentar vuestra arrogancia; y vosotros no contáis con tres mil, pues de siete mil y pico que hoy tenéis, a la hora de los balazos no contaréis con ningún americano ni con muchos de vuestros paisanos que no sean bobos ni quieran sacrificarse por defender los caudales en que no han de tener parte.
La verdad, que, si concluido el armisticio, persistís en vuestro sistema sanguinario, se tomará la capital a fuego y sangre, y entonces todos pereceréis.
La verdad, que no habéis hecho bien las cuentas ni sabéis el número de enemigos que tenéis dentro de México, pero sabed que es enemiga vuestra toda la plebe, y ésta en cada calle tiene un armero.
La verdad, que todas vuestras fanfarronadas durarán mientras os veáis acometer por ocho puntos y tomar vuestros parapetos por dentro de la ciudad. Entonces, amigos, se acabará la valentía, y sólo se pensará en poner un trapo blanco en una asta, y trataréis de parlamentar, pero, la verdad, no será tiempo entonces de conseguir perdón: el de la propiciación habrá pasado. Ni nuestro general, ni el señor O'Donojú, ni ningún jefe podrá, en esos tristes momentos, contener una tropa y un pueblo irritados justamente contra vosotros, y entonces, la verdad, que vuestra ruina es segura.
Amigos: si no os aprovecháis de estas verdades, seréis responsables ante Dios y ante los hombres de la sangre inocente que corriere, y aun de la vuestra, pues seréis unos suicidas, y a los que con tal advertencia murieren en campaña, se los llevarán todos los diablos, aunque los absuelva el papa, porque la verdadera contrición no es un don tan barato como creéis, ni la tenemos en la bolsa para usar de ella la vez que queramos.
Últimamente: aprovechaos de los preciosos momentos que os restan, que son bien pocos; diferid a la opinión general que se apoya en la justicia; dejad las armas, para que, despejadas las cabezas de las preocupaciones que os agitan, y desembarazadas las manos de los instrumentos de la muerte, en vez de matarnos, nos abracemos mutuamente como hermanos y consolidemos para siempre la unión y la paz, que a la verdad os desea vuestro amigo.
El Pensador Mexicano.
(1) Imprenta del Ejército Imperial, 1821. La copia que tenemos fue tomada de una recopilación que publicó James C. McKegney: "Some recently discovered pamphlets by Fernández de Lizardi", en Hispania, volume 54, number 2 (may 1971), pp. 259-260.
(2) En los Tratados de Córdoba: Artículo 3º: "Será llamado a reinar en el imperio mexicano [...] en primer lugar el señor don Fernando VII, Rey católico de España, y por su renuncia o no admisión, su hermano, el serenísimo señor infante don Carlos; por su renuncia o no admisión, el serenísimo señor infante don Francisco de Paula; por su renuncia o no admisión, el señor don Carlos Luis, infante de España, antes heredero de Etruria, hoy de Luca; y por la renuncia o no admisión de éste, el que las Cortes del imperio designaren." En el articulo 15: "Toda persona que pertenece a una sociedad, alterado el sistema de gobierno, o pasando el país a poder de otro príncipe, queda en el estado de libertad natural para trasladarse con su fortuna adonde le convenga, sin que haya derecho para privarle de esta libertad, a menos que tenga contraída alguna deuda con la sociedad a que pertenecía, por delito o de otro de los modos que conocen los publicistas. En este caso están los europeos avecindados en Nueva España y los americanos residentes en la Península; por consiguiente, serán árbitros a permanecer, adoptando esta o aquella patria, o a pedir su pasaporte, que no podrá negárseles, para salir del reino en el tiempo que se prefije, llevando o trayendo consigo sus familias y bienes; pero satisfaciendo a la salida, por los últimos, los derechos de exportación establecidos o que se establecieren por quien pueda hacerlo." Felipe Tena Ramírez, Leyes fundamentales de México, op. cit., pp. 116-118.
(3) La caída de Apodaca se debió a los avances y victorias de los ejércitos independentistas. Las tropas realistas lo conminaron a abandonar el cargo dejando al frente a Novella o Liñán. La opinión favoreció a Francisco Novella. Ruiz de Apodaca redactó y firmó una renuncia donde dice que lo hace por las presiones de la tropa. Mandó también un oficio a la Junta Provincial para que reconociese a Novella. A principios de agosto llegó Juan de O'Donojú; el nuevo jefe del gobierno, Novella, se dio a conocer a las autoridades, pero la Junta Provincial, en un comunicado a Ruiz de Apodaca le decía que no aceptaba su dimisión por haberse hecho con violencia y que él no podía nombrar a un sucesor. Novella pidió que la Audiencia, en lugar de la Junta, le recibiese el juramento. La Audencia se negó. Las tropas y oficiales dejaron "percibir que estaban dispuestos a cometer cualquier atentado si la Junta Provincial persistía en su propósito de no reconocer a Novella." México a través de los siglos, op. cit., t. III, p. 722. El 8 de julio, la Junta aceptó recibir el juramento de Novella. O'Donojú llegó el 30 de julio, apoyado por los diputados americanos para que implantase el régimen constitucionalista. No fue aceptado por todos, tanto por las declaraciones que hizo al llegar como por haber firmado los Tratados de Córdoba. Novella, Liñán y el arzobispo Fonte eran de los que se oponían, a menos que viniera a la capital. En una carta, Novella le aseguraba que no había sometido sus decisiones al Soberano Congreso ni tenía la libertad suficiente para resolver los asuntos que intentaba. O'Donojú terminó acusando a Novella de atribuirse poderes que no le pertenecían y le suspendía el mando y le amenazaba con acusarlo de varios delitos contra el legítimo virrey.
(4) En el año de 1810, el ejército insurgente, reforzado a su máximo, ascendía a 29,400 hombres; estaba formado por la caballería, la infantería, las milicias provinciales y los grupos de ejércitos circunscritos en las costas. En 1821, el Ejército Trigarante estaba integrado por la tropa veterana y la milicia nacional local, y alcanzaba la cifra de 68,363 hombres. Estos datos fueron tomados de una Memoria presentada al Soberano Congreso Mexicano, que presentó el secretario de Estado y del Despacho de Guerra, en 1822.
(5) Iturbide y su ejército entraron a la Ciudad de México el 27 de septiembre, a los quince días de haber escrito Lizardi este folleto.