UN FRAILE SALE A BAILAR, Y LA MÚSICA NO ES MALA(1)

 

 

El domingo 27 del mes pasado predicó en la iglesia del Convento de Nuestra Señora del Carmen,(2) sobre el patrocinio de señor san José, el ministro de terceros de la misma orden, fray N. Acal.(3) A la función asistieron muchos oficiales, convidados quizá con el santo fin de alucinarlos.

Después del sermón que no oí, pero lo supongo como del reverendo padre, quien apostrofó o dirigió su palabra a los beneméritos oficiales, encargándoles mucho que cuidasen de sostener la religión que iba a perecer, que velasen sobre esos papeles impíos que estaban saliendo, especialmente los del "maldito, hereje, impío, excomulgado Pensador, cuya conducta moral era la más libertina y relajada", etcétera, etcétera.

Así que me injurió cuanto quiso y pudo, dio a entender que lo más que le había hecho cosquillas y movido la bilis contra mí fue mi último papel titulado La nueva revolución que se espera en la nación,(4) en el que hablo a favor del tolerantismo religioso, de la reforma que necesita el clero, de la inutilidad y pública relajación de los frailes; de los enemigos, que son muchos, del sistema republicano; de los motivos, del abuso que harán del púlpito y confesonario para envolvernos en nueva guerra, y de los medios que el Soberano Congreso puede adoptar para precaverla.

Estas cosas pusieron de mal talante al reverendo Acal, le trastornaron la cholla(5)y lo hicieron blasfemar en el púlpito, hasta anatematizarse, o maldecirse diciendo que Dios no lo favoreciese si el tolerantismo era conforme a su divina religión, y... ¡tantas cosas!, que no pudo retener en la memoria el amigo que me refirió el cuento; pero que yo ya adivino.

Este buen fraile es mi declarado enemigo: él fue el mismo que, el miércoles de ceniza del año pasado, predicó en Catedral contra mí y mi papel titulado Defensa de los fra[n]cmasones,(6) que acaso no leyó, y si hoy lo lee, no lo entiende; ex[h]ortó en aquel sermoncillo, a los canónigos y señor provisor, don Félix Alatorre,(7) para que me excomulgara, como lo verificó este virtuoso prelado, aunque quebrantando de medio a medio el Evangelio de Jesucristo, los cánones de la Iglesia y las leyes civiles. A este fraile Acal le debo, y mi familia,(8) los a[t]rasos que he padecido en catorce meses de excomulgado, los necios fanáticos, el escándalo farisaico en que están; el señor provisor, la desconceptuada que se ha dado, las excomuniones, el ridículo en que se ven por los sensatos y... tantas cositas que no digo por no ofender los oídos de mi reverendo predicador.

¡Válgate Dios por frailes carmelitas, y qué enemigos son algunos de la ilustración y de la libertad! Ellos son bravos como su padre Elías, y quisieran acabar a fuego y sangre con cuantos liberales hay. Si tal furor no es general, yo no tengo ni un dato para hacer excepciones. A mí me han probado de los perros.(9) Fraile carmelita era (hoy dominico) el que predicó contra mí en Catedral el día de san Ildefonso del año de 1820, bien que no fue por la respuesta a Roma. Carmelita era y hoy dominico, fray Juan de Santa Teresa, quien luego que entré con el ejército, me envió a decir que tenía que venir a mi casa con doce frailes con sus disciplinas a darme una zurra de azotes; yo le dije que vinieran en buena hora, pero que se confesasen primero, pues no habían de volver cabales, y otras lindezas que él sabe; siendo la más desabrida, encargarle que hiciera de mi carta el uso que quisiese. Carmelita es, o era si ha muerto, fray José de San Bartolomé, quien escribió contra mí, el año que sacrificaron al héroe Morelos, un fárrago furioso que llamó dictamen, en el que pedía que me encerraran en la Inquisición. Este fraile fue el autor del desatinado librejo que tituló El duelo de la Inquisición, y el que escribió contra mí el año de [18]20 suTeólogo imparcial, que no se atrevió a concluir no más porque le acusé una herejía que imprimió.(10) Fraile carmelo es el reverendo Acal, que excitó al provisor a excomulgarme,(11) y acaba de concitar contra mí el odio, no de los señores oficiales que oyeron su sermón, pues sería degradarlos suponerlos fanáticos un momento; pero sí el de las tristes viejas que lo escucharon, quienes me dicen que lloraban amargamente, no sería por lástima sino de coraje de que no podían arañarme. ¡Almas mías de mis pobres viejecitas, tan piadosas y tan ignorantes!

¿Cómo podré yo opinar bien de los carmelitas cuando me han probado tan mal? El púlpito, sí, el púlpito es para muchos eclesiásticos serviles y vengativos, no el asiento de la verdad ni la cátedra del Espíritu Santo, sino la cátedra de la pestilencia y el lugar ventajoso en que desahogan sus criminales pasiones, enseñan falsas doctrinas, malquistan la sagrada religión de Jesucristo, desopinan los gobiernos más bien cimentados, ultrajan las respetables autoridades, encienden la tea de la discordia, irritan los ánimos de los que agravian, seducen a los incautos, propagan el error, fomentan las revoluciones, preparan las guerras y nos asestan desde allí, sobre seguro, la sangre, la desolación y la muerte.

¡Válgate Dios por padre Acal, y qué enfurecida se ha dado contra mí! ¡Cómo ha desahogado su cólera! ¡Cómo ha desarrollado sus pasiones de odio y de venganza! ¿Y en dónde? No en un corrillo de amigos, no en una tertulia de madamas, no en un café ni en un lugar profano, sino en la casa del Dios de las misericordias, ¡en el santuario de la paz y en la cátedra del Espíritu Santo!

Sí, en este lugar sacrosanto destinado sólo, sólo para promulgar el Evangelio o ley de gracia, allí es donde el reverendo padre me ha denigrado, execrado, calumniado y hecho odioso a los ojos de los infelices preocupados. En el mismo lugar en que Dios le manda que hable la verdad, ha predicado la mentira y engaño a un pueblo indiscretamente piadoso; donde debía ex[h]ortarme a penitencia, me provoca a desesperación; donde había de interesar a los fieles a que rogasen a Dios por mí para que me convierta, los incita a que me odien y abominen; y en donde debía desempeñar la misión, se constituye en mi enemigo declarado.

Si el celo de la religión obliga a este religioso a proferirse tan cáusticamente contra mí, y a usar unas personalidades que le prohíbe su instituto, esta misma religión debería contenerlo, pues Jesucristo ya le ha prescrito el orden de la corrección fraterna en su Evangelio santo, y con el ejemplo le enseñó a corregir con caridad. Cuando los hipócritas fariseos le presentaron la adúltera, les dio en cara con sus mismos delitos; pudo haberles dicho: "hipócritas, que aparentáis virtud y os escandalizáis de la debilidad de esta mujer, volved sobre vosotros, y antes de acusar a vuestro prójimo, purificaos de vuestros crímenes, pues habéis cometido éste, y aquél y el otro." Así pudo haberlos avergonzado Jesucristo y no lo hizo, sino que escribió en la tierra sus pecados, y cada uno se confundió sin que supiera sus faltas el compañero.(12)

Éste es el orden de la caridad. Si mis papeles contienen herejías, denúncielas a los jueces el padre Acal; y si puede, refútelas por las prensas, que libres están para todo el mundo; si mi conducta pública es escandalosa, acuse mis delitos a los magistrados y edifíqueme con la suya; pero hablar tras de mí, hablar mentiras, calumniarme, y en un lugar tan ventajoso como el púlpito, no sólo es falta de caridad sino sobra de cobardía. ¿A que no impugna el padre Acal mis escritos públicamente?

Más aun prescindiendo del padre Acal, hay muchos eclesiásticos de ambos cleros que en sus conversaciones y sermones tienen particular empeño en desacreditar mi persona y escritos, diciendo que soy un impío, excomulgado, antieclesiástico y hereje; que mis escritos no se deben leer porque están llenos de herejías, etcétera, etcétera; pero a todos éstos los convido, por no decir los desafío, a que verbal y públicamente refuten mis errores; y si no tienen valor para tanto, que se expliquen por las prensas; pero sin sarcasmos, groserías ni sofismas, sino con solidez y urbanidad. Si me convencen, juro a Dios retractar mis proposiciones condenadas o erróneas; y si no, el desengaño de los ignorantes me será un triunfo muy glorioso.

Este modo de concluir es mejor y más digno de los sabios sacerdotes, que no abusan de un lugar tan ventajoso como el púlpito, donde se oyen cada día los más groseros desatinos y gerundiadas. Hubo ─y sirva de sal a este papel, que está muy desabrido para muchos─, hubo un muchacho ranchero que jamás había visto iglesia, asistido a misa ni oído sermón; se proporcionó enviarlo por la primera vez a un pueblo, donde había una función solemne; fue a ella, volvió a su rancho, y preguntándole ¿qué había visto?, dijo: "¡Ah señor!, vi una casa muy grande y compuesta, salieron tres caporales. ¡Oh, qué guapos! Dos llevaban unas cueras de oro y plata buenísimas, y el de en medio una manga lo mismo. Se pusieron a cantar una valona o justicia,(13) pero buena, y en el tapanco estaba la música. En medio de sus gustos, salió un hombre con cuera negra y una camisita hasta la cintura; y luego que salió, se callaron todos; los caporales se sentaron en unas sillas; él se subió en un palo hueco, yo no sé lo que les dijo, pero debía de tener razón, porque no hubo quien le replicara una palabra." Hasta aquí el cuento.

Ésta es la ventaja del púlpito. La gente idiota oye hablar contra los insurgentes, contra los señores diputados, contra la república, contra el intolerantismo, reformas, Pensador Mexicano, etcétera; y como nadie replica, creen que el padre tiene razón y que habla divinidades cuando puntualmentre está desatinando. ¡Alerta, padres de la patria y autoridades todas! El mal nos amenaza, precavedlo; que por mí, si hay púlpitos en que me ofendan, no faltan prensas con qué defenderme.

Concluyo, pues, repitiendo al pueblo incauto que no se deje sorprender por los predicadores en los púlpitos. No siempre se propala en ellos la palabra de Dios; también se predica la del diablo. Acuérdense que en los primeros años de la insurrección se predicó públicamente, en esta capital y en mil partes, que la misericordia de Dios no alcanzaba a los insurgentes. En la iglesia del Convento de Balvanera,(14) en el septenario de la preciosa sangre de Jesucristo, vi al doctor que predicaba hecho un energúmeno en el púlpito, con las mejillas encendidas, dando furiosos golpes con las manos, terribles patadas y unos gritos que hundían las bóvedas sagradas. ¿Y qué predicaba? Un sermón inicuo contra los defensores de la patria, y en él blasfemó sin temor de Dios, pues echaba, como suelen decir, de la gloriosa,(15) contra los sacerdotes insurgentes y contra los demás.

Este doctorcito es actual cura de un pueblo inmediato a México, y ha predicado horrores contra la república, en términos que ha escandalizado a aquel ayuntamiento, quien ha oficiado al comandante del punto, ciudadano coronel Manuel Gómez, quien lo ha reconvenido tres veces para que se contenga... ¡Qué tal! ¿Se usa siempre del púlpito como se debe, o se abusa de él cuando se quiere adular y vengar? Si luego que uno de estos falsos doctores de la ley profanara aquel lugar sagrado, haciendo odioso el sistema de gobierno y sus autoridades, éstas lo afianzaran, le ocuparan sus temporalidades y lo desterraran de América, no habría tanto eclesiástico sedicioso.

Absténganse, pues, los ministros del altar, de abusar del púlpito para alarmar los pueblos unos contra otros, para desopinar los gobiernos ni malquistar a los ciudadanos con calumnias, invectivas y personalidades. Limítense a predicar el Evangelio santo, pronunciándose contra los vicios sin tocar a las personas; y, ex[h]orte a los hombres a la caridad y la práctica de las virtudes, llenarán cumplidamente sus deberes y se granjearán el amor y respeto de los oyentes.

México, mayo 9 de 1823.

 

El Pensador.


 


(1) México, Imprenta del ciudadano Lizardi, 1823.

(2) convento de Nuestra Señora del Carmen. En la plaza del mismo nombre. Los carmelitas se establecieron en la ermita de San Sebastián el 18 de enero de 1586. Luego los carmelitas se pasaron a su convento en la plaza del Carmen. La iglesia fue abovedada en 1742. En 1809 se intentó levantar los muros de más de dos metros; no se terminaron, y en su lugar se usó una de tres naves, que era de la Tercera Orden. Ésta es la que hoy subsiste.

(3) N. Acal. Cf. nota 16 a Sólo un ruin... Lizardi tenía pugnas con los padres carmelitas; uno de ellos, fray Juan de Santa Teresa, predicó contra él en el año de 1820; fray Manuel de la Expectación, en su prédica del domingo 13 de marzo de 1825, defendió a su amigo el obispo de Sonora y atacó a Lizardi por haber impugnado "las máximas subversivas de aquel prelado." En las Conversaciones del Payo y el Sacristán (t. II, núm. 10), escribió El Pensador: "Le apuesto a fray Manuel de la Expectación dos obispos de Sonora como éste, contra todo el monte Carmelo, a que no tiene bragas para imprimir su sermón conforme lo predicó, pero ya les he dicho a sus compañeros fray Juan de Santa Teresa y fray José Acal, con ocasión semejante, y se lo repito a su reverencia, que si ellos tienen púlpitos para insultarme, yo tengo prensas para defenderme, y la ventaja está por mí, porque las palabras se las lleva el viento, y los escritos permanecen. ¡Pobres frailes chaquetas carmelitas!" Obras V, op. cit., pp. 370-371.

(4) La nueva revolución que se espera en la nación, México, Imprenta Liberal de Moreno Hermanos, 1823.

(5) cholla. Cabeza. Santamaría, Dic. mej.

(6) Defensa de los francmasones... México, Imprenta Americana de D. José Ma. Betancourt, 1822. Cf. nota 2 a El Pensador al público.

(7) Félix Flores Alatorre. Cf. nota 9 a Desvergüenzas y excomuniones...

(8) familia de Fernández de Lizardi. Cf. nota 12 a Otra afeitada... al licenciado...

(9) de los perros. Se dice de lo que es sumamente molesto o desagradable.

(10) José de San Bartolomé. Autor de El Teólogo ImparcialRespuesta del autor del Duelo de la Inquisición al Pensador Mexicano, en su papel del Conductor Eléctrico número 15, México, Oficina de don Alejandro Valdés, 1820. También escribió: Duelo de la Inquisición. O pésame que un filósofo rancio da a sus amados compatriotas, los verdaderos españoles, por la extinción de tan santo y utilísimo tribunal, compuesto por el reverendo padre fray José de San Bartolomé, carmelita descalzo, México, Oficina de doña María Fernández de Jáuregui, 1814. Sobre San Bartolomé, Lizardi había escrito en Rociada de El Pensador a sus débiles rivales, en Obras X, op. cit, p. 314.

(11)Cf. nota 2 a El Pensador al público.

(12) Jn. 8, 1-11.

(13) valona o justicia. Canto popular o composición formada por recitativos sobre los tres acordes fundamentales, y cuyo origen ─opina el compositor mexicano Ponce─ puede hallarse en el canto flamenco de los gitanos. Santamaría, Dic. mej.

(14) iglesia del convento de Balvanera. Adjunta al convento de concepcionistas que con el título de San Juan de la Penitencia fundaron en 1573. En 1619 el convento fue transformado en Jesús de la Penitencia. En 1621 fue de las monjas de San José de Gracia. El templo se bendijo el 21 de noviembre de 1671 y se dedicó el 7 de diciembre bajo el título de Nuestra Señora de Balvanera. La iglesia fue reconstruida en 1667. Actualmente es de los orientales católicos del rito maronita. Está ubicada en la esquina de Uruguay y Correo Mayor.

(15) echar de la gloriosa. Es vanagloriarse contando las hazañas propias, haciendo alarde u ostentación, ya sea de valor, caballerosidad, sabiduría, etc.