UN COYOTE CONVERTIDO
LES PREDICA A LAS GALLINAS(1)

 

 

Entretenido con el ingenioso papel de El Payo del Rosario,(2) titulado Los coyotes de España vendrán, pero los de casa nos la pagarán,(3) me decía entre mí: este papelito está muy gracioso; entre la sal del chiste mezcla la pimienta de unas verdades ciertas; aunque a mí no me acomoda aquel apotegma (si puede tener tal nombre) que el autor copió de otro impreso, a saber: que “los gachupines se dividen en buenos, malos e indiferentes. Que los buenos son los muertos, malos los que viven e indiferentes los pintados.” Tal sátira, antiquísima y aplicada a los frailes, como hoy a los gachupines,(4) la he detestado como odiosa, falsa, necia e impolítica. El señor Villavicencio muy bien conoció esta verdad, y sólo adornó su escrito con tal sandez para realzar su idea, haciendo luego luego la debida salva y distinción de los españoles claramente malos, de los que únicamente podamos tener por sospechosos. Él nunca niega que los españoles sean capaces de profesar todas las virtudes; pero desconfía que haya uno que sea independiente deveras.

A la verdad que yo mil veces he creído lo mismo, porque el amor al suelo donde nacimos es muy tenaz, y tanto más fuerte cuanta mayor es la distancia que nos separa de la patria, y el tiempo que no la vemos. Ovidio, desterrado al Ponto por Augusto, hablaba muy mal de los getas, sin embargo de que este país no merecía copiarse con los colores del poeta; mas éste, que no viviera contento ni en la Arcadia, separado de Roma, hizo mil diligencias porque le alzaran el destierro; hasta divinizó al emperador, su enemigo, con la adulación más baja y enfadosa. Nada consiguió: él era sabio, todo, hasta sus flaquezas conocía, y sólo adulaba al César por amor de su patria. “El amor a la patria, decía él, es la razón más poderosa”.Rursus amor patriae, ratione valentior omni.(5)

Por esto me inclinaba a creer que El Payo tenía razón para juzgar que no había un solo español independiente de corazón. Pensando en esto me quedé dormido, y me pareció hallarme en el frondoso bosque de Chapultepec,(6) a donde fui (con superior permiso) a cazar un conejito para cenar.

Serían en mi soñolienta fantasía las siete de la noche, y no hallé ni un conejo, ni una liebre, ni animal de provecho a quien dirigir mi puntería (porque a los pajaritos jamás les sé apuntar, por inocentes e inservibles al hombre), y me volvía a la ciudad cuando me encontré con una indita, al par que graciosa muy afable y señora, quien me dijo: —¿A dónde vais, señor, a estas horas? —Voy, amable americana, le dije, a mi casa. —¿Qué amáis a vuestra patria? —Mucho, señora, le contesté. —¿Y no tendréis gusto, me dijo, en oír un sermoncito que se va a predicar aquí en el bosque, y que puede ser útil a vuestra patria? —Sí, señora, de muy buena gana; pero ¿quién es el orador? —Un animal, me contestó. —Me admiro mucho, le dije, de que sea un animal el predicador. —Pues os admiráis de bien poco, dijo ella; y a fe que no será el primer animal que oís predicar en vuestra tierra. Lo que os va a sorprender es saber que el orador es un coyote. —¿Y a quién va a predicar? —A las gallinas. —¡Santo Dios!, exclamé. Esto será cosa de ver. ¿Y ya será hora? —Ya será. Partamos.

Fuímonos, y en el camino, preguntada por mí, me dijo que era una india azteca, descendiente del muy valiente Cualpopoca.(7) Quise besar su mano al saber de su boca su noble estirpe, pero la ninfa no me lo permitió, antes me dijo: —Dejaos de tributar vuestros respetos a la sombra de una madre, vuestra desgraciada. Yo comenzaba a gloriarme de ver a mis descendientes libres y emancipados de la dominación de España; mas pienso que se convertirá en humo vuestra Independencia, a cuenta de vuestra ciega e infundada confianza. En esto llegamos a un frondoso bosquecillo, el que estaba iluminado con hachas y faroles, simétricamente colocados. Un círculo de rosas formaba una especie de anfiteatro, el que ocupaban multitud de gallinas y pollitos, precedidos por un respetable gallo, a quien acompañaban otros cuatro de alta representación. Nosotros nos colocamos tras una enramada de rosas, y a poco rato se presentó un coyote viejo, y poniéndose bajo un fresno, se captó la atención de su auditorio con una profunda reverencia, y comenzó su sermón de esta manera: “Por la señal de la santa libertad, líbranos, ¡gobierno!, de nuestros enemigos, en el nombre de Hidalgo,(8) de Allende(9) y de Morelos.(10) Amén.

 


Es más útil saber conservar el bien, que adquirirlo”

“(La experiencia, en el capítulo primero de sus máximas)

 

“Una inclinación poderosa hacia los intereses de vuestra patria me obliga a presentarme en este lugar, amadas gallinas mías, sin acobardarme la diferencia de nuestra especie, pues estoy identificado con vosotras. Cuando sepáis quién es el coyote que os habla, y cuáles los motivos que lo mueven, conoceréis mi sinceridad y el noble fin que me instimula a persuadiros que os pongáis cuanto antes en alarma contra los coyotes enemigos de vuestra Independencia y libertad; pues si os habéis granjeado la admiración universal con su consecución, ésta será mayor cuando la Europa vea que la sabéis apreciar y conservar. Para inspiraos estas fieles ideas, os probaré brevemente que así como sólo con vuestro valor conseguisteis vuestra Independencia y libertad, así también estáis muy próximos a perderla con vuestra apática confianza. Éste será todo el objeto de mi discurso. Imploremos la gracia de mis oyentes y lectores...



“Es más útil saber conservar el bien, que adquirirlo”

“(La experiencia, en el capítulo citado)

 

“El grande Napoleón, aquel hombre de los siglos que dominó los cetros de la Europa... Decía, señores, que el grande Napoleón, ese genio inmortal que apareció en el mundo como el hijo mimado de la fortuna, que quitaba y daba reinos a su antojo, se hizo temible y admirable de todo el globo. Él mismo, engreído con la constancia y rapidez de sus victorias, con el esplendor y grandeza en que había colocado a la Francia con su reino de Italia, con su alianza con Alemania y otros príncipes de la Europa, y con la viveza de sus talentos, se dejó arrullar de una confianza lisonjera sin intimidarse con los preparativos de una liga de reyes, que conspiró contra él, y que al fin, en Waterloo, le arrancó los laureles con que Marte lo condecoró en Austerlitz, Jena y mil lugares. Napoleón, el árbitro de los cetros de la Europa, murió como un infeliz prisionero en poder de los Ingleses, por la confianza desmedida que concibió de sus victorias. La Francia, su querida Francia, retrocedió de la libertad a la esclavitud. Hoy es ya patrimonio de los Borbones, y ha perdido de ilustración cuanto sufre de vasallaje. El rey, con los jesuitas, la dominan; necesita una nueva revolución para sacudir la ignominia en que yace; y de no verificarla, ella vendrá a ser una miserable colonia de la Italia, y una devota y supersticiosa feudataria del papa. La falta de libertad embrutece a las naciones.

“Si esto acaeció a Napoleón y sus franceses, por confiados, si la valiente e ilustrada Francia repitió los tristes ejemplos de la sabia Grecia y la grandiosa Roma, que hoy yacen entre el abatimiento y la ignorancia, ¿qué esperáis vosotras, miserables gallinas? ¿A qué os atenéis? ¿Con qué ejércitos, con qué auxilios exteriores contáis para creeros seguros de una formidable invasión, que muy en breve, si os descuidáis, y si vuestro gobierno duerme, os dará un golpe decisivo, y quedaréis con vuestros hijos esclavos para siempre? ¿Os presumís más en número, más ilustrados, más valientes y guerreros que los griegos, romanos y franceses? ¡Ah! Seríais los más necios si tal creyerais. Pues ved estas grandes naciones, las dos primeras, Grecia y Roma, olvidadas sus glorias; aquélla, esclava de los turcos, y ésta, vasalla de Alemania. Ved también a la Francia, vasalla en el día de un rey Borbón, sin libertad de imprenta, y, de consiguiente, sin ninguna libertad, dominada teocráticamente por frailes y jesuitas, supersticiosa, ignorante, cobarde, pobre y afeminada.

“¿Y por qué han llegado tan gloriosas naciones a tan degradante abatimiento? Porque no supieron conservar su libertad, que adquirieron a costa de tan públicos y heroicos sacrificios.

“Acordáos, amadas gallinas, de los padecimientos y sacrificios que sufristeis por el dilatado tiempo de doce años,(11) para conseguir vuestra libertad, y decid si tendréis valor para perderla. Vosotras no queréis, yo bien lo veo; pero advierto que no valen en estos casos los buenos deseos si no se acompañan con obras eficaces. Una liga de reyes destruyó las glorias de Napoleón, y privó de su libertad a los franceses, y otra Liga(12) igual os amenaza con el mismo peligro.

“Me diréis que vosotras no tenéis la culpa; que habéis establecido congresos y gobiernos, en quienes habéis depositado vuestra confianza con el objeto de que aseguren vuestra Independencia y libertad; que debéis estarle sumisos, y que si vuestra libertad se pierde, el cargo resultará contra los malos legisladores y funcionarios públicos.

“Yo concederé que decís bien, pero siempre os acordaré que debéis trabajar para secundar las buenas disposiciones del gobierno, y gritar a éste incesantemente por medio de la prensa, para que no se duerma en la ciega confianza que le inspiran nuestros enemigos.

“Yo soy un coyote, es verdad; pero un coyote manso, un coyote que vine pequeñito, que he comido siempre de vuestro maíz, he criádome en vuestra compañía; a los veinte años me casé con una gallinita hermosa, copetoncita(13) y agradable; de ella he tenido estos tiernos pollitos que os presento como los mejores garantes de mi fidelidad; amo a mi gallinita al par que a mis hijos;(14) tengo en vuestra tierra mi bienestar, y ni un pariente cuento en España. Decidme, os ruego: ¿qué interés tendré en que España nos haga la guerra, en que nos domine y en que perezcamos yo, mi mujer y mis hijos?

“Desprendeos un momento de una ciega obstinación, y consultando a vuestro buen sentido respondedme: ¿no es cierto que el pueblo odia en general a los gachupines? ¿No es cierto que se teme que, al primer desembarco de los de la Península, corremos un peligro inminente cuantos estamos aquí, pues amenazada la nación y movida en masa, pueden degollarnos a todos sin consultar al gobierno y sin distinguir buenos de malos, para no dejar enemigos a retaguardia? Todo es posible y natural. ¿Pues cómo no ha de ser mi interés particular el persuadiros a que os preparéis a la defensa, política y militarmente, para que os tema el enemigo interior y se conserve el orden de la paz, sin usar ni de una indulgencia criminal con los coyotes sospechosos, ni de una criminal venganza con los pacíficos?

“Desconfiad mucho. Los españoles y franceses vendrán sin duda; ellos aquí tienen sus emisarios y su tropa.

“Iba a concluir; pero se acercan las elecciones. Este paso es muy crítico, y tales momentos los más propios para perder la patria, se yerran las elecciones por ignorancia, fanatismo o malicia.

“Muy bien sabéis, queridas gallinas, que cada uno abunda en su sentido, y así es claro que si nombráis electores fanáticos, éstos elegirán para diputados clérigos y fanáticos; si los nombráis borbonistas o aristócratas, los diputados serán lo mismo, y si los elegís patriotas, liberales y despreocupados, los nuevos representantes serán inmejorables y harán la felicidad de la nación.

“En vuestra mano está el acierto en este paso. Es muy corriente el repartimiento de listitas en estos días. Tomadlas, y examinad qué clase de sujetos designan. Aprobad los que os parezcan buenos, y borrad los malos, colocando otros en sus lugares; pero de modo alguno vayáis a entregarlas a las parroquias como en barbecho, porque os exponéis vosotros mismos al chasco de sufrir las crueles leyes que os dictarán estos legisladores.

“Por lo demás, velad sobre vuestra conservación; y si ésta consiste en el sacrificio de mi vida, aquí os la ofrezco, suplicándoos únicamente que salvéis a mi esposa y a mis hijos, que son vuestros hermanos, para que algún día defiendan vuestra libertad, que os deseo eterna.”

Aquí concluyó el orador, dejando a las gallinas enternecidas y discurriendo con filosofía, que no faltan entre nosotros gachupines honrados que apetecen nuestra libertad por justa y por sus mismos intereses. La hermosa azteca se despidió bastante confundida.

 

México, agosto 18 de 1826.


El Pensador

 

 


(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].

(2) El Payo del Rosario. Cf. nota 52 a Qué mal hará...

(3) Los coyotes de España vendrán, pero los de casa nos la pagarán, México, Oficina de la Testamentaría de Ontiveros, 1826, folleto que trata sobre las intenciones de España de reconquistar sus colonias; advierte Villavicencio que entrarían con la ayuda de los españoles residentes y otros partidarios de la antigua dominación.

(4) gachupines. Cf. nota 22 a Breve sumaria...

(5) Ex PontoLíber I, 29. Ovide, Pontiques, texte établi et traduit par Jacques André, Paris, Societé d’Éditions “Les Belles Lettres”, 1977 (Colection des Universités de France), p. 14. Fernández de Lizardi escribió: “El amor de la patria hizo decir a Ovidio que era más poderoso que toda otra razón, de las que con su amigo Rufino le persuadía la conformidad con su destierro en el Ponto: Rursus amor patriae ratione valentior omni, / Quod tua texuerunt scripta, retexit opus.” El Pensador Mexicano, núm. 1, t. III, en Obras IIIop. cit., p. 380. En el Tercer ataque al castillo de Ulúa y Santas Ligas, de 1823, Lizardi citó los mismos versos de Ovidio, diciendo antes: “Este amor de la patria es la razón única que dan y la que hay en realidad más poderosa que todas”, en Obras XII, op. cit., p. 465.

(6) Chapultepec. Actualmente se encuentra enclavado dentro de la Ciudad de México. Estuvo habitado por toltecas y aztecas.

(7) Cualpopoca. Por Chimalpopoca. Tercer rey azteca después de la fundación de Tenochtitlan, hijo de Huitzilihuitl, segundo rey. Siendo gran sacerdote construyó la calzada de Tlacopan (Tacuba). Según el Códice Mendocino hubo dos batallas durante su reinado, la de Tequixquiac y la de Chalco, en la que fueron derrocados los mexicas. Según el Códice Chavero, murió asesinado por cobarde. Le sucedió Ixcoatl.

(8) Hidalgo. Cf. nota 74 a Impugnación que los gatos...

(9) Allende. Cf. nota 76 a Impugnación que los gatos...

(10) Morelos. Cf. nota 75 a Impugnación que los gatos...

(11) Independencia. Cf. nota 13 a La tragedia de los gatos...

(12) Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...

(13) copetoncita. Cf. nota 235 a Observaciones que El Pensador...

(14) El primero que sostuvo esta posición fue Gonzalo Guerrero, según la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, y son las mismas ideas de Lizardi.