TESTAMENTO Y DESPEDIDA DE EL PENSADOR MEXICANO

 

Primera parte(1)

 

 

Sentenciado a morir como todo hijo de su madre, se me ha llegado este temible plazo. Ya por la mala configuración de mi pulmón y pecho, ya por lo mucho que he trabajado con la cabeza y con la pluma, o por todo junto, lo cierto es que me hallo atacado de una cruel enfermedad que me maltrata mucho y pronto dará conmigo en el sepulcro.(2)

A consecuencia de mi terrible mal, me he puesto demasiado flaco y descolorido, la máquina desfallecida vacila sobre mis piernas débiles, y todo yo soy un tomo andando de la más completa osteología.

Esto, ya se ve, que es necesaria consecuencia de mi mal; pero ¿a qué atribuiremos el gusto que tienen algunos fanáticos de verme en tal estado? No a otra cosa que a sus malos corazones y mucha ignorancia, ¡insensatos!, ¿esto es lo que os enseña vuestra santa religión? ¿Cuándo es lícito a un cristiano alegrarse del mal de su prójimo? Nunca. Pero vosotros diréis que no os alegráis de mi mal sino de que faltarán mis escritos, que calificáis de heréticos, impíos, etcétera. ¡Qué ignorantes! ¿No advertís que aunque yo muera, jamás faltarán escritores instruidos y resueltos que continuarán combatiendo los abusos?

Mas, en fin, vuestras befas no dejan de ponerme en cuidado, y la verdad, que a estas horas nada valen los espíritus fuertes, los apetitos de reforma y la moderna filosofía. Ante la vista de la eternidad todo desmaya, y así es necesario examinar mis impresos por si tuvieren algo que enmendar; pero esto será en el cuerpo de mi testamento, que como es muy mío y no se versa sobre intereses, no necesito de escribano ni testigos instrumentales. Comienza pues

 

 

EL TESTAMENTO

 

En el nombre de Dios Omnipotente, Autor y Conservador de la naturaleza.

Digo yo, el capitán Joaquín Fernández de Lizardi, escritor constante y desgraciado, conocido por “El Pensador Mexicano” que, hallándome gravemente enfermo de la enfermedad que estaba en el orden natural me acometiera, pero en mi entero juicio, para que la muerte no me coja desprevenido, he resuelto hacer mi testamento en la forma siguiente:

Declaro ser cristiano, católico, apostólico y romano, y como tal creo y confieso todo cuanto cree y confiesa nuestra santa madre Iglesia, en cuya fe y creencia protesto que quiero vivir y morir; pero esta protesta de fe se debe entender acerca de los dogmas católicos de fe que la Iglesia nos manda creer con necesidad de medio; esto sí creo y confieso de buena gana, y jamás ni por palabras, ni por escrito he negado una tilde de ello.

Mas acerca de aquellas cosas cuya creencia es piadosa o supersticiosa, no doy mi asenso ni en artículo mortis. Así es que no creo que el papa es rey de los obispos, aunque sea su hermano mayor por el primado que ejerce en la Iglesia universal. Tampoco creo que es infalible sin el Concilio general, pues la historia de todos los obispos de Roma me hace ver que son errables como todos, y que de hecho han sido engañados y han enseñado errores contra la fe, pro catedra.

Tampoco creo en los íncubos y súcubos acerca de los cuales han dicho sendos desatinos los teólogos más encopetados de nuestra santa Iglesia.

Menos creo que hayan existido jamás sobre la tierra los duendes, brujos, hechiceros vampiros, brucolacos y demás gentuza de esta clase, a pesar de que la santa Iglesia ha tenido conjuros contra estos bichos imaginarios.

Tampoco creo esa multitud de santos, muertos y diablos aparecidos, que cuentan las leyendas.

Últimamente: no creo esa supersticiosa intervención que los cristianos ignorantes de su religión han dado a los santos sobre todas sus necesidades, señalando a cada santo o santa el ramo que exclusivamente le pertenece; y así los males de ojos tocan a santa Lucía, los de muelas a santa Apolonia, los de apoplejía, a san Andrés Avelino, etcétera, etcétera, etcétera.

Para cada enfermedad, para cada trabajo, hay su santo particular, hasta contra los alacranes y los ratones. El chubasco de novenas que la credulidad ha compuesto sobre estas farándulas, y el consumo que tienen en nuestra tierra, prueban que no hay una verdadera religión católica, sino una imitación de las costumbres paganas. Los gentiles para todo tenían sus diosecillos, y los cristianos para todo tienen su santo, de Dios no se acuerdan para nada; pero los cristianos, para esto de las supersticiones, han discurrido con más finura que los gentiles, pues éstos no llegaron a avanzar a tanto como los católicos. Para alcanzar un imposible nunca tuvieron un penate(3) de su devoción; pero los cristianos luego encontraron una santa Rita.

No quiere decir esto que sea inútil la invocación de los santos, porque éstos no puedan interceder con Dios por el socorro de nuestras necesidades; lo que se condena es el abuso de creer a tal santo autorizado para alcanzar tal gracia particular. Éste es un dogma gentílico y una superstición manifiesta. Si san Jorge puede librarme de que me pique un alacrán, ¿por qué no podrá librarme de que me muerda un perro, o de que se me caiga la casa encima, sin necesidad de ocurrir a san Lázaro o san Emigdio?

Satisfecho en el testimonio de mi conciencia, declaro que cuanto he escrito contra los abusos introducidos, a pretexto de religión, está muy bien escrito: me ratifico en todo y sólo apetezco que algo se remedie.

Dejo mi espíritu en las manos de su Criador, satisfecho en que de tales manos no puede venirle ningún mal.

Dejo mi cuerpo a la tierra, mientras las mejores substancias se exhalan en gases y pasean por toda la naturaleza, mezclándose con diferentes substancias ya vegetales, ya animales, y haciendo a su vez parte de una fragante rosa, o de la hoja de la hediondilla, parte de un filósofo o de una vieja regañona, etcétera.

Dejo a mi patria independiente de España y de toda testa coronada, menos de Roma.

Dejo esta misma patria libre de la dominación española, aunque no muy libre de muchas de sus leyes y de las despóticas rutinas de su gobierno. Hoy que los mexicanos son ciudadanos, se les decretan sus memoriales con la misma aspereza y arbitrariedad que cuando eran vasallos de España. No ha lugar. Estése a lo mandado. He aquí los decretos de cajón(4) que se suelen poner a las instancias más justas y bien probadas. ¿Que no alcanzan los gobernantes otras fórmulas menos odiosas y despóticas?, ¿o no tiene derecho el ciudadano para que el magistrado le exponga los motivos porque no hay lugar su solicitud? ¿Todo ha de ser porque sic volo, sic jubeo, así lo quiero, así lo mando?(5)

Item: dejo una República con su artículo 3o,(6) muchos canónigos(7) y muchos frailes y sus corridas de toros(8) en boga.

Item: dejo una multitud de iglesias, capillas, ermitas, y conventos de religiosos de ambos sexo; pero muy poca religión. Procesiones, repiques, cohetes, víctores, salvas y fiestas sobran; pero ¿el arreglo de las costumbres, la buena educación, el buen ejemplo, el temor de Dios y la caridad evangélica, dónde se hallan? Que responda la experiencia.

Item: dejo la Catedral(9) donde la encontré y con el hueco de las armas del rey de España,(10) ni más ni menos que como cuando se hizo para que los señores canónigos las vuelvan a poner cuando llegue el caso.

Item: dejo a los señores capitulares de esta santa iglesia el privilegio exclusivo de burlarse de las leyes civiles públicamente, sin el menor respeto al gobierno ni a la nación.

Item: dejo muchos jueces y tribunales y mucha falta de arreglo en la administración de justicia, lo que es causa de que unos jueces se exceden de sus atribuciones y otros no llegan a las que les tocan, y esto cede en perjuicio de los pueblos.

Item: dejo una policía asombrosa. No se ven en las calles de la opulenta México sino enjambres de perros y encuerados. Mientras para ser ciudadano no sea necesario andar decentemente vestidos, la gentuza de nuestro populacho siempre será la más sin vergüenza del mundo; y aun esta pena de la suspensión de los derechos de ciudadano, que es bien grave, puede que no les hiciera fuerza: necesitan otras más graves.

Item: dejo a los indios en el mismo estado de civilización, libertad y felicidad a que los redujo la Conquista, siendo lo más sensible la indiferencia con que los han visto los Congresos, según se puede calcular por las pocas y no muy interesantes sesiones en que se ha tratado sobre ellos desde el primer Congreso.

Item: dejo una librería que bien vendida en el baratillo no dejará de producir catorce reales.(11)

Item: dejo una multitud de papeles que he escrito sobre diversas materias, de los cuales unos son buenos y otros malos y otros entreverados; algunos de ellos han causado mil cóleras, evacuaciones y dolores de cabeza a ciertas clases de lectores.

Item: dejo a mis enemigos, los fanáticos, el cuidado de destrozar y morder mi opinión siempre que puedan, bajo el seguro de que no les puedo responder; pero acuérdense que mientras viví, nadie me fue por la respuesta a Roma cuando me insultó por las prensas.

Item: dejo a los escritores la lección de que no se empeñen en defender los derechos de otros con demasiado calor, ni en combatir los abusos con energía, pues además de que adelantarán muy poco en tan grande empresa, se atraerán el odio de todos los criminales, y si éstos pudieren, no cesarán de perseguirlos.

Item: dejo una multitud de asesinos que rieguen de cadáveres las calles de México; pero también dejo muchos jueces piadosos, y escribanos benignos, que les endulzarán sus causas, se echarán a dormir y compondrán, sí, compondrán, como componen tantos. De treinta o cuarenta asesinos que encauzan a penas, uno o dos se ven ahorcar, y para eso ¿qué circunstancias se necesitan? O bien un tercero que pida, o un juez muy íntegro y un escribano muy honrado. Ello es que vemos asesinatos a pares; díganlo los dos infelices asesinados el 18 de éste en el Puente Quebrado.(12) El agresor está preso desde el día siguiente, ya veremos qué castigo se le impone, y de aquí a cuando. Mientras los castigos no sigan inmediatamente a estos crímenes horrorosos, y mientras que los escribas y fariseos dejen dormir las causas y den lugar a esas composiciones diabólicas, ni los malvados escarmentarán ni la justicia estará bien administrada, ni la vida de los ciudadanos estará segura. No debía secarse la sangre de un infeliz asesinado sin que estuviera ahorcado el matador, y en el mismo lugar donde perpetrara el homicidio. Sólo de este modo se conseguiría disminuir este cruel vicio con que se matan los hombres como si fuesen perros.

Item: dejo al doctor Lerdo(13) el triste desengaño de que lejos de destruir mis argumentos, lo dejó en pie, y añadió nuevos disparates; verbigracia, para disculpar el adulterio de Abraham, entre otras sandeces, dice que era un salvaje;(14) muy agradecido le debe estar el padre de los creyentes por tan honrosa calificación. Quien al patriarca Abraham llama salvaje, ¿qué mucho será que a mí me llame a cada paso tonto e ignorante? Yo le perdono esos favores, con tal de que me diga ¿en qué consiste que ahora ande tan quietecito, y cuando era jesuita anduviera tan mustio y cabizbajo? ¿Qué era eso, hipocresía o modestia? Si lo primero, era su merced un hipócrita; y si lo segundo, ¿por qué ha abandonado tal virtud?

Item: dejo al padre Arenas(15) en quieta y tranquila posesión de su vida, en la que Dios lo conserve muchos años para ejemplo de criminales con fortuna.

Item: dejo una memoria de mi gratitud al señor don Agustín Lebrija(16) por la justicia seca e imparcial que hizo a favor de sus queridas, las niñas González,(17) a quienes dejo el privilegio exclusivo de que no lleguen a viejas mas que vivan más años que Matusalén, y si hubiese algún atrevido que les diga viejas, permita Dios que viva tantos años como doña Josefa, lo que no será mal castigo.

Item: dejo... la pluma porque no alcanza el papel.

 

México, 27 de abril de 1827.


El Pensador.

 

 


(1) México: 1827. Imprenta de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].

(2) Murió el 21 de junio de 1827 (Cf. nota 19 a Una buena zurra...). Según testimonio de Jacobo M. Barquera su cadáver fue exhibido para desmentir la conseja de que había muerto endemoniado. Lo confesaron Juan Ximénez del Río y el padre Pérez. Lo velaron su amigo Pablo de Villavicencio, José Guillén, José Ma. de Aza y Anastacio Zerecero, quien se encargó de los trámites del entierro. Lo sepultaron en San Lázaro el 27 de junio de 1827. Ya en 24 de noviembre de 1824 (en lasConversaciones del Payo y el Sacristán núm. 21) dice que estando tan viejo y enfermo, y con cuarenta y seis años no puede vivir mucho (Obras Vop. cit).

(3) penate. Los penates eran los dioses domésticos.

(4) de cajón. A fuerza, obligatoriamente.

(5) sic volo, sic jubeo. Fernández de Lizardi había escrito: “aquellos antiguos decretos que sólo se fundan en la voluntad del juez sin dar más razón, sino el sic volo, sic jubeo, como no ha lugar, estése a lo mandado, no puede accederse a esta solicitud, etcétera, etcétera”; en Las esperanzas de don Antonio siempre el mismo,Obras XI, op. cit., p. 367. Se trata de la sátira VI, verso 222, de Juvenal: Hoc volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas, “esto quiero, así lo mando”, que es la gran fórmula del despotismo.

(6) Cf. nota 17 a Si el gobierno...

(7) Cf. nota 251 a Observaciones que El Pensador...

(8) Cf. “El mentado Chicharrón” en Obras Iop. cit., pp. 247-250. De ahí entresacamos lo que sigue: “y juré que jamás yo neciamente / me fiaré de una gente / que todo cree prodigios y verdades, / y paga a cualquier precio novedades. / Fuese mi amigo, y dije con espanto: / —¡Qué bobos hay aquí!—, y acabó el canto”; a modo de “Epitafio” escribió al terminar: “¡Oh, pasajero!, detente, / mira, advierte, considera / que es el vulgo de manera / que, a pesar de su pobreza, / gasta con suma franqueza, / para ver... una friolera” (p. 250). En el número 14 del tomo III deEl Pensador Mexicano escribió “La conferencia entre un toro y un caballo” (Obras III,op. cit., pp. 477-482), donde pide que no se mate al toro, y hace hablar a éste: “¿Es acaso preciso que consuman su iniquidad con mi muerte?” (p. 479). En elSuplemento a El Pensador del lunes 24 de enero de 1814 escribió, refiriéndose a las corridas de toros, que “es una diversión cruel e inhumana” (ibid., p. 497). En Alacena de Frioleras dedica los números 2 y 3 a lo mismo, intitulándolos “Sobre la diversión de toros”, diálogo donde dice Mariquita: “no he visto cosa más bonita, ni diversión más alborotadora, aún los que afectan moderación y dicen que los toros son un espectáculo bárbaro y unos residuos del gentilismo [...], una diversión sangrienta y propia para hacer corazones feroces y desnudar a los simples de toda idea de sensibilidad, acostumbrándolos a ver derramar sangre” (Obras IVop. cit., pp. 30-31). Serafina, el otro personaje, se prostituye (se entrega a un viejo) por no perderse la fiesta brava o “circo de los toros” (ibid., p. 33). Presenta Lizardi ahí el disfrute por el destripamiento de caballos y los toreros muertos. En el número 6 del mismo periódico Fernández de Lizardi escribió un diálogo entre Chicharrón, Pachón, Relámpago y Trueno, toros muertos en corridas. Los toros dicen que la única razón que se aduce para justificar las crueldades con ellos es que son toros y que nacieron tales. Lizardi dice que los hostigan con garrochas, burletas, banderillas y malos tratos; que antes de salir al ruedo los colgaban para platearles las astas (Ibid. pp. 45-49). En Toros y toros y la miseria en corriente, folleto de 1823, describe Lizardi la suma pobreza del país y los gastos en fiestas para celebrar la coronación de Iturbide, de los que no tienen que comer y “rabian por divertirse y no tienen con qué, se los lleva el diablo de cólera y hacen por tener dinero el día de toros mil drogas y acaso otros más costosos sacrificios” (Obras XIIop. cit., pp. 311-312).

(9) Catedral. Cf. nota 52 a La tragedia de los gatos...

(10) Cf. nota 5 a Preguntas interesantes... y nota 10 a Segunda... Oiga el señor...

(11) reales. Cf. nota 20 a Una buena zurra…

(12) Puente Quebrado. Hoy República del Salvador. En esa calle vivió Fernández de Lizardi. Cf. nota 28 a Día del juicio...

(13) Ignacio Ma. Lerdo. Cf. nota 2 a Observaciones que El Pensador...

(14) Cf. nota 212 y el texto correspondiente.

(15) Arenas. Cf. nota 23 a Que duerma... 1.

(16) Lebrija. Cf. nota 8 a Qué mal quedó...

(17) niñas González. Cf. nota 67 a Calendario para el año... y nota 9 a Qué mal quedó...