TERCER ATAQUE AL CASTILLO DE ULÚA Y SANTAS LIGAS
Si desint vires, tamen est laudanda voluntas.
Si no tenemos fuerza física ni talento suficiente
con qué combatir a nuestros enemigos, a los menos
se nos debe alabar la buena intención.(2)
¿Perecerán las fábricas de Veracruz(3) con las balas del castillo de Ulúa?(4) Sí, y ¿qué se pierde? Sólo la hechura: con las mismas puede hacer en otra parte más sana una ciudad que se llame la Nueva Veracruz; ¿pero se abatirá el orgullo de Lemour(5) y de los quijotes españoles que fundan la esperanza de reconquistarnos en esa casa de vecindad que se llama por ironía castillo y fortaleza inexpugnable? Sí, señor. El castillo sin que lo sostengan nuestras costas, y sin que lo respete Veracruz, es lo mismo que los duendes. Espantajos fantásticos de los tontos.
Damos en este ataque por arriada la bandera española y entregado Lemour a discreción. Muy bien: ya somos dueños del decantado castillo; pero ¿y qué, estamos seguros con la posesión de esta isleta miserable? ¿Con eso sólo se afianza nuestra libertad? Nada menos. El triunfo que adquiramos sobre Ulúa será un nuevo agravio para los españoles y un nuevo estímulo para su venganza. He dicho que son tenaces y emprendedores; añado ahora que son valientes y atrevidos; tanto, que un mismo español satirizando su valor a veces temerario y orgulloso, dice que son capaces de dominar al mundo
Porque en diciendo español,
todas las naciones tiemblan.
Por valientes y porfiados pican los españoles. Cuidado con ellos. En el amor a su patria son entusiastas sin iguales. Las majaderías que hicieron en Sagunto y Numancia, y la heroicidad con que en Madrid se vistieron lutos cuando entró el duque de Berg y después José Bonaparte, agobiados de la fuerza francesa, no tiene semejante ni en la aplaudida historia de los romanos. Hoy mismo están luchando contra la Santa Liga(6) y contra los bribones españoles serviles, que venden su honor y la libertad de su patria a la empleomanía. ¡Qué pícaros! Pero de éstos tenemos mil americanos díscolos y traidores que ahora, ahora, intrigan contra nuestra libertad.
Por lo que toca a las virtudes de los españoles, siempre los alabaré. Por lo que toca a los vicios de los americanos, siempre los odiaré. Quisiera que imitáramos a los españoles en su unión, constancia, valor, secreto y amor a su patria; y a los americanos en su carácter dulce y sensible, siempre generoso y dispuesto a perdonar sus agravios. Pero entre el vicio y la virtud hay un medio, o por mejor decir, entre obrar bien o mal hay dos extremos, y en declinando a cualquiera de ellos, ya es vicio.
Ya saben todos lo que hicieron los españoles en Sagunto y Numancia. Sitiados estrechísimamente por Scipión y Aníbal, y ya en puntos de perecer, no quisieron rendirse ni capitular con los generales y sitiadores, sino que en los últimos momentos de la desesperación juntaron en la plaza sus muebles, alhajas y cuanto tenían, hicieron una hoguera y los echaron en ella. Después arrojaron a las llamas sus hijas y mujeres, y sacrificadas éstas, se entregaron ellos mismos a las llamas. Ésta fue una barbaridad que se calificó de heroísmo; pero prueba que los españoles son bárbaros cuando les tocan a su libertad, y quisiera que los imitáramos sin barbarie.
El amor a la patria es el amor más santo, después del que se debe al Ser Supremo. El hombre cuando nace, nace ligado a la patria con tan sagrados derechos y con tan indisolubles vínculos, que por ningún caso puede romper ni quebrantar.
Después de aquel crimen, que no tiene nombre que exprese bien su execración, hablo del ateísmo, no hay delito comparable con el de traición a la patria. Es tan natural el amor al país en que nacemos, que todos sentimos no sé qué dulce y secreta predilección hacia él, con preferencia a las mejores ciudades. El indio miserable nacido en la áspera, fría y solitaria sierra, y el que vio la luz primera en los tostados pueblos de tierra caliente, aman sus infelices hogares con ternura, y ya que no pueden negar que México es mejor incomparablemente; si les preguntan que por qué desean vivir mejor en Ajuchitlán(7) o Huichilaque(8) que en México, Guadalajara(9) o Durango,(10) proporcionándoles estos lugares las ventajas que los suyos les niegan, no tienen más respuesta que decir: porque allá es mi tierra. Este amor de la patria es la razón única que dan y la que hay en realidad más poderosa que todas, como dijo Ovidio:
Rursus amor patriae, ratione valentior omni.(11)
Pero ¿que hablamos de hombres dotados de razón? Los brutos nos enseñan esta verdad. El pájaro luego que se ve libre vuela a buscar su patrio nido; lo mismo busca el caballo y todo bruto. No es mucho que el hombre haga lo mismo, y que en uso de su razón hayan hecho unos sacrificios heroicos y admirables en defensa de su patria y de su libertad.
Horacio Cocles (tuerto quiere decir, y se honraba con este desgraciado epíteto, porque en una batalla perdió un ojo). Horacio Cocles,(12) digo, general romano, sale a esperar al ejército de Porsena del otro lado de un río. En efecto, el general Toscano, protector de Tarquino Tirano, desbarata a los romanos. Huyen éstos para Roma por aquel puente, porque en entrando el miedo, desaparece la subordinación militar en el soldado. Sólo Horacio queda sin pasar el puente y, armado con su broquel y con su espada, desafía uno a uno a todo el ejército enemigo, y se quita las flechas con su escudo.
Mientras tanto, los romanos acobardados destruyen el puente a la retaguardia de su general; pero con tal violencia, que cuando los de Porsena se echaron sobre el heroico general, cayó el puente al río, y entonces Horacio se arrojó a él y salió a nado sin desgracia.
Porsena, irritado con su resistencia, estrechó el sitio a Roma, y el día que menos lo esperaba, vio que en su misma tienda un joven romano llamado Mucio mató de una puñalada a uno de sus mejores oficiales. Prende al joven, pregúntale la causa de su atrevimiento, y éste, con la firmeza que distingue a los héroes de las almas comunes, le dice: Soy romano, me salí de Roma con designio de matarte; creí que eras tú el oficial que maté, y siento haber errado el tiro.
Enfurecido Porsena, hace rodearlo de fuego; y el joven patriota, lejos de asustarse, le dice: los romanos apreciamos más el honor que el cuerpo, y al momento mete la mano en un brasero, se la deja tostar, y sigue hablándole con la misma serenidad que si la tuviera metida entre flores.
Asombrado Porsena con tan heroica resolución, manda que lo quiten del brasero, y le dice: "¡Oh joven!, más enemigo tuyo que mío; quisiera que fueras defensor de mi patria. Vete libre." Mucio, que desde entonces se llamó por honor Scevola, que quiere decir zurdo, como en agradecimiento le dice: "sabe que los romanos no pueden hacerte la guerra; pero habemos trescientos jóvenes resueltos a matarte; a mí me tocó por suerte venir el primero; y así ten mucho cuidado, porque aun quedan los demás que te amenazan."
Asustado Porsena con esta noticia y con la intrepidez y valor que había visto en Mucio, trató de hacer las paces con los romanos, y, en efecto, propuso algunas condiciones que se admitieron, y les pidió en rehenes de su cumplimiento diez jóvenes y otras tantas doncellas de las más ilustres, que se le enviaron; mas habiendo pasado el río para ir a su campo, una muchacha, llamada Clelia, teniendo a menos pundonor ir en rehenes, dijo a sus compañeras que esto no podía ser honroso a las señoras romanas; que la que quisiera, la siguiera. Diciendo esto se arroja al río, como Cocles, y tras ella todas sus compañeras, y entran en Roma.
El cónsul se sorprende, y no queriendo que Porsena creyese que los romanos habían patrocinado la fuga de las muchachas, y que él no cumplía su palabra, las vuelve a enviar. El general Toscano, que conocía la virtud y la sabía premiar donde la hallaba, lejos de mostrarse sentido con Clelia, la(13) regala el mejor de sus caballos ricamente enjaezado, y la permite que se vuelva a Roma con diez de los rehenes que eligiese. Esta joven prudente escoge los de menor edad y entra en Roma gloriosamente. Porsena hace una eterna alianza con los romanos, y en prueba les restituye todos los prisioneros que les había hecho, que eran muchos, levanta el campo y, no llevando sino las armas, les deja en él todas sus riquezas y hasta sus equipajes. De esta manera dos jóvenes y una muchacha, heroicos amantes de su patria, la salvaron de una guerra en que se vio muy a pique de perderse.
Queridos compatriotas: ¿no leéis con gusto y con una loable emulación estas acciones gloriosas?, y ¿pensáis que sólo entre los romanos hubo héroes? No: en todas las Américas ha habido Horacios, Mucios y Clelias. En la del sur, después de conquistada, sólo el Arauco(14) presenta unos héroes sin comparación más ilustres que todos los romanos.
Éstos eran soldados, tenían ilustración y siempre hicieron la guerra con igualdad, cuando no con ventaja. Los indios del Arauco sólo eran héroes y valientes; pero ni tenían ilustración, ni sabían el arte de la guerra a la europea, y siempre pelearon con desventaja; flechas contra balas y artillería; sin embargo, en el Arauco pagaron los españoles cuantas maldades hicieron en las demás Américas. Miles de españoles murieron a manos de aquellos indios nobles. Cien años porfiaron en conquistar el Arauco, y tantos sin poderlo conseguir. Llegaban a fundar ciudades como la de Concepción y Villalba;(15) establecían en ellas audiencias, gobernadores, obispos, catedrales, etcétera, y cuando se juzgaban más seguros, he aquí una invasión de valientes araucanos que destruían y mataban sus tropas, quemaban la ciudad, saqueaban a todos, y se tenía por feliz el español que lograba embarcarse.
Muchas veces estos ataques no fueron de hecho pensado. Una casualidad los proporcionaba. Cierta vez desembarcaron los españoles una cantidad de lentejas; los pobres indios eran los que, a fuer de esclavos, trabajaban en descargar la nao. Ya habían experimentado el rigor de las viruelas. Cáesele por fortuna de ellos y desgracia de los españoles, una botija, quiébrase, las [sic] ven los indios, creen que eran las viruelas que traían sus enemigos para matarlos, atumúltanse y acaban con la ciudad en pocos días. Esto prueba su ninguna ilustración y su mucho valor.
Caupolicán, uno de los generales araucanos que mató más españoles y era demasiado valiente, fue sorprendido por éstos en su casucha, que era de madera; no tuvo arma más a mano con que defenderse que un mazo, con el que mató muchos enemigos; pero ya herido, tiró un golpe en vago; mas con tal fuerza, que el mazo se encajó entre los tablones de la casa y quedó desarmado, de cuyo momento se aprovecharon los españoles y lo amarraron.
Su mujer, que presenciaba esta triste escena, al verlo atado le dice: "¡Ah, Caupolicán!, yo no quieto ser madre de un araucano cuyo padre se ha dejado vivo aprisionar por esos viles inhumanos." Diciendo esto arrojó lejos de sí a un niño de pecho que tenía en los brazos. La acción no fue cristiana, pero heroica. Éste era el valor de las mujeres.
Otra vez, en una batalla que les dio el general español Villalba, caían en filas los araucanos, y al instante se emplazaban por otros; pero viendo que morían a miles, y que hacían poco daño en sus contrarios por la ventaja de la artillería y arcabuces, comenzaron a flaquear y desordenarse, preparándose para la fuga. Entonces un indito araucano de catorce años, que tenía Villalba como pajecillo, sin temor del peligro, desértase de su lado, y por un nublado de flechas y balas atraviesa el campo, corre al suyo y dice: "¿qué es esto araucanos?, ¿así teméis?, ¿así queréis huir cobardemente? Sabed que ya se le están acabando los cartuchos al enemigo."
Con esta noticia se reaniman los indios, sostienen un poco más la acción, fáltales la pólvora a los españoles, entran al arma blanca y perecen, quedando el campo por los valientes araucanos. ¿Nos presentan las historias griega y romana acciones heroicas semejantes, comparables con las de estos americanos, atendidas sus circunstancias?
Pero para qué alejarnos a tiempos más remotos. En los nuestros, ¿quiénes fueron los valientes campeones y generales heroicos que principiaron y siguieron la grandiosa obra de nuestra libertad? Unos clérigos mimados en los colegios, y acostumbrados a no manejar más armas que los libros. Éstos, estos Hidalgos,(16)Morelos,(17) Matamoros,(18) Torres(19) y otros iguales. Estos héroes, estos hombres divinos, patriotas por esencia, mártires inmortales, defensores de la libertad de la patria, campeones de la razón y la justicia, americanos dignos de serlo, y esclarecidos varones fuertes, fueron los que sembraron y cultivaron la libertad americana. ¡Manes divinos de hombres que no debían morir!, recibid mi tierna memoria y todo mi corazón en justísimo homenaje de mi debida gratitud. ¿Por qué Dios no me dio mil vidas para sacrificarlas por cada uno de vosotros?
Continuará.
Advertencia importante al Superior Gobierno
Es escandalosa la ocultación de armas que se nota por la misma falta que de ellas hay en el ejército. ¿Qué se hicieron tantos fusiles, como tenían los ejércitos del rey, y los ingleses que hizo traer el señor Iturbide?(20) Los capitulados no se los llevaron, los mexicanos no los tienen, ellos no parecen, ¿dónde están? El superior gobierno pudiera promulgar un bando para que todos los que tengan armas, especialmente fusiles, carabinas y pistolas, las presenten dentro de dos días, bajo la pena de ser tratados como traidores a la patria los que las ocultaren.
Pudiera también ofrecer el empleo de capitán efectivo y dos mil pesos(21) a cualquiera que haga un denuncio de una ocultación de veinte fusiles arriba. Estas delaciones son honrosas, porque son hijas del amor a la patria.
Solamente a los soldados nacionales convendría dejarles sus fusiles. Al que no sea cívico, no se le permitirían armas; pues claro está que se debe desconfiar del que en una república no quiere ser soldado de la patria.
También podría el gobierno por solas sospechas catear las casas y aun conventos, donde creyese que hay armas ocultas, sin que en tal registro quebrante la ley, pues ésta permite el allanamiento cuando lo exige la seguridad del Estado, y en este caso estamos. Armas había, no las han embarcado, tenemos enemigos interiores, y ellas no parecen. Alerta.
(1) México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1823.
(3) Veracruz. Cf. nota 41 a Segundo sueño...
(4) castillo de Ulúa. Cf. nota 4 a Ausente el emperador...
(5) Lemour. Cf. nota 11 a Oración de los criollos...
(6) Santa Liga. Cf. nota 4 a Segundo Sueño...
(7) Ajuchitlán del Progreso, En la margen derecha del río Balsas, en Guerrero. Su nombre quiere decir lugar de agua florida.
(8) Huichilac. Municipalidad de Cuernavaca. En una época fue estación de diligencias.
(9) Guadalajara. Cf. nota 19 a Felicitación y reflexiones...
(10) Durango. Estado de la República Mexicana. Sus actuales límites son: Chihuahua al noreste; Coahuila al noroeste; Sinaloa al este; Zacatecas al oeste; al sureste Nayarit, y Jalisco al suroeste. La ciudad de Durango fue fundada en 1563 por Alonso Pacheco, y fue erigida en Villa con el nombre de Guadiana. Poco después se le dio su actual nombre. Formaba junto con Chihuahua, Sonora y Sinaloa la provincia de Nueva Vizcaya.
(11) Citado también en El Pensador Mexicano núm. 1 del tomo III. Obras III, op. cit., p. 380.
(12) Horacio Cocles era un personaje admirado por Fernández de Lizardi, según lo manifiesta en el número 8 del tomo II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán. Obras V, op. cit., p. 352.
(13) la regala. Ocasionalmente Fernández de Lizardi utilizó el laísmo.
(14) Véase E1 Arauco domado de Pedro de Oña y La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga.
(15) Fernández de Lizardi confunde nombres. Se refiere a la ciudad de Valdivia, fundada por el conquistador Pedro de Valdivia.
(16) Hidalgo. Cf. nota 12 a Vida y entierro ...
(17) Morelos. Cf. nota 37 a Segunda defensa ...
(18) Matamoros. Cf. nota 11 a Los curiosos quieren...
(19) Torres. Cf. nota 39 a Ataque al castillo...