SUPLEMENTO EXTRAORDINARIO
A EL PENSADOR MEXICANO
Martes 12 de octubre de 1813(1)
Est modus in rebus: sun certi
denique fines,
quos ultra citraque nequit
consistere rectum.
Horacio
Disertación sobre el artículo comunicado al Redactor general de Cádiz, y reimpreso en México en este presente año.
Destruir los abusos, declamar contra los errores conocidos y refutar las preocupaciones perniciosas a la sociedad no sólo es liberal, sino laudable; pero elegir para esto las expresiones más agrias del idioma, abultar los delitos hasta el exceso y denigrar con los más vivos coloridos una corporación tan respetable como el clero, me parece no conforme a la cristiana moral que profesamos.
Yo no dudaré un momento que el autor del artículo comunicado es no sólo buen cristiano, sino buen español, y acaso el amor de su patria y el más vivo celo por su religión le acaloraron la pluma y le hicieron verter algunas expresiones no muy gratas al clero ni muy acomodadas a oídos piadosos.
Igualmente conozco que el dicho autor no es aprendiz en la literatura; venero sus talentos y hago la debida salva a su celo, instrucción y patriotismo; pero nada tengo que hacer contra el escritor y sólo algunas expresiones vertidas en su papel serán el objeto de mi presente y ligera disertación.
La generalidad con que habla del clero, la dureza de su estilo y una que otra cosilla que estampó no muy conforme a la verdad, me impelen a formar este desaliñado análisis.
"Respeto mucho al estado eclesiástico", dice el autor en la página 2, "amo a mi patria, amo sus leyes, amo la Constitución..." Pues yo digo lo mismo, y este amor me hace emprender una fatiga que acaso es demasiada para mis débiles fuerzas; pero hay cierta clase de trabajos en que debe perdonarse la languidez del estilo y doctrina por la buena voluntad que lo inspira, como decía Ovidio:
Si desint vires, tamem est laudanda voluntas.
Tampoco dejo de advertir que el autor confiesa, después de declamar contra los abusos del clero, que "es preciso segregar del número que constituye al clero a algunos de sus individuos...", con cuya excepción parece que pretende salvar la generalidad con que se explica en todo su papel, como veremos; pero aun cuando ésta lograra alguna indulgencia, no sé cómo la merecería el estilo cáustico e insultante; con que se profiere.
Que en el clero hay abusos es innegable; que hay individuos inmorales y escandalosos es evidente; que todo esto necesita de reforma ¿quién lo duda? Hasta aquí estamos de acuerdo; y no sólo, sino que voy a esforzar muchas verdades de las que dice. Yo jamás he reñido con la justicia; mucho menos me cautiva la adulación, ni sirvo al partido. Lo cierto es cierto, y lo malo, abominable; pero bien se pudiera refutar el error sin agraviar al que yerra.
Hay abusos en el clero; ¿y en qué corporación no los hay? Hay individuos perniciosos; ¿y dónde faltan? ¿Dónde se ven más ladrones, más desenfrenados e inmorales que en la tropa? ¿Y por esto será lícito declamar contra una corporación que sostiene el mismo tiempo el trono y la religión, y que defiende al Estado y protege los intereses y propiedades del ciudadano? De ningún modo. Los vicios de algunos malos, aunque sean muchos, no infaman el total del cuerpo a que pertenecen. Por más que en un ejército haya cuarenta ladrones, diez homicidas, doscientos drogueros y petardistas, mil concubinarios, etcétera, no será lícito ultrajarlo haciendo del mismo regimiento la pintura más abominable en general; ni bastaría para escudarse decir que hay algunos buenos, porque siempre la nota recaerá sobre todo el cuerpo, pues la bondad de algunos no lava la ignominia que se imputa a todos los más. Así que no es suficiente la excepción del autor citado para que no se le note que habló con una generalidad y un tono nada conforme a los sentimientos de su patria, siempre católica y distinguida veneradora del estado eclesiástico.
Que esto es así queda probado, y se robustece más la prueba citando sus mismas expresiones.
"Esos campeones como ellos se creen...", dice en la página 3. Si por campeones del altar entendemos los que ofrecen en el propiciatorio la víctima inmaculada, que es lo que debemos entender, ya se ve que la ironía no se limita a veinte ni treinta clérigos, ni a ningún número determinado, sino a todos; ni menos habló sólo con los clérigos de sotana: los frailes entran en el clero igualmente y son parte de él. Tampoco se distinguen lo más malos de los buenos en el sonido de la proposición, pues los buenos y los malos consagran, los buenos y los malos predican, y todos entran a la parte de esta ingrata ironía. ¿Y este modo de hablar no es general?
En la página 5 se lee: "Sólo grita y se conmueve el clero; el clero, que se cree pertenece a una república aparte; el clero que quiere constituir una distinta y superior jerarquía; el clero, que no dando entrada en sus concilios a los seglares, se intrusa en los congresos y asambleas políticas..."
Después de estas generalidades repetidas, dice el autor, a fojas 5, que "es preciso segregar a algunos, y que de éstos no habla"; es decir, no habla mal de algunos, sino de todos, que es cuanto puede calificar la idea que tuvo el autor de hablar generalmente. Si hubiera dicho: "hay en el clero algunos ambiciosos, algunos soberbios", etcétera, no se le podía argüir de general; entonces los sarcasmos, injurias e ironías que vierte malas fueran, pero se dejarían entender sobre el menor número; pero exceptuar algunos buenos y barrer con todo el cuerpo no parece arreglado al carácter que debe mantener todo escritor moderado, y más sobre este punto, y más en España cuya firmeza en la fe, pureza en la religión, y respeto al estado eclesiástico, siempre la han distinguido de ortodoxa entre todas las naciones cristianas.
En la página 7 dice: "Es necesario, pues, que el clero conozca que el pueblo español empieza a rectificar sus ideas, que no se deja ya iludir(2) con visionarios pretextos de religión." ¿Con que antes era España ilusa, y sobre asuntos de religión? ¡Pobre nación, que cuando te adulan te ofenden y descreditan! ¡Sí, pues tú has sido la poseedora de tantos santos y doctores, que tan sólidamente te han educado con sus doctrinas puras y te han robustecido con sus ejemplos!
Pero vamos al caso: este conocimiento que se pretende es del clero en general, porque el de cuatro individuos nada importa, ni lo que se trata podía haber sido obra de pocos infatuados, sino de todo un cuerpo respetable y bien recibido cual es el clero.
Pero insistir en que el papel se explica con generalidad, es por demás después de manifiestas sus expresiones y descubierto su sentido. Veamos ahora qué tales son los términos con que se explica.
Ya hemos visto que a los individuos del clero se les dice campeones del altar; pues no es lo más; también se califican de perturbadores de la sagrada creencia... ¡Friolerilla! Prevaricadores, supersticiosos, inicuos, ambiciosos ministros del santuario, instrumentos seguros de la opresión, activos, arrebatados, frenéticos, implacables, hipócritas, orgullosos, impíos, etcétera.
Convengamos, ya lo dije, en que hay eclesiásticos malos y dignos de la más severa corrección: a éstos ni los disculpo ni los defiendo; castíguense en hora buena según los cánones de la Iglesia y las leyes de los soberanos o gobiernos bajo cuya égida vivieren. Al clérigo o fraile que olvidándose de lo sagrado de su vocación y ministerio, se confunde con los seglares en los negocios domésticos, juegos, bailes y tertulias; aquél que, apoyado en la dignidad de su carácter, lo vilipendia, haciéndolo servir de base a sus iniquidades y desenfrenos; al lascivo, al escandaloso, al provocativo, al espadachín, al petardista, al vinoso, al tahúr, al prostituido, al hereje, al motinista, al que alarma los pueblos contra el rey, la patria, la justicia y la religión, al homicida, al incendiario y al protervo, suspéndase; sí, castíguese, sepúltese en una prisión, fórmesele causa según la gravedad de su delito y, si es necesario y las leyes y estatutos canónicos lo determinan, degrádese..., decapítese, para que cortado este miembro podrido, no sufra todo el cuerpo denuestos, imprecaciones e improperios; pero jamás, ¡oh, católicos!, se deslicen nuestras plumas a ultrajar a los ungidos del Señor en los términos que hemos visto, sin abjurar primero la religión de nuestros padres, lo que Dios no permita; pues bien sabéis que aun los malos son acreedores a nuestro respeto y veneración, por más que ellos se lo desmerezcan. Malo es que haya clérigos extraviados; pero peor será que no haya ninguno, lo que fuera muy de temer si a unas plumas demasiado celosas y violentas que los denigran, no hubiera en oposición otras más piadosas que ensalcen a los buenos y traten, no de abatir, sino de corregir a los malos.
¿Quién había de pretender ser eclesiástico si sabía que había de venir a parar en ser el desprecio de los grandes, el objeto de los celos del gobierno y la risa del pueblo? ¿Y entonces...?
Yo no repruebo el que se declame contra los abusos del clero; lo que me choca es el modo, y éste que impugno será para mí inimitable y desearé lo sea para todos.
Juro a Dios que no tengo ni un hermano clérigo, ni un amigo íntimo de la misma clase, ni un solo eclesiástico siquiera me visita, ni a ninguno de ellos debo mi subsistencia. Lo juré y lo juraré cien veces sin faltar a la sagrada religión del juramento. Muchos me conocen, saben dónde vivo y mis interioridades: descúbrame el que sepa que escribo con ultraje de la verdad; y digo esto, porque se vea que estoy limpio de la más leve sospecha de pasión al partido en razón de lisonja o interés, sino inspirado por la verdad, la justicia y la religión.
Para que se vea que ésta mi imparcialidad no se queda en palabras ni es obra de una pasión determinada, voy a cumplir lo que ofrecí al principio de este papel, esto es, voy a refutar los abusos que se notan en la parte corrompida del clero con más energía y solidez que el autor del artículo comunicado, aunque con un estilo muy diverso al suyo. ¡Quiera Dios que el amor propio no me engañe!
Tres son los abusos principales que se dejan ver en la parte lacerada del clero. A saber: un orgullo insufrible, una adhesión declarada al secularismo y una ambición desmedida hacia los intereses temporales; y sobre ellos vamos a tratar.
Por desgracia hay en el clero bastantes eclesiásticos que, apoyados en la ignorancia (que nunca les servirá de disculpa) y sabiendo que la dignidad que los condecora es la más excelente de la Tierra, en sentir de san Pío V, engreídos con este conocimiento, manifiestan algunos un orgullo y una soberbia que se les deja conocer por sobre los manteos y las cogullas. Con este entusiasmo, no es de admirar que los que así piensan se crean superiores a todos los hombres, y generalmente en todo; que se crean merecedores (como lo son) del respeto del pueblo; que traten de separarse de la masa de éste y, pretendiendo (como dice el autor citado) deificarse, hagan cuanto puedan por substraerse de la subordinación debida a las legítimas autoridades.
Pero este error no debe rebatirse con sátiras, sino acordándoles a estos pocos que Jesucristo, el eterno sacerdote según Melchisedec, el fundador de la Iglesia santa, y aquél de quien dimana la autoridad espiritual que gozan los eclesiásticos, y cuyos ejemplos siguen y han seguido los padres de la Iglesia y los sacerdotes arreglados, jamás les enseñó sino la mansedumbre y la humildad: discite a me, quia mitis sum, et humilis corde. Debe advertírseles que el mismo Jesucristo cuando les dio en la persona de san Pedro la potestad espiritual, les entregó las llaves del Cielo y no los bastones de la Tierra: tibi dabo claves regni caelorum, pues también dijo que su reino no era de este mundo. Así que, los sacerdotes sabios y justos, esto es, el clero en su mayor parte y sana, conoce bien que es una quimera la pretensión de los pocos que se creen no sujetos a las potestades seculares; pues san Pablo ha dicho que toda alma está sujeta a ellas; y sobre estas mismas palabras dice san Juan Crisóstomo que a todos se extiende su precepto, a los sacerdotes y a los monjes "aunque seas (dice) apóstol, evangelista, profeta, o seas quien fueres." Jubent ista (verba) omnibus et sacerdotibus et monachis... etiam si apostulus sis, si evangelista, si profeta, sive quis tandem fueris. De aquí se deduce necesariamente que siendo vasallos de algún rey o súbditos de cualquier gobierno, no pueden separarse de la clase de los demás ciudadanos que uniforman aquella sociedad, ni dejar de sujetarse a las leyes que imponen generalmente a todos. Por lo que toca al respeto y veneración particular que estos eclesiásticos exigen del pueblo, es menester confesar que les es muy debida; pero también es preciso decir que ellos mismos con su conducta se la deben merecer, apartándose de la frecuencia y trato de los seglares en aquellos asuntos y lugares donde antes escandalizan que edifican, y aún el común proloquio dice: date a deseo, etcétera, y otro: la mucha conversación, etcétera.
¿Qué respeto ni veneración se granjeará un eclesiástico por su carácter, pero totalmente secular por su traje y costumbres? Un sacerdote... (no quisiera decirlo), un sacerdote vestido de currutaco, con su echapacá, su casaquita rabona, su sombrero de empanada, sus herraduras, su varita y sus pomadas; que jamás se sienta en un confesionario ni sube al pulpito; que si dice una misa es de munición; que se le ve constantemente en el Portal, en los juegos, en los bailes y en los estrados, desempeñando finamente los oficios de gurrupié,(3) bastonero y cortejo... Un sacerdote de esta clase, pregunto, ¿podrá quejarse con justicia de que no se le guarde el respeto debido a su carácter? Pues por desgracia vemos que no faltan entre nosotros algunos de estos eclesiásticos prostituidos. No deben, pues, lastimarse de los desprecios que sufren, porque se deben verificar como anatemas del Señor en castigo de sus extravíos. "Vosotros (les dice por su profeta) vosotros, os habéis apartado del verdadero camino y habeis escandalizado a muchos acerca de la observancia de la ley... por lo que yo os he hecho despreciables... a todos los pueblos": Vos autem recessistis de via, et escandalizastis plurimos in lege... propter quod et ego dedi vos contemptibiles... omnibus populis. Malachías, capítulo 2.
¿Qué diremos de la ambición que en algunos se nota por los intereses temporales? Llenos de honores, habilitados de rentas y beneficios, siempre ansían por el aumento de honores y riquezas sin acabar de satisfacer el vacío de su corazón. ¿Pero éstos serán acaso los pobres curas y vicarios de los pueblos que, acosados de las intemperies de los climas, estacados en un caballo, andan de aquí para allá ocupados en la administración de los Sacramentos y ejercitando loablemente los oficios de padres y pastores? No pueden ser; ni menos aquellos pobres, que careciendo de ciencia para lucir y hostigados por la necesidad, han tomado iglesia y con harto dolor y sentimiento nuestro viven de sus misas como un artesano de su jornal, en expresión del marqués de Caracciolo.(4)
¿Pues de quiénes se deberá entender esta ambición de que (con otros muchos) se escandaliza el autor del artículo comunicado? Ya lo dice él mismo. De los obispos y canónigos. "¿Son de institución divina (pregunta en la página 5) las catedrales, canonjías, arcedianatos y otras dignidades, que sólo parecen creadas para fomentar la vanidad y altivez tan ajenas del sacerdocio? ¿Les mandó el Señor (a los eclesiásticos) que fuesen a ser canónigos y ocupar una silla en un coro para recibir por este fatigosísimo trabajo tres, cuatro, cinco, seis, veinte o treinta mil ducados? Conque parece que en esta clase de ministros halla la ambición que escandaliza. ¿Y dirá verdad? ¿Tendrá razón en esto? ¡Ojalá y no fuera tan cierto, y este autor fuera el único que hubiera tocado este asunto! Pero es inconcuso que en todos tiempos ha tenido la Iglesia declamadores contra él.
Verdad es que ni todos los obispos ni todos los canónigos han sido esponjas de los pueblos: muchos, muchísimos, han recibido sus rentas para invertirlas entre los pobres, en quienes han hecho consistir, como san Lorenzo, los tesoros de la Iglesia. ¡Loor y prez eterno a tan dignos como apreciados eclesiásticos!
Pero la virtud de unos no defiende la ambición de otros. Convengamos en que, después de serenadas las tempestades de la Iglesia, después que a la sombra de los emperadores del oriente comenzó a respirar triunfante de las persecuciones que la afligieron, fue necesario que se manifestara a los pueblos con aquella brillantez y decoro que las caracterizaba la única, la santa, la ortodoxa, la romana, y que en este sistema no era decente a sus prelados presentarse con el grosero traje de san Pedro ni vivir en la gruta de san Silvestre. Pero y qué, ¿es lo mismo decencia que lujo? ¿Es lo propio comodidad que desperdicio? ¿No son escandalosos los sueldos de los obispos y las rentas de los canónigos? ¿Acaso por serlo dejan de ser ministros del santuario, sacerdotes de Dios, depositarios de los bienes de la Iglesia y ejemplos de humildad, modestia, caridad y moderación? Porque la liberalidad de los emperadores, reyes y potentados haya instituido las catedrales y enriquecido a sus prelados y capellanes con gruesas rentas, ¿dejarán éstos en cumplimiento de su instituto de estar obligados a arreglarse al Evangelio, a evitar todo fausto y ostentación y a socorrer a los pobres y necesitados hijos de la Iglesia, que son los dueños legítimos de los tesoros que poseen? ¿La paz y tranquilidad de la Iglesia, ni la liberalidad de los príncipes ha podido relajar la pureza primitiva de las costumbres del clero? Cuando la mayor parte de éste se mantenía de legumbres, no vivía con mujeres, ni aun con sus mismas madres y hermanas por prohibición del Concilio Niceno, canon 3; cuando los obispos jamás dejaban de explicar las santas Escrituras ni celebrar el santo sacrificio todos los domingos; cuando él y sus sacerdotes se ocupaban en instruir a los catecúmenos, exhortar a los penitentes, consolar a los enfermos y reconciliar a los enemigos; cuando el obispo disponía absolutamente de todo el tesoro de la Iglesia, fiscalizado, digámoslo así, de los clérigos, y nunca se temía usase mal de él, pues a la menor sospecha jamás le hubieran confiado el gobierno, antes sí, satisfechos de su conducta, al obispo era a quien llegaban todos los necesitados; él era el padre de los pobres y el refugio de todos los miserables, como nos acuerda el señor Fleuri.
¿La tranquilidad de hoy, vuelvo a decir, y la munificencia de los príncipes ha podido justamente entibiar o extinguir el primitivo fervor de la Iglesia en sus ministros? Entonces no se conocían canónigos, deanes, arcedianos, magistrales, doctorales, penitenciarios, racioneros, etcétera, y la Iglesia florecía, la Iglesia daba innumerables santos a los cielos y la Iglesia militante era amada de cuantos la trataban de cerca. Ahora vemos todo lo contrario; de aquel fervor apenas ha quedado la noticia. La falsa filosofía, la corrupción del siglo, el fausto, el lujo, la ambición en los que debían dar el ejemplo de la caridad, humillación y desinterés han alarmado las plumas de los impíos y traído sobre nuestras cabezas la befa y el escarnio de las naciones más remotas.
¿Qué razón hay para que a expensas de la liberalidad de los príncipes, de la paz de la Iglesia y del subsidio de los pueblos enriquezcan algunos obispos y dignidades, olvidándose de que son los mayordomos y repartidores de los pobres? ¿Por qué ha de ser fuerza que un obispo, que un dean, que un canónigo, mantengan coche, costeen libreas, habiten palacios magníficos, ostenten, si se ofrece, mesas de estado, crujan sedas y gasten con profusión en otras cosas tal vez menos decentes?
¿Qué necesidad hay de que un obispo tenga coche, lacayos y multitud de criados y familiares? ¿Lo que se disipa en este lujo y vanidad, no estuviera mejor empleado y con más mérito ante Dios en socorrer a tanto manco, ciego, baldado y miserable que gimen en pos del socorro y que a gritos manifiestan su indigencia?
No se quiera decir que este lujo es necesario para la ostentación de la dignidad, éste es un sofisma muy débil. ¿Qué coche tuvo san Agustín? ¿De qué color eran las libras de san Basilio? Qué digo, ¿qué coche tuvo el ilustrísimo y venerable señor Aguiar y Seixas,(5) dignísimo prelado de esta santa Iglesia? Cuando se le ofrecía este mueble, se lo franqueaban gustosos los ricos de México (y lo mismo harían siempre con iguales prelados). Su pectoral era de palo, su ajuar ninguno, sus limosnas cuanto tuvo, y ni su camisa se halló segura de su caridad, pues muchas veces la arrojó a los pobres por los balcones de su palacio; su pobreza fue tan evangélica que no conocía el valor de las monedas... ¡Oh, nombre digno de contarse entre los de los Ambrosios y Paulinos!, de quienes dice el señor Masillón(6) que "al despojarse del vestido secular, se desnudaron de todas las vanas distinciones que sólo el mundo debe conocer". Pero estos prelados santos, pobres, a pie, sin coche ni cortejos, ¿vilipendiaron la dignidad de su clase o antes merecieron la sincera veneración de los pueblos y el respeto y estimación de los reyes y emperadores de su siglo?
Auméntese las mitras, disminúyanse los crecidos honorarios de éstas y las dignidades, y sobrarán obispos ejemplares, solícitos curas y feligreses bien doctrinados. Refórmese el número excesivo de eclesiásticos, y serán los que haya mejores, más apetecidos y respetados de los pueblos; porque, como dice el citado Caracciolo: "el clero no es menospreciado sino porque tiene demasiados sacerdotes." "En la primitiva Iglesia —dice el señor Fleuri— era cosa regular postrarse delante de los sacerdotes, cercándolos para besarles los pies, esperando su bendición." ¿Y por qué tan ansiosos respetos? Porque eran muy pocos. En tiempo del papa san Cornelio (dice el mismo autor) "el año 250 de Jesucristo, tenía solamente la Iglesia romana cuarenta y seis sacerdotes y ciento cincuenta clérigos en todo, con ser un pueblo innumerable." Concluiré este párrafo con las palabras del citado marqués. "Yo quisiera (dice) que el clero, tan respetable por su dignidad, se hiciera igualmente respetable por sus costumbres, y que no se diera motivo ni a los herejes para preservar en sus errores ni a los libertinos para vivir en su irreligión." Y yo añado: ni a los impíos para vituperar el Estado mi malquistar a sus individuos.
Hasta aquí parece que, lisonjeando el gusto del autor del artículo comunicado, he esforzado su impugnación; pero algunos malos individuos del clero no son el clero, así como algunos cristianos relajados no son la Iglesia.
Ni esta clase de periódico ni mi intento permiten difundirme en un exacto análisis del referido papel; pero tocaré algunas de sus expresiones, pues ellas mismas excitan sobre su reflexión.
En la foja 4 se lee que
son irregulares por los cánones y concilios los eclesiásticos por el ejercicio de la caza, por la asistencia de los teatros, fiestas profanas y luchas de toros; por la intervención y manejo en los negocios seculares...
No sé que haya tal irregularidad por estas inobservancias. Los cánones 4 de Epaona, diocesano de Bellay [sic], 3 de Asbourg [sic], 7 de Mompeller [sic] con los Concilios de Nantes y Milán, Germánica, Saltzburgo, Cartago, de Laodicea, 3 general de Letrán, etcétera, etcétera, prohíben a los clérigos las diversiones y ejercicios que cita el autor; pero en ninguno he visto anexa la pena de irregularidad. Debemos advertir que los antiguos concilios prohibieron muchas cosas que hoy se permiten, porque en esto conformaron sus cánones o estatutos con el vigor de la disciplina eclesiástica de sus tiempos. Así es que vemos muchas prohibiciones que comprehendían no sólo al clero, sino a todo el resto de los fieles. Tal es, verbigracia, la que tenían los cristianos de bailar en las bodas por el Concilio de Laodicea; la que tenían por el Concilio de Potiers para que no fuesen admitidos a los órdenes sacros los que no fueran hijos legítimos; la del Concilio de Colonia contra el fausto y pompa de los entierros; la del Concilio de Tribur que mandaba no se exigiera nada por las sepulturas, ni éstas fueran en los templos, y otras. Pero la Iglesia santa, revestida de la piedad de madre, o nos ha dispensado o tolerado la inobservancia de estos cánones, atendida la humana miseria y la tibieza de los siglos corrompidos. ¿Querremos, pues, que de este indulto no gocen los eclesiásticos, cuando a los seculares se nos concede tan amplio?
Fuera de esto, no es lo mismo prohibición que irregularidad. La primera es un precepto negativo, y la segunda es una pena aplicada por la infracción del precepto. La irregularidad es "una pena que priva al secular de recibir órdenes sacros y al eclesiástico de ejercer las funciones de los ya recibidos." Diez son las irregularidades del delito, y en ellas no encuentro por tales los ejercicios de la caza, asistencia a los teatros, etcétera, que dice nuestro autor.
Pero dejemos de tanta escrupulosidad y díganme: si estos ejercicios y diversiones son crímenes que llevan consigo la pena susodicha, ¿cómo es que se ordenan sin dispensa, tantos seculares que asisten con frecuencia al Coliseo, a los bailes, a los toros y a la caza? Una de dos: o los obispos no saben su obligación, o no hay tal irregularidad por estas cosas, que es lo cierto.
También se lee en la foja 5, que "el clero se ha intrusado(7) en los congresos y asambleas políticas no dando entrada a los seglares en sus concilios". Aquí me parece que el autor se equivoca seguramente. El pueblo autorizado por el Soberano Congreso de las Cortes ha elegido y mandado a ellas a sus diputados eclesiásticos, y ¿podrá esto llamarse con verdad entrometimiento? ¡Primera desgracia! Segunda: ¿se le olvidaría al autor que en el primer Concilio General de Nicea asistió en persona el emperador Constantino; en el de Aquisgrán, Carlo Magno y varios señores seculares; en uno de Antioquía, el emperador Constantino; en otro de Chelchyt, en Inglaterra, se halló Cuenulfo, rey con varios señores; en el que Cloveshou, el rey Ethebaldo con los grandes del reino; en Coyac, diócecis de Oviedo, en España, se hallaron el rey de León Fernando I y la reina doña Sancha; en concilio celebrado en Astorga asistió el rey don Ramiro I en compañía de muchos hombres bien nacidos; en otro de la misma parte asistió don Ramiro III juntamente con su tía doña Elvira; en uno de Auranches estuvo Enrique II de Inglaterra; en el de Coblents asistieron cinco reyes y treinta y tres señores seculares; en el de Jaca en Aragón se halló el rey don Ramiro; en dos de Letrán de 1112 y 16 hubo multitud de seglares; en uno de Oviedo de España asistió Alfonso III con la reina y sus hijos; en otro de León asistió Alfonso V; en uno de Lieja asistió el rey Lotario con su esposa; en uno de Londres asistió el rey san Eduardo; en otro de Orleans, el rey Roberto y la reina Constanza; en uno de París, Enrique I; en una asamblea eclesiástica de la misma ciudad estuvo Felipe el Hermoso con varios condes, duques y muchos señores del reino; en uno de Pavia asistió el emperador Luis; en el quinto de Toledo asistió el rey con muchos señores principales; en uno de Placencia, año de 1095, celebrado por Urbano II hubo doscientos obispos, cerca de cuatro mil clérigos y (lo que hace al caso) más de trescientos mil seglares, de modo que fue preciso que la asamblea se juntara en el campo... Pero ¿para qué es cansarnos? En el último Concilio General de Trento se hallaron a nombre de los emperadores, reyes y señores de la cristiandad muchos seculares embajadores o apoderados; y así asistieron seglares de parte del emperador de Alemania, de los reyes de España, Francia, Portugal y Polonia, de la república de Venecia y de la parte del duque de Saboya...?
No solamente han tenido entrada los seglares en los concilios de los eclesiásticos, sino que los mismos reyes infinitas veces los han convocado, y hasta en sus mismas casas se han celebrado. Se puede decir que jamás han faltado seglares en estas respetables asambleas. En los cuatro concilios que se han celebrado en esta ciudad ha habido, por lo menos, un señor ministro secular con el título de asistente real, y éste no ha ido a ocupar el asiento por ceremonia, sino a discutir, fiscalizar y reprobar lo que no le ha parecido conforme a las regalías o bien del estado.
Conque, sin duda alguna, el autor del artículo comunicado no tuvo noticia de estas cosas, o se le olvidaron. De otra manera, ¿cómo podía afirmar a boca llena que el clero no da entrada en sus concilios a los seculares?
En la foja 5 se pregunta cómo con admiración "les fue por éste (derecho divino) señalada la cuota de los diezmos." Supongo que lo que se dudará únicamente será el derecho de la designación de la cuota, porque dudar si la institución de los diezmos es de derecho divino, sería mucho ignorar; y entonces, bastaría leer los capítulos 18 del Éxodo y 12 y 14 del Deuteronomio. No sólo son de derecho divino, sino natural. Escrito está que al buey que trilla no se le ate la boca. Los concilios generalmente así lo tienen declarado, y el santo de Trento dice que:
no se debe tolerar sin castigo a los que procuran con diversos artificios substraer los diezmos que deben recibir las iglesias. El pago de los diezmos es una deuda que se debe a Dios; y los que rehúsan pagarlos o impiden que los demás lo hagan o roban el bien ajeno; por tanto, ordena el santo Concilio a todas las personas que están obligadas a pagar los diezmos, de cualquier estado y condición que sean, que en lo sucesivo paguen enteramente los que deben de derecho, ya a la Catedral u otras iglesias o a cualesquiera personas a quienes se deban legítimamente; que los que lo substraen o impiden que se paguen sean excomulgados y no sean absueltos hasta después de una entera satisfacción.
Sesión 25, canon 2.
Pero suponiendo que la duda no es sobre el derecho de pagar los diezmos, sino sobre si es de derecho divino la tasación de ellos. Digo que no; pero sí de precepto eclesiástico, de conformidad con la costumbre recibida de los pueblos. Mas, así como no estamos obligados únicamente a obedecer lo que se nos manda por precepto divino, sino igualmente lo que se nos ordena por el eclesiástico, se sigue que debemos pagar los diezmos por derecho divino y sujetarnos a la cuota establecida por los respectivos diocesanos, según el precepto eclesiástico.
Conclusión
Confesemos de buena fe que hay abusos en el clero; que hay ministros indignos por sus relajadas costumbres de ofrecer en el santuario el sagrado thymiama; que éstos excitan sobre si la execración de los pueblos conforme al anatema del Señor; que los delincuentes son dignos del castigo; que toda alma debe estar sujeta a las potestades seculares; que los clérigos son tan ciudadanos como los demás y, por consiguiente, deben toda subordinación a las autoridades legítimas. Pero asimismo confesemos que el clero, o por mejor decir, el sacerdocio, es la suma de todas las honras de la Tierra en sentir de san Ignacio mártir, y que excede en dignidad a los reyes tanto como el oro al plomo, en expresión de san Ambrosio. Por tanto, este estado es acreedor a nuestra mayor veneración, y los mismos reyes emperadores nos han dado el ejemplo en esta materia, mereciendo por ello la retribución del Señor. Grandes fueron Alejandro y Constantino, y grandes también Carlos y Teodosio, pero igualmente fueron grandes apreciadores del estado eclesiástico.
Bien está que los eclesiásticos malos ni pueden ni merecen disculparse, pero tampoco nos es lícito denigrarlos. No los imitemos; no aprobemos sus vicios; oremos a Dios por ellos y dejemos a los pontífices, a los obispos, a los reyes y a las autoridades competentes el derecho de corregirlos y castigarlos; pero no los vilipendiemos jamás porque son malos. Contentémonos con declamar en tono fraternal contra los abusos del clero; pero no mezclemos sátiras, chocarrerías, ni expresiones insultantes contra él, y acordémonos que el mismo Jesucristo dijo que el que desprecia a sus ministros, a él propio desprecia. Qui vos spernit, me spernit.
Por último, la patria, la invicta nación española, la distinguida siempre por su catolicismo, religión, moderación, humanidad, política y justicia sabrá usar oportunamente de la clemencia y energía. Sí, ella sabrá corregir los abusos del clero sin ultrajar al Estado; ella sabrá separar de su seno a los díscolos, y sabrá (salvo una gravísima necesidad) castigar sin sangre a los eclesiásticos delincuentes, atrayéndose de este modo el temor de los inicuos, los votos de los justos y las bendiciones del Cielo.
El Pensador
La carestía del papel y costos de imprenta no permiten dar éste gratis a los señores subscriptores.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(3)gurrupié. Gurupié: el que en el juego del monte reproduce en otro lugar de la mesa, con cartas despuntadas, el albur que saca el tallador, para que le vean los apuntes distantes y hagan allí sus apuestas, paga las que gana y suple las que pierde, y a veces suple al tallador. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(4) marqués de Caracciolo. Cf. t. II, núm. XIV, nota 7.
(5) señor Aguiar y Seixas. Francisco Aguiar Seijas y Ulloa (¿-1698). Arzobispo español en México. Se distinguió por la construcción y fundación de centros benéficos.
(6) el señor Masillón. Probablemente se refiera a Juan Bautista Masillón (1663-1742). Escribió los diez sermones con el nombre de Petit Carême que pronunció en 1717 ante Luis XV.
(7) intrusado. De intrusarse: apropiarse sin razón ni derecho de un cargo, autoridad o jurisdicción. Cf. Santamaría, Dic. mej.