SUPLEMENTO EXTRAORDINARIO
A EL PENSADOR MEXICANO(1)
(Gratis a los señores subscriptores)
Miércoles 26 de enero de 1814
Contestación a la crítica que sobre el número 18 del periódico titulado. El Pensador se halla estampada en los diarios 18, 19 y 20 de enero de este año.
Señor Dialoguero: Vaya este bizcochito para hacer boca antes que salga usted del café:
No hay que abatirse,
noble cuadrilla;
valemos mucho
por más que digan.
(Así gritaba la
lagartija,
según Iriarte
nos acredita)
¿Y querrán luego
que no se engrían
ciertos autores
de obras inicuas?
Los honra mucho
quien los critica.
No seriamente;
muy por encima
deben notarse
sus tonterías,
que hacer gran caso
de lagartijas
Es dar motivo
de que repitan:
valemos mucho,
por más que digan.
[Iriarte, fábula 57.]
¿Qué tal? ¿Ha estado sabroso el bizcochito? Pues serénese usted, eche un traguito a mi salud,(a) chupe un cigarrillo y tenga un poco de paciencia, ya que ha buscado tres pies al gato.
El primer papel de usted lo contesté, o por mera diversión, o por haber usted sido el primer criticastro que salió de su cocina para impugnarme; porque reparé que si miraba sus tareas con un silencioso desprecio, el público menos avisado diría: "¿Qué tal? El Pensador habla y ha hablado a tintín de boca porque no ha habido quien lo impugne; pero ahora que ya encontró la suela de su zapato con el señor Arquitecto se ha callado la boca como un puto, y no se atreve a chistar palabra."
Esta consideración agitada por el amor propio no me dejó despreciar la crítica de usted como debía. Sin embargo, ahora, ya asegurado de que me había sacudido bien (según dicen por ahí), pensaba el no contestar a ésta ni semejantes críticas sino con el silencio; mas habiendo usted prendido mi opinión en lo más noble en sus últimos papeles, no puedo menos de indemnizarme de las groseras notas que usted me imputa, aunque sea muy por encima como aconseja Iriarte, porque no sea que usted y los que tienen semejantes se envanezcan y griten con las lagartijas:
Valemos mucho
por más que digan.
Las objeciones que usted presenta (número 18 del Diario) para que no se puedan gravar los coches son tan fútiles, despreciables y apoyadas sobre supuestos tan ridículos y faltos de verdad, que no merecen rebatirse ni por encima. Baste decir que, aunque usted diga que "deben mirarse los coches con respeto", algún día hablaré seriamente sobre esto sin tenerles ninguno, y veremos si se escapan de contribuir al bien público de la sociedad, ya que nosotros los de infantería no nos escapamos de sufrirles su ruidera y embarazo. Vamos a lo principal.
Usted se ha tomado el ímprobo empeño de indemnizar a nuestros paisanos de los defectos característicos que los distinguen de los demás pueblos de la Europa. A mí me agrada desde luego ver a usted tan decidido en favor de nuestra patria, pero lo quisiera más decidido siempre en favor de la verdad, pues como he dicho en el mismo número 18 que usted impugna, "el amor de la verdad prefiere al de la patria, y éste no consiste en adular los vicios de los paisanos, sino en ridiculizarlos para que los detesten".
Vanas serán siempre nuestras defensas y débiles nuestras apologías mientras, o no cerremos los ojos al mundo que nos observa, o no nos enmendemos de los defectos que nos critica.
Por desgracia, la ignorancia, el orgullo, el desperdicio y la desunión, peor que todo, constituyen el carácter de los americanos (envueltos estos defectos con otras bellas prendas, como he dicho y repito), pésele a usted y a otros como usted o no les pese. Tanto así dista mi carácter de lisonjero que no sé lisonjear ni a mis paisanos. Yo estoy seguro de que los americanos sabios me aman y estiman mis producciones porque las conocen apoyadas en la justicia y verdad: ¿qué tengo, pues, que entumecerme por el desprecio y mal agradecimiento de cuatro pedantes, que hacen consistir el amor de la patria en adular y hacer pasar por virtudes los mismos vicios que la afean, y sin los cuales podrían alternar con las ciudades más cultas de la Europa?
Nuestra ignorancia en evidente hasta lo sumo, y si no, ¿a que no celebra usted conmigo una apuesta pública? Soy pobre y no puedo apostar sino dos onzas de oro; pero éstas se las apuesto a usted a que no admite el trato que le voy a hacer, y es éste: usted y yo nos ponemos en la calle que usted elija de la ciudad, y por cada uno de los criollos que pasen enfrente de nosotros que sepan leer y escribir bien, le doy a usted un real; y por cada uno de los que ignoren esto, me da usted a mí medio real. Vaya, admita usted el partido, y como sean más los que estén instruidos en estas bagatelas que los que no, venderé de buena gana el último tuniquito de mi mujer para pagar a usted la ganancia de su apuesta; pero así estoy tan seguro de que usted la admita como de perder el carácter baptismal.
En lo tocante a la ignorancia de nuestros paisanos, yo mismo he dicho que es por educación, no por naturaleza; es decir, los he disculpado, y así, usted ahora no ha hecho ninguna gracia ni puede sindicarme lo mismo que usted confiesa. Pasemos al orgullo.
La altivez y orgullo de las naciones, cuando se acompaña del valor y del amor a la patria es recomendable, altivos fueron los romanos y los griegos, y orgullosos han sido por carácter los españoles; pero mezclado este defecto con aquellas virtudes, ¿cuántos admirables efectos no han producido en todos tiempos de valor y de amor patrio, por los que han merecido el renombre de héroes en las historias?
Yo no condeno a esta clase de orgullo porque en cierto modo lo pule y mundifica el amor de la patria; hablo, sí, contra aquel orgullo rastrero y superficial que se halla en los más de nosotros: aquel orgullo con que Pedro, por ejemplo, si tiene cuatro reales, ve con el mayor abandono, no sólo a sus paisanos, sino a sus hermanos cuando éstos han tenido la desgracia de ser pobres, negándoles entonces no sólo los socorros, sino aun aquellas demostraciones de urbanidad propias de todo hombre bien nacido y dignas de practicarse aun con los extraños. Este vicio lo detesto; este orgullo egoísta lo abomino, y ¡oh, cuántos criollos al leer este papel dirán: qué bien dice El Pensador!
Sobre el desperdicio americano cada uno de nosotros es un testigo, y no se puede negar una verdad que abonan los muchachos.
Pasemos a probar que han sido, son y, si no vuelven sobre sí y se enmiendan, serán eternamente desunidos, y que todas las reflexiones que usted hace para disculparlos de esta nota son muy falsas y someras. Si pruebo esto, usted no puede pedir más. Vamos a ver los tristes apoyos de la defensa de usted.
Señala usted por causales de nuestra desunión (Diario de 18 de enero).
1. El mal gobierno antiguo de la España sobre este Continente.
2. (Diario del 19) Las distinciones de clases y condiciones en el estado llano por la desigualdad legal de las personas y las preeminencias y preferencias que han gozado unas sobre otras, las cuales nos tenían divididos en bandos y partidos y causaban una complicada rivalidad.
3. (Diario, id.) La estrecha alianza de algunos europeos.
Sobre este trípode miserable resuelve usted con la mayor satisfacción, y emprende la defensa de unas tachas y notas que por desgracia no podemos desmentir, y que usted mismo asegura (Diario, 18) "haberlas su nación(b) atraído con infamia".
Es verdad innegable que el antiguo gobierno trabajó cuanto pudo por cerrarnos las puertas para los empleos, y atarnos las manos para los arbitrios. Esto mismo no sólo lo dije, sino que lo probé en los números 7 y 8 de mi primer tomo; pero ¿qué sale de ahí? Que aquéllas eran unas disposiciones mezquinas e impolíticas con las cuales se perjudicó el reino sin aprovecharse la Península. Esto y nada más se deduce; pero inferir nuestra desunión por aquel mal gobierno es la mayor preocupación que he visto.
Usted me citará muchas reales órdenes, autos acordados, leyes y bandos que prohibían sembrar lino, plantar viñas, hacer papel, etcétera, etcétera; pero no me citará una sola que prohibiera que nos amáramos y que nos socorriéramos mutuamente, lo que era menester para hacernos creer que aquel mal gobierno era causa de nuestra recíproca rivalidad.
No piense usted que el mismo mal gobierno que nos oprimió en América era más suave en la Península. ¿Cuántas gabelas, cuánto subsidio, cuánta pensión no sufrían los pobres españoles? Más que nosotros; pero sin comparación más. ¿Cuántas trabas no tenían los artesanos y gravámenes los labradores? Sin embargo de eso, jamás aquellas malas disposiciones enervaron entre los españoles el amor nacional ni fueron causa de ninguna desunión: ¿y nosotros hemos de persuadirnos (porque usted lo dice) a que el mal gobierno tuvo parte en este crasísimo defecto?
Sepa usted y cuantos piensan como usted que los malos gobiernos hacen descontentos y quejosos a los súbditos, pero jamás llega su poder y autoridad, por más que sea tirana, a desunirlos si ellos no cooperan al efecto.
El segundo apoyo o causal que usted alega para nuestra desunión es tan débil como el primero. Está muy bien que la diferencia de castas en el reino haya influido para la desunión entre sí por aquel disparatado entusiasmo del provincialismo; pero está muy mal que se nos arguya con esta distinción de castas para disculpar nuestra particular desunión, que es de la que se trata. Me explicaré.
Permitamos que el español europeo no se haya adunado como debía con el americano, éste con el indio y el último con el mulato. De aquí lo que se infiere es que cada una de estas castas puede alegar sus disculpas para justificar su desunión respectiva de las otras, pero no para disculpar la suya misma, que es para la que usted había de haber buscado razones sólidas.
Que el español americano no se amiste ni intime con el europeo porque éste lo quiere tratar con orgullo y predominio insufrible, vaya: esto tiene cara de justicia. Que él mismo no se lleve con el indio, o por la rudeza de éste, o porque, contra razón, se ha pensado que los indios nos son inferiores en nacimiento, vaya también, porque hay algunos absurdos disculpables por las envejecidas preocupaciones. Que el criollo, por último, no se adocene con el negro por no perder su estimación, vaya. Es natural que cada uno quiera conservar aquel grado de brillantez con que nació y no perderla por bagatelas; pero ¿qué razón se alega justa para que este mismo número americano que no se amista con el español, ni con el indio, ni con el negro no se amiste tampoco con otro americano español, igual a sí en calidad, en patria y en fortuna?
En ninguna época mejor que en la presente se puede probar más de bulto esta fatal desunión de que hablo: desunión funesta e impolítica, causa de los terribles daños que nos rodean; defecto crasísimo entre nosotros, y para cuya legítima indemnización dudo se encuentren disculpas sólidas y razonables.
El tercer apoyo, o sea, causal, que usted supone de nuestra desunión es tan trivial y falso como los anteriores, pues consiste en decir que "la estrecha alianza de algunos europeos fue continuamente causa de muchos perjuicios". Si al escribir esto tuvo usted presente lo que impugnaba y defendía, ¿quién duda sino que en esta alianza se figuró usted una parte causal de nuestra desunión? Y a la verdad que aquella alianza jamás pudo influir en nuestra desunión, antes por aquel ejemplo deberíamos haber reglado nuestras conducta e imitarlos en su amistad.
Dice usted (Diario, 19): "Por ella (la alianza) se sostuvo mucho tiempo el monopolio: ella gobernaba el Estado y ella, en fin, puso a la patria en peligro de perderse." Confieso que no hallo en estas expresiones cosa que concluya al asunto de la impugnación; antes sí; mucha obscuridad o (como suele decirse) mucha paja. Si esta alianza que usted llama "estrecha" entre "algunos", es el fraude o la intriga de estos algunos, ¿en dónde falta? Si ella sostuvo entonces el monopolio, ¿qué cosa lo sostiene hoy todavía en tantas partes del mundo? Hasta las tortilleras de la plaza celebran estas alianzas cotidianas. Si entiende usted por alianza no la intriga, sino la unidad de voluntades, y en esta inteligencia dice que "ella gobernaba el Estado", en el mismo caso nos hallamos ahora, y aquí lo que se debe atender no es a si se hallen muchos ánimos uniformes en la gobernación, ni a si a ésta es liberal o tirana. Finalmente, si por esta estrecha alianza de algunos europeos entiende usted la codicia, la cábala y la maldad de un privado coludido con muchos lisonjeros, y por eso dice usted que "puso a la patria en peligro de perderse", esto ha sucedido en todas partes, y no ha estado en la alianza, sino en la perversa inclinación de los aliados.
Conque vea usted cómo ninguna de las causales que cita es bastante a indemnizarnos de las groseras y "feas notas" (como usted confiesa) que nos distinguen de otros pueblos.
Para escribir sobre materias tan delicadas es menester mucho tino, mucha penetración y, lo que más importa, desnudarse de toda pasión y no perder de vista la verdad, porque en faltando el equilibrio, por cualquiera parte es peligroso.
Yo no dudo que el amor a nuestra patria y paisanos le hizo creer a usted que yo en mis números anteriores los había ofendido con las verdades que escribí (que a usted se le representaron ponderaciones y calumnias) y por esto se tomó el desgraciado empeño de impugnarme y hacer la apología de los defectos materiales de Catedral, templos, paseos, policía y de los espirituales característicos que noté; pero, amigo, usted se equivocó en su juicio y no acertó en sus defensas, porque contra la verdad no hay razón.
Yo amo a mi patria como el que más; he dado pruebas públicas e inequívocas: siempre que he escrito he tenido delante de los ojos el bien público: por ingratos que sean mis paisanos, no podrán negar haber experimentado algunos frutos benéficos dimanados de mis tareas.
Por mi influjo quizá se concedió la libertad del pan; por él se acabó la gabela escandalosa que pagaban los autores o editores de treinta y seis ejemplares de cada cosa que imprimían; por él se les quitó a los zapateros aquella pensión que tenían de una cuartilla sobre cada par de zapatos. En ese mismo papel hablé contra los exámenes, veedores y demás trabas de los artesanos, cuya libertad acaban de decretar las Cortes; últimamente, por él se nos quitó el estanco o estancos de carbón, abaratando este efecto un cincuenta menos por ciento después del Bando de la materia.
No digo esto por hacer mi apología, sino por hacer ver a usted y a otros ignorantes y desagradecidos que yo jamás trato de explicarme en perjuicio de mi patria, antes sí, de servirla en lo que puedo, y que el verdadero patriotismo consiste en procurar ser útil a los paisanos, no en aborrecer a los españoles sean buenos o sean malos. En esto y en hablar mucho en las cocinas de México creen algunos que estriba el amor de la patria; pero las resultas dicen cuántos yerran. Conque no, señor Arquitecto, la patria necesita de nuestras luces para su ilustración y provecho, no de nuestras alabanzas lisonjeras.
Non iis auxiliis, nec defensoribus istis tempus eget.
Dije que sobre esto, particularmente, es menester escribir sin pasión y con arreglo a la verdad, porque lo demás desconceptúa. ¿Qué juicio harán de usted los que lean en un mismo número suyo (el 19) que nuestra "desunión llegó a ser virtud y la de los europeos vicio?" ¿Quién no ha de reír por un absurdo que "el paisanaje crece a proporción de las distancias en que se juntan los de un propio país", y que por eso se aman los españoles tanto fuera del suyo? A responder contra esta opinión salen en bandadas todos los indios del reino. ¿Usted ha visto gente más unida ni amor nacional más arraigado? Si hacen una fábrica en sus pueblos, todos unidos; si una fiestecita, todos unidos; si una peregrinación, todos unidos; si capitulan a un cura o subdelegado, todos unidos; si un tumulto o pública maldad, todos unidos, etcétera. ¿Y éstos acaso están fuera de su patria? ¿Responderá usted esta retorsión? ¿A que no, eh?
Fuera de esto usted dice (número 19) que "para que fuera justa la comparación, debían ser el otro término los españoles que se hallan en la Península". Pero dígame usted: ¿dónde están los que a costa de su sangre han sacudido el yugo de Napoleón y recobrado su libertad de independencia? ¿Dónde los que en medio de las bayonetas francesas han reformado su gobierno y legislación? ¿Dónde los que se han hecho obedecer a dos mil leguas de distancia? ¿No es verdad que están en la Península como usted quiere? ¿Y todo esto se pudiera haber hecho sin unión? Conque, amigo, no consiste en la esquina, sino en el tendero.
Desengañémonos: los criollos somos una verdadera casta de español e indio, y hemos sabido aprender y conservar los defectos de ambas clases sin sus virtudes. No tenemos el secreto, la unión ni el amor al paisanaje del español, pero tenemos su orgullo y altanería; no tenemos la misma unión del indio, pero sí su entumecimiento y cobardía. No hay contradicción: somos (lo he dicho) soberbios y orgullosos con los inferiores y cobardes y apocados con los que son algo más que nosotros por su caudal o destino.
Quiero acabar sin responder a las maturrangas de usted por ser frioleras; pero no puedo dejar de decir a usted que no se llaman personalidades las tachas de las naciones, como usted dice (número 20); lo segundo que yo a nadie contemporizo ni lisonjeo, pues, a ningún europeo, que es lo que usted trata de dar a entender. A dos visito; pero son dos más pobres que yo, y son dos que cuando tuvieron principal fueron mis amos y me franquearon su dinero, su mesa y su estimación como lo podía haber tenido en la casa de mi padre. Fuera de éstos, que alce el dedo cualquier europeo, a ver quién me favorece ni con dinero ni con empeño, que son los motivos porque se lisonjea. Conque no esté usted en el error de que yo lisonjeo a nadie. La verdad es la que digo, y caiga quien cayere, y ésta no necesita de apoyo. Infinitas veces he dicho que hay españoles malísimos, lo mismo que americanos; pero jamás diré que son todos. Hay españoles tan malos e ignorantes que puede que a san Felipe de Jesús no lo quieran por ser criollo, y hay americanos tan idiotas y perversos que tal vez hablarán mal de san Vicente Ferrer por ser español. Este fanatismo, locura y parvedad de corazón, hállase en quien se hallare, es vituperable. En todas partes hay bueno y malo, y la calificación de un sujeto debe recaer sobre sus acciones, no sobre su patria.
Ya puede usted ir buscando otro jalapeño que le ayude a responder ésta, que me parece difícil, a pesar de aquella verbosada del número 20 en que dice se esforzará en confundirme hasta hacerme enmudecer. Me parece que ha de ser lo contrario, y que ya no se atreverá a contestar ésta (pues, con solidez no con palabras) porque ha de recelar un poquito a la pluma de
El Pensador
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáureguí
(a) Ésta es una alusión jocosa al lugar donde fingió el autor su diálogo, y no por zaherir su conducta, de lo que estoy muy lejos.
(b) Fuera bueno explicar si la palabra nación se trajo aquí para denotar la colección de todos los individuos que forman la española o de los que solamente han nacido en este país o provincia.