SUPLEMENTO AL NÚMERO PRIMERO
DE EL PENSADOR MEXICANO(1)
He dicho en el número citado que si ocurrieran más advertencias se darían en estos Suplementos, y desde luego el presente se va a estrenar con algunas de ellas.
El escritor que se propone combatir errores comunes necesariamente se ha de hacer odioso para los profesores de los vicios y para los ignorantes, al paso que se hará amable para los moderados y discretos. Para con éstos son ociosas estas advertencias, y quizá cuantas se puedan hacer: no así para con los primeros, pues pagados de sus caprichos y necedades se encarnizan contra los autores que procuran desatascarlos de entre ellos, y su malicia suele poner cuantos medios puede para desacreditar las obras y malquistar a los que las escriben.
Esto es corriente, y contra un mal general se deben anticipar los remedios de precaución.
Yo, habiendo de escribir contra muchos errores comunes, ya morales, ya políticos, ya económicos, etcétera, me veré precisado, en obsequio de la claridad, a valerme de ejemplos visibles y de generalidades inocentes, sin acercarme jamás a personalizar sujetos ni aun en bosquejo, porque ésta es la nota más abominable; en buena crítica, es una corruptela opuesta no sólo a la caridad, sino a la urbanidad y sociedad, y cuando me determino a zaherir el vicio, sería muy reprehensible si se me encontrara plagado con tan execrable crimen, como el que acabo de insinuar y detesto.
Pero a pesar de esta sencilla y debida moderación, puede que no falte algún cándido que, viéndose retratado en mis indiferentes pinturas, exclame indignado que yo me valí de él como del original más adecuado... ¡Infelices! Los que así juzgan y vocean a la presencia de escritos semejantes, puntualmente no hacen otra cosa que confesarse delincuentes, y esta su involuntaria confesión hace el más verdadero elogio de los autores, pues los saca seguros en sus opiniones y fallos.
Por esto no hay mejor cosa que hacer el disimulado, porque cuando alguno lee la sátira o la ironía contra el vicio, e inmediatamente saca la espada en su defensa, luego luego da a entender que está comprendido en el número de los que el autor zahiere como viciosos, y esto no le puede hacer mucho honor; así que lo mejor es no tomar vela en estos entierros, para que, aun cuando lo sean, no digan que son cofrades.
Según el conocimiento del mundo, la fuerza de la fantasía y lo insinuante del estilo de los autores, así aparecerá en sus composiciones más o menos odioso el vicio y bella la virtud, a proporción de los grados en que posean aquellas cualidades. De esto resulta que muchas veces, cuando hacen un ridículo del vicio, lo copian tan al natural (yo no me glorio de esto) que sin querer parece que retratan, y siendo, como deben ser, tan negros y tan feos los coloridos necesarios a esta clase de pinturas, se sigue que los que se equivocan y presumen que son originales, viéndose tan abominables en la pluma de los autores, se avergüenzan, y por otra parte, como no pueden desmentir el terrible grito de su conciencia que les dice: mutato nomine, de te fabella narratur, se exasperan y echan por el atajo declamando agriamente contra los escritores, y acaso los pobres ni siquiera los conocen.
Si esto no fuera tan evidente, fácil sería corroborarlo con una porción de ejemplares; pero citaremos uno por lo autorizado. San Jerónimo escribió contra muchos vicios, y entre los que tomaron para sí lo que el santo escribió para muchos fue un tal Onaso. Éste sin duda se explicó malamente contra el santo, quien, reprehendiéndole su maliciosa delicadeza, le da a entender en la epístola 46 que él no habla en particular ni señala persona, y claramente le dice: "¿Por qué en tratando yo de cualquier vicio, habéis vos de gritar luego y decir que os señalo con el dedo?" Esto mismo se pudiera repetir a los viciosos, delicados y tontos que tienen la desgracia de acusarse acriminando a los autores cuando éstos sólo se explican con generalidades comunes, permitidas y laudables.
A más, que es una simpleza enojarse con el pobre autor sólo porque tuvo la fortuna de conocer a los hombres más de cerca y la atingencia de ridiculizar los vicios con más aire que otros que carecen de estos conocimientos.
El autor que consagra sus tareas en beneficio de sus semejantes y que a toda costa trata de exterminar los errores perjudiciales, debe también usar muchas veces un estilo acre y entonado; lo demás será una frialdad e insipidez intolerable que, lejos de mover al lector al aborrecimiento del vicio con el picante de la sátira, de la ironía o exclamación, lo desabrirá en términos que no sólo no se convencerá de la verdad, pero hostigado de la nieve del escritor, apenas tendrá aliento para leer una llana sin fastidio.
La habilidad del buen pintor para hacer una figura interesante consiste, después de calculadas las proporciones, en saber acomodar las luces y las sombras con arte y propiedad: así, el escritor debe, cuando pinta moralmente al hombre, saber acomodarle sus claros y sus sombras, sus cercas y sus lejos, para representarlo bien en el punto de vista que desea; y quitando al escritor esta libertad justísima, compeliéndolo a hablar con trabas y restricciones arbitrarias, a Dios corrección de costumbres, a Dios política, a Dios literatura y a Dios leyes; todo perecerá, y el término de esta impotencia será la ignorancia y la barbarie.
Esto es pernicioso, y no lo es menos una indiscreta libertad con la pluma. Todo escritor sabio debe respetar en sus obras la religión, el trono, las costumbres y la inmunidad individual del ciudadano honrado, de modo que jamás puedan ofenderse por sus escritos ni Dios, ni el rey, ni el Estado, ni ningún hombre en lo particular. Querer patrocinar una libertad absoluta, aunque sea criminal, es lo mismo que apoyar la herejía, la sedición y el trastorno de las sociedades.
Por mí, digo que soy imparcial en la materia; creo que soy hombre de bien y amo a mi patria como el que más: por estas razones me parece que la misma patria me tendría por un hijo bastardo si advirtiera que, con desprecio de la verdad y justicia, me ponía de parte de la misma preocupación que quizá pervirtió la Francia en las plumas de sus ingeniosos pero libertinos filósofos, Voltaire, Rousseau, D'Alembert y otros. No, lector; estoy muy lejos de explicarme con tal procacidad, ni de pensar con tanta rebeldía.
Pero así como estaré siempre mal con una libertad sin límites, así también lo estaré con unas restricciones arbitrarias y escrupulosas que no las ha dictado, especialmente en los tiempos de marras, el amor al rey, el respeto a la religión ni el bien del Estado, sino el odio, el interés personal, la rivalidad, la adulación, la ignorancia y otro enjambre de pasiones que dominaron a los censores.
Yo no quiero citar ejemplares particulares por no agraviar, pero sabemos que hoy se miran por muchos con desprecio las obras de los franceses, sólo porque son de franceses. Ésta, ¿no es una tontera? ¿Qué tienen que ver las producciones intelectuales de quince o veinte sabios con la mala fe de su nación, o tal vez únicamente de su corifeo? ¿Qué cuidado se me da de que el comerciante que me vende la bretaña no me pueda ver, si su género es bueno y me aprovecha? Yo me burlaré de él y me haré unas finas camisas; y él mismo, a su pesar, habrá sido mi benefactor, que es la peor espina para el enemigo.
¡Cuántas veces en una nación se imprime lo que en otras de igual religión se reprueba! ¡Y cuántas leemos, con el mayor cuidado, obras reprobadas en las que no hallamos ni rastro de criminalidad! Ahora, ya demolido el que se decía Santo Oficio, veremos apologías de obras insignes y singulares en su género, que reprobó la ignorancia o la pasión, antes que el amor a la verdad.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. México 1813. Este conjunto de Suplementos al t. II consta de 17 números (116 páginas en 4° común) de paginación corrida y uno de erratas, índice y notas. El primer número no registra fecha de aparición. Probablemente se publicó el lunes 6 de septiembre de 1813 y el último, el lunes 27 de diciembre del mismo año. No salió el correspondiente al lunes 18 de octubre; Fernández de Lizardi lo adelantó al martes 12 de octubre, titulándolo Suplemento Extraordinario a El Pensador Mexicano.