SUPLEMENTO A EL PENSADOR

Lunes 17 de enero de 1814(1)


Contestación al diálogo impreso en los diarios de esta capital 11, 12 y 13 sobre el número 17 del segundo tomo de El Pensador. Venga usted acá, señor dialoguero;(a) ¿cuántos días, cuántas noches y cuántas velas ha gastado para salir con su retumbante crítica a mi número 17? ¡Pobre de usted! Se conoce que es la primera vez que toma la pluma para impugnar y apologetizar; mas ha caminado con tal desgracia que al primer tapón zurrapas.

Cuando me dijeron: el Diario de hoy es contra usted, me quedé tamañito, temiendo no fuera parto de algún gigante literario de los muchos que honran esta ciudad; pero luego que fui leyendo y advertí la gran cabeza que se me declaraba antagonista, exclamé: ¡Oh, Dios providente! ¡Y cómo se conoce que nos amas, pues nos mandas el frío a proporción de nuestra poca ropa! Si todos los que hayan de escribir contra mí han de ser como este pobrete, vengan enhorabuena, ora uno a uno a lo hidalgo, ora todos de montón a lo villano, que a todos los espero, los reto y desafío a pie o a caballo, con lanza o sin ella, en campal batalla, seguro de que no me molerán las costillas ni me harán abrir un libro estos endriagos y follones malandrines.

Antes de responder a las solidísimas objeciones de usted, quiero divertirme espulgando su papelote de algunas noticias que por lo nuevas han de interesar al público, pero sin meterme en ningún café ni fingir ningún petrimetre. (2) Con usted voy a hablar, cara a cara y sin esconder mi nombre como usted hace, porque ése es el miedo literario, y una especie de vileza tirar la piedra y esconder la mano. Salga usted al frente, fírmese, descúbrase, que el escribir anónimo no le puede honrar nunca. Bien que a mí poco me importa, pues para saber la ignorancia de usted no necesito sino leer sus papeluchos. Vamos al caso.

Dice usted (Diario de 11 de enero) que escribí con acierto sobre "asunto de sastrería" sólo porque nombré chaquetas en un papel mío. ¿Quién no ha de agradecer a usted tamaña e importante lección de erudición a la violeta? Señores, brinden ustedes a la salud del Arquitecto, que les enseña que sólo con nombrar una producción de un arte basta para hablar de él con tino y con acierto; de modo que así como a mí me califica de acertado en la sastrería sólo porque dije chaquetas, así, si hubiera dicho mesa, llaves o bandolones, hubiera asegurado que había hablado con tino de la carpintería, herrería o música, y por eso el buen señor, después que nos dijo triglifos y gotas, se ha persuadido a que es arquitecto. ¿No es ésta una noticia interesante? Pues así con todas las suyas.

Dice que "hay adornos bellísimos en sí, que estarían mal acomodados en ciertas partes"; verbigracia, las figuras alegóricas que están sobre la fachada de Catedral, si estuvieran en el Coliseo; el telón de éste, en el Altar del Perdón; la espada de Santiago, en la mano de Cimón Cirineo, etcétera, etcétera. ¿No es ésta también una noticia particular? ¿De cuándo acá sabríamos estas cosas si no nos las enseñara este buen hombre?

En el Diario 12 de este mes dice usted que soy bizco.(b) ¡Cáspita, y qué noticia tan importante al público! Si usted no lo dice, ni yo, ni los que me conocen, ni otros, tenemos este famoso descubrimiento: ¡gracias, señor dialoguero!

A seguida dice usted que Tepozotlán es mi patria. ¡Caramba y lo que se alcanza por las letras! Yo estaba entendido, y cuantos me conocen y me tratan, que era natural de esta ciudad, que estaba bautizado en la parroquia de Santa Cruz, y que en aquel pueblo apenas había estado de muchacho por razón de destino de mi buen padre, que esté en el Cielo; pero usted nos ha sacado de este error, a pesar de mi fe de bautismo, y mañana me hace creer que soy hijo del verdugo de Málaga, teniendo entendido que soy hijo de una cuna razonable. Sí, digo yo, el demonio son estos sabios; pero aun cuando fuera de aquí o de allí, la noticia cierto que viene al caso como matracas en día de muertos. Basta de espulgadura, porque hace falta el tiempo y el papel. Entremos en materia.

La impugnación que hace usted de mi número 17 la apoya en los puntos siguientes: se entiende tratando de lavar la Catedral, los paseos y la policía de los defectos ciertos e innegables que les critico en aquel número, aunque es usted tan mal impugnador como panegirista. Para nada le da el naipe.

Dice usted, pues: "¿Quién le ha dicho señor Pensador, sea capaz por sólo su gusto de discernir entre la trabazón de las piedras para la fortaleza de un edificio y los adornos, medidas o modales correspondientes a las diversas órdenes de arquitectura?" Respondo.

¿Sabe usted quién me lo ha dicho? La razón; y ésta es la que faculta a todo el mundo para juzgar bien o mal de las cosas según que lo merecen; ésta es la que permitió que aquel labrador murmurase la innaturalidad con que un pintor famoso (no sé si Apeles) pintó un pájaro grande sobre una espiga de trigo sin doblarse; ésta es la que a usted, sin ser zapatero, le hace conocer si el zapato está feo, si no le viene o si ésta mal cosido; ésta es la que al otro, sin ser pastelero, le hace conocer si el pastel está crudo o quemado, si la carne está desazonada, el picadillo grueso, el jamón rancio, etcétera, y ésta es la que a mí me hace conocer que nuestra Catedral es un templo obscuro e incurioso, nuestros paseos punto menos que corrales de vacas, nuestra policía abandonada, etcétera, sin ser arquitecto, pintor, colateralero, etcétera; ésta es la que hace conocer a todos la improporción que presentan las pigmeas torrecillas de San Pablo y Nuestra Señora de Loreto en comparación de sus cimborrios elevados, pues para distinguir lo bueno de lo malo nos basta sólo el recto juicio fundado en el consenso común; pero de estas metafísicas no entienden los canteros. ¿Lo quiere usted claro? Pues amigo, yo no necesito saber hacer chirimoyas para saber cuál es dulce, cuál aceda, cuál verde, cuál madura.

Segundo apoyo de usted. Que "ella (la Catedral) se ha visto alabada por muchos extranjeros e inteligentes..." Pruébelo usted primero, porque no lo hemos de creer sobre su palabra. Usted no cita más de dos: Alcedo(3) y Moreri;(4) pero éstos hacen poca fe, porque no la vieron sino acaso en mapas o en relación, y esto va a decir tanto como de lo vivo a lo pintado. Si la alabaron fue en tiempo de Maricastaña, cuando las que hoy son nulidades eran entonces bellezas; también alabarían las escofietas, (5) las redecillas y los cabriolés, y hoy los desecharan sin disputa. Si usted me dice que no es fácil estar haciendo catedrales a la moda, diré que es cierto; pero no quiero tal cosa: lo que quisiera fuera que se abrieran tres hermosas ventanas sobre sus tres puertas principales, en lugar de aquellos cuadros feos que tiene de relieve; quisiera que se iluminaran y asearan las demás capillas como las tres que hay; quisiera que se quitara la leñazón de los altares de los Reyes y del Perdón, substituyéndose unos sencillos y alegres como tantos que hay; quisiera que se renovaran los moldurones del coro, poniéndose unos festones graciosos en lugar de tanto pegoste y cargazón de madera; quisiera que toda la Catedral se pintara de un blanco al modo de la iglesia de Jesús María,(6) dorados los filetes de sus molduras; quisiera que a las capillas se les hicieran unas grandes ventanas que las proporcionaran claridad para que la comunicaran a lo principal del templo; quisiera que las columnas se circunvalaran con unas balaustradas de fierro para que, no pudiendo la gente arrimarse a ellas, no las pusieran como pilares de pulquería, según están hoy de sucias y mugrientas; quisiera que el Ciprés o altar principal estuviera todo de mármol, plata y oro sin una astilla de leña; y después de esto, quisiera que usted y otro me dijeran si estaba peor entonces que lo que está hoy. Conque vea usted cómo nada prueba su alegato a favor de la Catedral; porque aun cuando las alabanzas de sus extranjero fueran tan ciertas como el Eevangelio, nada se seguiría contra las leyes del gusto del día, porque fueron in illo tempore. Amigo, la alabanza por sí sola no prueba mérito; es menester que se funde.

Tercer apoyo de usted: que "sus primeros costos llegaron a un millón ciento cincuenta y dos mil pesos." ¡Graciosa prueba de bondad! Y ¿qué tenemos que hubiera costado cuatro millones? Sepa usted que entonces había mucho dinero en Indias y se amarraban los perros con longaniza. Todas las obras de entonces costarían al duplo de lo que hoy costaran. Amigo, la profusión de los costos no puede jamás probar bondad ni delicadeza en las obras, porque aquélla puede provenir de mil causas extrínsecas al mérito intrínseco de lo trabajado. El Castillo de Acapulco(7) (según noticias del mismo sobrestante don José Cruzate) costó casi lo mismo que la Catedral, y pregunte usted ¿qué cosa es? El puente del río del Papagayo,(8) camino de la misma ciudad, costó como cuarenta mil pesos y no se pudo levantar. Todo cuesta mucho cuando se dirige mal, y cuesta más cuando cuesta menos. ¿Cuánto costó ese embarazo tosco de cantería que se llama Plaza Mayor? Y ya usted ve mejor parece en los mapas que en el original, pues no sirve de nada y estorba y desluce demasiado.

Añade usted que se hizo la Catedral en tiempo de los reinados de los señores Felipe II, III y IV, y Carlos II, durante el gobierno de diez y ocho virreyes, y en el espacio de noventa y cuatro años. En algunos reinados, virreinados y tiempos se había de hacer; ¡mas no, sino que se hubiera hecho en tiempo del rey Wamba o del emperador Moctezuma! Pero para lo que usted trae, esa impertinencia nada vale. Sepa usted que los señores reyes no veían lo que se hacía y los señores virreyes se mudaban de cinco en cinco años. ¡Quiera Dios que usted me entienda!

Cuarto apoyo: que "la Catedral tiene ciento setenta y cuatro ventanas": más agujeros tiene un palomar y no por eso deja de ser obscuro. Sepa el buen arquitecto que la claridad y alegría de un edificio no consiste en las muchas ventanas, sino en la proporción que tengan entre sí para franquear la mejor correspondencia de la luz.

Quinto apoyo: que "los cabildos mandan cubrir por la mañana las ventanas del oriente y por la tarde las del poniente". ¡Famosa prueba! Eso lo hacen para librarse de la incomodidad de los rayos del sol que penetran al coro; lo mismo harían si la Catedral no tuviera más que dos ventanas que correspondieran al dicho lugar; pero esta costumbre jamás probará que la Catedral es un templo alegre y bañado de luz por todas partes, que es el asunto de la cuestión. Añade usted: "Pero concedamos tenga alguna obscuridad; ¿quién no conoce que los templos no son para trabajar miniaturas ni ensartar chaquira, sino casas de oración y recogimiento, que se hacen más respetables por una moderada obscuridad?" La verdad, es usted admirable en la solidez de sus fundamentos, mi querido don Estupendo. ¿Conque el mayor respeto de los templos consiste en su mayor obscuridad? ¡Vamos, que esta noticia es interesante hasta dónde! Sepa usted, señor mío, que aunque la iglesia es casa de oración, no es casa de confusión. No es para ensartar chaquira, es verdad; pero ni las casas de los marqueses y ricos de la Tierra son para eso, y sin embargo rebosan alegría; ¿y querremos que sea confusa e indecente la casa del Autor de la Luz y de la Majestad? ¡Sólo el Arquitecto pudiera pretenderlo! Amigo, sepa usted que la oración es el interior coloquio de la alma con su Criador, y para esta conversación o coloquio todos los lugares son oportunos. Si Jonás oró en el obscuro vientre de una ballena, la Magdalena oró en un público convite; si Antonio oró en un desierto, Agustín oró en un jardín, y si Jesucristo oró en el obscuro olivete, él mismo oró en el alegre y glorioso Tabor. En todas partes se puede hablar con Dios, porque en todas partes está Dios. Si usted cree que la luz es embarazo para la oración en los templos, también lo serán las músicas, las velas, los adornos, las flores y los pajarillos que se ponen en las iglesias, especialmente cuando está manifiesto el sacramento; todo esto debe quitarse, según usted, porque todo esto puede distraer para el mayor recogimiento de los fieles.

Usted y los que piensan como usted se han formado una idea muy mezquina de la deidad. Nuestro Dios no es un Dios tétrico y adusto como Saturno; es un Dios de clemencia y de bondad; no necesita para hablar con nosotros de que nos metamos en los sótanos y cavernas; en todas partes nos oye y en todas partes nos contesta; si usted ha leído que oremos a nuestro Padre en lo escondido, ese lugar es nuestro corazón, no la exterioridad de los parajes. Las tinieblas sólo son oportunas al ladrón, a la ramera y al asesino, que libran en ellas la ocultación de sus delitos, potestas tenebrarum. Los cielos publican la gloria de Dios, coeli ennarrant gloriam Dei: en ninguna parte hay oración más continua ni más perfecta que en los Cielos, y sin embargo allí está la mayor alegría, Hosanna in excelsis; pero ya se ve, usted será muy contemplativo, aunque nunca llegará a la iluminativa por lo reñido que se halla con la luz.

Amigo, si hubiera de rebatir cosa por cosa de las sandeces que usted ha estampado en sus diarios, no tendría con cuatro pliegos de entredós como ve usted éste. Agradezca mi limitación a los costos de papel e imprenta; si no, yo le haría ver cuantos disparates ha estampado; pero después de todo, superficialmente contestaré a algunos de ellos.

Dice usted (Diario de 11 de enero) "que de mano de Juárez son las pinturas del Altar de los Reyes", y cita por autor al padre fray Joaquín Granados.(9) He leído al tal escritor en las páginas 420 y 421 donde habla de Juárez, y no hallo singularizados sino 25 lienzos en el convento de San Francisco de Querétaro, pero ni palabra mienta que asegure ser de su mano las pinturas del Altar de los Reyes. ¿Conque eso más? ¿También sabe usted levantar testimonios a los autores? Si digo yo, tiene usted mil gracias. Siempre que usted no nos haga ver esto en el mismo autor, lo tendremos por temerario y nada exacto en sus citas.

Después de tantos desatinos, dice usted que en el número 12 del Diario: "De aquí debo concluir contra El Pensador que cuanto ha dicho contra el Ciprés de Catedral y su Altar de los Reyes, que reputa por leña hacinada, y de indecentes pinturas..." (Entre paréntesis, jamás he dicho que sus pinturas son indecentes; si usted no sabe leer, don José María Espinosa, maestro mayor, y don Valentín Torres, profesor de primeras letras, son mis amigos, y de su bondad espero que mediante mi súplica enseñen a usted a deletrear: yo lo que dije es que nada tienen que admirar los italianos en nuestra Catedral en esto de pinturas: lea usted bien el número 17 de El Pensador. Sepa usted que aunque las pinturas de Catedral sean buenas, no son admirables; porque lo que admira no es lo bueno, sino lo raro bueno, y esto no se halla en el Altar de los Reyes, aunque usted se desbautice. Cerremos el paréntesis.) Dice usted que lo que debe concluir es que "cuanto he dicho no ha sido otra cosa que una simple declamación que no podrá degradar su magnificencia". Distingo majorem. En el concepto de los viejos ignorantes, concedo; en el de los modernos instruidos, niego. A otra cosa.

Cuando se mete usted a defender la Alameda, dice que "sus fuentes no son tan limitadas, a menos que se quiera sirvan de tanques..." ¡Hombre de Dios! Si no se trata de su extensión, sino de su ejercicio. Si los más días están tan secas que no dan agua (a excepción de la principal) ni para lavarse las manos, y esto lo ve todo el mundo, ¿cómo ha de lavarla usted de esa nota ni con toda el agua que baja de los arcos de Chapultepec? Por Dios, hermano, no sea usted tan piadoso.

Me moteja usted mi expresión de verdecitos (que dije) con la verdesotes. Es usted gracioso. Hombre, verdesotes son barbarismotes, y verdecitos es un diminutivo muy común y usado en el idioma castellano, así como arbolito es diminutivo de árbol, tontito de tonto y caballito de caballo, como usted sabrá si lo pregunta.

Dice usted que "sí se ha de constituir defensor de su estacada...; es una clase de cerca muy usada en los jardines". Dios me libre que usted fuera abogado y yo su cliente; ¡qué buena defensa tenía que esperar de usted! ¿Usted ha visto la cerca de la huerta y jardín de Borda en Tanepantla?(10) Es regular que no; pues es una cerca segura, y sin comparación, mucho menos indecente que la de la Alameda. ¡Pobre de usted que no ha visto más que ésta!

Dice usted que "es problemático el que las señoras dejen los coches, pues no se han de exponer los más preciosos y delicados trajes a las contingencia de prenderse con la espada del soldado, a mancharse por el descuido del muchacho o a maltratarse por el encuentro de un perro sucio". ¡Válgame Dios, y qué mirado es usted y las señoras! ¿Y es posible que no haya esas contingencias en el Portal el día de muertos, en los bailes ni en otras partes? ¡Vamos, que la disculpa es peregrina! Lo mismo es la que sigue de que "las madres, por no exponer a las hijas, las aseguran en el coche", lo mismo que en un convento. Tatita, es usted cándido.

Pero lo que da risa es que el Paseo de la Orilla nada tiene que envidiar a los de la Granja y el Escorial. Los europeos que han visto aquéllos y éste han de tener a usted por un tonto, y más cuando leen que en el Paseo de la Orilla(11) hay "quintas hermosas, bosques alegres, hortalizas inmensas y floresta", cuando no ven sino cuatro casuchas regulares, algunas chinampas, ningunos bosques y bastantes potreros encenagados; usted, cuando vio esa Arcadia deliciosa que nos pinta, sin duda acababa de salir del café; pero yo ni otros jamás hemos hallado en el tal paseo sino la sencillez común del campo, sin pizca de aquel ornato delicado, artificioso y sorprendente que se halla en los paseos de la Europa; ya se ve; usted, a las mugrientas indias que vienen en sus chalupitas a vendernos sus coles y nabos nos las quiere figurar unas Pomonas y Amalteas.

Concluyo, quedándome en el tintero una retaguardia formidable para un Quidam, como usted se firma, y no pasando estas faramallas de una disputa literaria; en lo demás puede usted contar con la voluntad de su atento servidor, que besa su mano.


José Joaquín Fernández de Lizardi

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, año de 1814. Este conjunto de Suplementos al t. III consta de 9 números (68 páginas) de numeración corrida, en 4º común. El primer número se publicó el lunes 17 de enero de 1814 y el último el lunes 18 de abril del mismo año. La periodicidad se respetó solamente en los tres primeros números.

(a) Porque arquitecto no me lo parece usted ni de a legua; quizá será usted algún albañil embadurnador de cal y se quiere llamar arquitecto; pero conveniunt rebus nomina saepe suis.

(2) petrimete. Por petimetre.

(b) Las personalidades descreditan las críticas juiciosas: ¿qué harán con las chabacanas? Lea usted para otra vez la fábula 34 de Iriarte.

(3) Alcedo. Antonio Alcedo (1735-1812). Posible referencia al geógrafo e historiador español, autor del Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales de América (1786-1789) que comprende los reinos de Nueva España, Tierra Firme, Chile y Nuevo Reino de Granada.

(4) Moreri. Luis Moreri (1643-1680). Polígrafo francés. Autor del Grand dictionnaire historique.

(5) escofietas. Tocado que usaron las damas, formado de gasas y otros géneros semejantes.

(6) iglesia de Jesús María. Obra de Tolsá. Construida en la calle de Jesús María entre Corregidora y Soledad.

(7) el Castillo de Acapulco. Hoy Fuerte de San Diego.

(8) río del Papagayo. Corre por el Estado de Guerrero. Drena parte de la vertiente marítima de la Sierra Madre del Sur. Nace en el valle de Chilpancingo con el nombre de Petaquillas, pasa por Colotlipa con la designación de Río Azul y Omitlán. Desde que recibe un afluente llamado Papagayo adopta este nombre. Se vierte, por último, en la laguna del Papagayo, próxima a Acapulco.

(9) fray Joaquín Granados. (¿-1749). Franciscano, prelado y escritor español. Fue obispo de Durango y Sonora en la Nueva España. Entre sus obras: Tardes americanas; Gobierno gentil y Breve y particular noticia de toda la  historia indiana.

(10) Tanepantla. Por Tlanepantla.

(11) Cf. t. II, núm. 17, nota 6.