SÓLO UN RUIN PERRO ACOMETE
A OTRO PERRO YA RENDIDO(1)

 

 

En efecto, se arma una campaña de perros en la calle; oyen el ruido unos perrillos flacos, pequeños y mugrientos de una casa de vecindad, y salen al momento ladrando y hechos unos diablos para la calle, se dirigen al montón de perros y no se tiene por guapo el que no hinca el colmillo en el pobre perro que está por pasiva, y con más cólera y más rabia si está tirado en el suelo y no puede huir ni defenderse.

¿Pero qué clase de perros hacen tan brillantes hazañas?, ¿acaso el valiente mastín, el galgo ligero o el astuto podenco? No: estos señores perros cuando algún otro los insulta, lo acometen y despedazan si se resiste; pero si, conociendo la superioridad de sus fuerzas se rinde y se echa al suelo, a Dios ira perruna, se acabó; allí concluyó la venganza. Entonces los perros nobles y bravos le echan una mirada compasiva y se marchan sin hacerle más daño.

No así los escuintles o perrillos ruines(2) de que hablo. ¿Ellos salen furiosos y coléricos sin qué ni para qué; salen a morder al que no conocen y de quien no han recibido ningún daño, y para desfogar su perruna mala intención, les basta ver a otro pobre perro en el suelo para morderlo sobre seguro, y sin más apoyo que la imposibilidad en que se halla su compañero de defenderse. No sé qué semejanza hallo entre estos viles escuintles y algunos de nuestros generosos paisanos. Examinémosla.

Escriba alguno lo que quiera, como no toque a persona determinada, nadie chista; antes muchas veces lo alaban; pero cuidado como el papel desagrada al gobierno y persigue al autor, porque entonces, a Dios, hombre, ya puede prevenir las orejas, porque al instante escriben contra él hasta los que tienen sus plumas de avestruz y tajadas con pujavante de herrador. Lo mismo que a los escritores, sucede a cualquiera en igual caso. Hablen cartas y callen barbas.(3) Los ejemplos acreditan la verdad sin violencia.

En el gobierno pasado escribió Dávila sus Verdades amargas,(4) que fueron muy bien recibidas; pero apenas le echó el guante la Junta de Censura,(5) salieron sus antagonistas poniéndolo como un suelo; lo mismo le sucedió a Granados con susZorras de Sansón,(6) a Torres con su Saco(7) y a otros.

Pero Juan Martín de Juan Martiñena escribió tamaño libelo contra los americanos,(8) y apenas hubo uno de éstos que lo impugnara mal y con tiento: ya se ve que Martiñena era oidor, tenía pesos(9) y estaba protegido por el gobierno. En fin, era un perro(10) respetable. ¿Quién había de atreverse a insultarlo descaradamente? No así con los otros escritores: eran pobres y estaban presos, ¿qué más era menester para que lucieran el taco(11) nuestros sapientísimos críticos? Así lo hicieron, con la notable circunstancia de que respetaron a Juan Martín, que escribió contra los americanos y rajaron a los primeros, habiéndose expuesto por defender los derechos de su patria. ¿No son generosos, no son divinos semejantes escritores americanitos? Dios los guarde.

¡Eh!, pero ya en la independencia se habrán enmendado. Vamos a verlo: escribe el pobre de Lag[r]anda un papelucho titulado Con[s]ejo prudente;(12) es bien recibido del público, pero no del gobierno. El autor es conducido a una prisión, y al momento se conjuran contra él nuestros bichos consabidos, poniéndolo de asco, sin faltar pícaro que, sin el menor rubor, en fuerza de su maldita adulación, estampara que sus deseos eran que mataran a Lagranda y que con su sangre lavara tamaño crimen.(13)

En este mismo tiempo, el emperador, entonces generalísimo, denunció algunos otros papeles que, o eran malos, o le parecieron, y entre éstos mis Cincuenta preguntas,(14) que había yo escrito muchos días antes y fueron recibidas con mucha aceptación; pero no bien las vieron indicadas como malas en un papel ministerial, cuando se conjuraron contra ellas, escribiendo, ya se ve, los desatinos que acostumbran en tales casos.

Empero, tuve el gusto de decirles por las prensas que eran tan aduladores que, si por un imposible, en lugar de mis Cincuenta preguntas, hubiera puesto el señor generalísimo (entonces) los catorce artículos de la fe, al instante habrían salido estos impugnándolos. No me cabe duda en lo que lo habrían hecho como lo dije. Así, Dios me salve.

Escribí después mi papel Defensa de los fracmasones;(15) en muchos días corrió sin novedad, hasta que el padre Carmelo y el Papista excitaron, uno con la lengua y otro con la pluma, a nuestro provisor(16) para que me excomulgara. Pronuncióse en efecto el anatema y fijóse mi nombre en tablillas, sin citarme, sin oírme ni entenderme. Al momento comenzaron a dispararse contra mí una porción de folletos injuriosos, groseros, desvergonzados, calumniosos, al mismo tiempo que vacíos de juicio, crítica y solidez.

Se dieron a luz, poco después, las Memorias del padre Mier,(17) y su Compendio de la destrucción de las Indias por el señor Casas,(18) se las arrebataron de las manos, elogiando al padre sin medida. No había otro más sabio, más patriota ni más héroe que Mier: todos se condolían de su suerte y renegaban de Dávila que lo detenía en el castillo de Veracruz.(19)

Obtuvo el doctor su libertad, lo esperaban con ansia. Luego que llegó, su casa estaba inundada de visitas, y el día que fue por la primera vez al Congreso,(20) se llenaron las galerías y, cuando entró, resonaron aquellas bóvedas con mil vivas, hosannas y aleluyas. Mas apenas fue preso, varió la escena, y los elogios se convirtieron en públicas detracciones por las prensas, negando su prelacía papal, su secularización, tratándolo, o por lo menos haciéndolo sospechoso de apostasía; de consiguiente, de excomulgado y embustero, queriéndolo reducir a la clase de fraile, y suscitando contra el desventurado sacerdote el odio de los muy necios por el extemporáneo medio de recordar la odiosa especie del sermón de Guadalupe.(21)

Últimamente, en mi Quinto ocurso al Soberano Congreso, que imprimí al fin de miCarta IV al Papista, me quejé a las Cortes respetuosamente de la omisión con que habían visto un negocio de tanta ejecución y trascendencia como el mío. No fue menester más. Al instante se alarmaron contra mí esas plumas tan celosas del respeto que dan a la autoridad del día. No dudaron afirmar que yo era digno de castigo por haber injuriado a la soberana representación, como si una queja justa puede llamarse injuria, sino entre déspotas: tan acérrimos defensores así tenía el Congreso. Pero apenas fue disuelto, cuando todos han desaparecido como el humo. Se levantó el telón. Escena nueva.

Hoy se hace alarde de insultar a los miembros excluídos públicamente. En estos días se han repartido gratis algunos epitafios o sátiras. En uno de ellos me injuria su autor francamente. Lo trascribo aquí para que se vea su ignorancia y mala fe:


"EPITAFIO


que se debe poner en el salón de Cortes


No yace aquí en este día

el Soberano Congreso:

de su inercia en el exceso

antes de morir yacía.

Murió en su soberanía,

aunque siempre desgraciada;

sus miembros, cosa sagrada,

en polvo se convirtieron

aquel de donde salieron,

que era el polvo de la nada.

 

Era este defunto Fue su funeral
muy noble en su cuna el dos de noviembre
El Sol fue su padre iba El Pensador
su madre la Junta. de primer doliente."

 

Quisiera preguntarle al autor, que me parece que conozco, ¿qué fin llevó en sacarme a bailar de primer doliente? No quiero ensangrentar la cosa; si no, yo le haría que lo dijera en juicio, pues puede entenderse que, disuelto el Congreso por sospechoso de infidelidad, estoy yo en primer lugar comprendido en ella, pues soy el primer doliente de su disolución. Esto no me hace mucho honor, ni el autor tampoco probará tal dolencia en ese sentido.

Entre los particulares, si alguno debía estar más quejoso del Congreso, era yo, pues, habiéndome acogido a su protección y explanado la justicia que me asiste, repetidas veces, y con más claridad que la luz del mediodía, me abandonó con la mayor indiferencia, o porque yo era un pobre, o porque no supe jugar los resortes del empeño y de la adulación, o porque le faltó la energía necesaria y tuvo miedo a la curia eclesiástica.

Sea por lo que fuere, el hecho es innegable. El Congreso se desentendió de mi asunto enteramente, y yo, lejos de ser doliente suyo, debía ser su mayor enemigo y emplear mi pluma en denigrarlo y ridiculizarlo. Mas estoy muy distante de esto: sería menester tener alma de escuintle para morder al que no puede defenderse.

El papel más duro que ha visto la luz pública en estos días ha sido uno titulado:La escarlatina del Soberano Congreso.(22) Este papel se mofa y ridiculiza la soberanía representativa, pues dice (página 1) "ese famoso Congreso llamado por mal nombreSoberano" (página 2).(23)

"Su altísima, poderosísima, inaccesible e inexplicable soberanía."(24) En una palabra, el autor a muchos de los exdiputados llama "estafermos, testas férreas, títeres", estúpidos, sin educación ni principios, y "comparables a las bestias" (páginas 4 y 5).(25)

Todo el asunto del papel es zaherir, mofar y ridiculizar a los diputados que salieron. Es verdad que en las notas 3 y 9 quiere enmendar la generalidad el autor; pero, en mi concepto, no deshace con las notas la injuria que hace a los excluídos en el cuerpo del folleto. En la nota 3 dice: "Si muchos de los malos diputados han desaparecido, lo mismo que ratones escapados de las uña[s] del gato, otros de los muchos buenos, que en dichas Cortes conocemos, permanecen, con honor suyo y aceptación general, trabajando actualmente en la organización del gobierno."(26)Según esto, todos los señores que quedaron son los buenos, y todos los que salieran son díscolos. A fe que no hace mucho honor esta nota a varios señores que no están en el Congreso, que no sabemos se mezclaran en nada, ni el gobierno nos lo ha dado a entender de obra ni de palabra. Casi igual es la excepción de la nota 9;(27) pero el espíritu del papel, desde su principio hasta el fin, no sopla contra los diputados idiotas, díscolos ni revoltosos, sino contra el Congreso en general. Ya hemos visto que el título es: La escarlatina del Soberano Congreso. Después se entra burlando su llamada soberanía, y concluye con este epitafio:


"Aquí, bajo esta loza, yace inerte

el Congreso de Cortes sepultado;

Congreso inútil, sobre quien la muerte

descargó el garrote más bien dado.

Gózate, ¡oh caminante!, de tal suerte;

y al mirarlo de todos despreciado,

dále, ya que en su vida no hizo nada,

en vez de agua bendita una patada."(28)

Todo esto habla con el Congreso en general, no con los malos congregantes. ¿ De modo que en la sátira van comprehendidos hasta los buenos que se quieren exceptuar en las notas, porque buenos y malos componían esa corporación. El autor parece que dijo: entren todos y salgan como puedan.

Yo siempre alabaré la moderación con que el emperador y el gobierno se explican en sus escritos públicos sobre este asunto. Satisfacen al público de los motivos que tuvieron para la disolución del Congreso; pero sin satirizar, ridiculizar ni zaherir a nadie de sus miembros. Así hacen los perros nobles: jamás insultan al rendido.

No lleva mi pluma esta vez otro objeto sino de persuadir a muchos escritores que abjuren la odiosa máxima que han seguido de esgrimir sus plumas contra el rendido, contra el que no puede defenderse: esto no hace honor a la nación. Si éste o aquél o aquéllos delinquieron, y están ya bajo la espada de la justicia, compadezcamos en silencio su situación, corrijámonos para no vernos en igual caso y, finalmente, detestemos el vicio, siendo asimismo benignos con el delincuente.

Parcere personis, dicere de vitiis.(29)

Lo contrario es aumentar el dolor al afligido y seguir el ejemplo de los ruines escuintles.


J
[osé JoaquínFernández [deLizardi.

 

 


(1) México, Imprenta del Autor, 1822.

(2) escuintles o perros ruines. Cf. nota 14 a Barbero rapa Barbero.

(3) hablen cartas y callen barbas. "Refrán que enseña ser ocioso gastar palabras quando por instrumentos fidedignos consta lo que se dice: porque mas crédito se debe dár a lo escrito que a lo hablado." Dic. de autoridades. Este refrán también aconseja consignar por escrito lo que pudiera ser olvidado. La forma: "callen barbas y hablen cartas" se registra como más usual.

(4) Rafael Dávila, La verdad es amarga pero es preciso decirla, ocho números, México, Imprenta de doña Herculana del Villar y Socios y de J. M. Benavente y Socios, 1820. El Suplemento al número 1 del papel titulado La verdad amarga, pero es preciso decirla tiene una nota final que dice: "Son pasadas treinta horas y no sé la causa de mi dura prisión" (Imprenta de D. J. M. Benavente y Socios, p. 4). En la nota 1 del número 2 de La verdad amarga... Dávila apunta que la Cárcel de Corte es el lugar de su morada. Este periódico fue favorable a los caudillos de la insurrección de 1810 a 1815. Sin embargo, el mismo Dávila, o un homónimo suyo, posteriormente escribió panfletos reaccionarios como El toro del cojo, pasquín que ataca a Villavicencio, a Zavala, a Fernández de Lizardi, Cerecero, Poinsett y Guerrero, con un lenguaje de "lupanar", según lo califica Héctor R. Olea en El Payo del Rosario, escritor liberal del siglo XIX, México, Sociedad de Amigos del Libro Mexicano, 1963 (Historia de las Ideas en México, 2), p. 80. Cf. nota 3 a Defensa de los diputados...

(5) En el decreto expedido sobre la libertad de imprenta por las Cortes generales y extraordinarias y aprobado por Fernando VII, en la isla de León a 11 de noviembre de 1810 está el artículo "XIII. Para asegurar la libertad de la imprenta y contener al mismo tiempo su abuso, las Cortes nombrarán a una Junta Suprema de Censura, que deberá residir cerca del Gobierno, compuesta de nueve individuos, y á propuesta de ellos otra semejante en cada capital de Provincia [...]. Será de su cargo examinar las obras que se hayan denunciado al Poder ejecutivo ó Justicia respectivas." Dicha junta dictaminaba si debían ser detenidas las obras; si éste era el caso, los jueces se encargaban de recoger los ejemplares vendidos. Primeramente el autor o impresor podían solicitar una revisión del dictamen (artículo XVII); pero este derecho fue derogado el 11 de junio de 1813. En 1820 formaron parte de la junta de Censura de México: José María Fagoaga, Tomás Salgado, Pedro González y Agustín Villanueva, J. E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México, México, José Ma. Sandoval Impresor, 1881 (Biblioteca de "El Sistema Postal de la República Mexicana"), t. VI, pp. 66-67 y 71.

(6)Las zorras de Sansón (México, Imp. de Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1820), su autor fue Francisco Granados (¿Maldonado?); folleto considerado como sedicioso. Por lo que Lizardi escribe aquí, podríamos pensar que se refiere a ese escrito, o a La cola de las zorras de Sansón, o defensa de su autor (Imp. de Alejandro Valdés, 1820), firmado por F. B. y E.; según Palau y Dulcet, el autor se escuda bajo esas iniciales; en Manual del librero hispanoamericano,(2a. ed., Barcelona, Librería Palau, 1953, t. VI, p. 389). En Las zorras de Sansón desolladas, J. A. S. B. escribió contra Granados, a quien llama "pedante revolucionario". Fernández de Lizardi escribió al respecto: Aún ha quedado a las zorras el rabo por desollar, en Obras Xop. cit., pp. 409-415. Granados escribió también La casa de la demenciao los políticos locos (México, Oficina de Alejandro Valdés, 1820). Palau anota: "Esta obra fue perseguida y el autor encarcelado", idem.

(7) J. G. T. P. (José Gregorio de Torres Palacios) escribió Al que le venga el saco que se lo ponga, dos números. El primero lleva como subtítulo Carta a El Pensador Mexicano, editados respectivamente en la Oficina de José María Betancourt y de J. M. Benavente y Socios el 27 de noviembre y 20 de diciembre de 1820. Este segundo número fue escrito en la Cárcel Nacional. Respecto a su prisión se lee en el número 2 de la obra citada: "Ignoraréis acaso el origen de mi prisión, y no sabréis a que atribuirla [...]: Sabed que sólo ha procedido de haberos manifestado mis pensamientos con sinceridad, de haber reclamado la justicia y exigido la observancia de la ley [...], por este motivo se denuncia mi impreso, se censura, se acrimina, se me solicita con tesón, y finalmente se me reduce a esta prisión", pp. 2-3.

(8) Juan Martín de Juanmartiñena. Cf. nota 16 a Oración de los criollos...

(9) pesos. Cf. nota 8 a El cucharero político...

(10) perro. Cf. nota 2 a Mas que se enojen...

(11) lucieran el taco. Cf. nota 5 a Chamorro y Dominiquín...

(12) En Consejo prudente sobre una de las garantías, México, Imprenta Americana de D. José María Betancourt, 1821, Francisco Lagranda aconseja a los europeos que se marchen del país porque la garantía de la unión no mengua el odio que se han granjeado en América por su despotismo.

(13) Los "progresos de la masonería, que abiertamente trataba de romper lanzas con el clero, posesionado de la situación, acabó de concitar las iras del vulgo contra los españoles introductores y fomentadores del rito escosés en Nueva España, y el Día 11 de Diciembre [de 1821] un individuo llamado Francisco Lagranda, sacó a luz un papel que tituló 'Consejo prudente sobre una de las garantías', exhortando á los españoles á enagenar sus bienes y salir del país en que tan aborrecidos eran, antes de que la indignación popular cayese sobre ellos y los pulverizase [...]. Extraordinaria fué la alarma que tal papel produjo [...] atribuyéndole no á moviles particulares de su autor, sino á indicaciones de las gentes del poder [...]. A las doce de la noche del mismo día, los jefes del ejército, residentes en México, dirigieron una exposición á Iturbide, quejándose de los agravios que en el susodicho papel se hacian á los europeos y pidiéndole dictase las medidas oportunas para hacer efectiva la garantía de la unión [...]. Citada la junta á sesión extraordinaria [...] acordó imprimir y circular un bando en que la Junta y la Regencia manifestasen el desagrado con que habían visto el papel de Lagranda, que fué declarado sedicioso en primer grado, y su autor puesto en prisión. La proclama concluía diciendo que la Junta y la Regencia estaban dispuestas a sostener á todo trance la garantía de la Unión y á proteger los bienes y vidas de los europeos." Enrique de Olavarría y Ferrari, Episodios históricos mexicanos. Novelas históricas nacionales amena e imparcialmente escritas por..., Barcelona, J. F. Parres y Cía., Editores, s/a, t. I. Segunda parte, pp. 1909-1910.

(14) Cincuenta preguntas. Cf. nota 12 a Oración de los criollos...

(15) Defensa de los francmasones. Cf. nota 32 a Concluye el sueño...

(16) padre carmelo. José o N. Acal, fraile carmelita que predicó contra Lizardi el 20 de febrero de 1822, por haber publicado la Defensa de los francmasones. Con dicho sermón contribuyó a que El Pensador fuese excomulgado. Fernández de Lizardi le dedicó Un fraile sale a bailar, y la música no es mala, en 1823. En Conversaciones del Payo y el Sacristán, t. II, núm. 10, le llama fray José Acal, cf. Obras Vop. cit., p. 371. El Papista, cf. Carta cuarta... El provisor, Félix Flores Alatorre, cf. nota 9 a Desvergüenzas y excomuniones...

(17) Memorias. Reúne su Apología y las Relaciones de su vida. Alfonso Reyes creyó que Memorias es nombre dado en 1865 a estos escritos pero, según este testimonio, ya eran conocidos así en 1822.

(18) Breve relación de la destrucción de las Indias occidentales presentada a Felipe II, siendo príncipe de Asturias, por don Fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de Predicadores, obispo de Chiapa, Filadelfia, Juan F. Hurtel, 1821. Se acompañó de un "Discurso preliminar del doctor fray Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra."

(19) Cf. nota 17 a Defensa de los diputados...

(20) Congreso. Cf. nota 36 a Segundo sueño...

(21) Cf. nota 7 a Defensa de los diputados...

(22) La escarlatina del Soberano Congreso, México, Imprenta Imperial del señor don Alejandro Valdés, 1822.

(23) Y continúa: "ya estaba pisando el borde del sepulcro cuando ostentaba más juventud y lozanía"... La escarlatina..., p. 1.

(24) "Murió indefectiblemente, sirviéndole de ataúd espantoso y lúgubre la alegre, rica y bien adornada cuna que lo recibió al nacer [...]. Desaparecieron [los diputados] para siempre, sin dejarnos otra herencia que la memoria de sus pasadas dichas, y el justo sentimiento de que no se hubiera descargado mucho antes este porrazo sobre su altísima, poderosísima, inaccesible e inexplicable soberanía", ibid., p. 2.

(25) "Recordemos por un instante la instalación de esas Cortes, dignas de mejor suerte, y palparemos la demostración de estas verdades. ¿Quiénes entraron a formarlas? Ya lo vimos. Muchos estafermos y testaférreas, puestos en lugar de diputados; unos pobres hombres animados y movidos, como los maniquís, por el ajeno dictamen; y muchos títeres como los de maese Pedro, manejados por diestras manos para el desempeño de sus funciones", p. 4. "Eran... ─hablemos con más claridad para mayor honra suya-, eran por educación y falta de principios, casi comparables con las bestias", p. 5.

(26) Continúa: "esto manifiesta que el emperador no tira contra el Congreso arreglado, sino contra los díscolos congregantes; pues como es inflexible para dar muerte a los unos, así es un verdadero patriota para fomentar la vida de los otros."

(27) La nota 9 dice: "La verdad y la justicia piden que distingamos sujetos. Cómo, hemos de suponer y creer que algunos debían ser, en asuntos de legislación, idiotas; porque los hemos conocido sin letras, sin estudios, y en profesiones muy ajenas de las científicas; así también hemos de confesar que algunos eran y son muy recomendables por sus talentos, aplicación y fina literatura. Hemos oído y leído sus dictámenes, y nos encanta su religiosa conducta, su precisión, su lenguaje castizo, su claridad, y, en una palabra, aquel conjunto admirable que sólo se halla en sabios de primer orden; y nuestro ánimo no es ni ofender la caridad, hablando de personas determinadas, ni olvidar la discreción de cualidades respectivas con agravio del verdadero mérito", pp. 10-11.

(28) Ibid., p. 12.

(29) parcere personis, dicere de vitiis. Marcial, Epigramas, X, 33, vers. 10. Frase citada por Fernández de Lizardi en El Pensador Mexicano, en la Alacena de Frioleras y en El Periquillo Sarniento. Cf. nota 4 a Oración de los criollos...