SOBRE EL AMOR DE LA PATRIA

 

¡Fuerte cosa es que ha de estar uno viendo agonizar a su madre y no ha de tener libertad para llorar y lamentarse en público! ¡Que viéndola aún con vida, no ha de poder levantarse a traer siquiera en su alivio un vaso de agua, ni se ha de permitir que hable con el médico de la enfermedad de la persona que más ama, y que aún al mismo médico, si cabe, le proponga [a] su deseo remedios, aunque sean un verdadero disparate! Pues no ha de ser así; he de desahogar mi dolor y he de gritar aunque me haga insufrible. ¿Quién me puede privar de un derecho que me da naturaleza?

Así se explica un español de nuestros días,(a) animada su pluma del fuego del verdadero patriotismo; y yo, al advertir lo patético de sus expresiones y lo noble de la causa que las inspira, no puedo menos que decir acá a mis solas: ¡Válgame Dios! ¿Y qué cosa será el amor de la patria? ¿Qué influencia, qué simpatía, qué resorte secreto es el que ha movido el corazón de los mortales para decidirse a él en todos tiempos y en todas las naciones, tan poderosamente que por sus patrias no han dudado perder los intereses y la vida? ¿Cómo no ha podido enervar tan glorioso entusiasmo la estudiada y artificiosa elocuencia de algunos filósofos, que han trabajado por persuadirnos que el amor de la patria es una preocupación laudable por los buenos efectos de que ha sido y puede ser antecedente, pero que él en sí es una quimera y un delirio, porque, siendo todos los hombres hermanos, se sigue que el mundo es la patria general de todos? ¿Cómo no se entibia este amor, aun cuando la experiencia nos enseña que la patria casi siempre es ingrata para los que más la aman y trabajan por ella? ¿Cómo es que, a pesar de todo esto, yo siento en mi corazón un no sé qué que me inclina con la más dulce violencia a amar el lugar en que nací y a mis compatricios con cierta predilección de que me es imposible prescindir? ¿Por qué esta afección es tan general que en todas partes se han visto con un horror y aborrecimiento mortal a los traidores reos de lesa patria? ¿Por qué se han llamado héroes entre las naciones a todos aquellos que, no perdonando medios ni sacrificios, han tratado de salvar a su patria en la guerra y de consolidar su felicidad en la paz? ¿Y por qué, por último, el corazón del buen patriota se violenta cuando no la puede auxiliar, y siente un dolor que lo irrita y desespera, y esto en todas partes y en el discurso todo de los siglos? ¿Qué será, pues, el amor de la patria?

Así me pregunto a mis solas, y me lleno de admiración y de una santa envidia al leer el alto concepto que algunos sabios de la antigüedad formaron del amor de la patria y los peligros que arrostraron por la suya.

El amor de la patria hizo decir a Ovidio que era más poderoso que toda otra razón, de las con que su amigo Rufino le persuadía la conformidad con su destierro en el Ponto:

 

Rursus amor patriae ratione valentior omni,
Quod tua texuerunt scripta, retexit opus.


El amor de la patria obligó a Cicerón a descubrir la conjuración de Catilina, por lo que la generosa Roma lo llamó Padre de la Patria, como dice Juvenal:


Roma Patrem patriae Ciceronem libera dixit.


Horacio no dudó decir que morir por la patria era glorioso y satisfactorio:

 

Dulce et decorum est pro patria mori.


Estas inspiraciones del amor de la patria no se han quedado en teorías, sino que han sido comprobadas con los hechos más heroicos.

El amor de la patria arrancó a Ulises de los amorosos brazos de Calipso, y despreció las delicias de Ogygia por las ásperas montañas de Ithaca.

El amor de la patria hizo que Leónido, rey de los lacedemonios, mandase sacar los ojos a sus seis hijos por haber tomado las armas contra los griegos, y este mismo amor lo hizo despreciar las seductoras promesas de Xerxes, y emprender con solos trescientos hombres contra un ejército innumerable, en cuyas picas rindió la vida, inmortalizando su nombre.

Este amor hizo a Euchidas correr en un día cincuenta leguas, de cuyas resultas perdió la vida por aplacar el oráculo de Delfos, en obsequio de su patria.

Por no tomar las armas contra ella, Temístocles, natural de Grecia, se dio la muerte en un público y solemne sacrificio.

El amor de la patria alentó a Scevola para sufrir el fuego del brasero; él precipitó a Curcio en la caverna de la plaza mayor de Roma; por él se sacrificaron gustosos los codros, los decios, los pelópidas y otros de que hacen mención las historias.

El amor de la patria, ¡quién creyera!, ha hecho perder las patrias mismas, entregándolas al fuego antes que verlas dominadas por sus enemigos; tales fueron Astapa, Sagunto y Numancia.

El amor de la patria ha llenado de valor al sexo débil, y las flacas mujeres han hechos prodigios extraordinarios. Una dama ateniense llamada Leona sufrió constantemente los tormentos que la mandó dar el tirano Hippias, sin conseguir éste que aquella heroína descubriese a los codefensores de su patria.(b) El amor de la patria fue, acaso, el que determinó a una joven de veinte y cinco años a disparar un pistoletazo al pérfido Cromwell, cuando entre el mayor concurso y rodeado de guardias paseaba como en triunfo después de haber decapitado al infeliz Carlos I de Inglaterra,(c) siendo dignas de referirse las palabras de esta valiente, pues habiendo errado el tiro y herido el caballo de Oliverio, éste, todo turbado, volvió la vista y halló en pie y a su frente a la impávida joven, que le dijo: "Yo soy, tirano, quien tiró, y seré siempre inconsolable de haber herido un caballo en lugar de un tigre como tú..." No fue menos heroína la francesa Carlota, que libertó a su patria de un tirano más, quitando la vida al impío Marat a costa de la propia suya... ¿Pero para qué es hacinar ejemplos en comprobación de unas verdades tan públicas, cuales son la general inclinación a la patria y los grandes esfuerzos de valor y heroicidad que han hecho los hombres de todas las naciones por su amor?

Todos sentimos en nuestro corazón esta propensión innata hacia los lugares en que nacimos. No se libra de ella ni el rico por su caudal, ni el pobre por su miseria, ni el sabio por sus luces, ni el ignorante por su rudeza: a todos inclina, a todos estimula esta noble pasión. El pobre indio deja las elevadas torres y faustoso lujo de México por los fríos montes y molestos jacales de Huichilac,(1) así como los bárbaros getas abandonaban la famosa Roma por la inculta y destemplada Scitia, en expresión de Ovidio:

 

Quid melius Roma? Scythico quid litore pejus?
Huc tamen ex illa barbarus urbe fugit.


Pero, ¡qué más!, los mismos brutos parece están dotados del amor de la patria. La pintada calandria huye de la jaula en busca de sus antiguos nidos; el tigre no apetece los jardines, sino sus ásperas grutas; el delfín y la ballena jamás solicitan las dulces aguas de los ríos, viviendo alegres en las salobres ondas del océano, y así todos. De suerte que la patria es un imán que atrae a sus hijos con tanta dulzura que no permite que nadie se olvide de ella, dice el mismo Ovidio:

 

Nescio qua natale solum dulcedine captos
ducit, et inmemores non sinit esse sui.


Ahora bien, si el amor de la patria es una pasión tan general, de que ni los brutos se exceptúan, ¿podré yo, América septentrional, dejar de amarte, estando dotado de razón y habiendo sido tu capital la cuna de mis primeros alientos? ¿Podré ver con indiferencia las amarguras que te rodean en estos días calamitosos? ¿Dejaré de lastimarme contigo de las desgracias de tus hijos? ¿Habrá alguno tan cruel que haga crimen en mí lo que es natural en todos?

Cuando considero, ¡oh patria!, que en otro tiempo tú eras el depósito de la abundancia y el asilo santo de la paz, y ahora te hallas convertida en el funesto teatro de la más cruel y sanguinaria guerra, no puedo menos que exclamar con el profeta Jeremías: "¿Quién dará agua a mi cabeza y a mis ojos fuentes de lágrimas para llorar las desgracias de los hijos de mi país?"

¿Quién? ¡Oh cara patria mía, tres veces malhadada! ¿Quién ha talado tus abundosos campos? ¿Quién los ha teñido con la inestimable sangre(d) de tus hijos? ¿Quién ha saqueado tus ciudades? ¿Quién ha demolido tus pueblos? ¿Quién ha profanado tus santuarios? ¿Quién ha ultrajado sus ministros? ¿Quién ha entorpecido tu comercio? ¿Quién ha inutilizado tu industria? ¿Y quién, por fin, ha traído sobre ti la desolación y la escasez?

¿Y estará cerca del término de estas desgracias? ¿Llegará pronto el feliz día en que, pasando la borrasca, respiremos alegres en el deseado puerto de la paz? O por el contrario ¿al cabo de cuatro años de conflictos aún estaremos al principio de una devastación tan horrorosa...? Si así ha de ser, cierre la muerte nuestros ojos; jamás el sol alumbre los elevados montes del Anáhuac, ni la lluvia fertilice nuestros campos; conjúrense los elementos contra los enemigos de mi patria; tome la naturaleza por su cuenta la venganza de sus sacrílegos agravios y, desplomándose los cielos de sus ejes, caigan sobre ellos y perezca eternamente hasta la memoria de sus nombres... ¡Pero qué digo! ¿Los enemigos de mi patria no son hombres?  Y yo ¿no estoy obligado a amar a todos los hombres, y aun a mis mayores enemigos? Es constante; ¿pues cómo se desata mi lengua arrebatada en las más impías declamaciones? No, patria mía, no; vive y vivan felices en tu seno cuantos conmigo pisan tus arenas; pero vivamos quietos, seamos hermanos, unamos nuestros intereses, hagamos una la más santa de las causas, y al momento se alejará de nuestras playas la discordia, triunfará la justicia, lograremos la libertad, volará la paz a nuestro suelo, seremos felices y la patria se coronará de una gloria sólida y duradera.

Ya hemos visto que el amor de la patria es una innata inclinación al lugar de nuestro nacimiento y una cierta predilección a nuestros compatricios o paisanos; hemos visto también hasta qué extremo de heroísmo han llegado muchos por este natural amor; ahora quisiéramos saber: ¿en qué consiste?

Primeramente: el amor de la patria no excluye el de las demás naciones. Es decir, no porque yo amo a mis paisanos he de aborrecer a los extraños. Todos los hombres somos hermanos, y solas nuestras obras nos deben hacer acreedores al amor o aborrecimiento de los otros, y no las tierras en que nacimos; sólo los perros embisten con otro perro sin más culpa que ser de barrio ajeno. Por el contrario, es una generosidad recomendable el tratar bien al extranjero en el país propio.

Tampoco consiste el amor de la patria en adular los vicios de los connaturales; antes la patria se honra cuando tiene algunos hijos que saben sacar a luz los defectos de sus hermanos y emplear para su corrección la suavidad y la acrimonia, el consejo y la sátira. El escritor público se constituye un médico del público según sus luces, y no será buen médico el que, por contemporizar con las ideas extravagantes del enfermo, le administre dulces venenos en vez de bebidas saludables, sólo porque éstas son amargas e ingratas a su paladar. ¡Pobres de Horacio, Juvenal, Persio, Ariosto, Boileau, Haller, Quevedo, Cervantes, Iriarte y otros muchos, si como escribieron sus sátiras en Roma, Italia, Francia, Inglaterra y España, las hubieran escrito en esta América! Ya algunos los hubieran calificado de inconstantes, degradados, aduladores, etcétera.(e)

Menos consiste el amor de la patria en defender en pie firme por las mayores bellezas las ridiculeces mayores, sólo porque son de nuestra patria, profiriendo otros groseros despilfarros, sólo porque son nuestros, a las delicadezas de otras partes. Amemos nuestra patria enhorabuena; amémosla con preferencia a otra alguna, sacrifiquémonos por ella si es preciso; pero no defendamos boberías, no alabemos lo que merece desprecio y no nos enojemos con quien se burla de estas cosas, y más cuando la culpa no está de nuestra parte. ¡Bueno es que me azoten en la plaza y querer que no lo sepan en mi casa! Que haya quien se incomode con El Pensador porque dijo que la Catedral es un templazo tosco, desaliñado y pobre, respecto a la América; porque dijo que no hay policía, que nuestros paseos son punto menos que corrales de vacas, y no haya quien se haya incomodado en tantos años que los han estado mirando los franceses, los ingleses, los suizos, los ginebrinos, los alemanes y todo hijo de su madre: ¡qué bobera!(f)

Conque, por último, ¿en qué consistirá el amor de la patria? Yo creo, y cada uno creerá lo que le parezca, creo, digo, que el amor de la patria no consiste en otra cosa que en hacer cada uno cuanto bien pueda en obsequio de sus paisanos. Y habiendo yo adoptado esta máxima, procuraré en el modo posible desempeñar el carácter de buen ciudadano, consagrando gustoso mis tareas y mis limitadas luces en beneficio de mi patria; declamaré, como hasta aquí, contra los abusos perjudiciales a la sociedad; indicaré los remedios que contra ellos me parezcan oportunos, y haré cuanto estuviere de mi parte por la felicidad de mis paisanos, sin esperar más retribución que la que quiera darme aquel ojo divino que registra nuestras más ocultas intenciones, pues sé muy bien que es maldito el hombre que pone sus esperanzas en otro hombre, y que nadie es profeta en su patria.

NOTA: Al fin del índice del segundo tomo de este periódico se lee que se venden las colecciones a la rústica. Entiéndase que sin encuadernar para excusar reclamos con los expendedores, y en efecto, no pueden estar más rústicas.

 


(a) Don José de Masarraza en su papel titulado: Lamentaciones de un buen español; impreso en Cádiz y reimpreso en México el año próximo pasado.

(b) La historia sagrada nos presenta también mujeres ejemplares de valor y de amor patrio, como Judit, Ester, Débora, Jael, etcétera.

(c) No Carlos II como se lee en el número 15 folio 137 del tomo 2; bórrese una I y se corregirá el anacronismo.

(1) Huichilac. Huitzilac. Municipio del Estado de Morelos.

(d) Entiéndanse comprehendidos en este número los españoles de uno y otro hemisferio. El amor a la patria es una virtud cívica, que cuando no se derivara de la naturaleza, debería considerarla como una principal obligación de todo individuo de la monarquía española según el artículo 6 del capítulo 2, título I de su sabia Constitución. Y conviene tener presente que este artículo excluye más bien que fomenta el provincialismo, es decir, la rivalidad indiscreta con que los nacidos de una provincia miran a sus conciudadanos que nacieron en otra. El amor de la patria es el de la nación y ésta es la reunión moral de los diversos y distantes pueblos e individuos que la componen.

(e) Esto habla con algunos de mis paisanitos a quienes supo mal el número 18 de mi segundo tomo. La verdad es amarga, pero sabiéndola digerir, aprovecha.

(f)  De esta bobera es público cofrade el sandio arquitecto que manchó los diarios de esta capital de 11, 12 y hoy 13 con su grosera impugnación sobre esto mismo, la que analizaremos cuanto antes.