SI EL GATO SACA LAS UÑAS SE DESPRENDE
EL CASCABEL(1)
Señor Papista, como usted se nombra: despreciar como se deben las personalidades y fanfarronadas de usted, considerando que ni es teólogo, ni canonista, ni lógico, ni gramático, ni cosa que lo valga, como se colige en su folleto que tituló Cascabeles al gato,(2) está en razón de buena crítica; pero silenciar las atroces calumnias con que trata de desacreditar mi catolicismo en un público que tiene más de piadoso que de instruido, sería autorizar su procacidad e imprudencia. Entremos en cuestión.
Decir usted que yo, con unas observaciones respetuosas que hago sobre una Bula determinada, trato de quitar su fuerza (es decir, su autoridad, porque usted no supo explicarse) a todas las bulas apostólicas, es una calumnia impía. Añadir que dogmatizo la obediencia (contra la obediencia estaba mejor dicho) al romano pontífice, es una impostura, y proseguir con que hago alarde de no obedecerlo,(3)es una mentira que no se puede deducir de mi papel titulado Defensa de los francmasones.(4) Yo ruego a los católicos no hipócritas que lo lean, y hallarán una maliciosa e indisculpable injuria.
Hacer observaciones sobre una ley, no es quitarle la autoridad a la ley. En los tiempos de la espesa ignorancia se tenía por un crimen hacer una justa observación sobre que mandaba un rey déspota o una Inquisición mercenaria o alquilada para sostener, bajo la capa de la religión, los caprichos más sacrílegos de tales reyes. La historia moderna nos presenta errores clásicos contra el Evangelio, sostenidos por un Tribunal que se decía protector del mismo Evangelio, que descaradamente atropellaba. Tal era la infracción del sigilo sacramental de la penitencia contra la caridad fraterna, tan recomendada por Jesucristo, y que se veía sacrílega, ignorante y escandalosamente autorizada por unos hombres que se decían sabios, virtuosos y defensores de la religión más justa y más piadosa, cuando esas virtudes eran las que puntualmente les faltaban.
Ya el lector habrá entendido que hablo de las delaciones mandadas hacer a las mujeres, bajo la pena de excomunión mayor, reservada a los mismos jueces, contra los confesores solicitantes in confesione. ¡Qué horror! En tales juicios no había pruebas, no había testigos, no había justificantes, no había nada. El simple chisme de una coquetilla era bastante para perder para siempre a un pobre confesor, aunque estuviera más inocente que san Pedro.
Los disidentes de nuestra religión se burlaban de esta necia y escandalosa conducta, y los ortodoxos sabios callaban de temor, porque ya sabían que con el rey y la Inquisición chitón.(5) No había sino callar y sufrir. Ésta era la divisa de los siglos de la barbarie y la superstición.
Un Tribunal tan inicuo como éste fue instalado por la santidad de Alejandro VI,(6)tercero y último papa español de la casa de Borja, natural de Játiva, en quien la historia dice que compitió lo malo con lo bueno, y de quien nos instruye en cosas que depositamos en el silencio por no escandalizar a los piadosos ignorantes.(7)
Sí, amigo mío, este inicuo y generalmente detestado Tribunal lo instaló un papa romano, y otros muchos fueron concediéndole nuevos privilegios y exenciones (todo por bulas pontificias, en términos que llegó a ser el terror de los herejes y de los cristianos a un mismo tiempo, porque ni los santos estaban libres de su garra).
Nosotros, por fortuna, hemos nacido en los tiempos de la ilustración y libertad, cuando al hombre español, supersticioso y engañado, le fue permitido el pensar con libertad, y exponer con la misma sus opiniones sobre todo. Entonces tronó el héroe, el sabio, el inmortal Padrón contra tan infando Tribunal, y cayó por tierra derrocado para siempre este soberbio coloso con todos sus privilegios, exenciones, fueros, prerrogativas y preeminencias, concedidos por bulas apostólicas, y autorizadas con sellos pontificios.(8)
Lo mismo sucedió con los jesuitas: habían dominado sobre Roma; llenos estaban de bulas y privilegios; juzgaron los reyes que no convenían; los jesuitas, en sus reinos, reclaman, amenazan a los papas; dura la controversia largo tiempo; viene por fin Clemente XIV y extingue la Compañía de Jesús, a pesar de todas sus letras apostólicas. Resucita este instituto Fernando VII, ahora poco; y el señor Pío VII, que actualmente reina, desautoriza lo mandado por su predecesor Clemente XIV, y se restablece la Compañía de Jesús. Vuelve a sobreponerse la Constitución española al despotismo monarcal, y vuelve este mismo a derogar lo concedido a favor de la Inquisición y los jesuitas.(9) Éstos son hechos claros y del día, que nadie puede desmentir.
Venga usted acá ahora, señor Papista: ¿qué pontífice de estos erró, y cuándo?, porque sobre una misma materia no se puede acertar y errar en un mismo caso y con igual justicia. Tal vez no me explico bien. Los ejemplos concluyen mejor que las proposiciones metafísicas.
Es imposible que una cosa sea y no sea a un mismo tiempo. Éste es un axioma; pues ¿cómo el papa que bonifica los jesuitas y la Inquisición como buenos, es el mismo que los condena como malos o, a lo menos, como peligrosos? Yo no lo entiendo, y espero que usted, con su agigantada ilustración y la copiosa erudición que le ministran sus amigos, me desengañe. Si fuera usted capaz de responderme, yo le preguntaría: ¿Por qué no admitió España la Bula de la Cena,(10) ni muchas cosas del Concilio de Trento?(11) ¿Por qué en Viena, en Francia y en la misma España no se da curso a los breves(12) de Roma sin el previo permiso del gobierno?(13) ¿Por qué se reputa ya como absurda la Bula del señor Alejandro VI, en que hizo donación de estos reinos a la corona de España?(14) ¿Por qué se tiene como errónea la famosa extravagante de Bonifacio VIII que comienza Unam sanctam de mayoritate et obedientia, en que dice que no sólo se debe obedecer y reconocer que el papa es señor de todas las monarquías del mundo, sino que se debe afirmar y creer así, por necesidad precisa de nuestra salvación?(15)
Le preguntaría a usted: ¿Si las equivocaciones anotadas en la Bula de Clemente XII, contra los francmasones,(16) pertenecen al dogma o a la disciplina? ¿Si puede el papa ser falible en ambas cosas, y puede enseñar errores y herejías contra la fe por alguna decretal o determinación suya?
En fin, le preguntara: ¿Si estamos obligados a venerar como santos a cuantos pontífices ha habido y habrá? Cuidado con la respuesta, porque el papa san Gregorio, entre sus veinte y siete cánones que llamó Dictados, en el sínodo que juntó de obispos y abades de Italia, en el 23, canoniza bajo de una sentencia a todos los papas, sus antecesores y sucesores, afirmando que "una vez sentados en la silla de san Pedro, se hacen indudablemente santos." (17) Conque no hay que tragar camote(18) para responder estas ligeras preguntillas, que si usted respondiere, ya nos veremos.
Por ahora y para que el pueblo ignorante y sencillo no crea las calumnias e imposturas de los servilones, hipócritas e ignorantes fanáticos que dicen que soy masón, jacobino y hereje, sin probarlo y sin saber lo que hablan debo decir que soy católico cristiano, ortodoxo, aunque malo y pecador; pero no hipocritón ni aturdido.
Que en el obispo de Roma reconozco al sucesor de san Pedro, al vicario de Cristo, al primado y cabeza visible de la Iglesia, a quien debemos suma veneración y respeto.
Que a esta veneración no se falta, cuando se advierte alguna equivocación o contradicción en una bula, canon, breve o decretal, como se han advertido y notado otras en otros tiempos.
Que hay verdades tan inconcusas que no hay autoridad ninguna bastante a destruirlas, como ésta: el todo es mayor que su parte. Si el mismo san Pedro viniese a decirnos que la cúpula de la Catedral era mayor que todo el templo, no lo creeríamos por más que lo viésemos glorioso.
El señor Clemente XII, hablando de los francmasones dijo: "Si no obraran mal, de ninguna manera se ocultaran tanto o aborrecieran la luz."(19) Con que todo el fundamento que tuvo su santidad para creer que obraban mal, era que se ocultaban; luego si ésta es buena regla para juzgar de los hechos de los hombres, debemos decir que todo el que hace algo ocultándose de otros, obra mal, y esta proposición, generalmente hablando, es falsísima, aunque la haya dicho un papa.
Unas veces se acogen los hombres a la soledad para cometer un delito, y otras para ejercitar una virtud. Jesucristo mismo nos aconseja por san Mateo que oremos en lo oculto, clauso ostio.(20) En otra parte dice: "yo llevaré (la alma) a la soledad, y hablaré a su corazón." Ducam eam in solitudimen, et loquar ad cor ejus. Sobre la limosna quiere que se haga con tanto secreto, que lo que dé la mano derecha no lo sepa la izquierda.(21)
No sólo con la palabra sino con las obras nos persuadió la misma verdad. Así es que se ocultó de Herodes siendo niño, después se retiró solo al desierto por cuarenta días, y en los últimos de su vida tenía la costumbre de ir a orar a la soledad de un huerto. Los primeros anacoretas huían del bullicio del mundo a los desiertos y los yermos. ¿Cómo en vista de esto podremos inferir que algunos hombres obran mal sólo porque se ocultan de nosotros, cuando no hay un precepto que nos obligue a hacer manifiestas todas nuestras acciones, aun virtuosas?
El argumento que usted saca, hermano Papista, del Evangelio de san Juan,(22) es un sofisma tan gordo, que no lo tragará el sumulista más ramplón. La Bula Clementina habla de la luz material, o como usted quiere, de la manifestación que los francmasones debían hacer de lo que trataban en sus juntas ante las autoridades; y san Juan habla de la luz evangélica o de la indeficiente, que es el mismo Jesucristo, por eso dice: "El Verbo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo", etcétera.(23) Entendido así el Evangelio, que es como debe entenderse, el silogismo de usted es un disparate, véalo usted claro. Según san Juan, el que aborrece la luz del Evangelio o a su Autor, es malo y hace cosas malas; los francmasones aborrecen la luz material o la manifestación de sus obras; luego los francmasones son malos y hacen cosas malas. Yo apenas tengo unas cortas nociones de lógica, como usted dice;(24) pero con ellas me basta para conocer que usted no tiene ningunas, si no cómo había de desatinar tan crasamente.
Se hace usted desentendido de la observación que hago sobre la citada Bula, de que cómo es que, admitiéndose en sus asociaciones individuos de todas sectas, juran todos por nuestros sagrados libros; y respetan tanto este juramento, que no ha habido uno que lo quebrante. Responda usted esta duda.
También se me desentiende usted de otra observación que hago, y es ésta. El papa dice: "mas siendo tal este delito que él mismo se descubra y dé la cara,"(25)¿cuál es, pregunto yo, este delito de los francmasones descubierto de que habló su santidad? En todo el contenido de la Bula no suenan más que como sospechosos por razón de su secreto, y ya se sabe que en donde hay sospecha no hay evidencia; conque ¿cuál es el delito que se ha descubierto?
A más de esto, por palabras expresas del señor Benedicto XIV, sabemos que se han sorprendido algunos francmasones, pues dice este papa que "los jueces y tribunales competentes han procedido muchas veces contra ellos."(26) La Inquisición, en efecto, que perseguía a los herejes y a los santos, a los vivos y a los muertos, y lo que es más que todo, a los mágicos, vampiros, brujas, íncubos, súcubos y demás entes de razón que nunca han existido, ¿cómo se descuidaría en perseguir los francmasones?
Este inicuo y espantoso Tribunal que juzgaba sin formalidad de juicio, que sin ser logia de masones libraba en el más rigoroso secreto que profesaba, siempre a la sombra del juramento, la impunidad de sus crímenes más horrendos, y que estaba armado de garruchas y torturas, de agua y fuego, de aceite y verdugos para hacer confesar a los que caían en sus garras, o ya los delitos que justamente trataban de ocultar, porque nemo tenetur se ipsum prodere(a) dice el derecho,(27) o ya los que ellos querían que confesaran, es imposible que se dejaran de valer de todos sus arbitrios para descubrir los masones y los misterios de que trataban en sus juntas; y ¿qué sacó ni [sic] ningún tribunal de sus pesquisas? Nada, en dos palabras. Se ignora quiénes son los francmasones, dónde están sus logias, y qué se trata en ellas; todo a la verdad una friolera. Sin embargo, se acusan, se detestan, se temen, se persiguen y se excomulgan. Yo no lo entiendo.
Menos me cabe en el juicio cómo no han, no ya abjurado, pero ni descubierto los dogmas de su doctrina en tantos años, tantos hombres de tan diversas sectas y comuniones, acosados por todos los cristianos, y perseguidos y amenazados corporal y espiritualmente por toda clase de autoridad. No comprendo, repito, tan larga y general inviolabilidad de secreto en unos seres tan inconstantes y frágiles como el hombre.
Los teólogos dicen que la fe es una luz y una gracia sobrenatural que nos habitúa a creer sin dificultad lo que no vemos, y a defender la religión católica a toda costa, con cuya gracia, fortalecidos los confesores de Jesucristo, arrostraron impertérritos los tormentos y la muerte.
Después de esto veo que no fue suficiente esta fe para que muchos cristianos, ya por las caricias femeninas, ya por la ambición de los honores, y ya por el temor de los tormentos y la muerte, no abjurasen y apostatasen públicamente de esta fe, como en efecto apostataron muchos; y el mismo san Pedro, que tan valiente tiró una oreja a Malco en el huerto de una cuchillada, en defensa de su Maestro,(28) a poco rato juró que ni lo conocía, y el que no se acobardó a la presencia de muchos soldados armados, se perjuró de miedo de una mujercilla habladora.(29) ¡Tanta es la flaqueza humana de que están preservados los francmasones!
Últimamente, el temor de las penas eternas es, a la orilla del sepulcro, tan vehemente, que parece que esta pasión se sobrepone a todas las demás. Por eso vemos que en tal hora se perdona al enemigo, se prescinde de la amiga, se restituye lo usurpado, se vuelve el honor vulnerado, y se hacen cosas que no se pensaban hacer. Esto es constante, ¿pues, cómo no ha habido un francmasón que descubra sus dogmas, ni aun en tan crítico lance? Yo espero con ansia las respuestas a estas dudas de la asombrosa sabiduría de usted. No las dilate.
¿Y qué responderá cuando le diga y le pruebe que ni Clemente XII ni Benedicto XIV juzgaron contra los francmasones sobre su calificación, sino sobre la ajena? Oiga usted. El primero dice: "Se han hecho tan sospechosas a los fieles estas juntas que, a juicio de hombres prudentes y buenos, es lo mismo entrar en ellas que incurrir en la nota de malos y pervertidos".(30) El segundo dice: "La sexta y última causa que hay para estas prohibiciones es que entre hombres prudentes y de conducta suenan mal estas juntas y reuniones, y a juicio de ellos (de ellos dice el papa, no míos), a juicio de ellos incurren en la nota de malos y pervertidos los que entran en ellas."(31)
Ya ve usted, señor Papista, cómo estos pontífices condenaron a los francmasones sin delito probado, por mera sospecha y según el juicio ajeno. ¿Qué dice usted?
Mientras piensa lo que me ha de responder acerca de todo lo dicho, le aseguro que no estoy excomulgado ni puedo estarlo, porque para incurrir en esta pena, la mayor de la Iglesia, es menester delito grave, muy grave y probado, y no lo es hacer observaciones sobre una bula, ni aun oponerse a ella con justos motivos. Si así no fuera, estarían excomulgados los reinos de Alemania, Francia, Portugal, España y México, porque no han admitido muchas bulas, y otras las han desautorizado después de haberlas admitido, como la Bula de la Cruzada, que ya la desautorizamos. Responda usted.
Muy impía y calumniosamente dice usted que en "dos ocasiones he hecho odioso a los fieles el sacramento de la penitencia, imputando a los confesores ya el delito de sedición, cuando afirmé en tiempos pasados que en aquel santo Tribunal persuadían ellos la inobediencia a la Constitución española, y ahora en estos últimos días, el de que... prohíben a sus confesadas la lectura de los papeles que se publican."(32)
¿Ya ve usted señor Papista, cómo no tiene ni lógica ni religión? No lógica, porque de reprochar los vicios o delitos de algunos individuos pertenecientes a una congregación, corporación, estado o facultad, no se puede argüir que se trata de hacer odioso aquel estado o corporación a que pertenecen; y así como sería un absurdo decir que el predicador que declama contra el mal proceder de algunos casados, contra 1a hipocresía de los malos cristianos y el lujo de algunos caballeros, trata de hacer odioso el matrimonio, el cristianismo y la nobleza, así lo es en usted decir que trato de hacer odioso un sacramento porque repruebo el mal proceder de algunos de sus ministros. Por la misma razón pudo usted haber dicho que traté de hacer odioso el santo sacrificio de la misa porque referí aquel hecho escandaloso de aquel sacerdote que, en Guadalajara, inter misarum solemnia, se volvió al público con la forma consagrada y le dijo: ¿creéis que Jesucristo está en esta hostia?, pues así debéis creer que la Constitución es herética y no debéis obedecerla."
Últimamente, para echar el resto, usted debió haber dicho que he hecho odiosos todos los sacramentos en su administración, cuando repruebo la indolencia y ambición de algunos curas, las simonías y escándalos que dan algunos otros a los pueblos con sus sobrinas bonitas, etcétera, etcétera. Todo esto ya se ve que es una picardía o una herejía terrible el decirlo y el desear que se remedien tales abusos.
Probado con evidencia que no conoce usted la lógica, vea como no tiene religión.
Yo he hablado contra los vicios de algunos confesores, y usted, para hacerme odioso, asegura que hablo de todos. Eso quieren decir sus palabras: "Imputando a los confesores."(33) Ésta es una mentira, un embuste, una calumnia que no puede tener otro nombre. Ya se ve que usted lo habrá hecho cristianamente, con muy santas intenciones y arreglado en un todo a su particular evangelio. Bastó.
Cuando comencé a sacudirme su Cascabel, me dijeron que su autor era un literato a quien conozco. Ya concluyendo este papel, me aseguran que usted es doctor, teólogo, canonista y que sé yo qué más.(34) Sea usted lo que fuere, ya maulló el gato. Si es usted ignorante, aprenda; y si sabio, responda a su afectísimo que besa su mano.
[José] Joaquín Fernández [de] Lizardi.
(1) México, Imprenta de doña Herculana del Villar y Socios, 1822.
(2) El Papista. Se ha atribuido dicho seudónimo a Juan Bautista Díaz Calvillo: María del Carmen Ruiz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo, Catálogo de seudónimos..., op. cit., pp. 67 y 189. Cascabeles al gato fue publicado en México, Imprenta de D. Mariano Ontiveros, 1822.
(3) "Hermano Pensador: Para usted estaba reservado, por un terrible decreto del abismo, de ser el primero que hiciese resonar en las calles de esta ciudad católica y piadosa, por las bocas de los muchachos, el escandaloso título de su papel Defensa de los francmasones, al que ellos añadían de su cosecha: contra la Bula del santo padre. ¿A tal grado de ceguedad, o cuando menos de insensatez o delirio, ha llegado usted, que tan descocadamente así atropelle el respeto y veneración con que todos los católicos somos obligados a mirar a la suprema cabeza, al padre, al pastor, al maestro universal de la Iglesia y vicario en la tierra del Hijo de Dios? ¿Conque es posible que abriendo usted ahora una nueva cátedra de enseñanza, nos haga observaciones criticas para quitar su fuerza a las bulas apostólicas, dogmatice la obediencia al romano pontífice y haga alarde de no obedecerlo porque no es preocupado?" Cascabeles al gato, p. 1.
(4) Defensa de los francmasones por el Pensador Mexicano. O sea observaciones críticas sobre la Bula del señor Clemente XII y Benedicto XIV..., México, Imprenta Americana de don José María Betancourt, 1822.
(5) con el rey y la Inquisición chitón. Horacio López Suárez, en La paremiología en la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi (tesis doctoral, UNAM, Fac. de Filosofía y Letras, 1970), registra este refrán con el número 58 (p. 51); registra otras dos formas: "Al rey y a la Inquisición chitón" y "Con el rey, y la Cruzada, y la Santa Inquisición, chitón." Lizardi usó el mismo refrán en El Pensador Mexicano, t. II, núm. 5 (Obras III, op. cit., p. 176), y en un folleto de 1822 intitulado De don Servilio al clamor, sea sordo el emperador (México, Imprenta del Autor).
(6) Inquisición. Cf. nota 20 a Quien mal pleito tiene... No fue Alejandro VI a quien los Reyes Católicos solicitaron su establecimiento en España, sino al papa Sixto IV.
(7) Alejandro VI. Nació en Játiva (Valencia) en 1431; fue papa de 1492 a 1503. En el Correo Semanario de México, núm. 20, Lizardi escribió lo siguiente: "Muchos autores aseguran que compró con dinero los votos para su elección. A la verdad no pudo ser bueno el impulso que la promovió, porque la conducta de Alejandro no era buena, y siempre había sido escandalosa. Habiendo vivido en concubinato público con Catalina Vanoci, mucho tiempo, y teniendo de ella varios hijos, le vivían cuatro y una hija. Vendió todos los obispados y beneficios eclesiásticos al más dante para enriquecer y elevar los frutos de su escándalo [...]. Ninguno de los cinco hijos desmintió la iniquidad del padre: todo fueron a cual peor, y escandalizaron a Roma, Italia y toda Europa. Sólo diré con respecto a Lucrecia, que Jacobo Sanázaro, poeta célebre de aquel tiempo, escribió este epitafio: Hic yacet in tumulo Lucretia nomine, sed re / Thais; Alexandri filia, sponsa, nurus. El cual podía ser en español como sigue: Aquí yace con nombre de Lucrecia, / la que mostró ser Thais en su vida; / hija, nuera y esposa de Alejandro". Obras VI - Periódicos, recop., ed., notas y presentación de Mª Rosa Palazón Mayoral, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios, 1975 (Nueva Biblioteca Mexicana, 40), pp. 310-311.
(8) Antonio Josef Ruiz de Padrón (1757-1823). Fue fraile franciscano en su juventud; después de un viaje a los Estados Unidos, donde se hizo amigo de Franklin y de Washington, dejó los hábitos e intervino activamente en política. Elegido diputado para las Cortes de Cádiz, combatió en ellas a la Inquisición y redactó un Dictamen sobre dicho Tribunal. Fernández de Lizardi lo publicó en cuatro números de El Conductor Eléctrico (del 4 al 10) con la siguiente portada: Dictamen del doctor don Antonio Josef Ruiz de Padrón, ministro calificado del Santo Oficio, abad de Villamartín de Valdeorres, y diputado en Cortes por las Islas Canarias, que se leyó en la sesión pública de 18 de enero sobre el Tribunal de la Inquisición, con algunas notas añadidas por El Pensador Mexicano, México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1820. En Obras IV, op. cit., pp. 285-328.
(9) Clemente XIV, que era muy desafecto a los jesuitas, ayudado y acosado por los consejos de los enemigos de la Compañía de Jesús, la suprimió en toda la cristiandad, firmando el breve Dominus ac Redemptor, el 21 de julio de 1773. El papa Pío VII tenía en mente la idea de la restauración completa de la Compañía, así que se apresuró a hacerlo dando, el 7 de agosto de 1814, la Bula Sollicitudo omnium Ecclesiarum. Al volver Fernando VII a España, después que ésta había estado en manos de Napoleón y su hermano José, repuso la Inquisición y llamó a los jesuitas, pero, en 1820 fue proclamada la Constitución de Cádiz, obligándose al rey a jurarla, y siguió una nueva abolición de la Inquisición y un nuevo destierro de los jesuitas. Cf. nota 4 a Reflexiones interesantes...
(10) Bula de la Cena. Cf. nota 36 a Papeles contra sermones.
(11) Concilio de Trento. Cf. nota 37 a Papeles contra sermones.
(12) breves. Cf. nota 38 a Papeles contra sermones.
(13) Sobre lo mismo, véase el folleto Papeles contra sermones.
(14) Lizardi alude a la donación que hizo Alejandro VI en su Bula Inter Caetera, en el año de 1493. Cf. la nota 43 a Papeles contra sermones.
(15) Bonifacio VIII (papa de 1294 a 1303). Sobre él, Fernández de Lizardi escribió, en el Correo Semanario de México, lo que sigue: "Llegó a declarar, en tres bulas, por dogmática la nueva opinión de pertenecer a los papas el derecho de dar y quitar reinos, y de resolver las disputas sobre pertenencia de coronas, y ejecutar sus resoluciones, por medios espirituales y temporales, según consideren conveniente. Apenas hubo país católico donde no quisiera ejercer este pretendido derecho de alta soberanía divina sobre los soberanos; y se gobernó en este punto tan arbitrariamente, que no reparó en inconsecuencias si le convenía variar su conducta por ocurrencias políticas posteriores." Obras VI, op. cit., p. 298.
(16) Bula de Clemente XII. Cf. nota 3 a Defensa de los francmasones...
(17) Gregorio VII. Nació en Soano (Toscana) hacia 1015; fue papa de 1073 a 1085. En el Correo Semanario de México (núm. 18) Lizardi escribió sobre él lo siguiente: "Llegó el caso de tratar de un papa de quien (si no estuviese canonizado y puesto en el número de los santos) hablaría yo en términos de retratarle como el mayor de los monstruos de ambición, origen, principio, causa y raíz de millares de guerras y millones de muertos por el sistema que adoptó, consolidó, canonizó, y encargó imitar en el uso de la potestad pontificia." Por el estilo le dedica varios párrafos más, véanse en Obras VI, op. cit., pp. 278-283. En la Segunda defensa de los francmasones (México, Imprenta del Autor, 1822) dijo que "Gregorio VII se engañó creyendo que todos los papas eran santos."
(18) tragar camote. Expresarse con dificultad, buscando ambages e indirectas, por no atreverse a expresar en términos claros una proposición o respuesta que se teme haya de ser recibida con desagrado. Santamaría, Dic. mej.
(19) Al parecer Lizardi utilizó dos textos diferentes cuando citó las palabras de Clemente XII. La Bula de este papa contra los francmasones apareció publicada enExamen crítico de las causas de la persecución que han experimentado los francmasones, y explicación de las Bulas de los sumos pontífices Clemente XII y Benedicto XIV (México, reimpreso en la Oficina de D. J. M. B[enavente] y Socios, 1822), que dice así: "porque si ellos no obrasen mal, no huirían tanto de la luz." También fue incluida en Bula del soberano pontífice contra los francmasones (citada ya en la nota 5 a Defensa de los francmasones), donde podemos leer: "Porque a la verdad si no hiciesen cosas malas, no se ocultarían tanto."
(22) "Abra usted, hermano carísimo, el Evangelio según san Juan, y lea los versículos 19, 20 y 21 del capítulo 3, los cuales dicen así: 'La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal aborrece la luz, y no sale a la luz para no ser convencido de sus obras; pero el que hace la verdad sale a luz para que se manifiesten sus obras hechas según Dios'. Supuesto estas palabras del Salvador, discurramos así: Es de fe divina que el que aborrece la luz, o la manifestación de sus obras, es malo y hace cosas malas. Los francmasones aborrecen la luz, o la manifestación de lo que pasa y se trata en sus juntas, pues de ninguna manera quieren revelar esto a las supremas autoridades, tanto a la eclesiástica como a las civiles; luego los francmasones son malos y hacen cosas malas." Cascabeles al gato, p. 2.
(24) En Cascabeles al gato, p. 1.
(25) Bula del soberano pontífice, p. 2.
(26) Bula del soberano pontífice, p. 5.
(a) Por este principio prohíbe sabiamente la Constitución española que a nadie se le exija juramento a causa propia ["La declaración del arrestado será sin juramento, que a nadie ha de tomarse en materias criminales sobre hecho propio." Tit. V, cap. III, art. 291].
(27) Nadie está obligado a declarar contra sí mismo. Manuel González Rivera, "Aforismos de Derecho" en Latinismos, latinajos y aforismos, p. 167.
(29) Mt. 26, 69-72; Mr. 14, 66-69; Lc. 22, 54-57 y Jn. 18, 15-17.
(30) Bula del soberano pontífice, p. 2.
(31) Bula del soberano pontífice, p. 7.
(32) Cascabeles al gato, p. 5.
(34) De Juan Bautista Díaz Calvillo (El Papista) sabemos que era orador sagrado; que fue presbítero del Oratorio de San Felipe Neri, del cual llegó a ser director, y que también fue doctor en teología en la Universidad. Publicó un Sermón a la Virgen de los Remedios por la victoria del Monte de las Cruces (1811), y un Discurso sobre los males que puede causar la desunión entre españoles y americanos (1810).