SÉPTIMO Y ÚLTIMO ATAQUE,
CON DESCARGA CERRADA, AL CASTILLO DE ULÚA

 

Por El Pensador Mexicano(1)

 

 

Cuando a un general le faltan los auxilios y lo abandona su tropa, no está obligado a defender una plaza ni a batirse con el enemigo, pues la empresa, a más de inútil es temeraria. Entonces, con una honrosa retirada llena todos sus deberes.

En este caso me hallo. Ofrecí, en mi Segundo ataque, continuar esta idea hasta que nuestro pabellón tremolara en el castillo de Ulúa,(2) y en efecto, el Primero ySegundo costearon su impresión, en los demás en todos se ha perdido, conque no es prudencia continuar. Éste es el fruto de la prohibición del señor Molinos(3) de que no se griten los papeles, que perdiéndose los escritores pobres como yo, no escriban, y la ilustración se sofoque.

Siempre diré que el objeto que se propuso el señor Molinos fue muy bueno, pues no era otro que evitar la holgazanería de los muchachos; pero la experiencia manifiesta que este objeto no se ha llenado, pues no faltan muchachos jugando en las calles cuando no venden papeles, y por otra parte son muchos los que se perjudican resultando la falta de ilustración popular.

Una larga experiencia, y que me ha costado algunos pesos,(4) me ha hecho ver el poco gusto que hay en México para leer papeles. Son muy costosas las impresiones: los muchachos que los venden se llevan un cincuenta por ciento de utilidad, de manera que si el papel es de a pliego, que vale un real,(5) se les da la docena por un peso. En el día, tiene de costo una impresión de quinientos pliegos, con rotuloncitos de anuncio, comisión, etcétera, sobre veinte y dos o veinte y cuatro pesos; es necesario para costearla que se vendan otras tantas docenas, es decir, que compren el tal papel doscientas ochenta y ocho personas; pues este corto número apenas se halla. Sólo los papeles de novedad se costean, como Noticias extraordinarias de Veracruz,(6) la Listade los presos,(7) el Diario del arcabuceado,(8)etcétera; pero de los papeles instructivos, tal cual. Los periodistas de El Sol(9) y El Águila,(10) si se costean es por la ayuda de los subscri[p]tores foráneos; pero el que se atiene a México, costea dos o tres papeles, utiliza en uno que otro, y a la larga le sucede lo que a los tahúres, que ganan un día doscientos pesos y se van locos de contentos a sus casas; pero después, en los veinte y nueve días restantes del mes pierden hoy diez, mañana quince, otro día veinte, y al fin no sólo largan los doscientos pesos que ganaron, sino trescientos o cuatrocientos suyos. Esto sucede a los escritores de profesión en México.

Por lo mismo que hay tan poco gusto, que ni de balde quieren muchos leer cosa alguna, necesitaba la imprenta favorecerse y protegerse con toda libertad. Ya sobre esto se ha hablado mucho y en vano: quizá, algún día, se convencerá nuestro jefe político de que su buena intención es conciliable con la entera libertad de que se pregonen los impresos. Déjense gritar a los vendedores, castíguense a los que anden jugando y vagando, y ya está todo.

Ni me parece justo el que solamente los impedidos vendan los impresos: hay mucha miseria en México, muchos muchachos que socorren a sus madres y familias con este arbitrio, porque carecen de otro, si se les quita, quedan más ociosos, y no será extraño que se metan a ladrones.

Muy bueno fuera que aprendieran un oficio útil; pero los que se han criado vendiendo papeles, ya no lo aprenderán jamás. Yo pienso que fuera muy acertado el que estos vendedores antiguos probaran serlo ante algún comisionado del señor Molinos, y a éstos se les diera su escudo de hoja de lata como a los billeteros,(11) y no se admitiera de nuevo ningún muchacho en la cofradía de los gritones.(12) Vamos sobre el castillo.

Me han contado que algunos españoles están enojadísimos contra mí por elproyecto que se lee en mi Sexto ataque, sin advertir que el proyecto no es mío, ni yo lo apruebo; pero si a algunos españoles les ha sabido mal una crueldad proyectada, ¿a qué no sabrán a los americanos las crueldades, que no en proyecto sino en realidad, estamos sufriendo del tirano Lemour(13) y los asesinos españoles de Ulúa? Ya han destruido Veracruz, nos han matado y herido a algunos valientes defensores de la patria, han arruinado muchas familias, y si vencieran, lleve al diablo la consideración con que nos habían de ver.

Entrarían a México como perros de rabia, talándolo todo, pillando cuantos encontraran y matando a cuantos se les pusieran por delante, sin respetar estado, sexo, edad ni condición. Los niños de pecho serian ensartados en sus sangrientas bayonetas, y la muerte, el horror y la desolación precederían el carro de sus triunfos. Conque no hay que ser tan delicados, cuando nosotros somos tan sufridos.

¡Maldita sea la garantía de la unión(14) tan mal sostenida por Iturbide!(15) Ella es muy justa, y se debe observar indistintamente con todos los hombres. ¡Divina tolerancia!, tú sola eres capaz de hacer felices a los hombres después que se han reunido en sociedades.

Pero así como debemos unirnos a nuestras semejantes por la ley de la naturaleza, por esta misma debemos separar de nuestro seno a todos aquéllos que nos sean perjudiciales o sospechosos. El bien general exige el sacrificio de pocos particulares, si éstos son díscolos y dañosos. Por eso las leyes civiles previnieron cárceles, presidios, destierros y cadalsos para separar a los malos de los buenos.

Jamás negaré que entre los españoles que viven con nosotros hay muchos, muy buenos y pacíficos, que en la revolución primera en nada se mezclaron para dañarnos. Casados con americanas, con prole americana y radicados por muchos años en este continente, ya nos miraban como hermanos y reconocían por suya nuestra patria.

En la revolución de la Independencia muchos hicieron más: no sólo coadyuvaron a la empresa con sus caudales, sino que expusieron sus personas en la campaña; y esto no sólo los pudientes, sino hasta los pobres, muchos se unieron a nuestras filas y algunos perecieron en defensa de nuestra libertad.

En la revolución presente hay algunos que odian la conducta cruel, ilegal y sangrienta del bárbaro Lemour. Desde los principios publicaron una incitativa dirigida al viejo Dávila,(16) persuadiéndole entregase el castillo, por ser nuestros derechos incontestables, por ser quimérica la empresa, por oponerse semejante intentona al sistema liberal que habían adoptado, y por ser muy extraño en el siglo de la ilustración. Tal representación corrió en México, impresa y subscrita por muchos buenos españoles.(17)

El general Mina,(18) aquel hijo del valor y de la libertad, atravesó los mares, y con un puñado de héroes se presentó a la vanguardia de los mexicanos reclamando sus derechos contra los tiranos de la España. No, no tienen lugar aquí los exaltados para decir que ésta fue hipocresía: fue generosidad, fue decisión, fue liberalismo, fue valor. Muchas veces peleó y venció como César. ¡Peotillos,(19) Comanja,(20)etcétera! Vosotros visteis a este joven español batirse con fuerzas muy desiguales contra nuestros enemigos y vencerlos completamente. Sí, él se habría coronado de laureles si unos viles... americanos iba a decir, pero se horroriza la pluma, salta sobre el papel y no se atreve a escribir esta palabra, confesando que unos viles de nosotros mismos lo entregaron en manos de sus enemigos. ¡Qué horror! ¡Qué vergüenza para nosotros! ¡Qué dolor, qué sentimiento para Mina! Lo mismo que para Morelos verse asaltado y prisionero, no por un español, sino por un americano; así fue entregado el licenciado Ferrer(21) en las garras del fiero Bataller,(22) y así han sido otros muchos. ¡Cuándo faltarán en todas partes hijos de sus patrias, viles e infames que las venden traidoramente! Pero volvamos al recomendable Mina. No pudo probar mejor el amor que nos tenía y a nuestra libertad, sino dando su vida por nosotros. Esta es la última prueba del amor. Dios lo dice en el mismo Evangelio: "nadie tiene más amor o caridad sino el que da la vida por sus amigos".

El gran político O'Donojú,(23) español, fue émulo de las glorias de Mina. Este hombre naturalmente sabio y liberal, apenas vio la opinión y conoció nuestra justicia, cuando se decidió por ella y cooperó a la independencia; cuánto no conocen los americanos ingratos, pero se los voy a hacer conocer brevemente. Él vino con la investidura de un capitán general y jefe político de México; recursos muchos le sobraban con los caudales de sus paisanos; tenía demasiado valor y talento para desplegarlos; residía en una plaza fuerte como Veracruz;(24) contaba, por lo menos, con la capital de México y con los socorros de La Habana; ¿y con tantos auxilios le hubiera sido difícil hacerse de un ejército de ocho mil hombres del país y de fuera? ¿Tanto trabajo le habría costado que los ricos españoles hubieran puesto a su disposición cuatro millones de pesos fuertes? Más de ochenta había el año pasado en La Habana, extraídos de nuestro suelo por la maldita garantía de la unión. ¿Y con cuatro millones de pesos es poco lo que se puede seducir? Cualquiera que sepa pensar, aunque no sea político, conoce que éstas son verdades inconcusas.

He aquí a O'Donojú, no siendo hombre de bien y liberal, como era, ganando siempre en nuestra lucha. Si frustraba los planes de Iturbide, era para España más favorito que el ambicioso Godoy para el inocente Carlos IV; y si perdía la empresa, era lo mismo por sólo haberla intentado. Él pudo, con más facilidad que Iturbide, aprovecharse de la gran máxima de la guerra, que es cubrir la retirada. Tenía Veracruz; pudo dominar todo el camino hasta México, hasta Puebla(25) y hasta Oaxaca;(26) lo necesario para considerarse seguro, aun en caso de pérdida. Estas trivialidades no se escondían al gran talento de O'Donojú; mas no lo dejó obrar la justicia de nuestra causa, ni su natural inclinación. Todo lo abandonó, y he aquí en Córdoba,(27) convertido en verdadero americano, el español que era enviado por la Península (digo, su gobierno; jamás inculparé a una nación entera las faltas de sus gobiernos). Decía, pues, que en Córdoba se convirtió O'Donojú de español en americano, de visir en libre ciudadano, y de opresor en defensor de nuestros derechos.

En momentos varió la escena, influyó con su elocuencia, intimidó con su autoridad, venció con su política, y sin efusión de sangre entró en México, triunfante, el ejército de la libertad.(28) ¡Ah!, digna esposa de un hombre que merecía ser inmortal: recibe generosa los tristes y gratos homenajes que tributo en el exceso de mi dolor y gratitud a los manes de O'Donojú, digno de vivir en el siglo XIX. Tú sabes, señora, que no te conozco, y que por lo mismo está muy lejos de mí la adulación; pero haré eterna su memoria. Mi patria es generosa, rica y liberal. Vivirás, sí, vivirás contenta con nosotros, españolita amable: la patria agradecida te sostendrá con decencia y con decoro mientras vivas, y si algún día... que borre Dios de la rueda del tiempo, te olvidaren, entiende que semejante ingratitud no es de la patria sino de sus gobernantes. Distingue las naciones de sus gobiernos y verás que poco importa que aquéllas sean generosas y justas sí éstos son ruines y malvados. Los españoles nos han hecho mil males, y yo no los inculpo: tu nación es buena, pero sus gobiernos han sido de los diablos para allende y aquende de los mares, para allá y para acá; pero espero en Dios, que es de quien solamente debe esperarse lo bueno, que el gobierno de mi patria te verá con el decoro que mereces sólo por haber sido mujer de O'Donojú.

Pero, ¿qué hicieras si por una desgracia inesperada algún día hubiera un gobierno vil y prostituido, que olvidado de cuanto debe la patria a tu héroe, te abandonara? ¡Ah!, tú siempre fueras feliz; jamás te faltarían americanos justos que te sostuvieran con decencia; mi triste y pobre casa se honraría con depositar en su seno a la mujer del grande O'Donojú, y mis lágrimas humedecieran el pan que partiera en tu amable compañía. Tú dijeras entonces: "O'Donojú nació libre; respetó al hombre; no derramó una gota de sangre americana; el Ser Supremo vio con rostro risueño sus acciones; fui su compañera... ¡Qué gloria!"

De un general español pasemos a un soldado. El coronel don Vicente Cevallos, preso por incurso o sospechoso en esta última conspiración, es español y amigo mío; pero ¡qué español!, un español que se roza con Mina y O'Donojú en el amor a los americanos. Don Antonio Vicente de Cevallos(29) es gachupín(30) y está preso por conspirador e iturbidista; pero oiga el público quién es este noble preso.

Don Antonio Vicente de Cevallos es un español de talento, de fina educación, de un corazón muy recto, casado con una americanita muy amable y tan decidido por los paisanos de ésta, que en la Independencia gastó más de ocho mil pesos, se arruinó, sólo por fomentar el partido. A mil habilitó para que se reunieran a Iturbide y a mí mismo, me regaló un buen caballo y 30 pesos con ese objeto.

Era tan conocida su decisión que sus vecinos y paisanos desconfiaron de él y nada faltó para que lo perdieran. En los ratos que almorzábamos juntos, me hablaba con tal firmeza que yo mismo creía que me engañaba y lo temía; pero más malicioso que él, le ponía unas trampas en que hubiera caído si no me hablara su corazón. Cuando lo descubrí igual al mío, lo amé mucho, y desde el campo donde yo estaba, y él en México, nos correspondíamos, y algunos avisos suyos nos sirvieron.

Después que se concluyó la obra, representó sus servicios: antes era capitán en el gobierno español, y el señor Iturbide lo hizo coronel, yo no sé si graduado y sin sueldo; pero el corazón de este noble español no olvidó la gratitud, ni dejó de ser corazón de un hombre propenso a la seducción y al engaño.

Si Cevallos entró en la liga de la conspiración, sería por gratitud a Iturbide, no por los tres galoncillos que le dio, sino porque pensó, o le hicieron pensar, que es lo más cierto, que Iturbide hizo la felicidad de la patria, que esta ingrata lo había abatido, que sin él sería infeliz, y que para hacerla dichosa era necesario tenerlo a nuestra frente. Conozco mucho a Cevallos, le he tanteado el corazón, no tiene malicias ni lógica; me parece que leo sus intenciones. Si Cevallos es borbonista, si es iturbidista, por persona o egoísmo, si odia a los americanos o nuestro sistema liberal y lo convencen de ello, yo dudo de mi propio patriotismo.

¡Oh buen español, amigo mío! Si en nada puedo valerte, recibe al menos el homenaje de mi amistad y gratitud.

Hasta aquí no faltará quien crea que me he propuesto hacer la apología de los españoles; no hay tal cosa. Hágola de los buenos. Sé que de hombre es respetable e igual en su especie con todos sus individuos. La virtud o el vicio lo distingue, y es lo único que lo califica de bueno o malo. Para mí no hay gachupín ni criollo, ni noble ni plebeyo, ni rico ni pobre, ni moro ni cristiano.

Tros rotulus ve sit, nemo discrimine habebo.

Mil veces lo he dicho y no me cansaré de repetirlo. Siempre amaré a un turco, a un protestante inglés, pobre y virtuoso; y me abstendré de la sociedad de un americano rico, fanático, hipócrita y vicioso. No soy de los liberales exaltados que aborrecen a todos los españoles, sólo por serlo, y dicen que con los buenos se debía hacer leña para quemar a los malos. Éstas son preocupaciones, son boberías. Cada español es un hombre lo mismo que nosotros, miserable, infeliz, sujeto a las pasiones. No miremos al gachupín como español, veámoslo como hombre de bien, leal y agradecido a los americanos; o como un bribón, traidor y enemigo de la patria. Si es lo primero, amémoslo; si lo segundo, matémoslo; y es tiempo ya de volver el cuadro.

Los españoles buenos que viven con nosotros y nos aman, son muy pocos; los que nos aborrecen son muchos; sólo una nación tan generosa como la nuestra puede sufrirlos en su seno. Ahí andan muchos profiriéndose públicamente contra los americanos con la mayor desvergüenza en tono despreciador y amenazante, y no hay contra éstos un espionaje rigoroso; acusados de criminales se absuelven y pasean entre nosotros. ¿Qué es esto?, ¿a qué se tira?, ¿en qué se funda tal confianza?

Más claro que con la boca, con los hechos nos han dicho muchos de ellos que no nos aman, que no se adscriben a nuestro sistema y que mañana, si pueden, se cebarán en nuestra sangre. Apenas supieron que México había capitulado y que ya no había remedio, cuando, a pesar de la garantía de la unión que les aseguraba sus personas y propiedades, pidieron su pasaporte y se marcharon muchos, llevando los tesoros que adquirieron, Dios sabe cómo, en nuestra patria.

¿No era esto decirnos claramente: no queremos vivir con vosotros si no hemos de dominaros siempre? Si el gobierno hubiera tenido más talento, les habría expedido el pasaporte y confiscádoles sus bienes como a declarados enemigos; no se habrían ido ni llevádose tantos millones para ir a hacernos las migas con nuestro propio pan; la nación no se vería tan exhausta ni el gobierno tan afligido; estaría su erario habilitado y la España no contara con los auxilios que cuenta para hacernos la guerra; pero las consideraciones del gobierno de Iturbide nos pusieron a pique de perdernos.

Ya que esa errada no se puede enmendar, ¿por qué no se apodera el gobierno de las haciendas, casas y bienes raíces de los españoles que se han marchado? ¿Quién debe resarcir a la nación de la pérdida de Veracruz y gastos de la guerra? Los españoles; pero como no estamos en el caso de ofenderlos sino de defendernos, no podemos recabar estos gastos de los españoles de allá, pues recabemos los de los que aquí se consideren enemigos. Entren en primer lugar esas fincas, y después los bienes de todo aquel americano o español que se convenza de traidor a la patria.

Hay mucho que temer de esas haciendas de Temisco,(31) San Gabriel,(32) Santa Inés, Casasano(33) y todas las del rumbo de Cuautla;(34) ponga el gobierno a la mayor brevedad, en el mismo Cuautla, un cantón de cuatro mil hombres de otros lugares, vestidos y pagados por los dueños de las haciendas, con jefes y oficiales insurgentes, que bastantes hay en el depósito; siendo el objeto de esta tropa mantenerse dividida en cuatro puntos de la jurisdicción, para estar a la mira de cualquier movimiento tumultuario de aquellos morenitos, siempre enemigos de su libertad y de la nuestra,(35) para castigarlos en momentos, imposibilitándolos de repetir otra fazaña; y si se averiguase que han sido seducidos por sus amos, ahorcar a éstos con pérdida de sus bienes. Sólo así podremos estar algo seguros de nuestros enemigos interiores; pero mientras haya tanta indulgencia y tantas consideraciones, estamos vendidos. Ellos no duermen: la que nos aseguren ha de ser de Dios los haya perdonado. Nosdegüellan, señores diputados; nos forcan, señores gobernantes y ministros, y vosotros seréis las primeras víctimas sacrificadas al furor de una soldadesca comprada y de un populacho desenfrenado.

¿Y qué será si la combinación se hace cuando desembarque Lemour en Veracruz? ¿Qué haremos los pobres liberales con enemigos a vanguardia, a retaguardia y en el centro? Moriremos, o nos indultaremos para recibir de nuevo las cadenas.

Mil ochocientos veinte y tres años hace que Jesucristo destruyó el partido de Moisés; y sin embargo, los hebreos no desesperan la venida de su Mesías que los venga a poner en posesión de Jerusalén, y esto que son pobres y perseguidos. ¿Cómo queremos que los serviles monarquistas no esperen a sus mesías adorados Fernando VII y Agustín I, y más siendo estos hebreos ricos y consentidos? Alerta, alerta, superior gobierno, que la nación está a la orilla de perderse y sólo vuestra energía y vigilancia puede salvarla.

En tiempo de guerra, dice el adagio que no hay misericordia.(36) ¡Pésimo proloquio! En todos tiempos debe haberla. La piedad no está reñida con la justicia. La paz y la justicia se besaron, dice el profeta David: justicia et paz ocultate sunt. Con el rendido y arrepentido se debe tener consideración; con el revoltoso y traidor soberbio, rigor. Es gran cosa saber perdonar al que se humilla, y castigar severamente al enemigo altivo. Así lo conoció el gentil que dijo:

Parcere subjectis et debellare superbos.(37)

Esta máxima quisiera inspirarle al gobierno. Aprendamos de los españoles a sofocar revoluciones. El año de 1813 tramaron una famosa los americanos, que se llamó la de Abril. No ahorcó el gobierno español a ningún conspirador; repitieron la famosa de Agosto,(38) entonces ahorcó seis y confinó a presidios y cárceles como veinte. ¡Santo remedio! No volvieron a conspirar 1os mexicanos, aun siendo su causa tan justa. Aprenda nuestro gobierno. Si el castigar al inocente es malo, el perdonar al criminal es peor.

 

NOTA. Se hallarán las colecciones de estos Ataques en esta oficina a seis reales, completas, y sin el número 1 a tres.

El sábado verá la luz pública un impreso a favor de las milicias nacionales con un proyecto para aumentarlas y vestirlas sin gastos del erario.

 

 


(1) México, Imprenta de don Mariano Ontiveros, 1823.

(2) castillo de Ulúa.Cf.nota 4 a Ausente el emperador...

(3) Molinos. Cf. notas 17 y 23 a Ataque al castillo.. .

(4) pesos. Cf.nota 8 a El cucharero político...

(5) real. Cf. nota 19 a El cucharero y su compadre...

(6) Noticias extraordinarias de Veracruz. Al parecer cita de memoria sus escritos y se equivoca. Se trata de Noticias interesantes de Veracruz, en Obras XII.

(7) Lista de los presos. Se refiere al folleto que aparece en Obras XII.

(8) Diario del arcabuceado. Posiblemente el Unipersonal del arcabuceado, Imprenta del Autor, 26 de octubre de 1822 en Obras IIop. cit., pp. 267-269.

(9) El Sol.Cf. nota 15 a Felicitación y reflexiones...

(10) El Águila. Cf. nota 18 a Ataque al castillo...

(11) billeteros. Cf. nota 22 a Ataque al castillo... En el número 9 de El Pensador Mexicano, Fernández de Lizardi alude a la prohibición de Venegas de que se vendieran billetes en las calles.

(12) gritones. Cf. nota 21 a Ataque al castillo...

(13) Lemour. Cf. nota 11 a Oración de los criollos...

(14) la garantía de la unión. Cf. nota 10 a Oración de los criollos...

(15) Iturbide. Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...

(16) Dávila. Cf. nota 11 a Oración de los criollos...

(17) Exposición de los europeos dirigida al general Dávila pidiéndole la entrega del castillo de San Juan de Ulúa. Tenemos noticia de ésta por el folleto de J. A. O.Preguntas a los autores del papel sobre rendición del castillo de San Juan de Ulúa, México, Oficina de don J. M. Benavente y Socios, 1822.

(18) Mina. Cf.nota 20 a Oración de los criollos...

(19) Peotillos. Hacienda que se hallaba en d camino hacia San Luis Potosí. El 15 de junio de 1817 ahí se libró la batalla entre las tropas de Mina y Armiñán, jefe realista. Aun cuando ganó el primero, Mina perdió once oficiales, diecinueve soldados, y hubo quince heridos de un total de trescientos hombres.

(20) Comanja. Sierra en cuya ladera suroeste se encuentra el histórico cerro del Sombrero. El 24 de junio de 1817 el fuerte del Sombrero entró en posesión de los insurgentes, entre ellos Mina, que lo mantuvieron hasta que fue tomado por el mariscal Liñán.

(21) Morelos. Cf. nota 37 a Segunda defensa... Ferrer. Cf. nota 14 a Defensa de El Pensador dirigida...

(22) Bataller. Cf. nota 21 a Lo que escribe...

(23) O'Donojú. Cf.nota 22 a Oración de los criollos...

(24) Veracruz. Cf. nota 21 a Segundo sueño...

(25) Puebla. Cf.nota 2 a Pulgas y vómito...

(26) Oaxaca. Cf.nota 2 a La revolución de Oaxaca...

(27) Córdoba. Ciudad del estado de Veracruz.

(28) ejército de la libertad. Alude al Ejército Trigarante o Ejército Imperial Mexicano de las Tres Garantías. Lo integraron las fuerzas de Iturbide y Guerrero. Las tres garantías que defendían eran: unión, independencia y religión. Los instrumentos con que contaba el primer gobierno independiente para resolver sus problemas "eran el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Se creía entonces que las garantías deunión, religión e independencia, en ellos contenidas, serían suficientes para solucionar el dilema a que se enfrentaba el naciente imperio. No obstante, mientras la garantía de la religión era aceptada sin problemas por la población entera, no sucedía lo mismo con las de unión e independencia". Romeo Flores Caballero, "Dos garantías incompatibles: unión e independencia" en La contrarrevolución en la Independencia. Los españoles en la vida política, social y económica de México (1804-1838), México, El Colegio de México, 1973, p. 65.

(29) Cevallos. Su nombre fue incluido en una "Lista fidedigna" de los individuos que se hallaban presos por una conspiración, que Fernández de Lizardi incluyó en elCuarto ataque...

(30) gachupín. Cf. nota 7 a Oración de los criollos...

(31) Hacienda deTemixco. Cf. nota 32 a Segundo ataque...

(32) San Gabriel. Cf. nota 33 a Segundo ataque...

(33) Santa Inés y Casasano. La segunda está en el poblado del mismo nombre. Ambas efectivamente distaban pocos kilómetros de Cuautla.

(34) Cuautla. Ciudad cabecera del municipio del mismo nombre en el actual estado de Morelos.

(35) Alude a las acciones de los negros. Bravo y sus compañeros se instalaron en Mal País, lugar estratégico para interceptar los convoyes de México que enviaban provisiones a Calleja. Aquí lograron atacar uno de los convoyes que conducía al teniente José Martín Andrade, quien se pudo salvar gracias a los sirvientes de Yermo: "que bañaron sus lanzas con sangre enemiga, y no desfallecieron un momento hasta obligar a los contrarios a fugar despavoridos Hable Antequera lo que debió a doscientos campechanos, de los que materialmente ninguno quedó vivo en su defensa; lo que debió a una porción de negros costeños mandados por el valiente Caldelas; díganlo los centenares de insurgentes que murieron al filo de los machetes que mandó el comandante Reguera, Zapotido, Rionda y otros. Últimamente, el denodado valor con que pelearon siempre, defendiendo a la dicha ciudad de Antequera un piquete de negritos de Trujillo y Omoa conocidos con el nombre de negros de Dambrini. Numere el reino todas las victorias que han ganado los fieles de Potosí y los demás regimientos del reino que no se componen de indios débiles, sino de las castas robustas. Si atestiguan los generales, un Armijo dirá que sólo los morenos y sus castas han podido reconquistar y apaciguar las costas del sur. Lo dirá también Cruz en la Nueva Galicia, Arredondo en las colonias, los de Veracruz, Misantla y otros puntos y por último, lo confirmarán los virreyes Venegas, Calleja y el excelentísimo señor conde del Venadito". Conductor Eléctriconúmero 23 en Obras IVop. cit., pp. 415-416.

(36) En tiempo de guerra... no hay misericordia. Con este adagio se da a entender que hay momentos en que no se reconocen derechos ni se tienen miramientos, y que se obra como lo exigen la necesidad o el interés. Darío Rubio, Refranes, dichos y proverbiosop, cit.

(37) parecere subjectis est debellare subjector. Perdonar a los que se sometan y domar a los soberbios. Verso de la Eneida que Virgilio pone en boca de Anquises para declarar la rabia del pueblo romano.

(38) revoluciones de abril y agosto. Cf. nota 4 a Lista de los presos... y este mismo folleto.