SEGUNDO SUEÑO DE EL PENSADOR MEXICANO(1)

 

El decir la verdad de varios modos, 

es por guisarla al paladar de todos.



Cuando los hombres estamos en posesión de los bienes de la naturaleza o la fortuna, los vemos con indiferencia y ni conocemos lo que valen; mas apenas se nos escapan, cuando con su pérdida advertimos su valor y nos prostituimos al más desesperado desconsuelo. Ésta es una verdad tan evidente que hasta las viejas más tontas y las fregonas miserables la conocen y confiesan en su trilladísimo refrán que dice: ninguno conoce el bien, hasta que lo ve perdido.

En efecto, el honor, la salud y las riquezas son los tres mayores bienes que el hombre conoce y trata de adquirir o conservar. Mientras los goza no los aprecia; pero una vez perdidos, apenas sabe cómo lamentarse de su falta. Pero aún hay otro bien mayor que los tres indicados. Éste es la paz, que nos facilita el goce de los otros, pues faltando la paz, o todo falta, o todo está en peligro de perderse. Nulla salus bello.(2) La paz, la alma paz, es el bien real que hemos ganado con la constitución del gobierno que tenemos: bien inapreciable, o para llamarlo con su nombre, el sostén de los demás bienes; mas para gozarlo es necesario conocerlo y conservarlo. ¿Y cómo se conserva la paz? A sombra de la guerra.

No es paradoja, es una verdad muy inculcada. La paz es el fruto de la guerra; y así como para que el campo fructifique, necesita de llevar el grano en sus entrañas; así para que la paz sea segura, es menester que no salga de las naciones el germen de la guerra. Sí, amigos: la milicia entretenida y ejercitada, y la desconfianza de que nos invada mañana una potencia, es el germen de guerra que yo deseo no falte jamás [de] nosotros. Mientras que Grecia y Roma tuvieron soldados y desconfianza, se hicieron respetables y temibles; pero apenas, a consecuencia de la paz que les proporcionaron sus triunfos, se entregaron a la seguridad y la molicie, su espíritu público se disipó, su disciplina militar se fue enervando, y al fin Grecia fue esclava de Roma, y ésta fue subyugada por el mundo.

Pero alguno puede decir que aunque esto sea verdad, por ahora no tenemos mucho que temer de las naciones extranjeras. España está imbécil, con enemigos domésticos y sin recurso para hostilizarnos aunque quiera. La Francia está conmovida intestinamente con la diferencia de partidos, unos por sostener las ramas de sus antiguas dinastías, otros por coronar a Napoleoncito II. Inglaterra es más comerciante que guerrera, y bastante hará con facilitarse hacernos la guerra con puntos, muselina, encajes, indianas y chucherías.(3) La Santa Liga(4) se habrá destruido ya, y las pequeñas potencias tienen mucho que hacer para reprimir al formidable ruso; la América del Sur y la del Norte pueden considerarse como neutral la segunda y confederada la primera; y así, ¿a quién tenemos que temer?

Yo a esto respondería que a todas las naciones del mundo, mientras no reconozcan nuestra independencia, nuestra forma de gobierno, nuestra testa coronada, y mientras no mantengamos con ellas relaciones recíprocas de gabinete. Toda confianza que no se garantice sobre estas bases, es quimérica. Aun con ellas no debemos dormirnos, porque nadie falta a su palabra y a la buena fe más fácilmente que los reyes. En teniendo cañones, tienen razones. De república a república muy pocas veces se ven guerras, porque son los intereses comunes; pero de reyes a reyes, a cada instante y por bagatelas, tal vez ridículas, según conviene hacerlas valer a sus intereses.

Los romanos conquistaron los reinos menos fuertes para ponerlos bajo su protección. Los españoles mataron millones de indios, hicieron esclavos a los que dejaron con vida y les robaron cuanto tenían, dizque para que fueran cristianos, y Napoleón se erigió en un nuevo Alejandro con el santo fin de regenerar la Europa. ¿No son demasiado ridículos, sacrílegos y especiosos los pretextos que ponen los reyes para acabar con el género humano? ¿Y les faltarán éstos si nos descuidamos en el día? ¡Alerta mexicanos!, yo no creeré segura la patria sino con cien mil hombres disponibles, con espíritu público y mucha unión; mientras esto falte, estamos con la camisa levantada, esperando los azotes del maestro.

Pero quiero conceder graciosamente una cédula divina, en que nos asegure que no habrá nación que intente invadirnos ni aprovecharse de nuestra despoblación, ignorancia y pobreza. Pues aún en este caso debemos de luchar contra nuestros enemigos que no descansan por robarnos la libertad que apenas nos ha llegado a los labios. ¿Es posible, diréis? Sí, señores. ¿Sabéis dónde están los enemigos con quienes tenemos que pelear? En el mismísimo centro del Imperio Mexicano, en la capital del grande Anáhuac, en la imperial corte donde esto escribo... Un sueño muy pesado me embarga ya el cerebro... Dormíme...

¡Oh, qué salón tan espacioso y adornado! El oro del Perú y plata mexicana deslumbran la vista más opaca; en los terciopelos de la Italia se ven bordadas nuestras águilas pardas;(5) las tapicerías turquesas sirven de esteras a mis pies. En aquella cabecera está un riquísimo dosel bajo el cual hay un trono donde reflejan a competencia el ametisto y el rubí, la esmeralda y el jacinto, la cornerina y el diamante. En una silla de oro más purísimo de Ofir está sentado un augusto y gallardo joven... ¿Será el emperador de estos lugares? La magnificencia me lo indica; pero su traje no conviene con el de los monarcas de la Tierra. Su vestidura es blanca como nieve, su augusta cabeza no la ciñe la espantosa diadema, sino una guirnalda de laurel; en su diestra mano tiene un libro abierto, en cuyas albas hojas están escritas con letras de oro estas palabras: "Ya os he enseñado a ser libres, a vosotros toca el saber ser felices",(a) y en la siniestra tiene en lugar de cetro el cuerno de Amaltea o de la abundancia.

─Decidme señor, le dije a un venerable anciano que estaba junto a mí, si no me engaño, este joven es el mismo Agustín I, emperador de México. ¿Por qué no está vestido con las insignias reales? ─Amigo, me contestó el anciano, este monarca se llama el Genio de la Libertad. No tiene sino el traje que le corresponde. Tus sentidos físicos están ahora embargados; pero muy expeditos los espirituales. Así es que no ves aquí a Agustín I,(6) sino al Genio de la Libertad Mexicana; ni ves una pompa común y majestuosa, sino la que le señala y debe señalarle siempre su alta dignidad. Por eso, en vez de la púrpura teñida con el múrice que semeja la roja sangre, está cubierto con ese manto de nieve salpicada de águilas de oro, cuyo color simboliza la paz en el Imperio y el candor que debe lucir en su conducta política. En lugar de la imponente diadema, que es común al héroe y al tirano, ciñe sus sienes el laurel augusto que sólo tejen la virtud y los triunfos. Ocupa su siniestra mano el cuerno de la abundancia, en vez del cetro amenazador, porque ésta es la que nos debe desear el nuevo monarca y la que gozaremos si nos aprovechamos de sus palabras, que nos manifiesta en ese libro abierto: "Ya os he enseñado a ser libres, a vosotros toca el saber ser felices." ¿Y cómo lo seremos? La respuesta pide muchas palabras, y yo he satisfecho ya tu duda.

─¿Quién sois, señor, le dije, cuyas razones convencen mi entendimiento, y cuya presencia me hace respetar vuestra persona, aunque creo que otras veces os he visto? ─Sí será, porque ¿quién no ha visto alguna vez al Desengaño? ─¿Sois vos? ─Tú lo has dicho. ─Pues, señor, mucho podéis servir en este salón en beneficio de la patria. Decid al emperador... ─No prosigas. Nada puedo yo hacer si la Verdad no habla antes. Soy como su secretario(7) que autorizo con la experiencia lo que ella persuade con la razón.

En esto estábamos, cuando se oyó batir marcha y fueron entrando muchos señores que, según supe, eran los vocales del Soberano Congreso. Felicitaron cumplidamente a su majestad imperial y se sentaron en dos alas. Como en el sueño todas son confusiones y desórdenes de la fantasía, a poco rato entró una turba de gente, haciendo mil caravanas desde la puerta; unos llevaban resmas de papel escrito, otros unas vejigas henchidas(8) y otros unos incensarios. Todos se arrodillaron delante del trono, y yo sin saber qué significaban aquellas ceremonias, iba a preguntarlo al Desengaño; mas éste, excusándome el trabajo, me dijo: ─No te admires: todos éstos son aduladores, gente miserable y abatida que se prosterna delante del poderoso, sea quien fuere, y lo que ves que hacen con Agustín I, hicieran con Mustafá III o con el Tamerlán de Persia.(9) Ésos que tienen las vejigas henchidas dan a entender el repuesto de lisonjas verbales de que vienen prevenidos; los que tienen esas resmas de papel son los poetas, míralos qué haraposos y macilentos. Cada uno de ellos trae millares de sonetos, odas, octavas, quintillas, décimas y romances, en que dicen los mayores disparates, pero...

─Esperad, señor, dije al anciano: pues qué, ¿todo el que elogia al emperador puede calificarse de lisonjero? Entonces ¿cuál es la recompensa del mérito?, ¿no nos ha de ser lícito elogiarlo? Yo entiendo que nuestro emperador tiene mil virtudes, y que no hay encomios inventados por la gratitud que sean excesivos para alabar en este héroe la grande hazaña de haber libertado el Septentrión de la dominación española.

─No te equivocas en eso, dijo el viejo: la virtud es digna de alabanzas, y las arranca hasta de sus mismos enemigos. Así es que Agustín I es digno de muchas. Las que le tributa la gratitud, el juicio y buena fe, no entran en mi censura; mas las que se le tributan sin economía, sin arte, sin medida y sólo por hacer mérito de estos pueriles servicios, siempre merecerán la nota de adulaciones bajas.

─¿Pero qué daño pueden hacer estos pobretes ni al emperador ni a la patria, aunque estén adulando a solis ortu usque ad occasum? ─¿Qué daño?, incalculable. Piensas tú que... iba a explicarme más mi mentor, cuando nos sorprendió una procesión de muchos eclesiásticos(b) de diferentes trajes y colores; iban prevenidos de grandes libros, cédulas reales, bulas, breves y privilegios pontificios. Seguíalos una turba de beatos y beatas, o llámense terceras entidades entre seculares y frailes, mezclados, ¿quién lo creerá?, con no pocas monjas y una chusma de viejas trapientosas que llevaban tapadas las caras con sus rebozos, no sé si por virtud o por conveniencia de no mostrar sus arrugados chicharrones;(10) pero tan cubiertas que apenas se les veía la mitad de un ojo y la punta de las narices que besaban sus salidas barbas. Parecíanme endriagos o cocos(11) con que espantan a los niños. Cada una de ellas llevaba un atadito de novenas.

Apenas esta comitiva llegó al pie del trono, cuando todos se arrodillaron, llegando la humildad de algunas viejas a tal punto que besaban la tierra, quedándose postradas con el envés empinado, postura indecentísima que se las he visto practicar en los templos. ─¿Qué casta de gente es ésta ─pregunté a mi mentor─, que se prosternan como viles esclavos ante el Genio de la Libertad? ¿Acaso estas humillaciones tan degradantes a la dignidad del hombre libre son necesarias para manifestar la gratitud y el respeto debido al primer ciudadano de la patria? ¿O podrán serle lisonjeros estos abatimientos al héroe mismo que se complace en habernos hecho libres? A lo menos yo no he visto que de ninguno los exija. Éstos sí se parecen muy bien a aquellos senadores romanos que, después de haberlos despojado de sus derechos el tirano Sergio, en vez de reclamarlos, no se cansaban de encorvarse ante su solio, de lo que, empachando el mismo tirano, les decía: o miseri homines, ad servitutem nati! ¡Oh almas bajas, nacidas para la esclavitud!(12)

Pero yo dije mal cuando asenté que éstos se parecen a aquellos senadores. No les parecen, les exceden, pues aquéllos se prosternaban a un tirano que conocían y temían; y éstos lo hacen ante el Genio de la Libertad que, lejos de haberles usurpado, les ha restituido sus derechos y les ha asegurado ser su padre, su conciudadano y su mejor [a]migo. ¡Qué diferencia!

─No te admires, me contestó el viejo: unos se arrodillan por adulación, otros por ignorancia y otros por interés... ─¿Por interés? ─Sí. Lo tienen en captarse (según creen) la voluntad del monarca; pero todos se hincan para palanquear(13) el trono, hacer su negocio y arruinar al emperador con el Imperio. Al oír esto no pude contenerme, sino que lanzando un grito de dolor, dije: ─Cuidado, señor, desconfíe vuestra majestad de los que se hincan, no sea que se encorven para palanquear el trono.

Acabar yo de proferir estas palabras y levantarse en pie uno de los de la procesión, todo fue uno. Él comenzó su arenga de este modo. "Señor: si todo el Imperio, que fue del generoso Moctezuma,(14) está reconocido a vuestra majestad por el singular beneficio que le ha hecho, restituyéndole su libertad perdida, si todos nos debemos congratular en este día de tener a la cabeza del gobierno un príncipe tan magnánimo, piadoso y liberal, mucho más lo debemos estar los fieles y católicos cristianos, que desnudos de las preocupaciones del mundo, y opuestos al libertinaje y al desenfreno de las pasiones, hacemos alarde de seguir a cara descubierta las banderas del Crucificado.

"Sí, señor, la religión de Jesucristo estaba próxima a perderse en el Imperio bajo la dominación española. Sus sacrílegas cortes, so pretexto de ilustrar al pueblo en sus derechos, derrocaron el baluarte de la fe, el terror de la herejía, el santuario de la pureza del dogma, el conservatorio de la dignidad de Roma, la atalaya de las buena costumbres, el antemural de la disciplina eclesiástica, el protector de las religiones, el defensor del altar y el apoyo más seguro de los tronos; que todos éstos y mayores epítetos gloriosos merece el venerable  tribunal del Santo Oficio.(15)

"Como que sólo al nombre de la Santa Inquisición temblaban los herejes y los impíos, trataron las Cortes de España de desembarazarse, en primer lugar, de este justificado y terrible Areópago que infatigable vigilaba en separar la cizaña de la viña del Señor.

"En efecto, el amor al libertinaje, la debilidad de los obispos y la facundia infernal de los jacobinos Ruiz Padrón(16) y Villanueva,(17) dieron por tierra con el sagrado coloso de la Iglesia. Así estuviera derrocado eternamente, si el inmortal Fernando a su restitución al trono de sus padres no la hubiera hecho renacer de sus cenizas. Erigióse de nuevo el santo Tribunal, y desde luego comenzó a trabajar con su santo celo en exterminar de España la ya tan extendida herejía. Prohibió todos los folletos, periódicos y libros perniciosos; llenó de heresiarcas sus calabozos, enriqueció sus cofres con los despojos de éstos, y ya se comenzaba a respirar el aura suave de la pura y verdadera religión en aquel y en este Continente, cuando... ¡oh dolor!, quis dabit capiti meo aquam, et oculis meis fontem lacrimarum? Permítame vuestra majestad que le diga con el profeta Jeremías: '¿quién dará agua a mi cabeza y a mis ojos una fuente de lágrimas para llorar día y noche las desgracias que descargaron sobre los hijos de Sión?'(18)

"Apenas convalecía el catolicismo español a merced del celo de los santos inquisidores, apenas se hallaban restituidos los jesuitas y el católico Fernando descansaba tranquilo sobre sus humildes vasallos, cuando, vueltas a desatar las furias infernales del abismo se lanzan sobre la triste España, e introduciéndose hipócritamente en los corazones de Quiroga, Arco Agüero, López Baños(19) y otros jóvenes aturdidos de su clase, les hacen dar el lisonjero cuanto sacrílego grito delibertad. A este eco pernicioso responde la Península, se alarma, hace jurar al rey esa Constitución Política, que antes debería llamarse el salvoconducto de la herejía y el libertinaje. En el mismo instante cae para siempre la Santa Inquisición; resucita la libertad de imprenta,(20) se extinguen los jesuitas,(21) se inunda la España con libros dignos de quemarse con corazones de cristianos. Sí, señor: el mío fuera el primero que inmolara en holocausto al Ser Supremo para exterminar hasta la memoria del infame Citador, del sacrílego Compadre Mateo, del maldito conde Volney, autor de Las ruinas de Palmira, del obsceno librejo titulado La guerra de los dioses, deLa representación de Taillerand al papa, de El sistema de la naturaleza, de El filósofo solitario, de El diccionario burlesco, de Las cartas de Eloísa y Abelardo, de La fabulosa historieta de la Burorquía, de La tolerancia en armonía con el derecho divino y humano,(22)de...¿Pero dónde podré retener en la memoria los títulos de tantos libros heréticos que han inundado la Península en menos de tres años, con desprecio de las censuras fulminadas por el señor cardenal de Escala, arzobispo de Toledo?(23)

"He dicho los títulos, porque sólo ésos han llegado a mi noticia. Ni Dios permita que leyera jamás esos venenosos libros, depósitos de las más groseras herejías. He aquí, vuestra majestad imperial, las fuentes donde beben éstos que se llamanfilósofos, espíritus fuertes y liberales. Éstos son los moldes en que se vacían losdeístaslos ateístaslos materialistas iluminadosquietistasanabaptistasjacobinos y fracmasones, que tanta guerra hacen a nuestra santa religión. En ellos están fundidos esos liberales de las Cortes de España, que con tanto ahínco se empeñan en destruir a los frailes, so pretexto de reforma.

"No son, señor, los frailes ni la disciplina eclesiástica la que tratan de reformar. Sus rentas, sus muy debidas dignidades, sus fincas y bienes que han poseído y poseen con justo título, eso es lo que quieren reformar, apropiándoselo contra toda justicia.

"Advierta vuestra majestad imperial la conducta de estos reformadores y verá ser la más relajada, su ignorancia la más crasa, su libertinaje e impiedad la más descarada, su hipocresía la mejor simulada, y todas sus operaciones las más faltas de religión y caridad. ¿Qué tenemos que admirarnos de las resultas de tan sacrílegas reformas? Siempre son los efectos conformes a las causas que los producen, y ¿cuáles han sido los efectos religiosos que España ha experimentado por esta causa? Extinción de jesuitas y de muchas religiones; clausuras de noviciados, depredación de los bienes eclesiásticos, relajación de las costumbres, desprecio del santo temor de Dios, burla de sus ministros, incredulidad de los misterios sacrosantos y la próxima ruina del trono y el altar.

"Sí, señor, éste es el punto a que tiran todas las líneas excéntricas de estos reformadores liberales. Con su filosofía, su libertad y su igualdad política no tratan sino de substraerse de toda dominación divina y humana. Saben que los monarcas castigan con las leyes civiles sus delitos, y por eso detestan a los reyes; advierten que los frailes reprimen su libertinaje con su conducta ejemplar, con su asidua predicación y con el temor de las penas eternas, y por esto abominan a los frailes: quieren hacerlos odiosos entre los ignorantes, llamándolos fanáticos,supersticiosos,hipócritasharaganes y pancistas. Quisieran estos malvados acabar de una vez con el altar y el trono, como deseaban sus malvados patrones D'Alembert, Diderot, Voltaire y otros de semejante jaez. Siendo lo más notable que algunos de éstos fueron amigos de Federico II, rey de Prusia, a quien inspiraron los mismos sentimientos.(24)Él, escribiendo a Voltaire, le decía: 'Tengo notado que en los lugares donde hay más conventos de frailes, el pueblo está más encaprichado... Trátase de destruirlos, o por lo menos de comenzar a disminuirlos'. Voltaire le contestaba: 'la idea de atacar a los frailes es propia de un gran capitán. Destruidos éstos, todo se consigue'.

"Montesquieu, en su Espíritu de las leyes, decía que 'los hombres serán esclavos de los reyes y no podrán ser libres mientras no establezcan la división de poderes legislativo, judicial y ejecutivo'.(25) Su discípulo J[uan] J[acobo] Rousseau amplificó la idea, diciendo que: 'el poder legislativo no puede pertenecer sino al pueblo, ni éste puede someterse a ningún otro soberano'. Añadía este sacrílego que 'si la autoridad de los reyes viene de Dios, es como las enfermedades'.(26) Raynal(27) se extendió a decir que 'los reyes son bestias feroces que devoran las naciones'. El infame Diderot echó el resto diciendo: '¿cuándo tendré el placer de ver al último monarca ahorcado con las tripas del último sacerdote?'(28) Sin embargo del odio que éstos tenían a los reyes, era mayor el que los despedazaba contra los sacerdotes. Bayle(29) y Voltaire hubieran sufrido más bien cien Nerones sobre el trono que un solo sacerdote en el altar. El impío Cerutty(30) decía: 'el único pesar que llevo muriendo es dejar alguna religión en el mundo'. Voltaire decía a D'Alembert: 'guárdame mi secreto (el de la igualdad), sobre todo, de los reyes y de los eclesiásticos'. El dicho D'Alembert decía: 'querría morir sobre un montón de hipócritas inmolados a mis pies'. Y Voltaire, que aborrecía igualmente a los cristianos y a los herejes, exclamaba: '¿Cuándo veremos a todos los jesuitas precipitados en el fondo de los mares con un jansenista al cuello?'

"Tales han sido, señor, las máximas de estos filósofos y liberales reformadores del clero y de las instituciones civiles, según se pueden leer en las obras del abate Barruel.(31) Estos sediciosos jacobinos prepararon la funesta revolución de la Francia y, no pudiendo los Pirineos ser dique bastante a sus errores, pasaron éstos a la España, que nos los iba[n] trasmitiendo a gran prisa, y dentro de poco nos hubiéramos convertido en jacobinos y masones si el Todopoderoso no echara sobre su fiel América una mirada compasiva.

"Sí, señor, ya vacilaba el altar y la religión iba a desaparecer del Imperio Mexicano, cuando vuestra majestad ilustrísima, inspirado por su Divino Autor, empuñó la espada en una mano y enarboló con la otra el estandarte del Crucificado. Forzoso era que siguiera la victoria a tan piadoso y cristiano capitán, a quien el cielo protegía visiblemente. En menos de siete meses concluyó vuestra majestad la grande obra de nuestra emancipación, que en once años no pudieron acabar tantos otros generales que lo intentaron.(32) Pero no podía ser de otro modo cuando el Dios de los Ejércitos lo protegía visiblemente, porque defendía su causa y la de sus ministros perseguidos.

"Mas en medio de tanta felicidad, restaba un hueco que llenarse, y éste era el trono de Anáhuac.(33) Pensábase en colocar en él a un borbón; pero ¿qué podíamos esperar los católicos de un príncipe español empapado en aquellas ideas liberales, o llámense sacrílegas y antirreligiosas? Ciertamente habríamos retrocedido muchos pasos. Por eso la Divina Providencia nos dio el consuelo por completo, colocando a vuestra majestad en el trono para que desde él pueda defender en todo tiempo la religión y sus ministros.

"Sí, señor, desde antes de los siglos estaba vuestra majestad destinado en la mente de Dios para que fuese emperador de México el año de [1]822. Así que, vuestra majestad es monarca por la Divina Providencia, y no por el Congreso de Cortes, ni por el voto de la nación como se ha dicho. Por manera que vuestra majestad hoy sería emperador de México, hubiera o no hubiera habido Cortes, quisiera o no quisiera la nación, pues estaba determinado por el Ser Supremo, cuya voluntad nadie resiste, y cuyos decretos se deben cumplir sin falta alguna.

"No ignoro que ésta es una blasfemia política en los oídos de los que se dicen liberales; mas en los del católico verdadero es un axioma de fe. Cuando los israelitas pidieron rey a Samuel, éste lo consultó con Dios, quien otorgó con las preces del pueblo; porque sólo Dios hace reinar a los reyes, y ninguna otra potestad de la Tierra. Per me reges regnant, dice Su Majestad. Por mí reinan los reyes;(34) por mí no por las Cortes ni por las naciones. ¿Quién se atreverá a contradecir estas palabras?

"Siendo esto así, ¿quién duda que la soberanía reside en vuestra majestad imperial,(35) como que es monarca destinado por el Rey de los Reyes y Señor de los Señores, para defender con particularidad su santa Iglesia? Así es, señor, vuestra majestad es nuestro soberano emperador y nosotros todos sus más humildes y obedientes vasallos. Cualquiera moderación de vuestra majestad, cualquier desprendimiento de alguna parte de su autoridad soberana será efecto de su alma grande e índole generosa. Empero, no está vuestra majestad obligado a obedecer al Congreso ni sujetarse a sus determinaciones, aunque lo haya jurado, porque pudiendo ser este juramento alguna vez pernicioso a vuestra majestad, a la nación y a la religión sacrosanta, no tiene vuestra majestad obligación de cumplirlo, porque nadie debe cumplir lo mal jurado.

"Esta pura doctrina autoriza a vuestra majestad para que cuando le parezca conveniente disuelva el Congreso de Cortes,(36) y reúna en sí los tres poderes. Consulte vuestra majestad esta opinión con los teólogos y canonistas, y verá cuántos la apoyan.

"No sólo puede hacerlo vuestra majestad imperial tuta continentia, sino que debe hacerlo cuanto antes, bajo la más severa responsabilidad. Es cierto que las Cortes podrán impedir que vuestra majestad haga algún mal inconsideradamente; pero también podrán estorbar que haga muchos bienes, y no está en el orden de justicia perder de positivo muchos bienes, por no exponernos a padecer un mal dudoso.

"Porque supongamos, señor, que vuestra majestad, mañana u otro día, tocado de la divina gracia, quiere establecer la Santa Inquisición,(37) restituir a los padres jesuitas y a los hospitalarios de México, suprimir esa maldita libertad de imprenta, abjurar la herética máxima de que la soberanía resida en la nación y hacer otras cosas tan del agrado de Dios como éstas, ¿se lo permitirán las Cortes? No es de esperar, antes sí es de creer que, alucinadas con esa moderna filosofía, aguijoneadas con los ejemplos de Alemania, Francia y España, y lisonjeadas por los libertinos con los epítetos de liberales, despreocupadas, sabias y soberanas, tratarán de meter la mano en mies ajena, ya aumentando los curatos y poniendo los curas a dotación, so pretexto de que estén los fieles mejor asistidos en la administración de los sacramentos, ya intentarán reducir a número determinado los monacales en pro de la población que dicen se menoscaba con el celibato religioso, agregarán al erario las rentas sobrantes so capa de ocurrir a las necesidades del Estado. Con este pretexto disminuirán las rentas de los canónigos y gastos superfluos de las catedrales;(38) se invocará el mejor bienestar de los pueblos para señalar los frutos de que se deban pagar diezmos y arreglar su cobro, y se cometerán tantos sacrilegios si Dios no los tiene de su mano, que ya temo que si las Cortes siguen, se pierde aquí la religión lo mismo que en España.

"Llamo sacrílegas esas determinaciones porque lo son cuando se versan contra los ministros del santuario o contra sus bienes, lo santo debe tratarse santamente, y los bienes de la Iglesia son santos como la iglesia misma.

"Supóngase por un momento que nuestros cleros necesitan de alguna reforma; pues aun en este caso, permitido y nunca concedido, ¿quién ha facultado a los señores diputados seculares para meterse a reformadores de la disciplina eclesiástica? Esto pertenece exclusivamente a los obispos y eclesiásticos en los Concilios generales o provinciales. ¿Se ve bien, se puede llevar en paciencia, que los clérigos se entremetan a formar códigos civiles y criminales?, ¿a reformar unas leyes y dictar otras?, ¿a pesar los delitos y las penas?, y ¿a tener parte activa en los gobiernos seculares? Respóndanme los que se llaman liberales. Cada clase del Estado debe circunscribirse en la órbita que le pertenece. ¿Pues cómo parecerá bien a los eclesiásticos que los seculares quieran reformarlos y disponer de sus bienes con manos profanas como las de Baltasar, a quien también otra terrible mano escribió en las paredes de su palacio su ruina, muerte y perdición de su reino en aquellas espantosas palabras: ManeThecelPhares?(39)

"Tiemble vuestra majestad a vista de este ejemplar funesto, y advierta que tamaños males amenazan a su persona y a su Imperio si oye con indiferencia mis palabras, y si, pusilánime u omiso, no disuelve en esta hora misma ese Congreso que le impedirá cumplir con sus deberes en obsequio de la sagrada religión y sus ministros. Vuestra majestad se halla convencido de la razón, tiene poder, ¿qué resta sino aplicarlo? ¡Triste de vuestra majestad si, alucinado por los enemigos del trono y del altar, hace punto de honor el sostener a las Cortes so pretexto de un juramento nulo! ¡Qué infierno tan terrible le amenaza! El honor de Dios, señor, el honor de Dios es primero que el de vuestra majestad; piérdase todo antes que el santuario se profane.

"Vuestra majestad goza opinión general, y cuando no ¿de qué sirven las bayonetas? Ármense todos enhorabuena contra los enemigos de la sacrosanta religión de Jesucristo; degüéllense, extermínense por millares cuantos no crean lo que nosotros creemos, o atrevidos se opongan a nuestras santas y cristianas ideas. Tal día será agradable al Ser Supremo, como la noche de San Bartolomé, en que los franceses pasaron a cuchillo multitud espantosa de hugonotes. Perezcan, sí, perezcan cuantos no se conformen con nuestros santos sentimientos. Un hereje, un impío, un sospechoso, no debe reputarse ni como ciudadano ni como prójimo, ni como semejante nuestro.  Haremos a la religión un gran servicio en exterminarlo, y el Dios de Israel, que armaba la cuchilla de Moisés a cada paso para matar a millares los rebeldes de su pueblo escogido, recibirá de nuestra mano el sacrificio de éstos, sus encubiertos enemigos. Advertid, señor, que si no se apresura este paso, la religión peligra. So pretexto de ilustración se introduce la herejía, y la impiedad se extiende rápidamente en este vasto y antes dichoso Continente. Antes sí, antes era feliz cuando era ignorante y católico. Sí puede llamarse ignorante y católico si puede llamarse ignorancia la que se refiere a los errores. ¡Feliz ignorancia! ¡Dichoso embrutecimiento!, si tanto quieren honrarnos esos fuertes espíritus. Más vale entrar necios al cielo, que ilustrados al infierno. El mismo Espíritu Santo nos aconseja que no sepamos sino lo preciso y provechoso para no ser est[ó]lidos.

"Pero ¿qué género de sabiduría es aquélla en que no hay temor de Dios?, ¿qué progresos puede hacer, cuáles serán los fines a que nos conduzca? Ya los vemos. Cuando no había ilustración en este Imperio, para usar de las palabras de nuestros enemigos, cuando había mayor número de frailes, cuando los padres jesuitas predicaban en los templos, calles y plazas la doctrina de Jesucristo, cuando existía el negro y tirano Tribunal de la Inquisición, cuando los más miserables se quedaban sin comer con sus hijos por tener la Bula de la Santa Cruzada,(40) cuando las alcancías de los Santos Lugares de Jerusalén y de la redención de cautivos se llenaban diariamente en diferentes iglesias... En una palabra, cuando éramos más ignorantes y fanáticos, éramos más católicos y de mejores costumbres.

"Entonces todos se arrodillaban en las calles para recibir la bendición episcopal, se descubrían no sólo al toque del Ave María y ante las santas imágenes, sino ante todos los señores sacerdotes, y aun ante los legos de las religiones, por respeto de su santo hábito. Entonces los ministros del santuario eran tenidos en lo que son, esto es, en Cristos de la Tierra; nadie osaba, no digo tocarlos, pero ni responderles una palabra, temerosos de incurrir en su anatema. Entonces, en fin, no se tenía por noble la casa que no contaba con hijo fraile, y para enamorar a los niños a las sagradas religiones, los vestían de frailecitos desde pecho... Mas ¡oh tiempos!, ¡oh costumbres! Hoy, a merced de la ilustración, todo ha cambiado de aspecto. Ningún respeto se tiene a los eclesiásticos, solamente los pobres de la última plebe les quitan [sic] el sombrero, porque son ignorantes; pero los señores ilustrados, los militares, los..."

Aquí no pudo proseguir el orador, porque llamó la atención del Congreso, la de su majestad y la de todos un ruido estrepitoso que se oyó en las puertas del salón. Todos menos el emperador se alborotaron y corrieron a la puerta.

Llegamos a ella, y vimos de la parte de afuera un tumulto de gente que gritaba:ha de entrar. En el instante vi que contra la multitud se lanzaban los poetas, los de las vejigas, los de los incensarios, los de la procesión y hasta los terceros y viejas. Éstas, en el furor de la cólera, se olvidaron de su modestia de desagravios, dejaron caer los rebozos y descubrieron unas espantosas carantoñas. ¡Qué admirado me quedé al ver en tal pelaje y figura, aparentando virtud, algunas que en mi mocedad conocí más cortesanas que Thais, y más comunes que la agua! Quisiérales pegar un chasco; mas será el escándalo terrible. "Ha de entrar, decían los de afuera. Están alucinando a su majestad; lo están perdiendo; tratan de arruinarlo y a nosotros con él, y todos vamos en bola. Ha de entrar o el diablo se lleva el Imperio en este día." Los de dentro decían: "Eso no puede ser. La Verdad jamás ha entrado en los palacios, ni el eco de su voz se permite a los oídos de los emperadores. Quédese la Verdad para los diputados a Cortes (si son tontos que la oigan), para los filósofos y para los pobretes escritores, pero en estos recintos no ha de entrar."

En esta zambra de gritos y empujones vi que unos acometían al pueblo con vejigazos (lisonjas de boca), otros con resmas de papel (folletos alarmantes y capciosos), otros con libros y bulas (mal interpretadas y peor traídas), y todos los de palacio adentro con sus armas, menos los militares, que en nada se metían sino en contener el alboroto. Pero a poco advertí que muchos señores oficiales más instruidos que yo en lo que pasaba afuera, se decidían por el pueblo, y se mezclaban con él diciendo: primero soy ciudadano que militar.

Asombrado estaba yo sin saber el misterio de estas palabras y la causa de este alboroto, cuando se me acerca un gallardo joven con uniforme de capitán general y me dice: ─¿Eres El Pensador Mexicano? ─Servidor de usted. ─¿Pues qué haces? Ya te conozco, emprendamos la decisión de este lance. Toma este sable. Al decir esto, puso en mis manos un rico sable con empuñadura de oro, en cuya hoja por un lado decía: Viva la religión sin embelecos, y en el otro: Viva Agustín I con su libre Imperio.

Lo mismo fue tomar en mis manos aquel sable divino, que sentirme con más valor que Alcides y más pujanza que Sansón. ─Todo soy vuestro, dije al general, ¿y quién sois? ─Tu grande amigo, me dijo, el Amor de la Patria. ─Es verdad, le respondí; mas os tenía por virtud cívica, no por un ente personificado. ─¡Bárbaro!, me dijo, estás soñando: todos los seres metafísicos se te deben personalizar en este instante. Mira allí entre aquel grupo de soldados y paisanos a la diosa Verdad atormentada y agradecida al mismo tiempo, porque el triste pueblo, los buenos militares, muchos clérigos y frailes quieren que entre a hablarle al emperador, y estos otros aduladores riñen y forcej[e]an porque Agustín el Grande no oiga siquiera el eco de su voz, y...

Yo a este tiempo me levanté sobre los dedos de mis pies, y vi en efecto a la misma beldad que pocos días antes vi (en sueño) en el muelle de Veracruz.(41) ¡Qué linda estaba la muchacha! No hay remedio, en la aflicción resalta la hermosura, porque la despoja del orgullo y la hace comparecer humilde con superioridad y sin defensa. ¡Hombres altivos! ¿Por qué os burláis de una mujer afligida aunque no sea hermosa, si ella se queja, si se os rinde, si se os humilla, si llora, si se abate? ¡Sois más que fieras si aún osáis maltratarlas!

Éstos son mis naturales sentimientos, ¿qué me parecería ver a este ángel, a esta diosa inmortal toda descompuesta, ajado su ropaje, descolorida, trémula y estropeada entre los que la defendían y los que repugnaban su entrada? Yo estaba como estatua de mármol; pero el Amor de la Patria me dispertó del éxtasis y me dijo: ─¿No has expuesto tu vida y tu familia cuatro ocasiones por mí?,(42) exponla ahora, vamos a defender a la Verdad y que hable cara a cara el emperador. De lisonjearlo nada puedes esperar: es muy vivo y conoce las lisonjas. La patria vale mucho: con que prudencia, integridad, y ayúdame.

Dijo esto el Amor de la Patria, y con el mayor denuedo y bizarría comenzó a tirar tajos y reveses dentro del mismo salón imperial. Por aquí cae un fraile fanático, por allí un clérigo soberbio, por allá un canónigo ambicioso, por esta parte un conde adulador, por la otra un magistrado venal, y por donde quieta necios, hipócritas y viejas. Yo, a su ejemplo, no dejaba de hacer mi diligencia. ¿Cuántos lisonjeros herí, cuántos hipócritas de cristianismo hice pedazos, cuántos egoístas desjarreté? Ello es que entre los dos abrimos paso franco a la Verdad.

Luego que llegamos a ella la abrazó el Amor Patrio, los militares honrados le rindieron sus homenajes, y yo como un lacayo tuve el honor de componerle sobre sus lindos hombros sus doradas madejas.

Entró por fin esta diosa toda trémula en el salón: pidió la palabra, fuésele concedida y dijo lo que leerá el curioso en el papel que siga.(c)

 

 


(1) México, Oficina de Betancourt, 1822.

(2) Virgilio: la guerra mil males engendra.

(3) chucherías. Cosa de poca importancia, pero pulida y delicada.

(4) Santa Liga. Alusión a la Santa Alianza. Firmada en París (1815) por Alejandro I de Rusia, Federico Guillermo III de Prusia y Francisco I de Austria. Su objetivo era mantener la paz y orden político en Europa. Más tarde se adhirieron Luis XVIII de Francia, los soberanos de Cerdeña, los Países Bajos y Suecia. Guadalupe Victoria fue a Estados Unidos a pedir ayuda para consolidar la independencia, amenazada por la Santa Liga y sus pretensiones de sofocar las aspiraciones nacionalistas de la América Hispana.

(5) águilas pardas. Símbolo de la patria. El de España era el león.

(a) Memorables expresiones de su majestad, en su primera proclama que dio en México el 28 de septiembre del año pasado. ¡Cuánto dicen! ["Ya sabéis el modo de ser libres; a vosotros toca señalar el ser felices", que concluía: "Y si mis trabajos, tan debidos a la patria, los suponéis dignos de recompensa, concededme sólo vuestra sumisión a las leyes, dejad que vuelva al seno de mi amada familia, y de tiempo en tiempo haced una memoria de vuestro amigo." Rafael Heliodoro Valle,Iturbidevarón de Dios  en Artes de México, año XVIII, núm. 146, México, 1971, p. 50].

(6) Agustín I. Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...

(7) A partir de la Alacena de Frioleras, Fernández de Lizardi la hizo personaje frecuente de sus escritos. Confiesa que en esto imita los paseos de la Verdad de Villaroel. Obras IV-Periódicos, recopilación, edición, notas y presentación de M. R. Palazón, México, UNAM, 1970 (Nueva Biblioteca Mexicana, 12), pp. 103-130.

(8) vejigas henchidas. Cuero donde su guardaba el pulque y que al fermentar se hinchara.

(9) Timur Lenk, célebre conquistador tártaro. Sus hazañas se divulgaron en España por obra de Ruy González Clavijo. Se usa satíricamente este nombre para el hombre de poder y fortuna, dueño de vidas y haciendas, vencedor y nunca vencido. Vicente Vega, Diccionario ilustrado de frases célebres y citas literarias, Barcelona, Gustavo Gili, 1973, p. 501.

(b) No iban allí todos los individuos de ambos cleros, pues en ellos hay muchos verdaderos sabios, virtuosos y liberales, cuyas ideas no frisaban con los de la procesión. Éstos hicieron rancho aparte [se dice que hace rancho aparte la persona que se independiza de su casa familiar, especialmente del hijo que se casa. Santamaría, Dic. mej.].

(10) chicharrones. Sus cueros arrugados. Chicharrón es un trozo de gordura con piel de cerdo que se fríe en su propia pringue. Queda arrugado. Santamaría, Dic. mej.

(11) cocos. Personificación de la enfermedad. Un ser fantástico con que se asusta a los niños. Apócope de cocolixtle: enfermedad. Cecilio Robelo, Diccionario de aztequismos, o sea jardín de las raíces aztecas. Palabras del idioma náhuatl, azteca o mexicano, introducidas al idioma castellano bajo diversas formas, 3ª ed., México, Ediciones Fuente Cultural, s/a.

(12) Frase atribuida a Tiberio que Fernández de Lizardi utiliza en el número 4 de su periódico El Hermano del Perico que cantaba la Victoria, en Obras V, op. cit., p. 56.

(13) palanquear. "Ayudar en un negocio o a alguien interesado en él." Santamaría,Dic. mej.

(14) Moctezuma II Xocoyotzin (1480?-1520). Noveno rey azteca. José María Luis Mora escribió: "Era enemigo del ocio, y para extirparle de sus estados mantenía en continuos y fuertes trabajos a sus súbditos, ya en ejercicios de guerra, ya en la construcción de nuevos edificios. Esta opresión, su altanería y su severidad sembraron el descontento; pero también atraía la benevolencia con su generosidad y justicia." "Ciudad antigua de México" en Diccionario universal de la historia y geografía, México, Imprenta de Escalante, 1854, t. V, p. 788.

(15) Santo Oficio. Cf. nota 4 a De don Servilio al clamor...

(16) Antonio José Ruiz de Padrón (1757-1823). Diputado en las Cortes de Cádiz; combatió la Inquisición y redactó un Dictamen al respecto. En El Conductor Eléctrico, números 4 a 10, Fernández de Lizardi lo reprodujo. Cf. Obras IV, op. cit.

(17) Joaquín Lorenzo Villanueva Estengo (1757-1837). Diputado por Valencia en las Cortes de Cádiz. Fue acusado de ser jansenista, y así, en 1822, siendo nombrado ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede, la corte pontificia se negó a recibirlo. Más tarde sufrió persecuciones políticas, y tuvo que refugiarse en Londres y en Dublín. Escribió El Kempis de los literatos, entre otras obras.

(18) La cita sigue: et plorabo dei ac nocte interfectos filiae populi mei. Jer. 9, 1.

(19) Cf. La Catástrofe de Cádiz en Obras X-Folletos, recopilación, edición y notas de M. R. Palazón e Irma Isabel Fernández Arias, presentación de la primera, México, UNAM, 1981 (Nueva Biblioteca Mexicana, 80).

(20) En 1820.

(21) La obra evangelizadora y educativa de los jesuitas provocó que establecieran la Compañía cuatro veces (la primera en 1816) y que se suprimiera otras tantas veces. En el número 5 de El Sol se trataron las causas de la extinción de la Compañía de Jesús y de algunas órdenes hospitalarias. En las Observaciones sobre un número de El Sol (México, Imprenta de Alejandro Valdés, 1822) se achaca dicha extinción a la influencia que tenía de Voltaire, D' Alembert, Diderot y Federico II de Prusia.

(22) Le citateur, por Charles Pigault-Lebrun. Henri Joseph Laurens, llamado Du Laurens (1719-1797)escribió Compère Mathieu ou les bigarrures de l'esprit humain, que en España figuró como una de las obras proscritas por la Inquisición. Les ruines ou meditations sur les revolutions des empires, traducida al español como Las ruinas de Palmira, por Constantin François Chasseboeuf, conde de Volney. Évariste Desire de Forges, vizconde de Parny (1753-1814) escribió La guerre des dieux anciens et modernes, parodia libertina de la Biblia; de este poema sólo se conservan fragmentos, pues el gobierno de la Restauración adquirió el manuscrito y lo mandó destruir. Palau y Dulcet registró una obra que aparece bajo el nombre de Charles Maurice de Talleyrand-Périgord: "Carta escrita al papa Pío Séptimo. París (sin impresor), 1821 [...]. Primera edición rarísima. Es obra apócrifa traducida por Marchena." Hubo otra edición, madrileña, en 1822, Manual del librero hispanoamericano, Barcelona, Librería Palau, 1948, t. XXII, p. 399. Paul Henri Dietrich, barón d'Holbach (1723-1789). Filósofo que colaboró en la Enciclopedia. En 1767 escribió Le christianisme dévoilé, obra antirreligiosa. También fue autor del Systeme de la nature ou des lois du monde physique et du monde moral (1770), publicado bajo el seudónimo de Mirabaud. Esta obra ha sido llamada la "Biblia del materialismo" o el "Manual del ateo". Theodoro de Almeida (1722-1803). Sabio y erudito sacerdote portugués, autor de Recreación filosófica, o Diálogo sobre la filosofía natura y de El hombre feliz independiente del mundo y de la fortuna, ambas citadas por Fernández de Lizardi en El Periquillo Sarniento.  También escribió El filósofo solitario. Obra instructiva, curiosa y filosófica compuesta por un amante de la razón y de las letras (Madrid, Benito Cano, 1788). Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, Barcelona, Librería Palau, 1948, t I, p. 227. Bartolomé José Gallardo (1776-1852). Crítico español, conocido por su erudición y mordacidad; autor del Diccionario crítico burlesco del que se titula "Diccionario razonado manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España", que era contestación a la obra de este título escrita por el canónigo Ayala. Menéndez y Pelayo se refiere a dicha obra y escritor en los términos siguientes: B. J. Gallardo era un "raro conjunto de extrañas calidades, sus ideas eran las de su tiempo, enciclopedistas y volterianas"; elDiccionario crítico burlesco, "librejo trabajosamente concebido, y cuyo laborioso parto dilatóse meses y meses, provocando general expectación, que en los mejores jueces y de más emunctae naris, vino a quedar del todo defraudada, siquiera el vulgacho liberal se fuera tras del nuevo engendro, embobado con sus groserías y trasnochadas simplezas [...]. Burlóse de los milagros y de la confesión sacramental, ensalzó la serenidad de las muertes paganas, comparó (horribile dictu) el adorable Sacramento de la Eucaristía con unas ventosas sajadas; manifestó deseos de que los Obispos echasen bendiciones con los pies, es decir, colgados de la horca", etcétera.Historia de los heterodoxos españoles VI (Heterodoxia en el siglo XIX), Santander, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1948, t. VI, pp. 50-51 y 52. José Marchena Ruiz de Cueto (1768-1821). Escritor y político español, conocido como el Abate Marchena; fue uno de los heterodoxos españoles; autor de Eloísa a Abelardo, epístola y paráfrasis de la escrita por Colardeau, que a su vez era una imitación de la de Alexander Pope. Marchena escribió también la epístola de Abelardo a Eloísa, prohibidas ambas en España por mucho tiempo. Cornelia Bororquia o la víctima de la Inquisición. La segunda edición es de 1800. "Este libro fue prohibido por considerar su texto un tejido de calumnias al Santo Oficio y al estado eclesiástico. Así y todo se publicaron multitud de ediciones furtivas, y hasta hace poco era libro buscado y popular." A. Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, Barcelona, Librería Palau, 1951, t. IV, p. 109. Palau y Dulcet registró los datos siguientes: La tolerancia religiosa en armonía con el derecho divino y humano, por E. V. A., Burdeos, 1819.Manual del librero hispanoamericano, Barcelona [Imprenta Imperial de Bilbao], 1971, t. XXIII, p. 252.

(23) Al cardenal de Escala lo cita Fernández de Lizardi en El Conductor Eléctriconúmero 11 alabando su pastoral sobre la igualdad que concede la Constitución; enRazones contra insolencias dice: "¿Quién es usted, padre Soto, por amor de Dios, para hablar con tamaño gaznate? ¿Será usted un cardenal de [E]scala en la cuna?"Obras IV, op.cit, p. 333 y Obras X, op. cit., p. 381.

(24) Federico II de Prusia mandó llamar a su corte a Voltaire, Diderot y D'Alembert.  Él mismo escribió sobre historia y un tratado de política (El Anti-Maquiavelo).

(25) "Aunque él [Montesquieu] no fue nada menos que indiferente sobre la libertad de las opiniones religiosas, consideró en sí mismo el gobierno monárquico. Se propuso, según sus ideas de libertad política, arreglar el poder y la autoridad de los reyes. Aunque la libertad religiosa hubiese sido extremada, no por eso se habría creído menos esclavo en cualquiera parte, mientras la autoridad real no estuviese arreglada según su sistema, sobre la distinción y separación de los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial." Memorias para servir a la historia del jacobinismo, escrita en francés por el Abate Barruel; traducidas al castellano por F. R. S. V. Observante de la provincia de Mallorca, Palma, Imprenta de Felipe Guasp, 1813, t. II, pp. 45-46.

(26) "Toda la soberanía, según Rousseau, residía en el poder legislativo; dando este poder al pueblo, concluye que el pueblo es soberano, y en tal manera lo es, que no se puede someter a otro soberano." Barruel, Memorias para servir a la historia del jacobinismoop. cit.,t. II, pp. 68-69. El mismo autor añadió: "Rousseau había enseñado a los pueblos a pensar que si la autoridad de los reyes se deriva de Dios, es como las enfermedades y los azotes del género humano", p. 109.

(27) Guillaume Thomas Françoise Raynal (1713-1796). Historiador y filósofo francés que abandonó la Compañía de Jesús para dedicarse a escribir. Atacó la política colonial de las naciones "civilizadoras" en su obra principal: Histoire philosophique et politique des ètablissements et du comerse des europèens dans les deux Indes (1770).

(28) "Hemos visto que Voltaire deseaba ver ahorcado el último jesuita con los intestinos del último jansenista. El mismo frenesí inspiraba a Diderot las mismas expresiones contra los sacerdotes y reyes. Todo París tenía noticia de esta exclamación que se le escapaba en las convulsiones de su locura o de su rabia: ¿Cuándo veré al último rey ahorcado con los intestinos del último sacerdote?" Barruel, Memorias para servir a la historia del jacobinismoop. cit., t. II, p. 117.

(29) Pierre Bayle (1647-1706). Filósofo y escritor francés de origen protestante, que se convirtió al catolicismo, lo abandonó y regresó a su antigua fe. Autor delDictionnaire historique et critique (1695-1697), con el cual se inició el movimiento enciclopedista.

(30) Guiseppe Antonio Gioacchino Cerutty (1738-1792). Literato y político francés. Estudió en el colegio de jesuitas de su ciudad natal y más tarde ingresó en la Compañía. En 1762 se separó de ésta. Desde un principio simpatizó con el movimiento revolucionario de Francia, y llegó a formar parte de la Asamblea. Escribió entre otras obras: Apologie genérale de l'institut et de la doctrine des jesuites (1762) yMèmoire pour le peuple français (1788).

(31) Agustín de Barruel (1741-1820). Escritor y polemista francés. Napoleón le nombró canónigo de París. Autor de Collection ecclèsiastique ou Recueil complet des ouvrages daits depuis l'ouverture des États Généraux relativement au clergé (París, 1791-92), Histoire du clergé de France pendant la Révolution Française (Londres, 1794; París, 1804), y Mémoires pour servir à l'histoire du jacobinisme (Londres, 1797; Lyon, 1803), en esta obra denunció a Voltaire, a D'Alembert y a Federico II de Prusia como jefes de la gran conspiración dirigida contra la religión, fraguada en la Enciclopedia continuada en las sociedades secretas de los francmasones y de los iluminados, y que al fin estalló en la Revolución Francesa.

(32) "El veintisiete de septiembre, el mismo día en que cumplía Iturbide treinta y ocho años, hizo su entrada triunfal en México el ejército independiente; siete meses había durado la campaña, si tal nombre mereciera un paseo por las provincias, provocando a la rebelión a las tropas, oprimiendo con fuerzas superiorísimas a las que intentaban oponerse, que estaban reducidas casi exclusivamente a los ocho mil expedicionarios, de los cuales fue corto relativamente el número que tomó parte en la defección, a pesar del ejemplo de tantos de sus jefes y oficiales. Nada es, pues, menos cierto, que lo que suele decirse con jactancia, que México ganó su independencia con diez años de guerra y sin auxilio de nadie. Esos años de guerra no fueron otra cosa que el esfuerzo que la parte ilustrada y los propietarios, unidos al gobierno español, hicieron para reprimir una revolución vandálica, que hubiera acabado con la civilización y la prosperidad del país. 'La Independencia se hizo', para usar de las palabras mismas de Iturbide, en su Exposición a la Regencia, de siete de diciembre de mil ochocientos veintiuno, sobre premios al ejército, 'en cortísimo tiempo de campaña, sin efusión de sangre, sin destrozo de fortunas, y, para decirlo de una vez, sin guerra, porque no merece el nombre de tal aquella en que no