SEGUNDO CUARTAZO AL FERNANDINO CONSTITUCIONAL
O ANATOMÍA DE SU CADÁVER(1)

 

 

Muy señor mío: no puedo menos de tomar la pluma, a pesar de que otras más bien cortadas cumplirán con el empeño común de vindicar el honor del señor ex-diputado,(2) y decir lo que me parezca sobre el asunto como todo hijo de vecino, haciendo una anatomía del papel de usted,(3) aunque no en todas sus partes, pues no entiendo palabra de derecho y sólo me dirijo por conocimientos naturales y las ideas que hasta ahora se han dado sobre la materia.

Primeramente: tomado el párrafo con que comienza usted su discurso, digo yo también: ¿Qué furor es éste, señor Fernandino y muy señor mío? Él ha hecho que un hombre como usted incida en el error de incitar a tomar la pluma al que jamás era capaz de tomarla en estos asuntos. Él vendó los ojos de usted para no dejarle ver que, proponiéndose el santo e inestimable fin de evitar discursos y cuestiones que mancillen la dulce paz, unión y concordia que gozamos, échase usted en su carta mil dardos que, hiriendo muchos corazones, y principalmente el del señor ex-diputado, no rompieran su silencio si usted no los provocara de una manera tan legítimamente insultante. En el acto mismo de proponerse un fin tan precioso, puso usted el estorbo para conseguirlo.(4)

He aquí el primer párrafo del discurso de usted. ¿Cuán acomodado quedo para contestarle?, ¿no es verdad? Adelante dice usted: "¿No es regla constante de la crítica la que dice: siempre debe usarse de modestia aun con aquellos de cuya sentencia se aparta?(5) Pues ¿por qué no usa usted de la regla? ¿Acaso porque dándola se quedó sin ella? ¿Por qué tratando de un fin tan precioso alborotó, como dicen, el gallinero. Sigue usted diciendo: "¡Ah!, las sabe usted y las sabe todas; pero esta vez se la sumió en el tintero".(6) ¿Quién se la sumió en el tintero, señor Fernandino, usted o el señor ex-diputado? Creo que usted, pues no usa de su mismo consejo. Sáquela de él, como dice en el mismo lugar, y verá que su escudo no es la razón.

Sigue usted diciendo que, para calmar la conciencia de unos y otros escrupulosos, "nada hay más enérgico que decirles con palabras de Dios, de Jesucristo y de san Pedro y san Pablo: 'obedeced cuanto vuestro rey os mandare con tal que no sea un pecado mortal'".(7) Estamos en esa inteligencia, y no habrá quien lo niegue. Pero ¿no debemos suponer que esto está dicho al prestar el juramento de fidelidad al rey y a la Constitución?(8) Me parece que sí. ¿Y a pesar del juramento prestado por todos, se descubre alguno que por escrupuloso duda de los preceptos del monarca más amado, esto es, supone que de las leyes establecidas resulte un gran mal, qué juzgaremos de él? ¡Ah, señor Fernandino!, ése es el caso: ahí está el quid, como dicen los estudiantes, y éste fue el motivo por lo que el señor ex-diputado tomó la pluma para arrancar de raíz los escrúpulos; para hacer ver al pueblo lo que tal vez ignoraba, y para tranquilizar los corazones leales que por ignorancia vencible vacilaban, no en obedecer a su monarca, a quien aman tiernamente, sino en las cosas que les parecían contradictorias. A éstos los creo satisfechos con la carta de dicho benemérito señor,(9) siendo para ellos los dardos que usted dice de algodón o mantequilla, y de pedernal para los egoístas. Aún tiene este párrafo más que escudriñar. Dígame usted, señor Fernandino, ¿cuál será mejor obediencia, la que sólo se funda en la sumisión o respeto, o a la que se le agrega el conocimiento del precepto? Creo que la segunda, ¿no es verdad? Pues en este caso estamos seguramente obedeciendo al rey porque lo manda, y obedeciéndolo porque lo que manda es bueno. Esto no es decir que se adoptaría por bueno aunque el monarca no lo mandase; pues en este caso lo que le correspondía al buen ciudadano, al amante de su patria y al obediente a la majestad, sería elevarle sus súplicas y mover su ánimo con las razones más enérgicas para alcanzar sus pretenciones, como lo hicieron los legítimos héroes de nuestra época, contra los cautelosos enemigos de la humanidad.

Y, ¿a pesar de pruebas tan patentes, querrá el señor Fernandino que permitan los sabios y, lo que es más, los pastores de la religión, que sus feligreses duden y cavilen sobre los puntos que se les manda obedecer por las legítimas potestades, cuales son nuestro amado monarca y las Cortes? No, señor, de ninguna manera. Antes bien, todo Fernandino Constitucional, quiero decir, todo el que tome el nombre augusto del rey, deberá instruir a los ignorantes, convencer a los rebeldes, y, finalmente, procurar la unión de sus hermanos y la paz de los pueblos, no con sátiras insulsas y autoridades mal traídas y peor dirigidas,(a) sino con la exacta lógica, como se hace con los paganos tratando de religión. ¡Ojalá y todos estuviesen impuestos del derecho público! Pero por desgracia es lo que menos se lee.

Dice usted después: "nada más sería menester para que unos y otros escrupulosos sellasen sus labios, pues el rey se los manda y ha sellado los suyos."(10) Este párrafo es hermano carnal del anterior. Trae usted inmediatamente un periodo del manifiesto del mejor de los monarcas, y pregunto: ¿de qué votos habla el rey, señor Fernandino? ¿cuál es la gloria que ambiciona?(11) ¿No lo sabe usted? Se lo diré. Los votos son las súplicas de sus leales vasallos para que les volviese el gobierno que las Cortes maduramente habían promulgado, y la gloria es la paz, la tranquilidad y la unión de estos mismos leales españoles. Y ¿se conseguirá esta gloria, serán cumplidos los votos si los vasallos no quieren unirse por vil egoísmo y reconcentrada malicia? Pues, señor mío, no conseguirá esto mientras no se les haga ver el error de sus máximas con poderosas razones, llamadas por usted saetas.

Sigue usted adelante: "¡Ah, que sería imposible no inflamar[se] los corazones, y no tributar lágrimas de agradecimiento!",(12) etcétera. Señor mío, aquí pido la respuesta de usted. ¿Quiénes son los que han llorado de gozo, quiénes los que han vertido lágrimas leyendo tales expresiones? Seguramente no serán los escrupulosos, yo lo aseguro.

Inserta usted después otro periodo del mismo manifiesto (y el más recomendable a la verdad); pero, amigo, no sé en qué pensaba usted cuando tomó la pluma, porque dato et non conce[s]so que el señor ex-diputado hubiese herido a algunos a más de usted con sus decantados dardos, serían menos en número que los demás sinceros corazones hechos pedazos con el que usted llama moderado correctivo.(13)

"Ésta es sabiduría, sigue el texto, ésta es fraternidad, ésta es grandeza de alma el singular Fernando."(14) Y mucho que lo es, así como también es necedad y bajeza de espíritu de los dudosos no ceder a la razón, y aun me atrevo a decir a la obediencia, no haciéndolo sino porque lo mandan, y juzgando en su corazón malas las leyes admitidas por el benignísimo padre de la patria. ¿Qué tal he disecado, mí amigo?, pues aún falta la mitad del cadáver.

"¿Por qué pues, dice usted, los pocos escrupulosos de la segunda clase exaltaron la bilis de usted hasta calificarlos enemigos de la Constitución, seductores de los incautos y timoratos, egoístas detestables?"(15) No exaltaron éstos ni ninguno la bilis del benemérito doctor Alcocer, antes sí sus expresiones son hijas del amor y cariño a sus conciudadanos, sino que usted seguramente leyó su carta con ojos biliosos, y todas las letras se le volvieron cólera. Mas prescindiendo de bilis, diremos con verdad que ésos de quienes se hace mención son los verdaderos enemigos del Estado; pues dudan o niegan la bondad de las leyes establecidas y que todos juramos con entusiasmo inspirados por la naturaleza, y con muchísima docilidad, como lo atestiguó verbalmente el excelentísimo señor conde del Venadito,(16) entre los vivas y aclamaciones de los legítimos constitucionales. Y yo creo que no abrirían la boca los escrupulosos, y si lo hicieron sería por armonía y buena crianza.

"¿No ha podido usted ver, sigue el párrafo, que lejos de probar la expresión de uno u otro de esos pocos, lo que liberalmente les atribuye usted, prueba su amor refinado al rey, a la nación y a la divina religión que nos enseña obedecer?"(17)Estaba usted delirando, y voy a probar que no tienen esos pocos amor al rey ni a la religión. Si tuvieran amor al rey, lo creerían justo. ¿No es verdad, amigo mío? Creyéndolo justo, deberían suponerse que la Constitución que ha jurado lo era también. Es así que creyendo lo segundo, no pueden tener escrúpulos: luego el que tiene escrúpulos no ama al rey. ¿No enseñan en las escuelas a logistizar(18) de este modo? Pregúntele usted al amigo abogado.

Veamos ahora si aman esos pocos la religión. Una cosa se ama en cuanto buena; es así que la conocemos buena por sus principios fundamentales; luego el que no conoce sus fundamentos, no la ama, al menos como debe. Es así que el que piensa que la Constitución se opone en algún modo a la religión, no conoce sus principios fundamentales; luego que el que tiene escrúpulos, no la ama. He aquí destruido el párrafo en que usted puso más estudio, y vindicada, en cuanto cabe en un lego, la carta del señor doctor Alcocer.

La disección de lo siguiente no me pertenece, porque, como acabo de decir, soy lego y no he encontrado pronto un amigo que me lea el Fuero de las Fazañas;(19)pero ha respuesto(20) a él un hombre de erudición conocida en esta capital, y de acendrado patriotismo.

Dice usted que "los escrupulosos no temen por las Cortes ni por la Constitución: son justos y aprecian lo que lo es. Temen sí, porque ignoran si vive aún en este mundo, o está ya en el infierno, el alemán Weshaupt, conducido por la legión de diablos que ocupaba su corazón, porque saben que otro y otra legión ocupará su puesto".(21) ¿Qué temen, señor Fernandino? ¿Quién es ese Weshaupt? O es heresiarca, o contra nuestra nación; pero de cualquier modo que sea, ¿qué temen, vuelvo a decir? Vea usted, amigo mío, que ese temor es contra las potestades que nos gobiernan. Me explicaré. Si sus doctrinas son contra la patria, para él y sus secuaces está pendiente el filo del castigo, y no obsta la Constitución (infórmese usted de su amigo), antes ayuda a exterminar de nuestro suelo la raza de los traidores. Si es heresiarca, ¿tan desentendidos supone usted a los prelados, o tan ignorantes, por mejor decir, que no tomasen pronto providencia para aniquilar a los impíos? ¿O necesitan éstos de la Inquisición para poner censuras y fulminar anatemas? He aquí el motivo todo de la carta de usted. He aquí los temores de los escrupulosos, y uno de los puntos que trató con tanto acierto el héroe de nuestra conversación. ¿No es verdad?

Prosigue usted: "¿Y merecen tales escrupulosos que por impreso se les trate de egoístas, enemigos de la Constitución y de las Cortes?"(22) De éstos le daré a usted dos especies más bien distinguidas que las de usted. Saben los moralistas, y yo sé por un Lárraga(23) viejo, con que suelo pasar algunos ratos, que hay ignorancia vencible e invencible; pues estas clases de ignorancia pueden tener esos escrupulosos. Digo ignorancia porque no puede ser sabiduría. Los que tengan la primera no los llamaremos egoístas; pero éstos deben dirigirse por los sabios, supuesto que conocen la necesidad que tienen de director, y seguramente no les hirió la saeta decantada. Los segundos son egoístas, subversivos, enemigos del Estado, de la naturaleza y de la religión, supuesto que les falta la legítima y racional obediencia. Adelante.

"Lejos de imaginar lastimarle", dice usted con mucha sumisión, que entendió ser un descuido.(24) Debemos darle a usted mil gracias por sus favores, y advertirle, si acaso el amor propio le ciega, que toda la carta era capaz de lastimar si estuviera fundada en razón, y contra un hombre que no fuera el benemérito de que se trata.

He concluido la disección anatómica, aunque no con perfección, por ser toscos los instrumentos y el cadáver con muchas lacras, quedando entendido en que el estallido de usted fue como el de un cañonazo que pronto se desvanece, no quedando a pocos instantes ni memoria de él.

Por lo que, amigo mío, si usted confiesa que debemos ser constitucionales, "siendo mengua no serlo cuando lo es el padre de la patria",(25) ¿por qué lo hemos de ser a fuerza? ¿Por qué no hemos de confesar que son viles e indignos de la sociedad ilustrada los que, poniendo tranquitas(26) y sembrando recelos, seducen los ánimos de los incautos para que forzados obedezcan unas leyes sabias, leyes dulces, leyes suaves, leyes dictadas por la naturaleza, y, finalmente, leyes protegidas por el mejor de los monarcas e ilustradas por grandes talentos? Esto impide el egoísmo y el escrúpulo, y esto impide también el fanatismo de antaño, que nos enseñaba que la Inquisición era la base fundamental de la religión; como si Jesucristo la hubiera necesitado, ni nuestros actuales príncipes que tienen sus veces.

Baste, y créame usted que soy su amigo más de lo que piensa, y quisiera por tanto que las plumas prescindiesen de disputas y se empleasen en cosas útiles al Estado, ya advirtiendo a los ignorantes las legítimas sendas del patriotismo, o ya desterrando abusos destructores del buen orden y fraternidad.

Juntémonos todos y demos gracias al mejor de los reyes EL SEÑOR DON FERNANDO SÉPTIMO (que Dios guarde) por haber oído las súplicas de sus hijos: gracias a nuestro digno excelentísimo señor CONDE DEL VENADITO por el grande aprecio que nos ha mostrado en las públicas concurrencias; gracias a nuestros conciudadanos por la docilidad de su carácter, y gracias al doctor Alcocer que con sus escritos vence la ignorancia de los que desean aprender.

Guarde Dios la vida de usted los años que le desea.


Marón Sageli Jerez

 


 

(1) Impreso en la Oficina de don Mariano Ontiveros, calle del Espíritu Santo [Cf. nota 1 a La igualdad en los oficios], año de 1820.

(2) José Miguel Guridi y Alcocer. Cf. nota 9 a Primer cuartazo...

(3) Cf. nota 2 a Primer Cuartazo...

(4) Parafrasea al Fernandino; éste escribió: "¿Qué furor es ése, señor ex-diputado muy señor mío? Él ha hecho que un hombre de tan elevados talentos, como nadie se los puede negar a usted, incida en el error de incitarme a tomar la pluma, incapaz en otro caso de atreverse a contradecir la de usted. Él vendó los linces ojos de usted para no dejarle ver que, proponiéndose el santo inestimable fin de evitar discursos y cuestiones que mancillan la dulce paz, unión y concordia que gozamos, echase usted en su carta un dardo que, hiriendo a muchos corazones, incapaces de ceder a nadie en la rectitud de intención y aprecio de estos bienes, no romperían el silencio si usted no los provocara de una manera tan insultante. En el acto mismo de proponerse un fin tan precioso, puso usted el estorbo para conseguirlo", p. 1.

(5) p. 1.

(6) Idem.

(7) p. 2. I P. 2, 13-16 y Ro. 13,1.

(8) Constitución. Cf. nota 4 a El día nueve de julio.

(9) No sabemos de ésta, sino de la Carta de un ciudadano al señor Alcocer, México, Oficina de Mariano Ontiveros, 1820, firmado por V. L.

(a) Puede ser que en otra ocasión diga usted la interpretación genuina de mis autoridades.

(10) Cf. nota 10 a Primer cuartazo...

(11) El Fernandino cita a Fernando VII: " 'He oído vuestros votos, y cual tierno padre he condescendido a lo que mis hijos reputan conducente a su felicidad.'" Y añade: " 'Españoles, vuestra gloria es la única que mi corazón ambiciona. Mi alma no apetece si no veros en torno a mi trono unidos, pacíficos y dichosos'", p. 2.

(12) p. 3.

(13) "Mas como los descuidos de usted vuelvan impresos, el amor a la paz, concordia y unión exigía un moderado correctivo", p. 8. Correctivo. Cf. nota 8 a Primer cuartazo.

(14) En el original dice "paternidad" y no "fraternidad", p. 4.

(15) Idem.

(16) Conde del Venadito. Cf. nota 4 a El indio y la india.

(17) p. 4.

(18) logistizar. Por logizar: discurrir, pensar.

(19) Yo no soy legista, ni teólogo ni luterano; pero rogué a un amigo abogado que me las enseñara. Me leyó el Fuero Juzgo, el de las Fazañas, el Real, el Ordenamiento, Partidas, Compendio de cortes desde las de Coyanca, leyes del Estilo, Recopilaciones de Castilla e Indias, cédulas de Carlos III y IV, decretos de Fernando VII y en todas hallamos lo contrario", p. 7.

(20) respuesto. Arcaico participio pasado de responder.

(21) Cf. nota 25 a Primer cuartazo.

(22) "¿Y merecen tales escrupulosos que no por escrito sino por impreso que vuela por todo el mundo, y graba en los corazones la remembranza o la memoria de las calumnias, se les trate de egoístas, enemigos de la Constitución y de las Cortes, que no aman a la nación, etcétera?", p. 7.

(23) Francisco Lárraga, dominico del sagrado orden de Predicadores y profesor de la Universidad de Pamplona en los primeros años del siglo XVIII. Sobre su Prontuario de la teología moral, Ramón Martínez-Vigil en La orden de Predicadores, Madrid, 1884, p. 307, dice que se han hecho muchas ediciones de esta obra desde 1700 a 1866, en las cuales los editores han modificado el texto como les ha dado en gana, y que la séptima edición (la de Francisco Picart, Pamplona, 1710) es la verdadera. Vicente de la Fuente en Historia de las Universidades de España, Madrid, 1885, t. II, p. 447, dice que ha tenido amplio uso entre los "moralistas de carrera abreviada" o larraguistas. Respecto a la ignorancia, Lárraga dice que atenta contra la voluntad: "La ignorancia se la puede considerar ó de parte de la persona que ignora, ó de parte de la cosa ignorada, ó finalmente de parte de la acción que se hace por ignorancia. Si se mira por parte de la persona ó sugeto que ignora es de dos maneras, vencible e invencible. La invencible es quae positis diligentiis debitis potest vinci, attamen de facto non vincitur (Bill. De peccatis, arts. 2 et 6, pag. 692 et 501). Se conocerá que la ignorancia es invencible, quando in principio vel in toto operationis processu, circa rem ignoratam nulla se obtulit cogitatio, dubium vel remorsum; vel si se obtulit fecil diligentias debitas ad illam vincedam: la razon es, porque en tal caso la ignorancia es totalmente involuntaria, quia quod nullo modo est cognitum, vel in se vel in causa, nequit esse volitum at voluntarium [...] Y será vencible la ignorancia, quando res ingorata sciri aut discipoterat, et tenebatur, et ignorans non fecit diligentias qua poterat et debebat adhire, ut ignorantiam vinceret; porque entonces la ignorancia es voluntaria in causa. (Lee a Santo Tomás, 1, 2, q. 6, art. 8, et q. 19, art. 6 et. Q. 3. de malo, art. 7).

"Por eso la ignorancia vencible es de tres maneras: crasa, supina y afectada. Ignorancia crasa es, quae provenit ex desidia vel negligentia; v. g. quiero saber, pero no estudio porque soy flojo. Ignorancia supina es, quae provenit ex occupatione circa alia negotia, quibus impeditur adhibere diligentiam debitam; v. g.: quiero saber é instruirme en las obligaciones de párroco, confesor, etc.; pero me empleo en la caza y por eso ignoro mis obligaciones. Ignorancia afectada es, quae provenit ex malitia vel nolite directa; v. g.: no quiero saber si hoy es dia de fiesta por no oir misa y pecar con mas libertad" (pp. 248-249). "O sea que si se ignora lo que se debe saber por flojera, es crasa; si porque se ocupa de otras cosas que le impiden saberlo, supina; y si no quiere saber, afectada. Mas si se considera la ignorancia de parte de la cosa que se ignora, asi la vencible como la invencible puede ser juris et facti. Ignoranciajuris es quando ignoratur lex a aut praeceptum. Ignorancia facit es, quando ignoratur aliquiod factum hic et nunc (vel ratione alicujus circunstantiae cadere sub praecepto, non ignorato praecepto; v. g.: si yo ignoro los preceptos del decálogo, tengo ignoranciajuris; pero si sé los preceptos del decálogo é ignoro si puedo hic et nunc hurtar en la necesidad que padezco, tendré ignorancia facit. Finalmente mirada la ignorancia por parte del acto ó accion se divide en antecedente, concomitante y consiguiente. Ignoranti antecedens est quae determinationem (omnemvoluntatis antecedit (vel est causa volendi vel faciendi aliquid quid non fieret si scientia adesset); v. g.: Pedro anda á caza, y juzgando invenciblemente que mata á un oso, sucede que mata a un hombre: conoce después su yerro, y le pesa, porque á saberlo no hubiera disparado el tiro. Aquí no hubo pecado alguno.

"Ignorantia concomitans actionem est illa, quae comitatur actum voluntatis, (tu ullatenus est volita, attamen non est causa volendi); et quando si adesset scientia, etiam actus fiere (omnis antecedens est invicibilis, sed non omnis invicibilis est antecedens; sicut accidit in concomitante, quia non facit involuntarium simpliciter [.]; v. g.: en el mismo caso, Pedro, hechas las diligencias debidas y creyendo que es oso, mata á un hombre, despues viendo que es un enemigo suyo se alegra, y dice que si lo hubiera conocido hubiera ejecutado lo mismo. En este caso no hubo pecado en matar al hombre, pero sí arguye pecado en el matador por la preparacion de ánimo que tenia de matar á su enemigo; y también hubo pecado despues en alegrarse y complacerse de la muerte de su enemigo" (pp. 249-250). Las acciones derivadas de la ignorancia concomitante no son voluntarias ni involuntarias, sino no voluntarias.Ignorantia consequens (quae explicitam vel implicitam voluntatis consensionem sequiturest voluntaria carentia alicujus congitionis, y se da cuando alguno la quieredirecte et in se, vel indirecte seu in causa; y viene á ser lo mismo que la crasa, supinaó afectada. Por tanto se debe decir de ella lo mismo que de estas (p. 250). En lo que se refiere a pasar ratos, Lárraga afirma "en cuanto afirmativo [el precepto natural] manda emplear el tiempo que se había de gastar en el trabajo, si no fuera dia de fiesta, en santificar los mismos dias con obras de religión (p. 369). Oír misa, asistir a los divinos oficios y en obras de caridad, leer obras espirituales, visitar enfermos. En tales días sólo se prohiben las "obras serviciales o mecánicas" como martillar, cavar, etcétera (pp. 370-371). Se puede trabajar manualmente si de no hacerlo se sigue un detrimento en la vida, en la honra o hacienda. También se permiten acciones corporales o mecánicas si se hacen para recrear el ánimo o para evitar el ocio. Todas la citas son de: Francisco Lárraga, Prontuario de la teología moral (reformado por Benedicto XIV, por Francisco Santos y Grosin y adicionado y finalmente corregido por Diego Corral Maribela) Madrid, Imprenta y Fundición de Eusebio Aguado, 1847.

(24) "Lejos, muy lejos de imaginar lastimarle, he entendido que fue un descuido el que padeció usted y que fueron lo mismo algunos otros", p. 7.

(25) Idem.

(26) tranquitas. O tranquillas: tropiezos y achaques para descomponer algo.