SEGUNDA ZURRA DE EL PENSADOR
AL PINTOR DON FRANCISCO IBAR(1)
Oiga usted, pintor: ¿qué empeño tiene usted en darse a conocer (cada vez más y más) por tonto, grosero y embustero? Sin que se apure mucho, ya lo conocemos y sabemos cuánto puede dar de sí esa gran cabeza.
¿Con que yo me engañé creyendo que había triunfado de usted por su mismo silencio? Pues no, señor, no me engañé: triunfé y muy triunfé de su ignorante y maliciosa soberbia, y la prueba es que en más de dos meses no ha podido sacudirse los lapos(2) que le pegué con mi Zurra,(3) ¡Buena la llevó, pintorcillo! Le hice ver al público todos sus disparates, sus imposturas y sus vilezas, pero con demostración. Usted no pudo desbaratar mis razones: ellas se han quedado en pie, y ya que no pudo instar los argumentos, se apeó por las orejas(4) como hacen todos los tontos y sinvergüenzas, y buscó el papel que escribí con título de Breve sumaria,(5)etcétera, y ¿para qué?, para proferir nuevas mentiras y majaderías. Oiga usted en breve.
Dice usted que al principio de mi carrera pensadora me probó que ignoraba aun las primeras definiciones de la geografía. Mentira primera: lo que sucedió fue que llamé mar mediterráneo al llamado occeáno.(6) Usted, por hacer del crítico, escribió un papelucho adulándome por una parte y advirtiéndome por otra que el tal mar se llamaba occeáno. Contesté con urbanidad, confesando que había sido un equívoco. Esto fue todo; pero aquí no hubo pruebas ni necesidad de haberlas. ¿Quién había de creer que este descuidillo me había de salir a la cara al cabo de catorce años? Pero usted no creerá lo que le voy a decir, y es que no fue equívoco, sino ocurrencia muy pensada llamar mediterráneo al que usted y todos nombran occeáno. Sí, señor, ese mar es mediterráneo porque está en medio de dos tierras, y no es occeáno porque... pero lea usted el Diccionario de la lengua castellana y lo sabrá.(7)
Bien pudiera probar que el tal nombre se lo mereció ese mar por un error geográfico muy antiguo; pero no trato de enseñar a modorros.(8)
Que otros hayan dicho que no sé nada, poco importa, en atención a que los que lo han dicho son tan tontos como usted y los he hecho enmudecer, como es público; y además que mi ignorancia la tengo confesada; pero el que yo sea más tonto que los otros, no quita que usted sea más tonto que yo, como lo va a ver y en breve.
Dice usted que el objeto que me propongo en mis diálogos (de El Payo y el Sacristán)es darle lecciones muy claras a nuestros enemigos de la Liga(9) de la desunión que existe entre nosotros, del estado deplorable de nuestra milicia, etcétera, etcétera. Majaderísimo, ¿cree usted que el gabinete español esté atenido a mis papeles para saber el estado actual de nuestra República? ¡Sólo en esa gran cabeza puede caber tamaño disparate!
El objeto que me propuse fue hacer ruido para que ni la patria ni su gobierno se adormezcan con los arrullos que le canta una vana confianza de que estamos muy seguros de ser invadidos por la España y la Francia. No, no hay tal seguridad: estamos amenazados, y mientras que la Inglaterra no reconozca nuestra Independencia,(10) y no tome cartas a nuestro favor, estamos tan seguros como el pollo que se llevaba el gavilán;(11) y así entre nosotros ahora más que nunca debe haber unión y subordinación al gobierno, y éste debe desvelarse en tomar, como está tomando, cuantas medidas pueda de precaución contra nuestros enemigos, como si ya estuvieran a la vista. Unión, dinero, cañones, ejército, pólvora, bayonetas y desconfianza han de salvar a la patria, que no los disparates y adulaciones deIbar.
Para decir usted que el espíritu de mis diálogos es revoltoso, hace un gran misterio de que he dicho lo que dicen todos los americanos, que no son aduladores como usted, a saber: que Fernando tiene aquí un ejército de reserva. Dice: en ellos (en mis diálogos) se fomenta la desconfianza hacia los españoles de aquí, nuestros hermanos, pésele a usted diciendo ser un ejército de reservas que tiene Fernando en nuestro seno, y que serán los primeros en degollarnos; que se injuria a los americanos buenos, que sólo ven en ellos un semejante suyo, llamándolos chaquetas,(12) que se unirán con los primeros, etcétera.
Con echarle a usted un miente en toda la cara, bastaría para confundirlo, si tuviera vergüenza, porque expresamente y de letra de molde el Sacristán de mis diálogos reprueba esas generalidades. Con sólo leerlos basta para conocer lo impostor que es usted.
Lo que sucede es que yo no soy adulador de los españoles(13) de aquí. Hay buenos, con éstos no habla el Bando; los hay malos, esto es, que no les acomoda nuestro gobierno, lo mismo que americanos; y yo he dicho que ni contra éstos se deben hacer armas, mientras no se descubran; pero así que lo hagan, que mueran,(14)pésele a usted, aunque sean nuestros hermanos. Contra la patria no vale la hermandad. Si mi mujer o mis hijos(15) mañana son chaquetas, o borbonistas, o traidores a la patria, que todo es uno, yo le ahorraré al gobierno el costo de verdugo que los mate.
Lo que sucede, señor Ibar, es que usted erró la vocación en el oficio. Su genio de usted lo hubiera hecho un buen barbero en Madrid; mas no lo consultó y se hizo mal pintor en México, y peor pela barbas(16) de españoles.
Le repito que soy amigo y paisano de todos los hombres, que tengo amigos gachupines,(17) que a algunos los he defendido y servido, y que el español que sea amigo y amante de mi patria, debe vivir seguro de que si se ofreciera una safacoca,(18) en mi casa tendría un asilo y en mi débil brazo un escudo que lo defendería; pero el enemigo de mi patria, aunque fuera usted (que Dios lo libre), hallaría sobre su corazón la punta del puñal de Bruto. Sigamos demostrando sus tonteras.
Dice usted: “¿serán acaso chaquetas los americanos virtuosos, que miran a los españoles y a todos los hombres como a sus hermanos?, ¿o serán chaquetas los que los defienden de las injustas agresiones de los infames revoltosos?” La respuesta mía y de cualquier hombre de bien debe ser NO; pero usted no aguarda razones, y para argüir desatinadamente como lo ha de costumbre, se responde SÍ, y me imputa estesí porque se le antoja. Entonces piensa que va a clavar una pica en Flandes, y pone el siguiente sofisma, más gordo que un marrano de san Antonio Abad, diciendo: “yo defendiendo solamente en mis escritos los derechos del hombre, soy, según usted, un chaqueta adulador de los gachupines: todos los que hicieren lo mismo... son chaquetas...; es así que el gobierno no sólo los defiende con escritos, sino con las armas, mandando tropas a Jalisco,(19) etcétera, luego el gobierno es chaqueta.” ¡Bravo!, ¿y quiere usted que le pregunte a monsieur de Pra[d]t(20) si este silogismo está exacto? ¡Criatura miserable! Con negarle a usted la mayor, como desde luego se la niego, se va noramala(21) la consecuencia. Su argumento de usted está tan exacto como éste: todo el que toma medidas de precaución contra los enemigos cubiertos o encubiertos de la patria es, según Ibar, un revoltoso infame; es así que el gobierno las toma, ergo. ¿No le gusta a usted la consecuencia? Pues vaya a moler el cardenillo, a lavar los pinceles, a aparejar sus lienzos y pintar sus mamarrachitos y déjese de silogismos, dilemas ni entimemas, porque de estos dibujos no entiende una palabra.
La mayor la niego justamente. En mi concepto no puede ser chaqueta ni adulador de los españoles el que los ama como a sus semejantes. Todos debemos amarnos unos a otros; así lo inspira la naturaleza y lo manda la religión; y esto lo he dicho mil veces en mis escritos, y aun en estos diálogos que a usted le escuecen: en el 5º dice el Sacristán que “el aborrecer al español sólo porque nació más allá del mar, es tanta barbaridad como aborrecer al que no profesa nuestra religión.”(22) Léalo usted. ¿Y será creíble que quien escribe e imprime esta verdad llame chaquetas a los que sean de su opinión? Es imposible: entonces también yo fuera chaqueta. Vea usted cómo su argumento se funda en una impostura despreciable.
Chaqueta y adulador de los españoles se llama a aquel que calumnia a los buenos patriotas, llamándolos infames revoltosos, etcétera, porque no quieren que la patria duerma ni se fíe en la decantada impotencia de los españoles.
Chaqueta y adulador es el que trabaja por persuadirnos que entre nosotros no hay ni españoles ni americanos que vivan descontentos con nuestro sistema de gobierno, y que cuando viniera la Liga no tendríamos ni un enemigo dentro de casa.
Chaquetas y aduladores son los que, sin tener impedimento, jamás se expusieron ni prestaron el más mínimo servicio a la patria, cuando más lo necesitaba.
Chaquetas y aduladores son los que no salieron de México sino después del armisticio,(23) y eso a Tacubaya,(24) teniendo cuidado de ponerse el listoncito de los íntegros luego que volvían a México.
Chaquetas y aduladores son, por último, aquéllos que escribieron contra la Independencia en su misma época, tratando de desacreditar a Iturbide,(25) como lo hizo un tal don Francisco Ibar, pintor que vivía en la calle de San Agustín,(26) con un impreso que tituló Análisis del Plan de Iguala. Usted puede conocer a este autorcillo, y aun haber leído su referido impreso.
Con que ya usted ve quiénes son, en mi concepto, aduladores y chaquetas, y todos éstos son borbones o adictísimos al gobierno de Fernando VII de Borbón, para que usted lo entienda. Lo más gracioso es que usted diga, en su último papel que impugno, que yo escribo contra Fernando VII, la Liga y los malos españoles para alegar mis impresos a esos señores (¡con qué respeto los nombra usted!) para caer parado. Esta proposición es el colmo del ningún talento de usted. ¿Con que yo escribo contra Fernando VII para alegarle mis escritos y caer parado si viniera la Liga? ¡Por cierto que era el alegato más original que se hubiera visto en el mundo! Tal calificación estaba reservada al señor Ibar.
También estaba reservado para usted decir que el que renuncia dos veces un empleo seguramente ya lo ha obtenido algún tiempo, porque (son palabras de usted) no se puede hacer renuncia de lo que no se posee. ¡Esta sí que no estaba en mi librito! ¿Con que es menester ser oidor, obispo, ministro u otra cosa para renunciar [a] tales empleos? ¿Cuánto va que usted ha visto algún entierro de sujeto que haya renunciado un obispado, y como es costumbre que éstos llevan la mitra a los pies, usted, que supo la renuncia y vio la mitra, creyó que algún tiempo había sido obispo, y de aquí dedujo su desatino?
Si lo que piensa es que la segunda renuncia supone haber desistido de la primera, es otra bobería, porque bien sucede que a alguno le brinde con un empleo dos o tres o más veces, y que lo renuncie otras tantas, y ya ve usted que la multiplicación de renuncias no prueba posesión de empleos; pero usted no lo entiende: tiene su lógica prieta, y así sale ello.
Dice usted que yo firmé seguir hasta morir a los revolucionarios de Cuernavaca;(27)que esto se lo dijo, y le mostró mi firma, uno de los principales motores de la revolución.Digo que es mentira, ¿y a que no manifiesta usted una firma mía en que me comprometa a eso? Por el contrario, yo tengo testigos que puedo ponerle a usted delante, cuando quiera, de que fue necesario que uno de ellos me amenazara de asesinarme si no iba. Pregúntele usted a M...,(28) que lo sabe bien.
Me amenaza usted con que ese revolucionario lo instruyó de pormenores que se ignoran, pero que me ponen al descubierto, y que si fuere necesario y yo le apuro, estampará para mi confusión y para que el público conozca quién soy. Pues manos a la obra, pintorcillo: desembuche usted cuanto sepa de mí; no sólo le apuesto, sino que satisfecho en mi patriotismo, y en que nadie tiene que tildarme en mi conducta pública, le ruego que estampe esos pormenores. Vaya, hable usted, no enmudezca ni salga con que ya se fue quien lo dijo(29) porque entonces el público acabará de conocer que es usted un impostor, y que a falta de razones apela a las calumnias.
Si lo fueren las que usted escriba, ya nos veremos ante la ley; pero antes pregúntele usted a su mentor de mi parte que ¿cuánto me dieron para sostenerme con tres muchachos que llevé, y cuánto robé en Cuernavaca? No se le olvide a usted.
Concluyo encargándole que no responda este papel hasta de aquí a tres años, porque ya ve que dos meses es poco tiempo para usted.
México, 21 de septiembre de 1824.
[José]Joaquín Fernández de Lizardi.
(1) Oficina de don Mariano Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...]. Ibar escribió además del Análisis del Plan de Iguala, el Triunfo de El Pensador Mexicano, y acto de contrición del autor que le criticó su Tragedia de los gatos (1824).
(2) lapos. Golpe dado con una vara, correa u otra cosa flexible.
(3) zurra. Cf. Una buena zurra...
(4) se apeó por las orejas. Apearse por la cola o por las orejas es salir con un despropósito o una sinrazón, aducir algo inconexo con lo que se trata, o sacar consecuencias ilógicas y descabelladas. Santamaría, Dic. mej.
(5) Breve sumaria por El Pensador Mexicano al Señor Don Antonio León, excomandante de Oaxaca.
(6) Fue en el número 5 de El Pensador Mexicano: “Es menester cantar la palinodiaen obsequio de la verdad; el equívoco de haber llamado mediterráneo al océano en mi número 5 no tiene disculpa, es muy craso.” Es una carta dirigida a D. F. Y., enObras III, op. cit., p. 135.
(7) Diccionario de la lengua castellana. Hoy conocido como Diccionario de autoridades. Editado en VI vols., entre 1726 y 1739, y reeditado en 1770; se editó un resumen en 1780, en un volumen, despojándolo de citas de las autoridades, que, a su vez, se reeditó en 1783, 1791, 1803, 1817 y 1822 (Lizardi conoció hasta la 6ª edición delDiccionario).
(8) modorro. Flojo, perezoso, mula. Santamaría, Dic. mej.
(9) Liga. Cf.nota 27 a La tragedia de los gatos...
(10) Cf. nota 18 a La tragedia de los gatos... Inglaterra no reconoció la Independencia de México hasta 1825. La desocupación del castillo de San Juan de Ulúa fue causa de gran contento y con ello se pensaba que quedaba consolidada la Independencia: “Los negocios continuaban con actividad, y la Inglaterra [...] tácitamente reconocía la emancipación de México, cosa que se consideraba como de grande importancia, envió a los agentes diplomáticos que tenía acreditados en la República instrucciones para celebrar un tratado de amistad y comercio semejante ó idéntico á los que se habían celebrado con las demás repúblicas sudamericanas [...]. El reconocimiento de la independencia y la celebración de dicho tratado dieron de pronto el efecto de que los ricos especuladores ingleses formasen compañías para explotar en México el ramo de la minería: explotación que trajo consigo grandes capitales que derramaron en la República, según Alamán, sobre treinta millones de pesos.” México a través de los siglos, op. cit.,t. IV, p. 139.
(11) Fernández de Lizardi escribió en El Hermano del Perico que cantaba la Victorianúm. 1: “un hermano mío de parto, a quien tocó por desgracia el alma de un tonto, y mi hermano [un loro] lo fue tanto que apenas sabía decir sino VICTORIA. A este pobre fue a quien lo pilló un gavilán, y murió en sus garras entonando VICTORIA cuando sufría los más funestos descalabros. ” Obras V, op. cit.,p. 29.
(12) chaquetas. Cf. nota d a Breve sumaria...
(13) Cf. nota 46 a La tragedia de los gatos... La expulsión definitiva de los españoles fue decretada el 19 de abril de 1826. En 1824 el Congreso decretó que tenía facultad de expulsar del gobierno a todo extranjero cuando lo considerase oportuno. El movimiento antiespañol sirvió para perseguir una antigua clase dominante colonial (Harold D. Sims, La expulsión de los españoles de México, op. cit.,p. 13). Durante la guerra de Independencia llegaron 18,000 soldados, y partieron miles, en general, ricos y reaccionarios. Los soldados que se rindieron y eligieron permanecer en México eran no menos de un tercio de la comunidad que en 1827 vivía en el país. También se decía que “los gachupines habían conspirado para derrocar a Agustín de Iturbide en 1823, y que habían apoyado al gobierno que persiguió a sus partidarios y que lo asesinó en Villa de Padilla en 1824. Por ello no es casual que los dirigentes políticos que apoyaron a Iturbide en los últimos días de su fugaz Imperio hayan avanzado posiciones prominentes bajo la república federal en 1827, coincidiendo con el aumento del sentimiento antiespañol en toda la República” (Sims, op. cit., pp. 14-15). La misma composición del gobierno que unía los antiguos opositores de Iturbide con sus leales partidarios fue resultado político del movimiento antiespañol. Hacia 1821 había 10,000 españoles en todo el país (más o menos había 6’500,000 habitantes en México). En los seis años siguientes se redujo la cifra de españoles a una tercera parte. De 1821 a 1827 los españoles que vivían aquí se hicieron indeseables “en parte por sus intrigas políticas y en parte por haber seguido ocupando posiciones prominentes en la nueva sociedad, lo cual los hacía objeto de una gran impopularidad” (ibid.,p. 17). Vivían con os- tentación, eran comerciantes monopolistas. Las rebeliones de Hidalgo y los baluartes iturbidistas de Jalisco, Zacatecas y San Luis Potosí manifestaron su hispanofobia. Empeoraron tal sentimiento los bombardeos constantes a Veracruz realizados desde San Juan de Ulúa (de septiembre de 1823 a noviembre de 1825), último bastión realista contra el gobierno de transición, donde estaba el español Pedro Celestino Negrete. Después de la caída de Iturbide, en 1823, una fuerza expedicionaria bajo el mando de los generales Bravo y Negrete fueron a Jalisco para sofocar un movimiento de línea iturbidista. En el año de 1824 estalló en México la rebelión del brigadier José Ma. Lobato; éste no logró que se promulgara una ley que destituyera a los españoles de los cargos prominentes del gobierno, por ejemplo del Triunvirato. Cuando se mandó asesinar a Iturbide por órdenes del Congreso y del Triunvirato, se encendieron de nuevo los odios contra los españoles. “Viviendo bajo tales amenazas, no podía esperarse que los españoles recibieran con agrado la idea de la república federal en 1824 [...]. El segundo congreso constituyente [...] entregó los gobiernos locales al ‘partido popular’, es decir, a los nativistas. Fue un paso irreversible. Los peninsulares desesperados dieron su apoyo al Gran Maestro de la masonería escocesa, al General Nicolás Bravo, como candidato a la presidencia, pero [...] a fines de 1824 tomó posesión de la suprema magistratura el antiguo general insurgente Guadalupe Victoria. El primer gobierno de Victoria, constituido [...] con un Ministerio de Hacienda organizado por el comerciante español Francisco Arrillaga, podía ofrecer alguna esperanza a los peninsulares” (ibid., p. 21). En 1825 se funda el partido del rito yorkino, uno de cuyos objetivos era luchar contra los españoles.
(14) En las Conversaciones del Payo y El Sacristán núm. 5, Fernández de Lizardi hace decir al Sacristán: “A mí no me paga sino la razón y la justicia, y no encuentro ninguna para envolver al inocente con el criminal. Si hay en algún día españoles ingratos que después de haber merecido a nuestro gobierno una hospitalidad y consideración de que no hay ejemplar en la historia, encararen las armas contra nosotros, matarlos, sí, matarlos y hasta los perros de su casa, pues todos serán nuestros enemigos. Pero mientras no den motivo, es necesario respetarlos. Ésta es la ley de Dios y de la naturaleza. Si el infringir estas sagradas leyes es patriotismo, no quiero ser patriota a tanto precio.” En Obras V, op. cit.,pp. 112-113.
(15) Fernández de Lizardi se casó, en 1805 o 1806, con Dolores Orendáin. En cuanto a sus hijos, sabemos que recogió y protegió a algunos huérfanos, entre éstos a Joaquín Rangel, que llegó a ser general, y a Marcelo, hijo maltratado de un carpintero, que tomó los apellidos de El Pensador Mexicano. De Dolores Orendáin solamente tuvo una hija, que estudió baile; a la muerte de sus padres, en 1827, quedó a cargo de Juliana Guevara de Ceballos, pero después se trasladó con otra familia a Veracruz, donde vivió con el general Ignacio Mora y Villamil hasta que murió de vómito (fiebre amarilla).
(16) pela barbas. Lo mismo que rapa barbas o barbero, es decir, adulador. José Trinidad Laris registra hacer la barba: “Empleamos este modismo, para designar al hombre que anda siempre al oído del superior, adulándole, con perjuicio, las más veces de nosotros o de los demás [...]. En México pasó otro tanto que en el Perú; habiendo barberos que de simples ‘rapa barba’ pasaran a vestir la rica librea de consejero del representante del Rey en esta rica tierra.” Historia de modismos y refranes mexicanos, Guadalajara, Editor Fortino Jaime, 1921, pp. 11-12.
(17) gachupines. Cf.nota 22 a Breve sumaria...
(18) safacoca. Zafacoca es una riña o pendencia, trifulca o alboroto.
(19) Jalisco. Cf.nota 14 a La tragedia de los gatos...
(20) monsieur de Pradt. Cf. nota 8 a Una buena zurra...
(21) noramala. Adverbio: en hora mala.
(22) “Aborrecer y matar al gachupín, sólo porque nació del otro lado del mar, es lo mismo que aborrecer y matar al que no profesa nuestra religión.” Escrito por Fernández de Lizardi en el número 5 de las Conversaciones del Payo y el Sacristán, enObras V, op. cit., p. 113.
(23) “El breve reinado del Emperador Agustín (1822-1823) se caracterizó por la partida de un número extraordinario de españoles y por la salida de fuertes capitales, lo cual aceleró notablemente la decadencia económica del período del que nos estamos ocupando.” Harold D. Sims, op.cit.,p. 17.
(24) Tacubaya. Actualmente parte del Distrito Federal. En tiempos de Fernández de Lizardi era un pueblo que distaba de la Ciudad de México unas 7,000 varas.
(25) Iturbide. Cf.nota 16 a La tragedia de los gatos...
(26) San Agustín. Cf. nota 7 a Una buena zurra...
(27) Cuernavaca. Cf.nota 30 a La tragedia de los gatos...
(28) En el Correo Semanario de México número 3 Lizardi incluye una carta sobre “Despotismo hispano militar”, firmada por M., éste propone que ningún subalterno obedezca a ningún superior si puede probar que éste estaba borracho cuando dio la orden y que tampoco se obedezca cuando mande alguna cosa injusta o notoriamente criminal. Obras VI, op. cit.
(29) Fernández de Lizardi vuelve a utilizar esta frase en el folleto Dentro de seis años...