SEGUNDA PARTE DEL IMPRESO TITULADO:
OIGA EL SEÑOR PRESIDENTE VERDADES
DE UN INSURGENTE(1)
Conque dejamos en el papel anterior a la Santa Liga(2) hecha una gata mansa, observándonos de hito en hito, haciendo la disimulada o dormilona, pero trabajando sin cesar para acertarnos el golpe con toda seguridad.
Así es, y así será. Las testas coronadas y coligadas contra la libertad de las Américas, tienen unos gabinetes muy astutos y unos ministros muy políticos que están en atalaya sobre nuestros más indiferentes movimientos, que no ignoran la más mínima de nuestras ocurrencias, y que no desperdiciarán la ocasión que parezca más frívola. Saben hacerlo y tienen facilidad de instruirse a fondo en nuestras circunstancias.
Todos temen que aquí tengan sus emisarios; éstos no serán ni pobres ni tontos; es muy regular que aparentando la mayor indiferencia, o si se quiere, patriotismo, rastreen y huelan hasta las más secretas providencias del gobierno para comunicarlas a sus amos.
En efecto, ¿ignorará España ni la Liga cuál es nuestra posición topográfica en todas partes?, ¿quiénes nuestros ministros, generales, gobernadores, diputados, etcétera?, ¿cuál y cuánta la fuerza militar disponible?, ¿qué leyes nos rigen?, ¿en qué estado de unión o divergencia se halla la nación?, ¿cuál es el tono en que está actualmente la hacienda pública, el grado de nuestra ilustración, etcétera, etcétera? De ninguna manera; todo esto lo sabe[n] punto por punto, de todo se aprovecha[n] en el silencio, y sus combinaciones futuras no pueden menos que sernos muy temibles desde ahora.
La empresa de nuestra reconquista es altamente difícil y arriesgada, y para salir airosamente con ella se necesitan grandes preparativos. Ninguno se le quedará a la Liga en el tintero.
El fanatismo religioso, ese monstruo biforme que tantos daños ha causado al género humano, es uno de los primeros generales que vendrán a la vanguardia de nuestros enemigos.
Como éstos son santos, han considerado un deber colocar a su frente al santo padre, y ya hemos visto que su santidad no se ha descuidado en cumplir con los preceptos de Alemania y otras potencias; y así es que de cuando en cuando nos remite sus encíclicas o circulares con el santo fin de que sin exponernos a morir, rindamos la cerviz al yugo de Fernando, y nos constituyamos sus esclavos en honra y gloria de nuestra santa religión.
En la lucha que se nos prepara, el fanatismo asegura a sus patronos que todo lo favorable a nuestros enemigos es santo. Santos son ellos, santo el papa, santa la causa de la tiranía, santos los medios de que se valen y valdrán para sostenerla, ysanta la vileza y cobardía nuestra si sucumbimos. ¡Oh qué multitud de santidades! Pero en medio de ellas, si el gobierno se descuidara, santamente nos degollarían los españoles vencedores y harían a nuestros hijos esclavos para siempre.
El confesionario y púlpito son dos formidables parapetos, tras los cuales asestan los malos ministros de la religión sus tiros contra nuestra independencia y libertad sobre seguro. Los enemigos nuestros saben esto muy bien, y por eso han persuadido al obispo de Roma a que envíe entre nosotros agentes que a título de misioneros nos dividan, alteren y alboroten.
No ha muchos días que el supremo gobierno ha mandado salir de la República a un clérigo italiano, que venía de emisario de la corte de Roma, con la investidura de misionero, ¡Qué sermoncitos tan liberales y edificativos no hubiera predicado a las sencillas gentes de los pueblos!, ¡y qué bien que hubiera preparado, entre ellas, este santo precursor de la Liga, los caminos de la rebelión contra el gobierno! ¡Alerta!, pueblos, que la intriga, la seducción, el engaño, el cohecho y la misma religión, son los primeros instrumentos de nuestros enemigos. De todo esto se valen y se valdrán, antes de hacer uso del plomo y el acero. ¡Alerta!, digo, no haya que fiarse en promesas, ni los traidores esperen mejorar de suerte a merced de su perfidia. Fernando se valdrá de todo y de todos para subyugar a las que aún llama sus colonias; los malos americanos le serán muy útiles; pero, pasada la campaña, afianzado él otra vez del trono de Moctezuma,(3) y constituido en objeto de terror y espanto, a los primeros que ahorcará será a los americanos sus amigos, por este necesario argumento: “el que a su patria es traidor, no puede ser fiel a la extraña; éstos lo fueron con la suya, luego mañana pueden volver a sublevarse contra mí o contra mis sucesores; y así, para excusar este temor, lo más acertado es matarlos”.
Por otra parte, ¿qué pueden los americanos esperar de este monstruo que destruyó el Congreso español, que le conservó el trono en medio de las bayonetas francesas? ¿Qué hará en favor de un americano traidor a su patria, el ingrato que asesinó al gran Riego y a los que leales le libertaron la vida, conservándole el decoro debido y haciéndole respetar de un pueblo enfurecido y agraviado, en el exceso de su patriótico entusiasmo?
He apuntado ligeramente los principales medios de que se valdrá la Liga para destruirnos dividiéndonos; quisiera tener el tino necesario para señalar los principales medios que tenemos que oponer oportunamente a sus malditos proyectos; pero me faltan muchas conexiones y relaciones indispensables para tratar el asunto con acierto. Por ejemplo, el conocimiento de las correspondencias de nuestros enviados a Inglaterra, Estados Unidos del Norte, etcétera. Sin embargo, diré mi opinión repitiendo que mi patriotismo anima mis ideas, aunque mi ignorancia las desluzca; váyase lo uno por lo otro.
Lo primero en que debe trabajar el gobierno es en proporcionarse muchos soldados voluntarios y subordinados, para que sirvan gustosos en el ejército.
Lo segundo, en uniformar la opinión.
Lo tercero, en hacerse amar como padre de los buenos, y temer como tirano de los malos.
Lo cuarto, en aliviar a los pueblos de algunas contribuciones que sufren, y en mi concepto pueden por ahora no hacer falta si se adoptara el proyecto de ahorrar un millón de empleados, que pueden substituirse con cien mil.
Lo quinto, con tener un espionaje saludable contra nuestros enemigos, castigando a éstos con energía y a sus encubridores sin piedad.
Lo sexto, preparando un ejército de línea de doscientos mil hombres, bien pagados, disciplinados y tratados por sus oficiales, al paso que bien castigados en puntos de insubordinación y deslealtad. La primera deserción en tiempo de guerra, como el presente, se debe castigar con pena de muerte, las demás quedarán sujetas a las penas que establezcan las leyes.
Lo séptimo, vigilar demasiado sobre la conducta de los curas y demás eclesiásticos que, abusando de su ministerio de paz y caridad, se constituyen en agentes de los tiranos, sembrando la discordia, la insubordinación y el fanatismo. Con semejantes perversos eclesiásticos no se debe tener la más mínima consideración, porque uno solo es capaz de seducir un pueblo, trastornar la opinión y hacer una revolución espantosa, como mil veces lo hemos visto.
Lo octavo, escuchar muy despacio las quejas de los particulares y de los pueblos relativas a sus magistrados, y exigir a éstos la responsabilidad sin disimulo, siempre que las partes prueben que han infringido las leyes en puntos de la recta administración de justicia. Es indecible el disgusto de los pueblos cuando advierten que en vez de jueces justos, que conserven sus derechos y terminen con equidad sus diferencias, se encuentran con unos lagartos crueles y venales, que sólo atienden al rico, que oprimen al infeliz y que a fuer de déspotas, engreídos en la impunidad que esperan, hollan las leyes públicamente y sostienen sus caprichos sin vergüenza.
Por estos principios deseara yo que el gobierno infiriera mi opinión en puntos de defensa; pero para desarrollar siquiera los apuntados, necesitaría escribir muchos pliegos.
Ni se crea que me pago tanto de mi amor propio que piense dar luces al gobierno. Es verdad que quisiera ser suficiente para ello; pero ¿qué se pierde en que me meta un rato a diplomático cuando con tal delirio no causo ningún daño? Es tan lisonjero gobernar el mundo que tuvo razón de enojarse con el médico que lo curó aquel loco que había dado en que era rey.
Siguiendo yo con mi locura, quisiera que el señor presidente(4) fuera más popular, que paseara pública y diariamente(a) en su buen coche, o a caballo con su correspondiente escolta;(b) que diera audiencia diariamente, informándose por sí de los negocios, como lo hacía el señor Revillagigedo;(5) que como este virrey tuviera en un corredor de Palacio(6) un cajón con su abertura como alcancía, cuya llave tuviera sólo su excelencia, y de noche lo abriera solo, y leyera los papeles anónimos o no anónimos que le dirigieran. Así se informaría de la opinión pública, sabría cuanto quisieran ocultarle, y gobernaría con más acierto.
Quisiera que se disfrazara de cuando en cuando, y que con uno o dos amigos visitara los cafés y otros lugares públicos, para que por sus oídos oyera los clamores de la verdad, ya que en Palacio sólo se oyen los ecos de la lisonja.
Quisiera que su excelencia visitara los cuarteles, que se familiarizara, guardando su decoro, con la oficialidad y con la tropa; que en persona mandara a ésta en el ejido algunas evoluciones militares. Es increíble el terreno que avanza un general cuando sabe inspirar amor a sus soldados.
Quisiera que el señor presidente, en uso de sus facultades ordinarias, diese un golpe de mano(7) al Cabildo Eclesiástico de México, haciendo que, en cumplimiento de la ley, levante en Catedral(8) el catafalco a los restos de nuestros primeros héroes,(9) y colocaran las armas de la América(10) en la fachada principal del templo. La autoridad se hace más respetable de los pueblos cuando éstos conocen que el gobierno no mira respetos, sino que hace cumplir las leyes sin diferencia de personas.
Quisiera que todos los pueblos advirtieran no sólo integridad e imparcialidad en la administración de justicia, sino también rasgos generosos de beneficencia, así del gobierno general, como de los suyos particulares. Los hombres son materiales, apenas creen lo que no ven o experimentan, y estas voces de independencia, libertad, igualdad y felicidad no son muy agradables con un puñado de mandarines, estancos, contribuciones e infracciones de leyes. Bien que esto no toca solamente al gobierno supremo, sino a los de todos los Estados.
Quisiera..., pero quisiera tanto, que es mejor no querer nada, si nada he de conseguir.
México, julio 22 de 1826.
El Pensador
ERRATA IMPASABLE
En el pliego anterior al presente, en el párrafo que comienza en la página 1: “Yodespierto’, etcétera; a la vuelta, página 2, se halla parte de la nota 2 revuelta con el texto. Léase la nota de este modo: Santángelo dice: ‘el tratado enviado a Londres llevaba en su seno el germen de su inadmisibilidad, y este mismo vicio debía introducirse también en el que había de ser enviado a Washington. Se nos pedíareciprocidad, tolerancia, igualdad. Así es que el tratado remitido a Londres fue rechazado, y (nótese esto) algún día llegaremos a conocer que en nuestra infancia deberíamos haber tenido más respeto a la edad madura. (11)
(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) Santa Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...
(3) Moctezuma. Cf. nota 33 a Impugnación que los gatos.
(4) presidente. Cf. nota 55 a La tragedia de los gatos...
(a) Los virreyes salían a pasear todas las tardes, por estatuto, para que el pueblo los conociera.
(b) No creo que se oponga a la sencillez republicana el decoro con que debe presentarse su presidente. En tal caso, ni en la Catedral ni en las Cámaras deberá distinguirse. El prestigio es útil y mucho más en las nuevas repúblicas, que aún huelen algo a monarquía.
(5) Revillagigedo. Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla (1740-1799). Militar y gobernador español, segundo conde de Revillagigedo. Virrey de México (1789-1794). Protector de la educación pública, fomentó los cultivos y abrió nuevas vías de comunicación. Lizardi alabó su desempeño en las Conversaciones del Payo y el Sacristán, número 9 del tomo I. Lo llama “sin segundo”, “cuyo gobierno lo hizo inmortal en México”, en Obras V, op. cit., p. 149.
(6) Palacio. Cf. nota 50 a La tragedia de los gatos...
(7) golpe de mano. Acción planeada en secreto y ejecutada por sorpresa. María Moliner, Diccionario de uso del español, A. G., Madrid, Editorial Gredos, 1975, p. 1406.
(8) Catedral. Cf. nota 52 a La tragedia de los gatos...
(9) Cf. nota 8 a Preguntas interesantes...
(10) armas de América. Cf. nota 8 a Preguntas interesantes... Lizardi trató este tema recurrentemente, por ejemplo en las Conversaciones del Payo y del Sacristán, en el número 1 del tomo II, pregunta si los señores capitulares de México han pintado las armas de América sobre la fachada de la puerta principal de Catedral, Obras V,op. cit., p. 274.