SATISFACCIÓN DE EL PENSADOR
AL SOBERANO CONGRESO(1)
El día 16 de éste se dio cuenta con mi Quinto ocurso, que presenté el día 14 al Soberano Congreso,(2) pasó a la Comisión, y luego luego se despachó decretado que estaba insultante, de suerte que el 17 se volvió a dar cuenta.
Admírame mucho la eficacia y prontitud de la Comisión para acusarme y más si comparo esta prontitud con la morosidad que todo el público ha notado en mi negocio, pues han pasado cinco meses sin dar un paso favorable.
No puedo menos que quejarme de mi desgracia al saber que el señor don Antonio Mier,(3) presidente de la Comisión en donde para mi asunto, individuo muy benemérito y cuya circunspección es notoria, pues aun en las discusiones más acaloradas no habla palabra, sólo en mi contra peroraba con fervor, según me dicen, instando sobre que se leyese mi escrito y se advirtiesen los insultos que hacía al Soberano Congreso, para lo que llevaba un apunte prevenido. Ya se supone que este empeño del señor Mier no sería para que se me atendiese en justicia ni se accediese a mi petición, sino para acriminarme, sacarme reo y proporcionar mi ruina buenamente.
Venero como debo la ilustración y talentos del señor Mier; pero querría que como ciudadano me manifestase por las prensas esos insultos que yo no encuentro en miocurso; a no ser que califique de tales una verdad pública, respetuosamente dicha, una queja filial y una súplica humilde. En este caso ¿cuál es la libertad del ciudadano?, ¿qué arbitrio le queda al desvalido, si de implorar la justicia le ha de resultar un nuevo cargo?, y ¿cuál es entonces la protección que nos franquean las leyes?
Es claro que mi asunto es demasiado grave y ejecutivo; que han pasado más de cinco meses después de mi primera presentación sin que el Soberano Congreso haya resuelto en él; que tengo hechos hasta ahora cinco ocursos. En el primero pido que se me nombre letrado que se encargue del recurso de fuerza; en el segundo esfuerzo mi justicia, citando el ejemplar de Vattle, convencido de masón, a quien ni el mismo tribunal de la Inquisición se atrevió a excomulgar; en el tercero hago ver al Soberano Congreso que, no habiendo nombrado el Tribunal Supremo de Justicia, y además estando en la Audiencia un hermano del señor provisor, por más integridad que tuviese, siempre para mí era temible, y que por ambas cosas se sirviese nombrar un tribunal especial interino que conociera de esta causa; en el cuarto desvanezco la equivocación con que el señor Odoardo quiso probar que el Tribunal de Censura Eclesiástica, instalado por este señor provisor, no era incompatible con la libertad individual, ni ilegal, ni opuesto a las leyes de libertad de imprenta, ni derogado por las mismas que actualmente rigen; y el quinto el que acaba de ver el público.(4)
Estos cinco ocursos tengo hechos, y nada he sabido se resuelva.(5) De comisión en comisión han pasado en silencio, y sólo por uno u otro amigo diputado llegué a saber la sustancia del dictamen del señor Odoardo.(6) ¿No es preciso que me quejara?, ¿y a quién y cómo me tenía de quejar sino al Soberano Congreso, y advirtiéndole la morosidad o indiferencia de las comisiones? Esto fue lo que yo hice, y esto lo que se califica de insulto. Quisiera que el señor Mier me dijera si ha visto que un enfermo ocurra a un carpintero para que lo cure, o si ha visto que el que le duele la cabeza se queje de los pies. Todos se quejan del mal que sienten, y lo hacen con el que puede remediarlo. Esto es puntualmente lo que yo he hecho y lo que se me acusa de delito.
Mas no hay remedio, el azar está echado contra mí. El señor Bustamante (don Carlos),(7) que tomó la palabra en mi favor.... dije mal, en favor de la justicia, no pudo proseguir, porque no se lo permitieron; todo el empeño me aseguran que era denunciar los pretendidos insultos, y a no ser por la prudencia e integridad del señor Herrera (presidente),(8) qué sé yo en qué para la cosa. Bien que no la debo esperar favorable, estando mi asunto en la Comisión de que es presidente el señor Mier. ¡Qué lástima que no haya taquígrafos!
También me aseguran que un señor diputado dijo: "que ya se había decretado que ocurriese yo a la Audiencia." En primer lugar que yo no lo he sabido hasta ahora, ni sé si hay listas en la secretaría anunciando los memoriales despachados. En segundo lugar, que ése no es el decreto que solicito ni el caso de la cuestión.
Temo a la Audiencia, he dicho, por el influjo que en ella puede tener el señor Flores Alatorre, hermano del señor provisor,(9) pues por justificado que sea, es hombre, es interesado en el feliz éxito de su hermano, y tiene pasiones como todos; y así el despacharme a la Audiencia es lo mismo que enviarme a que me defienda el hermano de mi enemigo.
Pero aun suponiendo ángeles a todos los ministros de la Audiencia, ¿quién interpone el recurso de fuerza? He dicho que he visto en tiempo a algunos letrados y se niegan, porque no quieren comprometerse con el señor provisor por mí... qui potest capere, capiat,(10) y por esto he pedido al Soberano Congreso que, ya que vaya a la Audiencia, mande a su fiscal me nombre un letrado de ciencia y conciencia, y de mi confianza, que interponga el recurso de fuerza. Toda providencia, que no tenga relación con esta mi justa solicitud, es como si no se diera.
Con lo dicho me parece suficiente para que el Soberano Congreso vea en un punto de vista el estado de mi negocio, lo justo de mi solicitud, lo fundado de mi queja, lo fácil que le es el acallarla, y lo distante que estuve de ofender su soberanía, siempre y por todos respetable.
Yo deseo que esa augusta corporación quede enteramente satisfecha y asegurada de mis respetos, y el mismo señor Mier, se desengañe de su equivocación. ¿Ni cómo había yo de ser tan bárbaro que insultara al mismo a quien he menester, y en el acto en que imploro su protección? Era necesario haber perdido el juicio.
México, agosto 19 de 1822.
[José] Joaquín Fernández de Lizardi
(1) México, Oficina del Autor, 1822.
(2) Véase la Carta cuarta de El Pensador al Papista, y quinto ocurso al Soberano Congreso que con fecha 14 de agosto, Fernández de Lizardi escribió. Congreso, cf. nota 36 a Segundo sueño...
(3) Antonio de Mier y Villagómez. Oficial realista que después se unió al movimiento insurgente, convirtiéndose en hombre de confianza de Iturbide. Fue diputado por Guanajuato en el Primer Congreso y también en la Junta Nacional Instituyente.
(4) Solamente conocemos tres ocursos. El primero: Exposición del ciudadano don José Joaquín Fernández de Lizardi, leída en el Supremo Congreso de Cortes el día 7 de marzo del presente año... (1822); del segundo y cuarto ocurso no tenemos noticia; el tercero: Demostración de la justicia de El Pensador Mexicano en el ocurso tercero que dirigió al Soberano Congreso el 23 de marzo del año de 1822. Alegando una reciente ejecutoria sobre que el conocimiento del delito de masonería no pertenece a la jurisdicción eclesiástica sino exclusivamente a la civil; el quinto: Carta cuarta de El Pensador al Papista y quinto ocurso al Soberano Congreso. En la Exposición, o primer ocurso, podemos leer lo siguiente: "suplico a vuestra majestad [el Congreso] se sirva mandar: [...] Lo segundo, que usando vuestra majestad de la alta regalía de proteger a las personas miserables, libertándolas de opresiones, se sirva prevenir por el recurso de tuición, que interpongo en debida forma, se libre orden al provisor doctor don Félix Flores Alatorre, para que alce la censura fulminada contra mí, por el término del derecho, entre tanto que la Audiencia territorial conoce de la fuerza, previos los trámites de estilo y el pedimento del fiscal, a quien toca de oficio interponerla, por el ultraje que ha sufrido la jurisdicción civil ordinaria con un golpe tan escandaloso, ordenando a la misma Audiencia me nombre un abogado de conocida aptitud para que me defienda en justicia." En la Demostración de la justicia, que tenemos consignada como ocurso tercero, Fernández de Lizardi se extiende narrando la aprehensión del catalán Francisco Vattle, por francmasón, en varios párrafos; dicha aprehensión fue en Puebla: "No se determinaba dicho gobernador [el de Puebla] a remitir la sumaria al conde del Venadito, por haber pretendido conocer de ella el comisario inquisitorial de aquella ciudad, y después el mismo tribunal de la Inquisición en esta capital; pero habiendo por último pasado el expediente a la vista del asesor general, que fue del virreinato, don Francisco Velasco, declaró el gobierno español con su dictamen que a la jurisdicción real ordinaria tocaba exclusivamente conocer de dicha causa, y, en consecuencia, fue remitido a la Real Sala del Crimen, con los documentos referidos, la persona del reo y 570 onzas de oro que se le habían embargado." Aunque Lizardi dijo que en el segundo ocurso citó el ejemplo de Vattle, tal vez sea una equivocación de él haber llamado en el título "ocurso tercero" a la Demostración de la justicia; de todas maneras no podemos comprobarlo, puesto que no conocemos ni el segundo ni el cuarto ocurso. En la Demostración de la justicia... que sería el ocurso tercero, no aparece lo que aquí menciona Lizardi.
(5) Cf. nota 2 a El Pensador al público.
(6) José Hipólito Odoardo. Fue diputado por México en el Primer Congreso, que al abrir sus primeras sesiones lo nombró presidente.
(7) Carlos Ma. de Bustamante. Cf. nota 6 a Lo que escribe...
(8) José Joaquín de Herrera (1792-1854). Comenzó su carrera militar como cadete del Regimiento de la Corona; en 1811 era capitán de las tropas realistas. En 1820 se retiró y fue a radicarse a Perote, donde tenía una botica; habiendo estado en contacto con algunos jefes insurgentes y recién proclamado el Plan de Iguala, se adhiere a él y acepta el mando de una columna de granaderos. Figuró en el Ejército Trigarante con el grado de general brigadier. En 1822 fue diputado por Veracruz en el Primer Congreso; también fue miembro de la Comisión de Premios y de Asuntos Militares. Tomó parte en la revolución que produjo la caída de Iturbide. También fue presidente de la República en tres ocasiones: en septiembre de 1844, del 6 de diciembre de ese año al 30 de diciembre de 1845, y del 3 de junio de 1848 al 15 de enero de 1851.
(9) Juan José Flores Alatorre (1766-1851). Abogado de importancia desde los tiempos de la Colonia y ministro de la Suprema Corte de Justicia en la República; era hermano de Félix Flores Alatorre.