SATISFACCIÓN AL PÚBLICO

 

La equivocación que se advierte en el número 8 de El Pensador, acerca de la calidad de la junta que se ha de celebrar el domingo próximo, está ya declarada y satisfecha por medio de los rotulones que para el efecto se fijaron ayer. No hay más que decir, sino que mi prevención fue intempestiva, pero no inoportuna. El caso es que ni en ésta, ni en aquélla, ni en ninguna otra junta, tengan parte las onzas, los empeños, la pasión, los cohechos, las congregaciones clandestinas, ni ninguna otra clase de intriga o superchería, sino que la pluralidad de votos sea libre, para que recaiga siempre la elección en el sabio, en el virtuoso y en el activo ciudadano; y no en el ignorante rico, en el relajado amigo, ni en el interesable egoísta.

Éste fue, sin duda, el espíritu de las Cortes, y éste el clamor de la justicia.

Respuesta de un entrometido a D. F. R. sobre la pregunta que hace el doctor y maestro don José Julio García de Torres, y se halla en el Amigo de la Patria, número 4, página 53.

Señor D. F. R. Muy señor mío: la respuesta que usted exige del doctor Torres, sobre su expresión: yo tengo... acción popular, etcétera, quiero yo dársela, sin que me llame. Usted le cercena a la proposición lo mejor y le quita el sentido. El doctor Torres dice: yo tengo acción popular para representar y reclamar mi inmunidad personal y la de los dos mil que... componen el respetable clero de esta diócesis. Conque no es sola la suya, como usted parece ha entendido, parándose hasta la palabra personal.

Ni el doctor Torres, ni el licenciado Bustamante, ni ningún juicioso, ha dicho que el delincuente (por ser eclesiástico) se quede sin castigo, esto se llama impunidad del delito, de cuya necia temeridad han estado muy lejos. Lo que solicitan es que este castigo sea decretado por sus jueces privativos que lo son en todos los casos; los obispos quieren que se castiguen según las leyes o cánones de la Iglesia y no por las potestades seculares, y esto se llama inmunidad eclesiástica.

A los inocentes (en cuyo número pone usted, y pone muy bien, al dicho señor Torres, y a los demás señores eclesiásticos que defienden la inmunidad) no se castiga; y así ellos no tienen que reclamar este privilegio precisamente para sí, porque no han delinquido: reclamándolo, empero, para que lo gocen los delincuentes; esto es, no para que se queden sin castigo, que esto es impunidad de delito (como he dicho), sino para que la pena de éste se decrete por sus privativos jueces, lo que esinmunidad personal (como repito).

Ahora bien; usted y yo somos españoles, y sabemos que si cometemos algún crimen hemos de ser juzgados precisamente con arreglo a las leyes de España. Le pregunto yo a usted ahora, ¿si un español incurre en un delito (sea el que fuere) será lícito castigarlo según las leyes de Francia, aunque éstas fueran mejores que las nuestras? De ninguna manera, dirá usted. Pues esto puntualmente es lo que pretende el venerable clero, que a los delincuentes se juzgue según las leyes de la Iglesia; no que no se juzguen, no que no se castiguen en delinquiendo.

Pregunto más, si en el caso propuesto, usted dijera ¿cómo es eso de que a fulano, citano, etcétera, etcétera, ladrones, asesinos, traidores, etcétera, pero españoles, los han de castigar conforme al Código Francés? ¿No tenemos nosotros leyes para lo mismo? Pues ¿por qué nos han de juzgar por las extrañas? En este caso igual, pregunto ¿era menester que usted, ni yo, ni ningún buen español hubiéramos cometido el crimen, ni se nos hubiera aplicado el castigo francés, para que pudiéramos reclamar los derechos de la nación? No, señor, porque teníamos el de ser uno de tantos, y por lo mismo la acción popular para reclamar el derecho de los delincuentes, no por delincuentes, sino por españoles. Pues esto es lo que hacen los eclesiásticos: defienden el fuera del Estado; no precisamente el suyo particular. Solicitan la inmunidad a favor de los eclesiásticos delincuentes, no por delincuentes, sino por eclesiásticos; y así al doctor Torres no le es injuriosa la expresión que ha dicho, ni ha sido menester que el superior gobierno lo haya despojado de su inmunidad, ni el superior gobierno pudiera proceder temerariamente en despojar de sus privilegios a un inocente, basta que haya creído (como es así) que se ha despojado a todo el cuerpo para que pueda y deba reclamar los derechos de ese mismo cuerpo, usando de la acción popular.

Está usted respuesto. Si lo que dice es por los crímenes que han cometido algunos eclesiásticos, Judas sacerdote entregó a Jesucristo, san Pedro lo negó, y los demás discípulos, a excepción de san Juan, lo desampararon, y no por eso perdió la Iglesia nada de su brillantez.

Soy de usted con el mayor afecto

El Pensador

AVISO AL PÚBLICO

Don José Enrique de Aparicio me ha dirigido una carta, que por ser muy larga no la pongo a la letra. Su contenido es convidar a una subscripción (como otra vez lo ha hecho) para costear la impresión de un proyecto millonario que quiere dar a luz. Los beneficios que prometen son muchos. El plan se lo reserva hasta tener el completo numerario para darlo al público. Puede ser una quimera, y puede ser una cosa rara, admirable y provechosa. Las personas que quisieren subscribirse ocurran al cajón de don Domingo Llano, Portal de Mercaderes, donde se informarán. Los que deseen instruirse algo más de la idea del proyecto, lean el Telégrafo Americano, 26 de febrero de 1812.

La semana que entra saldrá el número 4 de El Pensador.

Los señores subscritores prudentemente tendrán a bien, no sea gratis ese extraordinario por tener pliego y medio de papel, y estar éste tan caro.