REVOLUCIÓN FURIOSA
DE LAS CALAVERAS
Como cada día se escasean más los arbitrios de subsistir, y los pobres honrados en nada piensan sino en solicitarlos para sostener sus familias, pensando yo en esto, me dormí, y me pareció que me era la suerte tan ingrata, que no me quedaba más recurso para subsistir que admitir el destino que me proponía un viejo jorobado, vestido de negro andrajosamente, con quien me encontré y, comunicándole mis cuitas, me dijo: ─Hermano Pensador, no hay remedio, está el mundo perdido; subsistir es preciso y no hay con qué. Es forzoso sujetarse a lo que se halle, y al destino que te prevengo.
─Señor, le dije, no sé quién es usted ni cuál es el destino que me previene. ─Yo soy el Capricho de la Fortuna, me contestó, que doy los destinos, empleos, honores, distinciones, pobrezas y miserias, a quien y como se me antoja, o se le antoja a mi ama la ciega Fortuna; y así he venido en hacerte custodio del gran osario del mundo. El destino es triste, el sueldo poco; pero el trabajo menos, pues se reduce a cuidar que no entren los perros a comerse los muertos, ni las gentes a profanar aquel lúgubre asilo de los últimos restos de la humanidad.
─Según eso, le dije, mi oficio viene a ser sepulturero o cosa equivalente. ¿Y cuánto es el salario? ─Cincuenta pesos(2) cada mes, me contestó el Capricho. ─Admito, respondí, pues cincuenta pesos en tal oficio no los ganan todos los sepultureros de México.
─Está bien, dijo mi protector, y poniéndome un bolsillo en las manos, voló conmigo y no paramos hasta un gran cementerio, donde había millones de millares de calaveras y canillas. Aquí tienes, me dijo mi guía, el lugar que has de cuidar. A veinte pasos de aquí está tu familia en una casita, que es pata los custodios de este campo. El destino no es peor, no lo pierdas por un descuido. Dicho esto desapareció.
Quedéme yo confuso: reconocí aquel departamento de la muerte, cerré las puertas, y lleno de gusto fui con mi bolsillo a ver a mi familia, a quien hallé muy contenta en una alegre casa de campo.
Nos dimos mutuamente los parabienes, considerando que aquel era un empleo de flojo, pues teniendo cuidado de cerrar la puerta, ya no había más quehacer. Engañéme, pues apenas me había acostado, cuando oí un gran ruido en el osario, me vestí, creyendo que lo causarían algunos burros o perros que se hubiesen metido en él por otra parte que no fuera la puerta, tomé la llave, abrí, entré y... cuál fue mi susto cuando advertí que todos los montones de calaveras se revolvían entre sí, haciendo un ruido desapacible.
No sabía yo a qué atribuir aquel fenómeno extraordinario, cuando escuché que de uno de los montones salía una voz que decía: —Apártese allá la ordinaria. ¿Quién es ella para estar rozándose conmigo? ¿No advierte que en el mundo no fue sino una cocinera? —Es verdad, decía ésta; pero virtuosa, y ella ¿quién fue, sino una vana presumida, que porque tuvo dinero era soberbia, altanera e insufrible? En la región de los muertos soy mejor que ella.
—No sea grosera, decía la calavera noble, ¿qué es eso de ella? Advierta que yo soy descendiente de los godos. —Poco importa, respondía la plebeya. Eso sería bueno allá en el mundo de la vanidad. Aquí no es más que una triste calavera como yo.
De esta manera y por semejantes cosas reñían una calavera de un cochero con la de un rey; la de un lego con la de un guardián; la de un soldado con la de un general, y así todos.
Las superiores alegaban las distinciones que habían tenido en el mundo, y las de los súbditos porfiaban sobre que en el sepulcro eran iguales. La disputa se acaloraba por momentos; la gritería era espantosa y los huesos crujían unos contra otros, hasta que, llegando la cólera a su última exaltación, fueron uniéndose las calaveras en sus desechos esqueletos y, poniéndose en pie, armados unos de piedras y otros de huesos y canillas que encontraron sobrantes, trabaron la batalla más furiosa que yo he visto, aunque nada sangrienta.
Aparecióse en medio de la campaña un espectro horrible, y esgrimiendo en el aire un látigo, hizo que su chasquido llamara la atención de aquellos bravos, y entonces con voz ronca y amenazadora les dijo: ─¿Qué es esto, gente infeliz y de hueso? ¿Hasta cuándo habréis de despedazaros por necedades? ¿Aún no descansa vuestra soberbia y vanidad en el sepulcro? ¿Siempre y en todas partes habéis de ser calaveras, y hallar razones para oprimir al que fue menos que vosotros? ¿Quién fuiste tú, calaverilla altiva, sino una joven disoluta, escandalosa e insufrible para tus mismos criados? ¿Quién fuiste tú, Alejandro, sino un rey ambicioso, usurpador, ebrio y soberbio? ¿Quién fuiste tú, Alderico,(3) sino un jefe temerario y tirano con tus soldados? ¿Quién fuiste tú, Judas, sino un ministro indigno del apostolado que ejercías? ¿Y quién habéis sido todos vosotros sino unas calaveras sin seso, desnudas de virtud, y que sólo representábais ser algo a fuer del puesto que ocupábais? ¿Y aún osáis preferir a los pobres que yacen en el grande osario del mundo? Acordaos que muchos son mejores que vosotros, o a lo menos más disculpables.
─Pues no entendemos de eso, dijeron los esqueletos; váyase el señor diablo a predicar a los mortales, que nosotros no tenemos qué perder. ─Sí, decían otros, váyase a la plaza y portales de México, y allí encontrará muchas calaveras, con zorongos,(4) diademas, sombreros, plumajes, etcétera, a quienes puede convertir, y déjenos seguir nuestra campaña. Diciendo esto comenzaron de nuevo la pelea.
Entonces se enfureció el vestiglo, y les dijo: ─Pues yo os pondré en paz, necios imprudentes. Sosegáos. Al decir esto, les comenzó a menudear tan furiosos latigazos, que con cada uno desbarataba millares de esqueletos.
Sobrecogido de temor mi espíritu, desperté alegre de que había sido sueño la visión, y deseando que las calaveras andantes sean menos altaneras que las muertas que vi en el osario.
México, 2 de noviembre de 1822.(5)
(2) pesos. Cf. nota 8 a El cucharero político...
(3) Alusión a Alejandro III, conocido por su ambición, y a Alarico, caudillo visigodo llamado Balta, o sea temerario.
(4) zorongos o sorongos. Las currutacas, en el México de 1810: "Preocupábanse sólo en inquirir el valor y el mérito de un suspiro, calcular el precio inestimable de una sonrisa, analizar minuciosamente los túnicos de medio paso, las cintas para el zorongo...", Luis González Obregón, La vida en México en 1810, París, Librería de la Viuda de C. Bouret, 1911, p.30. Era un peinado antiguo de las mujeres a manera de chongo que se remataba con un moño.
(5) En México, el 1 de noviembre, se celebra a los niños o muertos chiquitos, y el 2 a los muertos grandes o adultos.