RESPUESTA DE EL PENSADOR AL AMIGO VISITANTE (1)

 

 

Señor mío, y mi estimado amigo: después de agradecerle a usted las sinceras y comedidas expresiones con que me favorece,(2) paso a contestarle.

Sin duda sería a usted muy satisfactorio el rato que estuvo en la visita de mi señora la condesa de la Unión(3) mediante las diferentes ideas que la han(4)inspirado esos tres honrados eclesiásticos;(5) conozco así a su señoría como a la niña Matilde,(6) sin serme extraña la figura ni natural de la etiopisa(7) Eugenia.(8) Yo visitaba esa casa con frecuencia; pero me desterró de ella la continua inquietud en que veía andar a la condesa vieja y a la condesita día con día. No soy amigo de Eugenia. Por tanto, y por conocer su natural sedicioso y chismoso, creo muy bien que ella era la causa de todo alboroto. Sin embargo, muchas veces, acá a mis solas, atribuía yo las faltas de Matilde a las imprudencias de su madre.

Ello es constante que el trato de los señoritos con los criados cuando éstos son malos, y aquél muy familiar, suele serles demasiado nocivo, porque se impresionan fácilmente de unas ideas groseras, pierden la vergüenza a los vicios y pisan, con sólo estas malas amistades, el camino de la prostitución. Todo esto es verdad, como también lo es que los mismos padres de familia pueden ser la causa inmediata de la perdición de ésta, o con su indolencia, o su indiscreto celo, o con su mal entendida economía, o su mal ejemplo, o con su nimia rigidez, o con otras tantas cosas que todos saben.(9)

Pues ahí tiene usted cómo del genio altanero de Matilde, de su sabida procacidad, y de (lo que ni decir quisiera) aquel cierto despego o mala voluntad con que parece que miraba a su madre, no es la única autora la negrita Eugenia, a lo menos en mi concepto. La misma señora condesa, o por mejor decir la facilidad con que se prestó a seguir las infernales máximas que le dictaba un tal don Simplicio, su mayordomo,(10) hombre, a más de muy tonto, muy cruel y muy interesable, íntimo aliado de Eugenia, fue el origen de la escandalosa desunión de hija y madre.

Vea usted, Eugenia jamás hubiera entrado en la casa si la condesa no la hubiera consentido. Yo no sé a esta buena señora cómo se le durmió el gallo(11) en este punto tan importante. Ella muy bien conocía a Eugenia y sus malas cualidades: en vida del difunto conde(12) la ocasionó bastantes pesadumbres. Y así extraño cómo, con tantas experiencias, tuvo aún la inadvertencia de acomodarla en su servicio doméstico... ya. El maldito don Simplicio... Sí, este bárbaro supo apoderarse del candoroso corazón de la condesa e inspirarla unas ideas que tan caro han costado tanto a su señoría como a su niña.

Como el dicho don Simplicio logró tal ascendiente sobre la cabeza de la casa, de [sic] no se hacía en ella, sino lo que él mandaba. Y como era tan ignorante, no mandaba cosa a derechas;(13) con esto, todas o las más de sus determinaciones eran, no sólo en perjuicio de la inocente Matilde, sino también en daño de la misma señora condesa.

Matilde, creyendo que su madre era directora y no dirigida, y viéndose vejada y maltratada, no por otra que por la misma que la dio el ser, agitaba su corazón con el más confuso tropel de las pasiones. Amaba a la condesa como a madre y resentía sus operaciones como de madrastra; agradecía los buenos oficios que alguna vez la había hecho, y lloraba las amarguras y malos ratos que recibía. De esta confusión se valió la cizañera negra para contentar su maldito espíritu, y fue tanto lo que ponderó a Matilde las ingratitudes de su madre, que logró que ésta la diese un crédito ciego a cuanto la decía. De modo que la condesa, inspirada por Simplicio, y Matilde, mal aconsejada por Eugenia, parece que apostaban a quién de las dos se extraviaba más de las leyes de la naturaleza.

Una vez dijo la niña a la condesa, estando yo de visita: "—Mamá, ya yo soy grande, nada tonta ni desaplicada, ¿me da usted licencia para que aprenda a tejer mis blonditas y mis muselinas,(14) hilar mis medias, y hacer por mi mano todos mis utensilios? Ya usted ve, cuántos doblones(15) se gastan cada año en casa para comprar lo necesario a monseur Tagarnina,(16) a monseur Pedro, al inglesito Juan y a otros muchos. ¿No será mejor que el dinero que se llevan estos mercachifles(17) lo economice yo con mi trabajo, y mañana que otro día lo hallemos usted y yo en el fondo de nuestros cofres?"

¿Cuál piensa usted, señor don Prudencio, que fue la respuesta a unas proposiciones tan racionales? Ésta: "—Yo soy tu madre, y te mando; tú eres mi hija y sólo te toca obedecer. No quiero que trabajes en nada, y así te vestirás de lo que yo quisiera, y más que los franceses o los turcos se lleven el dinero, y tú y yo nos quedemos por puertas,(18) ¿que te importa? ¡Bonita soy(19) para sufrirte tantas libertades!"

Otra vez la impidió que bebiese vino de Jerez ni de Peralta,(20) que lo había en la casa en abundancia, y la obligó a que comprase, a mucho precio, rom(21) y cerveza.

A un indi[e]zuelo que tenía de huérfano,(22) unas veces lo consentía más que a su misma hija, y otras le daba un trato de los perros. El tal muchacho ni iba a la escuela, ni sabía la doctrina cristiana (bien que esto era por descuido del padre capellán), ni oía misa en muchos días festivos, y si la oía era de miedo de que no lo azotaran, ni ayunaba cuando ya tuvo edad... En fin, por esta parte era el indio el muchacho más mal criado que he visto. Si pedía algo prestado, la condesa lo disculpaba para que, si no quería, no lo pagara... etcétera. Por otra parte, lo tenía como un esclavo, trabajando del día a la noche, desnudo, mal comido, peor cenado y pésimamente tratado, porque hasta los cabellos le quitó, como por señal de esclavitud.

Así andaba la casa, y por este orden o desorden colegirá usted cuánta sería la aflicción de Matilde, el engreimiento de don Simplicio, las astucias de la negra y los involuntarios yerros de la señora condesa. Yo aseguro a usted que cada vez que iba a visita salía desazonadísimo, porque todo era regaños de la madre, lágrimas de la hija, chismes de Eugenia y despotismo de Simplicio. No pude ya, o no quise, ser espectador de esta tragedia cotidiana y me resolvía a no poner un pie en la casa, como lo cumplí. Pero al saber, mediante la favorecida de usted, la total y felicísima mudanza de gobierno que hay en ella, pues por otras bocas he sabido que la señora mi condesa se ha propuesto amara y favorecer a su niña por unaconstitución inviolable, y que doña Matildita ha jurado respetar y querer a su mamá supuestos los favores y cariños que justamente la dispensa, me he llenado de complacencia, porque a más de que las estimo, son mis deudas, y su paz doméstica me será muy lisonjera, como lo es el haber tenido el honor de contestar a usted y ofrecerme por muy suyo con el mayor afecto, etcétera.


El Pensador

 


 

(1) En México. Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, año de 1812. Lizardi responde al folleto La visita a la condesa de la Unión. Carta a El Pensador, firmado por El Amigo de El Pensador, México, Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, 1812. Aquí se asienta que este señor hizo la visita en Todos Santos; por lo mismo es de suponer que este folleto es de noviembre o diciembre.

(2) En el folleto de El Amigo de El Pensador se lee: "los bellos pensamientos de usted le hacen acreedor al general aprecio", p. 1.

(3) "El día de Todos Santos se me puso en la cabeza hacer una visita a mi señora la condesa de la Unión, matrona digna de todo muestro respeto y gratitud, por los títulos que usted no ignora", p. 1.

Hemos de señalar que el folleto de Fernández de Lizardi narra la historia de los personajes que le sirvieron de inspiración para escribir La Quijotita y su prima. Este personaje corresponde a Eufrosina, madre de Pomposa o "La Quijotita".

(4) la han. El laísmo aparece con frecuencia en los textos lizardianos. Aquí mismo usa "la ocasiónó" y "la impidió".

(5) Cuando Eugenia, la sirvienta, logró que Matilde desobedeciera a su madre, tres eclesiásticos aconsejaron a esta última: "En medio de estas convulsiones se me aparecieron, cuando menos lo pensaba, aquellos tres eclesiásticos que puede ser que usted conozca o haga memoria de ellos, a saber: don Justo, don Benigno y don Severo, y con dos palabras me llenaron de consuelo", p. 3.

(6) Matilde corresponde a La Quijotita de la novela de Fernández de Lizardi. En la novela usa este nombre para la madre de Pudenciana y esposa del coronel Linarte, tres personajes que hacen las veces de símbolo del buen juicio, en contraste con Eufrosina y Pomposa.

(7) etiopisa. Expresión usual en los siglos XVI y XVII en España (Cf. Fray Juan de los Ángeles, Obra mística, y Lope de Vega, Roma abrasada), que vale por etiopiana o natural de Etiopía. Por extensión, negra. En los folletos de Fernández de Lizardi y de El Amigo Visitante se aclara que se alude a una negra.

(8) En los capítulos II y III del tomo I de La Quijotita se refieren los problemas que tuvo Eufrosina con las sirvientas, y concretamente con María y Francisca. Esta última, "pardilla" de unos diez y seis años.

(9) Las ideas de este párrafo se repiten en la novela lizardiana y podríamos decir que son su mensaje.

(10) No aparece en la novela.

(11) se le durmió el gallo. Dormir el gallo es descuidarse en lo que importa: no obrar a tiempo. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(12) difunto conde. En la novela es don Dionisio, que también fallece.

(13) a derechas. Bien, como es debido.

(14) blonditas y muselinas. En el primer caso, encaje de seda para adornar la ropa y en el segundo, tela de lana.

(15) doblones. Cf. nota 18 a Consulta que un payo...

(16) Tagarnina. En el folleto a que se responde la cita a otro vendedor. "¿Por qué ha de sujetar vuestra señoría a su hijita de sus entrañas a que siempre haya de vestirse de géneros ultramarinos, y eso de los comprados en la tienda de don Francisco?", p. 5. Llama la atención el nombre de Tagarnina. Victoriano Salado Álvarez apunta: "Tagarnos se llamó a los batallones del Norte. Según me aseguró hace años mi colega Junco de la Vega, quien acerca de este punto emprendió diligentes investigaciones en Nuevo León, la palabra procede de una bolsa que para traer el tabaco o picado usaban los compañeros de Zuazua, Aramberri, Escobedo y demás caudillos. Asimismo la mujer del pueblo se llama tagarnina, algo parecido a las chinas y léperas de otros tiempos." Cf. "Reaccionarios, mochos, hacheros, tagarnos, cuchas, chirrines", en Minucias del lenguaje, México, Ediciones de la Recetaría de Educación Pública, Departamento de Bibliotecas, 1957, p. 162.

(17) mercachifles. Epíteto que se aplica al badulaque, bellaco o tipo de poca importancia. Cf. Santamaría. Dic. mej.

(18) por puertas. En extrema pobreza.

(19)¡Bonita soy para...! "Se suele tomar por antíphrasi, por el que no se dexa manejar con facilidad, ni engañar tan facilmente como se piensa: y assi se dice comunmente Boníco es Fuláno para que le engañen,  Boníca es la gente para que hagan burla de ella. También se dice Boníto [...] Cerv. Quix., tomo I, cap. 25. Bonícosoy yo para esso." Cf. Dic. de autoridades.

(20) Por ese entonces tuvieron fama los vinos de Jerez de los Caballeros y de Peralta, provincia de Navarra.

(21) rom. Según Corominas la palabra procede del inglés rum. Posiblemente el francés —rhum— sirviera de intermediario entre el inglés y el castellano. Así podemos suponer que sea un galicismo.

(22) La novela La Quijotita está narrada en primera persona por un recogido, aunque en ella se aclara que vive con el coronel Linarte.