REFLEXIONES INTERESANTES SOBRE LA CARTA
QUE SE DICE DIRIGIDA POR NUESTRO SANTÍSIMO PADRE,
EL SEÑOR PÍO VII, AL SEÑOR DON FERNANDO VII,
CON FECHA 15 [DE] SEPTIEMBRE DE 1820


Por El Pensador Mexicano(1)

 

 

Dedicado por afecto y por obligación a servir a mi patria en cuanto pueda, no he leído con indiferencia la Carta que se dice escrita por el señor Pío VII al católico rey de las Españas, que se acaba de dar a luz en esta capital.(2)

Desde luego preveo los daños gravísimos que originará su lectura en el pueblo incauto, ignorante y religioso, turbando las conciencias, dividiendo las opiniones y concitando al cisma que es de temer, y Dios aleje de nosotros.

Por tanto, y con el más vivo deseo de cortar en su principio los males tan terribles que amenazan, escribo estas ligeras reflexiones.

No pretendo hacer de sabio ni erudito, ni la premura del tiempo me permiten extenderme con toda la solidez que se puede. Otras plumas mejor cortadas que la mía cooperarán a tranquilizar los ánimos y a ilustrar a los ignorantes, mientras mi patria admite mis sinceras y sanas intenciones.

 

COPIA DE LA CARTA, ETCÉTERA(3)

“Carísimo: no queriendo retardar la contestación a la carta particular de vuestra majestad, en la que con fecha 17 de agosto me participa que las Cortes han resuelto la extinción de la Compañía de Jesús en todos sus dominios, tomando las oportunas medidas para proveer a la decente manutención de los individuos comprendidos en la antedicha resolución.(4) Nos, que sin mérito alguno hemos sido colocados por la Divina Misericordia sobre la cátedra de la verdad, y que hacemos en la tierra las veces de aquel Dios que es la verdad por esencia, no podemos hablar con nadie, y especialmente con el rey católico (que siempre nos ha sido muy caro), otro lenguaje que el de la verdad. Usando, pues, de él con apostólica libertad, os decimos que, persuadidos de las grandes ventajas que la religión y la sociedad sacarían de los desvelos de los jesuitas, no hemos podido saber sin un vivo disgusto la noticia que nos da vuestra majestad con su extinción.

“El ejercicio continuo de las prácticas religiosas, promovidas con un celo inagotable, la eficacia de sus buenos ejemplos para encaminar por la senda de la verdad, sus infatigables desvelos para la educación moral y literaria, que han arrancado elogios de la boca de sus mismos enemigos, el espíritu de caridad que abraza, el socorro de toda clase de personas y que tan particularmente distingue a la Compañía de Jesús, son para nos otros tantos motivos de un justo pesar el verla excluida de los dominios de un rey católico. Nos, demasiado hemos debido reconocer en este hecho uno de aquellos golpes contra lo que esperábamos, y que, con tanto dolor de nuestro corazón, vemos se dan ahora con tanta frecuencia en ese reino a las cosas de la Iglesia. Nuestro corazón no puede dejar de dar los más profundos suspiros al considerar que aquella gloriosa nación que en los tiempos pasados ha sido nuestro consuelo, ahora va a ser para nos un manantial de grandísimas inquietudes. Conocemos los religiosos sentimientos de vuestra majestad, el filial y sincero afecto que nos profesa, y por esto sentimos toda la amargura del disgusto que esta nuestra carta causará a su bello corazón. Empero, próximos a dar al soberano Juez una estrechísima cuenta de todas nuestras operaciones, no quisiéramos ser reconvenidos ni castigados por haber callado a vuestra majestad los peligros que vemos amenazar a esta ínclita nación en las cosas de una religión y de la Iglesia.

“Un torrente de libros muy perniciosos inunda a la España con daño de la religión y de las buenas costumbres; se empieza ya a buscar pretexto para disminuir y envilecer el clero; los clérigos que forman la esperanza de la Iglesia, y los legos consagrados a Dios en el claustro con votos solemnes, se ven sujetos al servicio militar; se viola la inmunidad sagrada de las personas eclesiásticas; se atenta a la clausura de las vírgenes sagradas; se trata de total abolición de diezmos; se busca prescindir de la autoridad de la Santa Sede en los objetos que dependen de ella; en una palabra, se causan continuas heridas a la disciplina eclesiástica y a las máximas conservadoras de la unidad católica que han sido hasta ahora profesadas; y tan dignamente puestas en práctica en los dominios de vuestra majestad. Nos, habíamos dado órdenes a nuestro nuncio cerca de vuestra majestad para que dirigiese con respeto, sí, pero con libertad evangélica, las representaciones de que no podemos prescindir sin faltar a nuestro deber; pero hasta hoy tenemos el disgusto de no haber visto el éxito que teníamos razón de esperar de una nación que reconoce y profesa la religión católica, apostólica, romana, como la única verdadera, y que no admite en su seno el ejercicio de ningún culto falso.

“Estamos muy lejos de querer atribuir a las religiosísimas intenciones de vuestra majestad los inconvenientes que hemos indicado, y queremos estar persuadidos de que todo lo que hasta aquí, con sumo dolor nuestro, ha ocurrido en perjuicio de la Iglesia, habrá sucedido contra las intenciones de su gobierno y los representantes mismos de la nación, y por eso le suplicamos use de los remedios más eficaces que estén en su alcance. Mas si, a pesar de nuestros avisos y nuestros ruegos, nos viésemos en la precisión de ser testigos de las peligrosas innovaciones en las cosas eclesiásticas, e introducir falsas doctrinas que corrompan la pureza de la fe y la santidad de las costumbres y trastornan la disciplina de la Iglesia; nos, debiendo cumplir con el más sagrado deber que nos incumbe como supremo maestro y pastor de la Iglesia de Jesucristo, no podremos dejar de reclamar con apostólico celo cerca de vuestra majestad, tan benemérita de la Iglesia, para alejar de ella los peligros a que los enemigos de Dios y del orden exponen la salud espiritual de sus pueblos.

“Confiado en el auxilio divino, en la piedad católica y en la sabiduría de su gobierno, depositamos con paternal confianza de nuestro corazón nuestras aflicciones, y con hacer a vuestra majestad partícipe de nuestro dolor, sentimos alivio y cobramos aliento con la esperanza de que, mediante los religiosos desvelos de vuestra majestad y la cooperación de su gobierno, los intereses de la Iglesia católica de España quedarán al abrigo de los males que les amenazan.

“Con esta confianza, suplicamos al Dador de Todo Bien derrame sobre vuestra majestad y sobre todo su reino sus más abundantes beneficios, y con el más cordial afecto damos a vuestra majestad y a toda su real familia la apostólica bendición. Dado el día 15 de septiembre del año de 1820 y 21 de nuestro pontificado.”

No puedo menos sino creer que esta carta es apócrifa. Es imposible persuadirse a que un papa tan santo, prudente y experimentado como Pío VII, se manifestara tan espantadizo por la reforma de la disciplina eclesiástica de España, después que aprobó la de Francia con tan buena voluntad.

¿Cómo hemos de creer que un varón verdaderamente apostólico, un hombre tan político como juicioso, que firmó el concordato con los franceses y aprobó en todas sus partes la reforma del clero galicano, ahora, olvidado de los justos motivos de su beneplácito, se había de oponer a la reforma del clero de España, y con el ardor que se deja ver en la tal carta?

Su santidad está muy bien penetrado de que su jurisdicción en los reinos extranjeros es puramente espiritual, y que no se puede la Santa Sede oponer de ninguna manera a las reformas de la disciplina eclesiástica que, sin ultraje del dogma ni de la religión en su esencia, quieran hacer los reyes y naciones católicas en sus dominios cuando las juzgan convenientes a la felicidad común.

Bien persuadido de estas verdades nuestro beato padre envió a Francia por delegado a latere(5) al cardenal Caprara,(6) después de haber ratificado y aprobado el concordato en 15 de agosto de 1801.(a) Este purpurado sabio y político se captó la benevolencia de Bonaparte, siendo primer cónsul, y de todo París con su condescendencia a cuanto se quiso; y en prueba de ella, en la primera audiencia que le dio Napoleón el 9 de abril de [1]802, en presencia de los ministros e individuos del consejo, entre otras cosas dijo: “Me dictará vuestro deseo (no dijo vuestra justicia, ni vuestra religión, sino vuestro deseo, esto es, vuestra voluntad, vuestro gusto), me dictará vuestro deseo el tiempo que he de estar cerca de vuestra persona, de la cual no me apartaré hasta que haya depositado en vuestras manos los monumentos de esta importante misión, durante la cual (lean con cuidado los ignorantes y tontos escrupulosos) podéis estar seguro de que no emprenderé nada que sea contrario a los derechos de la nación.” Napoleón contestó esta arenga con su innegable sabiduría y elocuencia.

Nuestro santísimo padre, en el consistorio que celebró el 24 de mayo del mismo año, hablando del cardenal Caprara dijo: “por su parte, nuestro legado se esforzó a corresponder en cuanto pudo a la confianza que le manifestó el gobierno, admitiéndole a las funciones importantísimas de su empleo. Enterado a fondo de nuestros sentimientos (…lean con cuidado), que no tienen otro objeto que las cosas espirituales, y el restablecimiento de la religión en Francia, aseguró al gobierno (…lean con cuidado) que en el cumplimiento de su ministerio jamás emprendería nada en perjuicio del gobierno ni de la nación, ni de los estatutos y usos de la República,(b) y que continuaría sus funciones (…léase con cuidado) a voluntad del gobierno.”

¿Cómo es de creer, repito, que un pontífice tan sabio y tan prudente, que posee los altos conocimientos políticos para dirigir la navecilla del Pescador, segura por entre las tormentas del alborotado golfo del mundo, había de perder de repente la brújula de la prudencia y, torciendo el timón por ignorancia o por malicia, había de pretender encallarla en el banco de la división o del cisma?

Esta sola reflexión me basta para creer que la tal carta no es producción del obispo de Roma, sino artificio de algún perverso que trata de malquistar el sistema actual para envolvernos en una guerra tanto más cruel que las pasadas, cuanto interesa la religión de nuestros padres.

Ni puedo dejar de notar, al editor de ella, de falto de política en dar a luz semejante papel en unos tiempos tan críticos y en un reino tan mal instruido en su religión en su mayor parte. Apenas creerán los necios (que son infinitos) que esta carta es original del papa cuando se afirmarán en lo que les dicen los fanáticos eclesiásticos y seculares, a saber: que la Constitución es herética y todos los diputados herejes, ¿y entonces? Entonces todo será guerra, sangre, fuego, desolación y el último exterminio… ¡Santo Dios!, Tú que sabes el espíritu con que escribo, Tú que conoces la religión de nuestros representantes, Tú que iluminas al obispo de Roma y a sus ilustrísimos colegas, y Tú, en fin, cuyas entrañas destilan leche y miel, aleja de nosotros semejantes mortíferas influencias: haz que resuene en nuestros oídos el eco dulce de la paz, e inspira en los corazones de todos la sublime y católica idea de que la España no piensa, ni jamás ha pensado, en separarse de la unidad de la iglesia romana cuando traza el plan de la reforma de la iglesia española.

Vosotros, teólogos, canonistas, sabios sacerdotes del Dios de las bondades, ministros del santuario del Señor, depositarios de las doctrinas de la Iglesia universal, no calléis cuando debéis hablar; no escondáis los talentos que habéis recibido, porque seréis responsables al Señor; no enmudezcáis por odio al sistema, por codicia, venganza ni por pasión particular. Hablad, gritad, ladrad como el mastín celoso cuando ve que invaden su casa los ladrones. Desengañad al pueblo, hacedle entender qué cosa es el pontífice de Roma, cuáles sus atributos, cuál su jurisdicción, cuál la de los concilios, cuál la diferencia de éstos, cuál la subordinación de los fieles a la cabeza de la Iglesia, y cuál, por último, la que debe tener a la cabeza del estado.

Y vosotros, pueblos ignorantes, gentes sencillas, almas piadosas y preocupadas con errores añejos, no os asustéis, no os confundáis, no os dejéis alucinar con expresiones vagas e insignificantes; no creáis que es religión todo lo que se dice religión. La religión es una, santa, inmaculada y necesaria; pero los enemigos del orden y amigos de sus conveniencias la disfrazan a su antojo de mil modos.

Leed, si no lo queréis creer, los papeles, bandos y gacetas de este reino en el tiempo de la insurrección, y veréis a la maldita Santa Inquisición calumniando de hereje a un sacerdote, mintiendo y contradiciéndose con la más descarada desvergüenza por contemporizar con el gobierno.(7) Veréis papeles de un deán de esta misma Catedral en que se lee que Hidalgo es exsacerdote,(8) como si el carácter no fuera indeleble lo mismo que el de cristiano. Leed, en el periódico Noticioso, acusado al infeliz padre Morelos, tontamente, por el Santo Oficio, de herejías contradictorias entre sí; leed edictos convocatorios para denunciar insurgentes, en cuyas denuncias debían perder muchos la vida y todos la honra, sus bienes y familias inocentes, contra la expresa ley de Jesucristo;(9) leed el sacrílego Bando que un sangriento acuerdo de cuatro egoístas mandarines de esta Audiencia obligó a firmar al virrey Venegas, autorizando a cualquier lego comandante militar para que, sin ninguna formalidad de causa ni jurisdicción, pudiese fusilar al sacerdote que encontrase entre los insurgentes, aunque sólo fuese en clase de capellán, por cuya defensa de la inmunidad eclesiástica estuve en una prisión siete meses, y mi familia se arruinó hasta hoy.(10)(c)

Leed cómo el sacrílego Trujillo condujo moribundo al padre Salto, en una camilla, al patíbulo en Valladolid,(11) sólo por saciar su venganza, y apoyado con la licencia del canónigo Queipo, hombre a todas luces declarado enemigo del nombre americano, a pesar de que a la América debe todo lo que es, y todo lo que ha sido.(12)(d)

Leed, en una palabra, mentiras, calumnias, asesinatos, robos, sacrilegios y todo género de excesos cometidos en nuestros días y a nuestra vista, y veréis que todo se cubre con la capa de la religión cristiana.

Los mayores excesos, los atentados más enormes han pasado en los partes de los comandantes dados a los virreyes, siempre engañados en estas cosas, con una exageración tonta y alucinadora para el que no lo conoce, porque cuando se les han presentado diez insurgentes, han dicho que ciento, cuando ciento, que mil, cuando mil que diez mil, y así siempre, como que poner un cero no cuesta nada.

De esta manera, o por este medio, han hecho muchos su fortuna, y el que hoy, según su mérito, debía ser sargento, es coronel a favor de sus mentiras.

Yo no hablo de memoria. Tengo documentos impresos y manuscritos que no me dejarán mentir. Ni me hace fuerza que hagan su negocio, si el diablo les ayuda, pero me irrita demasiado ver que, con una descolorida hipocresía, los incontinentes se nos quieren figurar castos; los ladrones, limosneros y propietarios; los sacrílegos, cristianos consumados; los asesinos, guerreros; los sanguinarios, amantes de la humanidad; los vengativos, defensores del rey y de la patria; y todo perverso decantando sus maldades a sombra de la lealtad al soberano y de la misma religión del Unigénito del Padre.

En no pocas gacetas se leen las maldades autorizadas so pretexto de religión, y en ellas dicen sus infractores que en tal y tal batalla se vio el dedo de Dios. Gloria al Dios de los ejércitos, etcétera. ¡Oh Dios, y cuán bueno eres, pues no has enviado rayos a miles sobre el que dicta, sobre el que escribe, lee y cree que Tú autorizas los crímenes que horrorizan a la humanidad!

Así es, pueblo humilde, aunque sea de bonete, de casaca, de toca, de capote o de frazada, así es como te han alucinado y te han hecho creer, hasta hoy, que la religión es un fantasma que cada uno lo viste a su antojo, y siempre es el mismo. Hablen y respondan de mi verdad, el Monte de las Cruces,(13) Guanajuato,(14)Zitácuaro,(15) Tenango,(16) Cuautla,(17) etcétera. En estos lugares se ha visto faltar el derecho de gentes, asesinar a sangre fría, estrupar(18) sin medida, robar los vasos y ornamentos sagrados, y cometer todo género de maldades por las tropas que llamabais del rey (hoy han de ser de la nación, y así se llaman y a ella sirven porque las mantiene), sin acordarse que no debían dar mal ejemplo a los insurgentes, y que cuando éstos cometieran iguales excesos, tenían disculpa, porque eran revoltosos, canallas, herejes y qué sé yo qué más. Pero el papel se acaba, y yo me aparto del punto principal. Volvamos a él.

Ya dije que creo que esta carta no es el papa, y me confirma en ese parecer el advertir que no está impresa en España, porque el impresor de México no lo dice, y que he leído una carta muy última en que se me dice que el señor Ramos Arizpe(19)escribe a un amigo suyo de Puebla, que el sumo pontífice acaba de enviar sus bulas necesarias al señor nuncio para que autorice cuanto las Cortes determinen en orden a las reformas del clero.

Pero supongamos que la carta es del papa, ¿qué diremos? Que lo han engañado, y esto es muy claro, como también que este engaño ha sido obra de los serviles, y si no, ¿dónde están esos sacerdotes soldados?, ¿dónde esos monasterios de vírgenes violadas?, ¿dónde esos sacerdotes despreciados, envilecidos y sin inmunidad?, ¿dónde esos diezmos abolidos y dónde la falta de obediencia a la silla de Roma?

Yo no veo nada de esto, y así es necesario confesar que la carta es apócrifa. Las autoridades se interesarán en volver por el honor del pontífice romano, y por el de la generosa nación española procazmente ultrajada en este folleto, lo que es de esperar de su recto modo de pensar; pues, en caso contrario y en asunto tan arduo, tanto silencio las hará sospechosas a la misma nación a quien se ultraja.

Mientras esto sucede, creer en Dios, respetar al papa, aprender la religión, y no hacer aprecio de noticiones extravagantes.

 

México, 23 de febrero de 1821.

 

[JoséJoaquín Fernández de Lizardi.

 

 

SONETO
 
Al autor de la apócrifa y subversiva carta
del Papa al rey

¡Genio infeliz!... Espíritu atrevido:
¿quién la mágica carta te ha dictado
que ni Pío el santo pudo haber firmado
ni sin morir Fernando recibido?
¿En qué infernales copas has bebido
el veneno que cruel has vomitado?
Mi patrio suelo se halla consternado:
su bóveda eternal se ha estremecido.
¿Cuál tu designio fue? Mas ya lo infiero,
miserable inventor, infiel, perjuro:
partir el corazón del orbe entero.
El cisma introducir, mas yo te juro
que tiene el inmortal Código Ibero
en cada corazón un fuerte muro.

 

J. M. V.(20)

 

 


(1) México, Oficina de D. J. M. Benavente y Socios, 1821.

(2) Copia de la carta que con fecha 15 de se[p]tiembre dirigió el papa Pío VII al rey Católico Fernando VII, en idioma italiano, México, impresa en la Oficina de D. José María Betancourt [1821].

(3) Cf. la nota anterior. Fernández de Lizardi copió íntegramente el texto del folleto.

(4) Compañía de Jesús. Orden religiosa fundada por san Ignacio de Loyola en 1534, aprobada por Paulo III en 1540. Llegó a ser tan poderosa que fue expulsada de Portugal en 1759, de España en 1767 y de Francia en 1762 y 1880. Suprimida en 1773 por Clemente XIV y restablecida en 1814 por Pío VII. En España fue nuevamente disuelta por la revolución que estalló en 1820 en Cabezas de San Juan.

(5) a latere. Expresión latina que se utiliza para nombrar a ciertos cardenales que el papa elige, entre los que están a su lado, para que le representen y desempeñen funciones diplomáticas: un legado a latere.

(6) Giovanni Battista Caprara (1733-1810). Eclesiástico y diplomático italiano a quien el papa Pío VII elevó al cardenalato en 1792. Durante un período de dificultades excepcionales, tuvo parte activa en las negociaciones que condujeron a la coronación de Napoleón en 1804. Marchó a Francia como legado a latere en la república para la conclusión del Concordato y restablecimiento del culto en Francia. Durante toda su vida conservó excelente relaciones con Napoleón. Dejó una obra:Concordato y Colección de Bulas y Breves de N. S. P. el papa Pío VII sobre los .asuntos de la iglesia en Francia (París, 1822).

(a) En mi Defensa del Bosquejo daré el concordato y los artículos reglamentarios del convenio ajustado en 15 de julio de [1]801 entre Roma y Francia. [En la1mpugnación y defensa del Bosquejo de los fraudes (en este volumen) que Lizardi escribiera en 1821, nunca apareció lo que prometió].

(b) Era entonces república la Francia.

(7) Cf. la nota 23 a Las tertulias de los muertos... Lizardi se refiere a las calumnias de la Inquisición contra Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811), sacerdote mexicano iniciador de la guerra de independencia.

(8) El Anti-Hidalgo. Cartas de un doctor mexicano al bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, ex-cura de Dolores, ex-sacerdote de Cristo, ex-cristiano, ex-americano, ex-hombre y generalísimo capataz de salteadores y asesinos, México, Oficina de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1810. Son 16 cartas. En la Carta Primera podemos leer lo siguiente: “Bajo estos títulos y dictados que tanto mereces, te dirige sus justos votos un individuo de ese Claustro que honras llamándolo cuadrilla de ignorantes.” [p. 1] En la Carta Séptima: “Eres ex-sacerdote de Cristo, porque aunque tengas el carácter indeleble de su sacerdocio eterno, tus obras son de sacerdote de Belial, y tus deseos, de no tener tal marca ni participación del ministerio católico, sino la marca dicha de monsieur de la Brié, y de aquellos sacerdotes apóstatas, como Sieyès, que en la revolución de los jacobinos gritaban y escribían que detestaban su sacerdocio y rabiaban por haberlo recibido.” [p. 60]

(9) Sobre el particular hemos conseguido los siguientes datos: “Desde el primer momento se tomaron las más enérgicas disposiciones, por parte del virrey y de las autoridades eclesiásticas, en íntima colaboración con las civiles y militares, para evitar la propagación de impresos y periódicos insurgentes. La audacia del Dr. Cos y de Francisco de Velasco de hacer llegar a manos del mismo virrey los planes conocidos con el nombre de ‘Plan de Paz’ y ‘Plan de Guerra’ [...] motivaron el Bando del 7 de abril de 1812. Dos meses más tarde el mismo virrey, Francisco Javier Venegas, arremetía contra el Ilustrador Nacional en un Bando publicado en el Diario de México. ‘Declaro cómplices —rezaba el documento— en la expedición, a todos los que copiaren, leyesen u oyesen leer semejantes papeles sediciosos’ […]. Se lee todavía una invitación a delatar: ‘…y para su seguridad siempre que quieran no sonar en los autos que se hagan —los delatores— se pondrán sus nombres en testimonio reservado, de modo que no conste del proceso’ [...]. Hasta en las más lejanas provincias se tomaron medidas de rigor. En Chihuahua, por ejemplo, el Brigadier de los Reales Ejércitos y Gobernador General de las Provincias Internas, Nemesio Salceda, apenas conocido el movimiento revolucionario publicó un Bando por el que advertía que serian impuestas graves penas, incluso la de la horca, a cualquiera que ‘secundase el movimiento, diese asilo a persona emisaria de la rebelión o propalase versiones capaces de alarmar al pueblo’.” J. M. Miquel y Vergés,La independencia mexicana y la prensa insurgente, op. cit., pp. 21 y 23.

(10) Se trata del Bando publicado en México a 25 de junio de 1812, donde Venegas, en el articulo 10 manda lo siguiente: “Los eclesiásticos que fueren aprehendidos con las armas en la mano haciendo uso de ellas contra las del rey, o agavillando gentes para sostener la rebelión y trastornar la Constitución del Estado, serán juzgados y ejecutados del mismo modo, y por el mismo orden, que los legos, sin necesidad de precedente degradación.” J. E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos..., t. IV, pp. 306-308. Lizardi estuvo preso del 7 de diciembre de 1812 hasta junio de 1813 “por haberle dado los días [...] al virrey, suplicándole muy respetuosamente la revocación del sacrílego Bando de 25 de junio del mismo año, le anduvieron a los alcances, allanaron su casa, emplearon todos los medios del espionaje y, al fin, sin más formalidades ni requisitos, lo asaltaron y lo redujeron a una prisión de siete meses, de donde salió absuelto de culpa y pena, aunque sin un maravedí, y con la salud bastante quebrantada.” Respuestillas sueltas de El Pensador Mexicano, en ObrasX, op. cit., pp. 273-274. Sobre el caso véase también: Repique brusco al Campanero,folleto publicado en 1820 en la Oficina de Juan Bautista de Arizpe (Obras Xop. cit.,pp. 307-308). Respecto del texto donde Lizardi pide la revocación de ese Bando, véase Obras III - Periódicos. El Pensador Mexicano, recop., ed. y notas de Maria Rosa Palazón Mayoral y Jacobo Chencinsky, presentación de J. Chencinsky, México, UNAM, Centro de Estudios Literarios, 1968 (Nueva Biblioteca Mexicana, 9), pp. 86-90. Volvió a escribir pormenores de su arresto y prisión en la Carta segunda de El Pensador al papista, folleto de 1822 incluido en este volumen. En la Carta tercera de El Pensador al papista ─también en este volumen─escribió: “Pasé entre sustos y prisiones siete meses, tiempo muy suficiente para arruinarme, como me arruiné, con mi familia.”

(c) Y así dicen algunos fanáticos que soy he[r]eje y an[t]i eclesiástico. Ninguno de é[s]tos hizo lo que yo.

(11) Una partida al mando del capitán Juan Pesquera “se acercó a los lindes de la provincia de Guanajuato, para cooperar a la persecución de Albino García, y fue después destinada a buscar y aprehender en el lugar en que se guarecía, al presbítero D. José Guadalupe Salto [...]. Había sido este eclesiástico hombre de ejemplar virtud antes de la revolución; pero habiendo tomado parte muy activa en ésta, fue procesado y se hallaba preso en Valladolid en julio de 1811: puesto en libertad e indultado por Trujillo, en celebridad de haber sido derrotados maravillosamente los insurgentes que atacaron aquella ciudad el 22 de aquel mes, volvió a mezclarse en la guerra [...]. Ocultábase en una cueva, situada en una abra o voladero de la alberca de Teremendo, cuya entrada estaba formada por dos planchas de vigas. Guiado Pesquera por un correo que Negrete enviaba a Trujillo desde La Piedad, y que cogido por la partida que capitaneaba el P. Salto, había logrado escapar de ella, rodeó con su tropa la alberca o cráter apagado del antiguo volcán, y subiendo por una senda escabrosa, vio a tres hombres inmediatos a una especie de capilla que empezaban a fabricar: (8 de mayo [1812]) pusiéronse éstos en fuga al acercarse Pesquera, y el uno de ellos se metió por el abra, hasta la que fue seguido. Al entrar en ella los soldados, alzó la voz, diciendo: ‘no me maten, que soy ministro de Jesucristo’; y al mismo tiempo dio una lanzada al soldado Manuel de la Cruz, que estaba más inmediato, con la que le dejó mal herido. Dio Pesquera orden para que no se le ofendiese, intimándole al mismo tiempo que se rindiese, a lo que contestó: ‘que no saldría de aquella cueva, a menos que no fuese su prelado’, y preguntando quién era quien lo buscaba, y contestándole que las tropas del rey, replicó ‘que de qué rey, pues las que allí había eran de Napoleón’ […]. Empezó al mismo tiempo a defenderse, rodando piedras desde la boca de la cueva, lo que decidió a Pesquera a mandar a sus soldados que hicieran fuego, lo que apenas podían verificar, teniendo que mantenerse agarrados a los arbustos suspendidos sobre un voladero de cincuenta varas de profundidad, en el que se habrían precipitado si se desgajase alguna de las ramas que los sostenían. Dirigieron no obstante la puntería a un tejadillo que cubría la entrada de la cueva, y a poco vieron caído en ésta a un hombre, con lo que suspendiendo el tirar entraron en ella y hallaron al P. Salto atravesado de un balazo [...]. Condujo Pesquera en un tapextle [cama portátil] al P. Salto a Valladolid [...]. Trujillo, a su llegada, dispuso que aquel eclesiástico fuese fusilado al día siguiente a las diez de la mañana y avisó al obispo electo Abad y Queipo que por si había algunas formalidades que llenar; pero al mismo tiempo le intimó que por nada suspendería la ejecución, que debía verificarse a la hora señalada, antes que muriese de su herida el preso, a quien había hecho alimentar y curar para conservarlo. El obispo declaró que la enormidad de los crímenes del reo y su obstinación en ellos, no obstante habérsele concedido por segunda vez el indulto por intercesión del mismo prelado, hacían innecesaria la degradación, habiendo perdido el fuero y privilegio del canon. Fue, pues, sacado al patíbulo en una camilla, y un eclesiástico español que iba a su lado, hacía creer al pueblo que daba pruebas de su arrepentimiento; pero para entonces el P. Salto no existía, y se le encontró muerto al llegar al cadalso, en el que fue expuesto, publicándose una proclama que el doctor Zenon compuso con este motivo.” Lucas Alamán, Historia de México. Con una noticia preliminar del sistema de gobierno que regía en 1808 y del estado en que se hallaba el país en el mismo año, México, Imprenta de Victoriano Agüeros y Comp., 1884, t. III, pp. 160, 161 y 162.

(12) “El descrédito del clero en México, y tal vez el de la religión que convirtieron en un instrumento de persecución los obispos, inquisidores, canónigos, frailes y clérigos particulares, datan de aquella época [...]. Por entonces las excomuniones surtieron todo su efecto, pues aunque no lograron los españoles apagar la insurrección como lo intentaban, a virtud de ellas impidieron que triunfase, segregando de sus intereses una masa considerable del pueblo, enajenando de ella el ánimo de las tropas, y sembrando la discordia entre los miembros de las familias y la agitación en las conciencias crédulas y timoratas. El primero que dio este paso atrevido fue el obispo electo de Michoacán, don Manuel Abad y Queipo, publicando en 24 de septiembre un edicto o pastoral tan ajeno de sus principios como de la causa que lo provocaba; en él era Hidalgo excomulgado nominalmente, y se amenazaba con la misma pena ipso facto incurrenda a todos los que lo siguiesen, favoreciesen o siquiera tratasen; los pretextos que se alegan en esta pieza original eran, tener presos este caudillo a algunos curas, clérigos y frailes. En un obispo de opiniones favorables a los errores de la curia romana este procedimiento podría suponerse de buena fe, pero en Queipo, cuyas ideas eran conocidas en México con mucha anterioridad, nadie pudo equivocarse en el principio que lo animaba. Además el procedimiento era tan irregular y desconocido, que se empezaron a suscitar dudas sobre él, no sólo por los afectos a la revolución, sino aun por los defensores mis mas del gobierno español.” José María Luis Mora, México y sus revoluciones,edición y prólogo de Agustín Yáñez, México, Editorial Porrúa, 1950 (Colección de Escritores Mexicanos, 61), t. III, pp. 56-60.

(d) Su representación, que tengo en mi poder, y otros datos y papeles públicos de España aseguran esta verdad; sin embargo, el señor fiscal de la Inquisición sufragánea, digo, de la antigua Junta de Censura, en su denuncia que hizo de mi papel titulado Aún ha quedado a las zorras el rabo por desollar, después de calificarlo, criminalmente y hasta donde pudo, defiende a Queipo y a Trujillo: quiere canonizarlos, y pide que se soliciten los parientes de uno y los apoderados del otro, para que, si quieren, demanden contra mí en el tribunal de injurias. El juez de letras, conforme a la Calificación de la Junta de Censura, o de rasura, lo decretó así, y así se publicó en la Gaceta.¡Qué ignorancia! ¡Qué adulación! ¡Qué malicia! [Aún ha quedado a las zorras el rabo por desollar, en Obras Xop. cit., pp. 409-415. El escrito de Abad y Queipo es el siguiente: “Don Manuel, Abad Queipo, canónigo penitenciario de esta Santa Iglesia, obispo electo y gobernador de este obispado de Michoacán: a todos sus habitantes paz y salud, en Nuestro Señor Jesucristo [...]. La Nueva España, que había admirado a Europa por los más brillantes testimonios de lealtad y patriotismo en favor de la madre patria, apoyándose y sosteniéndola con sus tesoros, con su opinión y sus escritos, manteniendo la paz y la concordia a pesar de las insidias y tramas del tirano del mundo; se ve hoy amenazada con la discordia y anarquía, y con todas las desgracias que la siguen, y ha sufrido la citada isla de Santo Domingo. Un ministro del Dios de la paz, un sacerdote de Jesucristo, un pastor de almas (no quisiera decirlo), el cura de Dolores don Miguel Hidalgo (que había merecido hasta aquí mi confianza y mi amistad), asociado de los capitanes del regimiento de la reina, don Ignacio Allende, don Juan de Aldama, y don Josef Mariano Abasolo, levantó el estandarte de la rebelión, y encendió la tea de la discordia y anarquía, y seduciendo una porción de labradores inocentes, les hizo tomar las armas [...]. Como la religión condena la rebelión, el asesinato, la opresión de los inocentes; y la madre de Dios no puede proteger los crímenes; es evidente que el cura de Dolores, pintando en su estandarte de sedición la imagen de Nuestra Señora, y poniendo en él la referida inscripción, cometió dos sacrilegios gravísimos, insultando a la religión y a Nuestra Señora [...]. En este concepto, y usando de la autoridad que ejerzo como obispo electo y gobernador de esta mitra, declaro que el referido don Miguel Hidalgo, cura de Dolores, y sus secuaces los tres citados capitanes, son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros, y que han incurrido en la excomunión mayor del Canon: Siquis suadente Diabolo, por haber atentado a la persona y libertad del sacristán de Dolores, del cura de Chamacuero y de varios religiosos del convento del Carmen de Celaya, aprisionándolos y manteniéndolos arrestados. Los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo, como prohíbo, el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo la pena de excomunión mayor, ipso facto incurrenda, sirviendo de monición este edicto, en que desde ahora para entonces declaro incursos a los contraventores [...]. Item:declaro que el dicho cura Hidalgo y sus secuaces son unos seductores del pueblo, y calumniadores de los europeos. Sí, mis amados fieles, es una calumnia notoria. Los europeos no tienen ni pueden tener otros intereses que los mismos que tenéis, vosotros los naturales del país, es a saber, auxiliar a la madre patria en cuanto se pueda, defender estos dominios de toda invasión extranjera para el soberano que hemos jurado, o cualquiera otro de su dinastía, bajo el gobierno que le representa [...] y para que llegue a noticia de todos, y ninguno alegue ignorancia, he mandado que este edicto se publique en esta Santa Iglesia catedral, y se fije en sus puertas, según estilo, y que lo mismo se ejecute en todas las parroquias del obispado, dirigiéndose al efecto los ejemplares correspondientes. Dado en Valladolid a veinticuatro días del mes de septiembre de mil ochocientos diez. Sellado con el sello de mis armas, y refrendado por el infrascripto secretario.─ Manuel, Abad Queipo, obispo electo de Michoacán.─ Por mandado de S. S. I., el obispo mi Sr.─ Santiago Camiña, secretario.” J. M. L. Mora, México y sus revoluciones, op. cit., t. III, pp. 57, 58, 59-60 y 61.

(13) Monte de las Cruces. Separa el valle de Toluca de la cuenca de México. “Deriva su nombre de que el sitio era frecuentado por los ladrones y se cometieron allí algunos asesinatos en los pasajeros: existía la costumbre de poner una cruz de madera en el lugar donde se había cometido el crimen. La montaña tenía muchos de esos monumentos y de aquí la apelación.” Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México, Editorial Porrúa [1964], p. 958.

(14) Guanajuato. Cf. nota 8 a Quien mal pleito tiene...

(15) Zitácuaro. Ciudad cabecera de la municipalidad de ese nombre, en el estado de Michoacán. Ahí se celebró la Junta que fue el principal centro propagandista de la Independencia.

(16) Tenango del Valle. En el Estado de México; municipio en el extremo SO del valle de Toluca.

(17) Cuautla. Ciudad del estado de Morelos. Antiguamente llevaba el nombre de Cuautla Amilpas. Durante la guerra de independencia tuvieron lugar varios episodios históricos, especialmente el Sitio de Cuautla, donde Morelos se fortificó en el año de 1812.

(18) estrupar. Forma arcaica de estuprar.

(19) Miguel Ramos Arizpe (1775-1843). Político mexicano. Se ordenó de sacerdote en 1803 y se recibió de abogado en 1810. Electo diputado a las Cortes de Cádiz por Coahuila, su estado natal, demostró sus ideas liberales y su adhesión a la Independencia; fue encarcelado en Madrid acusado de ayudar a la insurrección de las colonias, pero fue liberado y se dedicó a luchar por la ley de libertad de imprenta en México. En 1822 fue elegido para diputado al primer Congreso Constituyente, y en 1823 fue comisionado para formular el proyecto de constitución federal. Durante el gobierno de Guadalupe Victoria fue ministro de Justicia.

(20) De J. M. V. conocemos los siguientes títulos: Allá va eso y tope donde topare. Discurrido por un Español Americano el día de la Solemne proclamación de la Soberanía del Imperio Mexicano [México], Imprenta de D. Mariano Ontiveros, 1821; Desahogo del sentimiento de un americano en la sensible muerte del Exmo. Sr. D. Juan de O’Donojú, Caballero Gran-Cruz de las Órdenes de Carlos III y San Hermenegildo, Teniente General de los Ejércitos Nacionales de España, &c. [México], Imprenta de Ontiveros, y otro en Puebla, Oficina de D. Pedro de la Rosa, Impresor de Gobierno, ambos de 1821, yVindicación y defensa de las religiones, en contraposición del papel titulado: Testamento de España, México, impreso en la Oficina de D. Mariano Ontiveros, 1821.