¿QUÉ VA QUE NOS LLEVA EL DIABLO
CON LOS NUEVOS DIPUTADOS?(1)

 

 

Tales palabras profería una vieja condenada la otra noche en una casa adonde, por desgracia mía, fui de visita.

Estaba hecha un veneno(2) con la lista de los señores diputados en la mano,(3)echando chispas(4) por los ojos.

Después que saludé a los concurrentes, pregunté por el motivo de la indisposición de la señora, que no me conocía por mi persona; quien me dijo: ─¿Qué más motivo quiere usted que tenga para estar incómoda que ver la ninguna ilustración de la patria, tan manifiesta en los mismos días en que debía comenzar a desarrollarse?

¡Cáspita!, dije para mi sayo.(5) ¿Qué mano(6) que esta venerable anciana sea una de las señoras ilustradas que tenemos en nuestro país, digna por serlo de ocupar un taburete en el Salón de Cortes?(7) Si así fuere, ella no necesitaría de presentarse con máscara, porque es más fea que ocho locos. Pero ¿cuál será el motivo de su despecho?

Por averiguarlo le dije: ─Cierto, señora, que usted tiene bastante motivo para lamentarse de nuestra naciente ilustración, pues vemos que los criticastros del día no saben escribir sino adulando la opinión del gobierno, tuerta o derecha; ni menos usan del criterio contra las obras, sino contra sus autores, llamando a éste bárbaro,a aquél insolente, al otro hipócrita, a cual burro, a cual caballo; y así a todos. Semejantes majaderos muestran que son tan pobres de literatura, como ricos de orgullo, altivez y grosería, pues quieren suplir con desvergüenzas lo que falta en sus papeles de razón. Ya habrá usted leído esos papeles servilones, y otros tontones, entre éstos y de los últimos el titulado Americanos, así se destruye eternamente la tiranía.(8)

─Yo no he leído nada, ni quiero leer, me respondió la anciana. Lo primero que me ha prohibido mi confesor es que lea ninguno de los impresos que salen.

¡Malo!, volví a decirme. Esta vieja es una bestia, y me la había pegado de redondo. ─Pues, señora, ¿cómo es que sin leer se atreve usted a asegurar nuestra escasa ilustración, pues es inconcuso que por el fruto se conoce al árbol, y por las producciones de los entendimientos se gradúa la mayor o menor ilustración de un pueblo?

─¿Y quiere usted menos ilustración, decía la vieja, que esta lista, que toda ella prueba que los electores y el pueblo carecen de temor de Dios, que es el principio de la sabiduría, como lo dice el Espíritu Santo por san Lucas: inicio sapienciam este timorem Dominorum.(9)

─¡Santo Dios!, señora, ¡y qué mojados tiene usted sus papeles!(10) Pero ¿de dónde infiere usted que no tienen temor de Dios ni los electores, ni el pueblo, sólo por esta lista?

─¿Cómo de dónde?, reponía la venerable: de que todos estos diputados son masones, jacobinos y herejes. Sí, señor, no le quepa a usted duda. Así me lo dice mi marido, que no porque es mi esposo, pero es un hombre macizo, de birrete, muy leído y muy buen estudiante, pues nada menos estudió que para dotor;(11) y además de esto es muy buen cristiano. ¡Ay!, si usted viera el arreglo de mi casa, se espantaría, porque, no es por alabarlo, pero en mi casa se frecuentan los sacramentos cada ocho días, se ayuna, se reza el rosario todas las noches, y el vía crucis todos los viernes. Eso primero faltara el sol, ya se ve, como que nuestro confesor nos visita día con día, tiene cuidado del gobierno interior de nuestra casa.

─¿Pues qué, le dije: su confesor de usted lo es de su marido? ─No, señor, mío y de mis hijas. ─¡Qué malo es eso, le dije, que los confesores lo sean de las madres y las hijas! ─¡Ah Dios!, ¿qué tiene eso de malo?, dijo una de dos muchachas nada feas, que allí estaban y eran las hijas de la vieja: ─pues mi padrecito, continuaba, es un terrón de amores, nos quiere mucho, y es un santo.

─Yo, señorita, le contesté, no dudo que su papá de ustedes las ame: esto es muy natural, y el que sea virtuoso no lo disputo; pero digo con el ilustrísimo Fenelon(12)que no conviene que un mismo sacerdote confiese a las madres y a las hijas.

─Ese Fenelon, decía la muchacha gazmoña, sería algún jacobino; pero yo no hablo de mi papá, sino de mi confesor; ése es mi padrecito, a quien queremos más que a papá, porque es muy lindo mozo el frailecito, nos estima demasiado, nos visita todos los días, nos prefiere en el confesonario, y nos corresponde los regalos que le hacemos.

─Peor está que estaba, les dije: "confesor que visita hijas, me huele a padre de familia", dijo el célebre Quevedo en su obrita titulada El perro y la calentura.(13) No, señoritas: los confesores en el confesonario con seriedad, juicio, circunspección y prudencia. Siempre con caridad cristiana; pero con cuidado para que no decline en mundana predilección, que trae sus riesgos.

Así es que no deben preferir la rica a la pobre, la decente a la traposa, la bonita a la fea, ni a una por otra.

Menos deben admitir cartitas, celos, mimos ni regalos de sus hijas de confesión, y, menos que todo, visitarlas, ni poner un pie en su casa. Estas coqueterías espirituales nunca pueden ser útiles y mil veces pueden ser preludios de coqueterías corporales. Mientras estamos en el mundo, no hay que fiar en los principios de una amistad entre hombres y mujeres, por más santificados que sean. Muchos ejemplares nos dan de esto las historias y la experiencia. Puede hablar por todos los varones justos Santiago, primer ermitaño que ya hacía milagros, y en una ocasión próxima violó a una doncella y después la mató, y se desesperó. Si a tantos riesgos están expuestos en las ocasiones los ermitaños santos, y que hacen milagros, ¿qué no podrán hacer en las mismas, los que ni son santos ni ermitaños? Yo por mí digo que consentiré que visiten a mi hija sus pretendientes; pero su confesor ni por pienso.(14) Alguno de aquéllos podrá honrarla con su mano, y el confesor jamás.

─¡Jesús! ¡Jesús!, dijo a este tiempo la vieja, corriendo por la sala y haciendo unos visajes de energúmeno. ¡Jesús!, decía, ¡qué hombre tan temerario y tan sacrílego! Vámonos, niñas, vámonos de esta casa desgraciada. Y tú niña (a la señorita de ella, que era muy liberal y nada fanática, y tú, niña, le decía, otra vez que este hombre venga acá, avísame para no venir a escandalizarme. ¡Ay Jesús, y lo que [he] oído!, mañana, niñas, a reconciliarnos temprano, sí, a reconciliarnos, antes que otra cosa suceda, porque estamos más saladas que un robalo.

─Con razón te has enojado, nana Nita, le decía la señorita de la casa a la vieja. ¿Si supieras quién es este señor? ─¿Pues quién es? ─El Pensador Mexicano. ─¡El Pensador Mexicano! Dios nos tenga de su mano. Puntualmente mi padrecito dice que este señor es masón, jacobino y herejón más que Lutero.

─Muchas gracias a su confesor de usted señora, le dije; así me han calificado otros tan virtuosos, caritativos, cristianos e ilustrados como él. Yo sólo quisiera que señalaran mis herejías.

─¿Qué mayores herejías han de ser las de usted que no querer que haya curas que tengan muchachas bonitas que sean sospechosas en sus casas, como usted dice, con escándalo del pueblo, que por lo regular no forma el juicio más favorable en esta parte, aunque tengan título de sobrinas? ¿Qué mayor blasfemia que no querer que haya frailes vagos, sino pocos, ocupados, sabios, edificantes y bien sostenidos? ¿Qué herejía más endiablada que querer se reformen los diezmos, porque, así como están, arruinan al labrador y atrasan la agricultura, sin más provecho que sostener el lujo de algunos canónigos? ¿Qué peor desatino contra la fe que querer que se aumenten las mitras y los curatos, que éstos se arreglen a tasación para que los feligreses estén en lo espiritual bien servidos, sin necesidad de ajustes ni regateos con sus párrocos por el bautismo, casamiento, entierro y aun confesión de sus familias? ¿Qué peor herejía que declamar contra las santasbuscas(15) de muchos curas, y decir que mantienen a los pueblos en la superstición y el fanatismo, por no perder los frutos que de esto les resultan, y apellidarsimoniaco y usuario comercio a la edificante devoción con que compran piecesitas de listón a catorce reales, y las venden a seis pesos, dándoles tanta estimación en virtud de la tinta de la imprenta y tantita agua bendita? Habla usted de las medidas de los santos. ¿Qué blasfemia más heretical que acusar a otros curas de la superstición con que los indios y gente pobre prefieren los responsos a las misas, por la ventaja que de aquéllos les resulta?... ¡Vaya!, yo me cansaría si quisiera referir las herejías de usted.

Así, ni más ni menos pensarán los diputados que nos han salido: jacobinamente. Sí, ya me parece que veo que tratarán de que venga un nuncio del papa para que autorice sus picardías contra el altar, que llamarán reformas. ¿Quién les meterá en eso? La culpa la tienen esos masones de España y esa maldita Constitución(16) que han dado en que una cosa es el dogma y otra la disciplina, que cuando en ésta se notan abusos contra el pueblo, pueden sus representantes cortarles los pies, y otras mil herejías de esta clase.(17)

─¿Pero, señora, le dije, usted de dónde saca que nuestros diputados sean jacobinos? —¿Cómo de dónde? Unos leen el francés, otros se visten de negro, otros han leído el Rousseau,(18) el Benté,(19) el Filangieri(20) y quién sabe si El año milenario, El citador(21) y Las ruinas de Palmira,(22) y otros son muchachos que no parecen sino colegiales principiantes. ¿Qué quiere usted que salga de esto?

─Cosas muy buenas saldrán, señora. La religión, la sabiduría ni el amor de la patria no están ligados a los colores del vestido, a la ignorancia, a la edad ni a la estatura de los cuerpos. Nuestros diputados son muy buenos; yo los amo mucho y los compadezco más, porque van a chocar con la superstición, el fanatismo, la preocupación y la ignorancia; pero firmeza, señores, carácter, que al fin todo cede a la razón.

La vieja no aguantó más. Se marchó echándome mil maldiciones. Los liberales se quedaron riendo, los serviles se fueron, mirándome con ojos de cochinos, y se acabó la tertulia.

 

NOTA

 

No hay que andar con que soy enemigo del clero, porque me oyen. Respeto mucho el estado eclesiástico: abomino y critico los vicios públicos de algunos de sus individuos, y deseo se remedien los abusos porque no pueden estar en una ara Dios y Belial.(23)

 


(1) México, Imprenta Americana de don José María Betancourt, 1822.

(2) estaba hecha un veneno. Estaba demasiado enojada, afectada por la ira.

(3) Primer Congreso (24 de febrero al 31 de octubre de 1822). La lista de los diputados es muy larga, consta de 150 nombres, por lo que seleccionamos algunos de los nombres más representativos: Mariano Anzorena (Valladolid), Francisco Argandar (Valladolid), Juan Bautista de Arizpe (Nuevo León), Carlos María de Bustamante (Oaxaca), José Ignacio Cañedo (Guadalajara), José María Covarrubias (Guadalajara), Antonio Cumplido (Valladolid), Rafael Leonardo de Echenique (Veracruz), Ignacio Esteva (Veracruz), José María Fagoaga (México), Juan Nepomuceno Foncerrada y Soravilla (Valladolid), Valentín Gómez Farías (Zacatecas), José Gorostieta (México), José Miguel Guridi y Alcocer (Tlaxcala), José Joaquín Herrera (Veracruz), Juan Horbegoso (México), José María Iturralde (México), Rafael Mangino (Puebla), José Mariano Marín (Puebla), Juan Francisco Castañiza Larrea y González de Agüero, marqués de Castañiza (Durango), Florentino Martínez, Servando Teresa de Mier (Nuevo León), Manuel de Mier y Terán (Chiapas), Melchor Múzquiz (México), Hipólito Odoardo (México), Félix Osores (Querétaro), José María Ramos Palomera (Guadalajara), Manuel Crecencio Rejón (Mérida), José San Martín (Oaxaca), Prisciliano Sánchez (Guadalajara), Francisco Manuel Sánchez de Tagle (México), José Mariano Zardaneta, marqués de San Juan de Rayas (México), Lorenzo Zavala (Mérida), José Zuloaga (Durango). Lucina Moreno Valle, Catálogo de la Colección Lafragua, op. cit., pp. 894-895. Cf. nota 2 a Chamorro y Dominiquín... sobre asuntos interesantes...

(4) echar chispas. Dar muestras de estar enojado.

(5) decir uno para su sayo. Recapacitar una cosa, decirla como hablando consigo a solas.

(6) qué mano. ¡Qué fortuna!, ¡qué desgracia!, ¡qué sorpresa!, etcétera. Mano es una aventura, un percance, un lance desfavorable, caso inadvertido o cosa por el estilo. Santamaría, Dic. mej.

(7) Sobre la presencia de las mujeres en el salón de Cortes Lizardi ya había escrito algo más extenso, en Cincuenta preguntas de El Pensador a quien quiera responderlas.

(8) C. A. G., Americanos, así se destruye eternamente la tiranía, México, Imprenta Americana de don José María Betancourt, 1822.

(9) Initum sapientiae timor Domini. Sal. 110, 10. Pr. 1, 7; 9, 10; 14, 27. Ecli. 1, 16.

(10) mojársele a uno los papeles. Trastornar o trastocar las cosas o las ideas, por olvido o falta de vigor mental, producidos por la vejez principalmente. Santamaría,Dic. mej.

(11) dotor. Forma antigua de doctor.

(12) Fenelon. François de Salignac de la Mothe (1651-1715). Escribió, entre otras obras: Tratado de la educación de las jóvenes (1687), Las aventuras de Telémaco(1699), Fábulas y Diálogos de los muertos (1712).

(13) El perro y la calentura. Novela peregrina de Pedro de Espinosa, publicada por primera vez en 1622. Fue atribuida falsamente a Francisco de Quevedo, quien era gran amigo de Espinosa. Tal vez Lizardi leyó la edición siguiente: El perro y la calentura. Novela peregrina. Por don Francisco de Quevedo, quien la imprimió baxo del nombre de Pedro Espinosa. Aora añadida unas Lecciones naturales contra el descuydo comun de la Vida, segunda impression, Madrid, D. Pedro Josep Alonso y Padilla, 1736 [Las Lecciones naturales son de Rodrigo Fernández de Ribera). A. Palau y Dulcet,Manual del librero hispanoamericano, 2ª ed., Barcelona, Librería Palau, 1962, t. XIV, p. 382.

(14) ni por pienso. Ni por sueños o ni en sueños.

(15) busca. Provecho que se saca de algún empleo o cargo, además de los emolumentos anexos a él. Úsase comúnmente en plural, y siempre en mala parte. Santamaría, Dic. mej.

(16) Constitución. Cf. nota 27 a Quien mal pleito tiene...

(17) "La reforma eclesiástica, tan sólo planteada en las Cortes de Cádiz [...], fue abordada por los gobiernos y las Cortes del Trienio. Del mismo modo que ocurriera en 1812-1813, también ahora fue una iniciativa unilateral del Estado, según las reviviscencias del antiguo regalismo; y también ahora la cuestión se enconó por la doble actitud de los defensores de la Iglesia tradicional, a quienes faltaba sentido de autocrítica, y de los liberales reformadores, sobrados de impulsos agresivos [...]. Las primeras medidas legislativas crearon un ambiente de enfrentamiento. La R. O. del 26 de abril de 1820 ordenaba a los párrocos que, desde el púlpito, 'expliquen a sus feligreses en los domingos y días festivos la Constitución política de la nación,como una parte de sus obligaciones'. Otra medida que sólo podía contribuir al enrarecimiento del ambiente fue la nueva expulsión de la Compañía de Jesús. En efecto, los jesuitas se habían reintegrado a España por decisión de Fernando VII en 1815. Ahora, el 14 de agosto de 1820 se decretaba su segunda expulsión de estos reinos. Pero la medida legislativa de mayor trascendencia fue el Decreto sobre supresión de monacales y reforma de Órdenes regulares, aprobado por las Cortes el 1 de octubre de 1820 y sancionado por el Rey el 25 del mismo mes [...]. Por fin, por el Art. 23 de esta disposición legal se declaraban incorporados al Estado los bienes de las Comunidades religiosas suprimidas [...]. Otras disposiciones legislativas se habían tomado, entre tanto, en materia eclesiástica: la supresión del diezmo y la sustitución por el 'medio diezmo' en favor del Estado; la supresión de la inmunidad eclesiástica personal (el fuero eclesiástico) [etc.]. Las consecuencias de toda esta política eclesiástica fueron graves: Ante todo, los conflictos con Roma, la ruptura de la Iglesia y el Estado liberal; y el desgobierno de las diócesis por la expulsión de ocho obispos que se opusieron a la aceptación de tales medidas [...]. Dentro del clero se produjo, además, una escisión interna: hubo eclesiásticos liberales radicalizados y en las listas de cuatro mil individuos pertenecientes a la masonería se cuentan hasta ciento noventa y cuatro eclesiásticos [...]. Dentro de los conventos se produjeron algunas divisiones y pendencias entre los miembros de las mismas comunidades, fomentándose la discordia. La exacerbación de parte del clero y de los fieles contribuye a revestir de apariencia religiosa la guerra civil que estalla en 1822." Vicente Palacio Atard, La España del siglo XIX, op. cit., pp. 121-122, 123-124 y 125.

(18) Jean Jacques Rousseau (1712-1778). En 1762 aparecieron Du contract social yÉmile, la primera de ellas fue considerada ofensiva y originó su expulsión de Francia; contiene en germen los principios de la Revolución Francesa.

(19) Jeremy Bentham (1748-1832). Filósofo y jurista inglés que fue amigo de los enciclopedistas y partidario de la Revolución Francesa; además influyó sobre algunos diputados de las Cortes de Cádiz. Fue el iniciador del utilitarismo, movimiento filosófico que considera la utilidad como principio de la moral en todo acto individual o social; entre sus obras principales están Defense of usury (1787) yAn introduction to the principies to the principles of morals and legislation (1789).

(20) Gaetano Filangieri (1752-1788). Escritor y jurista italiano, discípulo de Rousseau y autor de Scienza della legislazione.

(21) Le citateur (1803), escrito por Charles Pigault-Lebrun (1753-1835), escritor francés cuyo nombre verdadero era Charles Antoine Guillaume de l'Epinoy. Primero fue cómico, pero fracasó; ingresó después en la marina y llevó una vida aventurera; finalmente se consagró a la literatura pornográfica o libertina, donde descubrió su verdadera vocación; una de las obras que ejemplifican lo asentado es L' enfant du Carnaval (1792), que alcanzó un éxito extraordinario. Sus obras completas (20 volúmenes) aparecieron entre 1822 y 1824. La obra a la que se refiere Lizardi fue condenada duramente en su época; por ejemplo damos una noticia reproducida de las Gacetas de Madrid, del Gobierno y Universal: "La junta de Censura religiosa diocesana de esta heroica villa ha calificado unánimemente de injuriosa al dogma y a todos los libros santos, por contener un conjunto horroroso de herejías, o reproducir las de todos los siglos, y últimamente por ser el autor un falsario en las citas a que se refiere, la obra intitulada El citador, escrita en francés por monsieur Pigaul Lebrun, y traducida al castellano por el reverendo padre maestro fray N. Alvarado; la cual corre impresa." Gaceta del Gobierno de México, t. XII, núm. 85 (23 jun., 1821).

(22) Constantin François Chasseboeuf, conde de Volney (1757-1820), fue el autor de Les ruines ou meditations sur les revolutions des empires (1790), que fue traducida al español como Las ruinas de Palmira. Casi todas las obras de este escritor fueron incluidas en el Índice de libros prohibidos "Por el Santo Oficio, en 28 de julio de 1797, se prohibió: Les ruines ou Meditation sur les révolutions des empires, de M. Volney, diputado a la Asamblea Nacional de Francia, 'por ser un resumen de todos los sistemas impíos que han inventado los libertinos de todos los tiempos y que excede en malignidad a todos los escritos de Hobbes, Espinoza, Rousseau, Voltaire y otros'." J. T. Medina citado por Julio Jiménez Rueda en Herejías y supersticiones en la Nueva España (Los heterodoxos en México), México, Imprenta Universitaria, 1946 (Monografías Históricas, I), p. 256.

(23) Belial. La Enciclopedia de la Biblia nos da los siguientes datos: "El judaísmo, la literatura apócrifa y los Padres de la Iglesia lo identifican con Satanás; en la Edad Media se difundió la costumbre de llamar Belial al príncipe de los demonios" (2ª ed., Barcelona, Ediciones Garriga [1969], primer volumen, cols. 1104-1105). San Pablo escribió la frase siguiente: "¿Y qué compañía puede haber entre la luz y las tinieblas? O ¿qué concordia entre Cristo y Belial?" (2 Cor. 6, 15).