QUE RESPONDAN LOS JURADOS
SI SON NECIOS O COMPRADOS(1)

 

 

Dicam si potero: male verum
examinat omnia corruptus judex. 
Horacio, Sátira 2, libro 2.
 
Yo lo diré porque podré decirlo.
Muy mal examina la verdad el juez corrompido.(2)

 

 

La escandalosa absolución que en la noche del 2 del presente dieron diez jurados a los libelos infamatorios que contra mí ha publicado el gachupín(3) José María de Aza,(4) irritó los ánimos de cuantos presenciaron aquel juicio, y alarmó mi pluma para vindicar mi honor, haciendo ver al mismo tiempo que estos jurados no son, no ya para el caso, pero ni para auxiliares de un alcalde de barrio, o por muy idiotas o por ser perjuros. Bien pueden ir eligiendo lo que más les convenga, en la inteligencia de que cuando se libren de una nota, incurrirán en la otra, y esto se los voy a probar hasta la evidencia.

Ni se incomoden mucho conmigo por la dureza de este papel, pues que ellos me han injuriado y calumniado tanto o más que Aza, como que desde el tribunal confirmaron con su injusta absolución cuantas calumnias ha levantado éste contra mí y cuantas injurias ha asentado contra mi honor, pues el absolverlo fue decir: Aza no ha injuriado a El Pensador llamándole hereje, traidor a la patria, etcétera, porque lo es todo. ¿Y esto no es injuriarme los jurados en forma de juicio, así como mi enemigo lo hizo extrajudicialmente? Conque si este papel les pica, que se rasquen.(5) A la justicia invoco, y quien tal hace que tal pague.(6)

No el amor al clero, a la religión y a la patria armaron la negra pluma del pícaro gachupín contra mí, sino el odio más infernal a mi persona; odio que atizado por los fanáticos enemigos míos, tan católicos cristianos como Aza, se deja ver en sus impresos, en los que me calumnia, befa y hiere por todos los medios imaginables; odio que le hizo armarme un lazo con deseo de perderme, como ya se vanagloriaba, sólo por un susto que le di; odio que lo obligó a solicitar y concitarme enemigos, yendo a casa de algunos individuos para convocarlos a tan gloriosa empresa; odio que lo hizo firmar no sólo las injurias que él discurría, sino las que inventaban mis enemigos; odio que manifestó hasta en renunciar la conciliación de estilo; y odio, en fin, que dictó los últimos libelos infamatorios que impresos publicó en esta capital los días 29 de mayo y 2 de junio del presente año, tan arrogantes como criminales. Véalos el lector, a ver si se puede infamar a un ciudadano con más criminalidad y desvergüenza en tan pocas palabras.



Últimos libelos de Aza

 

Gran día de diversión.

“Hoy se le aparece un muerto a El Pensador Mexicano. Defensa de José María de Aza en el jurado.(7) Ésta se verificará a la hora acostumbrada en la sala de juntas del excelentísimo Ayuntamiento,(8) en cuyo lugar se probará hasta la evidencia:

“Primero: que El Pensador ha injuriado enormemente al estado eclesiástico, sin perdonar al vicario de Cristo.

“Segundo: que El Pensador es hereje formal.

“Tercero: que El Pensador ha desacreditado e injuriado enormemente a los antiguos patriotas, y especialmente al señor Hidalgo.(9)

“Cuarto: que El Pensador aduló a Calleja(10) cual ninguno mejor de entre sus aduladores, y que por esta razón y las antecedentes, contrarió la marcha de la Independencia.” En sus impresos me ha llamado claramente traidor a la patria y anti-independiente.

Yo me presenté en el tribunal a sostener mi denuncia, con aquella serenidad y firmeza que inspira la inocencia, deseando oír las pruebas evidentes que se ofrecían en los libelos. Aza no pareció, sino que comisionó al impresor Cabrera,(11) quien toda la mañana y tarde se dio en espectáculo, sacando más barriga que un finchado(12) portugués; pero apenas se acercaba la hora fatal, cuando sin acordarse de que eran sus amigos los jurados, fingió un dolor de estómago, según dijo, encomendó la lectura de su mamarracho, qué sé yo a quién, y se marchó en volandas.

Llegó, pues, la hora horada(13) de leerse tan peregrina producción, y se encargó de esta operación no ningún particular ni el escribano, sino un jurado, lo que me dio muy mala espina, pues noté que los jueces se convertían en defensores.

Sin embargo, la defensa se leyó, y en el mismo acto, punto por punto le refuté tan a satisfacción del numeroso pueblo que presenciaba el acto, que cada rato recibía en palmoteos, vivas y públicos aplausos las más sinceras pruebas de su aprobación y su convencimiento; y esto a pesar de las bayonetas que se hicieron llevar para imponerle y sofocar su pública opinión.

Como no todos han leído el mamotreto de Aza, ni oyeron mi impugnación, diré en breve las ridículas pruebas de sus asuntos, y las razones con que las desvanecían, añadiendo ahora un poco más que entonces, no hiciera falta, si fueran más justos los jurados.

Aza va a probar hasta la evidencia que he injuriado “enormemente al estado eclesiástico, sin perdonar al vicario de Cristo”. Veamos sus pruebas.

Éstas se reducen a que anoté “el sedicioso manifiesto del obispo de Sonora,(14) y a las reflexiones que hice a la encíclica o circular del actual pontífice, el señor León XII; y como si hubiera alegado algo de provecho, exclama: ¿dicen bien esas expresiones a un prelado?, ¿cuadran a un pontífice?

¡Graciosos brutos son Aza y el que le hizo su defensa! Sí, señor: dicen bien mis expresiones a un obispo chaquetón,(15) sedicioso y enemigo de nuestra libertad (como Aza). Ahorcarlo hubiera sido mejor que refutarlo. ¿Hay alguna ley que mande respetar a un obispo traidor y revolucionario? ¿Deberemos tolerar una carta sediciosa aunque sea del papa? No, señor: refutarlas conviene, y muy aprisa. Si esto prueba injurias contra el clero y el vicario de Cristo, también lo ha injuriadoenormemente el gobierno, ya desterrado de entre nosotros al otro chaquetón arzobispo de Chile, que se nos venía entrando en traje de peregrino, después que por sus gracias lo lanzaron de su diócesis, ya permitiendo la publicación de las refutaciones de la encíclica, ya desterrando de la República al impresor que la imprimió, y ya haciendo publicar en su Gaceta(16) algunas de estas refutaciones.

Injuriador del vicario de Cristo será el muy patriota doctor Mier(17) que, con el tino que le es propio, impugnó dicha encíclica con general aplauso;(18) y también será enemigo del papa el Congreso del Estado de México,(19) que ofreció premios a quien escribiera sobre esto con más acierto. Esto no se atreverá a asegurarlo ni el burro de Aza, ni el aturdido que le hizo su defensa; luego, hasta aquí no sólo no prueba su proposición con evidencia, pero ni con sofisma ni capciosidad. Vemos si lo prueba de otro modo.

Dice (página 7) que he censurado con “acrimonia las operaciones más indiferentesde uno y otro clero”. Miente como un vil el defensor de Aza. ¿A que no muestra una de estas operaciones indiferentes censuradas por mí con acrimonia? Lo que he censurado son los vicios, los abusos, los escándalos y las simonías, que nunca pueden ser indiferentes a la religión ni a los pueblos. Semejante conducta observaron los santos padres y el mismo Jesucristo; y no por esto injuriaron al estado eclesiástico; éste no es constituido por los abusos, ni los vicios del clero son el estado eclesiástico. Lean estos modorros, estudien, arrojen lejos de sí los sucios trapos de la hipocresía y el fanatismo, y no se expondrán a proferir desatinos con tamaña imprudencia.

Alega también Aza que he escrito “contra el Cabildo Eclesiástico”. ¡Necio! ¿Y no he de escribir contra unos clérigos regalones y malagradecidos, que siendo los más inútiles para la nación, son los que más la chupan, absorbiéndose los diezmos, arruinando a los infelices labradores, y después de esto, manifestando su odiosidad al sistema de libertad, negándose a colocar las armas de la patria en el frontis de Catedral,(20) al tiempo que conservan con mucho cuidado el escudo español para cuando vuelva a dominarnos la casa de Borbón, cuyos deseos confunda Dios en los últimos infiernos?

La Catedral no es de los canónigos, es de la nación; y por lo mismo debe ostentarse bizarra con las armas de la República, así como se ostentan otros edificios nacionales, por ejemplo, Palacio,(21) la Aduana,(22) las Cámaras, etcétera.

Estos canónigos, fiados en la (no me atrevo a llamar prudencia) escandalosa impunidad del gobierno, están ultrajando la ley que mandó levantaran un mausoleo a las venerables cenizas de nuestros primeros patriotas,(23) y ellos ni modo de erigirlo. Pero ¿qué han de erigir cuando detestan la libertad? Si por desgracia nos volviera a dominar Fernando VII, es mi última voluntad condenarme, si no ponían en horas su escudo de oro, y si no quemaban los huesos de Hidalgo, Morelos, Matamoros, etcétera, en esta plaza pública, como herejes.

Escribir contra esta desobediencia a la ley y pública desafección al sistema, prueba patriotismo, y nunca odio al estado eclesiástico. Los canónigos no son el estado eclesiástico, aunque pertenezcan a él; así como los asesinos y ladrones no son la República Mexicana, aunque pertenecen a ella.

Hemos visto qué sólidamente ha probado Aza que injurio al clero y al vicario de Cristo, cuando sólo ataco los abusos de aquél y repruebo las equivocaciones de éste. Veamos qué tal prueba que soy hereje y formal, que no es poco decir.

Yo, conociendo la profunda sabiduría de los jurados, antes de entrar en materia les expliqué que “hereje formal es el que en todo, o en parte, se aparta de lo que cree la Iglesia universal; y no basta esto, sino que es menester que niegue algún dogma con pertinacia, pues donde ésta falta no hay herejía formal”. Ahora bien, ¿cuál es el dogma de fe que yo he negado? Dígalo el lector.

Dice el gachupín, o quien escribió por él, estas palabras: “Para denominar hereje a Lizardi no necesito más que saber que ha escrito y dogmatizado como un verdadero apóstata de la fe romana”. Como Aza sepa esto, ya lo probó todo; pero ya le exigiré la prueba de esta injuria atrocísima ante los tribunales competentes.

Por ahora veamos cuáles son las que alega. “Él (dice) ha propugnado... la tolerancia religiosa”. Y yo pregunto: ¿qué tiene que ver la tolerancia de opiniones religiosas, ni aun la de cultos, con el dogma católico? Si los tolerantes son herejes, merecen tal epíteto nuestros hermanos de Colombia y el Perú, el cristianísimo reino de Francia, y aun el mismo papa, pues que en Roma misma hay tolerancia pública de cultos. Esta necedad de Aza y sus payasos es tan clara, que refutarla sería degradar mi pluma: bien puede denunciar mis impresos que tratan de tolerancia; yo se lo ruego, pero no se esconda en el jurado; preséntese por sí, elija otro defensor menos tonto y cobarde que Cabrera, y no que luego, después que me insultan, me provocan y me desafían con mucho garbo, no hallo competidor, porque a unos les dan reumas, y a otros les duele el estómago.

Alega como herejía formal esta proposición mía, que estampé en mi Payo y Sacristán: “He de creer más a Jesucristo que a todos los papas del mundo, entrando san Pedro por principio de cuenta”.(24) Si esta proposición es herética, su contraria es católica, y su contraria es ésta: “he de creer más a cualquier papa que a Jesucristo”. ¿Qué tal, señores jurados? ¿Cuál de estas proposiciones es herética? Vosotros condenasteis la primera, luego admitís la segunda; luego vosotros sois los herejes, porque creéis más justicia, más sabiduría e infalibilidad en su hombre mortal, que en el mismo Dios. Responded con razones, no con sarcasmos, necedades y sofismas ridículos y despreciables.

El tonto de Aza o su pagado defensor, desconfiados de este argumento, se avanzan a interpretar mis pensamientos y dicen (página 6) “que esta proposiciónsignifica, no sólo que el papa puede enseñar en materias de fe y reglas de costumbre universal una doctrina opuesta a la de Jesucristo, lo que es una herejía formal”, etcétera.

En primer lugar, mi proposición no significa tal cosa; y en segundo, que el decir, como ahora lo digo, que los papas pueden enseñar doctrinas opuestas a la de Jesucristo, no es herejía ni formal, ni material; mis rivales son muy brutos, ni leen ni han leído. Yo no quiero ni señalarles las fuentes donde se impugna la pretendida infalibilidad del papa, que las busquen si quieren, que no soy su maestro ni me pagan nada por enseñarlos. Por ahora me basta decir que los papas pueden enseñar doctrinas opuestas a la de Jesucristo, lo que prueba que no hay tal infalibilidad.(25) Oiga Aza, su defensor, su apoderado Cabrera, los jurados y los fanáticos enemigos míos, la prueba de mi verdad.

De la potencia al acto vale el argumento, es así que ha habido papas que enseñaron herejías, luego los papas pueden enseñarlas. Hay muchos ejemplares que alegar; pero uno de dos bastarán por ahora para probar mi verdad. San Marcelino papa idolatró y autorizó la herejía de los monotelitas, y san Gregorio VII,(26) entre los 27 cánones que llamó dictados en el Sínodo que juntó de obispos y abades en Italia, en el 23 canoniza bajo de una sentencia a todos los papas, sus antecesores y sucesores en adelante, afirmando “que una vez sentados en la silla de san Pedro, se hacen indubitablemente santos”, con cuya sentencia se canonizó él mismo, lo que es contra el dogma católico, pues en el estado de viadores(27)nadie puede asegurar su predestinación. Nemo scit an amore aut odio dignus sit.

He aquí los papas enseñando errores contra el dogma, probada su falibilidad, destruido el torpe sofisma de Aza, y acreditada la sabiduría de los jurados que lo absolvieron.

Pero ¿qué más si el papa Adriano VI(28) declaró solemnemente que los pontífices de Roma pueden enseñar doctrinas contra la fe? Oíd sus palabras: “es cierto que el pontífice puede errar aun en aquellas cosas que toquen a la fe, apoyando o enseñando una herejía por alguna determinación o decretal suya”. Está, pues, bien probado que ni mi proposición es herética, ni significa lo que Aza quiere, ni la infalibilidad es dogma católico, y no es imposible que los papas enseñen errores contra la fe. Conque hasta aquí ha quedado bien Aza. ¿No es verdad que ha probado hasta la evidencia que soy hereje? ¡Sinvergüenza!

A falta de razones apela este bribón a la calumnia, y dice (página 9) que yo he dicho “que el voto de castidad es ilícito, que es imposible la guarda de este precepto, que la Iglesia funda sus leyes en preocupaciones; que la religión romana no es ya la verdadera que enseñó a Jesucristo; que la Iglesia tiende a muchos un lazo de perdición; que los sacerdotes no saben tener pensiones”.(a)

Cualquiera que haya leído mis Conversaciones entre el Payo y el Sacristán, y misObservaciones a la censura del doctor Lerdo,(29) advertirá que jamás he proferido tales desatinos, sino que son artificios de este impostor para sorprender a los jurados, quienes creo que no necesitaban tales diligencias.

Para hacer ver que soy hereje, alega como la mejor prueba la exposición del doctor Lerdo. Asegura (porque se le antoja) que la dicha exposición convence de un modo irresistible que... aparezco como un folletista herético, escandaloso y detractor de la jurisdicción espiritual. A seguida(30) excita el gachupín a los jurados a que mediten el fondo de erudición y piedad del doctor Lerdo, y de los señores presidente y vocales de la Junta Eclesiástica;(31) en su número y autoridad exclusiva, para fallar en lo respectivo al dogma y disciplina; y añade que (después de una hora de meditación) el jurado se sentirá irresistiblemente inclinado a creer que mis escritos no deben de ser ortodoxos, porque cuando la Junta de Censura Eclesiástica,compuesta de lo más selecto de nuestro clero, los reprueba, no serán conformes con la doctrina de la Iglesia, y cuando yo no he respuesto a los cargos que me hace, cierto es que estoy convencido o atónito.

Después, con la arrogancia propia de un necio, dice: “que El Pensador haya escrito herejías, nada tiene que dudar; pero que un número de eclesiásticos eminentes en virtud y literatura(b) se equivoque en asuntos natos de su inspección, en más de seis proposiciones realmente heréticas, lo concibo como un imposible moral... conque, según lo expuesto, no es injuria ni calumnia decir que el señor Lizardi es realmente hereje”.

¿Quién no advierte, desde luego, que todo este embrollo de mentiras no se escribió con otro fin que con el de prevenir contra mí el ánimo de los jurados? Si estos individuos hubiesen leído mis impresos, la Calificación del padre Lerdo y misObservaciones contra ella, habrían visto que no escribí las proposiciones que me atribuye Aza; se hubieran encargado de la solidez con que deshice los sofismas del doctor Lerdo; y en su último cuaderno, titulado Exposición,(32) etcétera, hubieran encontrado un buen respuesto de sofisterías, mentiras y disparates, que no he contestado por falta de dinero y no por convencimiento. El doctor Lerdo tiene quien le costee sus impresiones, y yo no. Que ponga a mi disposición mil pesos(33) en la librería de Ontiveros, y le aseguro impugnar todo el desatinado cuaderno de este sapientísimo oráculo de Aza.(c)

Si los jurados hubieran tenido alguna crítica, habrían advertido que si, como dice Aza, “tengo un juicio pendiente ante el tribunal eclesiástico, no puede haber aun reprobado mis doctrinas por unanimidad de votos”, como dice Aza, porque, en este caso, el juicio fuera fenecido y no estuviera pendiente. ¡Tales son las contradicciones en que incurre este calumniador cristiano!

Advirtieran los jurados que no es lo mismo decir que he escrito herejías, que probar esas herejías; que es muy fácil que esa misma Junta se equivocara si me llamarahereje, lo que aun no ha hecho; así como se equivocó la Junta que denominó del mismo modo al insigne Morelos,(34) degradándolo y entregándolo a las sanguinarias manos del feroz Concha.(35) Algunos de los señores canónigos que se conformaron con el primer parecer del doctor Lerdo en mi asunto, dieron su voto contra el infeliz cuanto benemérito Morelos. Y pregunto a Aza y a su casquino(36) defensor: ¿obraron entonces con justicia estos mismos señores, o procedieron equivocadamente? Estos necios, Aza y su tirapié,(37) no han de decir que obraron con justicia, sino con equivocación; y entonces les vuelvo a preguntar, ¿cómo siendo el caso de Morelos igual al mío, en cuanto a juzgársenos sobre puntos de fe, en el de Morelos dicen que se equivocaron los canónigos, y en el mío les parece imposible moral que se equivoquen? A que no destruyen con razones este pequeño argumentillo. Pero ya se ve, si Morelos viviera y no triunfara, Aza y sus colegas justificaran el procedimiento de aquella Junta y lo llamaran hereje, como a mí. ¡Tan pícaros y aduladores son!

Asegura Aza que en mi obra del Payo y Sacristán hay más de seis proposiciones realmente heréticas. Este garbo es natural, nada fingido; pero, ¿qué entiende el ganapán(38) de Aza de cosa que huela a instrucción teológica?, ¿quién es este bicho para calificar mis proposiciones de heréticas, cuando ni el doctor Lerdo me ha convencido, ni la Curia Eclesiástica las ha declarado con tal nota?

Si los jurados hubiesen sido justos, hubieran examinado con detención las mentiras de Aza y la solidez de mis respuestas; y habrían fallado: que Aza no probó que yo era hereje, y, de consiguiente, que me injurió atrozmente dándome tal epíteto; pero según a todos pareció, ya mi enemigo estaba absuelto desde sus casas, y no se metieron en pelillos.(39) Ocioso fue leer tanto y molestar a todo un público con sus tardanzas; pero yo desafío a todos y cada uno de los jurados, de boca a boca, o por las prensas, a que les obligo a confesar que los impresos del malvado gachupín son injuriosos en primer grado.

Ya que este animal no ha probado que soy hereje, veamos cómo prueba que soytraidor a la patria, enemigo de los antiguos patriotas y que retrogradé la Independencia.(40) Todo este gigantón de papel se apoya en la repetidísima especie de que en miChamorro y Dominiquín me produje contra los insurgentes ladrones y asesinos; en que, conociendo que se nos quería dar el año de [18]21 una independencia fingida, con su Inquisición,(41) supresión de libertad de imprenta, Junta de Seguridad,(42)etcétera, dije a mis paisanos que no se dejaran engañar; que tal farándula no era independencia, sino más rigurosa esclavitud; y que en este caso, más nos valía esperarla de España y ser constitucionales, que exponernos a sufrir una eterna servidumbre. Esto consta en mi papel, y cosas tan fuertes, que nadie las había dicho en México hasta ese día; mas no le tenía cuenta a mis enemigos referirlas; y así se las comulgaron bonitamente, y rezaron el credo desde Poncio Pilato. Remito a los curiosos a mi impreso, y someto a su juicio a mi patriotismo.

Sólo quisiera que el destripa terrores de Aza y sus dignos compañeros me respondieran estas ligeras preguntillas: ¿si en ese papel me declaré enemigo de los insurgentes, opuesto a la Independencia y adulador de España, por qué me arrestó Apodaca(43) en la cárcel?(44) ¿Por qué el señor Alcocer,(45) presidente entonces de la Junta de Censura, me sentenció con ella a dos años de prisión? Y ¿por qué el doctor don Rafael Suárez Pereda(46) me exigió fianza para ponerme en libertad?(d)Si fui adulador de Calleja, y entonces desalentaba a los patriotas, ¿por qué la Audiencia de México(47) representó contra mí y el insurgente don Carlos María de Bustamante,(48) a las Cortes de España en su famosa representación,(e)llamándome el más audaz de los escritores, que equivale decir: el más intrépido y valiente patriota? ¿Quién se atrevió entonces a decir, bajo las bayonetas españolas,que no había nación de las civilizadas que hubiese tenido más mal gobierno que la nuestra, y peor en la América; que los déspotas y el mal gobierno inventaron la insurrección, y no el cura Hidalgo,(f) que el gobierno español, en América, había sido el más pernicioso; que la causa de la insurrección era la queja de los americanos, relativa al mal gobierno; que éste fue el más impolítico que se ha visto, pues se les han cerrado las puertas para los empleos; y que la cosa más dura del mundo era cargar a los vasallos de pensiones y atarles las manos para los arbitrios; y que con escandalosa injusticia, repito(dice la Audiencia), que se les han cerrado las puertas para los empleos, y (que yo dije)que se examine si tienen (los americanos) o no tienen derecho, mediante el armisticio de que antes hablé?(g)

¿No es esto desopinar al gobierno español en su misma cara? ¿No es defender los derechos de los americanos? ¿No es disculpar a los insurgentes, y especialmenteal señor Hidalgo? Y ¿no es, por fin, declararme patriota decidido desde los principios y bajo las bayonetas españolas?

¿Quién de tanto hablador enemigo mío alzó la voz en aquel tiempo? ¿Cómo es que entonces, uno que otro escritor como yo, y el señor Bustamante (don Carlos María), solamente hicimos sudar las prensas de México en favor de la más santa de las causas, en medio de los peligros, y ahora que está la mar en leche(49) y sin peligro que temer, ha llovido un chubasco de patriotas contrahechos y de héroes de Azcapotzalco(50) y Tacubaya?(51) ¿Que hacía en aquel tiempo el mantecoso gachupín Aza? Arrear cabras en su tierra, besar las huellas de las mulas del coche de Fernando, y maldecir nuestra gloriosa insurrección; pero ahora, a fuer de buey Sancho,(52) firmón y venal, se nos viene fingiendo un patriota de los finos, y con tantas ganas que hasta él mismo lo cree. La lástima es que ningún sensato vive persuadido de su sinceridad. Todos me conocen: mi constante patriotismo, las persecuciones y padecimientos que por él he sufrido, mis públicos impresos, los notorios, pequeños y debidos servicios que he prestado a la patria, por los cuales la nación me ha condecorado con el honorífico empleo de capitán de ejército,(53) y la amistad que me profesan los más ilustres y antiguos patriotas que viven, ponen fuera de toda duda mi público, constante y acreditado patriotismo, las enormes calumnias con que me ha injuriado el pillastrón de Aza, y la injusticia con que la absolvieron diez jurados.

Dejemos a este pillo y veamos la injusticia con que esos jurados lo absolvieron, después de oír leer las atroces injurias que me ha hecho, mi denuncia, la refutación que hice a su nuevo libelo que llamó Defensa,(54) la que fue tan clara y evidente que, convenciendo a un público tan numeroso como ilustrado,(h) le arrancó mil vivas, palmoteos y aplausos, no en honor mío, sino de la razón. Bien conocí que para fallar sobre un asunto, en que se interesaba nada menos que la religión católica y la seguridad del Estado, no eran jueces a propósito dos o tres abogadillos bisoños, un capitán que entenderá, si acaso, de leer las ordenanzas militares, Colón, etcétera; un médico que sabrá, a lo más, decretar: Recipe de cremore de tartaro y magnesiae uncias duas; uno u otro paisano tonto, un boticario de la calle de las Damas(55)como Zapata, que entenderá de hacer ungüento amarillo; un vendedor de libros como don Luis Abadiano;(56) y él y Zapata, hermanitos carnales de la santa escuela, etcétera. Esta clase de individuos no son a propósito para juzgar este género de impresos. Quod medicorum est promitunt medici. Tractent fabrilia fabri.(57)

Además de la impotencia que conocí en los jurados para juzgar de unas materias que les eran enteramente peregrinas, tuve mucho fundamento para creer que el jurado era, como suele decirse, de contentillo,(58) o según el gusto de Aza y comparsa.

Despertó mis sospechas la escandalosa ocurrencia del 29 de mayo último. En tal día debió haberse hecho el jurado, y no se verificó, porque se excusaron cinco señores, y dos de ellos por estas causales. Uno mandó decir que ya no era jurado, y otro, que ni lo era ni lo había sido. ¡Zape!, dije yo al saber esto: aquí hay gato encerrado. ¿Cómo sortearon a individuos que no son jurados? O ¿cómo salieron sin sortearlos? O aquí hubo una intriga escandalosa, o un atropellamiento increíble. Y ¿no pudo repetirse alguna de estas nulidades en la segunda sorteadura? Y bien que sí, y lo prueba la feliz elección de diez jurados, de los que uno no tuvo escrúpulo de salirse del tribunal en el acto más importante, ni otros lo tuvieron de constituirse defensores o relatores de Aza.

Luego que advertí estas nulidades, pronostiqué, y no sólo yo, la injusta e inicua absolución de Aza; y más cuando noté la confianza con que andaba Cabrera platicándoles en el mismo tribunal, y el desdén de mademoiselle, conque retiraban de mí la visita, siempre que yo les dirigía la palabra, o bien me lanzaban de cuando en cuando unas miradas de protección que me hacían temblar de miedo a la presencia de sus señorías. No sé cómo puede proferir mis reflexiones; pero todo esto anunció el triunfo del católico y patriota gachupín.

Aza se fingió enfermo; y su apoderado Cabrera, aunque todo el día estuvo por allí muy vano y finchado, a la hora de las veras se marchó, y yo me encontré sin el reo y sin su apoderado; pero no sin defensor, porque un señor jurado se tomó el trabajo de leer la defensa, y no el escribano, como debía haber sido, lo que fue pasar de juez a defensor; y esta sola circunstancia basta para anular el juicio, pues no puede ser legal ninguno donde el juez se decida a favor de una de las partes, y el tomarse un jurado el trabajo de leer (de noche) un fárrago no pequeño de papel, perteneciente a Aza, ¿no prueba una decisión a su favor?

Yo quisiera que se me señalara en el reglamento un artículo en que dispense a la parte de leer su defensa por sí o por apoderado; u otro que en un caso, como el de que se trata, autorice a ningún juez de hecho para hacer de relator por el reo. Estoy seguro de que no se me manifestará. En tal concepto, el juicio fue vicioso y se debe reponer en justicia.

Antes de ejercer el cargo de tales, les dice el juez públicamente: “¿Juráis haberos bien y fielmente en el cargo que se os confía, calificando con imparcialidad y justicia, según vuestro leal saber y entender, el impreso denunciado que se os presenta?”, etcétera. Vosotros, los diez absolvedores de Aza respondisteis que sí jurabais. Yo, conociendo que muchos de vosotros no habíais visto ni por el forro el Reglamento de libertad de imprenta,(59) después de leeros el libelo infamatorio que Aza fijó impreso en esta capital, asegurando que me probaría hasta la evidencia que soy hereje y traidor a la patria, os leí el artículo 7°, del título 2o del expresado Reglamento, que a la letra dice: “En el caso de que un autor o editor publique un libelo infamatorio, no se eximirá de la pena que más adelante se establece en esta ley,(i) aun cuando ofrezca probar la imputación injuriosa; quedando además al agraviado la acción expedita para acusar al injuriante de calumnia ante los tribunales competentes”. Esto se los leí a los jurados públicamente, ¿pues con qué conciencia absolvieron al gachupín Aza, que me ha injuriado atrozmente en mi conducta pública y en la privada? El que hace lo que jura que no ha de hacer es un perjuro, indigno de la confianza pública, y tales son los diez que absolvieron a Aza. Aun cuando éste hubiera probado las injurias que me infirió, el jurado debía haberlo condenado a la pena de la ley;(j) es así que lo absolvieron contra la ley, luego son perjuros.

La ley citada, única que debe regir en estos juicios, condena a Aza como público calumniador y libelista infamatorio, según se ha visto; y los diez jurados dicen que la ley lo absuelve. Yo pregunto, ¿qué ley es la que citan los jueces?, ¿la de imprenta o la de su capricho? Aquélla, por cierto que no, porque una misma ley no puedecondenar y absolver en un mismo caso; luego la ley en virtud de la cual fallaron los jurados la inocencia de Aza es la ley de su gusto, la de la criminal condescendencia, la de partido, y por esta ley se han perjurado escandalosamente.

Para excusarse de este terrible cargo, no tienen otro escape sino confesarse los hombres más idiotas del mundo, que no sólo ignoran la diferencia que hay entre el clero y sus abusos, entre el dogma y la disciplina eclesiástica, y entre ésta misma. Deben confesar que no saben lo que son injurias y calumnias, ni que [no] entendieron mi acusación, ni las sólidas razones con que destruí las calumnias de Aza, que con muy poca variación son las mismas que dejo aquí estampadas. También deben decir, para más acreditarse de necios, que ellos únicamente... diez entre más de mil individuos, fueron capaces de conocer que el inocente era Aza, y por eso lo absolvieron, a pesar de la aprobación que el público me daba a cada paso y voluntariamente; no como dice el pícaro gachupín, quien sin haber asistido, ni tampoco su cobarde apoderado, asegura que El Payo(60) y yo anduvimos reclutando palmadas.(k) Deben los jurados decir que no entienden el Reglamento de libertad de imprenta, y, de consiguiente, no valen nada para el caso.

Por tanto, los señores diez elegirán qué quieren ser: o muy necios e ignorantes, o jueces perjuros y comprados.

¡Pobres ciudadanos! En buenas manos estáis, si vuestra suerte ha de decidirse por semejantes jueces, tan fáciles para absolver criminales, como para condenar inocentes. La ley debe reformarse porque no es la menos interesante a la sociedad, particularmente a los escritores, y a la general ilustración. ¿Quién ha de querer exponerse a sufrir las vigilias, gastos y peligros que acompañan a este honorífico ejercicio por ilustrar a la patria y sostener sus libertades, sabiendo que está expuesto a que un lépero(61) cualquiera lo insulte, injurie y calumnie por las prensas hasta más no poder; y que cuando el escritor se acoja a la ley, no han de faltar diez jurados perjuros e ignorantes que absuelvan al impostor, atropellando con la opinión, la razón y la ley, como ha sucedido en mi caso?

Esta impunidad de los delitos aumenta la insolencia de los criminales. Apenas absolvieron a este gachupín calumniador, cuando ha repetido sus calumnias e injurias escandalosamente, pues las ha hecho extensivas a un respetable público.

El asunto mío debe traer funestas consecuencias, si la autoridad civil se desentiende de los ocursos legales que tenga que interponer, a fin de que no se quede impune este público calumniador. Por tanto, creo que la comisión de libertad de imprenta debe proponer:

Primero, que cesen los jurados en el conocimiento sobre injurias, quedando estos juicios sujetos a la jurisdicción ordinaria.

Segundo, que los jurados no sean elegidos por los ayuntamientos, sino por el público.

Tercero, que los sorteos se hagan públicamente, avisándose con anticipación por rotulones firmados por el alcalde sorteador.

Cuarto, que los jurados que con infracción de la ley condenen o absuelvan a un escritor, queden sujetos a las penas que prevengan las leyes.

Si estos señores hubieran estado instruidos en las leyes de la materia, no habrían absuelto a Aza, pues sabrían que ellos, ni ninguna autoridad, puede[n] perdonar injurias ajenas; pero tan lejos estuvieron de esta monstruosidad los legisladores, que antes mandaron que aun cuando el injuriante probara las injurias, quedase sujeto a la pena de la ley de libertad de imprenta, a más de las que las leyes comunes le impusieran, cuyo pedimento deja expedito al agraviado; y “solo en el caso (dice el artículo 8, título 2o) de que se imputen en un escrito delitos cometidos por alguna corporación o empleado, en el desempeño de su destino, y el autor o editor probare su aserto, quedará libre de toda pena”. Y el artículo 9 dice: “lo mismo se verificará en el caso de que la inculpación contenida en el impreso, se refiera a crímenes o maquinaciones tramadas por cualquiera persona contra el Estado”. Ésta es la letra de la ley, y su espíritu el más benéfico y justo, reducido a que los ciudadanos se respeten y no se insulten por las prensas impunemente.

Y pregunto, ¿en cuál de los casos de la ley se halla mi enemigo para injuriarme sin temor del castigo? ¿Soy empleado público? ¿Me ha probado malversación en el cumplimiento de mi destino? Y, por último, ¿me ha probado alguna maquinación contra el Estado? Nada de esto hay, luego él es delincuente, pues en todos sus impresos no ha tratado sino de mancillar mi honor y reputación, como dice la ley. ¿Y a este criminal absuelven los jurados?

 

Lista de los señores jueces que formaron el jurado que absolvió a Aza, 
y son los siguientes:

 

Ciudadanos


Ángel Besares.

Licenciado José María Lazo de la Vega.

Licenciado Francisco Olmedo.

Licenciado Sabino María Riveramelo.

José Zapata, boticario.

Luis Abadiano, librero.

Manuel de Medina, capitán.

Licenciado José María Casasola.

Agustín Gallegos.

Francisco Montes de Oca.(62)

José María Vicario.(63)

José María Lebrón.(64)

 

De estos individuos, diez absolvieron a Aza, y dos se acercaron algo a la justicia, pues declararon sus impresos injuriosos en tercer grado. Siento el no saber quiénes son para exceptuarlos de esta crítica. Sin embargo, ellos tienen el camino abierto para declararse en los periódicos, si no quieren que su opinión ruede confundida con la de sus compañeros. Lo que puedo asegurar como de fe, es que los señores Zapata, Olmedo, Abadiano y Medina no negaron su voto al gachupín Aza.

Dije que los que se lo negaron se acercaron un poco a la justicia, cuando dijeron que los papeles de Aza eran injuriosos en tercer grado. Es decir, que eran unas injurias casi leves, y las últimas, en el orden de tales. Quisiéramos saber cuál es el barómetro con que gradúan estos señores las injurias, porque si el llamarle a un ciudadano honrado: enemigo del clero y del vicario de Cristo, hereje formal, enemigo de los primeros héroes, traidor a su patria,(65) etcétera, etcétera, y esto por libelos infamatorios, impresos y fijados públicamente en las calles de México, las reputan como injurias en tercer grado, ¿cuáles serán las injurias que colocarán en el primero? Quisiéramos saberlas, porque serán muy singulares. Bien que no hay qué admirarnos después que vimos que los diez no sólo no las tuvieron por injurias, sino por gracias inocentes, y por eso absolvieron a su autor. Pero, ¿qué consiguieron con esta absolución escandalosa? Nada más sino ponerse en ridículo, atraerse la execración pública, conceptuarse por hombres de mala fe o muy ignorantes, y dejar a su ahijado Aza con la camisa levantada,(66) pues que dejándome la ley mi acción expedita contra él, ninguna seguridad puede contar con su absolución.

Para que se vea quién es Aza, y de qué calaña son todos mis enemigos, concluiré con imprimir un par de décimas que le hizo uno de éstos, después que Aza le firmó unos papeles contra mí. Las dichas décimas las conservo de puño y letra de su autor; y dicen ni más ni menos lo siguiente:

 

DÉCIMAS

 

¿Cómo salió Aza para escritor?

 

 

Un demonio boticario

quiso hacer experimento

de ¿cómo saldría el ungüento

de un escritor perdulario?

En un bacín ordinario

echó raíz de calabaza,

cebo de macho, mostaza,

cebada en diez celemines,

paja, ruda, azufre, orines...

y salió el ungüento de Aza.

 

¿Cómo ha escrito Aza?

 

Comenzó por abogado,

siguió por comentador,

después bufón charlador;

luego hizo el fiscal taimado.

Metió mano a otro teclado

de varios confusos pitos,(67)

necios, groseros, proscritos:

¡admirad, tontos, la ciencia

del señor Aza, y la coherencia

de sus muy nobles escritos!

 

 

ERRATA GARRAFAL

 

En la página 8 de este papel se leen estas palabras: “de la potencia al acto vale el argumento.” Debe decir: del acto a la potencia vale el argumento. Es decir: Pedro corre, luego puede correr. Tal y tal papa erró en materias de fe, luego los papas pueden errar en tales materias.

 

México, junio 20 de 1826.


El Pensador

 

Vale dos reales.(68)

 

 


(1) Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...], año de 1826.

(2) “Trataré de explicarme. Todo juez víctima del soborno sopesa mal la verdad”. Quinto Horacio Flaco, Sátiras, Introducción, versión y notas de Francisco Montes de Oca, México, UNAM, 1961 (Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana).

(3) gachupín. Cf. nota 22 a Breve sumaria...

(4) José María de Aza. Cf. nota 2 a Respuestas de El Pensador... Sobre lo citado aquí por Lizardi encontramos lo siguiente: “México 3 de junio. Eugenio Pozo, escribano nacional y público de los de número de esta capital y del juzgado del señor juez de letras, doctor don José Rafael Suárez Rueda. Certifico y doy fe, que en la causa formada contra don José María de Aza, autor de los papeles impresos contra El Pensador Mexicano, se dio la sentencia que sigue ‘Sentencia. En vista de la calificación hecha por los doce jueces de hecho (previo el juramento prevenido en elReglamento de libertad de imprenta, en el artículo 56, título 3°, y habiéndose observado en este juicio todos los trámites que la misma ley previene) de absueltos los papeles titulados Defensa hecha al Payo del Rosario contra su compadrito El Pensador Mexicano.- Se descubren las maldades de El Pensador Mexicano, o sea segunda parteenójanse los compadres y se sacan las verdades.- Destierro de El Pensador y de su escudero Aza.- Cayó el pobre Pensador del partido liberal.- El patriotismo sin máscara del famoso Pensador.- Ultrajes de El Pensador a los antiguos patriotasEl pez por la boca muere.- Contrarresta el gachupín a El Pensador hablantín.- Se le quedó al gachupín la lavativa en el cuerpo.- Cedió El Pensador al fin la victoria al gachupín [estos dos últimos son folletos escritos por Fernández de Lizardi.].- Chamorro y Dominiquín [Lizardi escribió varios folletos con este título; en 1821: Chamorro y DominiquínDiálogo jocoserio sobre la Independencia de la AméricaChamorro y Dominquín. Segundo dialogo jocoserio. Sobre el cuaderno titulado Verdadero origen, carácter, causas, resortes, fines y progresos de la revolución de Nueva España...; en 1822: Chamorro y Dominiquín. Diálogo jocoserio sobre asuntos interesantes y del día (Cf. en Obras XIop. cit.); también de 1822: Chamorro y Dominiquín. Dialogo sobre la coronación del emperador de México (Cf. Obras XIIop. cit.)].- Horrorosos atentados de El Pensador Mexicano contra el clero de Goatemala, o sea el genio de la anarquía. Escrito por don José María Aza, y denunciados por el capitán don Joaquín Fernández de Lizardi, conocido por El Pensador Mexicano, en veinte y tres de Enero último: la ley absuelve al expresado Aza, y manda se ponga en libertad, cancelándose la fianza otorgada por don Juan Cabrera, con arreglo a la misma ley.- José Rafael Suárez de Pereda. Pronunciación. En la Ciudad de México, a dos de junio de mil ochocientos veinte y seis. Estando en una de las salas de este excelentísimo Ayuntamiento el señor doctor don José Rafael Suárez de Pereda, juez de letras, dio y pronunció la sentencia que antecede por ante mi; de que doy fe.- Eugenio Pozo, escribano nacional y público.- Para los efectos que expresa la ley en el artículo 72, título 7° de orden del señor juez doy la presente en México, a tres de junio de mil ochocientos veinte y seis. Eugenio Pozo”. Este documento apareció en la Gaceta del Gobierno Supremo de la Federación Mexicana, t. I, núm. 18 (jueves 8 de junio de 1826), p. 4. El autor de esta nota incluye, y confunde, los folletos de Aza y de Fernández de Lizardi. Cf. los folletos siguientes: Respuesta de El Pensador..., Cuartazo de don Joaquín..., Lavativa a un gachupín..., Se le quedó..., Cedió El Pensador..., Justa vindicación..., Hagan bien... y En donde murió...

(5) Si les pica, que se rasquenPicar quiere decir excitar, enojar o provocar a otro con chanzas, con indirectas o con groserías, o por cualquiera otro medio. Santamaría, Dic. mej. Este autor también registra la expresión al que le pique, que se rasque, igual a quien se quemare, que sople: “dicho popular que egoístamente aconseja no ocuparse uno en remediar lo que no le perjudique, sino que lo haga aquel a quien afecta o daña.”

(6) quien tal hace que tal pague. Expresión con que se denota que quien tiene la culpa debe pagar la pena.

(7) Hoy se le aparece un muerto a El Pensador Mexicano. Defensa de José María de Aza en el jurado. Título y subtítulo de un folleto de 1825, escrito por Aza (publicado en México, Imprenta de la Águila, dirigida por José Ximeno).

(8) Ayuntamiento. Cf. nota 2 a Mañas viejas...

(9) Hidalgo. Cf. nota 74 a Impugnación que los gatos... Sobre este asunto véanse los folletos siguientes: Chamorro y Dominquín. Diálogo jocoserio sobre la Independencia de la AméricaChamorro y Dominquín. Segundo diálogo... y Las tertulias de los muertos..., de 1821, en Obras XIop. cit., pp. 103-135 y 293-313; también Diálogo de los muertos... 1. Cf. nota 41 a Se le quedó... y nota 54 a Cedió El Pensador...

(10) Calleja. Cf. nota 36 a Impugnación que los gatos... y nota 17 a Se le quedó...

(11) Cabrera. Cf. nota 1 a Mañas viejas...

(12) finchado. Cf. nota 25 a Respuesta de El Pensador...

(13) la hora horadaA la hora horada: a la hora puntual y precisa.

(14) Cf. nota 11 a Temible conspiración...

(15) chaquetón. Cf. nota d a Breve sumaria...

(16) Gaceta. Cf. nota 4 a Las sombras de Concha...

(17) Mier. Cf. nota 7 a Las sombras de Concha...

(18) Véase sobre el tema las Observaciones que El Pensador...

(19) Congreso del Estado de México. Cf. nota 2 a Disputa de los Congresos...

(20) Catedral. Cf. nota 52 a La tragedia de los gatos...

(21) Palacio Nacional. Cf. nota 50 a La tragedia de los gatos...

(22) Aduana. Las calles de la Aduana, hoy 6ª y 7ª de 5 de Febrero, correspondiendo la 7ª a la de la Aduana y la 6ª a la de la Aduana Vieja. En esta calle estuvo el edificio de la Aduana, que después pasó al lado oriente de la Plaza de Santo Domingo en el que había sido tribunal del Consulado. Hasta 1825 estuvo ahí el gobierno de Distrito Federal. Han ocupado este edificio diversas dependencias de la Secretaría de Educación Pública.

(23) Cf. nota 8 a Preguntas interesantes...

(24) Núm. 22, t. I, de las Conversaciones del Payo y el Sacristán, en Obras Vop. cit., p. 239: “¿Ya ve usted, señor lector, como me debo creer más de Jesucristo que de todos los papas del mundo, entrando en su número el mismísimo san Pedro?”

(25) Respecto de la falibilidad de los papas escribió el Correo Semanario de México, tomado del Retrato político de los papas de Juan Antonio Llorente; en Obras VIop. cit. También véase el tomo II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán núms. 22 y 23, en Obras Vop. cit., pp. 493-514.

(26) Según Castiglione, Historia de los papas, en el siglo IV los donatistas quisieron infamar la memoria del papa Marcelino, acusándole de haber entregado a sus perseguidores objetos de la iglesia y haber quemado incienso en los altares paganos por miedo al martirio. Lizardi repite esta anécdota en el número 8 delCorreo Semanario de MéxicoObras VIop. cit., p. 121. En la Carta cuarta de El Pensador al Papista... insiste en la posibilidad de que dicho papa idolatrara, basándose en las Actas del Concilio de Sinuesa y en las afirmaciones de Natal Alesandro, Lupo; Papebroquio y Pagi. Sobre el papa Gregorio VII, ahora citado como autoridad, enCorreo Semanario de México, número 18, Lizardi afirma que ha sido retratado “como un monstruo de ambición”, y que las iglesias católicas de Alemania y Francia, entre otras, no admitieron su bula de canonización.

(27) viadores. El que en esta vida camina y aspira a la eternidad.

(28) En el Correo Semanario de México, núm. 21, Lizardi, después de dar algunos datos biográficos de este papa, insinúa la sospecha de que murió envenenado por sus intenciones de acabar con los abusos de la curia romana.

(a) No habían de saber tanto.

(<a name="n29" href="file: