¿QUÉ GOBIERNO ES EL MEJOR,
REPÚBLICA O MONARQUÍA?(1)
Se encontraron dos viejas en una noche de luna, entrando por los extremos de una calle. Atónitas una y otra con este encuentro, y creyéndose recíprocamente fantasmas, se quedaron inmóviles, mirándose y temiéndose a lo lejos, y, en esta ridícula suspensión, las halló el sol, y entonces cada una siguió su camino, avergonzada de su necedad en haber tenido por fantasma capaz de dañar a una vieja despreciable.
Así sucede a los hombres con sus opiniones, que cuando se encuentran entre sí, se creen fantasmas: los unos se asustan de los otros y todos se temen y se paran sin adelantar un paso en el camino de la verdad. Y lo peor es que muchos primero se mueren que ver sus errores a la luz de la razón.
La cuestión más interesante que agita a la Europa y aun a la América, en el día, es sobre la forma de gobierno que más convi[e]ne a los hombres en general.
Pero como estos hombres son muchos y cada uno piensa con su cabeza, las opiniones sobre esto son muy diversas y jamás se convienen entre sí. El monarquista odia al republicano, y éste a aquél. Entre los realistas unos quieren que el monarca sea absoluto. Esto es, que sea legislador y ejecutor de las leyes, sin dependencia de ninguna otra autoridad; otros se espantan de esta fantasma, y, temiendo que el monarca que tenga esta libertad abuse de ella y se erija en déspota, detestan semejante gobierno y proclaman el monárquico moderado constitucional,(2) o aquel en que el rey no tenga la facultad de hacer las leyes, sino el poder ejecutivo.
La división de estos poderes legislativo, judicial y ejecutivo es otro fantasma que asusta a los hombres, o uno de los problemas que no acaban de resolver. Unos alegan que, en reuniéndose en un individuo, éste se constituye en tirano; y otros dicen que divididos no pueden equilibrarse y exponen entre muchos la seguridad del ciudadano.
Los republicanos, para quitarse de estas cuestiones, detestan todo gobierno monárquico, aun moderado, proclaman la libertad y la igualdad civil, y abrazan la rigorosa democracia.
Los monarquistas se espantan de la república porque en ella no hay mayores distinciones, y porque temen a cada paso las revoluciones y anarquía; y así, deseando hallar un medio entre una esclavitud servil y una peligrosa libertad, inventaron un gobierno entre monárquico y republicano o que, participando de la libertad de la república, les proporcionara las ventajas de la monarquía, y a éste llamaron "moderado", haciendo consistir la tal moderación en que la nación como soberana prescriba al monarca las leyes con que debe gobernar y gobernarse.
Tales son los sistemas de gobiernos que más defienden los hombres; pero lo cierto es que los unos viven descontentos y celosos de los otros; y aun en los mismos países en que se hallan admitidos, no todos están igualmente gustosos, aunque en lo exterior digan que sí.
Todos saben que hay tres clases de gobiernos que se llaman perfectos, y son monárquico, aristocrático y democrático. En el primero manda absolutamente uno a todos (ésta es monarquía absoluta); en el segundo mandan los nobles o principales del Estado a los demás (ésta es aristocracia); en el tercero, residiendo la soberanía en toda la sociedad de la nación, ésta sola se da leyes y las hace cumplir por sus representantes (ésta es democracia).
Nuestro gobierno adoptado no se sostiene con monarquía absoluta ni con legítima democracia, porque ya no está en uso, después que pasaron las épocas de los griegos y romanos, en cuyas repúblicas, ciertamente democráticas, todo el pueblo, reunido en asambleas públicas, se daba leyes y decidía pública y libremente de todos sus negocios.
En las democracias del día no sucede esto: los ciudadanos no tienen más voto que para elegir representantes. Elegidos éstos, quedan sujetos a ellos mismos, esto es, a sus disposiciones. De manera que... permítaseme atropellar los fantasmas de ajenas opiniones y delirar con mi cabeza, pues cada hombre delira con la suya. Decía, pues, que en mi concepto, la residencia de la soberanía en la nación es un problema metafísico, y que mientras no se exprese la voluntad general como en Atenas y Roma, por toda la multitud reunida en masa y con plena y absoluta libertad, todo lo demás será quimérico, y a mucho andar saldremos con que el pueblo deposita su soberanía en algunos ciudadanos, llámense diputados, senadores o como quieran estos representantes, o llámese monarca absoluto, si en un solo hombre quiere depositar su confianza o su soberanía; pero lo cierto del caso es que mientras esta soberanía esté en depósito, residirá en el depositario, y no en el propietario; así como si yo deposito mil pesos en poder de Pedro o de los padres de la Profesa,(3) residirán mis mil pesos(4) en su poder y no en el mío. Bajo esta similitud digo que la soberanía de la nación reside no en ella, sino en aquél o aquellos a quienes confío la expresión de su voluntad general.
De estos principios deduzco que altercar por las formas de gobierno es una bobería. Cualquier gobierno es bueno como tenga leyes justas, que aseguren la libertad del ciudadano, que lo protejan sin excepción, que castiguen el crimen sin distinción de fueros, y que le faciliten sacar el fruto del trabajo, del honor y la virtud.
Sean las leyes tales, cúmplanse rigorosamente; seamos todos iguales ante la ley; no haya esas rancias y perniciosas distinciones de fueros , eclesiástico, militar y civil; redúzcanse los fueros a este solo "hombre de bien", y, al que no lo fuere, al que faltare a la ley, castíguese, sea noble o plebeyo, clérigo, fraile, militar o paisano, y yo aseguro que ese gobierno será el mejor. Hemos jurado el monárquico moderado, y si sus leyes tienen estas cualidades, será mejor que el republicano que no las tenga. Últimamente, es el que nos conviene, y para nosotros el mejor.
J[osé Joaquín] F[ernández de] L[izardi].
(1) México, Imprenta de D. J. F. L., 1822.
(2) En esta alusión queda incluido el mismo Fernández de Lizardi, porque él mismo temió que Iturbide abusara del poder. En El Amigo de la Paz y de la Patria,periódico que le dedicó al emperador de México, se lee: "El temor de que el príncipe abuse del poder que se le ha confiado y se erija en absoluto cuando quiera, es lo que espanta a cualquier sensato, y con razón; pero tenemos a nuestro favor la augusta palabra que nuestro emperador nos ha dado de ser agradecido a la nación, subordinado a sus leyes, respetuoso a sus representantes, y adorador del Ser Supremo." Obras V,op, cit., p. 11. Los liberales del momento intentaron influir en Iturbide, ganar la batalla a los conservadores que lo apoyaban. No es de extrañar, pues, que este tipo de discursos, aparentemente aduladores, abundaran y que se incrementasen después del encarcelamiento de los diputados republicanos.
(3) Profesa. Antiguo convento jesuítico de este nombre. Su templo está situado en la esquina noreste de las calles que se llamaron de San Francisco (actualmente Francisco I. Madero) y San José el Real (Isabel la Católica).