PULGAS Y VÓMITO PRIETO ANUNCIAN
EL DÍA DEL JUICIO(1)

 

 

Estaba yo la otra tarde en un café, tomando chocolate, y en la misma mesita estaba un incrédulo (así lo hemos de conocer) con un papel en la mano, y unas veces levantaba los ojos al cielo, otras arqueaba las cejas, ya hacía sonecito con los dedos, ya arrugaba la frente, ya se sonreía, y ya hacía otros ademanes extraordinarios.

No pudo menos mi curiosidad que avivarse con tantos visajes, hasta que me resolví a preguntarle ¿qué papel era el que leía y lo tenía tan divertido? El incrédulo entonces me contestó: ─¡Oh amigo!, éste es un gran papel que ha venido de Puebla,(2) y se titula El mundo ya agoniza y no lo creemos.

─¡Cáspita!, le dije, éstas sí que son muy malas chanzas. ¡El mundo en agonía y nosotros tan descuidados, comiendo, bebiendo, yendo al Coliseo(3) y al circo,(4) y previniéndonos para la jura! Eso sí está malo.

─¿Pues qué, usted lo ha creído?, decía el incrédulo.

─Sí, señor, ¿pues no lo he de creer, sobre que lo dice ese papel con letras de molde? Y dígame usted ¿quién es su autor? El cura de Tepeyanco,(5) me contestó, o el bachiller don Juan José Fernández de Lara y Arellano.(6)

─¿Y cuándo dice que se acabará el mundo? ─De aquí a ciento ochenta y cinco años.

─Sírvase usted prestarme su cuaderno, a ver si se funda. No menos que deduce la cuenta de las profecías del Apocalipsis, de las de Habacuc, Esdras y de san Malaquías. Ciertos son los toros. ─Sí, dijo el incrédulo: los que se jugarán en las fiestas de la jura.

─¿Pues que usted no lo cree? ─No, amigo, era menester haber perdido el juicio. Me compadece ese bendito cura, al considerarlo calentándose la cabeza en adivinar el Apocalipsi[s], que para mí es tan incomprensible como la piedra filosofal y la cuadratura del círculo. Por el mismo Apocalipsi[s] pretende probar Josafat que Jesucristo vendrá, en carne y en gloria y majestad, a reinar mil años en este mismo mundo con los santos, y se divertirán y holgarán santamente en nuestras mismas calles y plazas mejor que lo hacemos nosotros, cuya opinión sostuvieron los antiguos milenarios, y si bien me acuerdo, la siguieron algunos santos padres, y... ¡cosa maravillosa!, la respetó la misma Inquisición,(7) pues hizo recoger el libro, pero sin anatematizarlo ni llamarlo escandaloso, blasfemo ni herético, según acostumbraba. Es decir que la tal opinión, tan bien defendida con el Apocalapsi[s], les paró el macho a los inquisidores, y casi, casi como que confesaron que la creían con su respeto; y este santo varón de la misma fuente saca la conclusión del universo. Uno sacó felicidades y vida del Apocalipsi[s], y otro desgracias y muerte. Nada hay seguro, ¿a qué nos atenemos?

—¿Pero qué diremos de las profecías de san Malaquías, le repliqué, pues ve usted que las cita y las tiene como infalibles? ─Que son unos disparates apócrifos, me contestó el incrédulo; que nada dicen ni prueban, como dijo el erudito y sabio crítico Feijoo, y que para echarse a profetizar por esos mundos de Dios, como el autor de dichas profecías, cualquiera puede hacerlo; y después, con ir haciendo aplicaciones forzadísimas como el cura de Tepeyanco, cate usted al profeta acreditado.

─¡Vaya!, en un siglo como éste, es original el buen sacerdote en creer y defender tamaños desatinos, teniéndolos por profecías del cielo; y mucho más, después de leer la juiciosa crítica que sobre ellas hace el ilustrísimo fray Benito Jerónimo Feijoo en su Teatro.(8)

Pero sobre que el señor cura dice que su compañero, el que fue de Atlixco,(9)licenciado don Agustín Sousa, queriéndolo convencer de la falsedad de tales profecías con la opinión de Feijoo, respondió: Feijoo es Feijoo, y san Malaquías, san Malaquías. A lo que nuestro cura llama "digna sentencia", ¿qué quiere usted que digamos?

—Que tan bendito era el cura de Atlixco como el de Tepeyanco, en calificar de digna sentencia una apeada por las orejas,(10) que no la hubiera dado el sumulista más rabón,(11) me dijo el incrédulo, y añadió: ─Si nuestro don Juan José hubiera dicho, después del cuentecito del de Atlixco: "sentencia digna", poniéndole unos puntitos así... ya habríamos entendido que había querido decir "sentencia digna de un zapatero de viejo;(12) y no de un cura y licenciado, que debía suponerse siquiera lógico."

En primer lugar, que Feijoo, con los sabios, niega que sean de san Malaquías tales adivinanzas; y así, el dar por sentado que son suyas, es concederse gratis una negada, lo que no puede hacer un sumulista. En segundo lugar, que no digo san Malaquías; pero ni los santos padres han estado seguros de escribir errores crasísimos, creyéndolos de buena fe, y en el día nada vale su autoridad en este punto. San Jerónimo creyó muy bien que el ermitaño san Antonio, yendo en busca de san Pablo, encontró en el camino hipocentauros, sátiros, faunos e íncubos que eran verdaderas bestias del campo, sabían hablar, tenían uso de razón, conocimiento de la venida del Mesías, pedían que rogara a Dios por ellos y, sin embargo, no eran racionales. ¿Qué dirá a esto el señor cura de Tepeyanco?

San Agustín no creía que esta América era habitable, por estar bajo la zona tórrida; y ya vemos cómo se engañó de medio a medio.(13) Si yo le hubiera dicho al cura de Atlixco que san Jerónimo y san Agustín se habían equivocado en sus asertos, él me habría dicho magistralmente: usted es usted, y san Jerónimo y san Agustín son san Agustín y san Jerónimo. ¡Sentencia digna! ¡Solución divina! ¿Y esto es lo que alaba el cura de Tepeyanco?

No se canse usted amigo: las profecías que se atribuyen a san Malaquías están en quieta y pacífica posesión de ser unos disparates remarcables, como dicen los franceses, y no les quitarán esta opinión todos los curas del mundo; y así, ni el Apocalipsi[s] ni las citadas paparruchas prestan un leve fundamento para asegurar cuándo será el fin del mundo, pues el mismo Jesucristo lo ocultó sabiamente a los curiosos que se lo preguntaron. Objeción que no se olvidó a nuestro cura.

─Pues, pero es menester que usted me atienda, le repliqué, que el señor cura dice (página 9) que Dios lo que quiso ocultar fue el día y la hora del fin del mundo, mas no el siglo.

─No me acomoda la distinción, decía el incrédulo, porque sería ridícula en boca de un Dios. ¿Qué le parecería a usted que yo le ocultara con mucho empeño la casa donde vivo, dándole, por otra parte, señas muy individuales de la calle? ─Que no era usted consecuente en sus designios, le contesté, pues me descubría lo que quería ocultarme. ─Pues eso mismo sale contra Dios, de la distinción del cura de Tepeyanco, dijo el incrédulo, y siguió.

No nos cansemos, amigo mío: el fin del mundo ha sido pronosticado en todos tiempos, no sólo por san Vicente Ferrer, como dice el señor cura, sino por todos los "frays", aun sin ser santos. Apenas hay misión en que no nos cuenten los padrecitos, muy serios y con su campanita, que el mundo está para dar el último suspiro. Desde los apóstoles viene esa costumbre. Ellos fueron los primeros que predicaron su cercanía, y ya van dos mil años y no se llega. Yo, en mi tiempo, lo he oído profetizar más de veinte veces, y lo he leído en papeles públicos que he visto también refutados con gracia. Conque no hay que asustarse. El mundo se acabará pues Dios lo dijo; pero al paso que va, larga la lleva; sobre que nacen todos los días muchachos que es una gloria.

─Ya, pero usted ve que el señor cura saca la cuenta por el Apocalipsi[s], le dije; y el incrédulo me contestó: ─¡Oh amigo!, cada profeta echa sus cálculos, y no me parecen muy seguros los del padre cura, pues los funda en la edad que el mundo tiene, según el martirologio romano;(14) otra sería la cuenta según el griego, y muy diversa según los cómputos cronológicos de cada nación, pues cada una pretende tener sus fundamentos para señalarle edad al mundo. Por lo menos yo creo que esto es tan problemático como su fin.

—Sin embargo, le insté, el señor cura lo comprueba con las profecías de san Malaquías, que asegura se han cumplido y se están cumpliendo. Ya ve usted, y qué propiamente aplica a los papas y reyes españoles de nuestros tiempos el texto de las profecías. -Sí, ciertamente, me dijo: en queriendo acomodar los textos a nuestro gusto, haciéndolos literales, alegóricos, hiperbólicos y figurados, como se nos antoje, no hay cosa más fácil que ser comentadores o intérpretes de profetas. Mire usted qué cosa tan fácil. Afirman los amigos de profecías que san Malaquías aseguró que Benedicto XIII sería soldado en la guerra. El dicho sumo pontífice fue muy pacífico y nunca se metió en ruidos de campaña; como su antecesor, Julio II, que se batió en el campo de Marte con sus enemigos; y así, le caía tan bien lo de soldado como si se hubiera profetizado encantador. De consiguiente, falló la profecía. Pues oiga cómo nuestro bendito cura la hace cumplir a fuerza. Dice que le declaró la guerra a Lucifer con su virtud, y cátelo usted soldado, más que el Gran Capitán, y cumplida la profecía facilísimamente. Pero, ¿y si hubiera sido un vicioso y relajado dicho señor Benedicto, qué habría hecho el padre cura para sacar exacto a su profeta?

─No sé, le dije; el caso era de los muy apurados. ─¡Qué poco se entiende usted de profecías, me dijo riéndose el incrédulo. En ese caso sale soldado el señor Benedicto XIII, aunque no quiera. Oiga usted, hay un texto en los libros de Job que dice que la vida del hombre es milicia sobre la tierra,(15) conque siendo hombre el expresado pontífice, y profesando la milicia de la vida, fuerza sería que hubiera sido soldado; y cate usted la profecía cumplida.

Del actual señor Pío VII, dizque dijo san Malaquías que sería águila rapante; y el señor cura lo prueba con que montó en una carroza imperial que tenía una águila, y con que volvió a Roma triunfante de Napoleón, como la águila rapante que se escapó de una jaula porque le abrieron la puerta.(16) Yo no sé en qué está ese triunfo, ni cómo le pudo convenir al papa. Ya se ve que el señor cura dice que tiene otras razones más convincentes, que no quiero decir, y nos emplaza para la otra vida, donde las sabremos. Éste es el más fácil expediente para explicar cuanto no se entiende, con decir: yo tengo mis razones, que no dejan duda de ser cierto lo que digo, pero no conviene que las diga, allá lo sabrán en la otra vida, queda uno sobre las espumas.

─Usted, señor, es un algo incrédulo, le dije, ¿y cómo negará usted las señas que el señor cura da de la cercanía del mundo, fundándose no menos que en la profecía de Jesucristo que dijo que, próximo su fin, habría plagas nuevas, las que ya ha visto el señor cura de Tepeyanco, como nos lo dice en la página 35 de su cuaderno.

─¿Y qué plagas son ésas?, dijo el incrédulo. ─El vómito prieto y la abundancia de pulgas, le respondí. Por poco tisa [sic] la taza de café aquel maldito judío, según la risa que le causaron las plagas nuevas. ─Mire usted, me decía: por lo que hace a las pulgas, no me opongo a la opinión del señor cura; porque, ciertamente esos malvados insectos suelen ser tantos, y tan bravos, que le dan a uno unas noches que le parecen día del juicio, y acaso al bendito cura lo habrán puesto pinto algunas veces; pero por lo que toca al vómito prieto, venia tanti; no lo creo muy nuevo en el mundo, aunque nunca se hubiera conocido en Veracruz;(17) y era menester que fuera plaga nueva en el mundo para que anunciara el fin del mundo, pues de otro modo sólo anunciará el fin de Veracruz.

Amigo, las enfermedades se comunican de mil modos: o por el aire, o por contagio, o por alimentos, etcétera; y van conociéndose como nuevas donde no se habían visto; pero esto no prueba que sean nuevas. Aquí no conocían los indios ni las viruelas ni el mal venéreo hasta después de la Conquista; y sin embargo, eran ya bien viejas estas enfermedades en la Europa.(18) Conque si el vómito prieto y las pulgas anuncian el día del juicio, que nos traigan una copa de licor de almendra mientras llega.

Yo me escandalicé de la socarra de aquel libertino. Él lo conoció, y me dijo: —No sea usted idiota, el mundo se acabará para cuantos hoy viven, antes del plazo que se propone el padre cura. ¿Quién vivirá de aquí a ciento ochenta y cinco años? Nadie. Pues vea usted cómo, para todos los actuales vivientes, se acabará el mundo más breve que lo que dice el señor cura, y para usted y para mí más antes. Lo que importa es vivir bien, y dejemos que se acabe el mundo cuando Dios quisiere. Diciendo esto, se despidió de mí aquel libertino, dejándome muy escandalizado.


El Pensador
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(1) México, Imprenta del Autor, noviembre 9 de 1822.

(2) Puebla. Estado de la República Mexicana cuyos actuales límites son: al norte y este, Veracruz; al sur, Oaxaca y Guerrero; al oeste, el Estado de México, Morelos y Tlaxcala, y noroeste, Hidalgo.

(3) Coliseo. Cf. nota 3 a De don Servilio al clamor...

(4) circo. "México cuenta con muchos lugares y diversos establecimientos de diversión de todas clases. Abundan los lugares afamados por alguna apetitosa golosina en los arrabales y calzadas [...]. Se numeran multitud de billares [...], peleas de gallos, maromas o juegos volantines, circo...", "Ciudad de México" enDiccionario universal de historia y geografíaop. cit.

(5) Tepeyanco. Actual Municipio de Tlaxcala, a 17 kilómetros de la ciudad de este nombre.

(6) Juan José Fernández de Lara y Arellano (1767-?). Sacerdote que nació en la ciudad de Puebla de los Ángeles. En 1822, en su carácter de cura de Tepeyanco escribió Retrato de jesuitas, donde pidió el restablecimiento de la Compañía de Jesús. También escribió un Retrato de los francmasones, Puebla, 1822 y A los señores anónimos, el Cura de Tepeyanco, Puebla, Oficina de Pedro de la Rosa, Imprenta del Gobierno Imperial, 23 de diciembre de 1822, 8 pp. Escrito contra M. B., acusándolo de ser servil defensor del imperio; profetiza que la unión de republicanos y borbones favorecerá la reconquista española.

(7) Inquisición. Cf. nota 4 a De don Servilio al clamor...

(8) "El mismo concepto que de las pasadas se debe hacer de aquellas profecías de Reyes y Papas que comúnmente se atribuyen a San Malaquías. Fué este Santo dotado de espíritu profético, como consta de su vida escrita por San Fernando. Pero tan cierto es que las poesías que corren con su nombre no son suyas, como que no es de Salomón el libro intitulado Clavícula Salomonis [...]. San Malaquías, abad del monasterio de Benchor y arzobispo de Armach, en Irlanda, de donde era natural, murió el año de 1148. Estas profecías no parecieron hasta el año de 1595, en que las dió a luz Arnaldo Wion [...] en el segundo tomo de la obra que intituló Lignum viate [et decus Ecclesiae, in quinque libros divisum. Venetiis. Apud Georgium Angelerium, 1595] y dedicó a Felipe Segundo. No sólo San Bernando, que escribió a la larga la vida de San Malaquías dando cuenta de algunas predicciones suyas, no hablando palabras de las profecías en cuestión, pero ni otro autor alguno da cuentas que florecieron en más de cuatro siglos que pasaron desde que murió Malaquías hasta que escribió Wion.

"Wion dice que recibió estas profecías de manos de fray Alfonso Chacón, religioso dominicano y escritor conocido. Pero como Chacón no dió noticia de ellas ni en la excelente historia que compuso de la vida de los Papas, ni en otras obras que sacó a luz, sin duda las juzgó después por apócrifas [...], estas profecías son muy claras en orden a aquellos Papas que precedieron en tiempo de su publicación y oscurísimas respecto de todos los que subsiguieron [...], el impostor que las fraguó sabía quiénes habían sido los papas antecedentes e ignoraba los venideros, para aquéllos dispuso los motes, de modo que viniesen con propiedad, pero para éstos fué preciso echarlos al azar, o, como dicen, a Dios y a dicha." "Profecías supuestas" en Teatro crítico universal, selección, pról. y notas de Agustín Millares Carlo, Madrid, Espasa-Calpe, 1958 (Clásicos Castellanos, 48), t. I, pp. 253-255.

(9) Atlixco. En el estado de Puebla.

(10) apeada por las orejas. Cf. nota 23 a El Pensador llama a juicio...

(11) rabón. Mezquino, ruin, de poca importancia. Santamaría, Dic. mej.

(12) Al parecer el oficio de zapatero era muy despreciado durante la Colonia. Véase, por ejemplo, La igualdad en los oficios. Diálogo entre un zapatero y su compadreen Obras Xop. cit., pp. 61-64 y No es señor el que nace, sino el que lo sabe seribid.,pp. 65-69.

(13) "Ofrécense a San Agustín algunas dificultades en ella, pareciéndole insuperables; y en otras cosas de Filosofía se le ofrecieron que la experiencia las ha allanado: como fue que la Tórrida Zona era inhabitable, por el mucho calor, y que no había antípodas." Luis de Aldrete y Soto, Papeles sobre el agua de la vida y el fin del mundo, edición de José Manuel Valles, Madrid, Editora Nacional, 1979 (Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados. Segunda Serie, 6), p. 99.

(14) Según el martirologio se inició en 404.

(15) Job 7, 1.

(16) Las profecías de san Malaquías, larga serie de leyendas a partir de Celestino II, parecían confirmarse porque Pío VII, el águila rapax, combatió a Napoleón II y lo venció. Este último tenía un águila en su escudo: "Los franceses quisieron elevar a su primer cónsul a la dignidad de emperador, y Pío VII fue de Roma a París muy contento para coronarle [...]. Posteriormente los negocios tomaron otro aspecto, y el emperador despojó a Pío VII de la soberanía temporal de los estados romanos [...]. Napoléon ha perdido su imperio, y la corte de Pío VII ha manifestado pasiones próximas a la venganza." Obras VI, op. cit., pp. 352-353.

(17) En México y sus revoluciones, edición y prólogo de Agustín Yáñez, México, Editorial Porrúa, 1950 (Escritores Mexicanos, 60), t. II, dice que José María Luis Mora escribió: "En Veracruz reina la fiebre amarilla (vómito prieto): empieza a hacer estragos desde principios de abril, continúa tomando cuerpo por toda la estación de las lluvias, especialmente en julio y agosto, y no empieza a ceder sino hasta octubre en la estación de los nortes. En las costas de México esta enfermedad es mucho más mortífera que en el resto del globo, y los mexicanos le dan el nombre de vómito prieto a causa del color lívido de las materias que arroja el enfermo. Parece probado por numerosas y repetidas experiencias que el mal no es epidémico, sino endémico: sus causas son hasta ahora desconocidas, aunque parece bastante probable que residen en el aire impregnado de miasmas que transmiten la infección con más o menos rapidez según las disposiciones y el temperamento de las personas" (p. 17). En su Ensayo político, Humboldt dice que europeos no aclimatados al trópico padecen más severamente esta enfermedad.

(18) Realmente no se tienen datos fidedignos respecto a las enfermedades venéreas. Para Humboldt lo que los españoles trajeron fue la viruela. Más concretamente la trajo un negro esclavo de Pánfilo de Narváez en 1521. La población de México fue muy diezmada por la viruela.