PROYECTO FÁCIL Y UTILÍSIMO A NUESTRA SOCIEDAD
Rectorem to posuerunt?...
Curam illorum habe.
Ecclesiastés, capítulo 32, 1-2
Cuando los proyectos son quiméricos, demasiado dificultosos o absurdos; cuando provienen de una imaginación acalorada, y cuando de su ejecución no se ha de seguir ningún público beneficio, yo soy de parecer que deben despreciarse y enviarse a sus autores a mondar nueces.
Por el contrario, cuando los proyectos son no sólo posibles, sino fáciles de verificarse, y cuando de su práctica debe la sociedad prometerse unas ventajas conocidas, entonces deben administrarse con gratitud y verificarse sin demora, y en caso de verse con desprecio por los que son capaces a realizar los planes, el público discreto sabrá reconocer los deseos del proyectista y execrar la pereza e inactividad de las manos por quienes pierde el beneficio que se propone. De una de estas dos cosas hemos de ver el éxito seguramente en la admisión o desprecio de mi presente proyecto.
Es harto lastimoso el estado de la educación de nuestra plebe. Parece que este ramo de policía se ha visto hasta hoy con el mayor abandono. Si vamos por los pueblos, hallaremos hombres con hijos y aun nietos que no saben ni persignarse; si fijamos la vista en esta capital y otras ciudades, en cada cien plebeyos hallaremos uno que medio sepa leer y escribir; de cada doscientos, uno que sepa los principios de su religión, y de todo el vasto guarismo de sus pobres indios, castas y gente de trapillo, ni uno (tal vez) que sepa cuáles son los derechos que los unen con Dios, con el rey, con la patria ni consigo mismos. Hallaremos muy muchos que nos señalarán por sus nombres las pulquerías y tabernas de la ciudad; sus billares, cafés, juegos y bodegones; nos dirán las casas lupanarias y los títulos de las madamiselas que clandestinamente las sostienen; bastantes tunos hallaremos, por último, y ladrones que viven de la trampa, el hurto y el lenocinio; y pregúntese a éstos ¿cuál fue su educación?, y si no están obstinados, nos dirán que la prostitución fue su escuela y culparán a sus padres justamente del abandono y moral ignorancia en que los criaron; los padres de éstos se disculparán con los suyos, y así los demás con sus progenitores.
Entre una culpa evidente y una no evidente disculpa hemos de solicitar precisamente dónde ésta la causal de ésta tan envejecida y cuasi general ignorancia; y si somos racionales, hemos de conocer que toda la culpa pesará y siempre deberá pesar sobre los señores curas de los pueblos y ayuntamientos de las ciudades.
Si yo no hubiera vivido en muchos lugares distintos del reino y si no hubiera observado el más constante abandono sobre este ramo en todas partes, creería que había sido empeño del gobierno español el mantener estos dominios en la más ciega barbarie, aprendiendo esta torpe máxima de los emperadores del Oriente; pero no he visto sino repetidas órdenes y cédulas de nuestros reyes católicos en las que no cesan de mandar se instruyan a los indios y demás parte del pueblo en la religión y demás liberales artes de leer, escribir y contar; he visto los privilegios verdaderamente grandes concedidos a los profesores de estas nobilísimas facultades, extendidos a los maestros públicos en estos Continentes; he visto una Universidad Real y Pontificia; he visto una Academia de pintura, escultura y arquitectura protegida por la liberalidad de los reyes; he visto becas reales en los colegios, y he visto otras cosas que no me dejan duda en que la ignorancia escandalosa de nuestra plebe no debe su cuna sino a las manos subalternas a quienes está confiada inmediatamente su ilustración. Ni me detendré en corroborar mi opinión con unas pruebas que denigrarán a las pasadas y nada aprovecharán a las generaciones presentes.
Bastará, me parece, dirigir mi discurso a nuestros regidores y curas con la mayor sumisión y encarecimiento, a efecto de que, en cuanto esté de su parte, que es mucho, se esfuercen a sacudir esta nota de indolentes que con razón merecen sus antecesores. Y no dudo sino que los presentes procurarán desempeñar con esmero una tan sagrada obligación.
¿Quién ignora que, según es la primera educación de la infancia, así son las operaciones de los hombres? Yo veo a un cargador, por ejemplo, que ha ganado cuatro reales, y olvidándose de él, de su mujer y de sus hijos, se entra en una pulquería, se bebe todos los cuatro reales de aquel licor que, fermentándose en su estómago, le embarga el cerebro, y no pudiendo sus laxos miembros sostener la pesada máquina de su cuerpo, cae en el medio de una calle, quedando expuesto al atropellamiento de un caballo, a la rabia de un perro, al descuido de un cochero, etcétera, y veo que un hombre bien educado, aunque tome vino, aguardiente u otro licor, jamás (por lo regular) se excede en términos de tirarse en una calle. Esto veo yo y lo vemos todos, y sabemos que el hombre de bien tiene pasiones como el cargador y es de la misma masa; pero su educación fue distinta: sabe lo que es honor y cuáles son sus obligaciones, y por eso se contiene; el otro pobre todo lo ignora: vive porque come, y come, bebe y procrea por el simple apetito de la naturaleza; ignora qué es honor, y sin estos frenos se precipita a los mayores excesos.
De aquí [se] concluye que de las malas o buenas operaciones de los hombres es causa la buena o mala educación que tuvieron cuando niños, y que aquella sociedad cuya plebe se vea con abandono en punto de educación, no debe prometerse ciudadanos útiles, morales, ni subordinados, porque el hombre en el estado de salvaje precisamente ha de ser mal marido, mal padre y mal vecino; ignorando los principios de las leyes naturales, divinas y civiles, con todo atropellará cuando se le proponga satisfacer sus pasiones.
Esto lo vemos todos con gran dolor. Uno de estos miserables que se ató con los lazos del matrimonio por el descuido o avaricia de un cura, no es más que un bruto con la mujer y un tirano con sus desgraciados hijos. Estos siguen el ejemplo del padre, y sus generaciones no pueden mejorar de carrera, y he aquí la causa de la ignorancia suma, de la holgazanería y de la corrupción de costumbres de la ínfima parte de nuestro pueblo.
Estribando todo el remedio de este gran mal en la buena educación, y no pudiéndosela dar los padres de hoy a sus presentes hijos porque no la tienen, es necesario que unas manos paternales partan y distribuyan a estos inocentes el pan que comemos tantos a su presencia.
Sí, señores párrocos e ilustres ayuntamientos, vosotros sois los que habéis de emprender esta obra verdaderamente útil y provechosa a la sociedad futura. A vosotros se os ha confiado este encargo por Dios, por la nación y por la patria.
Es bien sabido que el primer paso que se debe dar para este asunto es la apersión(2) de escuelas de primeras letras; ésta es la piedra fundamental sobre que debe levantarse el edificio de la educación popular.
Se me dirá que hay escuelas en México: es verdad; pero no son cuantas se necesitan ni están en el método más oportuno para instruir a nuestra juventud. Las escuelas que hay, si he de decir la verdad, se dividen en dos clases: unas regenteadas por maestros instruidos y a propósito, y otras dirigidas por unos pobres ignorantes, a cuyo destino los condujo su miseria y la consideración de que para nada son útiles porque nada saben y, por desgracia, lo menos que saben son las obligaciones de los ayos de la juventud.
De aquí sale que los primeros maestros, como están satisfechos de que saben regularmente lo esencial para desempeñar sus funciones, no con el insulso modo que lo practican los maestro rinconeros de los barrios, conventos y parroquias,(a) se hacen pagar de su trabajo y piden dos y tres pesos mensuales por enseñar a un niño a leer, cuatro o seis por enseñarlo a escribir, y así a proporción; y aquí tenemos una barrera formidable para los hijos de los pobres, pues aun cuando sus padres quieran proporcionarles la mejor enseñanza, se ven imposibilitados por razón de su indigencia, y en este caso lastimoso tienen que entregarlos a los maestros de la segunda clase de escuelas, esto es, a aquellos pobres ignorantes que por medio, un real o dos enseñan a los niños a mal leer y a peor escribir, porque no saben otra cosa.
Las mismas enfermedades son las que señalan los remedios oportunos; hemos visto que la ignorancia de los más de los pocos niños que van a la escuela proviene de la común pobreza de sus padres y de la ineptitud de los maestros a quienes se los confían. Esto indica que los primeros pasos que convendría dar para el remedio sería: aumentar el número de escuelas en México, proveerlas de profesores hábiles y franquear al pueblo su enseñanza de gratis.
Catorce parroquias hay en México; sería pues conveniente que (sin perjuicio de las escuelas buenas que hay y quisieran ponerse) se instituyeran treinta y cuatro escuelas gratuitas, distribuidas por las parroquias a proporción del número de sus feligreses; por ejemplo:
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Parroquias |
Escuelas |
| Sagrario | 4 |
| Santa Catarina | 3 |
| San Miguel | 3 |
| Santa Veracruz | 3 |
| San Pablo | 3 |
| En las nueve restantes, a dos escuelas por parroquia | 18 |
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Total: |
34 |
Los carteles que debería haber en los balcones de cada una de estas escuelas contendrían las noticias siguientes:
Escuela patriótica de primeras letras 1ª (2ª o la que fuera), perteneciente a la parroquia de T., donde se da gratis la instrucción, bajo el celo y cuidado del señor cura actual don N. Dirigida por el profesor don R., sostenida por el común de esta capital e instalada por su noble ayuntamiento de 18__ .
Los pretendientes a estas escuelas deberían estar instruidos a fondo cuando menos en la religión católica, gramática castellana y las tres nobles artes de leer, escribir y contar.
Es innegable que el ejercicio de enseñar niños es muy honorífico, grato a Dios y útil al público; pero al mismo tiempo es muy pesado, porque aunque los muchachos sean inocentes no dejan de ser muchachos, y esto de lidiar diariamente con semejante familia trae muchas mortificaciones.
Bajo esta consideración, era muy del caso señalar a los maestros un honorario decente y regular, que no bajara de sesenta y cinco pesos mensuales, para que de ellos pudieran pagar una casa, que a lo menos tuviera una sala a la calle, capaz, alegre y bien ventilada donde estuvieran a gusto los alumnos.
Pero ya veo que al llegar a este periodo comienzan las dificultades. Ya me parece que oigo decir: "Todo eso está muy bueno; pero quien da el consejo da el tostón. ¿Dónde hallaremos una mina que nos dé cada mes 2210 pesos, que tanto importan 65 pesos multiplicados por 34 maestros? ¿De dónde se costeará un diario de 57 pesos 1 real? ¿4 gs.(3) y poco más en los meses de 31 días?" A eso vamos.
En las nueve tablas de carnicerías de esta ciudad se matan diariamente, en unas con otras, novecientos carneros, pocos más o menos; quiero bajar a este número corriente casi la mitad y creer que sólo se matan quinientos; quiero también suponer que para el abasto de esta populosa ciudad no se matan sino cincuenta toros diarios; ya se ve que estos cálculos están muy bajos; pues con todo eso, impóngase de contribución un real sobre cada cabeza de carnero o chivo y dos reales sobre cada una de res, y resultarán, por lo menos, seiscientos reales diarios que valen setenta y cinco pesos. El gasto de las escuelas sería de 57 pesos, 1 real, 4 gs., conque restándolos de 75 pesos sobrarían diariamente 17 pesos, 6 reales, 8 gs., que hacen al mes de 30 días 535 pesos de sobrante, si no me he equivocado.
Conque ya se ve que no sólo hay de dónde sostener las 34 escuelas, sino que sobra un buen fondo para ir vistiendo a todos los muchachos pobres que vayan a las escuelas, porque sabemos que muchos padres no los envían a ellas por su notoria pobreza y obscena desnudez de sus hijos.
Esta contribución me parece no sólo ligera, sino insensible para el público, así como su objeto el más general e interesante.
Una provincia donde abunde la ignorancia y la barbarie no puede producir sino vagos, inmorales, escandalosos y viciosos. El que no sabe que está obligado a ser útil a su patria, jamás trata de serlo por ningún camino; obra brutalmente; quiere satisfacer sus pasiones; no trabaja ni tiene ningún arbitrio honesto, y se dedica a mantenerse del juego, de la estafa y del robo.
Estos seres desgraciados son hombres platónicos: cristianos, porque los bautizaron; maridos, por apetito; padres, por naturaleza; amigos de sus conveniencias; vasallos a la punta de las bayonetas, y la polilla más consumidora de las costumbres y los Estados.
Adoptado el proyecto que he propuesto, es de esperar que dentro de pocos años variaría la escena notablemente; porque a merced de la buena educación y enseñanza de los niños, nos debemos prometer jóvenes y hombres de vergüenza, y aplicados al trabajo y siendo tales, sobrarían talentos para las ciencias, manos para las artes y brazos para los campos. Entonces hallarían maridos las mujeres, padres los hijos y ciudadanos útiles la nación. ¿Y quién duda sino que todo esto cedería en un muy grande y general beneficio ni habría un solo individuo que no tuviera parte en él?
Yo no digo que se exterminarían enteramente los viciosos; eso fuera una simpleza; sólo en el Cielo no hay impíos; lo que aseguro es que serían infinitamente menos que los que hay hoy en número y en desvergüenza.
Pocos años serían menester para que la experiencia nos aclarara la verdad, pero menos minutos son necesarios para conocerla.
Por último, el noble Ayuntamiento de esta capital y los de las demás villas y ciudades del reino sabrán si deberán adoptar o no esta idea, acordándose de que nuestra Constitución política dice en el artículo 321 del capítulo I del título V lo siguiente:
Estará a cargo de los ayuntamientos... cuidar de todas las escuelas de primeras letras y de los demás establecimientos de educación, que se paguen de los fondos del común.
Seguirá
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) apersión. Por aperción: apertura.
(a) Algunos podrá haber que no merezcan comprehenderse aquí.
(3) gs. "Es la contramarca que aparece en segmentos de duros hispanoamericanos circulantes en la isla de Guadalupe. Se tiene noticia de un real de a 8 columnario de la ceca de Lima del año 1757 que lo ostenta." Cf. Humberto F. Bruzio, Diccionario de la moneda hispanoamericana, Santiago de Chile, 1958, p. 232.