PROPUESTAS BENÉFICAS
EN OBSEQUIO DE LA HUMANIDAD(1)

 

 

La presente terrible peste camina sobre nosotros con pasos de gigante, y la amarilla muerte(2) nos amenaza con horror en la multitud de rostros cadavéricos que están siendo víctimas de su segur(3) asoladora.

Los físicos(4) no ignoran que toda enfermedad debe su origen y progresos a las causas naturales, así como los temblores, rayos, inundaciones y las demás plagas que nos envuelven; pero también los católicos confiesan que Dios es el autor de la naturaleza, es el árbitro y puede valerse de ella cuando quiera para castigarnos. Ni dudan que muchas veces se ha valido del fuego, del agua, de la tierra, del aire y de los mismos hombres para hacernos despertar y reconocer su poder soberano.

Y ¿podremos lisonjearnos de que (sobre las calamidades que padecemos con la guerra intestina(5) y odiosa que nos destruye) la presente epidemia que nos devora sea una casualidad de la naturaleza y no un azote bien dirigido por la mano airada del Ser Omnipotente? En una palabra, ¿seremos tan fascinados que hayamos de persuadirnos a que somos unos inocentes, que Dios no tiene por qué castigarnos y que este efecto visible de su justicia no lo es sino de la putrefacción del aire por la multitud de cadáveres, de la estación calurosa, de la dilación de las aguas, de las fiebrecillas endémicas, etcétera? Apenas creo haya uno capaz de sobreseer al incesante grito de su conciencia.

Pero si conforme a nuestra religión estamos convencidos de estas verdades, ¿por qué no solicitamos el remedio de quien únicamente depende? ¿Por qué no nos procuramos reconciliar con el Dueño del fuego que abrasó a Sodoma, con el Criador de la agua que anegó al mundo y con el Autor del aire que nos introduce la muerte en nuestras venas?

Si tememos su justicia, busquemos sus misericordias, y si nos avergüenza nuestra conducta desreglada, amigos tiene, y una Madre cuyas entrañas son de miel y leche. ¿Para cuándo son los santos? ¿Para cuándo esos santuarios de la Piedad,(6) de los Remedios,(7) de Guadalupe,(8) de los Ángeles,(9) etcétera? ¿Para cuándo esa bella y portentosa imagen del señor de Santa Teresa?,(10) y ¿para cuándo la fe que profesamos?

Muy bueno es precaverse del mal con los remedios, muy justo el evitar sus progresos con las diligencias humanas; pero ante todo, lo primero es lo primero.

No faltará alguno que leyendo esto no podrá detener la risa, atribuyendo este exordio a un ánimo confuso, hipócrita y nada instruido, pero si así fuere, sepa el que lo vea o lo oiga, si es católico, que estos espíritus fuertes son los más cobardes en la muerte: no creen, porque temen; pero no dejan de temer una eternidad terrible, ni un Dios vengador porque no lo crean o aparenten no creerlo. Estos filósofos a ladernière son unos enmascarados atheístas o materialistas.

Yo dudara que entre nosotros se hallara un solo individuo de este fatal estambre,(11) si la corrupción del siglo presente no me persuadiera a que no es imposible. Temblad, mexicanos, para ser hereje no es menester venir de las tierras de los herejes: en todos los reinos puede haberlos y todo hombre corrompido está expuesto a serlo dentro de sus hogares y adoptar una herejía sin leer un libro ni hablar  con hereje, especialmente en la clase de herejía de que hablo, porque un corazón entumecido en el vicio está muy cerca de ser incrédulo, y el materialismo es la ponzoña que más fácilmente se puede introducir en tales corazones, como que es la que más lisonjea nuestras pasiones.

Se me dirá ¡Jesús!, ésa es una temeridad, si aquí todos somos cristianos. A lo que yo diré: operibus credite, et non verbis.(12) Creamos a nuestras obras, no a nuestras palabras; pero confesando que somos cristianos, católicos, ortodoxos, aunque por nuestra miseria hayamos delinquido tantas veces, pasemos a las propuestas, y sea la

I. Aplacar la Divina Justicia, no omitiéndose todas las rogaciones, novenarios, procesiones, y cualesquiera actos ya públicos, ya privados, que inspiren la devoción y compunción, pues nada está por demás en estos casos.

II. No debiendo imitar al carretero de la fábula en querer que Dios nos dispense sus favores sin poner nosotros los medios posibles para alcanzarlos,(13) sería muy bueno que, tratando de impedir los progresos de la peste, se pusieran hospitales fuera de los recintos de la ciudad, o a lo menos en los arrabales más despoblados. Hay muchas fábricas a propósito para el efecto. ¿Qué mejor destino podrían tener tantas casas de campo que hay en México? ¿Ni cómo las negarían (en calidad de prestadas) para un objeto tan sagrado los ricos, sus dueños, y más siendo, como son y como lo manifiestan, tan cristianos, tan caritativos y liberales en semejantes ocasiones?

Yo no pongo la menor duda en que se prestarían gustosísimos a ser útiles a sus pobres hermanos en esta parte. Desearían ansiosos resucitar la antigua y loable costumbre de nuestros padres que ejercitaban la hospitalidad hasta con los infieles y paganos, y con tanto amor que un hereje como Juliano Apóstata(14) se vio obligado a confesar lleno de admiración que "el aumento del cristianismo se debería a tres causas principales: a la hospitalidad, al cuidado de las sepulturas y a la gravedad de las costumbres".

La peste, por lo común, se ceba más en los pobres que en los ricos, ya porque son en mayor número y ya porque están destituidos de la más prolija asistencia, necesaria siempre para contener el mal en sus principios, y veamos aquí cómo constituidas estas casas hospitalarias se seguía que los pobres enfermos se apartaban del número de los sanos, de consiguiente no cundía tanto el contagio. Que serían asistidos mejor y con más facilidad por las manos caritativas, porque hay alguna diferencia de que anden los médicos arriba y abajo de los barrios en esta y en la otra casa a que visiten sus enfermos en un solo paraje, y de que se expongan éstos a ser víctimas si no de la enfermedad, de la impericia de los asistentes que, por lo ordinario, no son los que digo, ni los más eficaces ni los más instruidos, y de los asistentes depende muchas veces la salud del paciente, como dijo Hipócrates.

Conque teniendo estas casas, y fomentándolas los ricos, se impide el progreso del contagio (en mucha parte), los enfermos se curan mejor, los médicos trabajan menos y con más provecho, los boticarios despacharán con mucha exactitud las recetas, como que han de ir a manos de testigos inteligentes, cuales deberían ser los enfermeros, y la caridad ministraría sus auxilios con mayor logro.

III. No habiendo ya quien dude que la peste se extiende no sólo por el contacto de los cuerpos o ropas de los apestados, sino también por la multitud de miasmas pútridos que, exhalándose de aquéllos, infestan la atmósfera que respiramos, sería útil regar las casas con vinagre fuerte y quemar cuerno, estiércol seco de caballo(15)o cosa semejante que embotase las partículas venenosas. No ignoro que hay otras fumigaciones, tal vez más eficaces; pero no más fáciles ni menos costosas, y yo escribo para todos. Los que puedan harán bien de precaverse con los antídotos mejores, y los pobres no harán mal en usar los que propongo.

IV. Siendo la limpieza repetidamente encargada en estos casos, nos sería inútil barrer todos los días las calles muy temprano, regarlas abundantemente de alto a bajo, si pudiera ser desde las azoteas, no consentir inmundicias ningunas en ellas, ni en las casas, especialmente de vecindad, y limpiar a menudo las [a]tarjeas que estuvieron ensolvadas.(16)

V. Sería útil, asimismo, que en los baños y lavaderos públicos se lavase con mucho cuidado la ropa de los enfermos (que fácilmente se conoce por lo embadurnada de aceites), esto es, que siempre que se pudiera, fuera en tanque separado o, a lo menos, que los dueños o administradores de los dichos baños avisaran a los que llevasen ropa de sanos no lavaran en el día que la de los enfermos. Se pulsarán para esto mil dificultades; pero yo más quisiera que la ropa de los apestados se lavase en las acequias que en los públicos lavaderos.

VI. Los señores médicos se afanan, estudian, se juntan y disputan sabiamente sobre la salud de un solo individuo, y ¿no les deberá iguales fatigas la salud pública? Para esto sería bueno que el protomedicato(17) hiciese que los sabios profesores de la facultad al principio de toda peste tuviesen sus asambleas y en ellas sus disertaciones sobre la naturaleza del mal devorador; que después de consultar la experiencia y los autores, indagaran la causa de la enfermedad y propusieran los remedios más eficaces ya exp[e]rimentados, y diesen una instrucción a la prensa, sencilla e inteligible a todos, previniendo la causa del mal, sus precauciones y el método curativo en sus principios. Creo que en esto harían un grande beneficio a la humanidad y serían dignos de los más gratos y generales elogios.

VII. No sería ocioso que el mismo protomedicato por sí o por unos comisionados celosos y activos visitase a menudo las boticas (verbigracia cada mes) acompañado de sabios chímicos(18) y botánicos, pues no dejará de suceder que muchas veces no ceda el mal a la dócil disposición de la naturaleza, ni a la buena dirección del médico instruido, acaso por la ineficacia de los remedios (que merecían tirarse) o por el atolondramiento(19) con que los despache un aprendizón ignorante.

VIII. Por último, sería útil, justo y necesario que no se sepultara ningún cadáver en la iglesia dentro de poblado. La práctica contraria es un abuso indecente y pernicioso. Nadie consentirá que pongan un perro muerto en la pieza de la casa donde asiste, y nosotros no nos cansamos de rellenar de cuerpos podridos y hediondos la casa del Señor de la Majestad, convirtiendo sin asco en un inmundo albañal el lugar santo y terrible destinado sólo al sacrificio y oración.

Es también, como dije, y como han dicho otros mil, muy pernicioso, porque aquel aire corrompido y apestado que exhalan los cuerpos muertos por los respiraderos de las tarimas, lo reciben los vivos en sus pulmones y pueden con la mayor facilidad mezclarse con la sangre y enfermarlos, y no sólo, sino que uno de éstos puede contagiar a diez, diez a ciento y ciento a toda la ciudad, de suerte que este abuso intolerable puede ocasionar frecuentemente las pestes más funestas.

Es espantoso el daño que ha causado el aire envenenado en estos lugares de putrefacción. Algunos han muerto al instante de abrir una sepultura. Otro sacristán corrió la misma desgraciada suerte al abrir una iglesia, y así muchos. Éstas son las funestidades visibles, ¿cuántas y cuáles serán las que no se conocen?

La costumbre de enterrar fuera de poblado fue enseñada en tiempo inmemorial: así lo practicaron griegos y romanos, también los hebreos y aun los cristianos, como lo prueban las catacumbas de los extramuros de Roma, que eran los cementerios o panteones donde depositaban sus cadáveres.

La santa Iglesia ha tolerado, pero no ha sancionado el uso contrario. La de España, conforme al Concilio Eliberitano(20) celebrado a principios del siglo IV, observó exactamente la disciplina antigua de sepultar fuera de poblado, y por espacio de once siglos no hubo la menor transgresión.

Los mismos reyes fueron los primeros protectores en esta materia tan interesante, haciendo construir cementerios fuera de poblado. Tales son en España el de Yévenes, el del Pardo, el de San Ildefonso y otros.(a)

Para facilitar esta loable costumbre sería bueno que los señores curas de esta capital, ayudados por sus feligreses, construyesen en los arrabales, y si pudiera ser, en lugares eminentes, otros tantos cementerios cuantas son las parroquias; que éstos fueran espaciosos, enteramente descubiertos, y con sus altares decentes en ellos, y sus lugares distinguidos para sepultar en éstos cadáveres iguales.

Hecho esto, nada perderían los señores párrocos de sus derechos ni los ricos de su lujo. Además, los entierros serían con mayor pompa, porque podría haber unos carros magníficos fúnebres para conducir los cadáveres de éstos y otros más llanitos para los pobres. Las asistencias serían en coche o a pie, según la facultad de los dolientes. Pero sería muy preciso arreglar los aranceles con la mayor consideración.

Finalmente, el proyecto es de los más interesantes a la salud pública, y más en el día, como también de lo más fácil de practicarse; pero ni los señores curas, ni el pueblo, ni los hombres sabios ni sensibles bastarán a verificarlo, si un poder superior y unos brazos robustos no coadyuvan a exterminar con su autoridad y ejemplo un abuso tan pernicioso y arraigado.

Éstas son las propuestas que he querido dar a luz en obsequio de la humanidad: acaso serán el objeto de la crítica, poco importa con tal que haya un sabio sensible que ilustre y amplifique mis ideas o que exponga las suyas con el mismo objeto. Yo me contentaré con que se crea que mis intenciones no llevan otra mira que el de ser útil de algún modo a mis semejantes.


El Pensador Mexicano

Puede imprimirse. México, 4 de marzo de 1813.


Doctor Beristáin(21)

 


 

(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, 1813.

(2) amarilla muerte. Cf. nota 18 a los Avisos de El Pensador.

(3) segur. Hacha grande que usaban los lictores, ministros de justicia, entre los romanos. De ahí proviene su asociación con la muerte.

(4) físicos. Arcaísmo para designar al médico o profesor de medicina.

(5) guerra intestina. Considerada como tal porque, según la ley, todos los implicados en ella eran españoles.

(6) Piedad. Se hallaba fuera de la capital. Hoy en el D. F. El templo, a cargo de los dominicos, fue abierto al culto el 2 de febrero de 1652.

(7) Remedios. Según la leyenda, la virgen se mostró a un hombre llamado Juan en el Cerro de los Pájaros. Ahora se alza allí su santuario. Por petición del regidor García de Albornoz, el Ayuntamiento de México acordó levantar una capilla a la virgen el 30 de abril de 1574. Se terminó en agosto de 1575. En 1628 se le agregaron bóvedas y cúpulas. Era una imagen muy venerada en la época virreinal, y se traía a la Catedral en las grandes calamidades públicas.

(8) Guadalupe. Después de varios templos edificados para culto de la virgen de Guadalupe, se erigió un templo mayor. Se puso la primera piedra el 12 de marzo de 1695 y se concluyó en 1790. Está ubicada en la Villa de Guadalupe, a distancia de una legua de la capital y a orillas de la laguna de México. Éste es el que Fernández de Lizardi conoció como templo de la virgen. La capilla llamada del Cerrito, donde primeramente se apareció la virgen, fue erigida en el siglo XVIII. Por su parte, la imagen estuvo en el palacio episcopal, en la hoy calle de Arzobispado, hoy de la Moneda, y después en la Catedral. Cuando se comenzó a construir una ermita de adobe en el Tepeyac fue llevada, según la leyenda, en 1533, donde estuvo durante noventa años.

(9) Ángeles. En la inundación de la ciudad de México en 1580, Izayoque, cacique de barrio, encontró una imagen pintada en un lienzo. Hizo sacar de ella una copia en la pared de su adoratorio hecho de adobes. En 1595 se construyó allí una capilla. En 1722 ésta se reconstruyó; pero en 1755 estaba nuevamente en ruinas. Pedro Vizcaíno inició la edificación de la iglesia. En 1776 José de Haro hizo una capilla nueva. Poco después se inició el templo, que se terminó en 1808. Después tuvo a su lado un cementerio y una casa de ejercicios espirituales que mandó hacer José María de Santiago. Desde fines del siglo XIX está a cargo de los jesuitas.

(10) Santa Teresa la Antigua. O San José. Convento fundado por sor Inés de la Cruz y sor Mariana de la Encarnación, que habían sido concepcionistas. Se fundó con aprobación de Paulo V y Felipe III.

(11) estambre. De stamen: urdimbre, materia, naturaleza.

(12) I Jn. 14,11 y 10, 37. También citado en El Quijote II, 25 y II, 50.

(13) "El carretero y Hércules" de Félix María Samaniego: "En un atolladero / el carro se atascó de Juan Regaña; / él a nada se mueve ni se amaña, / pero jura muy bien. ¡Gran carretero! / A Hércules invocó, y el Dios le dice: 'Aligera la carga, ceja un tanto, / quita ahora ese canto. / ¿Está?' 'Sí', le responde, 'Ya lo hice' / 'Pues enarbola el látigo, y con eso / puedes ya caminar'. De esta manera, / arreando a la Mohína y la Roncera, / salió Juan de su carro del suceso. / Si haces lo que estuviere de tu partepide al cielo favor, y ha de ayudarte." Cf. Las mejores fábulas del mundoop. cit. p. 169.

(14) Juliano Apóstata, sucesor de Constancio en el Imperio. Fray Luis de León cita a Juliano en De los nombres de Cristo, libro II, epístola II.

(15) Se usaban fumigaciones "emolientes (vapores de agua caliente y de la cocción de planas malváceas); las hay excitantes (vapores de la cocción de plantas muy aromáticas, como el alcohol o las tinturas etéreas); las sulfurosas se aplican en la piel; las fumigaciones secas se obtienen hirviendo mezclas compuestas de bálsamos, gomas, resinas, azufre, cinabrio, oropimienta, etcétera. Cf. Litré y Robin,Dictionaire de Médicine, de Chirugie, et de Pharmacie, 12ª ed., París, J. B. Baillière et Fils, 1865, p. 631.

(16) ensolvadas. De ensolvarse, vulgarismo por azolvarse, obstruirse un conducto o cauce. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(17) protomedicato. El órgano administrativo superior de la profesión médica. Fue un tribunal y junta examinadora que otorgó licencias para ejercer las profesiones de médico, farmacéutico y especialista en obstetricia o flebotomía. También este tribunal fijaba el precio de los medicamentos. Desde 1788 administró el Jardín Botánico. En México se organizó en 1646 y fue suprimido en 1813. Cf. José Álvarez Amézquita et al., Historia de la salubridad y asistencia en México, México, Secretaría de Salubridad y Asistencia, 1960, t. III, pp. 151 y 161.

(18) chímicos. "El que profesa el arte de la chímica, y lo mismo que alchimista". Cf.Dic. de autoridades.

(19) atolondramiento. Aturdimiento, proceder sin reflexión.

(20) Concilio Eliberitano. El Iliberitanum se celebró en el año 302. En el capítulo I del tomo II de El Periquillo Sarniento, "Trata Periquillo de quitarse el luto, y se discute sobre los abusos de los funerales, pésames, entierros, lutos, etcétera", se dice: "Desde la peste del año de [1]813, aboliéndose el envejecido abuso de sepultarse los cadáveres en las iglesias, y dándoles sepulcro en los campos santos suburbios conforme a las determinaciones de los Concilios. ¡Ojalá no se olvide, ni haya sus infracciones toleradas o impunes!"

(a) Memorial Literario de Madrid número 38, página 227 [Memorial Literario, Instructivo y Curioso de la Corte de Madrid, Madrid, Imprenta Real, García Vega y Repullés, 1784-1808, 53 volúmenes más láminas. "Se publicó con alternativas suspensiones hasta 1806, volviendo a aparecer el 10 de enero de 1808, para terminar el 20 de mayo de 1808. De este último año son 14 números, 306 p. al núm. 9 acompaña una visita de Valencia, dibujada por Rodríguez, y grabada por P. Vicente.

"La colección de este periódico es rara. Se divide en tres épocas: 1ª 1784-1791, 21 vols.; 2ª: 1793-1797, 18 vols.; 3ª Madrid, García y Vega; y Repullés, 1801-1808, 14 vols. Constituye la más extensa bibliografía del siglo XVIII y el más exacto reflejo de las ideas y gustos de aquellos tiempos. Se hace la descripción de las obras que se iban publicando, y la revista crítica de teatros. Consideramos una colección completa de gran valor en el comercio." Cf. Antonio Palau y Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, 2ª ed., corregida y aumentada por el autor, Barcelona, Librería Palau, 1954-1955, t. VIII, p. 477].

(21) José Mariano Beristáin de Souza (1756-1817). Erudito mexicano que fue presidente del gobierno arzobispal desde el año de 1809. Autor de la Biblioteca hispanoamericana septentrional, México, 1816-1821 y Ameca, 1883.