PRÓLOGO
En una carta y su contestación
Señor Pensador: he leído con gusto la obrita de usted que tituló El Periquillo Sarniento, y con decirle que la he leído con gusto, la alabo bastante, porque soy poco amiga de leer, y tal ha de ser un libro para que no me canse y merezca que le vea el fin, favor que me ha debido El Periquillo de usted.
Entre otros frutos que he sacado de la lectura de esa historieta, uno ha sido(1)reflesionar en el empeño con que critica usted las costumbres de los hombres extraviados, la sal con que procura ridiculizar los vicios más groseros y el conato que pone en divertir e instruir a sus lectores.
Pero, señor Pensador, ¿todo ha de ser a costa de los hombres y para el provecho de ellos? ¿Nunca se ha de acordar usted de las mujeres para darles una enjabonadita?(2) ¿Cree usted que somos irreprensibles, o le parece que nos haría un agravio con emplear su pluma en nuestra correción? Advierta usted que en nuestro sexo hay muchos abusos y muchas preocupaciones perniciosas, comenzando desde nuestra primera educación. El amor propio nos ciega más que a ustedes; y los hombres, cuando dicen que nos aman, no hacen sino empeñarse en cegarnos más.
Síguese que pocos autores, o tal vez ninguno, han escrito contra nuestros defectos en un estilo que nos pique,(3) nos enseñe, corrija y divierta. Casi cuantos hasta hoy han escrito sobre esta materia, se han dividido en dos bandos: unos han tratado de instruir a nuestros padres acerca del modo de educarnos, amontonándoles bellos rasgos metafísicos, bastante erudición y un sinnúmero de reglas, acaso impracticables. Los otros no se han entretenido sino en satirizarnos hasta lo más inocente, en llenarnos de oprobios y en procurar excitar la risa de sus lectores a nuestra costa.
Ya ve usted que si el fin de los primeros es laudable, ha sido igualmente infructuoso, porque las niñas, que algún día han de ser madres, por lo común no son aficionadas a esta clase de lecturas serias y(4) que parece no habla con ellas.
El fin de los segundos es demasiado soez e indigno, pues hablan mal de lo mismo que apetecen, sólo por saciar su espíritu locuaz y maldiciente.
Sería, pues, una empresa recomendable dar a luz una obrita que, sin zaherir generalmente al sexo, ridiculizara los defectos más comunes que en él se advierten.
Tal clase de trabajo sería útil y digno de nuestro aprecio, pues lo leeríamos con gusto, creyendo no estar comprendidas en aquella pintura; y a nuestras solas o a sangre fría, advertiríamos que en muchas materias la sátira y la reprehensión recaían sobre nosotras, que éramos los legítimos prototipos de aquellos retratos imaginarios.
El plan de esta obrita presenta desde luego un espacioso campo, no sólo para divertirnos y satirizar nuestros defectos, sino para instruir a los padres y madres acerca de nuestra educación, para descubrir los ardides y artificios de que se valen los hombres para seducirnos y arruinarnos, y para enseñarnos los antídotos más eficaces para precavernos.
Un librito semejante puesto en las manos de una niña de diez años, produciría mejores efectos que los de la diversión y pasatiempo; pues a la hora crítica se vendrían muchos lancecillos a la memoria de la tal niña, y contendrían como con un freno sus primeros desordenados movimientos.
En fin, señor Pensador, yo estoy paseándome en unos prados deliciosos que no existen, estoy recomendando el mérito de una obra que deseo y no se ha escrito. Quisiera a la verdad que probara usted su pluma para este utilísimo trabajo. Su(5)genio de usted, serio y observativo, su poco o mucho mundo que tenga, su estilo adecuado para el caso,(a) me hacen creer que si emprende este trabajo, no puede ser de ninguna manera infructuoso.
Conque anímese usted y coadyuve con(6) los buenos deseos que tengo de abrir los ojos a las damas. Ello, ya advierto que es algo dificultoso; pero lo fácil ni contrae mérito ni demanda recomendación ni elogios. Lo arduo sí se debe emprender, aunque no se consiga, porque sólo el pretenderlo es digno de la estimación universal.
Estos generosos sentimientos, fruto de la lectura de El Periquillo, han agitado mi fantasía y puesto la pluma en mi mano para suplicarle(7) a usted, aunque sin mérito, que escriba una cotorra(8) o lo que quiera, según la idea que le presento, y de su atención y cortesía espero no quedará desairada su incógnita servidora que besa su mano. La Curiosa.
RESPUESTA
Señorita: la idea de usted es liberal, sus deseos apreciables y su estilo insinuante.
A pesar de todo esto, conozco lo débil de mi talento y lo mal cortado de mi pluma para emplearlos en semejante obra.
Pero aun suponiéndome capaz de desempeñar el designio de usted, no quisiera conciliarme el aborrecimiento del bello sexo, que sería como necesaria consecuencia de las verdades que estampara.
Confieso a usted, con la mayor sencillez, que sea por mi edad,(9) por mi constitución enfermiza,(10) por el conocimiento de mi ningún mérito, por mi experiencia, por mi corta fortuna o por lo que usted quiera, no me atrevo a mendigar los favores de las mis señoras; y así el temer hablar contra algunos defectos o preocupaciones de muchas, no es por excusar sus dengues(11) ni desvíos, sino porque presumo que algunas me contarán en el número de los segundos escritores que usted menciona.
Yo creo que algo conozco a las mujeres, y por una constante experiencia y observación, he echado mis pronósticos a muchas, y casi siempre los he visto cumplidos al pie de la letra, lo que me hace pensar que quizá escribiría con tino en la materia; pero cuando así fuera, no podía menos que granjearme una porción de enemigas, que a veces son más terribles que enemigos; y lo peor es que me las adquiriría a mi pesar, pues no escribiría mi obra, ni acusaría de ningún defecto a las damas, del que no recayera la culpa en la mayor parte de los hombres, lo que era un bello modo de lisonjearlas.
Pero si todo este artificio no bastaba, ¿qué haríamos sino sufrir su terrible anatema y exponernos a ser el blanco de sus maldiciones y tijeretadas inexcusables?
Mas después de todo, yo no he de desairar a usted. Voy a escribir una obrita y ésta no será una novela, sino una historia verdadera, que he presenciado, y cuyos personajes usted conoce.
Por ventura se acordará usted bien de la Quijotita y su prima, damas harto conocidas(12) en esta capital. Pues la historia de estas madamas voy a escribir por complacer a usted.
La una de ellas presenta todo el fruto de una educación vulgar y maleada, y la otra el de una crianza moral y purgada de las más comunes preocupaciones.
En el contraste de estas dos educaciones se hallará la moralidad y la sátira, y en el paradero de ambas señoritas el fruto de la lectura, que será o deberá ser el temor del mal, el escarmiento y el apetito del(13) buen obrar.
Si usted no quedare complacida, el defecto estará en mi corto talento, y no en mi decidida voluntad, con que deseo servirla y me ofrezco a su disposición como su afectísimo servidor que sus pies besa. El Pensador Mexicano.
Como no todos los capítulos llevarán estampas, irán éstas numeradas, y al fin del tomo se pondrá una nota para que se sepa las páginas adonde corresponde su colocación.(15)
(2) enjabonadita. Llamar la atención, reprender. "Traer a alguien en jabón" significa que se espera la ocasión para regañarle o vengarse de él.
(a) Favor que usted me hace. [Nota omitida en 4ª.]
(8) cotorra. Ave pequeña parecida al papagayo, al loro o perico.
(9) Fernández de Lizardi tenía cuarenta y un años.
(10) Murió de tuberculosis en 1827.
(11) dengues. Melindre, afectación de delicadeza, desdén o desagrado.
(12) harto. Aunque este no es el caso, apuntamos aquí que en el habla de México se empleaba frecuentemente este adverbio de cantidad como adjetivo. Quizá sí se inspire en personajes reales. Y esto es una hipótesis factible puesto que Anastasio Arenas ha asegurado que el Periquillo Sarniento existió (véase Revista de Revistas, 10 de marzo de 1935), amén de que hay coincidencias con los personajes y situaciones de los cuales Fernández de Lizardi habla en su folleto Respuesta de El Pensador al Amigo Visitante, México, Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui, 1812.
(14) 3ª y 4ª omiten esta nota. La 2ª dice: "Nota: Se continúan recibiendo las subscripciones a esta obrita en esta oficina, calle de las Escalerillas número 11, y en la alacena de libros sita en la esquina de los portales de Mercaderes y Agustinos, al precio de medio real por cada número (dándoles las estampas gratis) que se pagarán al tiempo de su entrega. Las personas que gusten suscribirse por tomos, lo harán en dichos parajes a doce reales cada uno que se pagarán adelantados y se les entregará[n] encuadernados a la rústica."
(15) En el cajón de Domingo Llano se abrió la subscripción a la continuación de El Pensador Mexicano.