[PRIMER] DIÁLOGO CRITICO

 

El muerto y el sacristán



Critica el sacristán la inconstancia de las mujeres interesables,
la mala fe de algunos albaceas, la falsedad de los amigos y otras cosas(1)

 

 

MUERTO: ¡Ah, señor sacristán!

SACRISTÁN: ¡Válgame el cielo!

Al encender la lámpara jurara

que oí una triste voz, y era de muerto,

y aunque no los respeto, sin embargo,

estoy solo en la iglesia y tengo miedo.

MUERTO: Hermano sacristán.

SACRISTÁN: ¡Jesús me ampare!

Ya esto no es aprensión, es caso cierto;

hermano, dice, y yo no lo conozco,

uno tuve nomás, y ése en convento

no se enterró, sino en el camposanto,

porque para los pobres no se hicieron

sepulcros conventuales, ni panteones,

bóvedas, urnas, piras, monumentos...

MUERTO: ¡Ah, sacristán! ¡Ah Sacristán, he dicho!

SACRISTÁN: Que no soy sacristán, sino perrero,

advierta su merced, señor difunto,

y que ya se me encrespan los cabellos

se me doblan las corvas, y los dientes

unos con otros han formado pleito

de oír su terrible voz, y si lo miro,

no quedarán muy limpios mis gregüescos.(2)

MUERTO: Venga acá, picarón sacristancillo,

¿cómo dice que no es sino perrero,

cuando yo lo sé bien, y esta mañana

al enterrarme me robó un pañuelo?

SACRISTÁN: Son gajes del oficio.

MUERTO: ¿Y los vestidos

que robó al oficial, mi compañero?

SACRISTÁN: Son percances también.

MUERTO: ¿Y los cabitos(3)

que pudieran servir para renuevos?

SACRISTÁN: Ésos son parvedades de materia?

MUERTO: ¿Y las mentiras?

SACRISTÁN: Fue porque pensaba

que era muy fácil engañar a un muerto.

MUERTO: ¿Y con qué fundamento lo ha pensado?

SACRISTÁN: ¿Cómo con qué, señor, pues no lo vemos?,

¿qué no engañan a ustedes cada rato

sus albaceas, sus hijos y herederos?

MUERTO: Es verdad, es verdad, sacristancillo,

y no es lo peor, sino que no lo creemos

hasta después que atados, pies y manos,

nos zampan bien seguros acá dentro;

pero arrímate más, mira, no temas;

ven, acércate; ven platicaremos,

que aunque me digas tú mil disparates,

nada te haré, que estoy muy sin aliento.

Oye, dime, ¿estuviste en mi casa?

SACRISTÁN: Esta tarde fui a traer los candeleros.

MUERTO: ¿Y qué hace mi mujer? ¿La pobrecita

está muy fatigada y sin consuelo?

¿Llora mucho por mí; dime, no duerme?

¿Ha tomado, aunque a fuerza, el alimento?

¿Pero qué ha de tomar? Tal vez la vida

le costará el pesar...

SACRISTÁN: No tema usted eso,

porque según yo vi, muy de otra suerte

piensa la señorita...

MUERTO: No lo creo.

SACRISTÁN: Si ella es mujer ¿qué duda su inconstancia?

MUERTO: Si me amaba la pobre con extremo.

SACRISTÁN: Con más, en el velorio vi trataba

a cierto joven.

MUERTO: No puede ser eso,

porque era mi mujer la más honrada.

SACRISTÁN: Pueda ser que ahora ya no quiera serlo.

MUERTO: ¿Y qué extremos le viste?

SACRISTÁN: Una friolera:

tomando chocolate solos ellos

en un rincón, y lejos de las velas,

vi que le daba, sí, muchos consuelos,

los que ella cariñosa compensaba,

pues se dejaban oír algunos truenos

de cuando en cuando.

MUERTO: ¿Como de qué cosa

eran los truenos?

SACRISTÁN: Nada, sólo besos.

MUERTO: ¡Jesús, hombre! ¿Es posible tal infamia?

SACRISTÁN: ¿Pues qué lo duda usted? Ya todo está hecho,

bien puede, sí, contar con que ya tiene

lugarteniente el maridal empleo,

y apenas pasarán los nueve días

se hará el apetecido casamiento.

MUERTO: Con razón, con razón esa maldita

con tanta mezquindad trató mi cuerpo,

mira tú qué camisa que me puso

tan llena de piltrafas y remiendos;

mira qué pantalones tan rompidos;(4)

más decentes están los del co[c]hero;

¿no ves las medias?(5) Vaya, si es vergüenza,

todas son puntos, comas y agujeros;

¿qué costaba a la ingrata me vistieran

con buena ropa, cuando tres roperos

dejé apretados de ella? ¡Oh, mundo, mundo,

y qué claros que son tus devaneos!

¡Oh, mujer la más vil y más ingrata!,

qué mal pagaste...

SACRISTÁN: Vamos, señor muerto,

no tuvo ella la culpa, le aseguro.

MUERTO: ¿Pues quién pudo tenerla?

SACRISTÁN: Su cortejo.

Quería poner a usted de punta en blanco(6)

pero él le dijo: déjese usted de eso;

el muerto, muerto está, lo que conviene

es ver por lo que queda, y en efecto

gran lástima me da toda la plata

que tiene de costarnos el entierro;

pero porque no digan, es preciso;

si no yo se lo haría de doce pesos.

MUERTO: ¿Qué señas tiene ese hombre que me dices?

SACRISTÁN: Si es que yo con el susto ahora me acuerdo,

es un alto de cuerpo, chaparrito,

gordi-delgado, de color trigueño,

tiene su pelo propio, es advertencia,

que otros también lo tienen, aunque ajeno.

MUERTO: ¿Sabes cómo se llama?

SACRISTÁN: Me parece

que no tiene otro nombre que don Pedro,

y se apellida...

MUERTO: Basta, no lo digas,

ya sé quién es, ¡ah mundo lisonjero!,

ese perro traidor es mi albacea.

SACRISTÁN: Pues yo pienso que no, sino heredero.

MUERTO: ¡Ah infame, infame, cómo me engañaste!

¡Cuántas hipocresías!, ¡cuánto embeleco

usó conmigo para persuadirme

a sus interesables pensamientos!

¡Qué lágrimas fingidas! ¡Qué recados!(7)

¡Qué continuas visitas! ¡Qué desvelos!

¡Qué pruebas de amistad la más sincera

me dispensaba cuando estuve enfermo!

Me engañó, me engañó, por vida tuya;

yo creí que era mi amigo verdadero,

que cuidaría mis hijos como suyos,

que cumpliría puntual mi testamento,

que pagaría mis deudas al instante

y haría por mi alma cuando había dispuesto.

¡Ah!, si hubiera advertido sus infamias,

¡cuándo lo dejo yo, cuándo lo dejo

de albacea!, pues don Juan...

SACRISTÁN: Hubiera sido,

pudiera ser que peor, sino lo mesmo;

porque en siendo ladrón el albacea,

lo mismo tiene Juan que tiene Pedro.

MUERTO: Yo creo que son muy pocos los ladrones.

SACRISTÁN: Y yo que son muy pocos los que hay buenos.

El interés, señor, es el demonio,

prostituye al mejor a mil excesos;

nada es el gusto, la opinión, la vida,

los vínculos de sangre más estrechos

y la alma misma; todo se pospone

cuando se trata de adquirir dinero.

Ésta es una verdad tan conocida,

que es ociosa probarla con ejemplos;

y éstos son tan comunes, que por dicha

pudiéramos tener el no tenerlos.

Atropella una niña su decoro

por el ruido agradable de los pesos.

El mercader, ¿qué, con que se condene,

si ofrecen más ganancia sus efectos?

Y como logre el nombre de pudiente,

¿qué importa lo apelliden usurero?

El letrado venal, como le ofrezca

más la parte contraria, ¡pobre pleito!

Un tostón(8) sobra al médico ignorante

para matar en breve al pobre enfermo.

En siendo interesable el boticario

despacha un quid pro quo,(9) pero corriendo;

no es justo, dice, vaya la receta

a dar en otra parte este provecho.

Como el cajero no sea escrupuloso,

y tenga un bailecito o un festejo,

él ha de quedar bien, aunque le pierda

al amo o el cajón todo el respeto.

Mas para qué me canso, si así es todo.

¿Y habiendo de ser los albaceas lo menos?

MUERTO: Mucho hablas, sacristán.

SACRISTÁN: Bien lo conozco;

pero también conozco que no miento.

MUERTO: ¿Sabes si ya pagó mis dependencias?

SACRISTÁN: Cuando él se muera se acordará de eso.

MUERTO: ¡Pobres de mis criaturas!

SACRISTÁN: ¡Pobrecitas!,

¿cuánto han de ver de su caudal ni medio?(10)

MUERTO: ¿Tan malo es mi albacea?

SACRISTÁN: Sin duda alguna;

es más ladrón que Gestas y el pescuezo

apostaré, señor, a que no paga

tal vez ni los derechos del entierro.

MUERTO: Pues menos pagará doscientas misas

que por mi alma mandé.

SACRISTÁN: Así lo creo.

MUERTO: Menos dará a los pobres las limosnas,

a cuyo fin dejé quinientos pesos.

SACRISTÁN: Eso no tiene duda, él es bien pobre,

y le harán los quinientos buen provecho.

MUERTO: Y mientras, ¿qué haré yo, sacristancillo,

allá en el purgatorio?

SACRISTÁN: Jugar cientos;(11)

si no, unos alburitos.(12)

MUERTO: No te burles,

que allá no hay juegos, todos son tormentos.

SACRISTÁN: Eso habían de haber visto cuando vivos,

usted y otros difuntos majaderos,(13)

que mandan a sus almas mil sufragios,

que quieren restituir después de muertos,

y disponen limosnas a los pobres,

cuando en su vida no les daban medio.

¿Y eso es por caridad? No, sino sólo

porque llevar no pueden su dinero.

MUERTO: Eres muy hablador.

SACRISTÁN: Pues más dijera;

pero no puedo ya sufrir el sueño.

MUERTO: ¿Volverás otra noche a platicarme?

Vaya, ¿me das palabra? Te lo ruego.

SACRISTÁN: Es regular que sí, porque lo estimo.

MUERTO: Pues a Dios, sacristán.

SACRISTÁN: A Dios, don muerto.

 

 

[SEGUNDO DIÁLOGO CRÍTICO]

SEGUNDA PARTE


Del muerto y el sacristán

MUERTO: ¡Sacristán, sacristán!

 

 

SACRISTÁN: Espere, hermano,

déjeme componer este mechero,

e iré a descerrajarle mil abrazos,

con la metralla de un millón de besos.

MUERTO: ¡Hola!, mucha confianza. ¿Cómo estamos?,

¿ya no hay temblor de piernas, ya no hay miedo?

SACRISTÁN: Ésa es pregunta ociosa, camarada,

¿pues qué no sabe usted que a todo riesgo

el temor se le pierde, en continuando

a exponerse a él, y a cada paso vemos

que lo que el hombre en el principio mira

con horror, con vergüenza o con respeto

tratado con frecuencia, perder suele

a lo mismo el rubor y miramiento?

Una niña se pone colorada

de saludar a un joven (mucho hay de esto)

conoce el riesgo, el precipicio teme,

y se avergüenza sólo de preve[e]rlo;

pero si se frecuenta la visita,

si se le dan lugar a los requiebros,

si la madre o el padre son prudentes,

si quedan en la sala solo ellos,

si se habla de casorio, si hay monedas,

llevóse al diablo la vergüenza y miedo;

si siguen las llanezas sin reparo,

en son de unos triviales pasatiempos,

los suspiros, las ansias, las ternezas,

los ósculos, retozos, manoseos;

y si es el joven pícaro (que hay muchos),

sigue a todo la afrenta y vilipendio,

y la que era doncella recatada

es una alquiladora de su cuerpo.

MUERTO: En fin, eres mordaz, sacristancillo;

en todo halla materia tu mal genio

para rajar(13a) del próximo... Mas digo,

¿aún no compones bien ese mechero?,(14)

que yo quiero que hablemos de mi asunto,

pues no me importan nada los ajenos.

SACRISTÁN: Vamos... ya está concluido, ya lo abrazo;

¿cómo va con los diablos?

MUERTO: De los perros,

¿y a ti cómo te va?

SACRISTÁN: De los coyotes

me va a mí con los hombres, ¡qué perversos

hay entre ellos! ¡Jesús! Peores que el diablo

he tratado hombres yo; ¡qué lisonjeros!,

¡qué impíos, qué falsos hay y qué ladrones!,

¡qué de egoístas abundan estos tiempos!

Ninguno atiende al bien de sus hermanos,

sino a su conveniencia y a su provecho;

y como puedan, hacen muchas veces,

para el logro fatal de sus intentos,

escala de la ruina del vecino,

por más que lo repugne el Evangelio;

y así, ¡qué de calumnias, qué de trampas,

qué ardides usa el hombre, qué de enredos

por derribar a otro hombre, si es preciso,

para poner en planta sus proyectos!,

y aunque éste pierda la opinión, la haci[e]nda,

y a aquél se lleve el diablo, ¿qué importa eso,

si se logra el destino, el acomodo,

el interés y gajes del empleo?

No es crítica supuesta ni mentiras;

verdades gordas son, que ven los ciegos,

y si usted no las cree, señor difunto,

oiga unos ejemplillos...

MUERTO: Bueno, bueno,

me doy por satisfecho. Dime, amigo,

¿mi mujer se ha casado?

SACRISTÁN: Dicho y hecho.

Buena estuvo la boda a lo callado;

y aunque se ha diferido su festejo

para de aquí a seis meses, sin embargo,

hubo espléndida mesa y gran refresco.

MUERTO: ¡Oh, mujer, oh mujer la más indigna!

Mal pagaste mi amor y mis extremos.(15)

¡Oh cuántas, cuántas veces me dijiste,

ojalá, hijito, vaya yo primero!

SACRISTÁN: Sí, todas quieren ir, ¿sabe usted adónde?,

a ajustar de los hombres el entierro.

MUERTO: Si no supiera que eres tan honrado,

creer no pudiera lo que estoy oyendo.

¿Si vieras, sacristán, con qué ternura

regaba con sus lágrimas mi lecho?

SACRISTÁN: Eso era de pesar, no fuera el diablo

que le acertara al mal algún remedio

y quedara usted sano, porque entonces

se frustraba el segundo casamiento.

MUERTO: ¿Posible es, Sacristán?

SACRISTÁN: ¿Posible sólo?

Efectivo, que es peor. Los fingimientos

en las mujeres son muy a lo vivo,

no les cuestan las lágrimas dinero;

y en esto de engañar son tan astutas,

que al hombre más mañoso se las echo

(como suele decirse) sin navaja,

y les pongo ocho a seis sin ningún riesgo.

Pues usted, ¿qué entendió, que lo adoraba,

y que sería su llanto sempiterno,

que miraría a los hombres como estatuas

y se entraría a vivir en un convento?

Pues todo lo contrario ha sucedido.

MUERTO: ¿Y se acuerda de mí?

SACRISTÁN: A cada momento

por cualquiera cosilla, si se ofrece,

rajan a usted, los dos de medio a medio.(16)

"Mis palabras, dice ella, no le ofendan";

pero su natural era bien recio,

malos ratos me dio, Dios lo perdone:

lo hacía la edad, el pobre ya era viejo;

con eso era mezquino el angelito,

celoso, impertinente, majadero,

ya lo pedía la tierra; sí, ya estaba

desaliñado, sucio, gargajiento...

¡Jesús, qué asco! ¡Jesús! No se me acuerde

lo que pasé con él, ya está en el Cielo."

Y luego sigue el otro...

MUERTO: Calla, calla;

mira tú, ¡qué mujer!, ¡mira qué perro!

¿Cómo no se enfadaba la puercona

con mi casa, mi mesa y mi dinero?

SACRISTÁN: Tenía alguna razón.

MUERTO: ¿Tú la disculpas?

SACRISTÁN: Y culpo a usted y a esotros pobres necios,

que aunque al espejo vean sus cuatro canas,

sus encías divorciadas de los huesos,

sus trémulas cabezas, sus arrugas

y toda su vejez, si tienen pesos,

creen se pueden unir enero y julio

y resultar un buen temperamento;

les parece muy fácil que la nieve

no se derrita al calor del fuego;

consultan con sus antojo y al instante

se proponen un lindo casamiento;

buscan una muchacha retozona,

y como sea bonita, aunque su genio

no se haya exp[e]rimentado, poco importa;

ella es criatura, dicen, el dinero

suplirá, mira, mis defectos, y sin duda,

se hará a mi modo dentro breve tiempo.

Hallan la novia, que han mujeres tontas

que sólo se enamoran de los pesos

y dejarán Adonis y Narcisos

por los ricos Saturnos. En efecto,

se hacen éstas sus cuentas, que es regalo;

¿qué importa, dicen, niña, que sea viejo

don fulano, si es rico, tiene coche,

y una casa, si vieras, como un cielo?

¿Qué he de hacer con un mono de mampara

de estos curros(17) planchados y sin medio?

Por más que sea buen mozo, si es pelado,(18)

me pasaré una vida de los perros;

pero con este novio es otra cosa:

tendré modas, tertulias, Coliseo;(19)

no dejaré San Ángel,(20) Tacubaya,(21)

Alameda,(22) Ixtacalco(23) ni paseos

donde no me divierta; al fin de todo,

él por lo natural, morirá presto,

estoy bien informada, y ya me han dicho

que no tiene parientes ni herederos,

conque lograda esta ocasión preciosa,

yo quedaré muchacha y con dinero.

Así se engañan uno y otro bobo,

y se efectúa muy pronto el casamiento.

Al principio, ¡qué gustos!, ¡qué dulzuras!,

todas son complacencias y festejos;

él cree que tiene un ángel humanado,

ella que está en la gloria cuando menos;

hasta que el viejo vuelve en sí y advierte

que el caudal por la posta va saliendo,(24)

y como es, en los viejos, la codicia

el pecado mortal más lisonjero...

(no hablo con todos, pues, no escrupulice;

al que le venga el saco, buen provecho)...(25)

advierte, como digo, que se acaba

el principal(26) en bailes y paseos,

y ya cuando se le habla de estas cosas,

le pone a su mujer cara de herrero;(27)

les amarra el hocico a las talegas,

y el gasto sale, pero muy estrecho;

sin embargo, prosiguen las visitas,

y al viejo no le agrada tampoco eso,

porque no le enamoren la señora

y porque no le coman el almuerzo;

procura desterrarlas con mal modo,

ella se enfada, síguense los celos,

los que él confirma viendo su disgusto,

que pasa en pocos días a mil desprecios;

no la deja salir ni a misa sola.

Ya de esto nace el aborrecimiento,

de éste la poca fe, y en dos palabras,

se lleva el diablo pronto el casamiento.

¿Y una mujer como éstas, es extraño

se alegre que el marido se haya muerto?;

¿que no hable de él muy bien, ni que se case

para olvidar al viejo lo más presto?

MUERTO: Ya dije: mi mujer me quería mucho.

SACRISTÁN: Digo que es falso, fueron fingimientos,

si así no hubiera sido, ¿se casara?

Pues conozca su amor por los efectos.

Abrid los ojos, mozas inocentes;

abrid los ojos, desgraciados viejos;

y a Dios que ya me voy, porque amanece.

MUERTO: ¿No vuelves otra noche?

SACRISTÁN: Lo veremos.

Yo volveré, si advierto que a los vivos

les gustan mis tertulias con los muertos.

 


 

 


(1) Lo concerniente a los Diálogos críticos aparece en la Nota Editorial. No conseguimos los folletos que los forman, editados aisladamente, es por ello que tomamos los que aparecieron en Ratos entretenidos, México, reimpreso en la Oficina de Alejandro Valdés, calle de Santo Domingo [hoy República del Brasil] esquina Tacuba [además de las calles que conservan este nombre, lo llevaban las de las Escalerillas, Santa Clara, San Andrés, Mariscala, hasta llegar al pueblo de Tacuba que fue independiente y actualmente forma parte de la ciudad e México], 1819, tomos I y II. Hemos dado un orden a los diálogos, pese a que no es el original, y esto es así por las ausencias antes mencionadas. Paul Radin en Some Newly Discovered Poems and Pamphlets of J. J. Fernández de Lizardi (El Pensador Mexicano) consigna: "Tercero diálogo crítico. El crítico y el poeta. This evidently followed the second part of El muerto y el sacristán for the pagination begins where that of the latter left off", San Francisco, Sutro Branch California State Library, 1940 (Occasional Papers. Mexican History Series, núm. 1), p. 15. Más adelante aclara: "As far as I can discover neither the first nor the second part of this dialogue were known as separate pamphlet before. They were both reprinted in Lizardi's Ratos entretenidos, pp. 1-18. In the Diálogos críticos sobre diferentes asuntos given by González Obregón in this bibliography published in El libro y el pueblo, vol. IV, 1925, there is a dialogue of Lizardi's by this name wich, presumably, is identical with ours. As I never seen theDiálogos críticos mentioned by Obregón, Y cannot however be certain, particulary since El muerto y el sacristán is the third one in the collection mentioned by him whereas the pagination of the pamphlets in the possession of the Sutro Library indicates that they must be regarded as numbers one and two. Since the Library has a Tercero diálogo wich continues the pagination of El muerto y el sacristán, it is probable that the Diálogo crítico given by Obregón represent a collection distinct from the one in wich the El muerto y el sacristán were posses was included."

(2) gregüescos. Calzones muy anchos que se usaban, según la Real Academia, en los siglos XVI y XVII. Al parecer en México su uso se extendió hasta el siglo XIX.

(3) cabitos. Corresponde a la acepción 19 que consigna la Real Academia: piezas sueltas que se usan con el vestido y que son aditamentos o adornos, pero partes principales de él.

(4) rompidos. Participio pasado del verbo romper frecuente en el habla rural de México.

(5) medias. En algunas partes de América, calcetines. Cf. Santamaría. Desde los siglos XV al XX se usó un calzado de punto que cubría la pierna desde la rodilla hacia abajo. "Llamose assi por ser la mitad de la calza que cubre tambien el muslo." Cf.Dic. de autoridades. O sea que eran las medias calzas que sólo cubrían hasta la rodilla.

(6) de punto en blanco. Vestido de etiqueta o con el mayor esmero.

(7) recados. Memoria o recuerdo de la estimación o cariño que se tiene a una persona. O bien regalo, presente, por lo que en la carta que le acompaña se pone: con recado. También significa saludos.

(8) tostón. Moneda de plata de cuatro reales en el sistema monetario antiguo. En el actual, cincuenta centavos. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(9) quid pro quo. Una cosa por otra. Por extensión, confusión o error.

(10) medio. Al establecerse la moneda mexicana dentro del sistema decimal, teniendo como unidad el peso, éste tuvo un valor de ocho reales. Un real equivalía a doce centavos y medio, y medio real a seis y tres cuartos.

(11) cientos. Juego de naipes que generalmente se juega entre dos, y el primero que llega a hacer cien puntos gana la suerte.

(12) alburitos. Albur: es el juego del monte, las dos primeras cartas que saca el banquero. Puerta es la primera carta. Con una o dos barajas corrientes se sientan alrededor de una mesa el que hace de banquero y los puntos. El banquero baraja una de ellas y la da a cortar. En seguida, sacando por debajo de la baceta, pone la primera carta que sale, teniendo la baraja vuelta, a su derecha, y la segunda, que también saca por debajo de la bacera, a su izquierda (el albur).

(13) majadero. Grosero, gente inoportuna.

(13a) rajar. Desacreditar, hablar mal de alguno en son de reto. En México es más frecuente el uso de "rajar"  en sentido de denunciar, de hacer público algo que debería mantenerse en secreto.

(14) mechero. Lámpara que tenía una gruesa mecha o hilaza torcida que se hundía en un recipiente de aceite y por el otro extremo se encendía; era una forma de alumbrar más barata y corriente que una vela de cera, pero despedía olor y humo. (Nota que nos remite José Rojas Garcidueñas).

(15) extremos. Manifestación vehemente de afecto.

(16) de medio a medio. Por mitad, en sentido figurado, completamente, por entero.

(17) curro. Señorito; señor bien puesto. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(18) pelado. Sin recursos, específicamente sin dinero. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(19) Coliseo. Desde su estreno en 1753 fue el teatro principal de la capital de la República. Por más de un siglo se le llamó Coliseo Nuevo. Luego, Teatro de México y Teatro Principal. Estaba en la calle de Coliseo Nuevo, antes Colegio de Niñas y ahora tercera de Bolívar. Se incendió en 1931.

(20) San Ángel. Zona suroeste de la ciudad. Actualmente se llama Villa Obregón.

(21) Tacubaya. Actualmente parte del D. F. En tiempo de Fernández de Lizardi era un pueblo que distaba de la ciudad de México unas siete mil varas. Cf. Diccionario universal de historia y geografía, México, Escalante, 1854, vol. V, p. 1008.

(22) Alameda. Las calles que la rodeaban recibían el nombre de San Juan de Dios y Santa Veracruz, hoy Avenida Hidalgo; calle del Mirador, ubicada hacia donde estuvo la pérgola de la Alameda, y la de San Diego. Actualmente la rodean: Avenida Hidalgo, Avenida Juárez, Ángela Peralta y Doctor Mora.

(23) Ixtacalco. Pueblo de la municipalidad de Ixtapalapa, D. F., a orillas del canal de Santa Anita. Antes fue cabecera de la municipalidad de Ixtacalco, que quedó extinguida al ejecutarse la ley de organización política y municipal, año de 1903.

(24) por la posta va saliendo. También se emplea "arrancar por la posta": con prontitud.

(25) al que le venga el saco, buen provecho. Generalmente se usa "al que le venga el saco, que se lo ponga" (o que se lo plante). Expresión que se agrega cuando se dice una indirecta o ironía hiriente con respecto a la persona a quien puede aludirse con lo que se ha dicho. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(26) principal. El caudal que primero se atiende y tiene accesorio, rédito o costas. Equivale a capital.

(27) cara de herrero. Equivale a cara de vinagre o de pocos amigos.