PESCOZÓN DE EL PENSADOR
AL CIUDADANO CENSOR(1)

 

 

Acá lo somos de usted señor Ciudadano Censor(2) y censor del señor Alcocer…(3)¡Una friolera! Ha de saberse usted para bien saber y mejor contar, que la otra noche asistí en una concurrencia donde se trató del papel de usted que titulóCensura de Un Ciudadano a la Carta Instructiva del Ex-Diputado, etcétera, y fueron tantos los elogios que le hicieron dos tenderos, un lego, el barbero del dueño de la casa, el sastre, que por casualidad se halló presente, cuatro viejas y algunas señoras que allí había, fueron tantas, repito, las alabanzas que hacían a su papel, que si usted las ha oído se le va la cabeza seguramente, y a la hora de ésta ya estuviera censurando al mismo Areópago de Atenas.(4)

Uno decía: —Este papel sí que está sabio. Otro: —Y cómo que lo está: así se escribe. El lego añadía: —Completo. El ciudadano lo entiende. ¿Qué nos importa que nos ilustren o expliquen la Constitución?(5) Ya la entendemos enteramente bien. —Eso mismo digo yo, prosiguió el sastre, ¿para qué queremos que nos expliquen los derechos de soberanía ni menos las leyes? Eso de leyes se queda para los leyedores y las soberanías para los soberanos, que a nosotros bastáranos saber que hay leyes y reyes y no queremos meternos en dibujos. —Muy bien dicho, gritaba una vieja chicarrón;(6) vea usted qué novedades nos quieren hacer creer estos malditos: ¡que la soberanía reside en la nación!(7) ¡Jesús de mi alma y qué mentira! Sí, mentira, mentira declarada, cuando sabemos que el rey es dueño de vidas y haciendas. Esto me lo enseñaron en la miga,(8) de modo que si se le antoja horcar al señor diputado y darme su curato, lo puede hacer sin que haiga(9) quien le diga tus ni mus;(10) porque ya se sabe, y es casi artículo de fe, que con el rey y la Inquisición, chitón.(11) Conque vean ustedes y qué bien dice el Ciudadano que se dejen de explicarnos doctrinas nuevas. ¡Ay!, ¡qué bien me acuerdo orita orita del difunto cura de mi tierra que la otra vez que anduvieron con estas cosas, en cuanto nuestro Católico volvió a España, pateó la Constitución en el púlpito, la descomulgó, dijo que los que la habían hecho eran tan herejes como Hidalgo y Morelos, y toda ella, sin que se escapara una letra, estaba llenita de herejías.

Luego nos predicó, con los santos apóstoles, san Pedro y san Pablo, que llegará un tiempo en que vendrían los falsos profetas,(12) procurseadores del anticristo, que nos enseñarían a desobedecer a las legítimas autoridades, a menospreciar el Santo Tribunal y otras picardías como éstas, haciéndonos creer que lo prieto es blanco y lo blanco de color de zapote prieto.(13)

Éstas y otras muchas cosas nos decía el santo cura, que de Dios goce, y cuando acabó su sermón, hizo pedazos ese librote de la Constitución, nos tiró con ellos a la cara diciendo, así como yo hago pedazos este brodio,(14) este compendio de todas las herejías del mundo, así sean hechas migajas las infernales obras de los Pufendores, Hobbes, Dous, Lo[c]kes y Filangieris,(15) cuya maldita cizaña tanto ha fructificado en nuestros días, con daño conocido del Estado, de la religión y de vosotros mismos…

Tanta cólera hizo el alma mía del señor cura, que ni bendición nos quiso echar. Lloraba la gente sin consuelo, y con razón, porque nos habían engañado esos malditos liberales, que yo no sé por qué les dicen así, pues son más mezquinos que Judas. En la otra Constitución les pedí limosna a dos o tres, y ninguno me dio ni claco,(16) y desde entonces menos los puedo ver.

Al señor Ciudadanito de mi alma y de mi vida sí que lo quiero mucho, aunque no conozco a su mercé,(17) sino es para servirlo, le de hacer una comunión por su intención, sólo porque es muy cristiano y nos da buenos consejos.

Otra comunión tengo ofrecida porque pongan en la cárcel a El Pensador como la otra vez,(18) por perro sacrílego que les anda dando de cuartazos a los pobres padres fernandinos,(19) sin respeto de su santo hábito ni de su dignidad sacerdotal; y otra comunión tengo ofrecida a santa Rita de Casia, que es abogada de imposibles,(20) solo porque vuelvan a patear los padres la Constitución, porque se vuelva a poner el Santo Tribunal, y porque se quite, aunque no quieran las Cortes, esa maldita libertad de imprenta, que sólo sirve de engordar la bolsa a los impresores, de mantener tanto muchacho vagamundo(21) y de sembrar la herejía por todas partes.

Aquí concluyó la venerable vieja su discurso; a nadie dejó qué decir. Un palmoteo general fue el premio debido a su elocuencia, repitiéndose los vivas a doña Eufrasia y al Ciudadano Censor. Yo no pude permanecer más tiempo entre tanto necio, y así me marché para la calle, con ánimo de contarle a usted este pasaje.

Sí, señor Ciudadano: éstos son los frutos que se deben esperar de unos papeles semejantes, de unos papeles que indirectamente atacan la libertad de imprenta, so color de moderantismo, religión, piedad y amor al rey; pero que en realidad son perniciosos, pues pretender que el pueblo no se ilustre, es lo mismo que pretender que nunca jamás sea religioso, fiel al rey ni amante a la nación. Vamos por partes.

Dice usted en su famosa Censura: “déjense ustedes de ilustrarnos la Constitución; porque los españoles de ambos hemisferios no estamos ya en la clase de los hotentotes…” Luego alguna vez estuvimos. Muchísimas gracias por tantos favores. Pero sí, según aquel ya, alguna vez estuvimos, en esa clase de hotentotes o animalotes ¿no se servirá usted decirme en qué época, o por qué medios salimos de tan miserable estado?

Añade usted: “entendemos lo necesario para la observancia de la Constitución”. Dé usted por negada la generalidad, pues de que los instruidos, y usted entre ellos, entiendan la Constitución, no se infiere que la entiendan todos, que es lo que puntualmente se necesita.

Que no la entienden todos, es bien claro. ¡Qué digo todos!, la mayor parte del pueblo no sólo ignora los principios de derecho que tuvieron presentes las Cortes para sancionar todos y cada uno de sus artículos: no sólo no conoce el saludable objeto con que se hizo, no sólo no advierte las ventajas que le proporciona esta mutación de gobierno, no sólo no alcanza por qué se ofrece por su medio la felicidad del Estado; pero ni sabe lo que significan muchas palabras que ve escritas.

Pregunte usted a infinitos, no ya vulgares conocidos, sino a muchísimos que no se tienen por vulgares; pregúnteles usted qué quiere decir por ejemplo: que la Soberanía reside esencialmente en la nación. Que son españoles los libertos desde que adquieren libertad en las Españas;(22) que los españoles que sean reputados por originarios de África, obtendrán carta de ciudadano de las Cortes por algún servicio calificado que hicieren a la patria, etcétera, con la condición de que sean hijos de padres ingenuos, de que estén casados con mujer ingenua, etcétera.(23) Pregunte usted muchas de estas cosas, y verá usted qué pocos se las responden con acierto. Luego es falsísimo que entiendan todos la Constitución, y de consiguiente es muy necesario el explicársela. El otro día, por averiguar la proposición de usted, le dije a un carbonero: —“Me alegro, hijo, que ya eres español.” ¿Qué piensa usted que hizo el indio? Se sonrió, y me dijo: —“Amo, seor pagre, no lo eres gachopín,(24) sino natoral de Monte Alto.”(25) No me valió explicarle que no era español por haber nacido en la Península, sino por vivir bajo las mismas leyes que los españoles, por gozar sus mismos privilegios y por reputarse ya una sola nación en sus dos Continentes. Yo prediqué en desierto. El carbonero no hubo forma de decir siquiera que era español, sino que se aferró en que yo lo engañaba, pues él era indio criollo del Monte Alto. Haga usted igual prueba a ver si sale el mismo resultado.

Eso es constante, dirá usted; mas tan torpe ignorancia es solamente propia del pueblo bajo. ¡Ay amigo! ¿Y le parece a usted que el pueblo bajo es la parte que menos interesa al Estado por su número y por su utilidad? Pues no es así. El honrado artesano en su taller, el triste soldado en la campaña y el robusto gañán sobre los campos son, a pesar de su ignorancia, muy más útiles a la nación que el canónigo flojo, el proyectista fantasmón y el rico holgazán(a) que no hacen sino sobrecargar la sociedad y dilapidar las riquezas que heredaron u obtuvieron sabe Dios cómo.

Por lo mismo, este pueblo bajo, pero grande; ignorante, pero útil, es acreedor a que de todos modos se le ilustre, para hacerlo cada vez más grande y más útil a la sociedad que fomenta. Sí, sabios todos de este reino: estos pobrecitos ignorantes reclaman imperiosamente vuestras luces, y vosotros debéis consagrar vuestras vigilias a su ilustración entendidos, yo os lo juro, de que así llenaréis los deberes de vuestro ministerio, sirviendo mejor a Dios, al rey y a la nación, que no con el silencio que se os quiere exigir capciosamente.

Prosigue usted, señor Ciudadano, diciendo que nos protesta que ni usted ni sus compañeros, que son muchos, quieren explicaciones sobre derechos de soberanía ni de leyes antiguas y modernas. ¡Qué satisfacción! Cuando no quieren explicaciones sobre esto, será porque lo entienden, y si lo entienden, entenderán cuanto hay que saber sobre ello, lo que no dijera Solón, Licurgo ni el non plus de los legisladores y jurisconsultos del mundo.

Pero permitamos a ustedes tan universal y difícil extensión de conocimientos. ¿Porque ustedes la tienen, la tendrán todos? No; luego, los que no la tengan la necesitan, y los que la necesitan la querrán, pues deje usted que se le dé pan al que tiene hambre, y no porque tenga habilitada su despensa, piense que todos hallan qué comer al mediodía.

Lo más bonito es lo que sigue. Dice usted que no quiere “la explicación de las leyes antiguas y modernas, cuya inteligencia y observancia toca a los tribunales para administrar la justicia en su caso y en su vez”. Es decir, que esta inteligencia y observancia sólo pertenece exclusivamente a los tribunales y de ninguna manera a usted, ni al pueblo. Así se colige del sentido de la proposición y del espíritu del papel de usted de principio a fin; en cuyo caso, ocioso es que a los soldados les lean las leyes penales, pues en entendiéndolas sus jefes para aplicárselas, con eso basta.

Si dice usted que no quiso decir eso, ya está cogido. Vea usted cómo: o tocaexclusivamente a los tribunales la inteligencia y observancia de las leyes, o toca a éstos y al pueblo en general. Si lo primero, solamente a los jueces debe ahorcar, porque sólo a ellos toca la inteligencia y observancia de la ley. Si lo segundo, esto es, si también al pueblo toca la observancia de la ley, es menester que se la expliquen, porque no la podemos cumplir sin entenderla, y en este caso, la proposición de ustedes es falsa y errónea en todas sus partes.

Vea usted cómo absuelve este dilema y cómo se zafa de este lazo, mientras yo digo que la inteligencia y observancia de la ley nos toca a todos, desde el rey hasta el último de los plebeyos. De consiguiente, nunca estará por demás el explicarla; antes bien, la ley se obedece mejor cuando más se entiende y se vive satisfecho de la justicia con que se sancionó. Así es que el pueblo y los tribunales necesitan entender las leyes lo mejor que puedan. Aquél para observarlas, y éstos para hacerlas observar, administrando recta justicia en su caso y en su vez como usted dice.

Ya usted ve que me dejo en el tintero muchas cositas que merecían su sacudida, como es aquello de que “quemará nuestros papeluchos”, que “ilustren a Descartes, Newton, san Agustín, santo Tomás”, etcétera, lo del “cuartazo del cochero” y otras puerilidades semejantes que las honra mucho quien las critica.

Pero no dejaré sin contestación tres puntitos que me tocan en el quinto párrafo de su papel.

1. Dice usted que es mi amigo, aunque no me conoce, y que me es un tantoaficionado. Yo también le estoy un tanto agradecido, y vea usted que estamos tantos a tantos, y en punto de amistad, órdago.(26)

2. Dice usted que soy un sabio desgraciado. Se equivoca de medio a medio.(27) El verdadero sabio es el que, sobre unos vastos conocimientos en las ciencias, posee un gran fondo de virtud, y entonces nunca es desgraciado porque

Cedere temporibus sapiens vir debet iniquus

El varón sabio siempre se conforma con su suerte, aunque sea la más adversa. Según esto, vea usted cuánto me falta para ser sabio. Virtud y conocimientos científicos… Una niñería.

3. Prosigue usted diciendo que yo he dicho que “es moda escribir para pane lucrando”, esto es, para comer, porque nos entiendan todos. Protesto a usted ingenuamente que no me acuerdo si tal cosa se me ha escapado de la pluma, y sería muy bueno que citara usted el lugar para que no lo tengan por sospechoso.

Lo que he dicho e impreso es que “cuando escribo trato de conciliar mi interés particular con la utilidad común”,(28) y esto ¿qué tiene de nuevo ni de malo? Ni uno he visto yo que trabaje de balde para el público, aunque a éste le resulte beneficio de su trabajo.

El labrador, el artesano, el comerciante, el letrado, el sacerdote, el médico… en una palabra, todos los que sirven al público; ¿pues por qué no ha de gozar iguales ventajas el escritor que impende más difíciles tareas en beneficio de sus semejantes?

Iba a concluir, pero me ocurren dos preguntitas que hacer a usted. La primera: ¿por qué no dio usted su papel de balde? La segunda: la utilidad que sacó de él, ¿la dio a los santos lugares de Jerusalén, la repartió entre los pobres de la cárcel o se la embolsó bonitamente? Esto último hizo, y lo sé sin preguntarlo. Pues entonces, hermano, usted también escribe para pane lucrando, y esto se llama caer en el mismo vicio que en mí condena, si fuera vicio el percibir una ratera utilidad por un trabajo tan penoso.

Concluyo, pues, señor Ciudadano, suplicándole que no escriba lo primero que se le venga a las mientes, sino escriba con juicio y solidez materias dignas. Instruya, si puede, al pueblo en sus derechos para que los reclame, y en los ajenos para que los respete. Vea usted por su alma y por su honor, pues ya dicen malas lenguas que usted es hermanito carnal de El Entremetido de Puebla(29) y de otros entremetidos de otras partes.

Sépase usted y sepan cuantos nos quieran inspirar las horrorosas ideas del servilismo, que estaré en atalaya de todos sus escritos, y aunque se vengan en traje de peregrinos, de piadosos, de cristianos, de fernandinos, de ciudadanos o de fariseos, yo los expulgaré, yo conoceré sus malicias, yo les presentaré al público en su verdadero punto de vista, quitándoles el antifaz o la máscara de amor al rey, moderantismo, religión, etcétera, con que pretenden alucinar a los incautos y revolvernos la conserva.

Seamos todos legítimos constitucionales y no hipócritas, y verá usted cómo la religión es más honrada, el rey más amado y la nación más florida.

En fin, o hemos de ser constitucionales completos, o hemos de andar a cuartazos y pescozones.

Espero de la ilustración y docilidad de usted que desde hoy empleará su pluma en objeto tan digno y tan sagrado, con lo que se acreditará de verdadero constitucional, como lo es su afectísimo señor que besa su mano.

 

J[osé JoaquínF[ernández deL[izardi]

 


 

(1) México, Oficina de don Mariano Ontiveros, calle del Espíritu Santo [Cf. nota 1 aLa igualdad en los oficios], año de 1820.

(2) Alude a Censura de un Ciudadano a la carta instructiva del ex-diputado y a la contestación de El Fernandino Constitucional, México, Imprenta de Arizpe, 1820, 4 pp. Firma El Ciudadano.

(3) José Miguel Guridi y Alcocer. Cf. nota 3 al Primer cuartazo…

(4) Areópago de Atenas. Colina rocosa que se alza al oeste de la Acrópolis de Atenas, en el que se reunía el antiguo Consejo de Atenas. Según la leyenda, los doce dioses mayores del Olimpo se reunieron allí para juzgar a Ares por haber matado a Hallirotio. En el capítulo XVIII de los Hechos de los Apóstoles se dice que en esta colina san Pablo pronunció su discurso en defensa del cristianismo.

(5) Constitución. Cf. nota 4 a El día nueve de julio.

(6) chicharrón. Muy arrugado por la edad. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(7) Cf. nota 14 al Primer cuartazo…

(8) miga. Por la amiga. Escuela de primeras letras para niñas de seis o siete a diez y once años, donde enseñaban a leer, escribir, contar, doctrina cristiana, coser, remendar, tejer, bordar, y tal vez buenos modales.

(9) haiga. Vulgarismo por haya, frecuente en el habla de México.

(10) sin… quien le diga tus ni mus. Sin decir palabra.

(11) En “Sobre la Inquisición” (núm. 5 al t. II de El Pensador Mexicano del jueves 30 de septiembre de 1813), Fernández de Lizardi escribe: “Era el común proloquio que defendía y patrocinaba el despotismo de este Tribunal decir: ‘Con el rey y la Inquisición, chitón.’” Cf. Obras III, op. cit., p. 176. En el número 15 de El Conductor Eléctrico escribe esta décima: “con la Inquisiciónchitón / comúnmente se decía; / la verdad era herejía; / la defensa, obstinación. / Tribunal, en conclusión, / fue el más cruel en su ejercicio, / a la virtud con el vicio / ignorante confundió, / y obrando tan mal, logró / el nombre de Santo Oficio”. Cf. Obras IV, op. cit., p. 362.

(12) II P. 2, 1 y Ti. 4, 1-2.

(13) zapote prieto. Del mexicano tzapotl. Fruto del árbol de las zapotáceas. Es de color negro y se prepara con zumo de naranja o de limón y azúcar. Hay un refrán que dice: “Tener más valor que el que se comió el primer zapote prieto” o “Tener más valor que el que se comió zapote prieto”.

(14) brodio. Por bodrio; aunque este vocablo proviene de brodium. Brodio quiere decir mescolanza de diversos platillos o de restos de ellos, que se daba a los pobres o a los limosneros, es decir, restos o sobras de comida, juntos y revueltos; en sentido figurado, viene a ser revoltillo despreciable y repugnante.

(15) Usando sinécdoque añude a Puffendorf, Duns Scoto, John Locke y Cayetano Filangieri.

(16) claco. Por tlaco. Cf. nota 14 a los Avisos de El Pensador.

(17) mercé. Tratamiento de cortesía usado con aquellos que no tienen título o grado. En el campo de México todavía se emplea, aunque cada vez es más raro.

(18) Cf. nota 13 a Respuestillas sueltas.

(19) Cf. los dos números precedentes.

(20) Rita de Casia, cuyo verdadero nombre era Margarita; se le invoca en España como abogada de los imposibles.

(21) vagamundo. Forma arcaica de vagabundo.

(22) Título I. “De la nación española y de los españoles”, capítulo II. “De los españoles”, artículo 5, inciso cuarto.

(23) Título I. capítulo IV, “De los ciudadanos españoles, artículo 22: “A los españoles que por cualquiera línea son habidos y reputados por originarios del África, les queda abierta la puerta de la virtud y del merecimiento para ser ciudadanos: en su consecuencia las Cortes concederán carta de ciudadano á los que hicieron servicios calificados á la Patria, ó a los que se distingan por su talento, aplicación y conducta, con la condición de que sean hijos de legítimo matrimonio de padres ingenuos; de que estén casados con mujer ingenua, y avecindados en los dominios de las Españas, y de que ejerzan alguna profesión, oficio o industria útil con un capital propio.” Cf. J. E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos, op. cit., t. IV, p. 88.

(24) gachopín. Por gachupín. Cf. nota 3 a la Reflexión patriótica

(25) Monte Alto. La Sierra de Monte Alto prolonga hacia el norte con la Sierra de las Cruces. Forma parte del eje volcánico que limita al oeste a la Cuenca de México. En su vertiente este, nacen los ríos de los Remedios y de Tlalnepantla.

(a) Atiéndase, no se habla en general, sino de los flojos holgazanes y viciosos que comen sin trabajar y a expensas del pueblo. ¡Cuánto más se pudiera decir sobre esto!

(26) órdago. De excelente o superior calidad.

(27) de medio a medio. Cf. nota 16 a El muerto y el sacristán.

(28) En “Advertencias preliminares” a La Quijotita y su prima.

(29) El Entremetido a los entremetidos, Impreso en Puebla, y por su original en México, Oficina de Ontiveros, 1820, 4 pp. Critica dos folletos: El Ciudadano a sus conciudadanos españoles y Enfermedad y muerte desgraciada del pobre Entremetido, Puebla, Imprenta del Gobierno, reimpreso en México en la de don Alejandro Valdés, 1820, 4 pp. El Entremetido era el seudónimo de Diego Martín de Tovar Valderrama.