PÉSAME QUE EL PENSADOR MEXICANO
DA AL EXCELENTÍSIMO SEÑOR GENERALÍSIMO
DE LAS ARMAS DE AMÉRICA, DON AGUSTÍN DE ITURBIDE
En la muerte del excelentísimo señor DON JUAN DE O'DONOJÚ, teniente general de los ejércitos españoles, Gran Cruz de las Órdenes de Carlos III y San Hermenegildo, capitán general y jefe político que fue de la Nueva España, y uno de los regentes del Imperio, etcétera, etcétera, etcétera.(1)
EXCELENTÍSIMO SEÑOR:
Cuando la inexorable Parca nos arrebata de los brazos la preciosa vida del excelentísimo señor don Juan O'Donojú,(2) en los momentos en que debía eternizarse su existencia, rechaza el fatal golpe en el sensible corazón de vuestra excelencia, y la tristeza que se asoma desde luego a su semblante nos asegura el justo sentimiento de que se halla penetrado su espíritu por la falta de un tan noble amigo y compañero.
Sí, excelentísimo señor, es muy justo el sentimiento de vuestra excelencia, sentimiento que debe ser común a todo español, a todo americano agradecido, porque vuestra excelencia ha perdido un virtuoso colega, un noble amigo y un varón ilustre que le habría ayudado a dirigir las riendas del gobierno con acierto, y los habitantes de este imperio hemos perdido un amigo generoso y un desinteresado defensor de nuestros derechos... ¡Oh muerte atroz!¡Oh Parca inexorable!, tú te complaces en asestar tus tiros contra las vidas más preciosas y en los tiempos que son más necesarias.
¿Por qué nos arrebataste de entre los vivientes al héroe catalán antes de haberlo nosotros conocido, antes de haber examinado sus virtudes ni recibido beneficios por su influjo? ¡Ah!, su falta entonces hubiera sido grande, y su pérdida sensible y dolorosa a su familia y al estado, pero la América no habría gustado un cáliz tan amargo.
¡Oh muerte!, ¡muerte cruel y vengativa! Sí, yo veo tu negro y descarnado brazo enarbolar la homicida guadaña y descargar el alevoso golpe sobre este varón, a todas luces benemérito, porque se adunó con nuestro heroico jefe y cooperó a arrancar de tus garras mil y mil víctimas que ansiaras por sacrificar en estos días. Gloríate, monstruo cruel, horror de la naturaleza, gloríate porque con un solo golpe has dejado tu venganza superabundantemente satisfecha.
¿Qué importa que este excelentísimo señor, con su prudencia y su fina política, hubiera escapado mil vidas de tu mano, si dejó la suya expuesta a tus rigores? La suya, digo, más apreciable a todo buen americano que muchas en que pudo haberse cebado tu furor incansable y sanguinario.
Glóriate, lo repito, tirano de los seres animados; ya estará tu venganza satisfecha, ya nos arrebatasteis una vida digna de haber existido por los siglos, ya el grande O'Donojú te acaba de pagar el forzoso tributo de la naturaleza, ya dejó de vivir entre los hombres, ya lo sepultaste en la horrorosa sima de la huesa, y sus cenizas las cubrirá el olvido, y ya, en fin, O'Donojú murió.
¿Pero cómo puede morir un héroe que nació para ser inmortal entre los hombres? No, [el] excelentísimo señor O'Donojú no ha muerto, es ilusión. La muerte pudo apartar su persona de nuestra vista, pero no borrará sus virtudes de nuestra gratitud. Él existe en el corazón de vuestra excelencia, y existirá en el de todo americano mientras haya hombres buenos en el mundo.
Él era católico sin fanatismo, valiente sin crueldad, sabio sin afectación, político sin intrigas, amigo sin falsedad, y justo a toda prueba.
Por esto, luego que pisó las playas de este opulento imperio, cuando tenía bien afianzada en los ojos la venda del engaño, y cuando creía que el anhelo por nuestra Independencia no era efecto de una nación movida en masa, sino una parcial revolución de algunos malcontentos, trató de conciliar los ánimos, exhortándonos a la paz, ofreciéndonos su amistad, y prometiendo separarse de nosotros siempre que no nos fuera agradable su gobierno. ¡Heroica humildad y desinterés inaudito en estos países!(3)
Pero, apenas se corresponde con vuestra excelencia y sabe el estado y voluntad de la nación, cuando, soltando los diques a sus conocimientos políticos y a sus filantrópicos sentimientos, derrama su humanidad y sabiduría en la famosa Proclamaque dirige al gobernador de Veracruz con fecha de 26 de agosto.
No es menester sino leer alguno de sus períodos para concebir cuánta era la ilustración, imparcialidad, política, integridad, firmeza, humanidad y justificación de este grande hombre. "La humanidad se resiente (dice el gobernador de Veracruz) al contemplar el negro cuadro de padres e hijos, hermanos y hermanos, amigos y amigos que se persiguen y se sacrifican; de provincias que habitaron hombres de un mismo origen, de una misma religión, protegidos por las mismas leyes, hablando un idioma, y teniendo iguales costumbres incendiadas y devastadas(a) por aquellos que pocos meses antes las cultivaron afanosos, fiando a su fertilidad la esperanza de su alimento y el de sus familias, felices cuando gozaron la paz, desgraciadas, indigentes, vagamundas y menesterosas en la guerra. Sólo un corazón amasado con hiel y con ponzoña puede prever sin estremecerse tamañas desventuras. ¿Y qué sacrificio no hará gustosa una alma bien formada, si ha de evitar, con él, trabajos, sangre, muerte y exterminio? He, vuestra señoría, aquí, señor gobernador, las reflexiones que me habrían arrebatado a firmar el Tratado(b) que servirá de cimiento a la eterna alianza de dos naciones, destinadas por la Providencia y ya designadas por la política a ser grandes y ocupar un lugar muy distinguido en el mundo, aun cuando no hubiese estado, como lo estoy,(c) convencido de la justicia que asiste a toda sociedad para pronunciar su libertad y defenderla, a par de la vida de sus individuos, de la inutilidad de cuantos esfuerzos se hagan, de cuantos diques se opongan, para contener este sagrado torrente, una vez que haya emprendido su curso majestuoso y sublime... El español que, por miras particulares o un privado interés, no conviene con el sentir común de sus compatriotas sobre desconocer lo que le conviene, está limitado a un círculo muy estrecho, no tiene formada una idea justa de que su nación basta para hacer la felicidad de sus individuos, y no es digno hijo de una patria generosa, liberal y equitativa."
Tal es el modo con que se explica el inmortal O'Donojú. No conoce más idioma que el de la verdad y la razón, y lo emplea con gracia y claridad en favor de los americanos.
Avergüéncense y confúndanse los enemigos de nuestra libertad y nuestra patria, a vista de los ejemplos de justificación, filantropía y generosidad que les daba por palabra, por escrito y por obra este excelentísimo español.
Su excelencia nada debía a la América: apenas había tratado a los americanos; ni conocía la dulzura de su carácter, ni se había condecorado con nuestros empleos, ni enriquecido con el oro de nuestra tierra y, sin embargo, su alma grande, ocupada de la más heroica virtud, se desata en elogios de sus indígenas, y trata, por todos los medios que le dictaba su prudencia, de tener parte en nuestra común felicidad, como la tuvo. ¡Oh, O'Donojú!, tu nombre se escribirá con caracteres indelebles en nuestros corazones, y tu memoria nos será grata eternamente, así como nos será triste la de algunos monstruos de ingratitud y de perfidia que, debiendo a la América lo que son, les pesa que hayamos sacudido las ignominiosas cadenas de nuestra envejecida esclavitud, nos miran con un odio de serpientes, quisieran devorarnos con los ojos, y no cesan de tramar conspiraciones para volver a subyugarnos. Pero, ¡ah!, vuestros esfuerzos son en vano. Ha pasado el tiempo de la ignorancia: hemos conocido ya nuestros derechos, tenemos las armas en la mano; estamos unidos y resueltos a defender nuestra libertad a toda costa. El que de vosotros no se halle bien con nuestra unión, márchese, que nadie lo detiene. El español justo, despreocupado y agradecido, que con sinceridad nos ame, quédese enhorabuena con nosotros, asegurado de que vive en su patria y entre sus hermanos y amigos.
No aborrecemos a los españoles en razón de españoles, sino en razón de malos españoles, y cuando se nos declaran enemigos; pero nos sobra el talento necesario para conocer y apreciar la virtud donde la hallamos.
La estimación que hizo vuestra excelencia del señor O'Donojú, y el sentimiento que hacemos por su muerte, prueban sin contradicción esta verdad. Él era, señor excelentísimo, un general valiente, un sabio político y, sobre todo, un hombre de bien y amigo nuestro. Justo es que nos apesaremos por su falta, y más que todos vuestra excelencia, como que lo trató más de cerca.
Siéntalo, pues, vuestra excelencia justamente, y llorémosle los americanos agradecidos, pero consolémonos con que sus virtudes lo harán inmortal entre nosotros. Su memoria pasará con elogios a las generaciones venideras. Los ancianos repetirán su nombre con aplauso, y las madres en torno de su sepulcro dirán a sus pequeños hijos: Heis aquí la urna preciosa que deposita las venerables cenizas del español O'DONOJÚ, que, en unión del heroico ITURBIDE lanzó la esclavitud de nuestra patria. A él debieron, en mucha parte, su libertad vuestros padres, y a él también le debéis el ser felices.
Semejantes reflexiones, señor excelentísimo, basten para mitigar el dolor de vuestra excelencia; y sobre todas, la de que el Dios de las misericordias, usando de ellas, como debemos creer piadosamente, abrió a su benigna alma las puertas del Paraíso, para que por eternidades requiescat in pace.
EXCELENTÍSIMO SEÑOR
su menor súbdito
[José] Joaquín Fernández de Lizardi.
(1) México, Imprenta Imperial de don Alejandro Valdés, 1821.
(2) Juan de O'Donojú (1762-1821). Capitán general y jefe superior político de Nueva España (3 de agosto a 27 de septiembre de 1821). Uno de los jefes de la masonería. Se afirma que era el 62º y último virrey de la Nueva España. No hay tal, pues el régimen constitucional de 1820 no reconocía el título de virrey. (Aclaración remitida por el maestro José Rojas Garcidueñas). Firmó con Iturbide los Tratados de Córdoba.
(3) "Inmediatamente después de haber anclado el navío Asia se trasladó O'Donojú al castillo de San Juan de Ulúa, y el 3 de agosto pasó a la ciudad, en la que fue recibido con la solemnidad acostumbrada en casos semejantes." El día en que tomó posesión de sus cargos (capitán general y jefe superior político de la Nueva España), dirigió una proclama "en la cual con un estilo embarazado, oscuro y descosido protestaba de la rectitud de sus intenciones, increpaba la precipitación con que [los habitantes de la Nueva España] habían procedido antes que las Cortes concediesen al país la representación soberana que se pretendía, y terminaba diciendo que se le pusiese a prueba, y en el caso de que su gobierno no llenase los justos deseos de los mexicanos, él mismo abandonaría el mando a la primera señal de disgusto, y dejaría libre al país para que eligiese al jefe que más le conviniera."México a través de los siglos, op. cit., t. III, p. 732.
(a) Todos saben que vuestra excelencia ha ahorrado estas desgracias con su prudencia; mas el señor O'Donojú pinta el cuadro como debía haberse visto sin vuestra excelencia, y como se vio desde el año de 10 hasta el 20.
(b) El de Córdoba. [Tratados de Córdoba. Cf. la nota 6 a El Pensador Mexicano al excelentísimo...]
(c) He aquí cómo el señor O'Donojú no obró por seducción ni por temor, como dicen algunos malos, sino convencido de la justicia de nuestra causa.