PÉSAME DE EL PENSADOR POR LA MUERTE
DE ITURBIDE A SUS APASIONADOS(1)
Conviene que muera un hombre por la salud del pueblo
Señores: con justa causa dudáis de la muerte del señor Iturbide, pues puede hacerse increíble no por las que se alegan, sino por las que no se han alegado, y los que ya estáis persuadidos de su certeza, con bastante razón os manifestáis adoloridos y quejosos por el desgraciado fin del héroe del Anáhuac.(2) Tenéis, vuelvo a decir, demasiada razón para sentirlo, porque en él contemplabais vuestro ángel tutelar, a quien debéis vuestras fortunas, o bien otros pensaban conseguirlas en su restitución al sacro trono imperial de Moctezuma;(3) una escogida porción del bello sexo tiene atormentado su corazón en las aras del dolor por la inmatura y azarosa pérdida de un joven tan bien hecho y agradable para sus bellos ojos; los señores amigos de cruces,(4) títulos, tratamientos y colgajos, han sentido la pérdida de un emperador tan liberal para dar estas brillantes distinciones, que aunque odiosas e insultantes al pueblo, eran tan ventajosas para ellos; los americanos sencillos han sentido sobre manera el trágico fin de este joven desventurado, porque él, dicen, hizo la Independencia;(5) pero ¿qué más?, yo mismo lo he sentido sobre mi corazón porque le merecí favores inesperados. Él, sin conocerme ni conocerlo, y sin solicitar su protección, me escribió de Querétaro(6) muy amistosa y políticamente, convidándome a reunirme a él, juzgándome útil para llevar al cabo su gloriosa empresa y proporcionándome los recursos que necesitara, que no admití por no gravar a la nación. En el campo siempre que lo vi le merecí un trato atento y cariñoso; en México lo mismo; y yo hubiera sido por solo su favor y sin costarme un real(7) de adulación, uno de tantos gatos que cayeron parados(8) en su gobierno, pues me hubiera colocado bien si hubiera yo transado con el difunto provisor,(9)como me lo dijo con su boca. No era tonto, y sabía respetar el fanatismo del pueblo en que vivía.
Ved, señores, cómo todos, unos por bien y otros por mal, tenemos razón para sentir la desgracia de este hombre infortunado; pero templemos nuestro dolor, examinando la causa de su ruina y adorando en silencio los decretos de la alta Providencia que siempre se desvela por nuestro bien.
Iturbide pudo haber sido feliz, tan glorioso como Washington, y habernos ahorrado un sinfín de pesadumbres, si moderara su ambición y no diera oídos a los aduladores palaciegos. ¡Oh! Si hubiera llevado los consejos que en medio de mi ignorancia le di en mi Segundo sueño,(10) después de emperador, otra fuera su suerte en el día de hoy; él hubiera sido un ciudadano con corona, o hubiera arrojado este odioso mueble a los pies de la república, satisfaciendo desengañado el voto general de la nación, y se hubiera hecho feliz con ella, quedando de presidente del Senado. Éstos eran mis votos, y poco antes de la infanda noche de Pío Marcha(11)escribí un papel de dos pliegos exhortándolo a que adoptara el sistema republicano; un pliego se llegó a imprimir de este pensamiento en la imprenta de don José María Betancourt,(12) como él y sus oficiales lo atestiguarán cuando se ofrezca; pero estaba echado el dado por asaz(13) contra Iturbide; a los dos días fue la infanda proclamación, yo tuve que sepultar mi impreso con mis ideas, y en la irremediable le escribí el Sueño citado. No digo lo que le dije al oído en la misma noche de su alucinación, porque no tengo testigos con qué probarlo.
Todo esto dice que siento la desgracia del señor Iturbide como el que más; conozco que erró, quisiera disculparlo, quisiera revivirlo, su familia infeliz recibirá mis votos; pero a fe de racional y americano, es menester considerar dos cosas: la primera, que en esta desgracia se cumplió la palabra divina; y la segunda, que obró su Providencia provisora en nuestro bien. Si logro convencer de estas dos verdades a los lectores apasionados de Iturbide, les habré dado el pésame con los consuelos que inspira la religión católica y los sentimientos patrióticos.
PRIMERA VERDAD
Iturbide murió de tal manera para cumplir la palabra eterna, y cuantos le imitaren esperen igual suerte.
Escrito está que el que a fierro mata, a fierro muere,(14) y que con la vara que uno mide es medido.(15) Cuando el señor Iturbide sirvió bajo las banderas españolas, hizo con los infelices insurgentes, o fieles americanos, lo que todos saben y yo no quiero repetir: costándome trabajo y sólo porque nadie alegue ignorancia, citar aquel clérigo desgraciado, que llevado a su presencia por insurgente, esto es, por buen americano, siendo su amigo y condiscípulo, lo acaricia, lo aquieta, le hace dar chocolate,(16) fuma con él un puro que le da y al cabo de tantas lisonjeras esperanzas con que lo anima, se levanta y le dice: he cumplido con los deberes de la amistad, réstame cumplir con los de jefe; dispóngase usted para morir, porque antes que salga de este lugar, ha de quedar pasado por las armas.(17) Aquí de los apasionados de Iturbide, ¿qué ven en sólo este hecho que no sea digno de la execración del universo? Matar a este clérigo desgraciado antes de verlo hubiera sido malo; pero la muerte así no le hubiera sido tan sensible; mas lisonjearlo, acariciarlo, infundirle confianza para después descargar sobre él el efecto de la adulación española, es una fiereza igual a la del gato que se complace en soltar al ratón, dejarlo correr un rato y martirizarlo paso a paso antes de consumar el sacrificio.
Esta crueldad y tiranía la vio Dios, y Dios siempre fiel a su palabra no pudo dejarlo sin castigo, y sin un castigo visible y espantoso. Si Dios sólo hubiera querido quitarle la vida a Iturbide desgraciadamente por este y otros hechos, pudiera hacerlo en Italia, en Londres u otra parte;(18) pero no, quiso que nos ejemplarizara su castigo, y determinó que expiara sus crímenes donde los perpetró, ¿y por qué caminos extraordinarios? Ya los vimos. Iturbide no era un tonto, bien es que ignorara su proscripción que se había decretado en el Congreso;(19) mas no ignoraba que la nación se había erigido en república y que debía tener tantos enemigos cuantos lo eran del sistema monárquico, que son casi todos; ¿pues con qué confianza se arriesga él solo a venir mal disfrazado a una tierra en donde tenía más enemigos que amigos? ¿No pudo haberse quedado en alguna isla mientras reconocía de bulto el partido con que debía contar? ¿En la misma bahía de Soto la Marina(20) no pudo haberse estado a bordo indagando quién era el comandante y cómo se hallaba la opinión? Ni se le eche la culpa a sus amigos, diciendo que lo alucinaron con sus cartas y planes lisonjeros, porque el lance a que venía a exponerse no era para fiarlo de cartas, sino para examinarlo por sí mismo; ello es que todo se le obscureció; naturalmente, no se le debía obscurecer al más lerdo, luego que... luego adorar una Providencia, un Dios sobre la material naturaleza, que a pesar de los ateístas se ha constituido en vengador de los oprimidos inocentes, bien que al mismo tiempo se contenta con el sacrificio de un corazón contrito y humillado, es misericordioso, y satisfecho con el de este joven desgraciado, le habrá perdonado sus extravíos y recogiéndolo en su seno ya morará en las mansiones celestiales. Éste es un consuelo de fe que inspira la religión a sus amigos.
SEGUNDA VERDAD
Que esta misma Divina Providencia obró en nuestro favor permitiendo la desgraciada muerte de Iturbide.
Las repetidas conspiraciones fraguadas en México y Jalisco,(21) conocidas con el nombre de iturbidianas,(22) claramente dan a entender el gran partido que por fas o por nefas(23) tenía entre nosotros este americano desgraciado; si por nuestra mala suerte se llega a internar hasta donde hubiera encontrado con un jefe amigo suyo que mandara cien fusiles, ¿cuál fuera hoy la escena que se representara en nuestro suelo? ¡Ah!, yo me estremezco, yo tiemblo al ver con la imaginación el triste cuadro que bosquejara nuestra sangre. Las tropas, los Estados y la opinión se hubieran dividido unos por él y otros por la república; en este caso, la guerra civil hubiera sido consecuencia precisa de los caprichos, y de ésta las muertes, los saqueos, los incendios y la devastación general de la patria. Unos gritarían ¡viva Agustín Primero!; otros, ¡viva la república federada! Estos gritos se mezclarían con los postrimeros ayes del soldado moribundo, de la violada doncella, del triste huérfano, de la viuda infeliz, del desconsolado padre, del inmolado sacerdote, de la desenclaustrada religiosa, y generalmente de todos; y cuando los españoles auxiliados por los reyes tiranos de la Europa, nos vieran destruidos a nuestras propias manos, vendrían a poner el yugo más ignominioso y perdurable a los que quedasen vivos y a nuestras futuras generaciones.
Señores amigos de Iturbide, estas verdades son muy claras, no podemos negarlas, séanos lícito el sentir su desgraciado fin; pero temple nuestro dolor el conocimiento de que en las críticas circunstancias del caso, si Iturbide no perece, pereceríamos nosotros, nuestros hijos, la patria toda, y entre los males inexcusables conviene que un hombre muera por la salvación total del pueblo.
La cosa es hecha, consolémonos con estas reflexiones; los ricos amigos de Iturbide y aquellos que comen por su cuenta, no empleen sus sentimientos estérilmente, sino socorran a su huérfana familia; y los demás, elevando sus votos al Eterno, digan que per misericordiam Dei requiescat in pace.
México, 7 de agosto de 1824.
El Pensador.
(1) México, Imprenta de don Mariano Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...], 1824.
(2) Anáhuac. Cf. nota 19 a La tragedia de los gatos...
(3) Moctezuma. Cf. nota 33 a Impugnación que los gatos...
(4) cruces. Cf. nota 42 a La tragedia de los gatos...
(5) Iturbide y la Independencia. Cf. notas 13 y 17 a La tragedia de los gatos...
(6) Querétaro. Cf. notas 30 y 34 a Una buena zurra...
(7) real. Cf. nota 20 a Una buena zurra...
(8) cayeron parados. Quedar siempre bien, a pesar de cualquier cambio. Santamaría, Dic. mej.
(9) Alude a Félix Flores Alatorre. Canónigo doctoral de la Catedral, provisor y vicario general del Arzobispado de México. Censuró públicamente a Fernández de Lizardi por su Defensa de los francmasones, folleto por el que Lizardi fue excomulgado. El mes de noviembre de 1822, éste escribió su Segunda defensa de los francmasones (véase Obras XII, op. cit., pp. 267-287) y Flores Alatorre renovó la excomunión. El 2 de julio de 1824, Bustamante anota: “Hoy há muerto el Canónigo Flores Alatorre, Gobernador que era de la Mitra, é Yturbidista á puño cerrado como toda su casa y familia.” Cf. Diario histórico de México, op. cit., t. II, p. 93.
(10) Segundo sueño de El Pensador Mexicano, México, Oficina de Betancourt, 1822 (en Obras XII, op. cit., pp. 25-43). Indirectamente alude a las faustos de los imperios y a las tiranías; le advierte que no crea a los aduladores; le pide que no imponga el antiguo fanatismo religioso y que conserve y apoye el Congreso.
(11) Pío Marcha. El 18 de mayo de 1822 la tropa y el pueblo proclamaron emperador a Agustín de Iturbide. El sargento Pío Marcha hizo tomar las armas a las tropas de su cuartel y se lanzó a la calle proclamando a Iturbide como “el emperador Agustín I.” El movimiento estaba preparado de antemano porque las tropas acuarteladas no investigaron el estrépito, sino que se lanzaron a la calle a secundar la proclama; la gente estaba en sobre aviso porque sólo esperaba la indicación de unos cuantos agentes para tomar parte en el suceso.
(12) Imprenta de José María Betancourt. Estaba en la segunda calle de la Monterilla número 7; esta calle fue lo que hoy son la primera y segunda de 5 de Febrero, de sur a norte.
(13) estaba echado el dado. Existe la expresión echar o dar dado falso, que expresa engaño.
(14) el que a fierro mata, a fierro muere. Rodríguez Marín registra: “Quien a hierro mata, no muere a monterazos” y “quien a hierro hiere —o mata—, a hierro muere”, en Más de 21.000 refranes..., op. cit., p. 388.
(15) con la vara que uno mide es medido. En Mt. 7, 2 y Lc. 6, 38.
(16) chocolate. En México era una bebida refrescante, hecha, generalmente, con agua.
(17) Sobre Iturbide, Zavala escribió que los “‘jefes españoles apenas llegaban a igualar en crueldad a este americano desnaturalizado’.” Donde derramó más sangre fue en el Bajío. Justo Sierra lo acusó de exagerar su celo porque no era sincero “‘y la espada de la represión se tiñó en sus manos de sangre insurgente hasta la empuñadura’.” Iturbide gustaba de exagerar en sus partes el número de fusilados. Pusieron de relieve su crueldad Vicente Rocafuerte, Carlos María de Bustamante, fray Servando Teresa de Mier y Francisco Bulnes. Las citas son de Rafael Heliodoro Valle, Iturbide, varón de Dios, en Artes de México, año XVIII, núm. 146, México, 1971, p. 21.
(18) Iturbide salió de Tacubaya con su familia el 29 de marzo de 1823; se dirigió a Veracruz, donde se embarcó rumbo a Europa. Llegó a Liorna el 20 de agosto de ese año y luego pasó a Florencia y después a Inglaterra.
(19) Iturbide fue declarado fuera de la ley el 28 de abril de 1824. El 4 de mayo salió de Londres rumbo a México con el propósito de ser, otra vez, emperador. Fue fusilado el 19 de julio de ese año. En el folleto Prisión del señor Iturbide en Londres, de 1824 (Obras XII, op. cit., pp. 669-674), Fernández de Lizardi escribió que no había “ni remotas esperanzas” de que volviera Iturbide.
(20) Soto La Marina. Municipalidad del estado de T-amaulipas, donde se encuentran la villa y el puerto del mismo nombre. En este lugar desembarcó Iturbide, el 16 de julio de 1823, y fue aprehendido por el brigadier Felipe de la Garza.
(21) Jalisco. Cf. nota 14 a La tragedia de los gatos...
(22) De 1822 a 1824 las conspiraciones se sucedieron una a otra: el coronel Márquez se pronunció en San Luis Potosí al grito de República Federal. Proponía que el poder ejecutivo lo formasen Gabriel Armijo, Zenón Fernández y F. Noriega. En Real de Catorce se sublevaron unos sargentos, cuyo único objetivo fue saquear la población; hubo otras asonadas en Querétaro y Texas. El gobernador de este último estado, Tres Palacios, se pronunció a favor del imperio; en Yucatán hubo otros levantamientos, y el obispo de Sonora se enfrentó al nuevo gobierno; en Oaxaca se instaló un Congreso; el 4 de octubre se descubrió una conspiración en la que estaban comprometidos cuerpos de la tropa y entre ellos el general Andrade, que fue diputado, posteriormente deportado a Guayaquil; a fines de1823 se levantó en Puebla Vicente Gómez, guerrillero de la primera insurrección, que fue famoso por sus crueldades, y cuya gavilla se llamó la Santa Liga, declarándose partidario del trono; en Tehuacán, Reguera se levantó en Cerro Colorado; el 12 de diciembre hubo otro motín, ahora el Regimiento de Caballería, en Querétaro; fue preso José Calvo; en el mismo mes se trató de que Puebla fuese un estado soberano bajo el gobierno de José Calderón, Manuel Posada Garduño y otros. En 1824 se insubordinó en Tepic el barón de Rosenberg, un aventurero alemán, y Eduardo García, iturbidista; además hubo la conspiración de Cuernavaca en la que estuvo implicado el propio Fernández de Lizardi. Como se ve, todos estos movimientos no tuvieron la misma bandera y hasta los hubo sin ella.