PENSAMIENTOS EXTRAORDINARIOS (1812)

(Gratis a los señores subscritores)

 

Acabamos de recibir un papel que por parecernos interesante su pronta publicación la damos en éste.(1)

Señor Pensador: ya que ha dado usted en hablar la verdad y hablarla claro, veremos si es usted hombre de publicar este papel que le envío, porque ya estoy yo, y otros como yo que no vemos con lo que perdemos. Es el caso.

Ha de saber usted que yo soy un hombre de carne y hueso como todos los hijos de Adán; tenía un ranchito en el que vivía mártir con estas cosas del día; venían los insurgentes y me robaban, venían las tropas y las regalaba, de modo que en éstas y las otras dieron cuenta de veinte o treinta vaquitas, unos cuantos novillos, treinta o cuarenta carneros, diez o doce chivos, catorce puercos de media ceba, una parvada de gallinas, y todo este desmoronamiento fue en tanto que se lo dije a usted; no me habían quedado más de unos cuantos caballitos razonables (que ya sabe usted que nosotros los payos tenemos gusto especial en esto) y algunas mulas y machos; pues sí señor, para remate del cuento se echó en el pueblo, cabecera de donde yo vivía, el Bando en que se mandó que se entregaran los caballos. ¡No sé cómo no me morí al saber tan semejante cosa!, porque quería yo mis caballos más que a mi misma mujer; como que me parió mi madre a caballo, y creo que se casó mi padre a caballo también, tal es la inclinación que tengo yo a estos animales; pero en fin, allá rezongando, sorbiendo mocos y refunfuñando yo los entregué porque sea como fuere las órdenes de nuestros superiores se han de obedecer tuerto o derecho.

Lo peor fue que no cumplieron en mi pueblo con lo que prevenía el citado Bando, porque dicen que decía que los habían de pagar por justos avalúos, y fueron tan al revés que hicieron lo que se les dio la mucha gana, y los pagaron como se les antojó; por señas que tenía un caballo moro salpicado, ancho de encuentros, de siete cuartas, cabeza chica, oreja de ratón, anca redonda, muy recogidito, cascos negros, crin partida, con una cola hermosa, apenas tenía seis años, nuevito nuevito, de una andadura que se podía llevar una taza de caldo en la mano andando encima de él sin derramarla; en fin, era tan lindo el animalito que sólo de alquilarlo para el Centurión la Semana Santa y para echar los restos en las fiestas de los pueblos, sacaba yo un dineral. ¡Alma mía de mi caballo de mi alma! Cada vez que me acuerdo de él se me rasan los ojos de agua, por vida de mi madre, y no me duele, señor Pensador, que se lo hubieran llevado para las tropas, ni que me lo hubieran tasado en veinte y cinco pesos cuando me reía yo de cien pesos con que me rogaba el señor cura de mi tierra; lo que siento es que me dicen que por ahí lo trae al retortero un insurgente pinto, con tamaña cabeza, reniego de él, si no fuera por mi pobre familia ya me hubiera yo ido por esos andurriales a ver si me topaba con él y le quitaba mi caballo; pero en fin, esto no puede ser, paciencia y barajar.

La más bonita fue que así que me quedé sin vacas, toros, puercos, caballos ni cosas que lo valiera, determiné venirme a México, pues ya no tenía qué cuidar. En efecto, escondí en unos aparejos unos cuantos mohosos que había juntado, cargué con mi familia, acomodándola, y acomodándome en las mulas y machos que me quedaron. Ya nos veníamos muy contentos, cuando en esto, señor de mi alma, que al pasar un arroyo que está entre una cañada divisamos como unos veinte diablos, por no decir insurgentes, todos de pechera y manga, y que nos pegan el grito de ¿quién vive? La fortuna que yo los conocí, y les respondí mi señora de Guadalupe; luego luego nos rodearon, y el que hacía de capitán, o lo que usted quisiere, me dijo ¿qué adónde íbamos? Yo le dije que a México a ver un tío padre que me había mandado llamar para entregarme una herencia, que luego que la recibiera me había de volver a mi rancho. ¿Dónde es?, me dijo; yo le respondí: señor, en el rancho de Piedras Negras; ah, sí, dijo el sargento, es verdad, yo conozco al señor, y he estado en su casa tres o cuatro veces con la partida de mi comandante, el difunto García. ¿Y qué tal trato les dio a ustedes el señor?, dijo el comandante. Famoso, respondió el sargento, buenas vaquillas y queso gordo comimos allí. ¿Y les llevó muy caro? No señor, dijo el sargento, que fue mi ángel de guarda. Pues bien, dijo el comandante, vayan ustedes su camino y cuidado. Fuéronse y nosotros seguimos nuestra ruta hasta México; luego que llegué vendí las mulas, tomé una casa que me gana ocho pesos (el diablo son las casas en México, se comen a la gente). Por fin, para no cansar a usted, en cinco o seis meses se me arrancó, porque donde se saca y no se echa... ya usted sabe... Estoy pereciendo, y con una... dos... tres... cuatro... cinco bocas, que más valían otros tantos abujeros(2) en una pierna, porque ¿cómo está todo? ¡Jesús! ¡Qué comerciantes tan ladrones! Cómo se valen de la ocasión. Amigo, si éstos se salvan, ni diligencia hago yo. El señor virrey mandó que se le subiera al frijol dos reales en carga, y éstos le subieron seis pesos a otro día, y así fueron subiendo a todo lo demás. Luego que el cura Morelos entró en Cuautla se encareció la panocha, azúcar y mieles. Se fue Morelos cuánto ha, y el dulce estate que te estás. Si es la harina, está a diez y seis pesos, y ya usted ve las tortitas que nos dan, y así todo. Ya se ve, no hay quien les diga yo ni arre; el señor corregidor que pudiera, no hace caso de los muchachos, ni éstos lo hacen del maestro, y a nosotros nos está llevando el diablo mientras. ¿A que no imprime usted esto, señor Pensador?

El ciudadano pobre

NOTA. Por haberme comprometido con los señores subscritores habrá de continuar este periódico por el término de la subscripción, que es decir, hasta el último jueves del próximo diciembre; pero advierto que las subscripciones se admitirán hasta el miércoles venidero, en cuyos días podrán subscribirse los señores que gusten o tengan comprados los primeros números, pues el papel está subiendo terriblemente, hoy vale a un peso la mano; y los costos de imprenta, repartidores y expendedores hacen temer que dentro de pocas semanas no se pueda dar el ejemplar a real sin perder. Lo más notable es que hay en México papel para forrar la ciudad, pero ¿cómo ha de ser? Morelos se ha puesto en la mitad del camino y estorba el paso. Regularmente no podrá venir convoy de Veracruz en muchos días, y así es preciso valerse de la ocasión ahora y hacer méritos para que nos lleve el diablo, porque quién sabe cuando la veremos más gorda.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Año de 1812. Este conjunto de Pensamientos Extraordinarios consta de cinco números (26 páginas) de numeración corrida en 4º común. Sirve de suplemento a El Pensador Mexicano de 1812. No especifican el día ni el mes de aparición, pero es posible que en su totalidad aparecieran en 1812.

(2) abujeros. Vulgarismo por agujeros.