PENSAMIENTO II(1)
SOBRE LA EXALTACIÓN DE LA NACIÓN ESPAÑOLA Y ABATIMIENTO DEL ANTIGUO DESPOTISMO
Desnuda la verdad en su ejercicio
honrará la virtud, burlará el vicio.
La soberanía reside esencialmente en la nación. ¡Oh, bello epígrafe! Digno de esculpirse con letras de oro en las portadas de los príncipes, en las antesalas de los señores y en los tribunales de los jueces, para que teniendo siempre a la vista los privilegios de la libertad del ciudadano, respetasen su inmunidad como sagrada.
Luego, que por ambos hemisferios resonó el eco de este plausible periódico, cayó derrocado el despotismo del solio que por tantos años tenía usurpado a la nación: rompiéronse sus tiránicas prisiones y fue restituida como soberana a la antigua y justa posesión de sus derechos.
Aquel Dios bueno por esencia, que en la más oscura y tempestuosa noche previene la luz del relámpago al perdido caminante para que no se precipite, hizo que a los últimos sucesos de Sevilla del año de [1]810, como el estallido del rayo, despertase esta nación soporosa, a la luz de tanto desengaño advirtiese el origen de su ruina y procurase su verdadero remedio.
Una serie no interrumpida de desgracias no había podido descubrir la fuente de donde dimanaban: ya tenía el cuello bajo el yugo, ya sentía el peso de las cadenas que la oprimían, y no veía la mano que se las echaba.
Conoció, por fin, que el común de los hombres trata más bien de engrandecerse que de ser útil a sus hermanos; que estas voces "patriotismo", "honor", "beneficencia", etcétera, son expresiones huecas en boca del egoísta y, las más veces, los más seguros aparatos para engañar a los pueblos y conseguir su exaltación sobre sus ruinas, Advirtió que así como la monarquía había padecido en brazos de los privados de los reyes, así estaba expuesta a acabar en manos de los que cada rato se constituían sus tutores: en unos por falta de vigor, en otros de talento, y en todos de probidad. Conoció que era necesario que cualquiera junta ulterior que se formase debía ser íntimamente interesada en el bien de la nación y no en su particular provecho; que para esto era menester que fuese compuesta de unos hombres verdaderamente sabios, y políticos, desinteresados y ciertos amadores de la patria; que estos hombres no estaban estancados en ninguna ciudad ni lugarejo, sino que estaban sembrados (con otros sus iguales) por toda la extensión de la monarquía; que era conforme a la razón reunirlos para el efecto deseado, y que para esto debían ser las provincias las electoras y remitentes, como que eran las únicas conocedoras de sus verdaderos beneméritos. Advirtió que en un congreso de hombres escogidos por su mérito y no por el capricho o venalidad, no podía introducirse tan fácilmente la intriga, y que no es tan frecuente seducir a trescientos como a diez o a doce; porque entre muchos buenos el bueno tiene más estímulos y el malo más recato.
De estos felices conocimientos resultó la instalación de las Cortes Extraordinarias que acaban de celebrarse con general aplauso. Extraordinarias, a la verdad, por su modo, por sus circunstancias y por sus disposiciones.
Ningunas Cortes de cuantas se han celebrado han sido tan generales, tan facultadas y tan en beneficio de la nación. En todas han hablado los diputados en pro de sus respectivas provincias; pero en éstas todos generalmente han perorado en favor de toda la nación. En muchas de las anteriores han quedado los diputados muy satisfechos de haber conseguido para sus lugares un título de villa o ciudad o un jeroglífico de armas, cosa que, a la verdad, maldito el provecho que traen a la población ni al ciudadano. ¿Qué le importa a éste que su tierra se llame ciudad o aldea, ni que tenga un escudo con un perrito por aquí, un castillito por allí, ni otro cachivache por el otro lado, que ni entiende las más veces lo que significa ni lo solicita entender? ¿Qué le importa, verbigracia, al mexicano pobre que su tierra sea "la muy noble, muy leal e imperial ciudad", ni que en sus armas pinte un águila real o un tecolote plebeyo? Nada por cierto. Lo que le interesa es tener un gobierno protector que lo defienda del malvado; un gobierno piadoso que le modere en cuanto pueda las contribuciones; un intendente activo y celoso del bien común que no permite resgatones(2)(a) que le encarezcan los víveres y lo maten de hambre; unos regidores vigilantes que cuiden de la policía como es debido, etcétera. Esto es lo que importa, y esto es lo que han tenido presentes las Cortes al formar esa Constituciónque proporciona la felicidad a cualquier honrado ciudadano; esa Constitución que admirarán las potencias vecinas para la que acaso han ministrado con sus ejemplos los materiales; esa Constitución, que sabe conciliar la subordinación con la independencia y la sujeción con la suspirada libertad; esa Constitución, en fin, que nos acaba de transformar de esclavos en vasallos.
Éstas han sido las Cortes Extraordinarias y éstos sus felices resultados.
Napoleón con sus franceses y Godoy con sus déspotas intrigantes tramaron la escandalosa revolución de España en el año de [1]809; revolución ciertamente sangrienta, pero dichosa, porque ¿quién lo creerá?, por ella despertó la nación, y los mismos facciosos que trataban de subyugarnos más fueron los estímulos más eficaces que nos movieron a recobrar nuestra ya casi perdida libertad. De modo que podemos decir sin arrojo que hemos recibido la salud de nuestros mismos enemigos y de mano de los que nos han aborrecido.
Salutem ex inimicis nostris, et de manu omnium qui oderunt nos.
¿De cuándo acá sabíamos nosotros si había en el mundo libertad civil? ¿Qué cosa era propiedad, independencia ni los demás derechos del ciudadano? Para nosotros todo esto era una jerigonza; el más erudito sabía por los libros que había de este género bastante provisión en Inglaterra, en Holanda, en los Estados Unidos y en otras partes, pero que era un terrible contrabando en nuestra España.
Lo que sí entendíamos bien era lo que significaba pecho, tributo, alcabala, almojarifazgo, nuevo impuesto, estanco, consolidación, etcétera, etcétera.(b)
De esto y de una humillación de esclavos y no de hijos a cualquier gobierno, justo o injusto, sabíamos perfectamente.
En aquellos tiempos ¿había alguno de pronunciar libertad de imprenta? ¡Jesús! Ésa hubiera sido una herejía merecedora de un sambenito o de unas galeras cuando menos. ¿Había alguno de decir: "Yo no voy preso porque no se me hace saber el motivo de la prisión, ni trae usted, señor alguacil, mandamiento credencial de mi juez"? ¡Pobre de él! Se lo hubieran comido. En aquellos tiempos, por último, ¿había nadie de amenazar (estando inocente y oprimido) a ningún superior con las Cortes o el rey? Ni por pienso. En esos tiempos todo se trastornaba, especialmente aquí. El rey para nosotros era un ente desconocido; los virreyes unos soberanos absolutos; los oidores, punto menos que deidades; los escribanos, algo más que ministros; losalcaldes de barrio, alcaldes de Corte; sus corchetes, como alcaldes de barrio. Algunos tan engreídos y despóticos que muchas veces sucedía que por un chisme enviaba un alcalde de estos últimos a llamar un individuo con un ministril, y si éste se empeñaba en que aquel sujeto había de ir con él, si lo rehusaba, diciéndole dijera su amo que "allá iba inmediatamente", el soplón maldito, lleno de altanería, le contestaba:
"Pues si usted no va, lo llevaré amarrado". Ahí tiene usted a un hombre decente, a un hombre de bien expuesto a perderse matando a aquel pícaro o a sufrir el bochorno de irse deshonrado al lado de semejante sacre,(3) y era lo mejor sufrir esta venganza por no arriesgarlo todo.
Entonces el recusar a un togado, aun en los casos prescritos por derecho, solía ser un sacrilegio nefario que traía al recusante funestas consecuencias, especialmente si su negocio iba a dar a manos de un amigo del recusado.
Pero ¿qué nos puede admirar esto de un ministro de la primera autoridad, cuando se experimentaban muchas veces mayores violencias por un alcalde de monterilla, o como aquí decimos, un subdelegado? Éstos por lo común eran legos leguísimos; casi siempre compraban las subdelegaciones en las Intendencias (desmiéntanme, y vayan diciendo cuáles y cuántos fueron los que las han obtenido por su mérito y literatura. ¡Ah, qué bien sé yo esto!) Como he dicho, las compraban: por lo que, y porque tales empleos eran una descarada negociación, lo primero que procuraban en sus pueblos era desquitar el numerario que habían dado por ellas, y lo segundo era sacarle la mayor utilidad que podían a su comercio. ¿Cuántos se hicieron ricos en cinco años y cómo? Haciendo repartimientos, vendiendo la justicia y adulando a los vecinos pudientes, contemporizando con sus antojos casi siempre en perjuicio de los pobres. Yo temiera aventurar estas verdades, si no estuviera bien seguro de que tienen tantos garantes y cuantos lo son los pueblos de la América y los autos archivados en las respectivas intendencias. Ellos, sin embargo, lo saben hacer mejor que yo, Dios mejor que todos y los vecinos que han sufrido sus infamias.
Ordinariamente eran en sus jurisdicciones unos déspotas tiranos; y como no administraban la justicia según el espíritu de las leyes ni el mérito de las partes, sino según su codicia, interés o capricho, resultaban a cada paso pleitos y capitulaciones.
Pero quienes más sentían el yugo eran los miserables indios. Estos infelices, sí, como más pobres, como más ignorantes y pusilánimes, eran el objeto de sus rapiñas y sus verdaderos esclavos. Éstos que hoy son legítimos españoles y partes integrantes de la monarquía eran en otro tiempo tratados punto menos que bestias. Ellos jamás pedían ni les era lícito el premio de sus trabajos. ¡Ah, fajinas, fajinas! ¡Ah,fiestas de pueblos! ¡Ah, gabelas arbitrarias!
Mas dejemos por ahora de hablar de los indios, cuya esclavitud, pensiones y privilegios, dictados por una política mal entendida, merecen tratarse en pensamientos separados. Y volviendo a los que no eran indios, pregunto: ¿éstos, siendo pobres, eran acaso mejor tratados por los jueces? ¿Se les guardaba siempre su justicia? Lo cierto es que cuando un subdelegado cogía a alguno a su cargo, como suele decirse, el mejor partido era mudarse de jurisdicción, porque mil veces no le valía ni exponer su justicia al superior gobierno o Intendencia respectiva, pues habiendo una costumbre, que no sé si subsiste, de remitir al mismo juez agraviante la representación del agraviado con este decreto de cajón: informe del subdelegado acerca de lo que expone esta parte; habiendo esta costumbre (que siempre me ha chocado; será por mi ignorancia), ¿qué podía informar un hombre, ya desde antes decidido contra aquel pobre? Mientras más enérgica estaba la representación, mientras más se empeñaba el juez territorial en desmentirla, y no sólo, sino en acriminar a su autor. Le sobraban testigos a su favor y en contra de su contrario, y acaso los vecinos de la primera jerarquía, porque como unos no querían incurrir en su desgracia, otros lo habían menester para que protegiera sus usuras y sus cobranzas, otros para que disimulara sus maldades, fácilmente se hacía un informe el más criminal, de modo que el actor tenía la fortuna, si era pobre, salir perdiendo el punto y condenado en costas.
Esto era tan de cajón como el decreto. Ya se ve; ¿qué podía resultar de una providencia que les proporcionaba el más fácil arbitrio de eludir la justicia y burlarse de la verdad? Pondremos un ejemplito para que se toque con la mano lo erróneo de esta providencia; pero antes es preciso decir que yo no condeno la intención de sus patronos. Ésta sería muy santa, pero los efectos salieron de los demonios.
Un subdelegado, porque un hombre decente y de honor no se quitó el sombrero por descuido en una publicidad, levantó el bastón y de un palo se lo tiró de la cabeza.
Agravio notable e injusticia manifiesta. Pues este hombre se quejó, y su queja fue a dar al dicho juez con el decreto de informe al subdelegado. ¿Qué podía informar éste en causa propia? ¿Había de decir?:
Sí, señor, yo soy un hombre altanero, soberbio y engreído; creo que en mi jurisdicción debe rendirme homenaje el mismo soberano; para mí no hay distinción de honradez ni nacimiento, y sólo al rico me humillo por mi egoísmo; el que se queja es un hombre de bien, pero pobre, y como no tengo esperanza de sacar de él ningún fruto, creí que era un grave desacato su inadvertencia, y para sostener mi autoridad le di un palo; sin embargo, si he hecho mal estoy dispuesto a darle la satisfacción que se me mande.
Qué tal, ¿diría esto alguno en igual caso? Lo común era falsificar el hecho con una porción de testigos e imputar al agraviado lo menos de un calumniante.(c) Así ha andado ello por acá. Y por allá ¿cómo? Nuestros hermanos de la península saben bien cuántas contribuciones pagaban y cuántas adoraciones rendían a los "grandes" en sus Estados donde eran unos reyezuelos. ¡Pobre España en tus dos mundos por el tirano despotismo! ¡Pobres monarcas! ¡Pobres vasallos!
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) restagones. Errata por regatones, compradores al por mayor y revendedores al por menor. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(a) Éstos no son únicamente los que andan por la plazuela del Volador; los hay también de casaca y con coche.
(b) Aquí no motejamos las contribuciones justas, no faltaba más, sino que quisiésemos vivir seguros en la sociedad por nuestra linda cara; lo que se lamenta son las contribuciones muchas y exorbitantes.
(c) Lo que se dice de los subdelegados es por lo común, no en general. Muchos habrá habido sabios, prudentes y desinteresados; pero ¡qué pocos! La balanza de Astrea es muy delicada y es menester tener mucho tino para no inclinar el fiel.