PENSAMIENTO EXTRAORDINARIO DE COSAS EXTRAORDINARÍSIMAS


Nuevos ramos de comercio(1)

 

Señor Pensador: Como sé que ustedes los filósofos apáticos, de que se entregan a sus libros viejos y a sus abstracciones, degeneran de la sociedad y son unos rústicos inciviles, me ha parecido (según que lo quiero) decirle a usted algo de lo mucho y bueno que hubo en nuestro único Coliseo la noche y madrugada de los días 22 y 23 de noviembre del presente para que vea usted de lo que se perdió. Es el caso.

La compañía de cómicos dispuso un gran baile para solemnizar el juramento que prestó de cumplir con la Constitución Política de la Monarquía Española.

Nada diré a usted del adorno del corral, de la iluminación de los palcos, de la famosa orquesta, etcétera, porque todo estuvo de lo que no hay. El concurso fue muy lucido y numeroso, ya que se ve, se creyó que esta función fuese tan solemne, tan rara y tan exquisita, que se partieron y vendieron con mucha estimación cantidad de boletines impresos, de los que remito a usted un ejemplar, para que, si lo tiene [a] bien, lo traslade a su periódico, sólo porque vean las naciones extranjeras nuestra cultura y fino gusto del día; aunque a pesar de que en ellos se encarga a las personas espectadoras que fueran decentes, que no tuvieran el sombrero puesto, que no fumaran en público, que estuvieran con silencio (que es buen pedir en un baile) y por último que a la entrada y salida observaran el buen orden,porque así debía ejecutarse en toda concurrencia pública, y lo tiene acordado el superior gobierno, a pesar de todo, amigo, no hubo nada. Entraron y salieron cuantos quisieron y como quisieron ¡gracias al nuevo arbitrio de comercio! Porque los mismos boletos que el día antes se vendieron a 4, 8 y más pesos, en esa noche, después de entregados como credenciales al respectivo colector, volvieron a salir a revenderse públicamente a como cayera el penitente, con tal desvergüenza que los muchachos gritaban quién compra boletos, como en el Baratillo gritan quién compra su repelo.(2) Dos parientas mías compraron a cuatro y medio reales, y como ellas, otras muchas y muchos que no son mis parientes. No sólo chuparon, sino que rieron, gritaron, comieron, bebieron, etcétera, los concurrentes, siendo forzoso que hasta hubieran hecho las aguas, porque como no encargaron en los consabidos boletines que llevaran orinales las personas bailadoras y bebedoras, y el ejercicio y el vino son diuréticos, cate usted que estas porquerías fueron inexcusables.

Se puso una fonda, pero ¡cómo!, de lo del bello gusto, con tanta disposición que se prefijó precio a todos los comestibles, bebestibles y refrescatibles; pero unos precios cómodos, moderados y tolerables a cualquier pobre hambriento concurrente, verbigracia: una gallina asada, 1 peso 4 reales; una idem mechada, 2 pesos, un pollo asado, 1 peso; un jamón en vino con peso de 8 libras (¿quién hubiera llevado sus balancitas?), 12 pesos; un bagre con peso de 6 libras, 8 pesos. Por cada ración de dicho, 1 peso ¿cuántas raciones saldrían de cada bagre? Vino de jerez 1 peso 6 reales cuartillo; vino generoso, 4 pesos la botella; aguardiente de España, 2 pesos cuartillo, vino de Málaga, una botella, 3 pesos; dulce surtido, la libra 3 pesos, 6 reales... Pero ¿para qué me canso, si con remitir a usted la lista (que está impresa con letras de molde; aunque no sé en qué imprenta —con las prisas se olvidó el impresor de poner su nombreapellido, lugar y año de la impresión, pues mandan las Cortes, en el artículo VIII(3) del Bando de la materia, que lo hagan así, en todo impreso, cualquiera que sea su volumen), sí, con mandar la lista, repito, se compone todo. Va, pues, usted verá si le acomodan los precios para cuando quiera cortejar a una madama. Aquí me despido, porque tenga usted lugar de decirme qué le parece de todo esto.

Dios guarde a usted... pero una cosa importante se me olvidaba. Los pobres cómicos, que fueron (según los boletines) los dueños del coche, se quedaron en la tablita. Esto es, ellos que dieron la función, estuvieron en su misma casa desairadísimos. Están deseando saber si son o no ciudadanos, y ésta ha de ser bonita instancia. Yo doy mi voto por la afirmativa. A Dios, señor Pensador.

José... lo demás no lo diré

RESPUESTA

No sé si me admire más de la esplendidez del referido festín o de la insensibilidad de mis conciudadanos. ¿Es posible que al mismo tiempo que vibra sobre nosotros la espada vengadora del Dios terrible, cuando la monarquía española yace teñida con la inestimable sangre de nuestros hermanos, nos prestemos tan alegres, tan indiferentes y tan marmóreos a unos espectáculos que, en sentir de un santo padre, no son otra cosa que unos círculos, cuyo punto céntrico es el demonio mismo, y, por tanto, es imposible de toda imposibilidad moral (atendida la corrupción de nuestra naturaleza) que carezcan de innumerables ofensas a Dios? ¡Ay de sus inventores! ¡Ay de sus patronos! ¡Ay de sus fomentadores! ¡Ay, en fin, de aquellos por quienes el escándalo venga al mundo! Mejor le estuviera (dice nuestro Redentor), que le atasen al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al profundo del mar.

Yo, en vista de esto, tengo unas dudas y deseo me las respondan. ¿Somos cristianos? ¿Tememos a Dios? ¿Somos españoles? ¿Amamos a nuestros hermanos? ¿Sentimos sus desgracias? ¿Somos racionales? ¿Se acabarán las guerras que nos devoran?

No soy hipócrita. Soy un maldito, un réprobo ante la tremenda presencia de Dios; conozco y confieso, ante su Majestad y ante el mundo todo, mi innegable iniquidad y mi inimitable malicia; pero después de esto, soy cristiano y me horrorizo de los ultrajes públicos al Ser Supremo. Sí, el pecado por sí mismo quita la gracia y hace al hombre aborrecible a Dios; pero si al pecado se añade el escándalo, ¡Jesús, y qué malicia se le agrega tan agravante! Dios nos libre de todos los pecados, pero más, más de los pecados con añadidura, de los pecados con resultas, como son los pecados de los bailes.

Yo no digo que todo baile sea criminal por esencia, pero sí digo que todos lo son por los accidentes. Me explicaré a los que no tienen obligación de entenderme.

No siempre que se baila se peca, pero se peca siempre que se baila como hoy; ni hablo sólo de baile del Coliseo; hablo de todo baile en general, siendo como ése, y lo peor es que casi todos lo son.

David bailó delante del arca, y su baile fue grato a Dios. Los israelitas bailaron alrededor de un becerro que hicieron para adorarlo, y su baile fue tan criminal que les costó una multitud de vidas temporales y eternas. David bailó por una alegría santa, y los israelitas bailaron por una alegría maldita con que celebraron su ingratitud a Dios y su idolatría al demonio. Esto mismo se hace en todos los bailes del día. A lo menos, yo mejor creeré que dios repita los milagros de Misach, Sidrach yAbdenago en el horno de Babilonia y el de la zarza que vio Moisés arder y no quemarse, que persuadirme a que en uno de nuestros bailes falten innumerables ofensas a su Majestad. ¿Será mi ignorancia? ¿Será mi temeridad? ¿Será mi malicia? Preguntadlo, los que lo dudéis, a los teólogos; pues, no a los teólogos bailadores ni inmorales, sino a los virtuosos y arreglados, que yo tengo bastante para asegurar mi opinión con saber que un viejo decrépito, con muchos años de penitencia, solo entre los montes, tan flaco de las abstinencias, edad y enfermedades, que le sonaban ya los huesos unos con otros; su piel estaba apergaminada, sus rodillas estaban encalladas de hacer oración y los pellejos de la barba le colgaban como a los bueyes. Este hombre, pues, este viejo, este solo, este flaco, este penitente temblaba, se despedazaba y corría por los valles y barrancos del yermo cuando se acordaba de los bailes de Roma. La memoria de ellos solamente le era una tentación formidable. ¿Y sabéis quién fue este bueno y atribulado viejo? Pues fue no menos que San Jerónimo, doctor de la Iglesia santa.

Pues si a un santo así lo molestaba la memoria sola de los bailes, ¿qué esperanzas tendremos de salir libres de ellos donde...? Pero ésta es una materia muy vasta, muy bien tratada por otros y muy despreciada por todos. A otra cosa.

¿Conque por una pierna de carnero estacada se dieron cinco pesos fuertes? ¿Conque por las cuatro, veinte? ¿Conque por el cuerpo, diez lo menos en asados? ¿Conque por la cabeza, patas, panza, menudencia y zalea (que no se dio a los pobres de limosna), dos pesos, lo menos? ¿Conque por un carnero sancochado, treinta y dos duros, que hacen de vellón 640 reales? ¿Conque todo fue por este estilo? ¿Conque no hay dinero para socorrer a la Península ni para facilitarle auxilios a nuestro gobierno de América? ¿Conque está en la precisa necesidad de solicitar empréstitos y donativos, de valerse de las platas y de gravar nuestras fincas y alquileres? ¿Cómo pudiera yo concordar tanto conque?

Me falta otro, que es no poco interesante al bien común.

¿Conque se pudo poner tasa a un pobre fondero, para evitarle la arbitrariedad de que vendiera sus comistrajes a como se le diera la gana, y esto avisando al público brillante por medio de una solemne lista, y no siendo nada de lo vendible en aquel lugar efecto de primera necesidad, y considerándose no ser indigentes los compradores? ¿Y no se le puede poner un arreglado arancel?, con igual lista al común de comerciantes de esta capital, que venden a como se les antoja el pan, los frijoles, la carne, el chile, el garbanzo, la azúcar, el cacao, la haba y todos los demás efectos con que subsistimos los pobres, los más pobres y los mendigos? Yo no entiendo esto.

RASGO DE BENEFICENCIA
APLICACIÓN A LA LITERATURA
Y AMOR AL MÉRITO Y A LA PATRIA

 

El señor conde de la Valenciana,(4) luego que leyó en un Extraordinario mío elogiando al niño de siete años, don Manuel Maldonado, lo hizo llevar a su casa, y admirado de la singular memoria y no vulgar talento de nuestro pupilo, le dio dos vestidos, dos onzas de oro, y veinte duros a su maestro, quien me lo refirió.

No tengo, señor conde, el honor de conocer a usted, señor, pero os doy mil gracias, para que multiplicadas las retornéis al Eterno por haberos dotado de un corazón sensible.

Continuad, sí, continuad siendo el mayordomo o dispensero de los tesoros que Dios depositare en vuestras manos. No os canséis jamás, señor, de reconocer en el más andrajoso, un semejante o un hermano vuestro. Considerad que las riquezas son bienes muertos si no se emplean en beneficio de los vivos necesitados. Acordaos que los títulos son despreciables accidentes, no sólo a los ojos de Dios sino también a los de los humanos filósofos. No olvidéis que la nobleza no consiste en las genealogías antiguas, en los dorados escudos ni en las casas magníficas, sino sólo en la virtud y en la rectitud del corazón, y que ésta no se manifiesta mejor que en la compasión de la humana miseria. Tened presente que el rico puede, mejor que otro, asemejarse a Dios, socorriendo al desvalido y premiando la virtud por sólo Dios. No sigáis el ejemplo del avaro que atesoró para el ladrón y la polilla, pero que no logró en los abismos se desprendiese una gota de agua del meñique del mendigo para refrescar su sed rabiosa.

Yo bien sé que para vosotros no son estos consejos, pues con la práctica publicáis que los tenéis bien aprendidos, pero creo que serán muy nuevos para muchos.

Vivid feliz, haced cuanto bien podáis a vuestros semejantes, gloriaos mejor del amable título de un benéfico sensible, que del hueco de conde de la Valenciana. Éste hará que os deseen una muerte anticipada por lograrlo, y aquél hará que os apetezcan una vida prolongada por no perderos.

Finalmente, el título de conde y el aparato de rico, os llenará de aduladores mentirosos; pero el dulce nombre de benefactor os conciliará elogiadores sinceros de vuestra virtud y desinteresados amigos de vuestra persona, entre los que tiene el honor de contarse de vuestra señoría, etcétera.

El Pensador

 


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui. Año de 1812.

(2) repelo. Harapo, andrajo o vestido raído. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(3) Artículo VIII. Se refiere al Bando sobre la libertad de imprenta del 12 de noviembre de 1810, publicado el 5 de octubre de 1812. Dice textualmente: "Los impresores están obligados a poner sus nombres y apellidos, y el lugar y año de sus impresión, en todo impreso, cualquiera que sea su volumen; teniendo entendido, que la falsedad en alguno de estos requisitos se castigará como la omisión absoluta de ellos." Cf. J. Hernández Dávalos, Colección de documentos para la historia de la Guerra de Independencia de México1808 a 1821, vol. IV, México, 1880, p. 900.

(4) Conde de la Valencia. Antonio de Obregón. Fray José Carranza escribió Endechas castellanas en la muerte del señor don Antonio de Obregón, Conde de la Valenciana, vecino de Guanajuato.