PASAPORTES Y CABALLOS
Respuesta de El Pensador a quien pregunta sobre esto(1)
¡Hola, amigo! ¿Conque usted es el Hijo de la Constitución?(2) Pues yo también soy su hijo, y muy amante; conque cate usted que somos hermanos, aunque no nos conocemos.(3)
¿Y es posible que un hermano mío me haga unas preguntas tan precisas que, para responderlas con la energía debida, es necesario comprometerme con todos aquellos a quienes puedan dolerle las respuestas? Vaya, que esto no era de esperarse de un amigo, y de un hermano, hijo con usted de un mismo vientre.
Pero pues el público espera con ansia mi respuesta, y al escritor público le es lícito manifestar sus ideas políticas, porque por este medio se ilustra el gobierno, y se beneficia muchas veces al pueblo, diré lo que siento, pues, con claridad y con verdad, sin miedo ni adulación.
Pregunta usted: "¿Por qué razón no se han extinguido ya los pasaportes y las licencias de caballos, siendo incompatible con las leyes que hemos jurado guardar y defender, y con la libertad política de cada individuo?"
Dos miembros tiene la pregunta: si son compatibles estas pensiones con la libertad del ciudadano y que por qué razón no se han extinguido.
A lo primero digo redondamente que no, y a lo segundo, que quién sabe.
Que no es compatible una sujeción tan odiosa con una libertad tan proclamada, es una verdad que no necesita esforzarse. ¿Cómo nos han de sonar bien estas voces: libertad, ciudadanos, uso de nuestros derechos, etcétera, con unas restricciones tan apuradas como no poder andar a caballo sin pagar, no poder salir ni entrar en nuestro pueblo sin pasar una revista, una filiación y unos trámites tan pesados como los que se requieren para darnos el pasaporte? Libertad y demasiada sujeción en los actos libres e inocentes del hombre, es una paradoja inconcebible.Licencia y pagada es una pandorga que hasta los muchachos ridiculizarían. Pues ninguno se quedaría serio se le dijera un alquilador de coches simones:(4) le doy a usted licencia para que ande en coche; pero ha de pagar cuatro reales(5) por hora, ¿Qué sería si le dijera: ha de pagar usted por andar en el coche que le ha costado su dinero, y si no paga se lo quito?
Nos burlaríamos altamente de quien nos dijese tales absurdos; pero del gobierno no debemos ni podemos burlarnos. Pero sí nos es lícito el exponerle francamente lo que hay acerca de pasaportes y caballos, y yo haré lo que pueda en el modo siguiente:
PASAPORTES
Son inútiles para su objeto, gravosos a la hacienda pública, perjudiciales al pueblo y opuestísimos al nuevo sistema que protege la libertad individual.
Las verdades que incluye esta proposición se pueden demostrar con evidencia.
El objeto con que se establecieron no fue otro sino el de embarazar que entrasen los insurgentes en los pueblos pacíficos y que saliesen de ellos los insurgentes mansos a prestarles auxilios a los bravos. Nada de eso se consiguió: los insurgentes han entrado y salido en la capital como les ha dado la gana, con pasaporte o sin él, por las garitas(6) o por las zanjas, y no sólo ellos, aun han introducido cargas y las han sacado, o guiadas o clandestinamente, cuando han querido. ¿Quién impidió si no el que en Apam y en otras partes uniformaran y armaran los cabecillas insurgentes a sus tropas en los tiempos del más crudo espionaje,(7) y cuando se alambicaba(8) los sesos el gobierno y se desvelaba por apurar todos los arbitrios para impedirles los auxilios? Entonces, entonces era cuando entraban unos insurgentes y salían otros a su salvo.(9) De México se sacaban los fusiles, las monturas, los gorros, los cuarterones(10) de paño, los galones, las divisas, los zapatos, y hasta tambores y cornetas. Conque, si en aquel tiempo fueron inútiles los pasaportes para llenar el fin que se propuso el gobierno, ¿cuánto más lo serán ahora que a merced de la Constitución(11) ha desaparecido el espionaje; y ahora que por todas partes se ve rayar la aurora de la paz?
Que son dañosas a la hacienda pública; pues, según informes que tengo, entre el impresor y los empleados se llevan anualmente más de ocho mil pesos, los que no rinden las multas. La imprenta y los empleados deben estar satisfechos, y no alcanzando las multas para pagarles, tiene la hacienda pública que cubrir el déficit. Lo que es un bello modo para acabar de arruinarla, porque donde se saca y no se echa...(12)
No es menos cierto que son perjudiciales al pueblo, ya por las vejaciones y robos que sufren los infelices en las garitas, ya por las demoras que les hacen padecer y ya, lo que es más, por el atraso que causan al comercio intestino de los efectos más precisos. Porque si a un carbonero, por ejemplo, le quitan diez pesos o una mula porque no trajo pasaporte, ya mañana o no quiere volver, o quedó imposibilitado para no volver aunque quiera. Si esto sucede, como sucede cada rato, se sigue que si en una semana habían de entrar a México mil cargas de carbón sin el embarazo de los pasaportes, con ellos entrarán quinientas. Y si la abundancia de las mil hacía valer a diez reales, la escasez la hace subir a catorce, saliendo el público gravado en doscientos cincuenta pesos semanarios, es decir, en doce mil pesos al año y solamente en un ramo de comercio.
Que es opuestísimo este mezquino arbitrio a la libertad del ciudadano, es cosa tan clara que se ve por tela de cedazo. ¿Hay cosa más opuesta a esta decantada libertad que tener que pedir licencia para salir al Santuario de Guadalupe?(13) ¿Hay cosa más ridícula que el español, ciudadano y en ejercicio de sus derechos, haya de tener que sufrir, como dije antes, una revista, una filiación escrupulosa en casa de los pasaporteros? Allí, en público ¿se ha de saber su es blanco o prieto, si casado o soltero, si tuerto, chato, corcovado o ciego, si es sastre, comerciante, ocupado u holgazán, etcétera? Cierto que esta clase de libertad es envidiable.
¿Y qué diremos de los sacrificios que ha costado y cuesta este paso a las muchachas bonitas y solas que tienen que ir a que las retraten? Aquí es menester callarse y dejar que los lectores juzguen si es un precipicio para la seducción y un próximo peligro de caer al menos con el pensamiento, así los originales como los retratistas.
Ni quiero acordarme del caso del cura de T... que usted cita,(14) porque yo sé millares, y adornados de peores circunstancias. Queden en su buena opinión y fama los gariteros honrados; y los que no lo sean, no se mosquéen(15) cuando pluma menos piadosa que la mía les saquen los colores a la cara y les hagan perder el destino con un presidio de añadidura.
Pero es menester decirlo todo, hermano mío. El pasaportero mayor no tiene culpa de las estafas y picardías de algunos gariteros. Él está puesto para dar pasaportes y cobrar o recoger las multas, y no tiene arbitrio para dispensarlas en ningún caso.
Pasemos a los
CABALLOS
La requisición de caballos fue uno de los golpes más impolíticos del gobierno antiguo. No parece sino que los insurgentes lo dictaron para hacerlo odioso y atraer al partido de la revolución una buena porción de camaradas. Los hechos hicieron ver muy en breve el fruto de esa determinación atropellada.
Una multitud de ciudadanos pacíficos que fomentaban al gobierno con sus comercios, labores e industrias, que no tenían el más mínimo deseo de ingerirse entre los insurgentes, y que sólo anhelaban por cumplir sus obligaciones con honradez, lo abandonaron todo apenas vieron la recolección de los caballos. Sus destinos, sus bienes, su reputación, sus mujeres y sus hijos, fueron pospuestos a la afición que tenían a sus caballos. Todo lo dejaron de una vez y se fueron con los insurgentes.
¿Pero cómo se fueron y a qué? Irritados contra el gobierno y a procurar la más atroz venganza. ¡Cuántas vidas no costó esta impolítica determinación! Lailson,(16)ese extranjero famoso en el arte de equitación, a quien celebraron las naciones cultas de Europa, fue uno de los que, abandonándolo todo por conservar sus caballos, engrosaron el partido de la insurrección con bastante daño del gobierno y de la humanidad. Su circo fue destruido, sus bienes quitados, su familia perdida, y él, al fin falleció de muerte natural en una hacienda, con el desconsuelo de no haber vuelto a ver a su familia.
¿Y quién perdió a este hombre? ¿Quién lo hizo abandonar a su familia? ¿Quién lo privó de sus bienes y le acarreó acaso la muerte antes de tiempo? El famoso Bando de la requisición,(17) bando ominoso para el Estado. Él sólo tuvo la imponderable gracia de convertir en insurgentes contra su voluntad a los ciudadanos pacíficos.
A seguida(18) se prohibió el andar a caballo, o pagar doce pesos(19) para hacer uso de este noble animal, que es el pie en que estamos.
Esta restricción es odiosísima a todo el mundo, no tanto por los doce pesos, cuanto por el motivo con que se exigen.
Semejante prohibición tiene visos de infamia: los romanos prohibían a sus esclavos montar a caballo; los inquisidores, por un efecto de su religiosa piedad, impedían lo mismo a sus penitenciados, que reputaban cristianamente por infames, y no era permitido conducir al suplicio en caballos a los malhechores si no probaban nobleza competente.
He aquí la razón por la que los mexicanos están tan mal con esta prohibición. El pueblo sabe pensar y hace sus reflexiones muy a tiempo. Dice que si es libre, ¿por qué no se le quitan estas trabas? Y que si somos españoles, si formamos una sola nación con la Península, y si gozamos iguales privilegios, ¿por qué acá hemos de andar a pie cuando allá andan todos a caballo y sin pagar un cuarto?(20)
Ni vale decirle a este pueblo pensador que no se pueden quitar de una vez las contribuciones, pues no tendrá el erario con qué subvenir a las necesidades del Estado; que es menester tener paciencia hasta las futuras Cortes, etcétera. Nada valen estas respuestas para convencerlo de que es justa la contribución referida. Él dice que sea así; pero que se sustituya con otra menos odiosa, por ahora, mientras se establece la contribución directa, pues a nadie le será gravoso ni sensible el contribuir para la hacienda pública, a proporción de sus facultades, con tal que lo dejen completamente en el goce de su verdadera libertad civil.
Esto y más dice el pueblo, repartido en tertulias, paseos, portales, sociedades, etcétera. Yo mismo lo he oído así y subscribo a tan justa como liberal opinión.
Siendo finalmente tan inútiles, perjudiciales y odiosas estas trabas, y estando tan directamente opuestas al nuevo sistema de gobierno, que tan gustosa y generalmente hemos jurado obedecer, tiempo es ya de que se nos quiten: porque estarnos diciendo que somos libres, que somos ciudadanos, etcétera, y por otra parte sujetarnos hasta no poder andar a caballo sin pagar, y no ser dueños de salir de nuestra casa sin licencia, es una contradicción manifiesta, y que pudiera considerarse como un insulto, bastante para inspirarnos la mayor desconfianza del gobierno, a no estar bien asegurados de que el excelentísimo señor Apodaca(21) es demasiado constitucional y amante del pueblo que gobierna.
Pero como mil veces los superiores ignoran la opinión general, de ahí es que siguen los abusos sin su explícito consentimiento.
Nuestro jefe político nos ha dado repetidas pruebas de la docilidad de su carácter y de la bella disposición que siempre tiene en beneficio de sus súbditos.
Por tanto, esperamos que, convencido de las verdades que quedan expuestas, y de la odiosidad con que el pueblo mira estas trabas tan perjudiciales a sus individuos, tendrá la loable dignación de libertarnos de ellas. No como usted quiere, amigo mío, hasta que se instale la Junta Provincial, sino antes, lo más pronto, y ahora. Y puede ser ahora, pues probada la inutilidad de estos arbitrios, lo gravoso de estas trabas y la suma violencia con que las ha tolerado el pueblo, toda morosidad que se tenga en la materia es un agravio manifiesto a la libertad del ciudadano, de que no debe privársele ni por momentos.
Éste es mi parecer, querido amigo: podrá ser errado; pero si así es, no es sólo mío el yerro, es general.
Confíe usted, ante todo, en la acreditada bondad y justificación de su excelencia, que no tardaremos en vernos libres de estas odiosísimas pensiones, como desea su afectísimo hermano que besa su mano
El Pensador
(1) México: Oficina de don Mariano Ontiveros, calle de Espíritu Santo [Cf. nota 1 aLa igualdad en los oficios], año de 1820.
(2) De este autor conocemos: Primera Pregunta a El Pensador Mexicano sobre pasaportes y caballos, México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 4 pp.; Segunda pregunta de El Hijo de la Constitución a El Pensador Mexicano sobre el impuesto de peaje o pillaje, como lo llama el pueblo, México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 6 pp. Y La publicación y jura de la Constitución en el pueblo de Tlanepantla el día 18 de junio del presente año, México: Imprenta de don Mariano de Zúñiga y Ontiveros, 1820, 7 pp. Al primer folleto responde el de Fernández de Lizardi.
(3)En la Segunda pregunta... responde el autor: "¡Hola, con que usted es mi hermanito, hijo de la Constitución, y nacido del mismo vientre que yo! Vaya, vaya, que yo me alegro de tener un hermanito en este reino, pues hasta aquí he carecido de él, y también me alegro que profese el mismo amor que yo a nuestra Madre", p. 1.
(4) coches simones. Coches de alquiler.
(5) reales. Cf. nota 11 a Consulta que un payo hizo...
(6) garitas. Según el mapa de García Conde, en 1793 había varias garitas en la ciudad de México: al oeste San Cosme, Calvario y Belén; al sur, Piedad y San Antonio Abad; al este San Lázaro y Tepito; y al norte, Santiago y Peravillo.
La de Belén estaba en las hoy avenidas Chapultepec y Bucareli; San Cosme entre el sexto y octavo cuartel del mapa de García Conde. Es decir, estaba en la Tlaxpana (Ribera de San Cosme y orilla del río Consulado); la de San Antonio Abad en el extremo sur de la ciudad. Tepito y San Lázaro en el segundo cuartel menor del séptimo cuartel mayor de la división de 1782 que aún prevalecía en la época de Fernández de Lizardi. El Diccionario universal de historia y geografía, t. V, p. 632, consigna: "El segundo cuartel menor comienza desde el Puente de Solano, de P á O, por la calle real de Santa Cruz, hasta la garita de Tepito; desde ella, siguiendo la acequia de O à P, hasta la compuerta de San Sebastián: desde la cual, de N á S, a pasar por la espalda del templo de la Santísima Trinidad, hasta el Puente de Solano". La garita de Santiago estaba en el séptimo cuartel mayor, cuarto menor que se iniciaba por el vecindario que había entre la acequía de la Señora Santa Ana y la de Peralvillo y se extendía de oriente a poniente en parte del barrio de Santiago. La Piedad estaba en el octavo cuartel mayor que corría de norte a sur y empezaba en el Puente de Nuestro Padre San Francisco y terminaba en la garita de la Piedad.
(7) "Jamás se vio en aquella gran ciudad (México) una consternación más universal; jamás el terror se había presentado más sediento de víctimas. México gemía bajo sus opresores y ninguno osaba reclamar la justicia nacional. La policía era tan severa como sus agentes vigilantes. El espionaje estaba en toda su fuerza. Una palabra era suficiente para ser conducido a prisión, la tristeza sola de la esclavitud era delito" nos refiere Lorenzo Zavala sobre 1812 en el capítulo IV deUmbral de la Independencia, México: Empresas Editoriales, 1949 (El Liberalismo Mexicano en Pensamiento y Acción, número 12), p. 80. En el mismo año de 1812, Calleja se dirigió a Zitácuaro. "Dentro de esta villa había, según los informes dados al general español [Calleja] por varios espías que vivían en ella, treinta y tres cañones colocados en baterías bien construídas y hábilmente situadas." En otra parte se refiere que "el obispo de Guadalajara [Ruiz de Cabañas] prescribía á sus curas el espionaje y la delación para dar él pábulo, a su vez, a la nunca saciada servicia del brigadier Cruz". Cf. México a través de los siglos, op. cit., t. III, pp. 278 y 344. Los jefes que seguían a Osorno, en 1815, lo proclamaron teniente general (de los insurgentes de los Llanos de Apan) en Atlamajac. "Curiosa es la descripción que hace de estos guerrilleros don Carlos María Bustamante, testigo presencial, pues en esta época se hallaba refugiado al lado de Osorno: 'Dejáronse ver estos muy galanos en Atlamajac, dice, y tanto, que algunos parecían calabazates plateados, según los galones que profusa y toscamente adornaban sus cuerpos' (Cuadro histórico, t. III, p. 255)." Cf. México a través de los siglos, op. cit., t. III, p. 467.
(8) alambicaba. Alambicar. "Metaphoricamente se entiende quando alguno se aplica con notable continuacion y véhemencia á la inteligéncia, solución, ò hallazgo de alguna matéria, y que para ello esfuerza, y pone como en prensa su imaginación: y assi se dice Alambicar el juício, alambicar el celébro, la imaginación, etcétera." Cf.Dic. de autoridades.
(9) a su salvo. A su gusto, sin estorbos ni peligros.
(10) cuarterones. Era más conocido el término para designar la medida de capacidad que equivalía a dos o a cinco litros, según el Estado; pero también designaba la cuarta parte de una libra y la cuarta de una arroba.
(11) Constitución. Cf. nota 4 a El día 9 de julio.
(12) donde se saca y no se echa, se acaba la cosecha. Refrán que reprueba el dispendio de los derrochadores. Al parecer no es exclusivo de Chile, como dice Francisco Santamaría. Cf. Santamaría.
(13) Santuario de Guadalupe. Cf. nota 8 a Propuestas benéficas.
(14) En la Primera pregunta, El Hijo de la Constitución escribió: "En un curato no muy lejos de esta capital [...] que al párroco se le concluyeran los Santos Óleos y se vio precisado a mandar por ellos a esta Catedral por que no carecieran los fieles de este auxilio cristiano, el fiscal a quien mandó [...] llamó a un sacristán para que lo condujese: hemos de advertir que el cura había dado al fiscal veinte pesos para que le comprara algunos encargos; marcharon nuestros dos viajeros y encuéntranse al llegar a los fariseos de la garita que mi buen sacristán no llevaba pasaporte, los veinte pesos de mi cura [...] le arrancaron al fiscal diez pesos de los que llevaba [...] Reclamó el cura su dinero a ese señor [...] quien contestó con la mayor circunspección y seriedad: ya está hecho, yo no puedo faltar a las órdenes del gobierno", pp. 2-3. En la publicación habla de un cura (quizá el mismo) en estos términos: "Llegó la señalada que lo fue la de las tres de la tarde, y reunidos en la casa del comandante militar, a el juez territorial, el digno párroco, el clero de este pueblo y los vecinos de distinción de él" (p. 4). "El digno párroco de este pueblo iluminó hermosamente las casas curales y la parroquia toda a su costa: este pueblo tuvo el mayor esmero en hacer ver su acendrado patriotismo, excediéndose mucho de los límites que sus facultades" (p. 6). "Deseando este pueblo dar el más exacto cumplimiento a las disposiciones del superior decreto de las Cortes de 18 de marzo de 1812, en que manda que 'en el primer día festivo al de la publicación de la Constitución se reunirán los vecinos en su respectiva parroquia, en la que celebrará una misa en acción de gracias, se leerá y jurará la Constitución, y el párroco hará una breve exhortación sobre la materia.' Al intento, y siendo el más próximo el 24 del pasado, se efectuó en este día el juramento de la Constitución en la forma siguiente: congregado todo el pueblo en la iglesia parroquial, la que estaba suntuosamente adornada, según correspondía a la solemnidad del acto que iba a hacerse, se cantó una misa en acción de gracias por el párroco y se leyó la Constitución ante el ofertorio, y el dicho párroco a continuación pronunció una exhortación digna de su talento y muy análoga a la materia, conforme el superior decreto, y concluido el santo sacrificio del altar, se juró solemnemente con la mayor devoción en dicha iglesia, por el juez que presidió este acto y el inmenso concurso que asistió a él, la Constitución de la Monarquía Española en los términos que previene el citado superior decreto (pp. 6-7).
(15) mosquéen. No se pongan en sobreaviso, no desconfíen.
(16) Felipe Lailson. Fernández de Lizardi lo cita en las Conversaciones del Payo y el Sacristán, número 8 al tomo II y en La Quijotita y su prima. En esta última obra asegura que era conocido en Europa y América por su habilidad en el arte de la equitación. Enrique de Olavarría y Ferrari narra sobre el capitán Lailson que desde julio de 1808 "había hecho anunciar en la Gaceta, que se ocupaba de levantar un circo 'para dar una temporada de ejercicios de equitación y volteo, semejante a los ejecutados en varias cortes de Europa.' El revistero de la Gaceta, decía el 4 de enero de 1809, 'no sólo ha presenciado este público la grande habilidad del capitán don Felipe Lailson en dificilísimas suertes y equilibrios sobre los caballos, sino que ha visto que obedeciendo a su voz ejecutan por sí mismos cosas sólo reservadas a la inteligencia del hombre. Actualmente tiene dispuesto para la primera función, el que otro animal ejecute cosas enteramente nuevas a las que ha verificado con otros caballos. Un mono se presentará vestido de general francés y hará varias evoluciones, con otras cosas raras y divertidas; este mismo animal sabe escribir estas palabras: yo soy mono, y et crede.' Difícil es imaginar más cándida admiración.
"Para concluir con este asunto, copio el programa de una de esas funciones del llamado Real Circo de Equitación: 'Se tocará una marcha compuesta por don Felipe Lailson, dedicada al nuevo pueblo mexicano. Seguirán varias maniobras ejecutadas por la Compañía. El capitán Lailson hará la de las naranjas, sombrero de los tres arcos, etc., acompañando varias actitudes teatrales. El mono, vestido de general francés, será sentenciado y él mismo demostrará que lee su sentencia antes de ejecutarse; se advertirá que procura ese animal cumplir con su obligación delante de tan respetable público. Habrá doble orquesta.'" Cf. Reseña histórica del teatro en México, op. cit., t. I, p. 163.
(17) Bando de la requisición. Con el fin de obtener fondos para cubrir los dos millones de pesos que requería el gobierno para mantener la campaña de guerra, Venegas dictó el Bando de 30 de enero de 1812 en que se exigía "la entrega de toda la plata y oro labrados en vajilla y objetos de lujo de los particulares". En otro, de 1 de febrero de 1812, "prescribía la requisición de caballos con el propósito de privar de ellos á los insurgentes. En México y en las capitales de provincias deberían establecerse juntas que recibiesen todos los caballos; á ellas habían de enviar los subdelegados todos los que se hallasen en pueblos, ranchos y haciendas, pagándose á sus dueños según la tasacion que se hiciese por los peritos, que eran individuos de las mismas juntas; y á las personas que por su clase, enfermedades u otras causas legítimas se permitiese el uso del caballo, se habían de destinar los inútiles y conceder una licencia por escrito, condenado á la pena capital á todos los que, quince días después de publicado el bando en la cabecera de su distrito, se encontrasen á caballo sin aquélla. 'El descontento que estas disposiciones produjeron fué tal, dice Alamán (Historia de México, tomo IV, p. 140) que varias personas se pasaron á los insurgentes, entre los cuales una fue don José Antonio Pérez, hermano del magistral de Puebla y diputado por aquella ciudad en las Cortes'". Cf. México a través de los siglos, op. cit., t. III, p. 343.
(18) a seguida. Forma dialectal de en seguida, acto continuo.
(19) pesos. Cf. nota 45 a Las porfías de El Pensador.
(20) cuarto. Moneda de cobre española cuyo valor era cuatro maravedís de vellón. "No tener ni un cuarto" es una frase frecuente en Cataluña.