OIGA EL SEÑOR PRESIDENTE
VERDADES DE UN INSURGENTE(1)
Me abstendré por ahora de tomar cartas en la escandalosa cuestión que se ha suscitado en estos días entre los escritores acerca del ruidoso destierro del célebre Santángelo,(2) porque conozco que después de lo que se ha escrito en pro y en contra del gobierno, la cuestión debe ya ser fastidiosa.
Por tanto y prescindiendo de la justicia e injusticia con que el gobierno ha procedido en esta vez, me ceñiré a exponer algunas verdades generales, cuyo conocimiento debe estar en el del señor presidente,(3) por lo que a todos interesa.
El señor Santángelo no hay duda que, como dicen los editores del Mercurio,(4)escribió sus cuadernos penetrado del más exaltado amor a nuestra patria. Pero el segundo cuaderno ¿a qué se reduce?, a probar que la llamada Santa Liga(5)indefectiblemente nos hará la guerra. Ésta es una verdad que está al alcance de todos, aun sin el apoyo de los documentos que Santángelo cita.
Yo mismo despierto, y aun soñando,(a) he pronosticado esta desgracia que por instantes nos amenaza, y que no tardará mucho tiempo sin que la experimentemos: yo mismo he citado la vigilancia del gobierno para que no duerma, y la de la nación para que no descanse sobre pretendidas seguridades, ni se fíe del gabinete de Londres; pues éste, lejos de habernos ofrecido su protección, ni aun se ha dignado reconocer nuestra Independencia ni confirmar los tratados de comercio que de acá se le enviaron,(b) ni siquiera de admitir con carácter público al señor Michelena.(6) Yo he demostrado que si, por una parte, la insalubridad de nuestras costas y la fragosidad de nuestro caminos, en alguna parte nos auxiliarán; empero el arte vence estos obstáculos y no debemos atenernos a ellos. Yo he manifestado que los reyes ligados con Fernando tienen entre nosotros un ejército permanente de reserva, el que ha engrosado a merced de la tolerancia del gobierno;(c) y últimamente he dicho lo que nos falta para hacer una defensa honrosa, y lo que nos sobra para volver a ser colonias de la antigua metrópoli española. ¡Tristes verdades!, pero ¡qué verdades!; reciprocidad, tolerancia, igualdad; y nosotros respondíamos: capricho, fanatismo, parcialidad. Así es que el tratado remitido a Londres fue rechazado, y (nótese esto) algún día llegaremos a conocer que en nuestra infancia deberíamos haber tenido más respeto a la edad madura.
Ellas son consecuencia de una experiencia de más de doce años de revolución,(7)y también del sistema monarcal.
Antes que yo ni Santángelo había escrito con mucho acierto un autor, que supongo francés, porque la obra(d) está impresa en Burdeos a principio del año pasado, y haciendo ver lo imposible que es que los reyes se conformen con el sistema de los pueblos libres, dice: “los reyes temen los progresos de las naciones por el odio al espíritu de libertad que es necesario a su desenrollo. Recelan de esta grandeza a que la libertad las eleva; les parece que el honor que se hace a los hombres es un ataque a su dignidad. Quieren que toda la majestad de un imperio se halle sobre una sola frente, y lo que los pueblos adquieren les parece una pérdida para sí mismos. Pero es que los reyes no juzgan acertadamente del nuevo estado de los pueblos...”
En otra parte dice el mismo autor: “Los reyes al nacer encuentran los pueblos subyugados y toman esta servidumbre por un estado fijo, porque a sus ojos lo que es, debe ser. Un desorden organizado es para ellos un orden inmutable. Así los reyes, mirando la servidumbre como una naturaleza de las cosas y su poder como un principio, tratan de rebeldes y como enemigos los pueblos que claman por los derechos que la fuerza les ha usurpado... Para un emperador de Austria lo que no es despotismo, es herejía y sofisma: por eso... (cuidado americanos), por eso en la coalición de los reyes contra los pueblos (es decir ahora contra nosotros) se ha visto al Austria la más activa y la más intolerante. La política de Carlos V está allí tan viva como si este emperador existiese..., el poder imperial considera toda independencia como una hostilidad”. He aquí en breve el carácter de los reyes.
Actualmente están los musulmanes destruyendo la Grecia con la mayor crueldad por el atroz delito de querer recobrar su independencia; como tres mil griegos perecieron en una sola vez, defendiendo sus derechos con tal ardor que hasta las mujeres, ya vencidos los hombres, se mataban ellas mismas con sus hijos antes que ser esclavas de los turcos... ¡Qué horror!
Estos mismos griegos, heroicos defensores de la libertad, no pudiendo con todos sus esfuerzos sacudir el ominoso yugo otomano, han invocado el auxilio de los reyes cristianos, y éstos se han hecho sordos, mirando no sólo con indiferencia, sino acaso con gusto, la desigual lucha en que ha perecido esta nación valiente, cuna de la religión y la literatura. Por eso dice el autor citado: “En esta causa se halla a descubierto la política de los reyes. El nombre de Santa Alianza es una irrisión, la más cruel, al aspecto de una nación toda de cristianos, a quienes los reyes de la Santa Alianza ven degollar con indiferencia por tigres de forma humana. Se debía creer que toda una población cristiana, que se halla amenazada de exterminio, encontraría su amparo bajo el estandarte del Crucificado, tan faustamente enarbolado por los reyes;(e) pero la apatía y fría contemplación en que yacen es una declaración pública de que los intereses de la religión no se alegan más que por decoro. Así es que en los supremos consejos, la religión no entra jamás como causa, siempre se toma por pretexto; y tan sólo cuando se aspira a tener una acogida favorable, se disfrazan los intereses humanos con el nombre de intereses divinos”.
¿Y Roma qué hace en este negocio?, lo mismo que las demás monarquías, “se mantiene muda, prosigue el autor citado, viendo asesinar a sus puertas un pueblo entero de cristianos... El secreto de su silencio no es impenetrable. Los patriarcas de la Grecia no reconocen la supremacía romana; éste es un crimen que Roma no perdona...
“Otros cuidados mayores que el de la salud de los griegos tiene Roma; está ocupada enteramente en la extinción total de la filosofía. El Vaticano es el sitio y el hogar de una vasta conjuración que abraza todos los Estados del Occidente. Los jefes de sus ejércitos ocultos están en las cortes de los reyes.(f) El espíritu de Roma se introduce en los consejos y pasa después a los Congresos.(g) En todos los países de Europa, Roma dirige en silencio un clero consagrado a sus órdenes, sumiso a una misma voluntad, y que tiende a un mismo fin...(h) La Grecia cristiana nada en sangre; pero la Grecia es cismática, y Roma no la reconoce;(i) la Grecia es independiente, y Roma no quiere más que súbditos; todos los que no la obedecen son rebeldes. La cuchilla de los musulmanes es la espada vengadora de los profetas”.
¿Quién al leer estos rasgos políticos de un escritor europeo, y tan moderno como del año próximo pasado, no se convencerá de que es imposible que los santosaliados, y el santo padre entre ellos, nos pierdan de vista ni un momento? La guerra nos la harán. Esto es de fe. No se interesan por sostener los pretendidos derechos de España sobre sus ya perdidas colonias de América, sino por los suyos, por sofocar hasta el nombre santo de la libertad.
La guerra del Nuevo Mundo con el Viejo es inevitable. Ni le impondrá a la Europa el Congreso de Panamá americano. Los reyes también se han coligado días hace. Una victoria decisiva y sangrienta será la que fije la suerte de ambos mundos.
Pero si es infalible que la Liga nos ha de hacer la guerra, sería muy bueno barruntar por lo menos el cómo, y proponer al gobierno los medios de defensa de que nos debemos prevenir. Esto es lo que prometía explicar Santángelo, y lo que yo quisiera exponer si tuviera su talento e instrucción. Pero si no llenare el asunto debidamente, bosquejaré sin embargo mi opinión satisfecho que por ella se conocerá que mis deseos son loables, aunque mis ideas sean erradas. El asunto es difícil para mí, pero emprender las cosas arduas es bastante, aun cuando no se logren. In arduis, voluisse sat est. Bajo este supuesto, pregunto: ¿de qué medios se valdrá la Liga para hacernos la guerra?
A muchos parecerá muy fácil la respuesta, creyendo que los medios más eficaces serán reclutar mucha gente, disciplinarla, armarla y conducirla simultáneamente a las Américas por diversos puertos, para dividir nuestras fuerzas y darnos acciones decisivas.
Yo no pienso de esa manera. La pluma, la intriga, la seducción y el cohecho son los agentes que están trabajando en nuestra ruina antes que el cañón y la espada; y éstos no cesarán hasta vencernos, si con tiempo no toman los gobiernos americanos las medidas de precaución que dicta la razón natural.
Esta aparente apatía de la Liga, éste su andar de plomo en un asunto que tanto le interesa, es la mejor prueba de la sagacidad y madurez con que camina; mas no creamos que bajo esta aparente zoncera se duerme, antes vela día y noche y avanza mucho. Su silencio es como el del gato cuando caza al incauto ratoncillo. Ese animal astuto, a la presencia de su presa, cose el pecho con la tierra, como que nada menos piensa que en correr; su respiración es pausada; parece que no tiene movimiento. Empero sus ojos vivos y centelleantes están fijos sobre el objeto de su voracidad, y toda su aparente quietud entra en un cálculo de previsión para no errar el golpe. En efecto, cuando se resuelve a correr siempre es con fruto, pues a pocos pasos, cuando no es al primer salto, el miserable ratón es presa de sus uñas, y entonces, con la crueldad de fiera, no lo mata al instante, sino que lo lastima mucho, y así que considera que está incapaz de escapársele, se burla de su infelicidad. Hace que lo perdona y que lo deja en libertad. El triste ratoncillo presume que se ha descuidado su enemigo, quiere salvarse, corre y se halla de nuevo en las uñas del inhumano animal, quien repite su diversión tirana, haciéndolo volar de cuando en cuando por los aires, hasta que expira en medio de estos cruelísimos vejámenes.
¡Mexicanos, cuidado con el gato! El aparente silencio de la Liga es malicioso: no nos pierde de vista, y cuando salte, el golpe será decisivo. Ya lo probaré en el segundo número que verá luz pública el sábado de esta semana.
México, 20 de julio de 1826.
El Pensador
(1) México: 1826. Oficina de la Testamentaría de Ontiveros [Cf. nota 1 a La tragedia de los gatos...].
(2) Santángelo. Cf. nota 2 a Si a Santángelo...
(3) presidente. Cf. nota 55 a La tragedia de los gatos...
(4) editores de El Mercurio. Periódico de Veracruz que se inició en 1825. Se convierte en diario a partir del 1º de febrero de 1826; su tema era mercantil. Sus editores fueron Castillo y Ceruti, frecuentemente aparecieron noticias tomadas de este periódico en el Águila Mexicana.
(5) Santa Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...
(a) Alude a mi Sueño de mis Conversaciones del Payo y el Sacristán [Vigésimaquinta y última Conversación del Payo y el Sacristán. Es un sueño, en Obras V, op. cit., pp. 529-549].
(b) Santángelo [dice]: “el tratado enviado a Londres llevaba en su seno el germen de su inadmisibilidad, y este mismo vicio debía introducirse también en el que había de ser enviado a Washington. Se nos pedía [el texto se interrumpe aquí. Fernández de Lizardi lo completa en el folleto siguiente] reciprocidad, tolerancia, igualdad; y nosotros respondíamos: capricho, fanatismo, parcialidad. Así es que el tratado remitido a Londres fue rechazado, y (nótese esto) algún día llegaremos a conocer que en nuestra infancia deberíamos haber tenido más respeto a la edad madura”.
(6) Michelena. Cf.nota 53 a Diálogos... 1.
(c) Aquí han entrado, salido y permanecido españoles y extranjeros con el título que han querido, sin que nadie los incomode. ¡Algún día lloraremos esta confianza!
(7) Cf.nota 13 a La tragedia de los gatos...
(d) Titulada: Revista Política de la Europa.
(e) En todas las banderas de los reyes cristianos está la Cruz; pero tras de ésta está el diablo.
(f) Y también en las capitales de las repúblicas cristianas.
(g) Y si estos Congresos se componen de clérigos, todo lo tiene conseguido más fácilmente.
(h) El autor dice que en todos los países de Europa. Sería de la Europa cristiana, pero este clero consagrado a sus órdenes y sujeto a su voluntad también existe en las repúblicas cristianas.
(i) A nosotros tampoco nos reconoce sin ser cismáticos, pero somos independientes.