¿Ve vuestra señoría qué lejos estaba san Pablo de aconsejar la continencia (del doctor Lerdo) a los casados? Pero el doctor olvidó que hay tres géneros de continencias: virginal, matrimonial y viudal. San Pablo explica todas;(155) pero mi censor se desentiende de san Pablo. Yo puedo ser y seré continente casado, mientras no busque otra mujer que la mía. Juana doncella será continente mientras se conserve en tal estado, aunque puede no ser casta; y María viuda podrá serlo mientras no sea ramera pública o disimulada.

Así es que san Pablo no podía prohibir la cohabitación a los casados, que es en lo que mi censor hace consistir la incontinencia. Si supiera, como san Pablo, que bien puede ser incontinente un casado, no hubiera escrito la desesperada afirmativa de que san Pablo no mandó a los casados la continencia por no echarles un lazo. Todo lo contrario, les mandó cohabitar porque no por una incontinencia hipócrita dieran en una incontinencia verdadera. De aquí sigue que la consecuencia que saca el censor de que la Iglesia se opone a san Pablo, etcétera, es tan falsa como la proposición de que la deduce.

El lazo que san Pablo no quiso tender a los corint[i]os, ni a ninguno, fue el de obligarlos a ser vírgenes sin un especial llamamiento por hacerse más perfectos, temiendo no les sucediera lo que al español que, estando bueno, quiso estar mejor, y se murió. Bien claro lo explica en su primera carta a los de Corinto, donde les dice: “si tomares mujer, no pecaste, y si la virgen se casare, no pecó... El que está sin mujer, está cuidadoso de las cosas que son del Señor... Mas el que está con mujer, está afanado con las cosas del mundo, como ha de dar gusto a su mujer, y anda dividido; y la mujer soltera y la virgen piensan en las cosas que son del mundo y cómo agradar al marido. En verdad esto digo para provecho vuestro; no para echaros lazo, sino solamente para lo que es honesto... Mas si a alguno le parece que no le es honesto a su virgen, si se le pasa la edad de casarse, y que así es necesario que se cumpla, haga lo que quisiere; no peca si se casa.”(156)

He aquí bien claro que el lazo, que san Pablo no les quiso tender a sus discípulos, no fue prescribir a los casados la continencia, pues ésta se las manda Dios, la naturaleza y la ley; y así san Pablo, cuando a ella los exhorta, está muy lejos de creer que les tiende un lazo. El que no quiso tenderles el apóstol fue el de que no se comprometieran a ser vírgenes sin un fin honesto. Esto mismo quiere la Iglesia y yo no lo he negado, con lo que basta para echar por tierra este repetido sofisma del censor acordándole a vuestra señoría que yo no repugno la castidad, sino el voto de ella hecho sin verdadera vocación.

E.1 Estas notas las temo de los necios fanáticos e hipócritas: de los verdaderos sabios y virtuosos no las temo.

F.1 No, señor: que san Pablo no se atrevió a aconsejar el voto de castidad, como he dicho, no es aserción gratuita mía, es mala inteligencia del doctor Lerdo. El apóstol aconsejó la virginidad y el celibatismo; pero nunca el voto de ser célibe o virgen. Esto es inconcuso, y esto es lo que digo: no sé qué opondrá a ello el censor.

G.1 Todas estas palabras son importunas después de aclarada la mala inteligencia en que se apoyan.

H.1 ¡Cuánto diera yo porque el censor hablara menos y probara más! Es verdad que los fieles estamos obligados a sujetar nuestro juicio al de la Iglesia, pero pregunto: ¿este dogma católico obliga semper ut ubique?(157)¿Obliga a todos los fieles en todos tiempos, en todos lugares y en todas materias? Yo creo que no, sino que este ascenso debemos darlo a la Iglesia en materias de fe y de disciplina fundamental, porque en esto no puede engañarse, pero en cuanto a disciplina providencial o de mera policía eclesiástica estamos libres para creer o no lo que nos parezca, y aun para admitir o no admitir lo que nos tenga o no nos tenga cuenta, y esto no sólo cuando lo manda el papa como papa, pues ya sabemos que el papa no es la Iglesia; pero ni cuando lo mande un concilio general a nombre de la Iglesia universal.

Las naciones y los reyes siempre han sabido que estos concilios generales son unas cortes compuestas de obispos y eclesiásticos escogidos de toda la cristiandad, no popularmente, porque el pueblo no los elige como antes elegía a los obispos, sino por los reyes; y sin embargo, conociendo éstos que los dichos vocales del congreso o concilio general son eclesiásticos, sujetos por una parte a ellos, y por otra dependientes del papa, han desconfiado y desconfían de la firmeza de sus mismos diputados, y, temiendo que no sucumban a las miras políticas de Roma con perjuicio de sus intereses temporales, cada rey ha mandado al concilio un apoderado que esté a la mira de que no se vulneren sus derechos a pretexto de religión. Este apoderado se conoce con el nombre de asistente real.

Con todas esas diligencias precautorias, sea por astucias de Roma, por pluralidad de votos, o por inspiración del Espíritu Santo, lo que no me meteré en disputar, estas cortes eclesiásticas o concilios han decretado y sancionado algunas leyes, que muchos reyes y príncipes cristianos no han querido admitir por ser contrarias a sus intereses. Puntualmente Francia no admitió el Concilio de Trento, ni España algo de él.(158) Es menester que el pueblo sepa que cuando se manda una cosa en un concilio general, se dice que lo manda la Iglesia universal; y sin embargo de que tal se diga, los reyes y naciones no se sujetan a la Iglesia cuando no les conviene.

Cuando los papas mandan como oráculos alguna cosa en nombre de la Iglesia, también deben ser obedecidos. Sin embargo, no ha sido recibida en las más partes de la cristiandad la Bula de la Cena(159)que con tanta solemnidad se publica en Roma todos los años el día Jueves Santo. ¡Ya se ve!, contiene millares de excomuniones injustísimas.

Pero ¿qué más si en ninguna parte de la cristiandad se obedecen las bulas de los papas sin el regio exsequatur? Esto es, sin el pasaporte o permiso del rey y su consejo; y aquí ve claramente el doctor Lerdo cómo no estamos obligados a sujetar nuestro juicio al de la Iglesia siempre y en todas materias.

Ahora mismo tenemos entre manos la encíclica, o llámese pastoral circular del señor León XII, en que manda a los obispos de la América que seduzcan a los pueblos a fin de que vuelvan a recibir sobre sus cuellos la dura coyunda de Fernando Borbón. ¿Y qué ha sucedido? Ya vuestra señoría lo ha visto. La nación se ha electrizado en términos de que le han faltado al respeto al papa y ven su carta o mandato con el más alto desprecio. Si mañana nos mandara ser vasallos de Fernando, amenazándonos con todo el batallón de maldiciones del Vaticano, nos reiríamos de ellas; y si un concilio, el más general que se pudiera convocar, mandara igual cosa, fuera lo mismo. Ya sabemos que el papa por hoy es nuestro enemigo, no espiritual, sino político, como que está al frente de la Liga(160)de los reyes opresores de la libertad de los pueblos; y sabemos cuál es el camino de ser independientes sin dejar de ser cristianos. La lástima es que el doctor Lerdo no tuviera presentes estas verdades: entonces no hubiera sentado la proposición que rebatimos por absoluta.

I.1 Este sofisma se responde con lo que dije en mi nota [B.1]. La Iglesia no tiende tales lazos a los fieles, ni menos los precipita al infierno; pero muchos no se condenaran si no se vieran obligados a hacer el voto. Mientras no se me pruebe que cuantos hacen voto de castidad perpetuo lo guardan como se debe, y no hay uno que se condene por infractor del voto, siempre será ésa mi opinión.

J.1 Se necesita más que calma para soportar tantas y tan repetidas equivocaciones del censor, y mucha más para sufrir su lógica. Apenas pone un argumento en orden. He dicho: he de creer más a Jesucristo que a todos los papas del mundo, entrando san Pedro por principio de cuenta. El doctor dice que ésta es una blasfemia que sabe a herejía (eso quieren decir sus expresiones: que no tiene tanto de herética; luego, tiene algo). Y añade que es irreligiosa. Luego su contraria será católica, religiosa y santa. ¿Y cuál es su contraria? Ésta: he de creer más a cualquier papa que al mismo Jesucristo. ¿Ve vuestra señoría en qué enredos se mete el doctor Lerdo con su lógica?

Añade que es absurda en sus pruebas. Las pruebas dice que son “que san Pedro fue alguna vez mentiroso, jurador en falso y vengativo”; y saca esta horrible consecuencia: luego no se le debe dar fe ni a él, ni a sus sucesores, que son capaces de lo mismo; y como si hubiera dicho algo en su lugar, exclama: “se necesita, señor, de calma para escuchar semejantes dislates.” Yo no sé de qué dislates habla el doctor Lerdo, si de los míos o de los suyos. Creeré que de éstos, porque lo son y más de marca. De que yo haya dicho, que he de creer más a Jesucristo que a los papas, porque Jesucristo es la misma santidad y sabiduría, virtudes que no son de esencia del papado, pues éste lo adquieren hombres frágiles, ignorantes y pecadores, cual fue el mismo san Pedro, ¿puede seguirse que no debamos creer en cuanto al dogma católico (esta distinción no tuvo presente el censor, y es bien clara) a san Pedro ni a sus sucesores? Este modo de deducir consecuencias es privativo del doctor Lerdo.

K.1 Este sofisma está respuesto en mis notas [B.1 e I.1].

L.1 Este otro sofisma está respuesto en mi nota [H.1], donde dejamos explicado en qué casos no estamos obligados a obedecer a la cabeza visible de la Iglesia; el censor es muy amigo de repetir una misma cosa muchas veces, y en cada una aglomerar nuevos sofismas.

LL.1 Eso es lo que deseamos, que los papas se arreglen siempre a las leyes fundamentales de la primitiva Iglesia.

M.1 Todos saben que el pontífice romano es un lugarteniente o vicario de Jesucristo. En ese sentido digo que es un vicelegislador, que quiere decir: un legislador de la Iglesia en lugar de Cristo, y en este sentido mi proposición es católica a juicio del mismo censor; mas estamos en que este legislador no puede alterar las leyes fundamentales de la Iglesia, y que en cuanto a la disciplina providencial, o que tienden al gobierno económico de la Iglesia, puede hacer nuevas leyes, reformar y abolir las que crea convenientes, en cuyo caso el papa que quiera puede relajar el voto de castidad al clero y a las monjas.

N1 No se equivoca en efecto el censor cuando me cree ignorante en materias teológicas, ni me cuesta ningún trabajo ni rubor el confesar que no entiendo estas ramificaciones de la gracia divina en eficaz, auxiliante, suficiente, gratis data, etcétera. Yo entendía que la gracia eficaz es aquella a la que el hombre no puede resistir. San Pablo, en su Epístola a los romanos, capítulo 11, versículos 5, 6 y 7, refiriendo las quejas que Elías daba a Dios contra Israel, en las que le decía que habían matado sus profetas, derribado sus altares y que él había quedado solo, Dios le dijo: “me he reservado siete mil varones que no han doblado las rodillas delante de Baal.” A esto dice san Pablo en el lugar citado: “pues así también en este tiempo, los que se han reservado de ellos (esto es, de los asesinos) según la elección de la gracia, se han hecho salvos. Y si por gracia, luego no por obra: de otra manera, la gracia ya no es gracia.”(161) Por tanto, entendía yo que la eficacia de tal gracia consistía en nada de parte de la criatura, sino todo de parte de Dios. Si esto no es así, me engañé; mas hubiera sido bueno que el censor en este lugar nos hubiera dado siquiera las definiciones de las diferentes gracias, pues que esto debe conducir mucho para entender la intrincada cuestión de la predestinación de las almas.

Ñ1 El censor trunca mis periodos cuando le parece. En la página trece de mi Vigésima Conversación citada, digo así: “las monjas en tiempo de san Jerónimo no conocían ese nuevo voto de clausura que ni por señas se halla en el Evangelio, y este voto no es tan suave como se cree; es condenarse a una prisión perpetua, de por vida, y sin esperanzas de salir jamás de ella.”(162) En la página diez y seis digo a las jóvenes: “Dios os crió libres y Dios no quiere esclavos, ni exige de nosotros sacrificios desmedidos a nuestra miserable naturaleza.”(163) ¿Habrá quien halle una herejía en este modo de expresarme? Sí: el doctor Lerdo halla dos muy fácilmente, porque el doctor Lerdo es capaz de encontrar herejías a miles en el Credo si lo ve escrito por mi mano. La primera herejía dice que es que mis proposiciones insinúan que la Iglesia no puede mandar lo que no está expreso en el Evangelio. Ni aunque poseyera yo la lógica del censor, sacara con tan poco trabajo una consecuencia tan absurda de una proposición tan sencilla. Yo digo: el voto de clausura ni por señas se halla en el Evangelio. Esta proposición es tan inocente como cierta; pues de ésta saca una herejía el doctor Lerdo, ¿y cómo?, muy fácilmente, poniendo la menor, sacando la consecuencia que se le antoja, e imputándomela a mí. Vea vuestra señoría su silogismo, y qué redondo. “Según El Pensador (dice) el voto de clausura no se halla indicado en el Evangelio; la Iglesia manda este voto a las monjas (ésta es la menor), luego, según El Pensador, la Iglesia no puede mandar lo que no está expreso en el Evangelio.” Esta es la consecuencia que incluye la herejía que me achaca. Es harto doloroso tener que combatir con un doctor de tan fina dialéctica, pero ni con ganchos se puede sacar tal consecuencia de mi proposición; lo vicioso del silogismo me excusa de vindicarme más.

La segunda herejía dice que es que cuando digo “que Dios no exige de nosotros sacrificios desmedidos a nuestra miserable naturaleza”, quiero insinuar que el voto de castidad perpetua es imposible de guardar. Si vale este modo de argüir, yo me comprometo a sacar de herejes no sólo al doctor Lerdo con su censura, sino a san Pedro con sus Cartas. En el mismísimo párrafo de la página diez y seis de mi Conversación Vigésima, donde está la proposición que saca herética, está terminantemente la explicación, pues digo así: “La que sea llamada de Dios al monasterio corra a él”; pero la que no logre “tal llamamiento, cásese, ella será feliz y complacerá al Ser Supremo en este estado.”(164) ¿Cuando digo que corra al monasterio la que sea llamada de Dios; y cuando en la página catorce de esa misma Conversación digo que no me opongo a que haya vírgenes ni castos, que lo sean enhorabuena los que recibieron de Dios esa gracia tan particular, y que corresponda a su vocación el que se halle asegurado de ella;(165) que convendré (página diez, Conversación Veinte)de buena gana en que ha habido y habrá sacerdotes castísimos y vírgenes perfectas;(166) cuando confieso (página cinco, Conversación citada) que el celibatismo religioso es un estado más perfecto que el del matrimonio;(167) cuando (en la Conversación Diez y seis, página cinco) digo que la santa Iglesia tiene aprobado el estado de castidad, etcétera?,(168) ¿podrá inferirse (le vuelvo a preguntar a vuestra señoría) de estas proposiciones que digo que es imposible a nadie guardar el voto de castidad perpetuamente?

O.1 Tantos absurdos se infirieran si valiera argüir con la lógica del doctor Lerdo.

P.1 Ni yo tengo necesidad de repetir que estas ilaciones tan absurdas no se deducen de mis proposiciones, sino de la rara lógica del censor.

Q.1 Si los lectores son necios la formarán mala, y si son sabios, suspenderán su juicio cuando vean que la Iglesia manda a muchos lo que Jesucristo no mandó a ninguno. Además que la perpetuidad de los votos hechos sin vocación es un anatema, una desesperación y un estado infernal para el que así los hace; y la imprudencia de éstos no se puede imputar a la Iglesia.

R.1 Sí, señor, será contra el fin de su creación en todas aquellas que abracen el estado religioso sin una verdadera vocación, porque, habiéndolas Dios criado para casadas, ellas trastornaron el orden del Criador, adoptando un estado para el que Dios no las llamó. Así al contrario: la que llamada a tal estado se casa, también contraría el fin de creación; mas esto es hablando teológicamente, es decir, hablando de tal cual alma privilegiada; pero, hablando en lo general, sostengo y defiendo mi proposición, ésta es que las jovencitas y todas las mujeres no fueron criadas por Dios para ser monjas, sino para reproducir su especie con la ayuda del hombre. Cuando les habló a nuestros primeros padres, en cuyas personas habló al género humano, no les dijo: sed frailes y monjas, y hacedme voto de castidad, sino creced, multiplicaos y llenad la tierra de vuestros hijos; y complacido tal vez en la hermosura y atractivos de la mujer, mirando a la bellísima Eva, la primera muchacha que salió de sus divinas manos,(169) dijo: por esta dejará el hombre a su padre y a su madre, se juntará con su mujer, y serán dos en una carne.(170)Conque ¿en qué quedamos? ¿Crió Dios a las mujeres en general para monjas o para casadas?

Añadir el censor que las mujeres, según mi proposición, no han nacido para más alto fin que los brutos, es una consecuencia de las que acostumbra sacar. Si yo dijera: los hombres han nacido para vivir conservándose, el censor sacará luego la consecuencia: “luego el hombre no nace para más alto fin que los brutos.” En este alto fin está la mala lógica del censor. Yo no he fijado en el matrimonio el fin eterno de la creación del hombre, sino el temporal; así es que aunque haya sido criado para servir a Dios en esta vida y después gozarle en la otra, como dice el padre Ripalda,(171) esto es en cuanto lo espiritual; pero en cuanto a lo material fue criado para propagar su especie; y no se opone el objeto eterno del Criador con el temporal en la creación del hombre, pues bien puede un casado servirlo en esta vida, propagando su especie, y después gozarlo eternamente.

S.1 El ser monja sin vocación no es medio para servir a Dios; y de estas monjas hablo.

T.1 Si el argumento del censor no es de un mal sumulista,(172) es de quien gusta remedar su estilo.

U.1 Siguiendo la lógica de mi censor, digo: que si soy blasfemo porque acuerdo los defectos de san Pedro para probar que era hombre y los papas lo son como él, capaces de errar mil veces, los evangelistas blasfemaron antes que yo porque ellos trasladaron a mi noticia estas debilidades del santo apóstol.

V.1 No solo está acorde con el contenido de mi Conversación 22, sino con el de todas, desde la 16 hasta la 24 inclusive, en que se concluye la materia del voto.(173) Hablen cartas y callen barbas.(174) Lea el que quiera mis Conversaciones citadas, y se convencerá de esta verdad.

Decir, como dice, que yo acuso las flaquezas de san Pedro (cosa que nadie sabía si yo no lo digo) para probar que es un temerario todo el que hace voto de castidad, es consecuencia propia del doctor Lerdo.

W.1 Pues tiene poco que entender. Por habla del Espíritu Santo, ¿quién no entiende la inspiración divina? Yo mismo, exhortando a que corresponda a esta inspiración la joven que se sienta llamada a la clausura, digo en mi Conversación Diez, página catorce.(175) Hodie si vocem Domini audieritis, nolite obdurare corda vestra.(176) Esto está muy claro; mas el doctor Lerdo, cuando halla una expresión muy católica no la entiende. ¡Qué desgracia!

X.1 Por más que yo me explique, el doctor no quiere que deshaga las impresiones y blasfemias que él supone. ¡Si el doctor sólo leyera mis impresos...!

Y.1 Y yo la tendré para hablar de la que esta autoridad me hizo a mí.

Z.1 Con hacer distinción de mis palabras se desvanece la soñada blasfemia del censor. Digo que Pilatos sentenció a la inocencia, esto es a Jesucristo, que es la inocencia misma; y el provisor sentenció al inocente Pensador. ¡Hay alguna diferencia entre sentenciar a la inocencia divina, a sentenciar al inocente Pensador! Pero el doctor Lerdo no entiende esta tan sencilla distinción.

A.2 Córrase traslado de esta acusación a san Jerónimo, porque él dijo esta blasfemia; y yo del santo la aprendí en su epístola a la virgen Eustaquia. Dice así a la letra: Descende, sede in terra, virgo filia Babilonis: sede in terra: non est solium filiae Chaldeorum;(177) non vocaberis ultra mollis et delicata:(178) accipe mollam et mole farinam; discooperi velamen tuum, denuda crura, transi flumina:(179) revelabitur ignomina tua, aparebunt opprobia tua.(180) Et hoc (atención, señor doctor Lerdo) et hoc post Dei filii thalamos, post oscula fratruelis et sponsi, illa de qua quondam sermo propheticos concinebat: Adstitit regina a dextris tuis in vestitu deaurato, circumdata varietate, nudabitur, et posteriora eius ponentur in facie ipsius: Sedebit ad aquas solitudinis, et posita base, divaricabit pedes suos omni transeunti, et usque ad verticem polluetur.(181)

Esto es un poco más fuerte que lo que escandalizó al censor. La traducción que hice no fue mía, sino del licenciado López Cuesta, impresa en Madrid el año de 1794, en casa de Ramón Ruiz, y aquí advertirá vuestra señoría que no quise escribir en mis Conversaciones aquello de nudabitur, et posita base, divaricabit pedes suos omni transeunti, et usque ad verticem polluetur, porque está un poco obsceno. Y no valen nada las traducciones violentas, si las voces han de tener siempre sus propios significados.

El tal licenciado Cuesta traduce el divaricabit diciendo que les daría traspiés a los hombres para hacerlos caer, esto es: que les metería zancadilla. Este modo de traducir es muy ridículo, porque lo primero que divaricabit pedes suos, no significa meter zancadilla, sino apartar los pies; y el profeta Ezequiel lo dice claro en el capítulo 16, versículo 25: divisisti pedes tuos omni transeunti, y para que no quede duda, añade: et multiplicasti fornicationes tuas.(182)

El sabio Du-Hamel,(183) anotando este texto de Ezequiel, para nada lo disculpa, antes dice claramente que significa cosa torpe, rem turpem significat.

Lo segundo que hace ridícula la traducción de Cuesta es que no advirtió que para la inocente travesura de meter zancadilla una mujer a cuantos pasen junto a ella, no necesita desnudarse como lo hizo la ramera en metáfora.

San Jerónimo aplica este pasaje a una mujer que deja de ser virgen, después de haberse consagrado a Dios, y añade: mejor fuera al hombre casarse y andar por un camino llano, que no por querer aspirar a cosas más altas, caer en lo profundo del infierno. Eso he dicho y repito a las jóvenes. No se olvide.

B.2 Ya siguiendo la doctrina de Berardí, autor nada sospechoso al censor, hice distinción de las disciplinas de la Iglesia. Véase mi nota [P].

C.2 Mal comprendido. Distingue tempora et concordabis jura.

D.2 Si es mentira, mienten los historiadores, los cánones, los concilios y hasta san Pablo, porque en ellos he leído lo que cito en mis Conversaciones.

E.2 No infiero tal cosa, sólo me refiero a la práctica de la Iglesia en sus primeros siglos, en los que es inconcuso que la fe era más viva, las costumbres más puras y la disciplina más severa; y si entonces podían casarse los clérigos, ¿hoy por qué no?

F.2 Lejos de eso, y confesando que tiene la misma autoridad, pruebo que el papa, o el concilio que quiera, puede relajar el voto de castidad, si lo juzga conveniente, según las diversas circunstancias de los tiempos. Y como en los nuestros está la disolución tan en su punto, que por desgracia se ha introducido hasta en los claustros, pienso que convendría hoy más que nunca la tal relajación. Siento decirlo; pero no es cosa de crédito: todos lo ven y saben. Conocemos y hemos conocido en todos tiempos una multitud de eclesiásticos de ambos cleros que tienen sus mujeres y sus hijos.

En el siglo X, dice el maestro fray Henrique Flórez en su Clave historial,(184)página 175, que se casaban los canónigos con públicas amonestaciones. Hoy no se dice tanto de estos distinguidos eclesiásticos; pero no hay muchacha que no cante esta coplita:

Los canónigos, madre,

no tienen hijos,

pero en sus casas tienen

muchos sobrinos.

Se dirá que la malicia fue quien dictó tal copla, pues, en efecto, las niñas y niños que hay en tales casas son hermanitas y sobrinitos de su señoría. Digo que así será; pero si hemos de ser tan escrupulosos que hemos de acusar de hereje al que diga que sería mejor que se casaran los clérigos, que no que dieran escándalo, ¿por qué no se acuerdan estos santos de lo que san Jerónimo dice a Nepociano, dándole las reglas con que debe vivir un clérigo?

“En vuestra casa, dice el santo, muy pocas veces o ninguna entren mujeres, cualesquiera que sean. No moréis ni reposéis jamás con ninguna debajo de un mismo techo, aunque sea por breve espacio; ni para esto os aseguréis con haber sido casto hasta entonces, pues no podéis ser más santo que David, ni más fuerte que Sansón, ni más sabio que Salomón...”

“Guardaos con todo cuidado de dar ocasión de que sospechen de vos cosa mala, y todo aquello que pueda fingirse probablemente, huid de dar ocasión para que se finja...”(185)

No se crea por esto que yo me espantara de que hubiera canónigos con hijos, cuando hemos conocido obispos padres, y no ya obispos, sino cardenales y papas. La Historia eclesiástica nos dice que Juan X fue ciego amante de Teodora,(186)quien lo sentó en la silla de san Pedro, de donde lo hizo bajar a un calabozo Marosia, hija de su dama, que lo fue de Sergio III; y Alejandro VI, tuvo también sus amores nada menos que con su misma hija,(187) etcétera.

En vista de esto y de que yo mismo digo que el mundo en esta parte es la casa del jabonero, ¿cómo me había de sorprender de que hubiera canónigos con hijos, cuando el diablo de la carne está amañada a abofetear no ya a los clérigos y frailes, canónigos y obispos, cardenales y papas, sino a los Davides y Salomones y a los Pablos y los Jerónimos?

Ni crea el doctor Lerdo que cito estos ejemplos de papas relajados por desacreditar la silla apostólica. Sé bien que la silla apostólica no son los papas. He traído éstos al caso porque parece que el censor no cree o ignora que haya habido tales pontífices en el mundo. Eso da a entender cuando dice: “aun dado que siendo las costumbres de los papas no edificantes.” Ese aun dado significa que lo duda, y por eso le cito casos, no ya de costumbres no edificantes, sino escandalosas y criminales.

Por estas razones siempre he creído que convendría se casasen los clérigos, pues más valía que éstos tuvieran lícitamente sus mujeres y cuidaran su prole, que no que el escándalo se aumentara con la prohibición del matrimonio, que mucha prole se pierda, y se hagan infelices muchas niñas. Además que yo no encuentro más justo motivo para que un sacerdote no pueda ser casado, sino la prohibición canónica: el día que un papa quiera reformar este punto de disciplina, bien podrá hacerlo, porque un Sacramento no se opone a otro; así es que el del orden no se opone al matrimonio.

G.2 No se infiere.

H.2 En lo que toca a policía eclesiástica o caprichos de los papas, no pueden decir: Nos ha parecido a nosotros y al Espíritu Santo, sino nos ha parecido a nosotros solos.

I.2 Al leer los argumentos del censor no parece sino que apura todos los recursos del sofisma, porque de las expresiones vertidas en esos números nada de eso puede inferirse. Léalas quien quiera, y verá la justicia con que hablo.

J.2 Este sentido les quedará: “el que os oye, sacerdotes de la ley de gracia, la doctrina que yo enseñé, me oye a mí; el que os desprecia cuando les enseñáis estas doctrinas, a mí me desprecia; pero el que no hace aprecio de vuestras falsas doctrinas, que yo no enseñé, de vuestras codicias, ambiciones, rencores y venganzas que os prohibí, ni de vuestro mal ejemplo, que no os di, ése no me desprecia a mí, sino a vosotros, quienes tenéis la culpa según que os lo predije por mis profetas.”(188) El profeta y el sacerdote están manchados, dice el Señor por Jeremías (capítulo 23, versículos 11 y 16). Yo encontré su maldad en mi casa. No queráis escuchar las palabras de esos profetas que os engañan contándoos lo que les parece, y no lo que han oído de la boca del Señor.(189) Ellos ven cosas vanas, dice Dios por Ezequiel (capítulo 13, versículos 6 y 7);(190) adivinan mentiras y dicen el Señor lo dijo... Cuando yo (dice Dios) no he hablado tal cosa. Por el mismo profeta (capítulo 22, versículo 26) dice a los sacerdotes de Jerusalén: “Los sacerdotes de esta ciudad menospreciaron mi ley y mancharon mis santuarios: no hicieron diferencia entre lo santo y lo profano, entre lo manchado y lo limpio.”(191) En el capítulo 34 del mismo profeta (versículos 2, 3, 4, 5, 7 y 10) dice: “¡Ay de los pastores de Israel que se apacentaban a sí mismos! ¿Por ventura los ganados no deben ser apacentados por los pastores? Mas vosotros que no apacentabais mi rebaño, os comíais su leche, os cubríais con su lana y matabais la oveja más gorda; y porque no curasteis lo que estaba enfermo, ni soldasteis lo que estaba quebrado, ni alzasteis lo que estaba arrojado, ni solicitasteis el remedio de lo que iba a perecer, sino que los mandabais con austeridad y con orgullo, se disiparon mis ovejas por falta de pastor, y quedaron entregadas a la voracidad de las bestias del campo.” “Por eso, curas, oíd la palabra del Señor. Yo mismo les cobraré a ellos mi grey, y haré que no vuelvan a apacentarla, ni que estos pastores se alimenten a sí mismos, y libraré a mi rebaño de su boca para que no les sirva de alimento.”(192)

Esto quiere decir que: lejos de escandalizarse los fieles de mis expresiones, como cree el censor, advertirán que el mismo Dios que recomienda la veneración y respeto debido a los sacerdotes buenos es el que anatematiza a los malos con el desprecio de los pueblos. En el Nuevo Testamento por san Mateo dice: “vosotros, sacerdotes, sois la sal de la tierra, pero si esta sal perdiere su virtud, no queda para otra cosa sino para arrojarla a la calle y que la pisen los hombres.”(193)

K.2 Aquí confiesa el censor de buena fe la corrupción de la primitiva disciplina eclesiástica, y aun le echa la culpa a la Iglesia, diciendo: que no ha dejado corromper también este punto.Tal modo de hablar indica que ha dejado corromper los demás, lo que yo no me atreví a decir. Más para el censor es un enigma incomprensible el modo con que supone que yo censuro a la Iglesia. No censuro tal; lo que digo es que no entiendo cómo, cuando todos los puntos de disciplina se han relajado, éste de castidad se ha estrechado.”(194) Si el censor quisiera entenderme, vería como puede estrecharse el voto, y relajarse la castidad. De lo primero me admiro; esto es: de la estrechez; pero no niego lo segundo, que es la relajación de la castidad, cuando vemos que de día en día ésta se relaja más y más, porque muy bien se compone la estrechez de la ley con la relajación de las costumbres. Quiero decir: no es incompatible uno con otro, no es imposible; bien puede haber leyes buenas y costumbres malas en un pueblo, sin que de la disolución de las segundas se pueda echar la culpa a las primeras. El poder legislativo, por ejemplo, decreta unas leyes muy severas contra los ebrios; y sin embargo, vemos que éstos se aumentan cada día. ¿Se podrá atribuir al poder legislativo la abundancia de los borrachos?

Así aquí los cánones o leyes de la Iglesia imponen graves penas a los clérigos concubinarios; sin embargo, vemos que éstos nunca han faltado, y que en el día son en número excesivo. Esto no es censurar a la Iglesia. Ella desea que todo el que haga voto de castidad lo cumpla perfectamente. ¡Deseo justo, loable y santificado!; pero la naturaleza con sus estímulos, las muchachas con su hermosura, el apetito innato de la reproducción de nuestra especie, la codicia del oro que Virgilio llamó sagrada,(195)la falsa devoción, la vocación mal entendida y la ignorancia e inhabilidad personal, hace que éstos, aquéllos y los otros quebranten el voto de castidad cada día, que escandalicen al pueblo corrompiendo doncellas, seduciendo casadas, perjudicando la sociedad, privándola de su prole, o ya con bebedizos abortivos, o dejando sus hijos cargados con las injustas notas de sacrílegos, y, por último, que no se verifiquen los santos fines de la Iglesia.

Hablemos claro, señor provisor: mientras que los hombres sean de la misma masa que Adán y Eva, no crea vuestra señoría ni ningún papa que ha de haber tantos castos cuantos hacen voto de serlo. Defensores de este voto habrá a millares, cumplidores... rara avis in deserto,(196)tal cual, porque esto sin una gracia muy especial de Dios, sin un llamamiento muy particular y sin una correspondencia muy fiel de parte de la criatura (circunstancias muy difíciles de reunirse), es imposible. Sí, señor, es imposible que haya muchos hombres y mujeres que resistan hasta con el pensamiento los estímulos de la naturaleza (repetiremos) sin una gracia muy especial; pero vuestra señoría sabe que lo que es muy especial no es muy común. Que Susana, que Judit, que Sunamitis (quien dormía con un hombre bajo una misma sábana) y en el Testamento Nuevo la santísima Virgen, mujer legítima del castísimo patriarca señor san José, santa Rosalía, santa Genoveva, santa Brígida, santa Lucía, y para no cansarnos santa Úrsula y once mil vírgenes (cuidado que el número de once mil no es corto) fueran doncellas, casadas y viudas castísimas, nada prueba contra mi aserto. Un millón de estas castas perfectas (lo mismo debe entenderse de los hombres), comparado con los millones de millares de hombres y mujeres que han existido desde la creación del mundo acá, es lo mismo que querer comparar un millón de sabios que haya habido en el mundo con la multitud de ignorantes que ha habido, hay hoy mismo y habrá hasta la consumación de los tiempos. Este número de los necios ni Dios lo quiso calcular: le llamó interminable, infinito.(197)Así es que compare el doctor Lerdo el número de los perfectamente castos con el de los que no lo son ni lo han sido, y verá la ventaja que éstos le llevan a aquéllos. A estas conclusiones sucumbe de buena gana el hombre que sabe lo que es el hombre, como sucumbirá el doctor Lerdo, vuestra señoría y toda su Junta(198) cuando leyendo mis expresiones y consultando sus conciencias conozcan que no es tan fácil cumplir el voto de castidad, como hacerlo, que se hacen mil veces por motivos temporales, que por esta falsedad se precipitan las mujeres (que tienen menos recursos que los hombres) no sólo a perder sus almas, sino a padecer en esta vida un infierno tan involuntario como inexplicable, y que un pontífice o un concilio que conozca estos inconvenientes, y quiera remediarlos, bien podrá hacerlo, relajando el voto de castidad al clero y a las monjas, y dejando la observancia de esta virtud en clase de mero consejo, voluntaria para el que quiera, así como lo quiso Jesucristo, lo persuadió san Pablo y practicó la Iglesia. Esto es lo que he dicho: la desgracia es que es más fácil convencerse de mis verdades, que confesarlas... ¡Oh fuerza de la preocupación! Intelligenti pauca.(199)

 

(155) 1 Cor. 7, 1; Tim. 5.

(156) 1 Cor. 7, 28.

(157) Semper et ubique. A todas horas, en todas partes.

(158) “El 6 de diciembre de 1563, antes de salir de Trento, firmaron los embajadores allí presentes de las distintas potencias dos documentos, en los cuales daban fe de la aceptación del Concilio [...]. El conde de Luna rehusó firmar hasta conocer la voluntad de Felipe II [...]. Por ausencia de los embajadores franceses firmó un documento de aprobación el cardenal de Lorena; con todo, esta aceptación no fue tenida por auténtica y eficaz [...]. Á la verdad Felipe II tuvo algunos sinsabores con Pío IV en 1564 por razón de haber dado éste la preferencia al embajador francés sobre el español en la tan debatida cuestión de preferencias; no quiso con todo demorar la aceptación de los decretos del Concilio de Trento [...]. Al aceptar [...] Felipe II lo hizo con la reserva ordinaria de los derechos de su corona [...] ninguna nación católica resistió tanto tiempo a admitir el Concilio de Trento como Francia. Los calvinistas blasfemaban contra un Concilio que había condenado sus errores [...]. Los monarcas, cediendo más á sus miras políticas que a sus deberes religiosos, temían evitar á los protestantes, y [...] no querían sujetarse á las leyes de un Concilio que, decían, echaba por tierra los privilegios de la corona de Francia. Á esto se añadía que los parlamentos se arrogaban sobre el clero una especie de pontificado que en manera alguna querían ceder á la autoridad de la Iglesia. Por largos años insistieron los Papas y los obispos de Francia en que aceptase oficialmente aquella nación el Concilio de Trento, pero fueron en vano estos esfuerzos [...]. Finalmente se decidieron [los obispos] á promulgar [los decretos] poco á poco en los Sínodos provinciales.” Enciclopedia universal ilustrada, Madrid, Espasa-Calpe, 1975, t. 64, pp. 134-135.

(159) Bula de la Cena. Bula In Caena Domini: “Llamase assi una Bula que lée publicamente el dia de la Cena, esto es, el Jueves Santo, un Cardenal Diácono, en presencia del Papa, acompañado de los demás Cardenales y Obispos. Contiene una excomunion contra todos los Hereges, los contumaces y desobedientes á la Santa Sede. Despues de leida, tira el Papa una hacha encendida á la plaza publica, en señal de anathema fulminado. En la Bula del Papa Paulo III del año de 1536 se enuncia desde el principio, que es costumbre antigua de los Soberanos Pontífices, el publicar esta excomunion el dia Jueves Santo, por conservar la pureza de la Religion Christiana, y mantener la union de los Fieles; pero no se annota en ella el origen de esta ceremonia. Los principales puntos de esta Bula conciernen á los Hereges y sus Fautores, á los Pyratas y Corsarios, á los que imponen nuevos peages; á los que falsifican Bulas y demas cartas Apostolicas; á los que maltratan á los Prelados de la Iglesia; á los que turban ó quieren restringir la Jurisdicción Eclesiastica, aun con el pretexto de impedir algunas violencias aunque sean Consejeros ó Procuradores Generales de los Principes Seculares, ya Emperadores, Reyes ò Duques; á los que usurpan los bienes de la Iglesia, etc. Todos estos casos son reservados al Papa y ninguno [sic] Sacerdote puede absolver de ellos sino en el articulo de la muerte.” Luis Moreri, El gran diccionario histórico, o Miscelánea curiosa de la historia sagrada y profana, en París, a costa de los Libreros Privilegiados, y en León de Francia, de los Hermanos Detournes, Libreros, 1753, t. II, p. 517.

(160) Liga. Cf. nota 27 a La tragedia de los gatos...

(161) En realidad es Ro. 11, 4-6.

(162) Ibid., p. 227, en el original no aparece la conjunción y: “por vida, sin esperanzas.”

(163) Ibid., p. 229.

(164) Idem. Sin cursivas.

(165) Ibid. Paráfrasis que aparece en la página 227.

(166) Ibid., p. 224.

(167) Ibid., p. 220. Y continúa: “y que los que lo siguen debidamente se transformen en ángeles; pero siendo un estado de tanta perfección y jerarquía, Jesucristo no lo mandó observar en su Iglesia católica.”

(168) Ibid., p. 192.

(169) En realidad la primera mujer es Lilith.

(170) Gn. 1, 28.

(171) Jerónimo Martínez de Ripalda. El Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana empezó a criticarlo en el número 21 del tomo II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán, y continuó en las Dudas de El Pensador consultadas a doña Teda acerca del incomparable Catecismo del padre Ripalda, de 1827.

(172) sumulista. El que enseña o estudia súmulas o principios elementales de la lógica.

(173) En el número 24 ataca la existencia de los canónigos y del diezmo, pero no trata de la castidad ni de las monjas.

(174) hablen cartas y callen barbas. “Refr. que enseña no ser ocioso, gastar palabras quando por instrumentos fidedignos consta lo que se dice: porque mas crédito se debe dar á lo escrito, que á lo hablado.” Dic. de autoridades. En opinión de la Academia, este refrán advierte contra la ociosidad y aconseja evitar palabras cuando hay instrumentos para probar lo que se dice. “Pero también aconseja consignar por escrito lo que fiado á la buena fe de la palabra pudiera ser echado en olvido [...], puesto que Palabras y plumas el viento las lleva. Se dice también, invirtiendo el orden de las oraciones, Hablen cartas y callen barbas.” José Coll y Vehí, Los refranes del Quijote, Barcelona, Imprenta del Diario de Barcelona, 1874, p. 14.

(175) En realidad es la Conversación núm. 20, no la 10.

(176) Ibid., p. 227.

(177) Is. 47, 1-2. No dice in terra sino in pulvere; babylon en vez de babilonis; chaldaeorum y no chaldeorum.

(178) Ibid.: Quia ultra non vocaberis mollis et tenera.

(179) Is. 47, 2: Tolle molam, et mole farinam; denuda turpitudinem tuam; discoperi humerum, revela crura, transi flumina.

(180) Is. 47, 3: Revelabitur ignominia tua, et videbitur opprobium tuum.

(181) et hoc post Dei filii thalamos, post oscula fratruelis et sponsi, illa de qua quondam sermo propheticus concinebat: ‘adstitit regina a dextris tuis in vestitu deaurato, circumdata varietate’. Nudabitur et posteriora eius ponentur in facie ipsius; sedebit ad aquas solitudinis et posita base divaricabit pedes suos omnio transeunti, et usque ad verticem polluetur. Saint Jéróme, Lettres, texte établi et traduit par Jéróme Labourt, Paris, Société D’Edition “Les Belles Lettres”, 1949 (Collection des Universités de France), t. I, p. 116.

(182) En toda encrucijada de camino pusiste tú la señal de prostitución; y has hecho abominable tu hermosura y te abandonaste a todo lo pasajero y multiplicaste tus fornicaciones.”

(183) Francisco Gillot Duhamel (1730-1816). Sabio francés que trabajó en diferentes industrias. En 1765 se le confió la cátedra de metalurgia en la Escuela de Minas. En 1786 ingresó a la Academia de Ciencias de Francia. Fue inspector general de minas hasta 1811. A él se deben nuevos experimentos para la cimentación del acero y para la extracción de plata y otros metales. Autor de Geometría subterránea.

(184) Enrique Flórez de Setién y Huidobro (1701-1773). Agustino, historiador, anticuario y numismático. Su obra España sagrada o Teatro geográfico-histórico de la Iglesia de España consta de 51 volúmenes; también fue autor de España carpetam y Medallas de las colonias, municipios y pueblos antiguos de la España; Disertaciones de Cantabria; Memorias de las reinas católicas; Tratado sobre la botánica y las ciencias naturales y de Clave historial (Madrid, 1743). García Cubas afirmó que la “Cronología de Flórez” fue libro de texto del bachillerato.

(185) Ad Nepotianum presbyterum. “Nos pitiolum tuum aut raro aut numquam mulierum pedes terant. Omnes puella et virgines Christi aut aequaliter ignora aut aequaliter dilige. Ne sub eoden tecto manseris; ne in praeterita castitatis confidas. Nec David sanctior nec Salomone potes esse sapientor; memento semper quod paradisi colonum de posessione sua mulier eicerit.” Saint Jéróme, Lettres, Paris, Société D’Éditions “Les Belles Lettres”, 1951, t. II, p. 179.

(186) En el Correo Semanario de México núm. 17, Lizardi dice respecto de Juan X que “formó alianza criminal deshonesta con Teodora la Joven, hermana de Marozia.” Obras VI, op. cit., p. 264.

(187) Marosia. Por Marozia. Casó con el marqués de Camerino, conde de Túsculo, pariente de Sergio III y, en posteriores nupcias, con Guido de Toscana y Hugo de Provenza. Algunos comentaristas —Liut Prando, Flodoardo, así como el Catálogo que aparece en la continuación del Liber pontificales— dan pie para suponer que hubo relaciones amorosas entre Marozia y Sergio III de las que nació Juan XI. En el Correo Semanario de México número 17, Lizardi dice que Sergio III amancebó con Marozia, mujer de Adalberto, marqués de Toscana, hija de Teodora la Mayor y hermana de la Menor. Ibid., p. 265.

(188) Lc. 10, 16. Véase también Mt. 11 y 13, y Mr. 4 y 7.

(189) “11. Porque así el profeta como el sacerdote se han hecho inmundos y dentro de mi casa he encontrado su malicia, dice el Señor.” “16. He aquí lo que dice el Señor de los Ejércitos: no querais escuchar las palabras de los profetas que os profetizan o

(189) “11. Porque así el profeta como el sacerdote se han hecho inmundos y dentro de mi casa he encontrado su malicia, dice el Señor.” “16. He aquí lo que dice el Señor de los Ejércitos: no querais escuchar las palabras de los profetas que os profetizan o embaucan; ellos os cuentan las visiones de su corazón no lo que ha dicho el Señor.”

(190) “6. Vanas son las visiones que ellos tienen, y embustes sus adivinaciones, cuando dicen: El Señor ha dicho; siendo que no son enviados del Señor, y persisten en asegurar aquello que han anunciado. 7 ¿Acaso dejan de ser vanas vuestras invenciones y mentirosas las adivinaciones que habéis propalado?”

(191) El texto de ambos versículos reza: “Sus sacerdotes han despreciado mi ley, han contaminado mis santuarios; no han sabido hacer diferencia entre lo sagrado y lo profano, y distinguir entre lo inmundo y lo puro, y no hicieron caso de mis sábados, y he sido deshonrado por medio de ellos.”

(192) “2. Hijo de hombre, profetiza acerca de los pastores de Israel; profetiza, y di a los pastores esto dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que no se apacientan a sí mismos! ¿Acaso no son los rebaños los que deben ser apacentados por los pastores? 3. Vosotros os alimentáis de su leche, y os vestís de su lana, y matáis las reses más gordas; mas no apacentáis mi grey. 4. No fortalecisteis las ovejas débiles, no curasteis las enfermas, ni bizmasteis las perniquebradas, ni recogisteis las descarriadas, ni fuisteis en busca de las perdidas; sino que dominabais sobre ellas con aspereza y con prepotencia. 5. Y mis ovejas se han dispersado, porque estaban sin pastor; con lo cual vinieron a ser presa de todas las bestias del campo, descarriadas como habían quedado. 6. Perdida anduvo mi grey por todos los montes y todas las altas colinas; dispersáronse mis rebaños por toda la tierra ni había quien fuese en busca de ellos; nadie repito, hubo que los buscase. 7. Por lo tanto, escuchad, ¡oh pastores! la palabra del Señor [...]. 10. Esto dice el Señor Dios: He aquí que yo mismo pediré cuenta de mi grey a los pastores, y acabaré con ellos, para que nunca más sean pastores de mis rebaños, ni se apacienten más a sí mismos; y libraré a mi grey de sus fauces, para que jamás les sirva de vianda.”

(193) Cf. nota 5 a Generosidad de los ingleses...

(194) Vigésima Conversación, Ibid., pp. 223 y 224.

(195) “¿Y a qué hombre no hace vacilar el oro? Siglos hace que era esto lo mismo que hoy, y Virgilio nos lo dejó bien asegurado en su Auris sacra fames del Libro III de la Eneida.” Cajoncito núm. 7 a la Alacena en Obras IV, op. cit., p. 205.

(196) rara avis in deserto. Conocemos el siguiente hemistiquio de la sátira VI de Juvenal Rara avis in terris, “un raro pájaro sobre la tierra.” Rara avis era una expresión frecuentemente usada en la antigüedad para ponderar la rareza de alguna cosa. Actualmente se utiliza para designar la rareza de alguna persona o cosa, o para señalar que son excepción de una regla.

(197) Ecl. 1, 15. Fue citado en El Quijote, capítulo 3 de la parte segunda.

(198) Junta de Censura. Cf. nota 6 a Protestas de El Pensador...

(199) intelligenti pauca. Frase latina equivalente al refrán español que dice “al buen entendedor, pocas palabras bastan.” La frase completa es intelligenti pauca sufficiunt.