“Un religioso que ha profesado o un sacerdote que llegasen a tropezar frágilmente en un acceso carnal, aunque es verdad, cometerían un gravísimo pecado, pero no parece serían quebrantadores del voto, porque el voto propiamente hablando sólo es de cosa por sí lícita, cual no es el coito fuera de matrimonio... Así el voto que hace el religioso, hablando con propiedad, es de que nunca casará, lo cual antes le era lícito; pero de nadie se dice en rigor forma voto de que jamás fornicará o adulterará, pues todo hombre está obligado a lo mismo por precepto.” Si esta doctrina es segura, el doctor Lerdo dice bien; pero entonces es injusto el escándalo que ha formado de mis proposiciones, porque, en efecto, si el voto de castidad es el de no casarse, yo no he hablado una palabra de tal voto, ni la hablara, porque esto se cumple fácilmente sin necesidad de la ayuda de Dios: cualquiera prostituta, cualquier libertino está contento y sin hacer tal voto.
Es verdad que éstos privan a la sociedad de la población y la sobrecargan haciéndose pobres, enfermos y escandalosos; pero si pudieran ser clérigos o monjas, en tal estado, no quebrantarían el voto de castidad mientras no se casaran.
Siempre lamentaré mi ignorancia, que me hace ver absurdos donde sólo habrá verdades lucidísimas; mas siendo como soy hombre de bien, haría traición a mi honor si en el compromiso en que se me ha puesto callara nada de lo que puedo alegar en mi defensa.
Es pues, para mí, muy extraña la doctrina del doctor Gersón y la del doctor Lerdo, que hacen consistir el voto de castidad en no casarse nunca. En tal caso, ¿a qué viene escandalizarse de mis impresos? Todo clérigo, fraile o monja, aunque cometan mil pecados, contra el sexto precepto serán perfectamente castos, pues que no contraen matrimonio.
Dice que es dogma católico que reconoce por santo el voto de no casarse, por fin de mejor servir a Dios. Pregunto: ¿dónde hablo yo contra el voto de castidad, hecho con tan buena intención y como debe hacerse? En ninguna parte. Lea mis Conversaciones el que guste y verá que sólo hablo contra los que por un falso fervor, por interés, por fuerza o por otros motivos humanos, hacen tal voto sin vocación, sin consultar con la naturaleza, con sus apetitos y pasiones, ni con los auxilios divinos. Hágoles ver que el estado de castidad es más perfecto que el de matrimonio; pero que no lo más perfecto es lo que a todos nos conviene; elogio la castidad como un estado angelical, pero les manifiesto que somos hombres muy frágiles, y nos es muy difícil, por no decir imposible, pasar del estado de hombres al de ángeles, y permanecer fieles en tal estado perpetuamente. Nunca niego el poder de la gracia; pero presento por testigos de la dificultad que hay de ser castos, aun contando con esa gracia, a san Pablo y a san Jerónimo. El uno apóstol de la Iglesia y vaso escogido por Dios, el otro un viejo penitente, flaco, descarnado y podrido a penitencias en un desierto. El primero se queja amargamente de que tiene un diablo consigo que sin cesar lo abofetea. Ya conocemos ese diablo. ¡Dichoso el doctor Lerdo, y cuantos son de su opinión, si nunca le han merecido un bofetón! Entonces yo diré que son más privilegiados que san Pablo, que sentía en sí dos inclinaciones, que llama leyes: una que le inducía a lo bueno, y otra a lo malo;(109) y en esta batalla tenía mucho que hacer para no ser vencido. El espíritu está pronto, decía, pero la carne (ésta es el diablo) está enferma. Spiritus quIdem promtus est; caro autem infirma.
De esta experiencia en cabeza propia viene la indulgencia de san Pablo con los jóvenes, ya diciéndoles que se casen, ya que el matrimonio es Sacramento grande, ya que conviene que muchos se casen casi niños (juniores) ya que mejor es casarse que abrasarse,(110) y ya, en fin, asegurando que no tenía precepto del Señor para que fueran vírgenes, sino que sólo lo proponía como un consejo. De virginibus autem praeceptum Domini non habeo: consilium autem do.(111)
San Jerónimo bastantemente se esfuerza a persuadir lo que sentía contra la castidad después de muchos años de penitencia y soledad, con la piel apergaminada de viejo, flaco, amarillo, extenuado a fuerza de ayunos, durmiendo en la dura tierra y hecho ya un esqueleto; y sin embargo en un estado tan deplorable, cuando se acordaba de los bailes y las muchachas de Roma, le parecía en la tentación rejuvenecerse, y no sabía qué hacer para vencerla.(112)
Yo pongo estos ejemplos a esos castísimos jóvenes y muchachas que diariamente se consagran en el estado sacerdotal y en los monasterios, ofreciendo a Dios ser vírgenes perpetuamente, y con tal orgullo que creen, o a lo menos nos quieren persuadir a que creamos, que hay ejércitos de vírgenes perfectos lo mismo que de soldados, y que es tan fácil cumplir el voto de castidad como hacerlo. ¿Quién podrá acceder a esta infundada persuasión, si es que el ser castos no consiste sólo en no casarse?
Conque cuando el apóstol de las gentes se queja tanto del fuerte estímulo de la naturaleza, cuando el santo Jerónimo, viejo de más de setenta años, consumido a penitencias en términos, como él dice, de que los pellejos le colgaban debajo de la barba como buey, que sus huesos áridos y secos sonaban unos con otros, y sus rodillas estaban callosas, como piel de camello, de hacer oración, se veía afligidísimo sólo con la memoria de las muchachas romanas que conoció en su tiempo y ya serían tan viejas como él, hemos de creer que una jovencita de quince a diez y ocho años, que un fraile joven y robusto y un cleriquito de palillera,(113) que comen bien, visten lo mismo, duermen en colchón, andan en la calle, pasean, visitan, valsan en los bailes, y tienen muchachas bonitas en sus casas, son castos, cumplen el voto y son más valientes que san Jerónimo y san Pablo? Es menester que primero pierda el juicio para que pueda creer tal disparate. Somos muy frágiles, señor provisor. El sexto mandamiento es la casa del jabonero donde el que no cae, resbala.(114) Las tentaciones contra la castidad son muy vehementes y repetidas. Nosotros mismos alimentamos al enemigo; si comemos, si bebemos, si vestimos, si vemos, si hablamos, si estamos en sociedad, si nos retiramos de ella, de todos modos prestamos armas a este diablo que abofeteaba al apóstol. Nuestra lucha es continua, y nuestros triunfos raros, como dice san Agustín.
Si lo que defiende el doctor Lerdo y aprueba la Junta de vuestra señoría, lo defendieran y aprobaran los ángeles, yo los disculpara con la diferencia de naturaleza; pero que me quieran hacer creer esta maravillosa y común metamorfosis unos hombres como yo, que saben qué cosa es el amor en la juventud, cuánta la fuerza de las pasiones y qué poco valor tenemos para resistirlas, es cosa extraña. Yo invoco al doctor Lerdo, a la Junta y a vuestra señoría mismo por testigos de la justicia de mi desconfianza.
Nunca he negado ni negaré que haya habido y que hoy mismo haya vírgenes perfectas con la ayuda de la gracia; la negada(115) es que lo sean cuantos hacen voto de serlo, y que lo sean cuantos dicen que lo son. Si negara lo primero, fuera hereje porque negara la omnipotencia divina; pero si concediera esos ejércitos de castos, fuera un necio, porque no sabía lo que era el hombre, la juventud, las pasiones, el amor, el mundo, etcétera.
Si uno negara que David mató a Goliat de una pedrada,(116) que Sansón mató él solo a mil filisteos y derribó un templo(117) como la Catedral,(118) que Judit degolló en su tienda a un general,(119) etcétera, dijéramos que desmentía la Sagrada Escritura; pero si éste mismo dice que estos prodigios son muy raros, y que no hay tropas de muchachos que maten gigantes a pedradas, ni de forzudos que derriben templos, ni de mujeres que maten generales, ¿qué diremos?, ¿acusaremos a este hombre de enemigo de nuestra religión? De ninguna manera. Él asienta unas verdades incontestables. Pues este es el caso de la cuestión. Yo no niego que haya habido y aun haya almas tan privilegiadas de la gracia que venzan al gigante del amor, a quien no pudo vencer David,(120) hecho a la medida del corazón de Dios, que derriben el templo de las pasiones que no pudo echar abajo Sansón, ni que degüellen los estímulos de la naturaleza, a los que sucumbió Judit, pues ya era viuda cuando mató a Holofernes; lo que niego es que haya tropas de forzudos que tiren templos; de muchachos que maten gigantes y de mujeres que degüellen generales. No veo en este modo de pensar cosa que sepa a herejía ni pueda escandalizar sino a los que se tapan los ojos por no ver.
En esas palabras de Jesucristo por san Mateo de que son eunucos los que se castraron por el reino de los cielos,(121)yo no encuentro metáfora alguna, sino un sentido muy literal. Jesucristo en ellas no manda hacer voto de castidad, que es lo que debía probar el censor, ni menos alaba tal acción, sino que simplemente la refiere. Son eunucos, dice, los que se mutilan por gozar el reino de Dios. Lo mismo que si yo dijera: son eunucos los que se castran por tener buena voz. Esto no es alabar la castración. Pero el doctor Lerdo dice que la Iglesia ha entendido siempre que esta metáfora está indicando la resolución de imposibilitarse para no poder contraer matrimonio. Concedo, y ¿qué sale de ahí? Nada. También la Iglesia entiende que en el que se castra por cantar bien, indica la resolución que éste tiene de habilitarse de buena voz. Lo que se debe probar es si este medio es justo con cualquier motivo. Literalmente no. Orígenes, gran padre de la Iglesia, se castró, propter regnum caelorum,(122)para ser casto. ¡Qué prueba tenía Orígenes de la dificultad de serlo, pues ocurrió a un arbitrio tan cruel como eficaz! Para nada contó con la ayuda de Dios, ni con sus mismas fuerzas. La Iglesia condenó su resolución. Así también condena el voto de castidad hecho sin verdadera vocación. Ésta es una resolución bárbara, como la de Orígenes.
Dice el doctor Lerdo que lo único que puede por propia voluntad producir la inhabilidad de casarse, es el voto de castidad. Creo que se equivoca el doctor. Una impotencia adquirida por su propia voluntad, una mezquindad de propia voluntad, el libertinaje de propia voluntad, y el interés de estirar unas gruesas capellanías con toda voluntad, imposibilitan al hombre para casarse. Luego no es el voto de castidad lo único que lo imposibilita.
Pero el doctor Lerdo dice que el voto lo imposibilita de un modo propio para agradar a Dios. ¿En qué consiste este modo propio de agradar a Dios, en ser castos, o en hacer voto de no casarse? El doctor dice que en esto último.
Pero si Dios se agradara tanto de nuestro celibatismo, de suerte que el modo propio de agradarlo fuera prometerle con voto no casarnos, no hubiera elevado el matrimonio a sacramento, no hubiera honrado con su divina presencia las bodas de Caná,(123) donde hizo el primer milagro, convirtiendo la agua en vino para desempeñar a los novios, no hubiera nacido de matrimonio, sino que hubiera aparecido sin indicios de generación humana, y, por fin, no le hubiera criado a Adán una muchacha hermosísima, mandándole que usara de ella para que propagara su especie. Creced, les dijo, creced, multiplicaos y llenad la tierra de vuestros semejantes.(124)¿Y cómo se hace este crecimiento y multiplicación? Con la conjunción carnal del hombre y la mujer.
Ahora, esta conjunción puede ser lícita o ilícita, y resultar de cualquiera de las dos el mismo efecto, que es la propagación de la especie humana. Lícita es la que se verifica en virtud del matrimonio; ilícita la que se verifica fuera de él.
Aun esta conjunción y sin llevar el fin del bien de la prole, sino sólo por mero deleite, llegó a ser aprobada por la Iglesia. El concubinato perpetuo se consideraba como un matrimonio. “Si alguno (dice el Concilio Toledano I,(125) canon 17) no tiene mujer y en su lugar toma a la concubina, éste no será privado de la comunión (esto es, será tan católico como todos), ni se le hará cargo alguno, sólo si debe contenerse con una, o sea su esposa o concubina.” La mujer propia ni la concubina no son esposas. Esto lo sabe bien el doctor Lerdo. Esposa es la prometida, no la que se posee. Dice pues el Concilio que el concubinario se debe contener con una, sea esposa o concubina, como a él mejor le pareciere.
“Suele preguntarse, añade san Agustín, cuando se juntan hombre y mujer, no siendo aquel marido de alguna, ni ésta esposa de otro, no con el fin de procrear hijos, sino por sola la incontinencia, dada entre ambos palabra que ni aquél con otra, ni ésta con otro hará lo dicho, ¿si esto se llamará matrimonio? Y a la verdad, responde san Agustín, puede acaso denominársele así, si hayan convenido en que permanecerán juntos hasta que suceda la muerte de uno de ellos” (canon 6, causa 32, cuestión 8).
¿Ve usted, señor provisor, cómo el mismo amancebamiento se vio casi autorizado por la Iglesia y disculpado por san Agustín? Esto no lo he leído en el Citador,(126) ni en Las ruinas de Palmira,(127) ni en La representación de Tayllerand [sic](128) ni en ninguno de estos libros impíos, heréticos y escandalosos que tan justa como sabiamente ha prohibido esta curia eclesiástica. Tales libros son depósitos del error y de la corrupción de las costumbres, libros llenos de necedades y mentiras, compendios del sofisma y la impostura.
Por esto digo que las doctrinas y noticias que vierto al contestar al doctor Lerdo y a los sabios de vuestra señoría no las tomo de esos libros heréticos, sino de los nuestros, que son la fuente de la verdad divina.
Pero, atando el hilo de mi discurso, digo que no creo que el modo propio de agradar a Dios es hacer voto de no casarse, pues entonces nos hubiera prohibido el matrimonio y la Iglesia hubiera continuado la prohibición. Lo que a Dios le agrada es que cada uno le sirva en el estado que escogió; que lo ame, que respete a sus semejantes, que no los dañe, sino antes que los sirva y los ayude; que los hombres unos a otros se amen, ut diligatis invicem,(129) se toleren, se auxilien mutuamente, alter alterius onera portate,(130) y que se amen tanto, que uno por otro dé la vida en caso necesario. Ésta es la prueba del amor fraternal que el mismo Jesucristo nos inspiró cuando dijo: majorem caritatem nemo habet, nisi animara suam ponat quis pro amicis suis. Nadie manifiesta más amor sino el que da la vida por sus amigos. Y el mismo Evangelio dice que tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito para que lo crucificaran por el hombre. Sic Deus dilexit mundum ut filium suum unigenitum daret.
He aquí ¡que amable es Dios!, ¡qué sociable!, ¡qué liberal!, ¡qué amante de los hombres! ¿Pues cómo este ser tan benéfico y amoroso se había de agradar con un sacrificio tan cruel como arriesgado, cual es el voto de no casarse, hecho sin su voluntad especial, sino por ignorancia o por capricho? ¿Cómo había de agradarse de que el hombre renunciara caprichosamente a la naturaleza y dejara de reproducir su especie, como Su Majestad se lo mandó en la persona de Adán? Aquel creced y multiplicaos está en el modo imperativo. Bien entiendo que si el voto de castidad consiste en no casarse, según el doctor Gersón y el doctor Lerdo, de modo que aunque después de hecho, se manchen la alma y el cuerpo con la disolución e incontinencia, no por eso quebranta el voto; entonces sí, la cosa es bien fácil; pero yo no hablo de esa clase de voto, ni creo que lo entienden así los que lo hacen.
G Quiero permitir cuanto dice el doctor, excusándome de registrar autores que den al texto de san Pablo otra interpretación, y no quiero traer a mi favor sino al mismo apóstol y en el mismo lugar citado. Dice, pues, a Timoteo: no admitas viudas jóvenes (al servicio de la Iglesia) porque después de haber vivido licenciosamente quieren casarse, temiendo su condenación porque hicieron vana la primera fe.(131)
Aquí se ve a san Pablo prohibiendo el ingreso al servicio de la Iglesia a las viudas jóvenes porque tenía experiencia de que luego se querían casar, y violaban la primera fe o el voto de castidad como el doctor Lerdo quiere; luego siendo nuestras monjas un remedo de aquellas viudas, consagradas a Dios con voto y dedicadas a su servicio en sus conventos, es muy creíble que si san Pablo hubiera vivido en nuestros días, hubiera prohibido el monjío a nuestras jóvenes por la misma razón que a aquellas viudas; esto es, porque luego quieren casarse.
No ignoro que el Concilio de Trento exige en las mujeres la edad de diez y seis años para que puedan profesar la vida religiosa;(132) pero advierto también que san Pablo en los primeros días del cristianismo, cuando la disciplina era más severa, las costumbres más puras, la fe más viva y la disolución no había llegado como ahora al último extremo, no se contentaba con tan poca edad. En la misma epístola primera a Timoteo, que el censor me cita, en el versículo 9 le dice: la viuda sea elegida no menor que de sesenta años.(133) Conque aquí tiene vuestra señoría a san Pablo desconfiando justamente, como yo, de la observancia del voto de castidad en una joven y por eso manda que sus monjas sean viejas cuando ya el apetito esté, si no muerto, debilitado.
H Ni mi proposición indica que sólo un necio pueda persuadirse que es posible cumplir semejante voto, ni menos se opone al dogma católico, que enseña el ser posible su observancia. Lo probaré hablando de que para ser sacerdote se necesitan dos vocaciones, una para el ministerio y otra para el celibato, debiendo en conciencia resistir a una el que no se sienta con las dos, digo que Pedro, por ejemplo, tiene inclinación al sacerdocio, pero no lo abraza por no ligarse con el voto de castidad para el que no se siente inclinado, y, de consiguiente, como sabio conoce que no lo ha de cumplir consultando su miseria y su ninguna disposición para ser casto. ¿Cómo se puede inferir de aquí lo que quiere el doctor, que sólo un necio se puede persuadir, que es posible cumplir semejante voto? De un particular no se sigue un universal. El caso que yo pongo de Pedro es particular, y la consecuencia del doctor, universal. Si yo digo: Juan tiene deseos de casarse, y sin embargo no abraza el matrimonio porque como sabio conoce que no podrá cumplir con sus obligaciones, por cuanto que carece de facultades, ¿podrá indicar esta proposición que sólo un necio se persuadirá a que es posible cumplir con las obligaciones del matrimonio? Pues éste es el argumento del doctor Lerdo; con su lógica se opondría mi proposición al dogma católico; con la mía, no. Cansado estoy de asentir a ese dogma, y de asentar proposiciones y ejemplos que prueban mi aserto.
I No puedo creer a Pedro mártir, ni persuadirme a que tales palabras de Jesucristo sean una exhortación a la castidad. El que pueda ser casto que lo sea. Éste es el sentido que me parece se le puede dar, cuando más, a las palabras de Jesucristo qui potest capere, capiat, y en ellas yo no encuentro ninguna exhortación.
J Esta es una mera cavilación del doctor Lerdo. Nadie ha supuesto que Jesucristo exhortara a un imposible, ni menos que sólo un loco crea posible la perpetua continencia en uno u otro caso particular. Ya rebatimos esta acusación del censor, y es excusado repetirle que de mi proposición no se infieren los absurdos que le quiere sacar.
K Si esto quiere decir que con la gracia suficiente, que a nadie le falta, puede el hombre, correspondiendo a ella, cumplir el voto de castidad, nadie lo ha negado; lo que se dice es que esta misma correspondencia no es tan común como se cree; y de consiguiente, no es tan común cumplir el voto de castidad.
L Esta cita del Concilio de Trento está, a lo que me parece, muy mal deducida de la antecedente, y peor aplicada a nuestro caso. El santo Concilio lo que dice es: “Dios no niega esta gracia (de la continencia) a los que se la piden rectamente, ni sufren que seamos tentados más de lo que podemos resistir.”(134) ¿Y quién ha negado semejante cosa? Dios no niega el don de la continencia a los que se lo piden rectamente. Eso mismo he dicho yo en mil partes; ¿pero se infiere de aquí que Dios conceda este don a cuantos no se lo pidan, sino que se cargan a cuantas con el voto de castidad, no por mejor servir a Dios, sino por un fervor indiscreto, por un capricho, por estirar las rentas de unas gruesas capellanías, y, en fin, por comer mejor y pasarse mejor vida que la que pudieran prometerse de seglares?, pues tamaño desatino era menester que se infiriera de las palabras del Concilio para que se pudieran citar contra mi proposición oportunamente.
LL Yo no hago las imputaciones a la Iglesia. La Iglesia no manda a todos lo que Jesucristo no aconsejó tampoco a todos. Qui potest capere, capiat, no quiere decir: omnes capiant. Vaya en castellano para que lo entiendan todos. Jesucristo dijo: “el que pueda entender entienda, el que pueda ser casto que lo sea.”(135) Esto es: el que se sienta asistido de mi gracia, el que se sienta con disposición para corresponder a ella fielmente; pero el que no goce esa gracia tan particular, el que no tenga una virtud sólida ni una verdadera vocación, a ése no le aconseja tal cosa; todo lo contrario, les manda por san Pablo, esto es: que se casen, porque más vale casarse que abrasarse; pues como el mismo Jesucristo dice por san Mateo: Non omnes capiunt verbum istud hoc, sed quibus datum est.No todos son capaces de ser vírgenes, sino aquéllos a quienes se concedió este don.(136) He aquí que así como la Iglesia no manda a todos que sean monjas ni frailes, así tampoco Jesucristo aconseja a todos que hagan voto de castidad.
El censor dice que: “la Iglesia exige el voto sólo en la suposición de ciertos estados que cada cual es libre para abrazar o no abrazar.” La imputación no es contra la Iglesia, como dice el censor, es contra los que abrazan ese estado sin vocación, sino por intereses humanos. Pedro, joven incontinente que no es llamado para el sacerdocio, lo abraza y hace tamaño voto de castidad, que sabe que no ha de cumplir, por no perder diez mil pesos(137) de renta de sus capellanías; Juan hace lo mismo porque se le proporciona un buen curato desde el colegio. Martín hace otro tanto porque es un inútil y haragán que no tiene arbitrio para subsistir de su trabajo y se mete a fraile para asegurar la torta.(138) ¿No es verdad que Pedro, Juan y Martín abrazaron un estado que no les convenía, e hicieron ese voto, a más no poder, a fuerza, porque no haciéndolo no había capellanías, no había curato, no había frailazgo? Es verdad que la Iglesia no los fuerza, pero ellos saben que es fuerza hacer el voto que la Iglesia manda a los que profesan tal género de vida.
M A esta repetición es preciso responder con otra. Yo no he dicho que sea imposible absolutamente el guardar el voto, lo que he dicho y repito es que es muy difícil o imposible, si se quiere, que lo guarden tantos cuantos lo hacen: que Jesucristo no lo mandó y san Pablo sólo lo aconsejó; que la Iglesia elevó a precepto el consejo; que ser virgen o no serlo en el matrimonio es indiferente, in domo patris mei mansiones multae sunt.(139) En todos estados se puede servir a Dios; pero no ser castos después de hacer voto de castidad, después de elevado el consejo a precepto, ya trae reato,(140) pecado, sacrilegio, condenación eterna. Este reato y este peligro de condenación no habría si un papa o un Concilio relajara, como puede, el voto de castidad a los clérigos y monjas, pues que muchos se condenan no por haber hecho el voto, ni por no querer guardarlo, como dice el censor, sino porque no pueden guardarlo aunque quieran. El querer del hombre, comparado con su impotencia, es muy ineficaz. Ahora mismo quiero tener yo mil pesos y no puedo tener diez. El doctor Lerdo puede que apetezca una mitra, y no puede ser ni canónigo; así que muchos querrán ser continentes pero no podrán serlo, porque no entraron al convite del padre de familia con la vestidura nupcial, sino que se entraron como el ladrón, sin ser llamados, y por eso son lanzados del convite. A éstos que no tienen vocación Dios les niega la gracia, y ellos con el voto mal hecho se cierran las puertas del Paraíso. Tal vez si no se hubieran visto obligados a hacer ese voto, no física sino virtualmente, se salvarían en el estado del matrimonio.
N Concedo, pero ¿a que hay más santos mártires y confesores que vírgenes?
Ñ Si todo el costo lo ha de hacer la gracia de Dios, todo está hecho; yo no niego esos prodigios, sino que sean a millares, y le pregunto al censor: ¿qué será más fácil guardar, la fe, o guardar la continencia? Yo por cierto que conozco más creyentes que castos en todos estados. En qué consist[ir]á tal diferencia, lo espero saber de la ilustración del censor.
O Estas son repeticiones que ya se han contestado.
P ¡Válgame Dios, y cuántos absurdos no se siguen de una falsa suposición o de una mala inteligencia de una palabra! Así se ve en el párrafo que se anota. He dicho que “el día que un papa que, teniendo valor para arrostrar con preocupaciones ridículas y aun perniciosas, que fundan su justicia en su vejez, relaje la perpetuidad del voto de castidad, la Iglesia católica quedará con su misma pureza.”(141) Esta proposición, como yo la digo, no puede significar ninguno de los errores que el censor le atribuye, según que la entiende. Yo hablo de un papa que tenga valor para arrostrar con preocupaciones ridículas del vulgo cristiano:el censor atribuye esta ridiculez a la Iglesia católica. Tal modo de interpretar es muy fácil, pero muy malo. Que hay y siempre ha habido en el vulgo católico preocupaciones más o menos ridículas y perniciosas, yo no sé quién pueda negarlo. La preocupación a favor de los jesuitas, y de la Inquisición(142) echó muy profundas raíces en la Iglesia universal, y más en la de España. ¿Cuántos papas no se vieron comprometidos por los reyes para la extinción de los jesuitas?,(143) y sin embargo, no la verificaron porque no se atrevían a oponerse a la preocupación que los favorecía, hasta que ocupó la silla de san Pedro un papa tan valiente como sabio, cual fue el señor Clemente XIV,(144) que arrostrando con todas las preocupaciones, ardides e intrigas del partido jesuítico, demolió con un breve una corporación tan rica y arraigada.
Sabemos cuánto era el poder colosal de la Inquisición, cuántos los privilegios y prerrogativas que le habían concedido los papas y los reyes; ahora veinte años se hubiera condenado por herejía sólo el decir que era posible que la Inquisición se demoliera alguna vez; ¿y qué hemos visto?, que cayó para siempre con la aprobación del sumo pontífice. ¿Pues qué extraño será que mañana haya un papa que, convencido de la miseria humana, de los gravísimos perjuicios espirituales y temporales, que trae la perpetuidad del voto de castidad a los que lo hacen sin verdadera vocación, que desengañado de que son pocos los que lo hacen como deben hacerlo, y, últimamente, compadecido de la humanidad por lo que la hace padecer tanto su imprudencia, especialmente en el sexo devoto, qué imposible es, repito, que un papa de esta clase quitara la perpetuidad del voto y que permitiera a los clérigos el matrimonio?
Yo confesaré con Berardí, en su Instituta de derecho eclesiástico,(145) que “las causas generales que se determinan en los cánones se reducen a tres principales capítulos. Éstos son la doctrina de fe, la de costumbres y la de disciplina. Ésta es de dos maneras: fundamental y providencial. Disciplina fundamental es aquélla que se funda en dos principios de los cuales, o ambos son dogmas de fe, o el uno de fe y el otro de derecho natural. Disciplina providencial es aquélla que se funda en dos principios de los cuales el uno es dogma de fe, y el otro dictado por la prudencia humana. La disciplina fundamental, como tiene un principio constante, es invariable, y no está sujeta a las disposiciones de los hombres; pero la disciplina providencial, como pende de las reglas equitativas de la prudencia humana, no puede dejar de ser alterable.”
Según esta doctrina, pregunto: ¿a qué clase de disciplina pertenece la perpetuidad del celibatismo religioso, a la fundamental o a la providencial? Claro es que a la segunda, porque no siendo el celibatismo ni dogma de fe, ni de derecho natural, se sigue que le faltan de una vez los dos principios que caracterizan la disciplina fundamental. Entonces venimos a quedar en que el tal celibatismo perpetuo pertenece a la disciplina providencial, que ha admitido, admite y admitirá variaciones, según que lo exijan el lustre de la Iglesia, el bien de los Estados, la ilustración de los pueblos y la necesidad de las reformas. No siempre unas leyes son buenas para todos tiempos, lugares ni circunstancias. Distingue tempora et concordabis jura.(146) En esta inteligencia, si mañana un papa llega a conocer que de cien mil muchachas que hacen voto de castidad perpetuo, metiéndose a monjas por capricho, falsa devoción o ignorancia de los impulsos de la naturaleza en la juventud, o bien seducidas por confesores indiscretos, o, en fin, obligadas a profesar tal voto por sus padres, tutores o bienhechores, y quiere remediar este daño, mandando que ninguna mujer haga voto de castidad ni clausura perpetua, sino temporal por un año, dejándoles libertad para renovarlo pasado este plazo, pregunto: ¿podrá ese papa dictar tal providencia?, ¿estará ella en sus atribuciones o no? Yo deseo que el doctor Lerdo o la sabia Junta de vuestra señoría me respondan esta pregunta, que es bien sencilla.
Si puede el papa dictar tal providencia, ¿a qué escandalizarse de que yo lo diga?; y si no puede, que lo diga el censor.
Q Estas palabras que anteceden y siguen al periodo que espantó al censor, y que no quiso copiar por su extensión son estas: van conociendo los hombres que una cosa es ser cristiano, otra hipócrita. Ya distinguen al verdadero virtuoso del fanático, y al hombre de bien del impostor; y, en fin, ya sabe que la primitiva religión de Jesucristo es suave, sencilla, desinteresada y tolerante; llena de fuego y caridad amorosa hacia todos los hombres del mundo; benigna, afable, comedida y generosa hasta con los mismos enemigos y hacen muy buena distinción “entre la conducta humilde y desinteresada de los apóstoles, y el orgullo y codicia de muchos de sus sucesores.”(147)
Estas son, señor provisor, las palabras que no quiso copiar el doctor Lerdo, de este insolente párrafo; insolente y muy insolente para el fanático hipócrita, para el impostor y el sacerdote orgulloso y codicioso; pero no para el verdadero cristiano, para el virtuoso ni el hombre de bien, ni para el sacerdote humilde y desinteresado que, en cumplimiento de sus obligaciones, regla su conducta por las máximas del Evangelio y por el ejemplo de los apóstoles. Para éstos no sólo no es mi párrafo insolente, sino antes bien ortodoxo y católico, pues nada menos contiene que la apología de nuestra santa religión.
R Bajo la palabra de hombre de bien aseguro a vuestra señoría que no he visto la tal obra, pero si Llorente piensa como yo sobre el voto de castidad, piensa bien y cristianamente. Por lo que hace al supuesto desprecio que el censor dice que hago de los papas y sus disposiciones, sólo debo decir que se equivoca.
S Si cotejamos las costumbres de los cristianos y la primitiva disciplina eclesiástica con las del día, veremos una diferencia tan enorme que parece que no es la misma.
T Estas son suposiciones del doctor Lerdo. Jamás he dicho que la Iglesia enseña errores, sino que hay errores tolerados en la misma Iglesia. Es menester negarse a la razón para no conocer esta verdad. Los abusos que mil curas simoniacamente permiten a los indios, a quienes mantienen en la idolatría por interés de cuatro pesos, el orgullo y soberbia con que tratan a los infelices, el comercio usurario que hacen no sólo con mediditas,(148) escapularios, mortajas, medallas, estampas, tierra (pues hasta la tierra de los santuarios se vende en panecitos),(149) sino con los mismos Sacramentos, vendiendo el bautismo a tanto, el matrimonio a tanto, y hasta poniendo precio al lugar en que se sepultan, como primero, segundo y tercer tramo de la Iglesia en que se entierran los cadáveres, etcétera, etcétera, son errores, y muy crasos, dignos de reforma. La Iglesia no los enseñó, ni tales comercios conoció san Pedro ni los demás apóstoles, pero están introducidos en la Iglesia y tolerados por ella. Justo es declamar por la reforma de tan abominables abusos que pesan sobre el pueblo infeliz y sin arbitrios. Ni se me pregunte que ¿de qué han de subsistir los ministros del culto?, pues ya se ha dicho que de los diezmos.
U Esto es falso. Léase la Historia eclesiástica y se verá cómo los herejes no se han separado todos por esta causa.
V Los dichos que se reducen a la corrección de los abusos no son contra el dogma; de consiguiente, no son herejías. El dogma es una cosa: la codicia, el orgullo, la simonía y otros vicios de algunos ministros del santuario no son dogmas.
W La infalibilidad de la Iglesia se reconoce únicamente en cuanto al dogma y disciplina fundamental,en lo que no puede engañarse; más no sobre la disciplina providencial o que no se funda ni en artículos de fe, ni en el derecho natural; pues en esta clase de disciplina no tiene la Iglesia prometida la indefectibilidad. Puede mandar hoy una cosa porque conviene, y mañana derogarla porque no convenga. ¿La Iglesia no mandó observar la abstinencia de carne en la cuaresma?, y después ¿no dispensó tal precepto mediante un corto estipendio? ¿La misma Iglesia no estableció la Bula de la Cruzada,(150) sin la cual nadie podía ser absuelto de ciertos pecados reservados, ni ganar ninguna indulgencia? ¿Pues cómo es que ahora los sacerdotes absuelven sin la Bula, y sin ella come carne en la cuaresma el que la tiene? Conque quedamos en que la infalibilidad de la Iglesia no es general, como quiere persuadir el censor.
X Es lástima que el doctor Lerdo no se tomara ese trabajo de censurar estas sanas doctrinas prolijamente. Sabríamos otras diferentes de las de Jesucristo.
Y Este hombre. No es muy política la frasecilla.
Z Ésta propiamente es algarabía, que nada prueba sino la mala causa que pretende defender el censor. Lo que he dicho es que la práctica de la Iglesia acerca del voto perpetuo de castidad es contraria a la práctica de Jesucristo y a la doctrina de san Pablo; mas esto no sólo lo digo, sino que lo pruebo muy claramente. Jesucristo practicó la virginidad y el celibatismo, pero a nadie lo mandó. San Pablo lo mismo, pero jamás lo mandó a ninguno; la Iglesia lo prescribe a muchísimos, cuantos son los ordenados in sacris, los monjes profesos y las monjas, y esto obligando al celibatismo con voto. Luego la Iglesia manda una cosa que Jesucristo no mandó. Yo deseo que se me manifieste la falsedad de mi argumento.
A.1 ¿Con que a mí se me ha figurado,esto es: creo sin fundamento que Jesucristo no manda el celibatismo en parte alguna, ni san Pablo tampoco? Pues si me engaño en esto, muéstreme el censor lo contrario en el Evangelio, o en las Cartas de san Pablo.
B.1 No avanzaré a tanto, pero digo que Jesucristo no mandó que nadie hiciera voto de ser célibe, y la Iglesia sí; luego la Iglesia manda lo que Jesucristo no mandó; luego manda lo que san Pablo aconsejó, y luego hay diferencia entre la práctica de Jesucristo y la de la Iglesia.
C.1 Sólo así pudiera quedar bien el doctor Lerdo, levantándome falsos testimonios. ¿En dónde he dicho tal desatino? ¿A que no cita el censor tales palabras dichas por mí, en ninguna parte de mis escritos? Lo contrario: Jesucristo no mandó a ninguno hacer tal voto. Oiga vuestra señoría de qué diferente modo me explico en mi Conversación Veinte, página nueve: la castidad, digo, por perfecta que sea, no mereció ser elevada por el Salvador a la dignidad de Sacramento como el matrimonio, ella “no es derecho natural ni divino”; “no es de precepto, sino de consejo”; “el consejo es voluntario”; “si se ha elevado a precepto no ha sido de orden de Jesucristo, sino por la voluntad de sus vicarios, y el que de éstos quiera, puede reformar esta materia de pura disciplina (providencial), reduciendo el celibatismo religioso a mero consejo, así como quiso Jesucristo, lo enseñó san Pablo y lo practicó la Iglesia en sus primeros siglos.”(151) ¿Hay aquí una palabra de las que el censor me imputa? Él, a costa de una falsa proposición que me atribuye, forma este divino silogismo. Según El Pensador, dice, Jesucristo no mandó a todos ser célibes: la Iglesia lo manda a algunos, luego según El Pensador, la Iglesia se opone a Jesucristo. Tal modo de argüir no sé dónde lo aprendió el doctor Lerdo. Se parece a éste. El sistema republicano no manda que maten a todos los ciudadanos; el poder ejecutivo manda matar a algunos, cuales son los malhechores, luego el poder ejecutivo se opone al sistema republicano. Sofismas tan pueriles son harto despreciables. Aun el que yo acabo de poner siquiera no se apoya en proposiciones falsas, como el del doctor Lerdo.
El argumento mío es este: Jesucristo ni a uno le mandó ser célibe; la Iglesia lo manda a muchos, luego la Iglesia manda a muchos lo que Jesucristo no mandó a ninguno. Aquí me parece que no hay más salida que o confesar que digo bien, o señalar el defecto de mi silogismo.
D.1 Bien doloroso es, digo yo, tener que argüir con un doctor de la lógica del señor Lerdo, que funda sus argumentos en equivocaciones indisculpables. Lo es y muy gorda decir que san Pablo no quiso imponer a los casados la obligación de guardar continencia, por no tenderles un lazo o una obligación contra su voluntad.
Aquí, señor provisor, he de menester toda su atención. El doctor Lerdo se equivoca mucho cuando escribe tamaños(152) despropósitos, levantando no sólo a mí, sino a san Pablo, testimonios tan falsos. ¡Pobre apóstol de las gentes! ¿En qué manos caíste? En las del doctor Lerdo, que a nadie perdonan. Dice que san Pablo no quiso imponer a los casados la obligación de guardar continencia por no tenderles un lazo. En primer lugar, que aunque san Pablo hubiera querido, no estaba en sus facultades tal imposición, esto es, la de prohibirles cohabitar con sus mujeres (esto entiende el doctor Lerdo por continencia), lo primero, porque no podía mandar a los casados que contrariaran el fin de su vocación, cual era tener hijos; y lejos de pensar tal desatino, les dice lo contrario. Oiga el doctor Lerdo a san Pablo en su primera Epístola a los de Corinto.“Mas por evitar la fornicación, cada uno tenga su mujer, y cada una tenga su marido. El marido pague a su mujer lo que le debe, y de la misma manera la mujer al marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; y asimismo el marido no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os defraudéis el uno al otro, sino, de acuerdo por algún tiempo, para dedicaros a la oración; y de nuevo volved a cohabitar,porque no os tiente Satanás por vuestra incontinencia.”(153) Y en la Epístola primera a Timoteo dice: quiero pues que las jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa y que no den lugar al adversario para que hable mal.”(154)
(109) Rom. 7, 23. “Yo siento en mí, decía, dos leyes, una del espíritu y otra de la carne; el espíritu está pronto, pero la carne está enferma, y tengo en ella un demonio que sin cesar me abofetea.” Conversación Vigésima del Payo y el Sacristán en Obras V, op. cit., p. 225.
(112) Sobre este pasaje, Fernández de Lizardi escribió, en Conversaciones del Payo y el Sacristán número 20 del tomo I, que “San Jerónimo, ya muy viejo, prescribiendo regla de castidad a la santa virgen Eustooquia, hablando de sí mismo, le dice: ‘¡Cuántas y cuántas veces estando yo en mi desierto y en aquella soledad ancha y espaciosa que abrasada con los ardores del sol es a los monjes una morada espantosa, me imaginaba en medio de los regalos y pasatiempos de Roma... Mis miembros flacos y secos ponían horror y espanto a quien los veía envueltos en un pobre saco. Mi piel áspera y amarilla con los soles y aires parecía ya de un etíope. Cada día derramaba muchas lágrimas, y si alguna vez el sueño me vencía, mi cama era la tierra desnuda, y en ella revolcaba mis huesos tan secos que se juntaban unos con otros. No quiero decir nada de la comida y bebida, pues aun estando enfermos los monjes en aquella soledad, no bebían sino agua fría; y comer cosa cocida se tenía por vicio y regalo demasiado; pues yo mismo que por huir del infierno me había condenado a vivir en aquella cárcel, siendo compañero de los escorpiones y de las bestias fieras, me hallaba muchas veces con el pensamiento en las danzas y compañías de las doncellas, y con tener el rostro amarillo por los grandes ayunos, con todo esto, en el cuerpo hervía el corazón y pensamientos con los malos deseos, y el hombre antes ya muerto con su misma carne sólo los incendios de los apetitos bullían y se sentían.” Obras V, op. cit., p. 225.
(113) cleriquito de palillera. Insignificante. Utilizado también en El Periquillo Sarniento.
(114) en casa del jabonero, el que no cae, resbala. Refrán registrado por Rodríguez Marín en Más de 21.000 refranes castellanos, op. cit., p. 178. En el Correo Semanario de México número 20, Fernández de Lizardi escribió: “En esta materia [de la carne] el mundo ha sido la casa del jabonero.” Obras V, op. cit., p. 227.
(115) negada. Barbarismo por negativa. Una acusación de ineptitud.
(117) Jue. 16, 30; 15, 15-16; 16, 30.
(118) Catedral. Cf. nota 52 a La tragedia de los gatos...
(121) Mt. 19, 12. “Porque hay unos eunucos que nacieron tales del vientre de sus madres; hay eunucos que fueron castrados por los hombres; y eunucos hay que se castraron en cierta manera a sí mismos, por amor del reino de los cielos con el voto de castidad.”
(122) sunt eunichi qui se ipsos castraverunt propter regnum. Mt. Ibid.
(125) Concilio Toledano. Hubo dieciocho concilios en Toledo.
(126) Le citateur (1803). Obra de Charles Pigault-Lebrun (1753-1835), escritor francés cuyo nombre verdadero era Charles Antoine Guillaume de l’Epinoy. Primero fue cómico, pero fracasó; ingresó después en la marina y llevó una vida aventurera; finalmente se consagró a la literatura calificada como pornográfica o libertina, donde descubrió su verdadera vocación; uno de sus libros L’enfant du carnaval (1792), que alcanzó un éxito extraordinario. Sus obras completas (20 vols.) aparecieron entre 1822 y 1824. A la que se refiere Lizardi (El citador) fue condenada duramente en su época; por ejemplo, reproducimos una noticia que originalmente apareció en las gacetas de Madrid, del Gobierno y Universal: “La junta de Censura religiosa diocesana de esta heroica villa ha calificado unánimemente de injuriosa al dogma y a todos los libros santos, por contener un conjunto horroroso de herejías, o reproducir la de todos los siglos, y últimamente por ser el autor un falsario en las citas a que se refiere la obra intitulada El citador, escrita en francés por monsieur Pigault Lebrun, y traducida al castellano por el reverendo padre maestro fray N. Alvarado; la cual corre impresa.” Gaceta del Gobierno de México, t. XII, núm. 85, 23 de junio de 1821. Fernández de Lizardi citó esta obra en ¿Qué va que nos lleva el diablo con los nuevos diputados? (1822) y Segundo sueño de El Pensador Mexicano (1822, Cf. Obras XI, op. cit.). En el núm. 5 del Correo Semanario de México dice que El Citador era el nombre que usó el autor del folleto Respuesta a los folletistas que se elogian a sí mismos, impreso en Durango.
(127) Constantin François Chasseboeuf, conde de Volney (1757-1820) fue autor de Les ruines ou meditations sur les révolutions des empires (1790) traducida como Las ruinas de Palmira. Casi todas las obras de este autor fueron incluidas en el índice de los libros prohibidos. Encontramos este interesante dato: “ ‘Por el Santo Oficio, en 28 de julio de 1797, se prohibió: Les ruines ou meditations sur les révolutions des empires, de M. Volney, diputado a la Asamblea Nacional de Francia, por ser un resumen de todos los sistemas impíos que han inventando los libertinos de todos los tiempos y que excede en malignidad a todos los escritos de Hobbes, Espinoza, Rousseau, Voltaire y otros’.” J. T. Medina citado por Julio Jiménez Rueda en Herejías y supersticiones en la Nueva España (los heterodoxos en México), México, Imprenta Universitaria, 1946 (Monografías Históricas, I), p. 256.
(128) Quizá La representación fue el título con que se tradujo la Correspondencia de Charles Talleyrand-Périgord (ministro de Estado de Napoleón Bonaparte) con el rey Luis XVIII. También fueron editadas la Correspondencia diplomática y las Cartas a Napoleón (1800-1809) de Talleyrand.
(129) Jn. 15, 12. Ut diligatis invicem sicut dilexi eos.
(130) Esta Epístola 12 ad romanos, de san Pablo, la cita Lizardi en Avisos de El Pensador, y parafrasea: “amaos [...] mutuamente como hermanos verdaderos y procurad anticiparos unos a otros, en las señales de obsequio.” Obras X, op. cit., p. 87.
(131) 1 Ti. 5, 11-12. “Viudas jóvenes no las admitas al servicio de la Iglesia pues cuando se han regalado a costa de los bienes de Cristo, quieren casarse; teniendo contra sí sentencia de condenación, por cuanto violaron la primera fe.”
(132) Sesión 25 de Reformatione.
(137) pesos. Cf. nota 4 a Mañas viejas...
(138) para asegurar la torta. Para asegurar la comida. En su Carta tercera de El Pensador al Papista Lizardi dice: “Me escribió el reverendo padre fray Manuel Mercadillo asegurándome [...] no haber entrado al claustro por asegurar la torta”, en Obras XI, op. cit., p. 580.
(139) Jn. 14, 2. “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones.”
(140) reato. Obligación a expiar la pena que corresponde al pecado aun después de perdonado éste.
(141) Esta cita está alterada. Conversaciones del Payo y el Sacristán núm. 20: “éste Ganganeli quitó esa piedra de escándalo de la Europa, y la Iglesia católica quedó sin jesuitas con la misma pureza; así también quedará el día que haya un papa que, teniendo valor para arrostrar con preocupaciones ridículas y aun perniciosas, que fundan su justicia en su vejez, relaje la perpetuidad del voto de castidad en ambos sexos.” Obras V, op. cit., p. 222.
(142) Inquisición. Cf. nota 16 a Calendario histórico...
(143) jesuitas. La Compañía de Jesús fue fundada por san Ignacio de Loyola en 1534, y aprobada por Paulo III en 1540. Llegó a ser tan poderosa que fue expulsada de Portugal en 1759, de España en 1767 y de Francia en 1762 y 1880. Suprimida en 1773 por Clemente XIV, en su breve Dominus ac Redemptor, y restablecida en 1814 por Pío VII. En España fue nuevamente disuelta por la revolución que estalló en 1820 en Cabezas de San Juan.
(144) Fernández de Lizardi había escrito sobre la supresión de la Compañía de Jesús lo que sigue: los jesuitas “habían dominado sobre Roma; llenos estaban de bulas y privilegios; juzgaron los reyes que no convenían; los jesuitas, en sus reinos, reclaman, amenazan a los papas; dura la controversia largo tiempo; viene por fin Clemente XIV y extingue la Compañía de Jesús, a pesar de todas sus letras apostólicas. Resucita este instituto Fernando VII, ahora poco; y el señor Pío VII, que actualmente reina, desautoriza lo mandado por su predecesor Clemente XIV, y se restablece la Compañía de Jesús. Vuelve a sobreponerse la Constitución española al despotismo monarcal, y vuelve este mismo a derogar lo concedido a favor de la Inquisición y los jesuitas.” En Si el gato saca las uñas se desprende el cascabel (1822, Obras XI, op. cit., pp. 423-424).
(145) Carlos Sebastián Berardí (1719-1768). Canonista italiano, prefecto y profesor de derecho canónico en la Facultad de Derecho de Turín. Su obra es Institutiones juris ecclesiastici (2 vols., Turín, 1769).
(146) Distingue tempora et concordabis jura. Aforismo jurídico registrado por Rodríguez Marín en Más de 21.000 refranes, op. cit., p. 135; citado por Fernández de Lizardi en el número 4 de El Hermano del Perico que cantaba la Victoria, en Obras V, op. cit., p. 57.
(147) Vigésimasegunda Conversación. La variante que encontramos es “primitiva, original y cierta religión de Jesucristo.” Ibid., p. 237.
(148) mediditas. “Se llama [...] a la cinta, que se corta igual á la altúra de la imagen ó estátua de algun Santo, en que se suele estampar su figura, y las letras de su nombre con plata ù oro. Usáse por devoción.” Dic. de autoridades.
(149) Respecto a este fetichismo conservamos noticia de las supuestas reliquias que existían en la Ciudad de México. De santos y santas: Primitivo, Teófilo y María en Catedral; de Plácido mártir y Vicente, niño y mártir, en la Colegiata; de Celeste, santa mártir, en Loreto; de Clemente, Cándida, Rubrineta, Rufo y un hueso del dedo pulgar de Juan Nepomuceno en la Enseñanza Antigua; de Felícitas mártir en Santa Teresa la Antigua; de Adeodato en Santa Teresa la Nueva; de Vicente mártir en Balvanera; de Plácido mártir en la Concepción; de Victoria mártir en la Encarnación; de Incundo, en San Francisco; y de santa Clemencia, vestida a la romana, en el Tercer Orden.
(150) Bula de la Cruzada. Documento pontificio que concedía indulgencias y privilegios a quienes tomaran parte en la conquista de Tierra Santa.
(151) Vigésima Conversación, Ibid., p. 224.
(152) tamaños. “Adjetivo que demuestra la medida, grandór, o altura de una cosa: y equivale á tan grande del Latino Tam magnus, por usarse regularmente como comparativo de otro.” Dic. de autoridades.
(153) 1 Cor. 7, 2-5. Las cursivas son de Fernández de Lizardi.
(154) “Quiero, pues, más, que las que son jóvenes se vuelvan a casar, críen hijos, sean madres de familia, no den al enemigo ninguna ocasión de maledicencia.” 1 Ti. 5, 14.