[NÚMERO XXIV]
Sábado 2 de diciembre de 1815(1)
Acaban su Plática
LOS CRIADOS HABLADORES
Cinco o seis días estuve yendo a la Plaza en pos de las mozas habladoras, porque aunque no me gustó su murmuración, deseaba oír el fin de ella para contársela al público en su obsequio; pero en tantos días fue vana mi solicitud, porque las criadas o no parecían, o si iba una, no iba la otra.
Ya desesperaba de volverlas a ver juntas, cuando un día, que ya me salía de la Plaza, las vi entrar platicando con un lacayo.
Como soy tan curioso, o amigo de no quedarme en duda de estas friolerillas, sentí no sé qué particular regocijo con este encuentro, y poseído de él, las fui siguiendo hasta una de las pulquerías, donde entraron a almorzar cortejadas del lacayo.
Sentí alguna repugnancia para entrarme de rondón a la mezquita de Baco, porque si me veía algún mal intencionado, no diría que iba yo a escuchar a las criadas, sino a emborracharme con todos; que este maldito modo de interpretar, aun las acciones más indiferentes, tienen los más de los hombres, y también las más de las mujeres. Aquí venía de molde un buen sermón sobre los juicios falsos y temerarios; pero las criadas y el lacayo nos esperan sentadas junto a las tinas, con tres platos de tortillas enchiladas y un buen cubero del neutle,(a) el cual, después que comenzó a hacer su efecto alegrando o trastornando sus cabezas, las permitió continuar la murmuración de sus amos (que jamás se acaba), de este modo.
CONTINÚAN SU MURMURACIÓN
LOS INTERLOCUTORES SIGUIENTES(b)
El Lacayo, Pachita y Tules
PACHITA: Lo que siento es que se ha tardado usted tanto, señor Antonio, y sus amos de ustedes son fatales.
LACAYO: Y como que son el mismo diablo, más pior la señora. ¡Qué vieja tan regañona y majadera! Y no, el amo no se queda atrás, es también el viejo impertinente como él sólo, y insurgentísimo. ¡Ah qué demonio! Yo los oigo hablar en la mesa mil cosas. Eso sí, el día que me enfaden han de ir todos a cantar el alabado al mesón de la pita.(2) No lo hago todavía porque soy de concencia; pero que me apuren más y verán.
PACHITA: Hará usted muy bien. ¡Ojalá y yo tuviera alguna cola que pisarles a mis amos para cuando se me ofreciera! Porque que mi amo sea un tunante, y mi ama una puercona, no es cosa para taparles la boca.
TULES: Ya se ve que no, como ni yo tampoco les sé cosa de provecho a mis amos, porque que mi ama esté enredada con don Claudio, y que mi amo lo consienta y se haga que no lo sabe, eso es muy corriente, todos los días se ve ¿y quién ha de decir que esta agua no beberé?
LACAYO: Eso es verdá, y según eso, yo estoy mejor que ustedes, porque como sé cosas mayores, tengo a mis amos con un tramojo,(3) y es la primera diligencia que hago con cuantos amos tengo, y lo aconsejo a todos los que sirvan. Lo primero que uno ha de hacer, en cuanto entra a servir, es imponerse de los centros de la casa, ver si el amo es insurgente, si debe mucho, si está mancebado, si juega, si se emborracha, si se pelea con la señora, si ésta es p..., si es puerca, floja, vieja, fea, bubosa, física o lazarina; si son probes, si empeñan o piden prestado; si son mezquinos o liberales, y así de lo demás. El caso es saberles uno cuanto pueda, a lo menos, para tener qué contar, porque para mí no hay gusto como contar en las plazas lo que hacen mis amos en sus casas.
TULES: ¡Ay no!, señor Antonio. Nosotras no semos d'ésas, porque la verdá, eso de quitar créditos es un pecado muy grandote, y ya usted ve... ¿Qué dices, Pachita?
PACHITA: ¿Qué he de decir, mi alma? Que tienes mil razones. ¡Ay señor Antonio!, si usted supiera cómo ponen a una los padres cuando oyen eso.
LACAYO: ¿Y qué les dicen los padres?
PACHITA: Muchas cosas.
LACAYO: ¿Pero cómo, qué cosas?
PACHITA: Allá sus cosas de los padres, ¿cómo me he de acordar? Pero ello es que ponen a una como un suelo.
LACAYO: Pues a mí no me ponen nunca ni me dicen nada, aunque me confiese.
TULES: ¡Ay, qué fortuna!, señor Antonio de mi alma, y ¿con quién se confiesa usted para ir nosotras la Semana Santa?
LACAYO: Yo con el primer padre que topo.
TULES: ¿Y que ninguno le dice a usted nada?
LACAYO: Ninguno.
PACHITA: ¡Qué fortuna! ¿Y en qué está eso?
LACAYO: En dos cosas: la una, en que soy amigo de confesarme pocas veces porque eso no es cosa de juguete, y la dos, porque no digo ni cuento lo que platico de mis amos.
PACHITA: ¡Ah!, pues yo no soy ansina.
TULES: Ni yo tampoco, sino que lo digo todito; ya se ve que yo no quito el crédito a las casas ni hablo nunca mal de mis amos, sino muchos bienes. ¡Probecitos! Basta que les comamos el pan.
PACHITA: Ansina se hace: Yo verbo y gracia ¿por qué había de andar contándole a todo el mundo lo que pasó la otra noche en casa? ¡Ay!, no permita Dios que yo fuera tan deslenguada.
LACAYO: ¿Pues qué sucedió, señora Pachita?
PACHITA: Una de los demonios, señor Antonio. Pues mire usted que mi amo cuánto ha que le andaba tirando sus tiempos a doña Manuelita, aquella niña hija del licenciado don Marcelino, ¿ya sabe usted cuál? Aquella que vive en la calle de...
LACAYO: Sí, no se canse usted, ya sé cuál, la conozco como a mis manos.
PACHITA: Pues, sí señor. Yo anduve en estas danzas, no por mal, sino por servir a mi amo, y la niña, que decía que era doncella, estaba muy tiesa; pero por fin, como mi amo es buen mozo y lo pior es que tiene mucho dinero, consiguió de ella que se dejara visitar cuando su papá no estaba en casa y ansí lo hacía mi amo, y de tantas visitas resultó a la niña una enfermedá fatal que a los cinco meses ya se le echaba de ver, y no sólo en la cara. En fin, para no cansar a usted, a los siete meses lo conoció su padre, y en lugar de curarla se encerró con ella y le dio muchos palos para que le confesara quién le había hecho el bien, y tanto le dio que la probe niña cantó, y que va su padre a casa y asperó al marqués, y se dieron un peliada de Judas, que por poco se matan, y lo supo mi ama, que es celosísima, y se pelió también de recio, y ella decía que iba a pedir divorcio, y, para esto, la probe niña enferma se juyó a casa de sus tías, y dice que, ansí que sane, les dejará a su sobrinito y se meterá en un convento. Pero no les diga yo a ustedes el susto que yo llevé esa noche. Ya se me hacía que la niña había dicho que yo ayudé a la aición, y me mataba el abogado; pero voy al cuento. Ya ven ustedes que éstas son cosas de crédito, y no era caridá que yo me pusiera a contárselas a todos.
TULES: En eso dices muy bien, Pachita. Si fuéramos las criadas tan malas como dicen los amos, no les quedara güeso sano, porque harto les sabemos. ¿Ya ves eso que has contado? Pues no es nada, pior te la contaré yo. ¿Ya ves qué mustia y qué santita es doña Martita?
PACHITA: ¿Cuál, la niña grande?
TULES: No, la más chica de todas; pues apenas tiene catorce años, y si tú vieras. ¡Pobrecita!
LACAYO: ¿Qué? ¿Pues qué tiene?
TULES: ¿Qué ha de tener? Come tierra.
LACAYO: ¡Es posible! Pues nadie lo ha de creer.
TULES: Ya se ve que no; pero yo sí, como que lo sé bien, y autualmente estoy teniendo miedo que se ha empachado; pero ya se ve, estas cosas chitón, ya ven que esa cosa [es] de honra, y a mí no me cuadra decir los secretos que se me fían, porque dice el refrán que quien de ti se fía, no lo engañes. Basta que la probe me quiere tanto.
LACAYO: Pues yo de estos amos que tengo no sé nada de eso, porque ya son viejos, y con todo a mi amo todavía se le menea un pie.
PACHITA: Conque ¿es verde el viejito?
LACAYO: No deja de acordarse de sus tiempos de cuando en cuando. Él allá tiene sus comercios por Venero,(4) el callejón del Ratón(5) y otras partes ansina.
PACHITA: ¡Qué perro viejo! Beba usted, señor Antonio.
LACAYO: No, beban ustedes. Ande usted, Tulitas.
TULES: Vaya... Dios se lo pague a usted...
PACHITA: No hay gusto como platicar un rato.
TULES: Ya se ve como que la conversación es pasto del alma, y contimás que aquí a nadie se ofende.
PACHITA: Lo que siento es que no tengo zapatos.
LACAYO: No se apure usted, mi alma, aquí está este peso... tenga usted.
PACHITA: No. Viva usted mil años.
TULES: Espéreme tantito, voy a comprar las gallinas y los huevos...
PACHITA: Pues anda, no te tardes. Vaya, beba señor Tonchito...
LACAYO: No, usted primero...; pero dígame usted qué hay de lo que le dije antier.
PACHITA: ¡Oh! No sea usted ansina...
LACAYO: Vamos, dígame usted, pues... ya sabe... Oiga usted... arrímese más... ¿Conque estamos corrientes?
PACHITA: Sí, ya lo dije, y yo no soy mentirosa.
LACAYO: ¿Conque no se va usted para atrás?
PACHITA: ¡Qué tontera!, cállese usted que hay viene Tules.
LACAYO: Pues echaré otro trago, y ya me voy. ¿Conque cuándo nos vemos?
PACHITA: Mañana donde le dije.
LACAYO: Pues a Dios Pachita.
PACHITA: A Dios, señor Tonchito.
TULES: ¿Qué, ya se fue nuestro camarada?
PACHITA: Orita se acaba de ir, ¿no lo encontrates?
TULES: No. Mira qué buenas gallinas.
PACHITA: ¡Qué buenas! Si están flaconas y dos culecas.(6) Ora les dan corriendillas(7) a tus amos.
TULES: Mas qué.
PACHITA: ¿Y qué, no hay mejores?
TULES: Sí hay, pero éstas me costaron unas con otras a cinco reales.
PACHITA: ¿Y cuánto te dieron para el manojo?
TULES: Cuatro pesos.
PACHITA: ¡Ah! ¿Conque orrates doce realitos?
TULES: De fuerza, niña.
PACHITA: ¡Caramba y lo que orras! No, pues ora sí, convídame.
TULES: Y mucho... anda, bebe y vámonos que es tarde.
PACHITA: Dices bien. Ora me echan una jalada del diablo, sobre que me he tardado tanto; pero mas qué, vayan noramala. Si quieren aguantan; y si no, que lo que dejen, que casa y sepultura no faltan.
TULES: Dice muy bien, lo mismo digo yo, si quieren mis amos que me aguanten, como yo les aguanto sus majaderías, y si no, por cierto, que ni a ellos con su dinero ni a nosotros por nuestro mal servicio nos faltará, que a bien que cuando Dios amanece, amanece para todos.
PACHITA: Ansina es. Conque a Dios, mi alma, hasta otro día.
TULES: A Dios, negrita. ¿Cuándo vas por allá?
PACHITA: Ahí veré.
TULES: Pues a Dios.
PACHITA: A Dios.
Conclusión
Que los criados(c) son unas escobas de las casas que barren con cuanto pueden, todos lo saben: que cuando no roban ocultamente, roban a las claras con las estafas que hacen todos los días a las que llaman ahorros o percances, nadie lo ignora, y hay muchas personas que procuran evitar que las roben, tomando las precauciones necesarias para el efecto; pero que sean los clarines de las casas, por donde se sabe lo más oculto de ellas, parece (según lo que tengo observado) que o lo ignoran, o no lo creen, o no les hace fuerza, y así no recatan para nada; antes suelen hacer de ellos una ciega confianza, cuya necedad paga muy bien su honor repetidas veces, especialmente cuando las riñen o las echan. Entonces todo su desquite y venganza está en su lengua.
Ordinariamente esta pobre gente(d) carece de educación, y ni su religión entiende; y así no es admirable que, no habiendo tenido ningunos buenos principios, sean infieles, ingratos, vengativos y mordaces, cuando vemos personas bien nacidas y educadas, con semejantes vicios.
Pero esto, que en cierto modo disculpa a los criados, agrava la imprudencia de los amos que no recatan de ellos, lo mismo que excusan a sus mejores amigos.
Prescindamos un rato del mal ejemplo que les dan; sólo por no exponerse al vejamen que hacen de su conducta, y a que les taraceen el honor de arriba abajo, deberían tener mucho cuidado en ocultarles sus debilidades, particularmente en las mesas, donde se tratan todos los asuntos familiares, sean los que fueren, con la mayor confianza e irreflexión.
Allí saben los criados si el amo debe, si juega, si está en algún pleito y por qué, su modo de pensar en esto o en lo otro, etcétera, y después salen todos sus defectos a pasear a la plaza.
Últimamente, a los criados se debe tratar con caridad; pero no fiarse mucho de ellos: al fin son extraños, y gente que sirve más por el salario que por amor.
NOTA. El pronóstico curioso del autor para el año que entra, se hallará en esta oficina y puestos acostumbrados del Portal a 2 reales, y en docenas a 2 pesos 2 reales, puede ser muy útil para la ciudad y para fuera.
(1) En la Oficina de la calle de Santo Domingo.
(a) Pulque en idioma mexicano.
(b) Es menester no confundir la crítica con la murmuración. Aquélla es el arte de juzgar rectamente las cosas, y ésta, el modo de perjudicar la honra del prójimo.
(2) cantar el alabado al mesón de la pita. Alabado es el bendito. De el alabado dice Azuela en Mala yerba: "Del cuartucho se escapaba el cálido olor de la muchedumbre aglomerada que rezaba rosarios y más rosarios, sin descansar más instantes que los gastados en entonar un canto horriblemente lúgubre, el alabado, que de rigor debe cantarse a fin de ahuyentar a los demonios." Cf. Santamaría, Dic. mej. Mesón de la pita es la cárcel. Por lo tanto, es cantar el bendito en la cárcel.
(3) tramojo. Especie de trangallo que se pone a un animal para que no dañe los cercados.
(4) Venero. Hoy 4a de Mesones.
(5) Callejón del Ratón. 1a de Riva Palacio, hoy un tramo del Eje Central Lázaro Cárdenas.
(6) culecas. Metátesis o corrección de cluecas. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(7) corriendillas. Posiblemente diarrea.
(c) Los criados que no entran en este número deben ser tenidos por unos héroes.
(d) Ya se entiende que se habla de los criados inferiores, no de los dependientes, pues éstos, aunque son criados, casi siempre son bien criados.