[NÚMERO XXIII]
LOS CLARINES DE LAS CASAS
O LAS MOZAS HABLADORAS
Sábado 25 de noviembre de 1815(1)
Aún andaba yo jugando con los caballitos de cañas, cuando oía decir que las criadas eran los clarines de las casas o los conductos por donde se traslucían los más íntimos secretos de ellas. No sabía yo entonces filosofar ni tenía la experiencia ni el conocimiento del mundo bastante para cerciorarme de esta verdad, ni recapacitar en sus consecuencias; mas ya, al cabo de la vejez, he conocido por experiencia tres cosas:
1ª Que es verdad que los criados son los pregoneros de los secretos de las casas.
2ª Las consecuencias que esto trae.
3ª El remedio de precaución que se debe tomar para evitarlas.
Todo esto tiene visos de frioleras; pero créaseme y se remediarán muchas cosas; y de no:
No me dará a mí carcoma(2)
los daños de cualquier cosa,
que lo que a cada uno pasa
que con su pan se lo coma.
Mas sin embargo, en obsequio de la caridad fraternal, voy a contar al pie de la letra (ya saben que cuando quiero tengo buena memoria) las conversaciones que he oído a varios criados y criadas en la plazuela del Volador,(3) donde me suelo a ir a divertir con ellas en achaque de comprar pollos. Comenzaremos por la siguiente.
PLÁTICA DE DOS CRIADAS EN LA PLAZA DE LA VERDURA
TULES: A Dios, Pachita, más que nunca. Ya se ve como ora eres moza de casa grande, ya no quieres hablar.
PACHITA: Anda allá, Tulitas, ¿por qué no había de hablar siendo tan amigas y
habiendo servido juntas en una casa? ¿Dónde vas, mi alma?
TULES: Voy a comprar huevos y recaudo para casa de mi amo.
PACHITA: ¿Pues dónde estás, mi alma?
TULES: En casa del licenciado Pantoja.
PACHITA: ¡Ay!, ¿aquél que vive en la calle Cerrada del Rastro?(4)
TULES: Sí, en la misma.
PACHITA: ¡Jesús, niña! ¿Y cómo te acomodaste allá?, porque yo serví en su casa y no he visto amos más monos y ridículos que ellos.
TULES: Es verdad, niña; pero... la necesidad...
PACHITA: Es cierto: cuando una está sin qué comer es capaz de meterse a servir al diablo; pero no me negarás que son endemoniados los amos.
TULES: No lo habían de ser tanto. Ya yo estoy aburrida. Si supieras de alguna conveniencia, avísame, por vida tuya, porque ya no aguanto. No tengo más que dos pesos de salario y cinco y medio de ración, y para esto soy cocinera, mandadera, ama de llaves, recamarera y todo cuanto hay.
PACHITA: ¿Pues que tú sola estás en la casa?
TULES: Yo sola, ¿pues qué quieres?
PACHITA: ¡Anda!, no me lo digas. ¿Qué están tan pobres?
TULES: Probísimos. Todos los días andan empeñando prendas para comer, y, a más de eso, la señora que es muy vanidosa.
PACHITA: ¡No lo creyera yo!, porque cuando yo servía allá, había tres criadas y un muchacho de mandados.
TULES: Pues ora ya se volvió la casa de gloria patri.(a)
PACHITA: ¡Tal está todo, Tulitas!, pero ¿qué, la vanidad no se le acaba a la señora?
TULES: Eso no, ¿cuándo? El dinero se acabó; pero la soberbia quedó en casa. Primero faltara el sol que ella ir al Coliseo muy planchada; y más que se coman frijoles han de vivir en casa sola, y tomar café a la mañana y nieve por la noche para las visitas, y cuenta, como [el] señor no da para ello, que hay una de los demonios, y hasta los niños están tan engreídos que parecen unos condes.
PACHITA: Pues, niña, yo me espanto. ¿Cómo será eso estando tan pobres?
TULES: Eso mismo me espantaba a mi recién ida allá; pero como la ama es bonita y la visita un comerciante...
PACHITA: ¡Anda!, ¿pues que ya ha dado la señorita en eso cuando el amo era tan celoso que de su sombra se azoraba?
TULES: También ahora se azora de todo el mundo, pero menos de don Claudio, ya se ve yo no le quito el crédito... quién sabe... allá se lo hayan, que yo no juzgo vidas ajenas; pero lo cierto es que si don Claudio falta tres o cuatro días va hasta la sobrecama a la tienda; pero en cuanto él va, todas las prendas salen y se come mejor algunos días.
PACHITA: Cierto que sólo en este tiempo pudo mi ama haberse enredado con el viejo potroso(5) de don Claudio. Todavía ora seis años que yo la serví, no estaba tan malote el comerciante, y con todo, mi ama no lo quería, sin embargo de que hacía mil diligencias. Ya se ve, la necesidad tiene cara de hereje.
TULES: ¡Ah!, conque ¿tú sabías esa volada?
PACHITA: Sí, mi alma, si ya es vieja, sobre que yo tuve algunos pesotes del don Claudio, y algunas regañadas de la ama.
TULES: Me alegro, que entonces no te he contado nada nuevo, pues, porque yo no soy capaz de quitar un crédito por cien pesos.
PACHITA: Haces muy bien. Eso es lo que debemos hacer todos los que servimos.
TULES: Yo ansí lo hago, y lo peor es que aun ansina no lo agradecen.
PACHITA: Eso es muy cierto, niña, y por eso dice el refrán que a aquel que sirve mejor, a ése le agradecen menos.
TULES: Yo para mí, no hay amo bueno.
PACHITA: Y no digo, ¿qué dijeras si tuvieras el amo y ama y amitos que yo tengo? Tus amos, por fin, no pasan de probes, porque, por último, aunque tu ama (hablemos claro), aunque tu ama sea una tal, y una vanidosa, y tu amo un consentidor, a ti te pagan tu salario muy cabal y eres dueña de sus confianzas, pero yo que sirvo al conde del Palo Blanco en clase de recamarera, que soy su alcahueta de preferencia, y que le tengo que aguantar mil cosas exponiéndome a cada paso con la señora, todavía no sólo no me gratifica, como debía, sino que me detiene mi salario, como que ya me deben cinco meses y no me pagan, y a más de eso, le tengo que aguantar mil cabronadas a la señora y a los muchachos.
TULES: Pues qué, ¿tan malos son?
PACHITA: No te lo diga. Ella es puerquísima y soberbia como todos los diablos. ¡Jesús, de que se pone a regañar con aquella cara de mamona a medio podrir, Dios nos tenga de su mano. ¡Qué insolente es! ¡Qué mal hablada!, y cuenta con responder lo más mínimo aunque una tenga razón, porque entonces hasta quiere arañar a una. El otro día, si tú vieras, porque no estaba la cama hecha, y entró un señor a la recámara y la vido ansina, me echó una jalada del demonio, y de tal y cual no me bajó un dedo.
TULES: ¡Ay niña!, ¿y por qué se enojó tanto?
PACHITA: Porque, mira tú, que sinrazón. Ella es muy floja: se levanta a las quinientas, ya se ve se desvela en los bailes casi toda la noche, pues como te digo, se levantó tarde, a tiempo que ella misma me mandó llamar al sastre, y por eso sucedió una contingencia de que como padece no sé qué, que todas las noches se cura con polvos mercuriales y no sé qué parches, el señor que entró vido la cama puerca, y se halló una badanita con ungüento, y como se lleva de recio con mi ama cuando el señor no está en casa, y él la saca a pasear del brazo algunas veces, la comenzó a hacer enojar, y quién sabe qué le dijo que hasta lloró; pero anda, niña, luego que se fue me llamó y ya te dije, me puso como un suelo. Yo le dije: ¿pues su mercé misma no me mandó llamar al sastre? Pero nunca tal se lo hubiera dicho, que se volvió un demonio tratándome de perra, puerca, cochina, retobada, mulatona y quién sabe qué más, y si no arranco, me desgreña porque estaba rabiosa como un perro.
TULES: En verdá que ésa es una sinrazón que no se puede aguantar.
PACHITA: Como que ya no tengo vida. Si ellos se pelean lo pagan las criadas; si el amo tiene alguna muina en la calle, ¡zas contra las criadas!; si los niños hacen alguna travesura, las criadas; todo las criadas, que no parece sino que somos el dedo malo que todo venimos a pagarlo.
TULES: Y en verdá, niña. Lo mismo me pasa a mí: si cobra el casero, si viene el sastre por lo que le deben, si entra algún mozo con algún papel, se enoja mi amo, y como a mi ama le tiene miedo y no se puede vengar con ella, porque lo acusa con don Claudio y se desaparece éste ocho o quince días, pega conmigo y se desquita con regañarme. Ya se ve, ya yo le conozco el genio y le sé su modo. Ansí que está de flato,(6) conozco que le han cobrado y que no tiene, y le aguanto aquel día hasta que se le olvida. Pues yo misma lo disculpo, tanto porque tengo mis buenos percances, como porque él es un probe, y la probeza, mi alma, es capaz de hacer enojar a un palo.
PACHITA: Es verdá, niña; pero yo pienso que esos percances que tú tienes son muy rateros. Yo no aguantara por eso sólo.
TULES: ¿Cómo que no, Pachita?, pues no son muy chiquitos, y yo no sirviera una semana si no fuera por interés de los percances, porque atenerse sólo al salario es una muerte.
PACHITA: ¿Pues cómo? ¿Qué orras?
TULES: Y bien. Como la ama es muy puerca, y sólo se llama mujer porque se amarra cintas, me da mucho lugar a tener.
PACHITA: Pues cuéntame, ¿cuál es la vida de tu ama?
TULES: ¡Oh!, eso es cosa buena. Oye, se levanta a las diez y media de la mañana; toma su café en la recámara; se sienta junto a su tocadorcito con una porción de peines, escobetas, botes, alambres y papelitos, y allí se está componiendo y pintando hasta las once y media. A esa hora se viste, y se plancha, se encaja su túnico negro y se va a misa, dice ella, que yo no la veo. A las doce o doce y media vuelve a casa, pide de almorzar, a cuyo tiempo suele venir el viejo de don Claudio y se ponen a platicar hasta las dos o las tres que viene señor del imperial. Entonces hacen las once, y platican hasta las tres y media. A esta hora se pone la mesa; comen, y a las cuatro o más, se levantan los manteles. Señor se va a sus negocios, y la ama se va hasta la oración al paseo, o a visita, o quién sabe dónde con don Claudio, hasta la oración, que vienen a tomar chocolate para irse al Coliseo o algún baile, de donde vuelven a las dos o las tres de la mañana. Unas veces ya han cenado en la calle, y otras cenan en casa, y se acuestan. Lo más gracioso es que, en estando mi ama en la calle, en la visita, o en el baile, está contentísima y alegre, salta y brinca más que una ardilla, y habla más que una cotorra; pero en cuanto llega a casa, se enferma y se pone impertinente como ella sola.
PACHITA: ¿Pues qué le da, niña?
TULES: ¿Qué le ha de dar? Jaqueca.
PACHITA: Es mal de ricos ése, según dicen.
TULES: Mal de picardía, y de flojera, y de chiqueo, y de soberbia, y de monada. Ya se ve, a mí me tiene cuenta que sea tan puerca que no se para en el brasero para nada, ni sabe lo que se gasta o no se gasta, ni cómo se guisan unas calabacitas, tengo lugar de orrar alegremente; pues lo menos que orro, día con día, son dos y medio o tres reales.
PACHITA: ¡Ay, niña! Pues entonces es buena tu conveniencia. ¿Cómo me encargaste te buscara otra?
TULES: Porque pudieras hallarme otra mejor.
PACHITA: Mejor que esa croque no la encontrarás.
TULES: ¡Qué no! Mejores las he tenido. Yo te contaré mañana, porque ya ora me he tardado. ¿Vienes mañana?
PACHITA: Sí, vengo.
Continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) carcoma. Cuidado grave y continuo que mortifica y consume al que lo tiene.
(3) plazuela del Volador. Actualmente la manzana al sur del Palacio Nacional.
(4) Cerrada del Rastro. Hoy Pino Suárez. Abarcaba los tramos que están entre Mesones, San Jerónimo, Izazaga y Netzahualcóyotl.
(a) Así llama esta gente las casas pobres y decentes.