[NÚMERO XXII]
LA CRÍTICA DE LOS MUERTOS
SOBRE MUCHOS DE LOS VIVOS
Vísperas de la conmemoración de los difuntos
Y concluyen los paseos de la Verdad
¡Válgame Dios, y por cuántas partes me anduvo trayendo la Verdad en este tiempo! ¡Qué tierras vi, qué usos noté, qué corruptelas advertí y de cuántas cosas me desengañé con su compañía!
No hay duda, yo vi cosas admirables, y cosas horribles. No hubo casa donde no entrara, convento, colegio, cuartel ni corporación que no viera. Conocí a los hombres en los rincones de sus casas, los oí discurrir a sus solas, y poco me faltó para no imponerme del mecanismo con que piensan, y a excepción de pocos, los más de ellos me hostigaron y me escandalizaron gravemente.
Cuando yo leía en David "que todo hombre era embustero, que no había quien obrara bien", etcétera, me azoraba y veneraba las palabras de un rey inspirado por Dios; pero no podía concebir literalmente cómo pudiera estar el mundo tan generalmente depravado; mas luego que me acompañé con la Verdad, y me hizo conocer a los hombres según son, y no según lo que aparentan, no pude menos que creer a puño cerrado al santo Profeta, y un día comunicándole a la Verdad mi pensamiento la dije: admirado estoy, señora, de la general corrupción del género humano. Entre cada ciento (y me parece que me excedo) apenas hallamos un hombre completamente bueno (en lo que cabe en esta vida miserable), porque el que no es jugador, es borracho; el que no es borracho, es lascivo; el que no es lascivo, es ladrón; el que no es ladrón, es deslenguado, o embustero, o calumniador; el que no es esto o aquello, es cruel; el que no es cruel, es irreligioso; el que no es irreligioso, es usurero; el que no es usurero, es impío... en fin, el que no tiene un vicio tiene mil, y el que no tiene mil, tiene alguno; y como para ser mala una cosa basta con que tenga algún defecto, así como para que sea buena necesita serlo completamente, según aquello de bonum ex tota sua parte, malum quocumque defectu, se asegura bastantemente mi opinión, esto es, que todos los hombres están dados a Barrabás según son de falsos y malvados.
Así es, dijo la Verdad, con la excepción debida que apuntaste; mas has de advertir que este mal general o, por mejor decir, comunísimo, no es de ahora, ha sido lo mismo desde el principio del mundo en todos tiempos y en todas las naciones, porque los hombres son frágiles y corrompidos por la naturaleza viciada, y de ahí se sigue que están siempre dispuestos al mal y lo cometen a cada instante, siendo un milagro de la gracia el que se abstengan de cometerlo.
Lo que a mí me da más cólera, dije, es ver cómo se valen de los nombres de la verdad, justicia, integridad y demás virtudes para solapar sus crímenes. El ladrón dice que la necesidad de cumplir con sus obligaciones lo incita al robo. El usurero que por hacer bien presta a usura. El embustero dice que miente en obsequio de la paz. El vengativo dice que su rencor es castigo de la maldad. El soberbio dice que es íntegro. El libertino, que es corriente. El avaro, que es económico. El pródigo, que es liberal, y así todos; pero ahora que sé tanto, y que me los habéis hecho conocer por unos hipócritas, yo los acusaré a la faz del mundo, yo daré sus señas para que no se fíen de ellos, y yo los pondré a la media naranja con mi pluma.
No hagas tal por ahora, me dijo la Verdad, porque si dices todo lo malo que ves y adviertes en estos tiempos, te harás fastidioso y te conciliarás mil enemigos. Hablo de ciertos vicios que son tan públicos que por más que disimules a sus profesores, ellos solos los declaran de a legua. Pues qué se ha de hacer, señora, respetaremos los delitos y omitiremos su crítica por miedo de los delincuentes. A lo menos, dijo la Verdad, tú bien puedes omitirla, ya porque hay tiempos de callar, y ya porque no todo lo que se sabe se puede decir siempre.
En estas pláticas íbamos entretenidos por la calle del Reloj, cuando le dije a la Verdad: señora, estamos en vísperas de finados, el Portal y Plaza están llenos de concurrencia, y supuesto que vamos de paseo, en esos lugares tendremos muchos objetos en quienes ejercitar, cuando no la crítica pública, a lo menos la privada, para mi particular enseñanza.
Tú eres un hipócrita como tus compañeros los mortales de quienes tanto te escandalizas, me dijo mi mentora. Lo que solicitas no son lecciones morales, sino diversiones de portales; mas por ahora no las disfrutarás, porque te tengo de llevar esta noche a otra parte donde te diviertas más y saques más provecho sin duda alguna.
Decir esto y hallarnos en la puerta de un campo santo, todo fue uno. Entra, me dijo mi conductora, con una voz tan imperiosa que no osé desobedecerla.
Entramos a aquel lugar triste y sombrío, y yo, todo sobrecogido de pavor y erizándoseme el pelo a cada ruido de las hojas de los árboles, rezaba sudarios y responsorios sin cesar, temblando a la manera que tiembla un tarantado.(2) La Verdad conoció mi temor, y me dijo: no temas; alienta que, estando yo a tu lado, nadie te dañará en lo más mínimo. Ésta es mi casa y mi principal morada, porque la casa de la muerte es el asiento de la verdad: cuantos en el mundo me desprecian, aquí me respetan y reconocen.
En esto escuché una voz que se mecía de los aires y gritaba: levantaos, muertos,que hoy tenéis asueto; y al momento vi que se levantaban los trozos de tierra que cubrían los sepulcros y que salían una porción de esqueletos arrebujados en mortajas unos, otros en frezadas,(3) y algunos en petates, y dividiéndose en corrillos se pusieron a charlar amigablemente por aquellos recintos del espanto.
Si no me da la mano la Verdad, voy al suelo con semejante visión, y más cuando casi junto a nosotros se sentaron dos amortajados y un enfrezado(4) a platicar muy despacio, pero la Verdad me dijo: no temas, atiende lo que dicen estos esqueletos y verás qué errado es vuestro refrán que asegura que hombre muerto no habla; pues en efecto, los muertos hablan y muy bien. Óyelos.
Ya se deja entender que tanto por la poca luz de la noche, cuanto por el mucho miedo que yo tenía, no procuraba informarme de las caras de los señores muertos, pues apartaba la vista de ellos lo mejor que podía; pero no pude hacer otro tanto con el oído, porque lo tuve pendiente de su conversación, y conocí que dos de ellos eran viejos y el tercero era mocetón. Asimismo, supe sus nombres. Él, un viejo, se llamaba don Tristán, el otro don Profundo y el mozo, Miguel. Pondré en diálogo su tertulia para excusar a los lectores el fastidio que causa la repetición de dijo fulano,respondió mengano, contestó citano, etcétera.
DIÁLOGO DE TRES MUERTOS
DON PROFUNDO: Tiempo hace, amigo Tristán, que no logramos salir a explayarnos un poco sobre la tierra.
DON TRISTÁN: Es verdad, don Profundo. Desde que murieron los célebres Quevedo y Villarroel que nos sacaban de la huesa a cada nonada, se han olvidado de nosotros los hombres, y sólo nos dan estos asuetos por campanada de vacante, dejándonos todo el año pudrir en los sepulcros como unos perros.
DON PROFUNDO: Qué hemos de hacer, si somos como santos de palo cuando pasan sus fiestas, que los arrinconan y envuelven y ya no se acuerdan de ellos hasta el año siguiente.
DON TRISTÁN: No era así cuando vivíamos con ellos. ¡Qué amistades! ¡Qué visitas! ¡Qué obsequios! ¡Qué rendimientos! ¡Y qué cumplidos no me hacían a cada instante!
DON PROFUNDO: Ésas eran adulaciones porque tenía usted dinero. Lo mismo me pasaba a mí; pero como cuando morimos les dejamos nuestros bienes a los hombres, queramos o no queramos, de ahí es que ellos ya no se acuerdan de nosotros, porque donde cesa la causa cesa el efecto. La causa o el muelle que movía sus amistades y sus lisonjas hacia nosotros era nuestro oro y nuestra plata, encerrados en nuestras arcas y distante de sus manos; pero, como cuando morimos entró nuestro tesoro en su poder, se acabó el estímulo de su codicia y, de consiguiente, el origen de sus artificiosas adulaciones y faramallas.
DON TRISTÁN: Ésa es una verdad; pero lo peor es que la venimos a conocer muy tarde... ¿mas quién es este pillo que se nos ha enterciado en la conversación?
DON PROFUNDO: No lo conozco.
MIGUEL: ¿Tan desfigurado estoy, señores, que no me conocéis? ¡Válgate Dios!, lo que es ser pobre. Hasta en la sepultura se desconocen y confunden, ya se ve como que entran sin nombre, sin aparato y sin ruido como vosotros los ricos; pero día vendrá en que se olviden estas distinciones.
DON TRISTÁN: No se incomode, amigo, que ya para nosotros llegó ese día, y aquí todos somos muertos sin distinción alguna; pero está a medio despellejarse y aún no se le acaba de mondar la calavera; advertimos que es un muerto fresco, y de noche no lo podemos conocer. Díganos, pues, quién es, y sáquenos de dudas para que continuemos platicando.
MIGUEL: Yo me llamo Miguel, que serví a usted de portero muchos años en el mundo.
TRISTÁN: Es verdad, "Miguelillo", es verdad. Ya te conozco, dame un abrazo. ¿Y qué tanto ha que andas por acá?
MIGUEL: No ha ocho días.
TRISTÁN: ¿Y por qué no tienes mortaja?
MIGUEL: Porque luego que me enfermé en la casa donde estaba sirviendo, me despacharon al hospital, y allí morí, y me tiraron envuelto en un petate; antes, por fortuna, estaba esta frazada vieja junto a mí en la sepultura y me la cobijé para acá fuera que hace algún frío.
TRISTÁN: ¡Qué ingratitud de amos! ¿Conque mientras fuiste útil en esa casa te mantuvieron en ella; y en cuanto te enfermaste te abandonaron y te echaron al hospital?
MIGUEL: Así fue, y así es en todas partes; esto no es nuevo, antes fue dicha que me admitieran en el hospital, que si no, mayores son mis trabajos, pues mi pobre mujer no alcanza ni para comer con sus criaturas.
TRISTÁN: El que una mala acción sea común entre los hombres no la justifica. Es una ingratitud imponderable que después de servirse de un buen criado todo el año, apenas se enferma en su servicio, luego luego lo arrojan a la calle, justamente cuando más necesita de la caridad y gratitud de sus amos. ¿Y por qué te enfermaste?
MIGUEL: Porque una noche que anduvo mi amo de baile en baile con la señorita, en coche, me cayeron encima dos o tres aguaceros que, junto con la desvelada, me acarrearon un tabardillo que en siete días las lié.
TRISTÁN: ¿Qué dice usted compañero? ¿No son éstas bribonadas y picardías?, tratar con tan poca caridad a los criados cuando sanos, y arrojarlos de casa aun cuando se enferman por su causa.
PROFUNDO: No se pueden sufrir las iniquidades de los hombres. ¿Y quién era ese caballero a quién servías?
MIGUEL: Un tal don Policarpo de no sé qué. El tiene un apellido arrevesado; pero es quién sabe qué, que tiene su casaca con colorados y vive en la calle de los Donceles número 54.
TRISTÁN: ¿Es posible? Pues yo conozco a ese sujeto, fue muy mi amigo. Por señas que tiene sus pestañas negras y sus labios colorados.
MIGUEL: Es el mismito, señor, sí, es el propio. Las señas son singulares y no mienten.
TRISTÁN: ¿Y con quién se casó ese caballero?
MIGUEL: Con doña Julia Garzopeta.
TRISTÁN: No me lo digas, hombre, no me lo digas.
MIGUEL: ¿Por qué señor?
TRISTÁN: Porque me das una pesadumbre, pues esa ingrata era mi mujer, y ese pícaro era mi amigo. Ella decía que me amaba mucho, y que jamás se casaría con otro, y él me juraba su amistad y que nunca me olvidaría, por lo cual yo lo dejé de albacea; y vea usted lo que pensaron esos perros. Pero dime, hombre, ¿me sintió mucho mi mujer?
MIGUEL: Yo, señor, pienso que no, porque todavía estaba usted caliente en la cama y ya la señorita andaba retozando a escondidas de las visitas con mi amo don Policarpo.
TRISTÁN: ¡Mire qué bribona! Conque ¿ese tamal ya estaba calentándose antes de que yo muriera?
MIGUEL: En eso no hay duda. A lo que me parece antes de ajustar el entierro fueron a conchabar el casamiento.
TRISTÁN: Si sería, si sería, sobre que son unos pícaros ambos; pero más pícaros aquellos que se afanan y se exponen a padecer en estos países lo que Dios sabe para adquirir caudales que dejarles a semejantes ingratos.
PROFUNDO: No se aflija, compañero, ¿qué hemos de hacer? Dime, Miguel, ¿todavía son los hombres tan locos como siempre?
MIGUEL: Cada día están más rematados, en eso no hay novedad.
PROFUNDO: ¡Ah!, si supieran lo que por acá se pasa, no serían tan locos y atronados. Ya yo y el compañero no nos la podemos acabar con el Purgatorio; no tenemos otro consuelo que esperar que cumplan nuestras mandas los albaceas, que restituyan conforme nuestros comunicados, y que los fieles hagan bien por nosotros para salir de penas.
MIGUEL: La esperanza no me parece mala en uno u otro caso; pero en lo común, señor, es esperanza vana, porque los más albaceas son unos ladrones declarados.
PROFUNDO: Ésos serán otros; pero no el mío, que era un hombre muy arreglado y habrá cumplido y estará cumpliendo mi testamento prolijamente.
MIGUEL: ¿No fue su albacea de usted don Santiago Cabañuelas?
PROFUNDO: El mismo, y ya ves que es un hombre de bien a toda prueba.
MIGUEL: Y tanto que ya los niños andan en cueros, y atenidos a la caridad de la casa patriótica, donde los puso como huérfanos después que tiró el caudal de usted, que no tardó dos años en la maniobra.
PROFUNDO: ¡Hombre! Miguel, ¿me engañas? ¿Qué dices?
MIGUEL: Los muertos ya no mentimos. Haga usted cuenta que ha visto lo que digo. Los niños andan huérfanos y descarriados, los acreedores quedaron sin pagarse, las mandas sin cumplirse, las limosnas no se han dado, las misas no se han dicho, el caudal se disipó como el humo del cigarro, y el albacea anda pereciendo, aguardando por horas que se lo acabe de llevar el diablo... No llore usted señor. Esas lágrimas son excusadas. Esto mismo o peor acaece a los más de los ricos, sus compañeros. Contraen deudas y no las pagan cuando viven, ni dan una limosna, ni se mandan decir una misa, y luego se vienen al sepulcro muy satisfechos en que lo hará todo el albacea, como si los albaceas no fueran hombres, y tan codiciosos como el que más. Cuánto mejor no fuera que hicieran en vida sus testamentos y los fueran cumpliendo por su mano, pues ya se sabe que a lo tuyo tú, y no hay otro como tú.
PROFUNDO: Dices muy bien, Miguelillo, mas ya esos consejos son útiles sólo para los vivos, pues nosotros los muertos, y de mi clase, apenas tenemos el remoto consuelo de esperar los sufragios de los fieles, y me explico así porque si nuestros herederos, nuestros albaceas y aquellos a quienes dejamos qué comer no se acuerdan de nosotros, ¿qué harán los extraños que apenas nos conocen? Sin embargo, son nuestros hermanos y siquiera en estos días que el calendario acuerda el 2 de noviembre y la santa Iglesia hace nuestra conmemoración, es muy regular que se dediquen a encomendarnos a Dios.
MIGUEL: Así debía ser; pero los más sólo tratan de divertirse estos días a nuestra costa. ¿Qué, ya no se acuerda usted de sus tiempos, cuando paseaba con la señora en el Portal en tales días? Pues ahora es lo mismo y un poco peor, pues se pone un bonito campamento en la Plaza, de mesitas de dulces, frutas y otras golosinas, se ilumina de noche, y allí se pasean los fieles y hasta se baila...
TRISTÁN: Tú nos vuelves locos, Miguel. ¿Hasta se baila?
MIGUEL: Sí, señores, hasta se baila.
TRISTÁN: ¿Y qué, será por vía de sufragio?
MIGUEL: Yo no lo sé; pero se hizo así el año pasado, por señas que les cayó un aguacero a las niñas que quedaron los zapatitos de raso inservibles.
TRISTÁN: Calla, Miguel, calla por la Virgen, que más nos atormentas con esas noticias. ¡Qué ingratos son los hombres!
PROFUNDO: ¿Ahora estamos en eso? La ingratitud de los vivos es la causa de que los muertos o sus almas se detengan en las mansiones del horror sin acabar de llegar a su destino. Vámonos, que hasta respirar el aire que ellos respiran pienso que nos ha de perjudicar.
TRISTÁN: Dice usted muy bien. Vámonos, Miguelillo, a nuestros perpetuos agujeros hasta el último día de los tiempos, mientras que la Fuente de la piedad se compadece de nuestros espíritus, y hace que, purificados de sus imperfecciones, requiescant in pace.
MIGUEL: Amén; y ésa es la mejor confianza y la más segura; porque atenerse a los hombres, en su mayor parte, es echar guindas a la tarasca. Vámonos.
Con esto desaparecieron los platicones en un momento, substituyendo su lugar una caterva de muertos que en número como de treinta a cuarenta pasaron por delante de mí, hechos un bola, afianzados unos con otros, con las mortajas remangadas, dándose terribles canillazos y partiéndose las calaveras a golpes.
Parecióme aquel grupo ridículo, a las pendencias de las indias del Volador, y más, cuando el compás de la ruidera que formaban las osamentas, sólo se oía decir: él lo será, no sino él, y más ladrón es él que yo, y si robó poco, fue porque no le quedó más, y otros insultos semejantes, hasta que disparándose sobre ellos un diablo feo y narigudo, con un látigo en la mano, comenzó a azurrarles los esqueletos con mucha furia, diciéndoles: afuera, ladronazos malditos, afuera o adentro de vuestros sótanos, sinvergüenzas, dejaos de golpear, que nosotros los demonios desempeñaremos mejor esa comisión, atormentando vuestros espíritus y cuerpos mientras dure la eternidad.
Así a cuartazos y amenazas acabó aquel diablo con el pleito, y los litigantes se zamparon bajo de la tierra, dejando en su superficie una porción de papeles que, según vi por uno que cayó a mis pies, eran testamentos, codicilios, legados, escrituras, autos, inventarios, etcétera.
Luego que pasó aquella escena, me dijo la Verdad: todos esos pobres condenados que has visto reñir sobre quién era más ladrón, fueron en el mundo albaceas, curadores ad bona y ad litem, tutores, apoderados, varones de confianza, y semejantes sujetos que con diversos nombres manejaron los caudales ajenos, y todos ellos se han condenado porque sólo fueron tenedores de bienes. Esto es, porque abusando de la confianza de sus poderdantes, malversaron sus haberes y no los restituyeron nunca, y por eso, se tratan de ladrones, como que no fueron otra cosa; mas ya aquí no hay más que ver, vámonos.
Al ir yo a salir de aquel cementerio, o lo que era, no advertí en una sepultura que estaba abierta, y caí en ella, siendo tal el susto que llevé (como si no tuviéramos todos la sepultura bajo nuestros pies) que al estremecimiento de mi cuerpo desperté de tan provechosa pesadilla.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) tarantado. Persona que sufre la taranta. Taranta es la voz que designa aturdimiento general, ya sea por la borrachera u otra razón. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(3) frezadas. Forma de frazadas.
(4) enfrezado. Cobijado con frazada. Cf. Santamaría. Dic. mej.