[NÚMERO XXII]

LA CRÍTICA DE LOS MUERTOS

SOBRE MUCHOS DE LOS VIVOS

Miércoles 1° de noviembre(1)

 

Vísperas de la conmemoración de los difuntos
Y concluyen los paseos de la Verdad


¡Válgame Dios, y por cuántas partes me anduvo trayendo la Verdad en este tiempo! ¡Qué tierras vi, qué usos noté, qué corruptelas advertí y de cuántas cosas me desengañé con su compañía!

No hay duda, yo vi cosas admirables, y cosas horribles. No hubo casa donde no entrara, convento, colegio, cuartel ni corporación que no viera. Conocí a los hombres en los rincones de sus casas, los oí discurrir a sus solas, y poco me faltó para no imponerme del mecanismo con que piensan, y a excepción de pocos, los más de ellos me hostigaron y me escandalizaron gravemente.

Cuando yo leía en David "que todo hombre era embustero, que no había quien obrara bien", etcétera, me azoraba y veneraba las palabras de un rey inspirado por Dios; pero no podía concebir literalmente cómo pudiera estar el mundo tan generalmente depravado; mas luego que me acompañé con la Verdad, y me hizo conocer a los hombres según son, y no según lo que aparentan, no pude menos que creer a puño cerrado al santo Profeta, y un día comunicándole a la Verdad mi pensamiento la dije: admirado estoy, señora, de la general corrupción del género humano. Entre cada ciento (y me parece que me excedo) apenas hallamos un hombre completamente bueno (en lo que cabe en esta vida miserable), porque el que no es jugador, es borracho; el que no es borracho, es lascivo; el que no es lascivo, es ladrón; el que no es ladrón, es deslenguado, o embustero, o calumniador; el que no es esto o aquello, es cruel; el que no es cruel, es irreligioso; el que no es irreligioso, es usurero; el que no es usurero, es impío... en fin, el que no tiene un vicio tiene mil, y el que no tiene mil, tiene alguno; y como para ser mala una cosa basta con que tenga algún defecto, así como para que sea buena necesita serlo completamente, según aquello de bonum ex tota sua parte, malum quocumque defectu, se asegura bastantemente mi opinión, esto es, que todos los hombres están dados a Barrabás según son de falsos y malvados.

Así es, dijo la Verdad, con la excepción debida que apuntaste; mas has de advertir que este mal general o, por mejor decir, comunísimo, no es de ahora, ha sido lo mismo desde el principio del mundo en todos tiempos y en todas las naciones, porque los hombres son frágiles y corrompidos por la naturaleza viciada, y de ahí se sigue que están siempre dispuestos al mal y lo cometen a cada instante, siendo un milagro de la gracia el que se abstengan de cometerlo.

Lo que a mí me da más cólera, dije, es ver cómo se valen de los nombres de la verdad, justicia, integridad y demás virtudes para solapar sus crímenes. El ladrón dice que la necesidad de cumplir con sus obligaciones lo incita al robo. El usurero que por hacer bien presta a usura. El embustero dice que miente en obsequio de la paz. El vengativo dice que su rencor es castigo de la maldad. El soberbio dice que es íntegro. El libertino, que es corriente. El avaro, que es económico. El pródigo, que es liberal, y así todos; pero ahora que sé tanto, y que me los habéis hecho conocer por unos hipócritas, yo los acusaré a la faz del mundo, yo daré sus señas para que no se fíen de ellos, y yo los pondré a la media naranja con mi pluma.

No hagas tal por ahora, me dijo la Verdad, porque si dices todo lo malo que ves y adviertes en estos tiempos, te harás fastidioso y te conciliarás mil enemigos. Hablo de ciertos vicios que son tan públicos que por más que disimules a sus profesores, ellos solos los declaran de a legua. Pues qué se ha de hacer, señora, respetaremos los delitos y omitiremos su crítica por miedo de los delincuentes. A lo menos, dijo la Verdad, tú bien puedes omitirla, ya porque hay tiempos de callar, y ya porque no todo lo que se sabe se puede decir siempre.

En estas pláticas íbamos entretenidos por la calle del Reloj, cuando le dije a la Verdad: señora, estamos en vísperas de finados, el Portal y Plaza están llenos de concurrencia, y supuesto que vamos de paseo, en esos lugares tendremos muchos objetos en quienes ejercitar, cuando no la crítica pública, a lo menos la privada, para mi particular enseñanza.

Tú eres un hipócrita como tus compañeros los mortales de quienes tanto te escandalizas, me dijo mi mentora. Lo que solicitas no son lecciones morales, sino diversiones de portales; mas por ahora no las disfrutarás, porque te tengo de llevar esta noche a otra parte donde te diviertas más y saques más provecho sin duda alguna.

Decir esto y hallarnos en la puerta de un campo santo, todo fue uno. Entra, me dijo mi conductora, con una voz tan imperiosa que no osé desobedecerla.

Entramos a aquel lugar triste y sombrío, y yo, todo sobrecogido de pavor y erizándoseme el pelo a cada ruido de las hojas de los árboles, rezaba sudarios y responsorios sin cesar, temblando a la manera que tiembla un tarantado.(2) La Verdad conoció mi temor, y me dijo: no temas; alienta que, estando yo a tu lado, nadie te dañará en lo más mínimo. Ésta es mi casa y mi principal morada, porque la casa de la muerte es el asiento de la verdad: cuantos en el mundo me desprecian, aquí me respetan y reconocen.

En esto escuché una voz que se mecía de los aires y gritaba: levantaos, muertos,que hoy tenéis asueto; y al momento vi que se levantaban los trozos de tierra que cubrían los sepulcros y que salían una porción de esqueletos arrebujados en mortajas unos, otros en frezadas,(3) y algunos en petates, y dividiéndose en corrillos se pusieron a charlar amigablemente por aquellos recintos del espanto.

Si no me da la mano la Verdad, voy al suelo con semejante visión, y más cuando casi junto a nosotros se sentaron dos amortajados y un enfrezado(4) a platicar muy despacio, pero la Verdad me dijo: no temas, atiende lo que dicen estos esqueletos y verás qué errado es vuestro refrán que asegura que hombre muerto no habla; pues en efecto, los muertos hablan y muy bien. Óyelos.

Ya se deja entender que tanto por la poca luz de la noche, cuanto por el mucho miedo que yo tenía, no procuraba informarme de las caras de los señores muertos, pues apartaba la vista de ellos lo mejor que podía; pero no pude hacer otro tanto con el oído, porque lo tuve pendiente de su conversación, y conocí que dos de ellos eran viejos y el tercero era mocetón. Asimismo, supe sus nombres. Él, un viejo, se llamaba don Tristán, el otro don Profundo y el mozo, Miguel. Pondré en diálogo su tertulia para excusar a los lectores el fastidio que causa la repetición de dijo fulano,respondió mengano, contestó citano, etcétera.

 

DIÁLOGO DE TRES MUERTOS

 

Con esto desaparecieron los platicones en un momento, substituyendo su lugar una caterva de muertos que en número como de treinta a cuarenta pasaron por delante de mí, hechos un bola, afianzados unos con otros, con las mortajas remangadas, dándose terribles canillazos y partiéndose las calaveras a golpes.

Parecióme aquel grupo ridículo, a las pendencias de las indias del Volador, y más, cuando el compás de la ruidera que formaban las osamentas, sólo se oía decir: él lo será, no sino él, y más ladrón es él que yo, y si robó poco, fue porque no le quedó más, y otros insultos semejantes, hasta que disparándose sobre ellos un diablo feo y narigudo, con un látigo en la mano, comenzó a azurrarles los esqueletos con mucha furia, diciéndoles: afuera, ladronazos malditos, afuera o adentro de vuestros sótanos, sinvergüenzas, dejaos de golpear, que nosotros los demonios desempeñaremos mejor esa comisión, atormentando vuestros espíritus y cuerpos mientras dure la eternidad.

Así a cuartazos y amenazas acabó aquel diablo con el pleito, y los litigantes se zamparon bajo de la tierra, dejando en su superficie una porción de papeles que, según vi por uno que cayó a mis pies, eran testamentos, codicilios, legados, escrituras, autos, inventarios, etcétera.

Luego que pasó aquella escena, me dijo la Verdad: todos esos pobres condenados que has visto reñir sobre quién era más ladrón, fueron en el mundo albaceas, curadores ad bona y ad litem, tutores, apoderados, varones de confianza, y semejantes sujetos que con diversos nombres manejaron los caudales ajenos, y todos ellos se han condenado porque sólo fueron tenedores de bienes. Esto es, porque abusando de la confianza de sus poderdantes, malversaron sus haberes y no los restituyeron nunca, y por eso, se tratan de ladrones, como que no fueron otra cosa; mas ya aquí no hay más que ver, vámonos.

Al ir yo a salir de aquel cementerio, o lo que era, no advertí en una sepultura que estaba abierta, y caí en ella, siendo tal el susto que llevé (como si no tuviéramos todos la sepultura bajo nuestros pies) que al estremecimiento de mi cuerpo desperté de tan provechosa pesadilla.


(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.

(2) tarantado. Persona que sufre la taranta. Taranta es la voz que designa aturdimiento general, ya sea por la borrachera u otra razón. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(3) frezadas. Forma de frazadas.

(4) enfrezado. Cobijado con frazada. Cf. Santamaría. Dic. mej.