[NÚMERO XXI]
Martes 29 de agosto de 1815(1)
Continuación de los paseos de la Verdad
Concluye la conversación del Portal
En efecto, llegaron allí varios frailes, clérigos, militares, paisanos decentes y medio decentes. Lo célebre era que los que pagaban efectá los papeles públicos, ni los leían allí, ni se quedaban por todo aquello; pero los coqueros que iban a leer de balde, que eran hartitos, todavía por el precio no les gustaban porque los criticaban y los mordían a su gusto.
Entre tantos llegó uno preguntando por la Barata de El Pensador. Dijéronle que no la había, y él mostró sentirlo, pues encarándose a un currucacho(2) que estaba de postema en la alacena, le dijo ¡qué lástima que no halle yo ese papel!, lo leí en casa de un amigo y me ha gustado mucho, porque está muy gracioso y moral. Bien que a mí me gustan todas las producciones de este autor, porque cuanto escribe lo escribe con cierta sal que nos divierte; de cuando en cuando salpica sus papeles de alguna erudición; tienen mucha moral; satiriza los vicios con tino; y sobre todo, no se le puede negar la fluidez y facilidad del estilo con que sin cansar al sabio, se hace agradable y perceptible al más rudo.
A lo que nuestro caballerazo contestó, amigo, en gustos se gastan géneros, y si no hubiera malos gustos, no se gastara lo anteado(3) ni las porquerías de El Pensador, pues yo por tales tengo todos sus mamarrachos. No he visto en mi vida papeles más insulsos. Nada dice que no esté dicho, y fuera de esto, su estilo es un estilo de bodegón. Metáforas, alegorías, tropos, bellezas, flores de elegancia, ni las conoce. Erudición selecta ni la ha visto. Noticias exquisitas no las tiene. Términos castizos, exóticos y retumbantes ni los sabe. Sólo nos emboca moralidades añejas, sátiras frías, y cuentos de cocina, y esto con una cantinela monótona y nevada. Lo único que tiene es lo que más enfada, y es aquel estilo faceto, truhán y chocarrero con que sin tener sal quiere las más veces arrancar la risa a sus miserables lectores. Es verdad que el año de 1812 escribió tal cual papelucho con alguna energía; pero hoy está que ni él ni su sombra. De un semipolítico arrojado se nos ha vuelto un gracioso sin gracia, un erudito sin libros, un predicador sin virtud, un satírico sin crítica y un hablador sin substancia. Yo a lo menos detesto sus papasales. No, no gastaré ni medio ni mi real para concurrir a mantener su ociosidad, ni a prolongar su manía de escritor insulso y despreciable; ni menos perderé el tiempo en leer sus insulsas producciones, bástame saber que es un tonto de marca, escritor famélico, y hablador por naturaleza.
Consideren, mis lectores, qué tal me quedaría yo al escuchar mis honras tan bien ponderadas por la boca de mi charlatán panegirista, a quien mi apasionado, que era un frailecito chiquitín y harto sabio, sólo le dijo: amigo, quot capita, tot sententia. A mí me gusta todo lo de El Pensador. Será pasión, pero usted ¿no ha leído más que los papeles que escribió el año de doce? No señor, contestó mi hombre, y ni aun todos, sino sólo hasta el número 9. ¡Oh amigo!, dijo el religioso, pues no es mucho que se yerre en el derecho cuando del hecho no se tiene noticia. Es, dijo mi rival, que los que han leído todos todos sus papeles me dicen lo mismo y yo difiero a su juicio. Pues yo, señor, dijo el fraile, jamás difiero al parecer ajeno, pues éste lo dicta la amistad, la envidia o el encono; y así, no escrupulizo en no esclavizar mi entendimiento al parecer de un amigo, porque aprecio más el desengaño que la amistad. Amicus Plato; sed magis amica veritas. A Dios, señores, dijo mi defensor, y se mudó, quedándose mi rival rajando de mí y del fraile.
Yo me quedé bien incómodo porque a nadie le place que lo vituperen en su cara, ni que le afeen sus producciones. La Verdad me conoció el cafeé(4) que me había dado aquel ignorante presumido, y me dijo: no seas tonto, no te alteres; éste es el riesgo a que se expone todo autor, y es un riesgo no sólo inevitable, sino infalible. Unos aprecian una obra, y otros la detestan. Unos la entienden, otros no. Unos la alaban, otros la condenan y no hay obra ninguna por nueva, por erudita, por elocuente ni por santa que sea, que carezca de partidarios y enemigos. El error, el encono, la envidia y otras pasiones influyen siempre en desacreditar las obras más curiosas y limadas. ¿Quieres poema más fogoso que la Ilíada de Homero? ¿Quieres poema más trabajado y metódico que la Eneida de Virgilio? ¿Has visto elocuencia, fluidez y persuasiva mayor que en las obras selectas de Cicerón?, y, por último, ¿quieres obra más erudita, más veraz, más interesante ni más santa que el libro de los cristianos? Pues todas ellas han tenido sus rivales, sus momos y zoilos que les han roído los zancajos.(5) ¿Conque qué tienes tú, pobre infeliz, que mosquearte de las murmuraciones de los que no te quieren, o no te leen, o no te entienden, o te envidian? Porque la envidia se extiende al poco y al mucho mérito.
Pero, señora, lo que siento es, le dije, que éste que me ha murmurado es un vano hablador, un erudito a la violeta, un charlatán con casaca, y un necio que no es capaz, no digo de sostener conmigo una disputa literaria bajo la pobre capa que me veis, pero ni de señalar en mis obras los defectos que las supone.
Estás electrizado, me dijo la Verdad, esas expresiones son hijas de la presunción. Eres un pobre ignorante, no sabes nada, ni eres capaz de disputar con aire de cosa alguna. Serénate y conócete que en esto solo harás mucho; pero aun cuando fueras como uno de los que se llaman sabios (porque ni uno solo hay de esta clase en cualquiera facultad) no tenías por qué enojarte por las maldiciones de los necios, pues está en el orden que éstos sean los más mordaces, vanos y envidiosos.
En esto llegó al puesto un hombre como de treinta y siete a treinta y ocho años de edad, con una levita azul bastante traída, y todo el resto del vestido igual en la decencia a la dichosa levita. Su genio era afable y cortesano; pero sus facciones harto duras, pues su semblante manifestaba su hipocondría en lo moreno, su compás de cara era elíptico o largucho, sus ojos negros, tristes, y un poco desiguales en simetría, su barba poca, sus dientes menos, su nariz regular, y todo él un verdadero retrato de mí mismo.
Me quedé suspenso notando aquella mi parecida figura, y creyendo que yo, sin ser santo, sabía bilocarme. De este éxtasis me sacó la Verdad, diciéndome ¿has conocido a los que han venido a este sitio? A lo más conozco, le dije, o por sus nombres o de vista.
—¿Y a éste que acaba de llegar lo conoces?
—No, señora; aunque estoy notando que se parece mucho a mí.
—Ésa es una de vuestras mayores desgracias, me dijo la Verdad, conocer a todos menos a sí mismos. De aquí es que conocéis los vicios de los otros; pero no los vuestros. Vosotros, los míseros mortales, sois unos constantes reformadores del mundo, unos fiscales celosísimos unos de otros, y unos predicadores fervorosos de los defectos ajenos. A nadie le faltan crímenes que notar en sus semejantes. De a legua los distingue, y aun es vuestra perspicacia tan maldita y tan escrupulosa para los otros, que las acciones más indiferentes, y aun las virtudes, os parecen vicios e hipocresías; pero para vosotros sois indulgentísimos y más que regularmente prudentes. Os amáis demasiado, y por eso, o bien os consideráis impecables, o si vuestros delitos son tales que no se puedan ocultar a vuestras conciencias, los disculpáis con el mayor cariño, deseando que se adviertan en miniatura. Todo este desorden proviene de que ni os conocéis, ni trabajáis por conoceros; como tú no te conoces en ese fantasma que ves, que no es otro que tú mismo.
—¿Es posible, señora, que yo soy uno y dos? ¡Esto es un prodigio!
—No es, dijo la Verdad, sino una cosa muy corriente. Cada uno de vosotros es uno y dos. Uno en lo físico, dos en lo moral. Te explicaré con más claridad este fenómeno. El hombre, considerado en cuanto animal, es un individuo de la especie humana, que vale tanto como decir que es un hombre; pero considerado como animal racional, ya es dos hombres en uno, el material y el espiritual. De esta división resultan aquellas dos leyes que san Pablo sentía en sí mismo, y que todos vosotros sentís: la del espíritu, y la de la carne. Por la primera es un hombre pronto al bien, por la segunda es un hombre inclinado al mal, y por esto advertís en vosotros tantas variedades interiores, que os traen confusos y os hacen inconocibles no sólo a los demás, sino a vosotros propios. Unas veces os advertís sensibles, otras duros. Unas veraces, otras embusteros. Unas espirituales, otras terrenos; y unas, en fin, hacéis el mal con serenidad, y otras, os avergonzáis de haberlo hecho; pero esto lo entenderás mejor después que escuches a esa mitad de tu esencia. Oye.
Aquella figura que se me parecía tanto, tomando los papeles del puesto, en su mano, dijo ¿qué trae el Diario? Trozos de copias, anuncios de robos, cosas que se venden, de la vacuna. Vaya, vaya, esto no sirve. A ver el Noticioso. Otro que mejor baila ¡Qué demonios de copiadores! ¿Qué no podrán discurrir sus editores alguna cosita original y ser autores alguna vez? ¿Cómo han de tener aceptación sus periódicos? Es preciso que ni se costeen. Yo, gracias a Dios, cuando no gano, no pierdo en mi Alacena; ya se ve, escribo frioleras; pero las discurro, no las copio. Buenas o malas, son producciones mías originales. Y me cuestan algún trabajo; pero estos señores que quieren tener dinero de mama(6) sentados, sin poner nada de su parte, sino sólo el trabajo de copiar, cosa que la puede hacer un indio carbonero ¿cómo han de vender?
Yo aseguro que si los tiempos no estuvieran tan malos, y si hubiera exportación de garitas afuera por todo el reino, había yo de hacer mi negocio con mis papeles, por más que se llamen frioleras.
El Diarista y el Noticioso no se enmiendan con toda la rociada que les eché el otro día. Siempre copian, y más copian, por más que uno les diga; es menester volver a sonarles el cuerito. No acabó de pronunciar esta palabra mi fantasma, cuando se unió conmigo y se me metió para dentro, de suerte que yo creí que había acabado de hablar yo mismo, todo lo que él dijo.
Entonces la Verdad, volviéndose hacia mí, me habló de esta manera ¿ya ves como esa imagen eras tú mismo? ¿Piensas de otro modo? ¿Te has explicado de otra suerte? No lo podrás negar siempre que te acompañe la Verdad, como ahora. Pues saca el fruto que debes de esta lección, conócete a ti mismo, y advierte el fondo de soberbia que incluyen tus sentimientos. Tú has reprochado, en lo verbal y con la pluma, el método de aquellos periodistas, creyendo que tú debes tener la preferencia sobre ellos, porque eres autor; pero no conoces que esta preferencia a que aspiras es un efecto de tu desordenado amor propio, y sin advertir que, por más que escribas, jamás escribirás cosa tuya, ni dejarás de ser un copiador miserable, ya que no de las palabras, de las ideas de los demás que han escrito primero que tú, porque nihil sub sole novum. Nada se puede decir que no esté dicho. Tú no hallas sino defectos en los otros papeles, y en los tuyos te parece que no hay sino primores, o a lo menos te persuades a que los trabajas con cuidado, y que no tienen defectos notables; pero te quiero hacer ver uno garrafal, entre muchos, para que veas cuan precipitado escribes, y cuan necio eres, pues incurres en unos descuidos tan groseros. Mira, aquí en esta misma alacena está el número III de la tuya, en que hablan Mariquita y Serafina. En la primera plana pregunta Mariquita a Serafina "que de dónde viene" y ésta responde "que de los toros". Siguen su conversación, y al despedirse, dice Mariquita: "Vámonos, van a dar las once, y tenemos que ir al Parián." Pregunto ahora ¿de qué toros venían éstas? ¿De los de la tarde? No, porque no habían sido. ¿De los de por la mañana? Tampoco, porque éstos son a las once y no habían dado; conque ¿de qué toros venían? ¿Ya ves en qué yerros tan crasos incurres? Pues ¿cómo piensas que escribes algo bueno? ¿Cómo buscas disculpas para la poca venta de tus papeles, alegando la pobreza del tiempo y la obstrucción de los caminos, sin conocer que la verdadera obstrucción está en el poco mérito que tienen, y sin conceder igual disculpa al Diario y Noticioso?
Fuera de esto, ¿quién te ha constituido fiscal de los periódicos? ¿Qué te va o qué te viene de que el público gaste, bien o mal, su medio o su real? ¿Eres tú su papá del público, o a ti te viene a pedir los mediecillos que invierte en esas cosas? Conque es preciso que adviertas que, aun cuando tu crítica no la excite alguna oculta envidia, no puedes dejar de ser tenido por un entremetido.
De todo cuanto te he dicho debes sacar por fruto el conocerte a ti mismo. Nosce te ipsum era la gran máxima de Diógenes.
Yo estaba fruncido con semejante represión, viendo que no podía negar la chusma de verdades que me había refregado en mi cara la Verdad; pero ésta me dijo: serénate, yo reprendo a los hombres para su enmienda, no para su confusión; tú y yo somos amigos, pero la justicia debe comenzar por casa.
En esto llegó platicando con otros, vestido de ceremonia, el egoísta blasfemo que habíamos oído por la mañana; pero afectando tanta sensibilidad y dolor por sus dependientes muertos, que por no escucharlo nos retiramos de allí.
Seguirá
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) currucacho. Quizá una forma popular de currutaco: elegante, afectado del uso de las modas.
(3) si no hubiera malos gustos no se gastara lo anteado. Variante del refrán popular: "si no hubiera malos gustos, no se vendiera lo anteado" que equivale a: "nunca falta un roto para un descosido." Cf. Santamaría, Dic. mej.
(4) cafeé. Por café: berrinche, disgusto, mal rato. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(5) zancajo. Roer los zancajos es murmurar o decir mal de una persona en su ausencia.
(6) dinero de mama. Mamada es la ventaja adquirida sin trabajo. Se deduce de ello que dinero de mama es el que se obtiene con poco trabajo. Cf. Santamaría, Dic. mej.