[NÚMERO XX]
Viernes 25 de agosto de 1815(1)
Continuación de los paseos de la Verdad
Detiénese la Verdad en casa del egoísta, y va después al Portal
¿Ya acabó usted señor Trapalmejas?, dijo el rico, pues yo, grandísimo bellaco, desatento y atrevido, no le he pedido consejo. Mi deseo es muy justo, es muy santo, y el más practicado en todo el mundo, y es sobre mi quietud y mi reposo, y mi dinero; como esto se asegure, no tengo por malo desear la perdición de todo el mundo; porque todo el mundo no vale más que Yo. Sí, vergante, ¿no ha oído decir, que primum miquis, secundum miquis, tertium miquis, quartum miquis, y todo miquis? ¿Pues qué se espanta por lo que digo? ¿Qué se azora? ¿Qué se escandaliza? ¿Ve hacer otra cosa a la mayor parte de los hombres que engrandecerse los unos sobre las ruinas de los otros? ¿Ve más que desear la muerte el hijo al padre, la mujer al marido, el subalterno al jefe y el inferior al superior, para lograr la herencia, el dote, el mando o el empleo? ¿Ve, por esos mundos, otra cosa que embustes, cábalas, intrigas y mentiras para conseguir el destino, la renta, el gusto y el oropel de la veneración? ¿No ha visto difamar el amigo al amigo, el hijo al padre, la mujer al marido, el criado al amo, el súbdito al superior y el vasallo al rey, para lograr el ascenso, el puesto, el ministerio o la corona? ¿Tan de nuevo le coge que todos hacemos a un ladito la honra, el buen nombre, la quietud, nuestras mujeres, nuestras hijas y nuestras mismas almas, cuando tratamos de nuestras conveniencias y mejoras? En tantos años que tiene de edad el pícaro bribón ¿no ha visto prostituirse una doncella por un túnico o por menos? ¿No ha visto ser infiel una casada por un ridículo interés? ¿No ha visto vender una ley a un abogado? ¿No ha visto falsear un instrumento a un escribano por diez onzas? ¿No ha visto hacer un sacrilegio por un peso? ¿No ha visto levantar un testimonio y echar un juramento falso por tres o cuatro? ¿No ha visto casar una hija contra su voluntad por un dote? ¿No ha visto a un marido encornecer por un destino? ¿Y no ha visto treinta mil cosas de éstas, que todos los días hacen los hombres por sus fines particulares? Pues sí las ha visto, pícaro, indecente, malcriado; sí sabe que esto es lo que todos hacen, por lo común, y que ninguno está libre de hacerlo (porque esto de héroes que atiendan al bien general, más que al suyo propio, son cuentos de viejas; pues si los hubo, ya no los hay, y si los hay apenas se conocen). ¿Cómo tiene la osadía de reprocharme mi dictamen en mis bigotes? ¿Cómo se escandaliza de mi modo de pensar? Sí, yo no entiendo de chismes: piérdase todo como yo no me pierda. Acábese el mundo como yo no me acabe, y siéntalo la religión como no lo padezcan mis talegas.
Yo nací solo, y sólo he de vivir para mí: la vida de los hombres me importa un pito; su conservación y sus alivios nada me interesan; la quietud del Estado me es indiferente; la tranquilidad del reino me parece bicoca; la corona del rey la veo como la de un arbolito de fuego que me divierte, pero no me quema, y las miserias de los pobres me son entremeses, y sainetes que me deleitan. Mi plata, pícaro, mi plata es lo que me importa, lo que me divierte, interesa y enajena. Mi quietud, mi gozo y mi alegría es el centro todo a donde yo dirijo mis miras y mis conatos, y mi yo, mi yo, y mi sola conveniencia. Es mi padre, mi madre, mi amigo, mi hombre, mi honor, mi religión y mi Dios. Todo perezca como yo me conserve; todo se entristezca y se anuble, como yo me alegre y me serene, y todo, en fin, se aniquile y perezca, que yo lo veré padecer y aniquilarse, con sosiego, como mi corazón no sienta la más mínima violencia. ¡Oh, si yo, si yo sólo tuviera mi mundo aparte! ¡Oh, si pudiera hacer que fuera el centro de las adoraciones de los hombres, o el ídolo a quien sacrificaran sus intereses y respetos!...
Calla, blasfemo, le dijo a ese tiempo la Verdad (por boca del escribiente) con tal enojo y entusiasmo que dio con él en una silla aturdido, y a mí poco me faltó para no morirme del susto; porque la voz de la Verdad en ese tiempo tronó como el estallido del rayo. Calla, le dijo, blasfemo, ¿quién cómo Dios? Todavía para demonio te faltan prendas. Bien sé que tus compañeros los egoístas se explican de la manera que tú, pues aseguran lo mismo en sus corazones, por más que no lo digan con la boca; como dice el santo rey David: Dixit insipiens in corde suo, non este Deus. Sí, los necios, los impíos, los obstinados (que todo esto es el verdaderamente egoísta) aseguran en sus corazones y con sus opiniones confirman su infando sentir de que no hay Dios; porque se creen, o a lo menos se quieren hacer otros dioses. Ellos desearan ser el centro de las adoraciones del universo, como tú; pero ellos y tú perecerán por la eternidad. Sí: tú con ellos, y ellos contigo, se condenarán infaliblemente, porque no tenéis caridad; estáis obstinados, y por lo mismo estáis incapaces de tenerla; y el que no tiene caridad es un precito,(2) y un precito es un condenado. Clama a Dios: enmiéndate, enmiéndense contigo todos los egoístas despiadados; y si no, in peccato vestro moriemini. El infierno os espera con tanta boca. Vámonos, me dijo la Verdad, o ¿quieres escuchar más a este impío? ¡Ay!, no, señora, la dije lleno de susto. Vámonos.
Salimos de aquella casa que ya me hedía a azufre y alquitrán, y en el camino le dije a mi respetable compañera, ciertamente, señora, que me parece sueño lo que he visto. A no estar seguro de que me acompaña la Verdad, diría que este pasaje era ficción de una fantasía acalorada, que era un embeleco, un embuste y la más calumniante mentira.
¿Cómo es posible, diría yo, que nuestra religión abrigue en su seno unos monstruos semejantes? ¿Ni cómo la naturaleza no arroja lejos de sí unos misántropos tan horrorosos? Yo no dudo que hay egoístas en el mundo; pero no me cabe en el juicio que los haya del calibre de éste.
Así me explicara, señora, a no haber venido en vuestra misma compañía.
Pues considerando lo difícil que te sería creer muchas cosas si te dirigieras tú solo, he querido mostrártelas yo en persona, me dijo la Verdad, tomando este cuerpo fantástico que ves, pues bien sabes que yo soy un ente metafísico que no existo sino en el entendimiento de los hombres, y en sus acciones bien ordenadas. Sabes también que no tengo boca ni palabras; pero les hablo en alta voz con mis suaves inspiraciones, y con mis interiores reclamos. Mas hoy he querido tomar esta apariencia para hacerme más penetrable a tu corta capacidad, he querido ser tu mentor para enseñarte cómo te debes conducir en este mundo asqueroso, y, por fin, me he tomado el trabajo de acompañarte y llevarte a lo más secreto de las casas para que conozcas a los hombres a sus solas, pues entonces es cuando ellos desenvuelven todo su corazón con confianza, entonces es cuando se explican sin recelo de ser motejados de los otros hombres, y entonces, por último, es cuando desnudándose la capa de la hipocresía con que se disimulan en la sociedad, se manifiestan tales cuales son, y no como quieren y afectan parecer.
Para estudiar al hombre, no lo has de solicitar en las calles, en los paseos, en los templos, ni en las visitas, porque en todas esas partes estudian ellos el modo de solapar los vicios que tienen y aparentar las virtudes de que carecen.
Es imposible conocer a fondo el carácter de un hombre de mediana malicia, en lo público, porque posee con superioridad el arte de engañar al mundo entero, y lo practica con destreza. Es un lobo en lo privado, y parece en lo público un cordero; es en su interior un avaro, y parece entre los demás un Alejandro; es un ladrón, un impío y un hereje, en lo oculto, y en lo descubierto parece un arreglado, un santo y un católico.
Te dije que estos títeres los juega bien el hombre de mediana malicia, porque el de una malicia refinada, aunque tiene los mismos alcances y usa los mismos artificios cuando le convienen, sin embargo, como no aprecia ni aun las apariencias de la virtud, le es fastidioso vestirse el saco de la hipocresía, y echándose, como dicen, con las petacas, sólo trata de satisfacer sus pasiones sin temor de que lo tengan por inicuo; y así se arroja a cometer los mayores crímenes a cara descubierta. Por manera que el medianamente pícaro se contiene, a lo menos en lo público, porque dice: ¿Qué dirán si me ven que hago esto o lo otro? Y el pícaro rematado no se contiene ni disimula, porque dice: ¿Qué conque digan? ¿En qué puede topar? ¿Qué se me da? Y por esta razón son más temibles los malos obstinados y procaces, que los ocultos e hipócritas; aunque tal vez éstos son más nocivos a los demás hombres, pues como no descubren su ponzoña, envenenan a cualquiera sin que se pueda defender, y por esto dice el proloquio antiguo que es más dañoso el amigo fingido que el enemigo declarado. Te pondré un ejemplo para que me acabes de comprender. Un ladrón ratero hace mil hurtillos, pero sin pasar a incendiario o asesino, o porque teme a la justicia, o porque aún no sabe ninguno que es ladrón y quiere conservar el crédito que tiene de hombre de bien. Éste es un pícaro de mediana malicia, y éste no se deja conocer en lo público; pero hay otro ladrón más desalmado que se quita la máscara, se arroja a los caminos, roba públicamente, mata, asesina, estrupa(3) y hace cuantas fechorías puede, sin temor de Dios, ni de los hombres y sin estimar su opinión ni buen nombre de una blanca. Éste es un pícaro de solemnidad, porque no sólo no trata de aparentar virtud, sino que hace gala del mismo vicio, y a éste no se necesita más que verlo para conocer su corazón; pero también, en lo general, es menos nocivo que el otro, porque de él te podrás excusar o defender, y de aquél no, porque no lo conoces.
Acuérdate que te he dicho que te acompañaré y llevaré a lo más secreto de las casas para que conozcas a los hombres a sus solas, para que estudies su corazón de cerca y no creas que son lo que parecen en lo público, y esta advertencia es porque te he visto muy escandalizado y algo incrédulo con el pasaje del egoísta; pero recapacita en que andas con la Verdad, y ella misma te asegura que es verdad.
Haz de cuenta que entramos en su corazón, y que allí leíste los sentimientos infames que te han llenado de escándalo, y de esta clase de gentes [se] cree que hay muchos en el mundo, y casi todas las desgracias que aquejan a los míseros mortales no tienen otro origen que el egoísmo, que quiere decir: el amor propio desordenado.
Éste y otros egoístas de su ralea que andan en México y en todas partes, como los átomos en el aire, seguro está que en lo público se expliquen de la manera que lo oíste en lo privado, porque todos abominan el egoísmo a bandera tendida. Ellos, unos con otros, lo analizan, lo desprecian y lo detestan; se quejan mutuamente de sus funestas resultas; confiesan que es el fomes de las guerras, de las sediciones, de los tratos falsos, de las intrigas, de las calumnias, de la depresión del mérito, de la exaltación de la iniquidad, del robo, de la herejía, y de cuanto crimen se comete; ellos hacen que se azoran y se escandalizan de estas cosas; murmuran los unos de los otros en su ausencia; creen que todos son egoístas menos ellos y, por último, aun conociendo que lo son, exclaman: ¡qué pícaro es Fulano! ¡Qué indigno! ¡Qué egoísta! Dios me libre de semejante vicio. Primero me muera que solicitar mi bien a costa de otros miserables. ¡Jesús me ampare! Y antes deje de existir que yo vea con indiferencia las desgracias de mis semejantes, etcétera; pero todo esto es con la boca, que en el corazón queda otra cosa; y advierte que nadie es más hipócrita que el egoísta, porque como se ama tanto, apetece, con más ansia que ninguno, la honra y la veneración que se debe de justicia a los verdaderamente buenos y sensibles. De lo que se puede concluir: que los egoístas son pícaros de mediana malicia, y, por lo mismo, más perjudiciales.
En estas pláticas nos fuimos yendo hacia el Portal de los Mercaderes, y cuando menos pensé, ya estábamos en el puesto de la Gaceta. Aquí, me dijo la Verdad, haremos una pausa o descanso del paseo; porque no te faltará qué aprender en este sitio que es el topadero de los sabios, de los juiciosos, presumidos, ignorantes y charlatanes. Aquí puedes estudiar algunos caracteres de los hombres que no saben disimular, y aprender a distinguir la verdadera virtud y sabiduría, del orgullo y de la necedad, apreciando como debes a los buenos y abominando de los malos.
Se continuará
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.